Sobre el clericalismo de los clérigos y la
clericalización de los laicos

 

Como explica el magisterio de los últimos pontificados, la tentación del “clericalismo” —con un deseo de señorear sobre los laicos—, implica una separación errónea y destructiva del clero, una especie de narcisismo que conduce a la mundanidad espiritual. Aunque parezca una paradoja, en este sentido, el clericalismo y la secularización del clero van de la mano.

En otras ocasiones se observa una tendencia hacia un clericalismo laical, lo que el magisterio ha denominado la “clericalización del laicado; se trata de una complicidad pecadora: el cura clericaliza y el laico le pide por favor que lo clericalice, porque en el fondo le resulta más cómodo.

El papa Francisco ha dedicado muchas de sus intervenciones a ambos temas, en continuidad con su magisterio como Cardenal-Arzobispo de Buenos Aires: «Clericalizar la Iglesia es hipocresía farisaica». «No a la hipocresía. No al clericalismo hipócrita. No a la mundanidad espiritual». «Que Dios nos conceda esta gracia de la cercanía, que nos salva de toda actitud empresarial, mundana, proselitista, clericalista, y nos aproxima al camino de Él: caminar con el santo pueblo fiel de Dios». (Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j., 2-9-2012).

Frente al clericalismo ‒ de clérigos o de laicos ‒, San Josemaría Escrivá, un santo que ha tratado explícitamente este tema, decía: «Me repugna el clericalismo y comprendo que - junto a un anticlericalismo malo - hay también un anticlericalismo bueno, que procede del amor al sacerdocio, que se opone a que el simple fiel o el sacerdote use de una misión sagrada para fines terrenos» (San Josemaría Escrivá, Conversaciones, 47).

La respuesta a estos desafíos que afectan, entre otras cosas, a la vida de la Iglesia o a la aplicación efectiva de su Doctrina Social, sólo es una: Cristo. Así lo explica San Juan Pablo II: el «ministerio [pastoral] debe afrontar con frecuencia la ola de negación del factor religioso, la indiferencia, la crítica y aversión anticlerical o antirreligiosa, además del pluralismo equívoco que corroe el compromiso espiritual o moral». «No obstante todo ello, os repetimos las palabras de Cristo: “No temáis; soy yo”. No temamos. Cristo está con nosotros» (San Juan Pablo II, Audiencia general, 24-5-1978).

También el Obispo de Alcalá de Henares, Mons. Juan Antonio Reig Pla, haciéndose eco de las palabras del papa Francisco, ha abordado la cuestión del clericalismo en su Carta Pastoral «La esperanza no defrauda», junto con otras tentaciones contra el discipulado-misionero, como la ideologización del mensaje evangélico o el funcionalismo.

Ahora, en esta renovada sección de la página web del Obispado de Alcalá de Henares, sobre el clericalismo de los clérigos y la clericalización de los laicos, se recogen algunos textos, muy iluminadores, del papa Francisco, así como de los pontificados de Benedicto XVI y de San Juan Pablo II. Esperamos que todo ello sea de utilidad a nuestros lectores.

 

Sobre el clericalismo de los clérigos

Papa Francisco
La enfermedad del clericalismo

«Es muy importante el protagonismo de los laicos y de los pobres mismos. Y también la libertad del laico, porque lo que nos aprisiona, lo que no hace abrir de par en par las puertas es la enfermedad del clericalismo. Es uno de los problemas más graves» (Papa Francisco, Discurso a los participantes en el Congreso Internacional de Pastoral de las grandes ciudades, 27-11-2014).

 

Papa Francisco
La búsqueda del propio consuelo

«Por lo demás, hermanos, vosotros sabéis que no sirven sacerdotes clericales cuyo comportamiento expone a alejar a la gente del Señor, ni presbíteros funcionarios que, mientras desempeñan una función, buscan lejos de Él el propio consuelo. Sólo quien tiene fija la mirada en lo que es de verdad esencial puede renovar el propio sí al don recibido y, en las diversas etapas de la vida, no deja de entregarse; sólo quien se deja conformar al buen Pastor encuentra unidad, paz y fuerza en la obediencia del servicio; sólo quien vive en el horizonte de la fraternidad presbiteral sale de la falsedad de una conciencia que se afirma epicentro de todo, única medida del propio sentir y de las propias acciones» (Papa Francisco, Carta del Santo Padre a los participantes en la Asamblea general extraordinaria de la Conferencia Episcopal Italiana [Asís, 10-13 de noviembre de 2014], 8-11-2014)

 

Papa Francisco
El lenguaje clerical

“Nosotros clérigos tenemos la tentación de no hablar en la cara, de ser demasiados diplomáticos, ese lenguaje clerical... Pero, nos hace mal, ¡nos hace mal! Recuerdo una vez, hace 22 años: había sido apenas nombrado obispo, y tenía como secretario en esa vicaría —Buenos Aires está dividida en cuatro vicarías—, en esa vicaría tenía como secretario a un sacerdote joven, recién ordenado. Y yo, en los primeros meses, hice algo, y tomé una decisión un poco diplomática —demasiado diplomática—, con las consecuencias que vienen de esas decisiones que no se toman en el Señor, ¿no? Y al final, le dije: «Pero mira qué problema este, no sé cómo arreglarlo...». Y él me miró en la cara —¡un joven!— y me dijo: «Porque ha hecho mal. Usted no ha tomado una decisión paterna», y me dijo tres o cuatro cosas de esas fuertes. Muy respetuoso, pero me las dijo. Y luego, cuando se marchó, pensé: «A este no lo alejaré nunca del cargo de secretario: ¡este es un verdadero hermano!»” (Papa Francisco, Diálogo con los estudiantes de los colegios pontificios y residencias sacerdotales de Roma, 12-5-2014).

 

Papa Francisco
Cómo debe ser el sacerdote

Nosotros estamos ungidos por el espíritu —fue la reflexión propuesta por el Papa—, y cuando un sacerdote se aleja de Jesucristo en lugar de ser ungido, termina siendo untuoso». Y, destacó, «¡cuánto mal hacen a la Iglesia los sacerdotes untuosos! Quienes ponen la fuerza en las cosas artificiales, en las vanidades», los que tienen «una actitud, un lenguaje remilgado». Y cuántas veces, añadió, «se oye: pero éste es un sacerdote» que se parece a una «mariposa», precisamente «porque siempre está en la vanidad» y «no tiene la relación con Jesucristo: ha perdido la unción, es un untuoso».

«Es hermoso encontrar sacerdotes —destacó el Papa— que han dado la vida como sacerdotes». Sacerdotes de quienes la gente dice: «Sí, tiene un mal genio, tiene esto y aquello, pero es un sacerdote. Y la gente tiene olfato». Por el contrario, si se trata de «sacerdotes, en una palabra, “idólatras”, que en lugar de tener a Jesús tienen pequeños ídolos —algunos son devotos del dios Narciso—, la gente cuando ve esto dice: ¡pobrecitos!». Por lo tanto, es precisamente «la relación con Jesucristo», aseguró el Pontífice, lo que nos salva «de la mundanidad y de la idolatría que nos hace untuosos» y la que nos conserva «en la unción» (Papa Francisco, Cómo debe ser un sacerdote, 11-1-2014).

Cristo lava los pies a sus discípulos. El Lavatorio, de Tintoretto. Detalle.

 

Papa Francisco
«Debemo extirpar el clericalismo de la Iglesia»

Visita a la Parroquia romana de Santo Tomás Apóstol

«Un párroco sin Consejo pastoral corre el riesgo de llevar la parroquia adelante con un estilo clerical, y debemos extirpar el clericalismo de la Iglesia. El clericalismo hace mal, no deja crecer a la parroquia, no deja crecer a los laicos. El clericalismo confunde la figura del párroco, porque no se sabe si es un cura, un sacerdote o un patrón de empresa, ¿no? En cambio, cuando el párroco cuenta con la ayuda de los Consejos, él es el sacerdote. Decide, ciertamente, porque él tiene el poder de decidir; pero decide escuchando, se hace aconsejar, siente, dialoga… Y ésta es su tarea. ¿Ésta no es democracia, eh? Está claro: porque nosotros terminaremos al contrario, ¿no?, es un poco una anarquía, ¿no? No, no: no es democracia, el Consejo pastoral. Pero es una ayuda grande para el párroco para que pueda llevar adelante el apostolado en la parroquia. Y ésta es su tarea. Den gracias al Señor porque tienen un Consejo pastoral en esta parroquia. Las parroquias sin Consejo pastoral van hasta aquí, y después se detienen allí y terminan en una actitud clerical que no ayuda a nadie. Les agradezco tanto». (Papa Francisco, Visita a la Parroquia romana de Santo Tomás Apóstol, 16-2-2014).

 

Papa Francisco
Cuando falta la profecía, el clericalismo ocupa su sitio

«Cuando falta la profecía, el clericalismo ocupa su sitio, el rígido esquema de la legalidad que cierra la puerta en la cara al hombre. Por ello la oración para que, en la perspectiva de la Navidad, el espíritu de la profecía se haga sentir en el pueblo». (…)

Así «en el tiempo de Samuel, cuando la Palabra del Señor era rara y las visiones no eran frecuentes, era lo mismo. La legalidad y la autoridad». Y sucedía esto porque «cuando en el pueblo de Dios no hay profecía, el vacío que deja lo ocupa el clericalismo. Es precisamente este clericalismo que pregunta a Jesús: ¿con qué autoridad haces estas cosas, con qué legalidad?». Así, «la memoria de la promesa y la esperanza de seguir adelante se reducen sólo al presente: ni pasado ni futuro y esperanza». Es como si para seguir adelante valiese sólo lo que es «presente», lo que es «legal»».

«El Papa Francisco concluyó su homilía proponiendo «una oración en estos días que nos preparamos para el Nacimiento del Señor». Una oración al Señor para que —invocó— «no falten profetas en tu pueblo. Todos nosotros, bautizados, somos profetas. Señor, que no olvidemos tu promesa; que no nos cansemos de seguir adelante; que no nos cerremos en las legalidades que cierran las puertas. Señor, libera a tu pueblo del espíritu del clericalismo y ayúdale con el espíritu de profecía» (Papa Francisco, 16-12-2013).

Vídeo

 

Papa Francisco
Entrevista para La Stampa

«Las mujeres en la Iglesia deben ser valorizadas, no “clericalizadas”. Los que piensan en las mujeres cardenales sufren un poco de clericalismo» (Papa Francisco, Entrevista para La Stampa, 10-12-2013).

 

Papa Francisco
El coloquio con los superiores generales de los institutos de vida consagrada relatado por la Civiltà Cattolica
(publicado el L'Osservatore Romano)

«Para evitar los problemas, en algunas casas de formación, los jóvenes aprietan los dientes, tratando de no cometer errores evidentes, de estar sujetos a las reglas muy sonrientes, en espera de que un día se les diga: “Bien, terminaste la formación”. Esto es hipocresía, fruto del clericalismo, que es uno de los males más terribles. Ya lo he dicho a los obispos del Consejo episcopal latinoamericano (CELAM) este verano en Río de Janeiro: Es necesario vencer esta tendencia al clericalismo, también en las casas de formación y en los seminarios. Yo lo resumo en un consejo que una vez recibí de un joven: “si quieres ir adelante, piensa claramente y habla oscuramente”. Era una clara invitación a la hipocresía. Es necesario evitarla a toda costa».

Entonces, «si el seminario es demasiado grande, es necesario separarlo en comunidades con formadores capaces de seguir realmente a las personas. El diálogo debe ser serio, sin miedo, sincero. Es necesario considerar que el lenguaje de hoy de los jóvenes en formación es distinto de aquél de quienes los han precedido: vivimos un cambio de época. La formación es una obra artesanal, no policíaca. Tenemos que formar el corazón. De otro modo formamos pequeños monstruos. Y después, estos pequeños monstruos forman al pueblo de Dios. Esto realmente me pone la piel de gallina».

«Es necesario siempre pensar en los fieles, en el Pueblo fiel de Dios. Es necesario formar personas que sean testigos de la resurrección de Jesús. El formador tiene que pensar que la persona en formación será llamada a cuidar el Pueblo de Dios. Es necesario siempre pensar en el Pueblo de Dios, dentro de él. Pensemos en aquellos religiosos que tienen el corazón ácido como el vinagre: no fueron hechos para el pueblo. En fin: no tenemos que formar administradores, sino padres, hermanos, compañeros de camino».

El Papa Francisco, en fin, ha querido evidenciar un riesgo mayor: «si un joven que fue invitado a salir de un instituto religioso a causa de problemas de formación y por motivos serios, después es aceptado en un seminario, esto es otro gran problema. No estoy hablando de personas que se reconocen pecadores: todos somos pecadores, pero no todos somos corruptos. Que se acepten a los pecadores, pero no a los corruptos» (Papa Francisco, El coloquio del Papa Francisco con los superiores generales de los institutos de vida consagrada relatado por la Civiltà Cattolica, 29-11-2013).

 

Papa Francisco
Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium

«Los laicos son simplemente la inmensa mayoría del Pueblo de Dios. A su servicio está la minoría de los ministros ordenados. Ha crecido la conciencia de la identidad y la misión del laico en la Iglesia. Se cuenta con un numeroso laicado, aunque no suficiente, con arraigado sentido de comunidad y una gran fidelidad en el compromiso de la caridad, la catequesis, la celebración de la fe. Pero la toma de conciencia de esta responsabilidad laical que nace del Bautismo y de la Confirmación no se manifiesta de la misma manera en todas partes. En algunos casos porque no se formaron para asumir responsabilidades importantes, en otros por no encontrar espacio en sus Iglesias particulares para poder expresarse y actuar, a raíz de un excesivo clericalismo que los mantiene al margen de las decisiones» (Papa Francisco, Evangelii Gaudium, Exhortación Apostólica sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual, n. 105, 24-11-2013).

 

Papa Francisco
Videomensaje a los participantes en la peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe

«La tentación del clericalismo, que tanto daño hace a la Iglesia en América Latina, es un obstáculo para que se desarrolle la madurez y la responsabilidad cristiana de buena parte del laicado. El clericalismo entraña una postura autorreferencial, una postura de grupo, que empobrece la proyección hacia el encuentro del Señor, que nos hace discípulos, y hacia el encuentro con los hombres que esperan el anuncio. Por ello creo que es importante, urge, formar ministros capaces de projimidad, de encuentro, que sepan enardecer el corazón de la gente, caminar con ellos, entrar en diálogo con sus ilusiones y sus temores. Este trabajo, los Obispos no lo pueden delegar. Han de asumirlo como algo fundamental para la vida de la Iglesia sin escatimar esfuerzos, atenciones y acompañamiento. Además, una formación de calidad requiere estructuras sólidas y duraderas, que preparen para afrontar los retos de nuestros días y poder llevar la luz del Evangelio a las diversas situaciones que encontrarán los presbíteros, los consagrados, las consagradas y los laicos en su acción pastoral». (Papa Francisco, Videomensaje a los participantes en la peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe [Ciudad de México, 16-19 de noviembre 2013],  16-11-2013).

 

Papa Francisco
Pecadores sí, corruptos no

«Donde hay engaño —comentó el Papa Francisco— no está el Espíritu de Dios. Ésta es la diferencia entre pecador y corrupto. Quien hace una doble vida es un corrupto. Quien peca, en cambio, quisiera no pecar, pero es débil y se encuentra en una condición en la que no puede encontrar una solución, pero va al Señor y pide perdón. A éste el Señor le quiere, le acompaña, está con él. Y nosotros debemos decir, todos nosotros que estamos aquí: pecadores sí, corruptos no». Los corruptos, explicó una vez más el Papa, no saben lo que es la humildad. Jesús los compara con los sepulcros blanqueados: bellos por fuera pero por dentro están llenos de huesos putrescentes. «Y un cristiano que presume de ser cristiano pero no vive como cristiano —destacó— es un corrupto».

Todos conocemos a alguien que «está en esta situación y todos sabemos —agregó— cuánto mal hacen a la Iglesia los cristianos corruptos, los sacerdotes corruptos. ¡Cuánto mal hacen a la Iglesia! No viven en el espíritu del Evangelio, sino en el espíritu de la mundanidad. Y san Pablo lo dice claramente a los romanos: No os amoldéis a este mundo (cf. Rm 12, 2). Pero en el texto original es aún más fuerte: no entrar en los esquemas de este mundo, en los parámetros de este mundo, porque son precisamente éstos, esta mundanidad, que llevan a la doble vida».

Concluyendo, el Santo Padre dijo: «Una podredumbre barnizada: ésta es la vida del corrupto. Y Jesús a éstos no les llamaba sencillamente pecadores. Sino que les decía hipócritas». Jesús, recordó una vez más, perdona siempre, no se cansa de perdonar. La única condición que pide es que no se quiera seguir esta doble vida: «Pidamos hoy al Señor huir de todo engaño, de reconocernos pecadores. Pecadores sí, corruptos no». (Papa Francisco, Pecadores sí, corruptos no, 11-11-2013).

 

Papa Francisco
Conferencia de prensa del Santo Padre
durante el vuelo de regreso a Roma

«Creo que éste es el tiempo de la misericordia. Este cambio de época, junto a tantos problemas de la Iglesia ―como el testimonio impropio de algunos sacerdotes, los problemas de corrupción en la Iglesia, el problema del clericalismo, por poner un ejemplo―, ha dejado a muchos heridos, tantos heridos. Y la Iglesia es Madre: debe ir a curar a los heridos, con misericordia. Si el Señor no se cansa de perdonar, nosotros no tenemos otra elección que ésta: lo primero, curar a los heridos. Es mamá, la Iglesia, y debe seguir por el camino de la misericordia. Y tratar con misericordia a todos. Pero, pienso, cuando el hijo pródigo volvió a casa, el papá no le dijo: “Pero, tú, escucha, siéntate, ¿qué has hecho con el dinero?”. No, ha hecho fiesta. Después, tal vez, cuando el hijo ha querido hablar, ha hablado. La Iglesia debe hacer lo mismo. Cuando hay alguno…, no sólo hay que esperarlo: ¡vayan a buscarlo! Éstaes la misericordia. Y creo que esto es un kairós: este tiempo es un kairós de misericordia. Esta primera intuición la tuvo Juan Pablo II cuando comenzó, con Faustina Kowalska, la Divina Misericordia… Él tenía algo, había intuido que era una necesidad de esta época» (Papa Francisco, Conferencia de prensa del Santo Padre durante el vuelo de regreso a Roma, 28-7-2013).

 

Papa Francisco
Encuentro con los jóvenes argentinos en la
Catedral de San Sebastián de Río de Janeiro

«Quiero que la Iglesia salga a la calle, quiero que nos defendamos de todo lo que sea mundanidad, de lo que sea instalación, de lo que sea comodidad, de lo que sea clericalismo, de lo que sea estar encerrados en nosotros mismos» (Papa Francisco, Encuentro con los jóvenes argentinos en la Catedral de San Sebastián de Río de Janeiro, 25-7-2013)

 

Papa Francisco
A los participantes de la 105 Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina

«Una Iglesia que no sale, a la corta o a la larga se enferma en la atmósfera viciada de su encierro. Es verdad también que a una Iglesia que sale le puede pasar lo que a cualquier persona que sale a la calle: tener un accidente. Ante esta alternativa, les quiero decir francamente que prefiero mil veces una Iglesia accidentada que una Iglesia enferma. La enfermedad típica de la Iglesia encerrada es la autorreferencial; mirarse a sí misma, estar encorvada sobre sí misma como aquella mujer del Evangelio. Es una especie de narcisismo que nos conduce a la mundanidad espiritual y al clericalismo sofisticado, y luego nos impide experimentar «la dulce y confortadora alegría de evangelizar».

«Les deseo a todos ustedes esta alegría, que tantas veces va unida a la Cruz, pero que nos salva del resentimiento, de la tristeza y de la solteronería clerical. Esta alegría nos ayuda a ser cada día más fecundos, gastándonos y deshilachándonos en el servicio al santo pueblo fiel de Dios; esta alegría crecerá más y más en la medida en que tomemos en serio la conversión pastoral que nos pide la Iglesia.

Gracias por todo lo que hacen y por todo lo que van a hacer. Que el Señor nos libre de maquillar nuestro episcopado con los oropeles de la mundanidad, del dinero y del «clericalismo de mercado». La Virgen nos enseñará el camino de la humildad y ese trabajo silencioso y valiente que lleva adelante el celo apostólico». (Papa Francisco, A los participantes de la 105 Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina, 25-3-2013)

 

Benedicto XVI
Vigilia con ocasión del Encuentro internacional de los sacerdotes

"Sabemos que el clericalismo es una tentación de los sacerdotes de todos los siglos, también hoy; por eso, es muy importante encontrar el modo verdadero de vivir la Eucaristía, que no es estar cerrados al mundo, sino precisamente estar abiertos a las necesidades del mundo. Debemos tener presente que en la Eucaristía se realiza este gran drama de Dios que sale de sí mismo, deja —como dice la carta a los Filipenses— su propia gloria, sale y desciende hasta ser uno de nosotros, y se rebaja hasta la muerte de cruz (cf. Flp 2). La aventura del amor de Dios, que deja, se despoja de sí mismo para estar con nosotros, y esto se hace presente en la Eucaristía; el gran acto, la gran aventura del amor de Dios es la humildad de Dios que se entrega a nosotros. En este sentido hay que considerar la Eucaristía como el entrar en este camino de Dios. San Agustín dice en el libro X del De Civitate Dei: «Hoc est sacrificium christianorum: multi unum corpus in Christo», es decir: el sacrificio de los cristianos es estar unidos al amor de Cristo en la unidad del único cuerpo de Cristo. El sacrificio consiste precisamente en salir de nosotros mismos, en dejarnos atraer en la comunión del único pan, del único Cuerpo, y entrar de este modo en la gran aventura del amor de Dios. Así debemos celebrar, vivir, meditar siempre la Eucaristía, como esta escuela de la liberación de mi «yo»: entrar en el único pan, que es pan de todos, que nos une en el único Cuerpo de Cristo. Por lo tanto, la Eucaristía es, de por sí, un acto de amor, nos obliga a esta realidad del amor por los demás: el sacrificio de Cristo es la comunión de todos en su Cuerpo. De este modo debemos entender la Eucaristía, que es precisamente lo contrario del clericalismo, del encerrarse en sí mismos. Pensemos también en la madre Teresa, verdaderamente el ejemplo grande en este siglo, en este tiempo, de un amor que se despoja de sí mismo, que abandona todo tipo de clericalismo, de alejamiento del mundo, que va a los más marginados, a los más pobres, a las personas cercanas a la muerte y se da totalmente al amor por los pobres, por los marginados. Pero la madre Teresa, que nos dio este ejemplo, y la comunidad que sigue sus huellas, suponía siempre como primera condición de una fundación suya la presencia de un sagrario. Sin la presencia del amor de Dios que se da no habría sido posible realizar ese apostolado, no habría sido posible vivir en ese abandono de sí mismos; sólo insertándose en este abandono de sí en Dios, en esta aventura de Dios, en esta humildad de Dios, podían y pueden cumplir hoy este gran acto de amor, esta apertura a todos. En este sentido, diría: vivir la Eucaristía en su sentido originario, en su verdadera profundidad, es una escuela de vida, es la protección más segura contra toda tentación de clericalismo." (Benedicto XVI, Vigilia con ocasión del Encuentro internacional de los sacerdotes, 10-6-2010).

 

San Juan Pablo II
Exhortación Apostólica Ecclesia in Oceania

«Contemporáneamente, los obispos expresaron «cautela para con los excesos del clericalismo o del secularismo y los peligros de una competencia académica inadecuada que constituye a veces el resultado de la formación de los seminarios actuales, que olvidan las exigencias profundas de los seminaristas en el nivel de estudios y en el ámbito espiritual» (San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Ecclesia in Oceania, n. 48, 22-11-2001).

 

Sobre la clericalización de los laicos

Papa Francisco
Discurso a los miembros de la Asociación “Corallo”


[El clericalismo] «es uno de los males de la Iglesia. Pero es un mal «cómplice», porque a los sacerdotes les agrada la tentación de clericalizar a los laicos; pero muchos laicos, de rodillas, piden ser clericalizados, porque es más cómodo, ¡es más cómodo! ¡Y este es un pecado de ambas partes! Debemos vencer esta tentación. El laico debe ser laico, bautizado, tiene la fuerza que viene de su bautismo. Servidor, pero con su vocación laical, y esto no se vende, no se negocia, no se es cómplice del otro… No. ¡Yo soy así! Porque allí está en juego la identidad. En mi tierra oía muchas veces esto: «¿Sabe? En mi parroquia hay un laico honrado. Este hombre sabe organizar… Eminencia: ¿por qué no lo hacemos diácono?». Es la propuesta inmediata del sacerdote: clericalizar. A este laico hagámoslo… ¿Y por qué? ¿Porque es más importante el diácono, el sacerdote, que el laico? ¡No! ¡Este es un error! ¿Es un buen laico? Que siga así y crezca así. Porque allí está en juego la identidad de la pertenencia cristiana. Para mí, el clericalismo impide el crecimiento del laico. Pero tened presente lo que he dicho: es una tentación cómplice entre dos. Porque no habría clericalismo si no hubiera laicos que quieren ser clericalizados» (Papa Francisco, Discurso a los miembros de la Asociación “Corallo”, 22-3-2014)


Papa Francisco
Encuentro con el Comité de coordinación del Celam en el
Centro de Estudios de Sumaré en Río de Janeiro

«El clericalismo es también una tentación muy actual en Latinoamérica. Curiosamente, en la mayoría de los casos, se trata de una complicidad pecadora: el cura clericaliza y el laico le pide por favor que lo clericalice, porque en el fondo le resulta más cómodo. El fenómeno del clericalismo explica, en gran parte, la falta de adultez y de cristiana libertad en parte del laicado latinoamericano. O no crece (la mayoría), o se acurruca en cobertizos de ideologizaciones como las ya vistas, o en pertenencias parciales y limitadas. Existe en nuestras tierras una forma de libertad laical a través de experiencias de pueblo: el católico como pueblo. Aquí se ve una mayor autonomía, sana en general, y que se expresa fundamentalmente en la piedad popular. El capítulo de Aparecida sobre piedad popular describe con profundidad esta dimensión» (Papa Francisco, Encuentro con el Comité de coordinación del Celam en el Centro de Estudios de Sumaré en Río de Janeiro, 28-7-2013).

 

Congregación para el Clero (durante el Pontificado de Benedicto XVI)
Directorio para el Ministerio y la Vida de los Presbíteros - Nueva Edición

«Otra manifestación de que el sacerdote está frente a la Iglesia, radica en el hecho de ser guía, que lleva a la santificación de los fieles confiados a su ministerio, que es esencialmente pastoral, pero presentándose con la autoridad que fascina y hace creíble el mensaje (cfr. Mt 7, 29). En efecto, toda autoridad ha de ejercitarse con espíritu de servicio, como amoris officium y dedicación desinteresada al bien del rebaño (cfr. Jn 10, 11; 13, 14)[105] .

Esta realidad, que ha de vivirse con humildad y coherencia, puede estar sujeta a dos tentaciones opuestas. La primera consiste en desempeñar el propio ministerio tiranizando a su rebaño (cfr. Lc 22, 24-27; 1 Pe 5, 1-4), mientras que la segunda tentación es la que lleva a hacer inútil, en nombre de una incorrecta noción de comunidad, la propia configuración con Cristo Cabeza y Pastor.

La primera tentación ha sido fuerte también para los mismos discípulos, y recibió de Jesús una puntual y reiterada corrección. Cuando esta dimensión viene a menos, no es difícil caer en la tentación del “clericalismo”, con un deseo de señorear sobre los laicos, que genera siempre antagonismos entre los ministros sagrados y el pueblo».

«Asimismo, es preciso salvaguardar el orden que estableció nuestro Señor Jesucristo, evitar la llamada “clericalización” del laicado, que tiende a disminuir el sacerdocio ministerial del presbítero; de hecho, sólo al presbítero, después del Obispo, y en virtud del ministerio sacerdotal recibido con la ordenación, se puede atribuir de manera propia y unívoca el término «pastor». El adjetivo «pastoral», pues, se refiere a la participación en el ministerio episcopal» (Congregación para el Clero, Directorio para el Ministerio y la Vida de los Presbíteros - Nueva Edición, nn. 25 y 28 11-2-2013).

 

Congregación para el Clero (durante el Pontificado de San Juan Pablo II)
Instrucción: El presbítero, pastor y guía de la comunidad parroquial

«En los últimos decenios la Iglesia ha conocido problemas de «identidad sacerdotal», derivados, en algunas ocasiones, de una visión teológica que no distingue claramente entre los dos modos de participación en el sacerdocio de Cristo. En algunos ambientes se ha llegado a romper aquel profundo equilibrio eclesiológico, tan propio del Magisterio auténtico y perenne. 

Hoy se dan todas las condiciones para superar el peligro tanto de la «clericalización» de los laicos como de la «secularización» de los ministros sagrados.

El generoso empeño de los laicos en los ámbitos del culto, de la transmisión de la fe y de la pastoral, en un momento además de escasez de presbíteros, ha inducido en ocasiones a algunos ministros sagrados y a algunos laicos a ir más allá de lo que consiente la Iglesia, e incluso de lo que supera su ontológica capacidad sacramental. De aquí se deriva también una minusvaloración teórica y práctica de la específica misión laical, que consiste en santificar desde dentro las estructuras de la sociedad.

De otra parte, en esta crisis de identidad, se produce también la «secularización» de algunos ministros sagrados, por un oscurecimiento de su específico papel, absolutamente insustituible, en la comunión eclesial» (Congregación para el Clero, Instrucción: El presbítero, pastor y guía de la comunidad parroquial, n. 7, 4-8-2002).

 

San Juan Pablo II
Discurso a la Conferencia Episcopal de las Antillas en visita “ad limina”

«Algunas personas, como sabéis, afirman que la disminución del número de sacerdotes es obra del Espíritu Santo y que Dios mismo guiará a la Iglesia, haciendo que el gobierno de los fieles laicos sustituya el gobierno de los sacerdotes. Ciertamente, esa afirmación no tiene en cuenta lo que los padres conciliares expresaron cuando trataron de impulsar una implicación mayor de los fieles laicos en la Iglesia. En su enseñanza, los padres conciliares destacaron simplemente la profunda complementariedad entre los sacerdotes y los laicos que entraña la naturaleza sinfónica de la Iglesia. Una comprensión errónea de esta complementariedad lleva a veces a una crisis de identidad y de confianza en los sacerdotes, y también a formas de compromiso laico demasiado clericales o demasiado politizadas.

El compromiso de los laicos se convierte en una forma de clericalismo cuando las funciones sacramentales o litúrgicas que corresponden al sacerdote son asumidas por los fieles laicos, o cuando estos desempeñan tareas que competen al gobierno pastoral propio del sacerdote. En esas situaciones, frecuentemente no se tiene en cuenta lo que el Concilio enseñó sobre el carácter esencialmente secular de la vocación laica (cf. Lumen gentium, 31). El sacerdote, en cuanto ministro ordenado, preside en nombre de Cristo la comunidad cristiana, tanto en el plano litúrgico como en el pastoral. Los laicos le ayudan de muchas maneras en esta tarea. Pero el ámbito principal del ejercicio de la vocación laical es el mundo de las realidades económicas, sociales, políticas y culturales. Es en este mundo donde los laicos están invitados a vivir su vocación bautismal, no como consumidores pasivos, sino como miembros activos de la gran obra que expresa el carácter cristiano. Al sacerdote corresponde presidir la comunidad cristiana para permitir a los laicos realizar la tarea eclesial y misionera que les compete. En un tiempo de secularización insidiosa, puede parecer extraño que la Iglesia insista tanto en la vocación secular de los laicos. Ahora bien, precisamente el testimonio evangélico de los fieles en el mundo es el centro de la respuesta de la Iglesia al mal de la secularización (cf. Ecclesia in America, 44).

El compromiso de los laicos se politiza cuando el laicado es absorbido por el ejercicio del "poder" dentro de la Iglesia. Esto sucede cuando no se considera a la Iglesia como "misterio" de gracia que la caracteriza, sino en términos sociológicos, o incluso políticos, basándose frecuentemente en una comprensión errónea de la noción de "pueblo de Dios", noción que tiene profundas y ricas bases bíblicas y que el concilio Vaticano II utiliza con tanto acierto. Cuando no es el servicio sino el poder el que modela toda forma de gobierno en la Iglesia, los intereses opuestos comienzan a hacerse sentir tanto en el clero como en el laicado. El clericalismo es para los sacerdotes la forma de gobierno que manifiesta más poder que servicio, y que engendra siempre antagonismos entre los sacerdotes y el pueblo; este clericalismo se encuentra en formas de liderazgo laico que no tienen suficientemente en cuenta la naturaleza trascendente y sacramental de la Iglesia, ni su papel en el mundo. Estas dos actitudes son nocivas. Por el contrario, la Iglesia necesita un sentido de complementariedad más profundo y más creativo entre la vocación del sacerdote y la de los laicos. Sin él, no podemos esperar ser fieles a las enseñanzas del Concilio ni superar las dificultades habituales relacionadas con la identidad del sacerdote, la confianza en él y la llamada al sacerdocio» (San Juan Pablo II, Discurso a la Conferencia Episcopal de las Antillas en visita “ad limina”, 7-5-2002)

 

San Juan Pablo II
Discurso a los obispos de Nueva Zelanda en visita “ad limina Apostolorum”

«También puede observarse una indispensable diferencia constructiva en el modo como las vocaciones sacerdotales y laicales están relacionadas en la vida y la misión de la Iglesia; y esto tiene importantes consecuencias para la formación de los seminaristas. Una tendencia a oscurecer las bases teológicas de esta diferencia puede llevar a una clericalización incorrecta del laicado y a una laicización del clero.

Naturalmente, es posible que el clero sea separado de manera errónea y destructiva, desembocando en un clericalismo que con razón se ha de rechazar. Sin embargo, ahora resulta evidente que cuando se ignora la diferencia esencial entre las vocaciones sacerdotales y laicales, las vocaciones al sacerdocio prácticamente desaparecen, y seguramente no es esa la voluntad de Cristo ni la obra del Espíritu Santo, como no era la intención del Concilio cuando fomentó un mayor compromiso laical en la vida de la Iglesia» (San Juan Pablo II, Discurso a los obispos de Nueva Zelanda en visita “ad limina”, 21-11-1998).

 

San Juan Pablo II
Discurso al VI grupo de obispos estadounidenses en vista «ad limina»

«Como dije durante mi visita pastoral a los Estados Unidos, una eclesiología auténtica debe poner especial cuidado en evitar tanto la laicización del sacerdocio ministerial como la clericalización de la vocación laical (cf. Discurso a los laicos, 18 de septiembre de 1987, 5). Los laicos deberían ser conscientes de su situación en la Iglesia: no han de ser meros receptores de la doctrina y de la gracia de los sacramentos, sino agentes activos y responsables de la misión de la Iglesia de evangelizar y santificar el mundo. Es propio de los laicos hacer que la verdad del Evangelio dé fruto en las realidades de la vida social, económica, política y cultural. También tienen la misión de santificar el mundo desde dentro mediante su esfuerzo en la gestión de los asuntos temporales (cf. Lumen gentium, 31; Christifideles laici, 15). Su tarea consiste en ordenar la sociedad hacia la plenitud que reside en Cristo (cf. Col 1, 19), siempre en comunión de fe y en armonía con los obispos, que «presiden en nombre de Dios la grey [...] como maestros de doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros de gobierno» (Lumen gentium, 20). Tal vez, como subraya la exhortación apostólica Christifideles laici, haya que prestar mayor atención a la catequesis y a la predicación, con el fin de lograr «la plena participación y la profunda inserción de los fieles laicos en la tierra, en el mundo, en la comunidad humana» (n. 15): así los laicos comprenderán mejor que éste es su apostolado primario en el seno de la Iglesia. Tienen necesidad de vuestro aliento constante. Esperan que sus pastores los fortalezcan en la santidad y los guíen con una enseñanza auténtica, permitiéndoles tomar iniciativas y dejándoles libertad de acción en el mundo (cf. Apostolicam actuositatem, 7)» (San Juan Pablo II, Discurso al VI grupo de obispos estadounidenses en vista «ad limina Apostolorum», 2-7-1993).

 

San Juan Pablo II
Exhortación Apostólica Christifideles Laici

«Como consecuencia de la renovación litúrgica promovida por el Concilio, los mismos fieles laicos han tomado una más viva conciencia de las tareas que les corresponden en la asamblea litúrgica y en su preparación, y se han manifestado ampliamente dispuestos a desempeñarlas. En efecto, la celebración litúrgica es una acción sacra no sólo del clero, sino de toda la asamblea. Por tanto, es natural que las tareas no propias de los ministros ordenados sean desempeñadas por los fieles laicos. Después, ha sido espontáneo el paso de una efectiva implicación de los fieles laicos en la acción litúrgica a aquélla en el anuncio de la Palabra de Dios y en la cura pastoral.

En la misma Asamblea sinodal no han faltado, sin embargo, junto a los positivos, otros juicios críticos sobre el uso indiscriminado del término «ministerio», la confusión y tal vez la igualación entre el sacerdocio común y el sacerdocio ministerial, la escasa observancia de ciertas leyes y normas eclesiásticas, la interpretación arbitraria del concepto de «suplencia», la tendencia a la «clericalización» de los fieles laicos y el riesgo de crear de hecho una estructura eclesial de servicio paralela a la fundada en el sacramento del Orden.

Precisamente para superar estos peligros, los Padres sinodales han insistido en la necesidad de que se expresen con claridad —sirviéndose también de una terminología más precisa—, tanto la unidad de misión de la Iglesia, en la que participan todos los bautizados, como la sustancial diversidad del ministerio de los pastores, que tiene su raíz en el sacramento del Orden, respecto de los otros ministerios, oficios y funciones eclesiales, que tienen su raíz en los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación.

Es necesario pues, en primer lugar, que los pastores, al reconocer y al conferir a los fieles laicos los varios ministerios, oficios y funciones, pongan el máximo cuidado en instruirles acerca de la raíz bautismal de estas tareas. Es necesario también que los pastores estén vigilantes para que se evite un fácil y abusivo recurso a presuntas «situaciones de emergencia» o de «necesaria suplencia», allí donde no se dan objetivamente o donde es posible remediarlo con una programación pastoral más racional» (San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Christifideles Laici, n. 23, 30-12-1988).

    

 

 

 

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