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23/09/2018

Mons. Reig presentó el libro de Carlo Caffarra «No anteponer nada a Cristo»

NOTA DEL OBISPADO DE ALCALÁ DE HENARES DE 26 DE SEPTIEMBRE DE 2018 (PINCHAR AQUÍ)


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El pasado jueves, 20 de septiembre, en el Aula Cultural “Civitas Dei” de Alcalá de Henares, Mons. Juan Antonio Reig Pla, presentó el libro del Cardenal Carlo Caffarra “No anteponer nada a Cristo”, Ed. Homo legens.

Después de dar a conocer algunos rasgos biográficos del cardenal y su estrecha relación con él mismo, explicó Mons. Reig la importancia que tiene para la Iglesia Católica la creación del Pontificio Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la familia. Es en este ámbito del Instituto donde el obispo de Alcalá pudo conocer el alma de este gigante del espíritu que fue el Cardenal Caffarra y la riqueza de su pensamiento.

A continuación explicó el título de la traducción española. “No anteponer nada a Cristo” es una expresión que está presente en la Regla de San Benito, fundador de los Benedictinos. En la época de la caída del Imperio romano, el joven Benito, viendo que sus amigos se corrompían, dejó Roma y se trasladó a Subiaco, viviendo como ermitaño y dedicándose a buscar el Reino de Dios: quaerere Deum. Transcurridos unos años, fundó con sus seguidores el monasterio de Monte Casino dedicándose a enseñar de nuevo el arte de vivir que está expresado en su Regla. Con esta nueva realidad monástica comenzó la evangelización de lo que con el tiempo se llamó la Europa cristiana.

Algunos autores contemporáneos han querido comparar nuestra época con el momento y proceso de la caída del Imperio romano. Entre ellos destaca el filósofo converso al catolicismo Alasdair Macintyre. Este autor, en su obra After virtue, después de comparar la decadencia cultural actual de Occidente con la decadencia de Roma, llega a afirmar que la diferencia con el Imperio romano es que entonces los bárbaros estaban en las fronteras y ahora los tenemos gobernando. Para Macintyre no estamos esperando, pues, a los bárbaros sino a Benito.

De este mismo modo de pensar se hizo cargo Joseph Ratzinger en distintas ocasiones y también aludió a ello siendo Benedicto XVI. Recientemente otro converso, el periodista norteamericano Rod Dreher  ha expuesto la necesidad de volver a la opción Benito, fundando verdaderos espacios de identidad cristiana que puedan ser como la sal y la luz del mundo. Su libro The Benedict option, recientemente traducido al italiano y al español, proporciona, sin duda alguna, un punto de contraste para tantos católicos en estos momentos.

También el Cardenal Caffarra expuso la necesidad de volver la mirada a San Benito para llegar a edificar familias como monasterios: “Lo que hicieron los monasterios benedictinos en Europa durante la caída del Imperio romano y las invasiones bárbaras, hoy, en el imperio de la nueva barbarie espiritual- antropológica, lo pueden hacer las familias creyentes. Y, gracias a Dios, aún existen” (pág. 170). Del mismo modo son necesarias las pequeñas comunidades a través de las cuales Dios hace obras grandiosas: “En esa destrucción total de todo que fue la caída del Imperio romano, Benito se retiró con algunos amigos en el bosque de Subiaco, sencillamente «para servir al Señor», dice en su Regla. De ese pequeño grupo se generó una nueva Europa. Veis, las pequeñas comunidades son pequeñas -es cierto- cuantitativamente, pero una de las reglas que el Señor sigue en su acción es que Él hace las obras grandes con las fuerzas pequeñas. En la Biblia esto está clarísimo. En estos días hemos leído la historia de Gedeón: manda a casa a estos, manda a casa a esos, dice el Señor, y se quedaron unos pocos cientos contra un ejército de miles y miles, y el Señor venció. El santo Cura de Ars decía: «Sansón mató a cien filisteos con la quijada de un burro. ¿Qué creéis que podría hacer Dios con un burro entero?». Por lo tanto, estas pequeñas comunidades como la vuestra son los lugares donde florece la nueva sociedad, son los lugares donde se ponen las bases para la verdadera ciudad de los hombres y, también, para la guía y una orientación en la Iglesia” (pág. 171).

Tras esta primera reflexión, Mons. Reig se adentró en el pensamiento filosófico-teológico del Cardenal Caffarra, destacando los puntos neurálgicos de la decadencia cultural presente y la necesidad de reconstruir el “humanum”. En este sentido expuso lo que significa la decadencia de la razón y su colapso. En estos momentos se está privilegiando la “razón instrumental” que, a través de la técnica y la tecnología, se presenta como razón hegemónica al margen de la verdad del hombre y del bien humano. Este tipo de razón, sin la base de una antropología adecuada y sin los criterios para salvaguardar el bien moral de la persona, está atravesando incluso el alma humana que camina por las sendas del nihilismo y el posthumanismo.

Del mismo modo, al no estar la libertad humana anclada en la verdad del hombre (designio de la Sabiduría infinita de Dios-creador), ésta se encamina hacia su propia perversión. La perversión de la libertad se produce cuando la voluntad humana, en vez de ser guiada por la inteligencia y la verdad del hombre, sigue simplemente los impulsos de los instintos, de los sentimientos y emociones, estimulados potentemente por los medios de comunicación en una sociedad volcada al consumo. Hoy, cuando se apela a la autonomía radical y soberana de la voluntad, desconociendo la naturaleza propia de la persona y su auténtica libertad unida a la verdad, se está preparando un mundo de esclavos de sí mismos y de los tiranos de turno.

Finalmente, el obispo de Alcalá de Henares, destacó el tercer factor que promueve la destrucción de lo humano. Se trata del “apagón” de la conciencia moral que deja al hombre a oscuras, con una libertad sin norte y totalmente sometida al relativismo moral.

Toda la obra del Cardenal Caffarra, y también la selección de textos en este libro, ha ido encaminada a proponer las bases para una antropología adecuada que salvaguarde la dignidad del hombre (imagen de Dios) y proponga las claves de la ética que conduzcan a la libertad hacia la perfección de la persona humana.

Desde la luz de la razón y de la fe, Caffarra encamina los pasos del hombre para su encuentro con Cristo, quien - con palabras del Concilio Vaticano II - manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación (Cf. GS 22 y 24). El encuentro con Cristo, contemporáneo nuestro en la Iglesia y en los sacramentos, y la vocación al don de sí son los elementos esenciales para que, con la gracia de la redención, se pueda reconstruir el “humanum” desde la familia y la comunidad cristiana.

Después de exponer los cinco peligros para la Iglesia actual (pág. 81), monseñor Reig fue exponiendo las distintas partes del libro, alternado con la lectura de algunos pasajes que ilustraban su explicación.

La selección de textos que recoge este libro da cumplida cuenta de la obra de este Cardenal que, como profesor y como pastor, ha seguido de cerca los acontecimientos de la vida eclesial y de la vida social. En esta selección de textos se podrán encontrar, pues, las más variadas cuestiones (vida personal, familiar, social, política, eclesial etc.) descritas de manera sencilla y analizadas con una profundidad y transparencia que tan sólo los grandes maestros pueden hacer.

Monseñor Reig concluyó expresando su gratitud al Cardenal Caffarra, maestro de la Verdad, amante de la Iglesia y del Papa, que se distinguió siempre por su grandeza de espíritu y por su gran libertad.

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PRÓLOGO DE

MONS. JUAN ANTONIO REIG PLA

AL LIBRO DE

CARLO CAFFARRA «NO ANTEPONER NADA A CRISTO»

            El libro que tienes en tus manos, querido lector, lo considero  una verdadera joya. No lo digo sólo  por su altísimo valor o por la rareza  de un pensamiento tan profundo. Este libro contiene, en pequeños retales, las fibras más íntimas del alma de este gigante del espíritu que fue el Cardenal Carlo Caffarra, considerado uno de los mejores teólogos moralistas del momento presente.

            Conocí a Carlo Caffarra en el año 1990 en Madrid, adonde había acudido a pronunciar una conferencia. Yo iba con el encargo de mi arzobispo de proponerle la apertura de una sección del Pontificio Instituto Juan Pablo II en Valencia. Mi impresión al escucharlo por primera vez la guardo intacta en mi memoria. Comprendí que estaba delante de un hombre de Dios, de un maestro que unía la profundidad de los análisis con la claridad de exposición y, a la vez, intuía la sencillez de un alma atravesada por el don de la «infancia espiritual».

            Al hablar con él, y después de muchos años de estar unidos en los trabajos del Instituto Juan Pablo II, pude comprobar cuanto capté en la primera impresión y lo descubrí como un verdadero padre. Lo he visto muchas veces orar a solas en la capilla del Instituto, en la que destaca una vidriera de las Bodas de Caná, y he deducido que toda su clarividencia y sencillez brotaban del contacto íntimo con el Señor y de su amor especialísimo a la Santísima Virgen María.

            Desde el primer encuentro siempre he leído y estudiado todo lo escrito por el añorado Cardenal, constatando sus análisis agudos y su clarividencia. Ambos aspectos se han puesto de manifiesto en sus últimos textos sobre La conciencia en Newman y sobre La reconstrucción de lo humano. Se ha hablado de estos textos póstumos, que no llegó a pronunciar, como su testamento espiritual. Lo que es evidente es que en ellos aparece de nuevo y de una manera nítida toda su clarividencia y su espíritu profético. Siguiendo la trayectoria de su vida podemos afirmar que nos encontramos ante un hombre verdaderamente libre que se puso, sin reservas, al servicio de la verdad. Recuerdo que cuando lo visité en su pequeño apartamento en Roma me llamó la atención que en una de las paredes colgaba un dibujo de Picasso que representaba a Don Quijote y a Sancho Panza, personajes del inmortal Cervantes. Le pregunté por ello y me dijo de manera apasionada que era un gran admirador del Quijote cervantino y me recordó inmediatamente algunos pasajes, entre ellos la batalla contra los molinos de viento, que citó varias veces en sus conferencias. En el mismo Quijote leemos: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos, con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar cubre; por la libertad así como por la honra se puede y se debe aventurar la vida, y por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres» (Cervantes, El Quijote, 2ª parte, cap. LVIII).

            Indiscutiblemente el Cardenal Caffarra tenía alma de Quijote, siempre dispuesto a «desfacer entuertos y a socorrer a los huérfanos», los huérfanos provocados por una cultura nihilista que socava las raíces del alma y nos hace perder el horizonte de la verdad y de la eternidad junto a Dios nuestro Padre. Como el Quijote, Caffarra ha sido un hombre libre  como ha expresado en uno de los textos inéditos que iba a pronunciar en Londres sobre la conciencia moral. En él habla de «mi conciencia súbdita y soberana». Súbdita de la verdad y soberana para ejercitarse en la verdad y la justicia. Como no podía ser menos, también en el otro texto póstumo que iba a pronunciar en el Centro Rosetum de Milán, Caffarra, después de afirmar que «la voz la conciencia sitúa la libertad del hombre ante un absoluto: un deber absoluto», habla de la posibilidad de falsear la conciencia desde la propia subjetividad y con un acto suyo. Para ello pone el ejemplo de Sancho Panza que reconoce que merece ser castigado, pero ¡pide darse él mismo los bastonazos! El Cardenal afirma a continuación: «El gran Cervantes había comprendido a la perfección la falsificación de la conciencia».

El criterio de un maestro

Acercarse a su figura supone en primer lugar reconocer en él al maestro que quería indicar un camino que él previamente había recorrido. Cumpliendo la indicación de Pablo VI, fue maestro porque era testigo. Su figura emerge como una respuesta a nivel eclesial a la necesidad urgente en la Iglesia de unos fundamentos sólidos donde construir la enseñanza moral de la Iglesia, para lo cual empeñó la vida, la fama y la salud con una generosidad asombrosa. Es importante comprender esto para no perder su auténtica dimensión. La obra escrita de Caffarra está referida a su enseñanza directa donde se mostraba siempre como un testigo de la fe y exponía de forma creíble las respuestas a las preguntas profundas del hombre. Antes que un estudioso o un intelectual que comunica los resultados de sus estudios, él en cualquier ocasión mostraba la riqueza de la fe que hacía presente en sus palabras. Lo hacía centrando las preguntas reales que latían detrás de los dilemas morales. Una vez determinada la cuestión verdadera, es donde la respuesta resultaba clarificadora. Sabía hacer preguntas porque sabía también la claridad de las respuestas. Esa era su virtud más marcada, mostrar de qué modo la luz de la fe servía para iluminar la vida concreta de las personas. De aquí es de donde nacía su pensamiento siempre volcado a su comunicación de un modo generoso y humano. Su deseo de claridad nacía de la conciencia de los males que la confusión generaba en la Iglesia y más en el campo moral donde se aboca a las personas a sufrir tanto en sus vidas.

            El camino emprendido por Caffarra era la respuesta adecuada. La deriva eclesial que venimos sufriendo desde hace tiempo se debe en gran medida a un error en la fe que no se concibe como vida. Por eso se había desgajado de la enseñanza bíblica y proyectaba una interpretación sacramental problemática. Era necesario profundizar en la vida de la fe para dar una orientación, no se trata de aplicar normas recibidas por la fe, sino en descubrir la fuente de vida que es la misma fe.

La vida en Cristo

            Resulta natural que su obra central se llame Vida en Cristo. No es en él un título sin más, sino expresión exacta de su forma mentis. Comprender la moral directamente como la expresión natural de la vida cristiana que nace del encuentro con Cristo y, por ello, algo que está presente en todo cristiano por el bautismo, y que, de modo natural, conduce a una reflexión que sirva para profundizar en sus principios y su ordenación.

            No se trataba simplemente de coordinar diversas aportaciones teológicas como el cristocentrismo objetivo y la conciencia y libertad filiales. No consistía en ordenar ideas en un sistema más completo que ayude a comprender una propuesta intelectual. Era más bien individuar siempre la presencia real en la acción humana de Cristo salvador y la necesidad radical de cada persona de un encuentro con Cristo para poder encontrar su propia identidad.

            Eso es lo que movía su pensamiento y se expresaba de forma natural en su modo de comunicarlo en todo tipo de enseñanzas, como conferencias, cursos, encuentros. En todos ellos se ofrecía a sí mismo en una relación personal llena de amistad y confianza.

La experiencia moral como lugar de gracia

            La gran fuerza de la propuesta de Caffarra era acercarse a la experiencia moral del hombre que actúa y descubrir en ella la presencia de la gracia. Este es el fundamento de cualquier metodología moral que no puede ver la vida cristiana desde fuera, sino que se ha de insertar en ella. De esta forma se da unidad a lo específicamente humanum, que no puede ser sustituido por una visión cientificista que pierde esta mirada unitaria.

            Así presentaba la vida de Cristo como motor de libertad, y se alejaba directamente ya sea de la concepción normativista de una obligación exterior, como la meramente formal autonomista, vacía de contenidos. La experiencia moral le permitía ver la moral como lo serio de la existencia, donde el hombre se juega su destino eterno ante Dios. Así como la fe forma un todo incomparable que es recibido, la moral contiene la recepción de la donación de Dios en Cristo en vista de la plenitud humana en el plan de salvación de Dios. Siempre impresionaba la fuerza de la eternidad que latía en sus palabras como fuente que vivifica el corazón del hombre. Esto caracterizaba su forma de abordar la Escritura donde los textos se hacían vitales porque los leía desde la dramática interna del hombre que responde a Dios.

            Por ello, aborrecía cualquier modo de relativizar la experiencia de absoluto contenida en tal experiencia o concebir la interioridad humana a modo de un vacío. La presencia de Cristo en nuestras acciones concretas era entonces el lugar natural de la moral donde resuena la voz de Dios que nos guía en el camino donde descubrimos la plenitud de nuestra existencia en Cristo. Un lugar habitado por la Iglesia en una comunión primera ofrecida que el hombre recibe como un don y que, del mismo modo que Newman, es la formación primera de la conciencia cristiana que es dócil a la voz de Dios que escucha por la autoridad de la Iglesia.           

El plan de Dios y las catequesis: la ética de la sexualidad

            Es imposible referirnos al Cardenal Carlo Caffarra sin tener en cuenta un acontecimiento que marca toda su existencia: el encuentro y la amistad con San Juan Pablo II, concretado en la misión de fundar el Pontificio Instituto Juan Pablo II para los estudios del matrimonio y la familia. Se trata de una consecuencia de su intervención en el Sínodo de la Familia de 1980. Admirado por sus conocimientos y por la profundidad de sus análisis, San Juan Pablo II decidió elegirle para esta tarea. Su vínculo fue tan estrecho que ambos hablaban de nuestro Instituto.

            No era una simple tarea sino una misión que ha caracterizado su vida hasta su muerte señalada después de sus intervenciones en los dos sínodos sobre la familia de 2014 y 2015. Todo parte de una tarea recibida de Juan Pablo II que el entonces profesor de teología se ve llamado a desarrollar. En primer lugar, recibe una convicción con la que habló largamente con el Papa polaco, de que el punto fundamental era una pérdida de la identidad en referencia a Cristo. Es lo que narraba Ramón García de Haro del primer encuentro de profesores del Instituto con San Juan Pablo II: «la tragedia del hombre de hoy es que se ha olvidado de quién es: ya no sabe más quién es».  Además, le entregó en depósito una primera herencia de un valor inmenso: las Catequesis sobre el amor humano que iba pronunciando a lo largo de esos años y que Carlo Caffarra recibe como encargo para el Instituto editar con estudios introductorios donde él hace el prólogo general que marca la lectura de la obra y es un criterio de interpretación de la misma.

            De aquí que, sin apartarse en ningún momento de la experiencia moral fundamental, desciende a ver de qué modo la verdad de Cristo, que ilumina la vida concreta de las personas, ilumina también la verdad de la sexualidad humana. Si se vio envuelto de forma directa en los debates sobre la Humanae vitae, su interés no era solo defender una norma sino la verdad que está en juego en el sentido de que: «la gramática que rige el lenguaje de la persona que es la sexualidad, es la gramática del don de sí».

Un servicio a la Iglesia que permanece abierto

            La tarea empeñada ha sido de un gran valor por lo que supuso al entonces profesor Caffarra la misión de aglutinar una investigación moral a nivel internacional centrándola en los puntos más fundamentales que en él siempre giraron en torno a la persona y al amor esponsal.

            La frescura de su pensamiento lo abría siempre a las nuevas cuestiones que aparecían en el debate moral y cultural. Como pastor consideraba necesario iluminar a los fieles, también a los más sencillos que son los más desvalidos. Es la tarea que desarrolló en su etapa de obispo, donde nunca dejó de estar cercano a las personas, pero siempre como maestro en la fe y padre de sus sacerdotes.

            Hasta el final de su vida el Cardenal Caffarra se distinguió por la valentía de buscar la verdad para servir a la Iglesia. Esta valentía está vinculada con la sabiduría de la alianza de Dios en el corazón del hombre por la creación. Esta alianza se hace plena y visible en Jesucristo, vida nuestra que nos introduce en la comunión trinitaria. De aquí que su magisterio y su vida sean muestra del amor íntimo de Dios que es expresión de misericordia. «La verdadera «compasión» hacia el hombre despojado de la originalidad de su persona, nos recordaba Caffarra, es reconducirlo a sí mismo, a su verdad: no es ofrecerle pensamientos que son solo profilácticos contra una infección mortal para su dignidad real».

            No existe ninguna pregunta fundamental sobre lo específicamente humano que no encuentre respuesta en este libro. Además de fundamentar la dignidad de la persona humana y el valor de la libertad; además de analizar el sentido de la vida humana y su valor inalienable;  además de explicitar la verdad del matrimonio y de la familia, de resaltar la importancia de la tarea educativa y la necesidad de la presencia pública de los católicos según los principios de la Doctrina Social de la Iglesia… Carlo Caffarra no se olvidó de bucear en lo íntimo de la vida cristiana (la oración, el encuentro con la Palabra de Dios, la adoración, la vida sacramental, el testimonio cristiano, etc.) y supo en todo momento resaltar la mediación de la Iglesia y la importancia del Papado. Por eso para concluir quisiera, con las mismas palabras del autor del libro, destacar los cinco peligros que hoy amenazan a la Iglesia católica.

            «La alternativa a una Iglesia sin doctrina no es una Iglesia pastoral, sino una Iglesia del arbitrio y esclava del espíritu del tiempo. Este peligro es grave y si no se derrota, causa daños graves a la Iglesia. Al menos por dos razones. La primera es que, al ser la Doctrina Sagrada nada menos que la divina Revelación del plan divino sobre el hombre, si la misión de la Iglesia no está arraigada en ella, ¿qué puede decirle la Iglesia al hombre? La segunda razón es que cuando la Iglesia no se protege ante este peligro corre el riesgo de respirar el dogma central del relativismo.

            El segundo peligro es olvidar que la clave interpretativa de toda la realidad y, en especial, de la historia humana, no está dentro de la misma historia. Es la fe. San Máximo el Confesor considera que el verdadero discípulo de Jesús piensa en todas las cosas por medio de Jesucristo, y Jesucristo por medio de todas las cosas.

            El tercer peligro es el primado de la praxis [peligro de origen marxista]. Me refiero al primado fundacional. El fundamento de la salvación del hombre es la fe del hombre, no su acción. Lo que debe preocupar a la Iglesia no es, en primer lugar, la cooperación con el mundo en grandes procesos operativos para alcanzar objetivos comunes. La infatigable preocupación de la Iglesia es que el mundo crea en Aquel que el Padre ha mandado para salvar al mundo.

            El cuarto peligro, muy unido al anterior, es la reducción de la propuesta cristiana a una exhortación moral. Es el peligro pelagiano, que Agustín llamaba el horrendo veneno del cristianismo. Esta reducción tiene el efecto de hacer que la propuesta cristiana sea aburrida y repetitiva. Sólo Dios, en su acción, es siempre imprevisible. Y, de hecho, el centro del cristianismo no es la acción del hombre, sino la Acción de Dios.

            El quinto peligro es el silencio sobre el juicio de Dios, por medio de una predicación de la misericordia divina hecha de tal modo que corre el riesgo de hacer desaparecer de la conciencia del hombre que escucha la verdad que Dios juzga al hombre».

            A través de estas palabras resuena una voz profética que continuaremos necesitando en todo momento. Agradezco al editor la oportunidad que me ha ofrecido al pedirme que prologara la edición española de este libro. Mi gratitud al cardenal Carlo Caffarra es grande. Para mí él fue un padre, un maestro y un profeta. No dudo que con esta obra, sencilla y profunda, se va a acrecentar el caudal de la cultura católica para todos nosotros, necesitados de ver brillar ante nuestros ojos el esplendor de la verdad. 

+ Juan Antonio Reig Pla,
Obispo de Alcalá de Henares

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6 de septiembre de 2017, fallecimiento del Cardenal Caffarra

31 de enero de 2018, Mons. Reig: Indiscutiblemente el Cardenal Caffarra tenía alma de Quijote, siempre dispuesto a «desfacer entuertos y a socorrer a los huérfanos»

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