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HOMILIAS 2000
VIGILIA DE
ORACIÓN EN EL PASO AL TERCER MILENIO.
Catedral, 31
Diciembre 2000
LECTURAS: Is 11, 10-11; Rm 8, 14-30; Lc 12, 35-48
1. «También vosotros estad preparados, porque en el momento que menos penséis, vendrá el Hijo del hombre» (Lc 12, 40). Estas son las palabras del evangelio de Lucas, que acaba de ser proclamado. Esta Noche es muy especial; millones de personas la están pasando de una manera, para ellos divertida, pero tal vez profana. Esta noche nos hemos reunido entorno a Jesús sacramentado, para pasar del siglo XX al XXI, del Segundo al Tercer milenio, en su compañía, haciendo oración. Jesús es el Señor de la historia y del tiempo. El tiempo le pertenece a Él, pues es el Rey de los siglos, inmortal e invisible (cf. 1 Tm 1, 17). Unirse a Él significa estar por encima del tiempo: de las horas, de los siglos y de los milenios; significa ser con Él dueños y señores de la historia, en vez de sucumbir al paso del tiempo.
2. Realizar un gesto de alabanza a Dios, de acción de gracias, de petición y súplica, de perdón al Señor en esta noche, es unirnos al Señor de la historia y del tiempo. Orando es la mejor manera de pasar de un Milenio a otro. Lo estamos haciendo con sencillez y simplicidad, con los signos y gestos de siempre de la liturgia: la palabra proclamada, la presencia eucarística de Jesucristo en el altar, la luz, el incienso. Lo hacemos sin prisa, porque el tiempo en Él no cuenta, cuenta más bien en nuestra vida demasiado acelerada y presurosa, en la queremos hacer muchas cosas y nos falta tiempo para todo. Pero cuando se está con el Señor, el tiempo no cuenta. Estos son, estimados hermanos, momentos de eternidad, porque estamos con el Señor de la historia.
3. El Señor del tiempo y de la historia, según el texto de Isaías, se presenta como Juez Universal: «No juzgará por las apariencias, ni sentenciará de oídas. Juzgará con justicia a los débiles, y sentenciará con rectitud a los pobres de la tierra» (Is 11, 3-4). No lo hará como solemos hacer los hombres, sino con justicia y rectitud: «Justicia será el ceñidor de su cintura, verdad el cinturón de sus flancos» (Is 11, 5). Al Juez de la historia le pedimos que sea misericordioso para con todos nosotros y para con nuestros hermanos los hombres. El Señor de la historia se presenta también como Sabiduría: «Brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de la raíz. Sobre Él se posará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor» (Is 11, 1-2). La sabiduría de Dios se ha hecho hombre; la Palabra eterna de Dios se ha hecho encarnado y le pedimos que nos llene de su espíritu.
4. El mismo Señor de la historia nos trae una paz mesiánica. De manera poética, Isaías describía esta paz mesiánica diciendo: «Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un niño pequeño los pastorea» (Is 11, 6). «Nadie hará daño, nadie hará mal en todo mi Monte santo, porque la tierra está llena del conocimiento del Señor, como cubren las aguas el mar» (Is 11, 9). Esa es la paz que el Señor, Cristo Jesús, nos trae. Nos la trae para que la gocemos ya de manera anticipada aquí en la tierra y para que la vivamos de manera plena y definitiva más allá, después de esta vida.
5. Y el mismo Señor y Juez de la historia, el que nos trae la paz mesiánica, Jesucristo, nos hace hijos de Dios: «Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios (...). Y si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados» (Rm 8, 14.17). «No recibisteis, pues, un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!» (Rm 8, 15). El que es juez es al mismo tiempo hermano nuestro. Es hijo de Dios y hermano de los hombres, a quienes hace, con Él, hijos adoptivos de Dios, su Padre.
6. Hoy agradecemos a Dios todo lo que supone la venida de Jesucristo: la fraternidad universal que nos ha traído, la filiación divina, la paz, la salvación, y tantas y tantas cosas, que hemos estado gozando en nuestra vida y hemos gozado en este año que está terminando.
7. En nuestra situación histórica no siempre las cosas van como nos gustarían. El mismo Pablo en la carta a los Romanos habla de que «la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el recate de nuestro cuerpo» (Rm 8, 22-23). Nos vemos a veces afligidos por las circunstancias adversas de nuestra vida terrena, sufriendo la enfermedad y la muerte, pero tenemos la esperanza de un futuro de gloria para los santos y elegidos de Dios (cf. Col 3, 12). Todo lo que nos ocurre sucede según la voluntad de Dios para nuestro bien, aunque aparentemente nos sea adverso. Como dice Pablo: «Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio. Pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a ésos también los glorificó» (Rm 8, 28-30). Caminamos libres del miedo que aflige a tantos paganos, a tantos no-creyentes en Cristo, que no lo conocen, ni lo profesan como Señor del mundo y Rey inmortal. Pero tenemos la esperanza, en medio de las vicisitudes del mundo, de que el Señor volverá como juez misericordioso para todos nosotros.
8. El evangelista Lucas nos exhorta a estar preparados: «Tened ceñida la cintura y las lámparas encendidas, y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran» (Lc 12, 35-36). No podemos pasar la vida y el tiempo como si no existiera Dios. No podemos pasar de un siglo a otro o de un milenio al otro, como si Dios no existiera o no hubiera venido Jesucristo a la tierra. No podemos hacerlo los cristianos así, de forma pagana. Hemos de hacerlo desde la fe, desde la esperanza, desde el amor a Dios y a los hermanos.
9. Estamos en el paso de un siglo y de un milenio. Hace cien años, por deseo del Papa León XIII, se celebró un Jubileo general en toda la Iglesia con motivo del final de siglo e inicio del siguiente. Con la encíclica "Annum Sacrum", del 25 de mayo de 1899, el Papa preparaba la consagración de toda la humanidad al Sagrado Corazón de Jesús, en el año jubilar de 1900. Decía en esa carta encíclica: "Este testimonio universal y solemne de honor y piedad -es decir, el acto de consagración- conviene completamente a Jesucristo, porque Él mismo es el príncipe y el Señor soberano (...). Por eso, por Él no sólo los católicos y cuantos han recibido el bautismo, sino también todos y cada uno de los hombres han llegado a ser un 'pueblo adquirido' (1Pe 2,9)" (Dezinger-Hünermann, 3350 y 3352), un pueblo redimido por el Señor. Toda la humanidad ha sido redimida por Jesucristo.
10. Si hace cien años León XIII escribió en su carta que Cristo era el Redentor de todos los hombres, hace poco el Papa actual, Juan Pablo II, también ha escrito una carta encíclica sobre Jesucristo, Salvador de toda la humanidad en la que dice: "Jesucristo tiene, para el género humano y su historia, un significado y un valor singular y único, sólo de Él propio, exclusivo, universal y absoluto. Jesús es, en efecto, el Verbo de Dios hecho hombre para la salvación de todos" (Dominus Iesus, 15).
11. En nuestra ciudad de Alcalá de Henares, hace cien años, se levantó una cruz en el "Campo del Ángel" para celebrar la entrada en el siglo XX y como homenaje a "Cristo Redentor, Rey de los siglos". Este gesto fue promovido por el Padre Lecanda, religioso de la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri (los filipenses), al que se unieron los niños y jóvenes de Alcalá, yendo solemnemente en procesión el día 1 de enero de 1991. Nosotros, esta mañana, hemos recordado ese acontecimiento ante la Cruz del "Campo del Ángel". También hoy como entonces celebramos a Jesucristo como único Señor. Si el lema de hace cien años era "Cristo Redentor, Rey de los siglos", hoy queremos celebrarlo bajo el título de "Cristo Salvador, Rey de los milenios", porque hoy hacemos el paso de un Milenio a otro, el cambio de Milenio. Entramos en este momento en el Tercer Milenio de la era cristiana. Dios nos ha concedido a todos nosotros la gracia de poder vivir entre el Segundo y el Tercer milenio, y nos ha colmado con las riquezas de sus gracias abundantes, haciéndonos sus hijos adoptivos en el Hijo único, Jesucristo.
12. Hace cien años las autoridades de Alcalá, el Delegado del Arzobispo y el mismo Alcalde del Ayuntamiento invitaban a todos los vecinos de la ciudad a iluminar los balcones y a engalanarlos de modo especial por el paso de un siglo a otro. Era una forma de expresar, como lo hemos hecho también nosotros con las luces encendidas del cirio pascual, que Cristo es la luz del mundo. Hubiera sido hermoso que esta noche nuestros balcones hubieran estado iluminados, encendidos con alguna luz, simbolizando que Cristo, Luz del mundo, es también el Señor de la historia y de los milenios. Al menos de manera simbólica, el Palacio Episcopal de nuestra ciudad está iluminado esta noche con unas antorchas especiales, que podéis ver al terminar la celebración, como signo de que Cristo es la Luz que nos acompaña en este paso de milenio.
13. Me gustaría también que realizáramos otro signo que perdurara en el tiempo y que reflejara este paso de milenio. Tal vez cuando restauremos nuestra plaza, la plaza de los Santos Niños, se pueda poner una inscripción o un signo visible, que exprese este paso de Milenio y que nos recuerde, cuando atravesemos la plaza, el señorío de Jesucristo sobre la historia y el tiempo.
14. Al finalizar este Segundo Milenio de la era cristiana, pedimos a Cristo que, como mediador único entre Dios y los hombres (cf 1 Tim 2, 5), presente ante el Padre nuestra intercesión por los santos, por todos los cristianos y rezamos por los que no le conocen, para que puedan «acercarse al trono de la gracia y hallar misericordia en tiempo oportuno» (Hb 4, 16). Esta noche, estimados hijos, invocamos a la Santísima Trinidad, pidiéndole perdón de nuestros pecados y de nuestras debilidades; invocamos a la Santísima Trinidad, dándole gracias por todos los beneficios recibidos de su generosa mano; e invocamos a la Santísima Trinidad, alabándola y glorificándola por siempre: al Padre, origen de todo; a Jesucristo, Hijo eterno de Dios, mediador de la nueva alianza, Salvador de la humanidad y Señor de la historia, de los siglos y de los milenios; al Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo y que nos otorga la vida divina. Al Dios único sea dada la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos (cf. Ap 5, 13). Amén.
NATIVIDAD DEL
SEÑOR. MISA DE MEDIANOCHE
Catedral, 24
Diciembre 2000
LECTURAS: Is 9, 1-3.5-6; Sal 95; Tt 2, 11-14; Lc 2, 1-14
1. Acabamos de escuchar el relato del anuncio del ángel a los pastores: «No temáis, os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor» (Lc 2, 10-11). Este estribillo es el que hemos cantado en el salmo interleccional, repitiéndolo como una gran noticia.
2. Jesús ha nacido en una pequeña aldea, Belén de Efratá, donde ni siquiera ha encontrado posada y ha tenido que salir a las afueras. "Belén en estos días, -nos ha dicho el Papa-, se convierte en el lugar al que se dirigen los ojos de todos los creyentes. La representación del nacimiento, que la tradición popular ha difundido en todos los rincones de la tierra, nos ayuda a reflexionar mejor sobre el mensaje que desde Belén sigue irradiándose para toda la humanidad. En una mísera gruta contemplamos a un Dios que se hace niño por amor" (cf. Audiencia general, Vaticano, 20.XII.2000). Este es el secreto del Dios hecho hombre: el amor que nos tiene a todos y cada uno de nosotros. Ha venido porque nos ama; ha venido porque nos quiere; ha venido porque sabe que sin Él no somos nada; ha venido porque lo necesitamos.
3. La espera y el clamor de la humanidad, el deseo de ver a Dios, el ansia de salvación y de felicidad encontraron la respuesta imprevista y desbordante de la libertad amorosa de Dios, que decidió enviar a su Hijo al mundo «para que el mundo se salve por Él» (Jn 3,17). Pues «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16), como nos dice San Juan. Tanto nos ha amado Dios, que ha enviado a su Hijo. La gesta que estamos celebrando esta noche es una gesta de amor, que salva, que redime al hombre, que lo saca de su situación de la que él solo no puede salir. La situación de pecado y de debilidad del hombre y de la humanidad no puede ser resuelta por el mismo hombre y hace falta que alguien que nos ama, el Hijo de Dios, entre en nuestra condición humana y se haga hombre, para sacarnos de esta situación. «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; lleva a hombros el principado y es su nombre (...) 'Príncipe de Paz'» (Is 9, 5).
4. Los ángeles constatan con su canto lo que significa la presencia de Jesús en el mundo, y hemos oído que decían a los pastores y a todo el mundo: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor» (Lc 2, 14). Estamos, hermanos, necesitados de paz; de la paz de Dios. La paz de los tratados internacionales es muy quebradiza. La paz que pretenden las armas es muy cara, porque cuesta muchas vidas humanas y no es auténtica paz sino dominación, dominación del hombre por el hombre. La paz de los partidos políticos es muy débil y a veces engañosa. La auténtica paz es la que Cristo nos trae. La paz es "el don que debemos implorar con confianza; es el proyecto que debemos hacer nuestro con solicitud constante", decía el Papa (cf. Audiencia general, Vaticano, 20.XII.2000). Con oración, hemos de pedir la paz para todo el mundo, para nuestros queridos pueblos, para nuestra nación. Sólo si el Señor nos la regala, podemos vivir su paz, la que el mundo no puede dar: «Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo» (cf. Jn 14, 17). Jesús nos la ha regalado a través de la oferta de su vida.
5. Celebramos esta noche santa los dos mil años del nacimiento del Salvador. Este año se cumple ciertamente el dos mil Aniversario. "Este año es una Navidad especial -decía el Papa en la Audiencia general del pasado miércoles-, la Navidad de los dos mil años de Cristo: un 'cumpleaños' importante, que hemos celebrado con el Año Jubilar, meditando en el evento extraordinario del Verbo eterno hecho hombre por nuestra salvación". Estas Navidades deben ser especiales. Dos mil años después del nacimiento de Cristo en la gruta de Belén, la Iglesia exulta con renovado gozo por este maravilloso gesto de la misericordia de Dios. Mediante la encarnación del Verbo, por el cual Dios creó el mundo, a través de los misterios de su vida, de su pasión y muerte, de su resurrección, el hombre, que había perdido la amistad con Dios y vivía en sombras de muerte y caminaba en tinieblas, como hemos oído en la lectura de Isaías (cf. Is 9, 1-2), ha sido regenerado a la vida de Dios y ha sido readmitido a la comunión con Él.
6. Al hombre le ha brillado una luz nueva, inédita. El hombre, guiado por su propia razón, por sus deseos y sentimientos, camina a tientas y a ciegas. Pero el hombre, guiado por la luz de Jesucristo, camina hacia la verdad, hacia la vida y hacia la auténtica luz. Hoy pedimos al que es la Luz, que ilumine nuestras vidas; que ilumine nuestro caminar; que nos arranque de las tinieblas de nuestros egoísmos, de nuestras cegueras y de nuestro pecado; que haga brillar su luz en nuestros rostros y en nuestros corazones (cf. 2 Co 4, 6).
7. Hoy es un día de alegría. Esta Noche Santa es una noche de gozo y de gran alegría, por la presencia de Dios entre nosotros. Nos alegramos porque el Salvador, el Príncipe de la paz, viene a rescatarnos. Como decía Isaías: «Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. Porque la vara del opresor y el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebraste como el día de Madián» (Is 9, 2-3). Hoy es noche de gozo y alegría, porque el Salvador ha roto el yugo que nos dominaba; nos ha liberado de la opresión de nosotros mismos y del demonio; nos ha redimido de nuestro pecado y del pecado de los demás. Ello es motivo de alegría y de gozo para todos nosotros, porque somos, como dice Isaías, el pueblo que caminaba en tinieblas y ha visto una luz grande; somos gente que vivía en tierra de sombras y nos ha brillado una gran luz (cf. Is 9, 1-2).
8. Es motivo, además, de gran alegría en esta noche, porque todo ello nos hace cambiar a mejor de vida. San Pablo en la carta a Tito, proclamada: «enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos» (Tt 2, 12).
Esta noche Jesús nos invita a que renunciemos a la irreligiosidad; a que seamos más religiosos; a que tengamos más en cuenta a Dios en nuestra vida; a que renunciemos a los deseos mundanos, que no tienen nada que ver con su presencia; a que vivamos la alegría de estar con Él. Nos invita «a llevar, ya desde ahora, una vida sobria, honrada y religiosa» (Tt 2, 12); una vida en la que cuente la presencia de Jesús; una vida en que la Navidad, es decir, el Nacimiento de Cristo en nuestro corazón, sea permanente: en cada día, en cada momento, en cada instante de nuestra vida. Una vida llena de gozo y alegría por la felicidad esperada.
9. Todos vamos en busca de la felicidad. Lo que sucede es que, a veces, se la busca de manera equivocada, pensando que la felicidad se encuentra, donde realmente no está. El hombre va detrás de lo que cree que le proporciona la felicidad y no la halla; y al poco se siente más hastiado y más vacío que antes. ¿Por qué no buscamos la felicidad realmente donde se encuentra? La felicidad está en la Verdad, en la Vida que nos trae Cristo (cf. Jn 14, 6), en el sentido a la vida que Él nos ofrece. Nos decía San Pablo: «Aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo» (Tt 2, 13). En él está nuestra verdadera felicidad.
10. La gran lección que Jesús nos da es la de venir al mundo en una gruta mísera, que ni siquiera es una posada; la de nacer en un pesebre; la de estar envuelto en pañales. Esta es la señal que el ángel anuncia a los pastores: «Encontraréis un niño, envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2, 12). ¿Dónde está Jesús? ¿Dónde lo podemos encontrar más fácilmente? En la señal que Él nos da: en el desprendimiento, en la sencillez, en la humildad, en la pobreza que todo lo espera de Él y nada de las propias fuerzas. Él nos invita a ser amigos suyos, a ser hijos de Dios, más que a tener cosas de la tierra. ¿Por qué en esta sociedad, que busca tanto el tener, no descubrimos que es más importante el ser que el tener? Cristo es el camino que estamos invitados a caminar y a recorrer. Si lo recorremos, lo encontraremos a Él y encontraremos el auténtico sentido de nuestra vida y la verdadera felicidad.
11. ¡Que esta Navidad de 2000, este especial cumpleaños de Jesús, nos llene el corazón de su alegría, de su paz, de su salvación y del sentido de la vida! ¡Que nos transforme el encuentro con Él! ¡Que salgamos más transformados y mejores de este encuentro, que estamos teniendo con Jesús hecho hombre! A todos os deseo la paz de Dios, la felicidad de su parte, la luz que ilumina nuestra vida, el mayor gozo y la mayor alegría. ¡Que el Hijo de Dios, hecho hombre, esté con todos vosotros! ¡Muchas felicidades! Amén.
HERMANDAD DE LA VIRGEN DEL ROCÍO.
Monasterio de las Claras – Alcalá, 23.XII.2000
LECTURAS: Miq 5, 1-4; Hb 10, 5-10; Lc 1, 39-45
1. Antes de la Navidad, en este cuarto domingo de Adviento, nos reunimos para festejar a María, protagonista en este tiempo especial de espera del Señor. El profeta Miqueas nos ha recordado dos cosas importantes sobre Jesús. La primera es que Jesús nacerá en una pequeña aldea. Proféticamente lo anuncia y se realiza después; Jesús nació en Belén: "Y tú, Belén de Éfrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel" (Miq 5, 1). El Señor prefiere lo pequeño, lo sencillo, lo humilde. El Señor, que no cabe en los cielos, entra en el seno de María. El Señor, que es el dueño de cielos y tierra, quiere venir a hacerse hombre en un pequeño pueblo, más aún, en una pequeñísima aldea de Judá.
2. Podemos reconocer que nosotros no somos importantes; no somos de los grandes de la tierra. Somos, metafóricamente, como Belén de Éfrata: pequeñas criaturas ante Dios. Y, precisamente, en nuestra pequeñez el Señor nos ama y quiere hacer morada en nosotros; el Señor quiere venir a nosotros. La Virgen, siendo llena de gracia, siendo sin pecado y "blanca paloma", como cariñosamente la llamáis los rocieros, se ve a sí misma como la más pequeña de las criaturas, como la más humilde. Pero el Señor ha puesto sus ojos en la "pequeñez de su esclava" (Lc 1, 48); y en esa pequeña esclava, en esa persona humilde, es donde el Señor hace morada, para estar con nosotros.
3. Otra idea que el profeta Miqueas nos recuerda sobre Jesús es que Él "pastoreará con la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del Señor su Dios. Habitarán tranquilos, porque se mostrará grande hasta los confines de la tierra, y él será nuestra Paz" (Miq 5, 3-4). Cristo, que ya vino hace dos mil años, es nuestra paz; Él ha abolido las barreras entre los hombres; Él ha traído la salvación; Él es el "Dios con nosotros" (Mt 1, 23); Él es el único que puede gobernar y puede pastorear nuestros corazones. No vayamos tras otros pastores, ni rindamos nuestra voluntad a otros dioses. Que sea Él sólo nuestro Señor y nuestro Pastor. Que no doblemos nuestras rodillas ante otros ídolos, tan frecuentes en nuestra sociedad. Que sea solamente Él el único Señor de nuestro corazón, el único Pastor de Israel, de este nuevo pueblo que somos los cristianos.
4. Estamos llegando ya al final del segundo milenio de la venida de Jesucristo. La carta a los Hebreos nos ha hablado de la ofrenda personal de Cristo al Padre en favor nuestro. Los sacrificios de la antigua alianza, las ofrendas y holocaustos de bueyes, de toros, de animales, no perdonaban el pecado; simplemente ayudaban como sacrificios de comunión, pero no eran expiatorios, como lo es la ofrenda de sangre de Jesucristo en la cruz. Dice la carta: "Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias, que se ofrecen según la Ley. Después añade: Aquí estoy yo para hacer tu voluntad" (Hb 10, 5-7). Cristo, de una vez para siempre y de una vez por todas, entrega la ofrenda de su vida por todos nosotros. La tarea que ha venido a hacer al encarnarse es rescatar al hombre sumergido en el pecado y en el egoísmo.
5. Ahora celebramos ya los dos mil años de esta maravillosa obra de salvación. Ahora es realmente cuando se realiza el paso al tercer milenio. Con estas próximas Navidades del año dos mil termina el segundo milenio; y dentro de muy pocos días estrenamos año, estrenamos siglo y estrenamos milenio. En la eucaristía celebramos el memorial de la ofrenda de Jesús, que se ofreció de una vez para siempre; en ella ofrecemos el sacrificio incruento de su sacrificio único y cruento en la cruz, hace dos mil años. Pedimos al Señor que tome nuestra voluntad y que la una a la suya, para hacernos ofrenda con Él. La Virgen se ofreció a la voluntad de Dios Padre; la Virgen renunció a su propia voluntad, para seguir la voluntad que le pedía el Padre. A nosotros se nos invita también, en esta celebración, a que ofrezcamos nuestra propia voluntad y aceptemos la voluntad del Padre en nuestra vida.
6. El evangelio de Lucas nos ha presentado a María con una actitud diligente: "En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá" (Lc 1, 39)". Como nos han dicho en la monición de entrada, María, cuando recibe el anuncio del ángel y se entera que su prima Isabel está encinta, va corriendo a la región montañosa de Judá, donde vive su prima. El objetivo de su visita no es comprobar si su prima estaba o no encinta; el objetivo es servir a su prima Isabel, ayudar a su prima Isabel, que está en una situación de necesidad. Quisiera retomar la invitación que se nos ha hecho al inicio de la celebración y recordar que todas las Hermandades tienen una dimensión caritativa, una dimensión, digamos, "social", que les es propia. La Hermandad del Rocío no es una excepción. A ejemplo de María, "la sin macha", "la sin pecado", que también nosotros sepamos ponernos en pie, alzarnos, ir con prontitud y acudir a los hermanos que nos necesitan, realizando gestos de ayuda, gestos de amor al más necesitado.
7. En este Año Jubilar, que concluirá el próximo día 6 de enero de 2001, solemnidad de la Epifanía del Señor, se nos ha invitado a colaborar en unos gestos caritativos. En nuestra Diócesis se ha optado por colaborar con una comunidad monástica necesitada de Latinoamérica, que está al servicio de los más necesitados. También colaboramos uniéndonos a la caridad del Santo Padre, a quien le entregaremos nuestra oferta, para que él la destine donde crea conveniente, en cualquier punto de la tierra. Esos son los dos gestos diocesanos que estamos realizando en este año y que concluiremos con la clausura del año jubilar. Esa es también, por tanto, una invitación de la Virgen a todos nosotros. Que no nos olvidemos del más necesitado, que tengamos una actitud de caridad fraterna. Que la Hermandad del Rocío no olvide nunca esa dimensión caritativa, para la que, en parte, también nació.
8. Cuando María va a casa de su prima Isabel ocurre algo excepcional. María, llena de gracia desde su concepción, está ya encinta de Jesús y se encuentra con Isabel, que también está encinta. La presencia del Señor en el seno de María regocija y alegra a Juan, el hijo de Isabel: "Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno" (Lc 1, 41). El infante Juan "siente" la presencia del Señor y salta de gozo; "siente", es decir, "vive" y "percibe" la presencia salvadora; no se trata de un simple "sentimiento", en el sentido que suele usarse. A veces confundimos nuestros "sentimientos" con lo que no son sentimientos y conviene deslindar las cosas. La fe no es un sentimiento; la fe es un don, es un regalo del Señor; la fe es la aceptación de su Persona y su Palabra y no se puede identificar con un sentimiento.
9. De la misma manera que Juan goza ante la presencia del Señor, se nos invita en estas Navidades a que saltemos de gozo en nuestro corazón ante la presencia de Jesús, que se acerca a nosotros. Celebramos que Jesús viene a nosotros. ¡Alegrémonos como Juan y llenémonos de gozo, porque Cristo está entre nosotros! Cristo nos ha salvado y nos ha redimido y ello es motivo de gozo y alegría. Cristo quiere estar entre nosotros. Hagámosle un sitio en nuestro corazón y nos llenaremos de gozo.
10. También Isabel "percibe" la presencia del Señor. Si Juan saltó de gozo en el seno de su madre, "Isabel quedó llena de Espíritu Santo" (Lc 1, 41). La presencia de Dios es transformante, la presencia de Dios es divinizante. Si nosotros nos dejamos, podemos quedar transformados, divinizados, llenos del espíritu del Señor. En esta misma celebración eucarística ocurre la transformación y la divinización. Toda eucaristía es un encuentro con Jesús, un gozo para nosotros y una transformación interior por el espíritu. También nos preparamos así para celebrar mejor la gran fiesta de Navidad.
11. Hoy, todos los Rocieros presentes, toda la comunidad monástica de las Hermanas Claras que nos acoge, todos los presentes honramos a María y la aclamamos con las mismas palabras de Isabel: "¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!" (Lc 1, 42); "Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá" (Lc 1, 45). ¡Feliz tú que te has fiado del Señor! A María la proclamamos dichosa, porque es llena de gracia, es madre de nuestro Salvador y es madre nuestra. Pero también le pedimos su intercesión, para que el Señor nos haga dichosos por la fe. Si creéis, seréis dichosos; si aceptáis la palabra de Dios en vuestra vida, se cumplirá lo que el Señor quiere para nosotros. A la Virgen, nuestra Madre, bajo la advocación del Rocío, aclamémosle: ¡Dichosa tú que has creído, porque se ha cumplido lo que el Señor te ha revelado y te ha dicho! Pidámosle que seamos dichosos al aceptar la Palabra de Dios en nosotros. Y que Ella también pueda decirnos: ¡Dichosos vosotros, porque habéis creído en la palabra de Dios y os habéis fiado de Él! Abramos ahora nuestro corazón a Jesús, que viene a nosotros y quiere estar entre nosotros.
JUBILEO DE LAS FAMILIAS
Catedral, 17 Diciembre 2000
LECTURAS: So 3, 14-18; Flp 4, 4-7; Lc 3, 10-18
1. El Jubileo de las Familias, en el ámbito mundial, tuvo lugar en Roma en el marco del III Encuentro Mundial de las Familias con el Santo Padre, los días 14-15 de octubre del presente año 2000. El primer Encuentro se celebró en Roma durante el Año de la Familia (1994) y el segundo, tuvo lugar en Río de Janeiro en 1997. El lema inspirador del Jubileo de las Familias es "Los hijos, primavera de la familia y de la sociedad" y fue escogido por el Papa en ocasión del Ángelus en diciembre de hace dos años, precisamente en el Ángelus de la fiesta de la Sagrada Familia.
2. El Papa, Juan Pablo II, dijo en esa ocasión que la Familia de Nazaret "irradia una luz de esperanza también sobre la realidad de la familia de hoy". En Nazaret "brotó la primavera de la vida humana del Hijo de Dios, en el instante en que fue concebido por obra del Espíritu Santo en el seno virginal de María. Entre las paredes acogedoras de la casa de Nazaret, se desarrolló en un ambiente de alegría la infancia de Jesús...". Este misterio enseña por tanto "a toda familia a engendrar y educar a sus hijos, cooperando de modo admirable en la obra del Creador y dando al mundo, con cada niño, una nueva sonrisa".
3. Os animo, pues, estimadas familias cristianas, a que celebréis hoy con gozo este Jubileo, que quiere ser como el broche de oro de los demás actos jubilares, en los que han participado diversas categorías de personas: niños, jóvenes, ancianos, enfermos, miembros de cofradías, catequistas, religiosos, sacerdotes. Hoy celebramos en nuestra Diócesis en los tres lugares jubilares (en Villarejo de Salvanés, en Torrelaguna y aquí en la Magistral-Catedral) el Jubileo de las Familias. La familia es el punto de referencia y el hábitat propio de cada uno de nosotros; en ella nos sentimos todos acogidos.
4. Como decía el Papa a las familias en la Jornada Jubilar: "Acoged con confianza la gracia jubilar, que Dios derrama abundantemente en esta Eucaristía. Acogedla tomando como modelo a la familia de Nazaret que, aunque fue llamada a una misión incomparable, recorrió vuestro mismo camino, entre alegrías y dolores, entre oración y trabajo, entre esperanzas y pruebas angustiosas, siempre arraigada en la adhesión a la voluntad de Dios. Ojalá que vuestras familias sean cada vez más verdaderas "iglesias domésticas", desde las cuales se eleve a diario la alabanza a Dios y se irradie a la sociedad un flujo de amor benéfico y regenerador" (JUAN PABLO II, Homilía en el Jubileo de las Familias, Vaticano, 15.X. 2000, 7).
5. La liturgia de este Tercer Domingo de Adviento nos invita a vivir con alegría y esperanza la venida de Nuestro Señor Jesucristo: "Regocíjate, -nos dice el profeta Sofonías- hija de Sión, grita de júbilo, Israel; alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén" (So 3, 14). La presencia de Cristo que llega nos inunda de paz, de amor y de alegría: "El Señor, tu Dios, en medio de ti, es un guerrero que salva. Él goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo, como en día de fiesta" (So 3, 17-18). Alegrémonos, como nos invita San Pablo en su carta, la que se ha proclamado hoy: "Hermanos, estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres" (Flp 4, 4). La presencia del Señor es como un oasis en medio del desierto; su paz inunda todo nuestro ser: "La paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús" (Flp 4, 7). En este oasis brota el agua fresca en medio de la sequedad; florecen los árboles en medio de la estepa; hay vida en un ambiente de muerte. También la familia cristiana debe ser un oasis en nuestra sociedad. Vosotros, estimados hijos, podéis ser un oasis en medio del desierto que a veces inunda nuestra sociedad.
6. La mentalidad anti-vida, presente en nuestra cultura, ha creado varios miedos en lo referente a los hijos: miedo a traer un hijo a este mundo de violencia, de egoísmo y de lucha; miedo al exagerado peligro del incremento demográfico; miedo de los padres a sentirse demasiado atados a una nueva vida, perdiendo la propia libertad; miedo a que los hijos impidan realizar los propios proyectos personales y profesionales; miedo a que un nuevo ser disminuya la capacidad adquisitiva de la economía familiar.
7. Una mentalidad consumista se preocupa, sobre todo, de aumentar los bienes materiales, rechazando la riqueza espiritual de una vida humana nueva. Y cuando piensa en el hijo lo hace como un derecho de los padres, pero no como un don. El hijo no puede ser considerado como un objeto de propiedad, a lo que conduciría el reconocimiento de un pretendido «derecho al hijo». En realidad sólo el hijo posee verdaderos derechos: el de ser el fruto del acto específico del amor conyugal de sus padres, y el derecho a ser respetado como persona desde el momento de su concepción. La familia cristiana debe ser un oasis en medio de esta mentalidad consumista y anti-vida.
8. El hijo no debe ser recibido en el seno de una familia como una carga, sino como un don. El niño hace de sí mismo un don a los hermanos, a sus padres, a toda la familia. Su vida se convierte en regalo para los mismos donantes de la vida. La presencia del hijo, su participación, su aportación es una riqueza para todos los miembros de la comunidad familiar. El don, el regalo más excelente del matrimonio es una persona humana.
9. Por eso "la Iglesia cree firmemente que la vida humana, aunque débil y enferma, es siempre un don espléndido del Dios de la bondad. Contra el pesimismo y el egoísmo, que ofuscan el mundo, la Iglesia está en favor de la vida: y en cada vida humana sabe descubrir el esplendor de aquel "sí", de aquel "Amén" que es Cristo mismo (cf. 2 Co 1, 19; Ap 3, 14). Al "no" que invade y aflige al mundo, contrapone este "sí" viviente, defendiendo de este modo al hombre y al mundo de cuantos acechan y rebajan la vida. La Iglesia manifiesta su voluntad de promover con todo medio y defender contra toda insidia la vida humana, en cualquier condición o fase de desarrollo en que se encuentre. Por esto condena, como ofensa grave a la dignidad humana y a la justicia, todas aquellas actividades de los gobiernos o de otras autoridades públicas, que tratan de limitar de cualquier modo la libertad de los esposos en la decisión sobre los hijos" (PONTIFICIO CONSEJO PARA LA FAMILIA, Temas de reflexión y diálogo como preparación al III Encuentro Mundial del Santo Padre con las familias). Vosotras, estimadas familias cristianas, podéis vivir como un oasis de vida en medio del desierto de muerte.
10. El lema del Jubileo de las Familias, como decíamos, reza así: "Los hijos, primavera de la Iglesia y de la sociedad". Esta metáfora elegida para el jubileo, decía el Papa, "nos remite al horizonte de vida, de colores, de luz y de canto, típico de la estación primaveral. Naturalmente, los hijos son todo esto. Son la esperanza que sigue floreciendo, un proyecto que se inicia continuamente, el futuro que se abre sin cesar. Representan el florecimiento del amor conyugal, que en ellos se refleja y se consolida. Al venir a la luz, traen un mensaje de vida que, en definitiva, remite al Autor mismo de la vida. Al estar necesitados de todo, en especial durante las primeras fases de su existencia, constituyen naturalmente una llamada a la solidaridad" (JUAN PABLO II, Encuentro del Santo Padre con las familias, Vaticano, Plaza de San Pedro, 14.X. 2000, 3). ¡Que vuestros hijos florezcan en el oasis de vuestras familias cristianas! Como dice el Salmo, que "sean nuestros hijos como plantas florecientes en su juventud, nuestras hijas como columnas angulares, esculpidas como las de un palacio" (Sal 144, 12).
11. El Santo Padre invitaba a los responsables de las naciones y de las organizaciones internacionales a defender el valor de la familia y el respeto a la vida humana, desde el momento de la concepción. Quisiera terminar con sus mismas palabras: "A vosotras, queridas madres, que tenéis en vuestro interior un instinto incoercible de defender la vida, os dirijo un llamamiento apremiante: ¡sed siempre fuentes de vida, jamás de muerte! A vosotros juntos, padres y madres, os digo: habéis sido llamados a la altísima vocación de cooperar con el Creador en la transmisión de la vida (cf. Carta a las familias, 8); ¡no tengáis miedo a la vida! Proclamad juntos el valor de la familia y el de la vida. Sin estos valores no existe futuro digno del hombre" (JUAN PABLO II, Encuentro del Santo Padre con las familias, Vaticano, Plaza de San Pedro, 14.X. 2000, 9).
12. Vamos a pedir a la Sagrada Familia de Nazaret que nos ayude a mantenernos firmes en esta esperanza y en este ánimo de defender la vida donde se encuentra. Y a pedirle que nuestras familias sean auténticos oasis de paz y de vida en el desierto de nuestra sociedad. Que así sea.
Fiesta de
San Diego de Alcalá
Catedral, 13 Noviembre 2001
LECTURAS: Tb 12, 6-13; 1ª Co 1, 26-31; Mt 5, 1-12
1. Hace seiscientos años nació un franciscano, que vino a Alcalá a sus 56 años, después que el Señor le había hecho pasar por diversas casas y por diversos conventos. Era natural de un pueblecito de Sevilla, llamado "San Nicolás del Puerto", y le pusieron de nombre "Diego de San Nicolás". Este hombre sencillo, humilde y buen franciscano, estuvo misionando en las Islas Canarias y pasó por diversos conventos, desempeñando servicios humildes unas veces, y otras, cargos de responsabilidad, como en Fuerteventura donde ejerció de "guardián" del convento (que no quiere decir el portero, sino el superior de la casa, según la nomenclatura de los franciscanos). Finalmente, el Señor lo trae a Alcalá, donde residirá entre nuestros paisanos solamente siete años, desde 1456 a 1463, es decir, desde sus cincuenta y seis años a sus sesenta y tres, en que muere. Pero en estos siete años es tiempo más que suficiente como para haber arraigado y profundizado su actitud de hombre de Dios, hombre de fe de nuestra ciudad. Tras su muerte se le llamará "Diego de Alcalá"; el "Diego de San Nicolás" se convierte en "Diego de Alcalá".
2. Procedente de otro convento cercano, de Guadalajara, viene con doce compañeros a un convento, que estaba en aquel entonces a las afueras de la ciudad de Alcalá, fuera de las murallas; hoy es el cuartel de San Diego, junto a la Universidad. Este convento había sido iniciado por la Orden franciscana tres años antes, pero no estaba aún terminado. Se había de llamar el "Convento de Santa María". Cuando Diego llega a Alcalá, trabaja en primer lugar como hortelano y jardinero y después como portero, como ya lo había hecho en otros conventos. Y, desde el primer momento entra en contacto directo con la gente de Alcalá, manifestando, a través de su persona y de sus gestos, la misericordia y la bondad de Dios.
3. Quisiera que, en esta su fiesta, reflexionemos sobre tres aspectos de la vida de San Diego, que nos ayuden a vivir nuestra fe cristiana; que nos ayuden a ser mejores ciudadanos de Alcalá; que nos ayuden a ser mejores hijos de Dios y mejores discípulos de Jesucristo. Un primer aspecto, que se releva a partir de la figura de Diego, es que el poder de Dios se manifiesta en lo débil. San Pablo, como hemos escuchado en lectura de la carta a los Corintios, dice: "Fijaos en vuestra asamblea, hermanos, no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas. Todo lo contrario, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder" (1ª Co 1, 26-27). He aquí la primera lección que nos da San Diego. Él aparece como lo más bajo y humilde: ignorante, rudo, no intelectual, un simple hortelano, un simple portero de un convento. En esa aparente debilidad e ignorancia del hombre se manifiesta la fuerza de Dios y la sabiduría de Dios. Para ser grande a los ojos de Dios no hace falta ser poderoso entre los hombres; también se puede ser poderoso entre los hombres y ser un gran servidor de Dios, aunque es muy difícil. El ejemplo de San Diego es el de un franciscano sencillo, humilde, que, desde un servicio sencillo de su comunidad, es capaz de hacernos presente la fuerza y la sabiduría de Dios. Ese es el gran ejemplo.
4. Sólo en Cristo Jesús está nuestra sabiduría, como ha dicho Pablo a los Corintios: "Cristo Jesús, al cual Dios hizo para nosotros sabiduría de origen divino, justicia, santificación y redención, a fin de que, como dice la Escritura: 'El que se gloríe, gloríese en el Señor'" (1ª Co 1, 30-31). Si alguien piensa que es importante entre los hombres, es mejor que se gloríe en la fuerza de Dios; si alguien se cree poderoso, es mejor que se apoye en la fuerza de Dios, como hizo San Diego de Alcalá; en su pequeñez, en su sencillez, en su humildad, Dios nos habla del poder de la salvación que Él trae a los hombres. Esa es la primera lección en esta fiesta de San Diego, estimados hijos de Alcalá.
5. Hay una segunda lección, que podemos aprender de San Diego: su generosidad. No sería el convento de franciscanos muy rico en bienes, cuando el ecónomo del convento reñía al hermano Diego para que no repartiera lo que tenían para comer entre los pobres y menesterosos. Vivirían con estrechez del trabajo de la huerta y de algo más; por tanto, no debería andar demasiado boyante en bienes materiales el convento. Y sin embargo, en esa escasez Diego no tiene inconveniente en coger lo que necesitan para vivir y darlo a los pobres, que llaman a la puerta. Es conocido de todos el famoso gesto de esconder comida bajo su hábito y, ante la inquisición del administrador, tener que desplegar su hábito y aparecer a la vista, no la comida que daba a los pobres, sino unas rosas, según nos cuentan los biógrafos. Más allá de lo que pudo ocurrir históricamente en ese gesto o en algún milagro que se cuente de él, que no es lo que más nos interesa, lo más importante es su generosidad y la acción que él hace en favor de los pobres.
6. En la lectura del libro de Tobías hemos oído lo que le decía a Tobit el ángel Rafael, encargado de presentar sus oraciones a Dios (cf. Tb 12, 12). En ese diálogo se habla de que Tobit era un hombre generoso; que se dejaba la comida a mitad para levantarse y enterrar a un difunto; que se deshacía en generosidad y en misericordia hacia los demás. El ángel le dice: "Más vale la oración sincera y la limosna generosa que la riqueza adquirida injustamente. Más vale hacer limosna que atesorar dinero" (Tb 12, 8). Todo esto lo entendió y lo vivió con profundidad nuestro querido San Diego. No había por qué almacenar nada; Dios provee y Dios proveerá. La contestación del superior del convento ante las quejas del ecónomo fue decirle: "Mira hermano, aquí tenemos un santo en casa. No te preocupes; déjale hacer, que el Señor en su providencia no nos abandonará, ni nos faltará para subsistir. Es más importante este hermano de nuestra comunidad, que es un santo. Déjale que haga las cosas que Dios le pide". Como decía el texto de Tobías: "Más vale hacer limosna que atesorar dinero"; más aún, "la limosna libra de la muerte y expía el pecado. Los que hacen limosna se saciarán de vida" (Tb 12, 9); este saciarse de vida equivale a tener vida eterna. Y eso es lo que le ha ocurrido a San Diego de Alcalá. La limosna le ha purificado, le ha librado de la muerte eterna, le ha ayudado a expiar y a purificar sus pecados, y le ha dado larga vida: la vida eterna.
7. Él estuvo siete años viviendo en Alcalá; los alcalaínos llevamos seiscientos años, y los que vendrán con toda seguridad, honrándole. ¿Os dais cuenta, hermanos, lo que significan los gestos cuando Dios está presente? San Diego tenía los ojos puestos en el Señor y sabía contemplar al Señor en el hombre, en los pobres, en los más necesitados. Esa mirada contemplativa de oración a Dios, le hacía contemplar al mismo Dios en las personas. Dicen que más de una vez se le vio rezando en éxtasis, elevado del suelo; tal era la intimidad de oración que tenía con el Señor. ¡Cuánto podemos aprender de San Diego! Le pedimos que nos ayude a ver en todas las personas, sobre todo en los más pobres, la imagen de Cristo. En nuestros hermanos, en nuestros familiares, en nuestros amigos, en los del propio partido y del partido contrario, en el pobre que pasa, en el enfermo, en el anciano, en el niño débil, en el no-nacido; todos ellos son imagen de Dios. ¡Qué gran lección! Contemplemos en el hermano a Cristo sufriente, a Cristo vivo. Seamos generosos, porque esa generosidad y esa limosna purifican nuestro corazón y nos ayudan a desprendernos y a expiar nuestros pecados.
8. La tercera lección que San Diego nos ofrece en su fiesta es la invitación a proclamar las maravillas de Dios. Demos gracias al Señor porque nos ha concedido el don de tener entre nosotros un gran santo, una persona, que ha vivido entre nosotros y que nos ha ayudado a amarle, y nos ayuda a comprenderle más. Desearía que su fiesta y sus restos mortales, que están aquí entre nosotros, no fueran motivo de superstición. No nos acerquemos a los restos del Santo con superstición, hermanos, para pedirle, casi como por arte de magia, que nos cure de una enfermedad o que nos resuelva una situación difícil. Puede hacerlo, porque es un santo, y Dios escucha a los santos, y la intercesión de los santos ante Dios es importantísima. Todos los que habéis pasado, y pasaréis después, por delante de sus restos mortales, no os quedéis con los restos; sería muy pobre. No pidáis mágicamente las cosas a través de San Diego. Pidámosle que nos acerque a Dios; que nos ayude a ser mejores hijos de Dios; a ser más generosos; a contemplar a Cristo en los hombres. Podemos pedirle también muchas más cosas: que cure a nuestros enfermos, que nos ayude a salir de situaciones difíciles, pero no nos quedemos sólo con esa petición. Su fiesta nos invita más bien a fortalecer nuestra fe y a purificarla también; a aprender de sus actitudes, de su vida de fe, de su vida de amor a los demás, de su generosidad, de su desprendimiento.
9. Hoy es un día de fiesta para toda Alcalá y para la Diócesis. San Diego fue, como hemos oído en las Bienaventuranzas del evangelio de Mateo, un hombre dichoso, un hombre feliz, un bienaventurado; porque fue pobre de espíritu y lo esperó todo de Dios; "de ellos es el reino de los cielos" (Mt 5, 3). San Diego es un bienaventurado, porque ha sido misericordioso y por ello alcanzará misericordia. San Diego es un bienaventurado, porque ha sido limpio de corazón y por ello verá a Dios. San Diego está contemplando a Dios ahora cara a cara.
10. Estimados hermanos, vamos a continuar celebrando la fiesta de San Diego en esta acción de gracias, que es la eucaristía. Démosle gracias a Dios porque nos ha traído este humilde fraile franciscano a nuestra tierra. Démosle gracias a Dios por su paso por aquí; por su presencia entre nosotros. Y pidámosle a San Diego su intercesión ante el Señor, para que nos haga mejores cada día; para que nos haga mejores hijos de Dios y para que nos haga más santos. Que él, con su intercesión, lo pida al Señor para todos los que hoy celebramos su fiesta y para todos los alcalaínos. Amén.
LECTURAS: Hch 17, 16-34: Mt 5, 13-16
1. De la mano de Juan de Ávila vamos a recorrer dos ciudades. La primera Atenas. Nos acompaña también Pablo de Tarso, al que Juan de Ávila tenía un gran afecto. Pablo llega a Atenas y contempla la ciudad con la mirada de un judío piadoso, es decir creyente, indignándose ante el paganismo reinante: "Estaba interiormente indignado al ver la ciudad llena de ídolos" (Hch 17, 16), dice el texto de los Hechos.
2. Se dirige a judíos creyentes y a gentiles; con los primeros discutía en la sinagoga y con los paganos en el ágora, interpelando a quienes pasaban en ese momento (cf. Hch 17, 17). Los filósofos reaccionan de diversa manera, según su posición: unos, con mayor presunción, lo tratan de "charlatán", mientras que otros lo ven como predicador de divinidades extranjeras, al igual que Sócrates, que era acusado de introducir en Atenas "dioses nuevos" (cf. Jenofonte, Memorabilia I, 1,1). Los filósofos atenienses conducen a Pablo al Areópago, para que les explique la doctrina nueva que él expone (cf. Hch 17, 19).
3. Pablo, en un discurso bien elaborado, va planteando al oyente los puntos nodales para llevarle hasta Dios. Parte del concepto de "creación", presentando a Dios como creador: "El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él, que es Señor del cielo y de la tierra" (cf. Hch 17, 24). De este modo, rechaza la actitud idolátrica del hombre, afirmando que ese Dios "no habita en santuarios fabricados por manos humanas" (Hch 17, 24) y contesta la creencia de que Dios es un ser necesitado, cuando por el contrario es principio de vida, diciendo: "Ni es servido por manos humanas, como si de algo estuviera necesitado, el que a todos da la vida, el aliento y todas las cosas" (Hch 17, 25).
4. Sigue, después, con el tema de la búsqueda de Dios: "Con el fin de que buscasen la divinidad, para ver si a tientas la buscaban y la hallaban; por más que no se encuentra lejos de cada uno de nosotros" (Hch 17, 27) y continúa con el tema de la cercanía de Dios al hombre: "Pues en él vivimos, nos movemos y existimos" (Hch 17, 28), utilizando la conocida fórmula triádica y terminando con la citación del poeta Arato: "Como han dicho algunos de vosotros: 'Porque somos también de su linaje'" (Hch 17, 28). Finalmente, concluye el discurso con el tema de la divinidad: "Si somos, pues, del linaje de Dios, no debemos pensar que la divinidad sea algo semejante al oro, la plata o la piedra, modelados por el arte y el ingenio humano" (cf. Hch 17, 29).
5. Tomando, pues, como punto de partida la filosofía estoica y la mística helenística, Pablo llega a la verdad bíblica de la revelación, y con el anuncio monoteístico de crítica a los ídolos, invita a los oyentes a alejarse de éstos para convertirse a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, como repetirá en la 1ª a los Tesalonicenses (cf. Hch 17, 30; 1 Ts 1, 9). Juan de Ávila, refiriéndose a San Pablo decía: "Éste sí es un buen predicador, que no los que son el día de hoy, que no hacen sino hablar. ¿Pensáis que no hay más sino leer en los libros y venir a vomitar aquí lo que habéis leído?" (Sermón 49, 173ss).
6. Juan de Ávila contrapone el conocimiento de Dios sólo de "oídas", o fe intelectual, al conocimiento de Dios por experiencia vivida. Según nos cuenta Fr. Luis de Granada en la "Vida del Maestro Juan de Ávila", preguntado éste un día "por un virtuoso teólogo qué aviso le daba para hacer fructuosamente el oficio de la predicación, brevemente le respondió: Amar mucho a Nuestro Señor" (Vida, part. I, cap. 2, 1). La Universidad de Baeza, como sabéis, fundada por Juan de Ávila, pretendía formar sacerdotes-pastores, con experiencia personal de trato íntimo con Jesucristo y capaces de testimoniar una fe vivida, adaptándose al oyente. El ejemplo de Pablo en Atenas nos invita hoy a todos nosotros, con Juan de Ávila, a ofrecer el mensaje evangélico, desde la propia experiencia de fe. Debe ser una fe vivida, a partir de un trato íntimo con el Señor, y naturalmente adaptándolo a cualquier cultura, o a cualquier oyente de cualquier cultura.
7. El anuncio de la Buena Nueva por la Iglesia se debe caracterizar por unas cualidades. Debe ser: 1) Confiado, se entiende, en la potencia del Espíritu; 2) Fiel en la transmisión de la enseñanza recibida de Cristo y conservada en la Iglesia, como depositaria de la buena noticia; 3) Humilde, sabiendo que la plenitud de la revelación está en Jesucristo y que los mensajeros nos siempre estamos o están a la altura de sus exigencias; 4) Respetuoso con la presencia y de la acción del Espíritu de Dios; 5) Dialogante, porque quien escucha no es un simple oyente pasivo; 6) E inculturado, es decir, "encarnado en la cultura y en la tradición espiritual de aquellos a quienes se dirige, de tal manera que el mensaje no sea solamente inteligible para ellos, sino que sea también percibido como respondiente a sus aspiraciones más profundas, y realmente como la buena nueva, que ellos esperaban" (Pontificio Consejo para el diálogo interreligioso y Congregación para la evangelización de los pueblos, Diálogo y anuncio, Roma, 19.V.1991, 70).
8. "Para mantener estas cualidades, la Iglesia no sólo debe tener en cuenta las circunstancias de la vida y de la experiencia religiosa de aquellos a quienes se dirige. Debe vivir también en diálogo constante con su Señor y Maestro mediante la oración, la penitencia, la meditación y la vida litúrgica, sobre todo en la celebración de la eucaristía. Solamente así la proclamación y la celebración del mensaje evangélico serán plenamente vivas". Da la impresión de estar oyendo, en estas palabras, unos consejos del Maestro Ávila a los predicadores. El texto, sin embargo, es del Pontificio Consejo para el Diálogo interreligioso y de la Congregación para la Evangelización de los pueblos (Diálogo y anuncio, Roma, 19.V.1991, 71). Y aquí vemos una perenne actitud de la Iglesia desde el tiempo de Pablo, pasando por Juan de Ávila y terminando en pleno siglo XX.
9. Dejamos ahora Atenas y pasamos a la segunda ciudad, acompañados de Juan de Ávila. Nos trasladamos a Alcalá de Henares, en la que hemos visitado la Universidad que le formó en sus seis años de Artes y Teología. Nos encontramos ahora en esta Catedral, que en tiempo de Juan de Ávila era templo Magistral, porque los miembros de su Cabildo eran los Maestros de la Universidad y su Deán, el Canciller. En esta Catedral, entonces sólo templo Magistral, estuvo con toda seguridad, muchas veces, Juan de Ávila, alabando a Dios. Esta tarde queremos alabar a Dios con él.
10. Hemos oído a los especialistas, teólogos e historiadores, cuál ha sido la formación humanista y teológica de Juan de Ávila. En esta ciudad de Alcalá entra en contacto con el movimiento humanista y con las corrientes espirituales de su época: la espiritualidad pietista de los alumbrados, la oración metódica y el recogimiento, la "devotio moderna", el espíritu renovador de la época, el erasmismo, la mentalidad luterana. Juan de Ávila pudo haber quedado atrapado en alguna de estas corrientes espirituales o en alguna de las escuelas teológicas, que le hubieran podido llevar a una visión parcial del misterio de la salvación o de la Iglesia. Sin embargo, se mantuvo en un gran equilibrio, gracias a su profunda fe, a su intensa vida de oración, y como dijo su maestro Domingo de Soto "a la delicadeza de su ingenio, acompañada con mucha virtud" (Fr. Luis de Granada, Vida del Padre Maestro Juan de Ávila y las partes que ha de tener un predicador del Evangelio, Edibesa, Madrid 2000, 33).
11. En una carta al dominico Fr. Luis de Granada, le recuerda "las recetas generales que se deben dar a los que quieren servir al Señor (...). La primera, que frecuenten los sacramentos de la confesión y comunión (...). La segunda, que sean muy amigos de la lección (aquí aconseja algunos libros). La tercera cosa es la oración, en la cual es menester mucho tiento (aconsejando un rato por la mañana y otro por la tarde o noche, de contemplación del misterio de Cristo, en la cruz, etc.) (...). Todo se ha de hacer con el mayor sosiego que pudieren, para que, si Dios los quisiere hablar, no los halle tan ocupados en hablarlo todo ellos, que calle Dios. (...) y que se contenten con estar un rato en la presencia del Señor, aunque otra limosna no reciban; y de aquel meditar, aunque sea seco, se saca algún bien. (...). La cuarta cosa es que entiendan en obras de caridad, cada uno según pudiere" (Juan Esquerda Bifet, Ed., Juan de Ávila. Escritos sacerdotales, BAC, Madrid 1969, 301-302). Gracias a esa sintonía de Juan de Ávila con el Señor, gracias a ese focolar, a ese fuego de amor, de fe, de trato íntimo con Dios, él ha podido vivir un discernimiento de espíritus, de escuelas y de corrientes. Ha sido un hombre plenamente de Dios y plenamente de la Iglesia, con ese equilibrio que le caracteriza. Esa es su gran lección también en Alcalá, ya que estamos en esta ciudad.
12. Finalmente, estamos leyendo en estos últimos días del año litúrgico el Libro del Apocalipsis, en el que se nos presenta la figura de Cristo, el Cordero degollado, que puede tomar el Libro y abrir sus sellos (cf. Ap 5, 9). Juan de Ávila pasó largas horas de oración contemplando al Crucificado y meditando su pasión y la salvación, que con ello nos ofrecía. ¡Que su ejemplo nos anime a vivir enraizados en el misterio de Cristo! Sólo así podremos ser sus testigos. Sólo así podremos cumplir la misión que nos dio el Maestro de ser "sal de la tierra y luz del mundo" (cf. Mt 5, 13-14), como hemos oído en el evangelio de Mateo, que se ha proclamado en esta celebración. ¡Qué así sea!
JUBILEO DE LOS CATEQUISTAS.
Catedral, 11 Noviembre 2000
LECTURAS: 1 Co 1, 17-25; Lc 10, 1-20
1. Nos hemos reunido para celebrar el Jubileo de los Catequistas. En el bautismo arranca nuestra vocación de cristianos; en él Dios nos hace hijos suyos y nos da su fuerza y su gracia, para vivir como tales y para dar testimonio de su amor. En esta celebración realizamos unos gestos que entroncan con nuestra realidad de hijos de Dios y con nuestro bautismo: la aspersión con el agua bendita, el cirio pascual y las velas encendidas para renovar nuestras promesas bautismales, el beso a la pila del bautismo.
2. Pablo en la carta a los Corintios ha dicho: "No me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio" (1 Co 1, 17). Esta misma idea es la que creo que el Señor, en esta mañana jubilar para los catequistas, nos está diciendo a todos. A vosotros, catequistas, Pablo os recuerda la misión que tenéis, radicada en vuestro bautismo. No necesitáis ninguna misión especial de nadie. Siendo cristianos estamos en la obligación, como consecuencia de nuestra vida de fe y de amor, de predicar el evangelio. No os ha enviado Cristo a bautizar -esa tarea es propia de los sacerdotes y de los diáconos-, sino a predicar el evangelio, a anunciar la buena nueva de Jesús.
3. Pablo señala que en su tiempo hay dos tipos de personas con formas distintas de búsqueda: "Los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría" (1 Co 1, 22). La predicación de la cruz de Cristo produce escándalo en los judíos. La pasión y la cruz son para ellos manifestación de debilidad; Cristo es flagelado por nuestros pecados y muere en la cruz. Que Dios sufra es un escándalo, y que Dios muera en la cruz es mayor escándalo aún, porque es una acción que corresponde sólo a los malvados. Los griegos buscan sabiduría; quieren conocer las cosas; son grandes filósofos y les gusta preguntarse por el sentido de las cosas; desean encontrar el porqué, la razón última. La cruz de Cristo es para ellos una necedad, un "sin sentido". No encuentran explicación razonable a que un Dios muera. Para su la mentalidad eso no tiene sentido, es una necedad.
4. Pero Pablo responde: "Para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios" (1 Co 1, 24). Resulta que la cruz, que es signo de debilidad, manifiesta la fuerza grande de Dios. La cruz, que es necedad para griegos, es la gran sabiduría humana y divina al mismo tiempo. Entonces lo que parece necedad divina, resulta ser la mejor sabiduría para todos; y la debilidad de Dios, la mayor fuerza para los que creen en Él.
5. ¿Cuál es, por tanto, el contenido de nuestra predicación como catequistas? ¿Qué es lo que predicamos nosotros? Se os ha enviado a predicar el Evangelio. La Buena Noticia no tiene como contenido los temas de las relaciones humanas, la paz, la libertad, la amistad; esos son temas humanos. El núcleo de vuestro mensaje no ha de ser ese; el núcleo de vuestro mensaje ha de ser Cristo crucificado y resucitado, que nos salva. Los otros temas, de corte humanitario, se tratan como ayuda para llegar hasta Cristo, pero no para quedarnos en ellos. Son importantes los temas de la convivencia, de la paz, de la no-violencia, de la libertad, del respeto a las etnias, de las culturas; pero esos temas no constituyen el núcleo del Evangelio; esos temas no salvan; salva tan sólo el Dios hecho Hombre por nosotros, muerto en la cruz y resucitado, escándalo para unos y necedad para otros.
6. San Pablo tenía como interlocutores a judíos y a griegos. ¿A quiénes tenemos nosotros hoy? No tenemos a judíos y a griegos, pero tenemos coetáneos con una mentalidad materialista, que se escandalizan de la cruz o creen que es una necedad lo que estamos predicando, porque no sirve para ganar dinero o para encontrar la felicidad inmediata. Queridos catequistas, como Pablo hemos de continuar predicando la necedad de la cruz y la debilidad de Cristo crucificado, porque esa aparente necedad y debilidad son nuestra fuerza, nuestra salvación y nuestra sabiduría. Y no hay forma humana de conseguir ni la felicidad, ni la sabiduría, sino en Cristo crucificado y resucitado. Todo lo demás no salva; es apariencia, imaginación y engaño. Salvar, desde la profundidad de nuestra indigencia y de nuestra rotura interior, sólo salva Cristo: éste es el gran mensaje, que estáis llamados vosotros a predicar.
7. El Señor, dice el evangelio de Lucas, "designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de sí, a todas las ciudades y sitios a donde él había de ir" (Lc 10, 1). Es muy interesante y bonita esta idea. Cristo envía, a donde pensaba ir Él, a estos setenta y dos discípulos, para que le preparen el camino. El objetivo último de la catequesis no es enseñar cosas, sino que los catequizandos tengan un encuentro personal con Jesucristo. Nosotros les invitamos a que se encuentren con Jesucristo, que viene detrás de nosotros. Somos como los pregoneros, como el Bautista que prepara el camino; no para que se encuentren con nosotros y estén a gusto con nosotros, sino para que se encuentren con Aquél que predicamos. Cristo envió de dos en dos a sus discípulos a las ciudades y sitios a donde Él iba a ir. El Señor debe llegar al corazón de nuestros catequizandos, aunque no lleguemos nosotros. Los catequistas tenemos una tentación: querer ser nosotros los que ocupamos el corazón de los educandos; conseguir que nos quieran, que nos acepten, que nos crean; hacernos amigos suyos. Hay que procurar que sea Jesús quien llegue a su corazón, aunque nosotros no lo consigamos; que seamos los dos, catequista y catequizando, amigos de Jesús y nos encontremos los dos en él.
8. Hay varias parroquias y comunidades que suelen hacer "el envío de los catequistas" a primeros de curso y algunos lo han pedido. Quisiera que esta Jornada Jubilar de hoy sirva como "envío de todos los catequistas de la Diócesis". Hoy vuestro Obispo os envía, como Jesús envió a sus discípulos de dos en dos, para proclamar el Evangelio; para invitar a la gente que se encuentre con Jesús y sea salvada por Él. Preparad este encuentro con Él, preparad el camino, preparad los corazones, de manera que Cristo, muerto en la cruz y resucitado, no sea un escándalo ni una necedad, sino que sea salvación y sabiduría de Dios. Esa es vuestra tarea, esa es vuestra misión como laicos, como cristianos bautizados.
9. La Iglesia os agradece vuestro trabajo, y yo quiero decirlo hoy públicamente. ¡Gracias por vuestro servicio y vuestra colaboración! A pesar de los obstáculos y de las dificultades con que os encontráis, seguís predicando el Evangelio. Sois parte de esta Iglesia y tenéis una misión muy importante. ¡Continuad trabajando por el Reino y llevad a cabo vuestra misión!
10. Todos conocemos hermosas historias que reflejan la tarea del catequista. A veces llega alguien que desea casarse y te dice que la última palabra sobre Cristo la escuchó a su catequista, cuando tomó la primera comunión. Desde entonces ni ha oído hablar de Cristo, ni ha querido saber nada de Él, ni ha pisado un templo, pero se acuerda de aquel o aquella catequista, cuando tomó su primera comunión, que le habló de Jesús y le dijo que Jesús lo amaba y que había dado su vida por él. Y esa semilla, que sembró el catequista, quedó ahí y dio su fruto muchos años después. También el caso de aquel moribundo, que hace cincuenta años que no ha asistido a ninguna celebración y te dice que cree en Jesucristo, porque su abuelita, su madre, el catequista o la religiosa, le hablaron en su infancia de Jesús; y al final de su vida, muere en brazos de la Iglesia con un encuentro con Jesús, confesando sus pecados y recibiendo a Cristo sacramentado. He aquí dos ejemplos entre miles, que podrían contaros los sacerdotes y vosotros mismos.
11. ¡Sembrad la semilla del Evangelio, sin cansaros! Vuestro trabajo es muy importante, aunque no veáis los frutos. Los sacerdotes hemos visto vuestros frutos, muchos años después, como los ejemplos que os he contado. Vuestros sacerdotes están recogiendo ahora los frutos de la semilla que sembraron los que fueron catequistas hace diez, veinte o cincuenta años. Vosotros no lo sabréis nunca, tal vez, pero el Señor sembró la semilla a través de vuestro testimonio y de vuestra palabra y esa semilla da su fruto. No os canséis de ser testigos de Jesús.
12. Quisiera emplear unas palabras del Papa Juan Pablo II en un encuentro con varios miles de catequistas. Les decía: "Ser adultos en la fe es ser misioneros (...), significa ser testigos del Evangelio en la 'ciudad de los hombres'. Palabras grandes y actuales. El camino del Reino de Dios no se ha parado: por diversas vías y en las situaciones más variadas, Dios va tocando el corazón de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, disponiéndolos a la verdad del Evangelio. Eso aparece claro en muchas preguntas sobre la verdad y sobre el sentido de la vida que, en diversas formas, emergen en nuestra sociedad: desde la búsqueda inquieta de respuestas profundas, desde la aspiración a una convivencia más justa y fraterna, desde la dedicación al cuidado de los pobres y de los débiles, en un tiempo de avidez egoísta y consumista. ¿Quién dará a estos hermanos y hermanas la plenitud de la verdad que anhelan? ¿Cómo testimoniar en la 'ciudad de los hombres' que el Evangelio es palabra y acontecimiento de auténtica liberación, porque redime al hombre de su límite más profundo y genera auténtica novedad de vida?" (Juan Pablo II, Audiencia a los participantes en el II Convenio Nacional de los Catequistas promovido por la Conferencia Episcopal Italiana, 21.XI.1992, Ciudad del Vaticano: La ricchezza del Vangelo e la mutevolezza sociale richiedono al catechista di essere sempre in cammino, 4).
13. Vosotros vais a hacer esto, o mejor, ya lo estáis haciendo. Conviene también que nos formemos cristianamente; que nuestra fe sea de veras adulta. La fe del carbonero no es suficiente; hace falta que sepamos dar razón de nuestra fe, como dice el texto de Pedro: "dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pida" (1 Pe 3, 15). Para eso hace falta que nos formemos. El Papa, sobre este punto decía a los catequistas: "La riqueza del Evangelio y la mutabilidad del contesto social, piden al catequista estar siempre en camino: ponerse a la escucha de la palabra de Dios y de las personas que encuentra; buscar cómo comunicarse con los hombres y las mujeres de nuestro tiempo; testimoniar la propia fe sin sucumbir a los condicionamientos reductivos del ambiente. A los sacerdotes, los primeros e insustituibles catequistas de los adultos, y también los indispensables formadores de los mismos catequistas laicos, quisiera recordar la importancia que tiene su formación permanente para una eficaz acción en los adultos: una formación humana, espiritual, intelectual y pastoral" (Ibid., 6).
14. Nuestra diócesis suele hacer unas Jornadas de formación al inicio de cada Curso escolar. Se os avisará a través de vuestros sacerdotes cómo y cuándo tendrá lugar este curso para formación de catequistas. Conviene que, además de formarnos en estos cursos, vayamos también asistiendo a las clases del Centro Teológico Diocesano, o las diversas actividades que en vuestras parroquias o arciprestazgos, os proponen vuestros párrocos.
15. Vamos a realizar el segundo gesto bautismal de esta celebración. El primero ha sido el "asperges" con el agua bendita; a continuación, doce catequistas, representando a toda la diócesis, van a encender un cirio tomando la luz del Cirio Pascual, que significa la luz de Cristo resucitado, la luz de la fe que recibimos en el bautismo y que estamos llamados a transmitir. Subirán aquí y, juntos, haremos profesión de nuestra fe, como renovación de las promesas bautismales. El tercer y último gesto lo haremos al final de la misa, besando la pila del bautismo, colocada delante de las reliquias de los santos mártires Justo y Pastor.
ORDENACIÓN DE DIÁCONOS
Fiesta de San Simón y San Judas, Apóstoles
Santa Iglesia Catedral, 28 Octubre 2000
LECTURAS: Ef 2, 19-22; Lc 6, 12-19
1. Consagrados a Dios
1. "Así pues, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino ciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios" (Ef 2, 19), nos recuerda San Pablo en la carta a los Efesios, que ha sido proclamada. Por el bautismo pertenecemos todos a la gran familia de los hijos de Dios y el Señor "nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e irreprochables ante Él, por el amor" (Ef 1, 4). Hoy, vosotros cuatro vais a ser consagrados a Dios de un modo cualitativamente distinto a la consagración bautismal, mediante el sacramento del Orden, como diáconos. Lo vais a expresar con vuestro "sí", en primer lugar, a la vida celibataria, o mejor dicho, a la virginidad. Vais a seguir a Cristo, virgen y casto, amando a Dios con un corazón indiviso.
2. Sabéis, estimados jóvenes, que ante todo es una gracia divina; es un don que el Señor regala a los que elige. El Concilio Vaticano II nos recuerda que entre los dones del Señor «destaca el precioso don de la divina gracia, concedido a algunos por el Padre (cf. Mt 19, 11; 1 Co 7, 7), para que se consagren sólo a Dios con un corazón que en la virginidad y el celibato se mantiene más fácilmente indiviso (cf. 1 Co 7, 32-34). Esta perfecta continencia por el Reino de los cielos siempre ha sido tenida en la más alta estima por la Iglesia, como señal y estímulo de la caridad y como un manantial extraordinario de espiritual fecundidad en el mundo» (LG 76).
3. En la virginidad y el celibato, la castidad mantiene su significado original, a saber, el de una sexualidad humana vivida como auténtica manifestación y precioso servicio al amor de comunión y de donación interpersonal. Este significado subsiste plenamente en la virginidad, que realiza, en la renuncia al matrimonio, el «significado esponsalicio» del cuerpo, mediante una comunión y una donación personal a Jesucristo y a su Iglesia. Esta donación prefigura y anticipa la comunión y la donación perfectas y definitivas del más allá. El celibato expresa, como dice el Papa, Juan Pablo II, las bodas escatológicas (cf. Pastores dabo vobis, 29). Es decir, hacer presente el cielo en la tierra, ser signo de lo que ocurrirá al final de los tiempos, cuando, como dice Jesús, ni ellos tomarán mujer, ni ellas tomarán marido (cf. Lc 20, 35).
El Santo Padre en la exhortación "Vita consecrata" realzaba el significado de los tres votos: castidad, pobreza y obediencia; en documentos y reflexiones que él posteriormente hizo al concluir la Asamblea Sinodal que trató el tema, recalcaba la importancia de la virginidad, como la dimensión principal. Por ello lo comentamos ahora y también lo hice en mis conversaciones precedentes con cada uno de vosotros. Es fundamental la virginidad, porque significa la entrega total a Cristo en su Iglesia. La pobreza y la obediencia, son consecuencias de esta entrega del corazón íntegro a Jesús.
4. Otra manifestación de vuestra consagración, que vais a realizar hoy, es la oración. Después, en el diálogo interrogatorio, os preguntaré sobre vuestro propósito al respecto, para que manifestéis públicamente vuestra voluntad de "conservar y acrecentar el espíritu de oración", celebrando la Liturgia de la Horas y profundizando vuestra relación personal con Jesús. En la oración colecta, al inicio de la misa, hemos pedido a Dios por los que van a ser ordenados Diáconos, para que tengan "disponibilidad para la acción, humildad en el servicio y perseverancia en la oración". Jesús nuestro Señor, nuestro maestro, nuestro amigo, nuestro salvador, nuestro "todo", pasó la noche en oración, antes de elegir a los apóstoles, como hemos escuchado en el evangelio de hoy: "Sucedió que por aquellos días se fue él al monte a orar, y se pasó la noche en oración a Dios" (Lc 6, 12). Esta es una forma de expresar también vuestra consagración a Dios, a imitación de Jesucristo.
5. Desde que vine a esta Diócesis, manifesté mi deseo de que, cuando hubiera ordenaciones de diáconos o de presbíteros, en cada una de las comunidades cristianas de nuestra Iglesia particular de Alcalá, hubiera siempre una vigilia de oración por los nuevos ordenandos y por las vocaciones a la vida consagrada, a imitación de Jesús que, antes de elegir a sus apóstoles, pasó la noche en oración (cf. Lc 6, 12). Espero, estimados sacerdotes, que en vuestras comunidades lo hayáis hecho, tal como se os ha invitado, incluso por carta.
6. El Señor os ha elegido para consagraros a Él. Como hemos oído en el Evangelio: "Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó apóstoles" (Lc 6, 13). "Apóstol" quiere decir "enviado". Cristo eligió, nombró y envió a los Apóstoles a realizar la misión que les asignaba. Hoy os va a llamar por vuestro nombre: José, Alberto, José-Antonio y Carlos-Jesús; y lo va a hacer a través de Iglesia. Pero os llamará el mismo Cristo. La respuesta que debéis dar es a Jesucristo.
7. En la rica y maravillosa Oración Sacerdotal, del capítulo 17 del Evangelio de San Juan, Jesús le pide al Padre: "Conságralos en la verdad; tu Palabra es verdad" (Jn 17, 17). Consagrar, en sentido original, significa "separar para Dios", dedicar a Dios, santificar. Hemos hablado antes de entrega virginal, de servicio, de oración. La consagración a Dios, por tanto, en cierto sentido, separa de los hombres. Tal vez hayáis experimentado que alguien empieza a miraros ahora con otros ojos. Es posible que os sintáis y que os vean un tanto distantes de aquellas personas con las que antes estabais cerca, personal, afectiva o vitalmente hablando. Eso os va a pasar cada día más, incluso respecto a vuestras familias, que están aquí presentes y me están oyendo. Estimados padres, hoy aceptáis la consagración a Dios de vuestros hijos; ellos van a ser a partir de hoy para Dios; no son ya para vosotros. Si el ministerio eclesial de vuestros hijos les lleva a una distancia real, geográfica e incluso afectiva, ofrecédsela también vosotros hoy a Dios. No es que os van a querer menos; estoy seguro que os van a querer mucho más; y vosotros a ellos también. Pero la consagración plena a Dios, en el ministerio, tiene sus exigencias, que implican una cierta separación de los hombres.
8. Vosotros, estimados jóvenes, ya no sois del mundo, ya no sois uno de ellos, porque el Señor os ha elegido y os ha consagrado para él: "Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo" (Jn 15, 19; cf. 17, 14). Preparaos, porque el mundo os va a odiar; entendiendo el "mundo" en sentido joáneo (cf. 1 Jn 2, 15-17) o paulino (cf. 1 Co 2, 12; Gal 1, 4), como la oposición al espíritu de Dios.
9. Existe el riesgo de diluir la consagración y hacerle perder su especificidad y su sabor. En los primeros años del postconcilio, dentro del fenómeno de la contestación y bajo capa de "estar encarnados", hubo una tendencia, por parte de muchos consagrados, a pasar desapercibidos, a disimular su condición de consagrados. A veces, el consagrado se diluye tanto, que pierde su valor de fermento. Si uno es consagrado, es consagrado; ¿lo entendéis, verdad? Lo que no se puede hacer es querer ser consagrado y del mundo al mismo tiempo. Como dice el Papa, Juan Pablo II, la Iglesia debe preocuparse de hacer visible su presencia en la vida cotidiana, a través de las personas consagradas (cf. Vita consecrata, 25). No es indiferente el porte exterior, que debe expresar también la consagración a Dios. Cuando lo he dicho en alguna otra ocasión, no ha sentado bien a alguien de nuestro presbiterio; pero lo repito ahora en esta celebración solemne de vuestra ordenación.
10. De cara a la consagración a Dios no estamos solos, porque está toda la Iglesia y con ella está María, la Virgen nuestra madre. Ella es nuestro modelo, el modelo de la perfecta consagración. Ella vivió la relación con Dios, la virginidad, la consagración plena y total de un modo excelente, de un modo sobresaliente a todos los humanos; nadie como ella ha vivido esa consagración. María es signo de la entrega total, virginal y pura al Señor. María ha de ser nuestro modelo: de acogida de la Palabra, de entrega total, de vida virginal y casta.
2. Al servicio de la Iglesia
11. La consagración a Dios implica el servicio a la Iglesia. Con el Diaconado vais a estar dedicados a Dios y consagrados al servicio del Señor: en el ministerio de la Palabra, en la celebración de los sacramentos, en la comunión eclesial y en el servicio de la caridad. Son las cuatro grandes dimensiones del servicio diaconal. Vais a ser ordenados, por mi ministerio episcopal, para estar al servicio del orden sacerdotal, del que aún no formáis parte; vais a estar al servicio de los presbíteros y del obispo. Hoy celebramos la fiesta de los apóstoles San Simón y San Judas. Les vamos a pedir su intercesión para que os ayuden a quedar fundamentados en la piedra angular, Cristo, y en el cimiento apostólico.
12. Hemos oído en la lectura de San Pablo a los Efesios: "Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo" (Ef 2, 20). Con vuestra consagración diaconal vais a formáis parte, de manera especial, del edificio de Cristo, del templo santo donde se encuentra la salvación. En Cristo "toda edificación bien trabada se eleva hasta formar un templo santo en el Señor" (Ef 2, 21). Somos piedras vivas de ese templo santo. En Cristo "también vosotros estáis siendo juntamente edificados, hasta ser morada de Dios en el Espíritu" (Ef 2, 22). Dejaos, pues, transformar por el Espíritu para ser edificación y morada de Dios; dejaos encajar como piedras vivas en el edificio, aunque para ello los presbíteros, mis colaboradores necesarios, y el mismo obispo os tengan que cincelar, apretujar o limar para que encajéis bien en este edificio de la Iglesia particular. Todo ello debe ser para vosotros motivo de crecimiento, para ser morada del Espíritu y encajar en el edificio eclesial como piedras vivas.
13. Vuestro servicio diaconal os consagra, además, para que seáis arquitectos de la edificación de Dios; para que edifiquéis y adornéis la Iglesia de Cristo, material y espiritualmente. Para que ayudéis a otros a ser piedras vivas y que encajen en el templo santo de Dios. Debéis ofrecer a vuestros paisanos y a vuestros contemporáneos un rostro de la Iglesia más hermoso y asequible, para quienes la contemplen o se acerquen a ella.
14. Hemos escuchado en el evangelio de hoy que Jesús curaba a quien se acercaba a Él. Una gran multitud "habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y los que eran molestados por espíritus inmundos quedaban curados. Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos" (Lc 6, 18-19). Otro aspecto de vuestro servicio es la curación, en nombre de Jesús, de tantas enfermedades que padecen los hombres. Estimados jóvenes, nuestro mundo necesita curación de muchas enfermedades, aunque no sea consciente de ello. Ojalá transmitáis la fuerza de Jesucristo, que sane las dolencias de nuestros hermanos.
15. San Cirilo de Alejandría, en el texto del Oficio de Lectura de hoy, que supongo habéis leído ya, nos dice que el Señor tenía la convicción de que debía enviar a sus discípulos como el Padre lo había enviado a él, dando a entender que "su misión consiste en invitar a los pecadores a que se arrepientan y curar a los enfermos de cuerpo y de alma, y que en el ejercicio de su ministerio no han de buscar su voluntad, sino la de aquel que los ha enviado y que han de salvar al mundo con la doctrina que de él han recibido" (Comentario sobre el Evangelio de San Juan, Lib. 12, cap.1: PG 74, 707-710). Un buen resumen de la tarea ministerial que os espera.
3. Dedicados a la alabanza divina
16. Hoy San Pablo nos recordaba en su carta: "Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino ciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios" (Ef 2, 19). Estáis llamados, desde hoy, a cantar con todos los santos las alabanzas de Dios aquí en la tierra. Esta alabanza permanente no se acabará con vuestra vida terrena, sino que continuaréis alabando a Dios, desde hoy hasta la eternidad, en compañía de todos los santos y los ángeles. Por tanto, desde hoy, no sólo es una tarea, sino un gozo alabar a Dios para siempre. "Dichosos los que viven en tu casa alabándote siempre" (Sal 83, 5). ¡Que esta gracia y este compromiso de hoy, lo realicéis toda vuestra vida, sin volver atrás! Y que hasta el final de los tiempos, por toda la eternidad, el canto que hoy comenzáis, como voz de la Iglesia, se perpetúe eternamente.
17. Estamos celebrando el Año Jubilar, el bimilenario del Nacimiento de Jesucristo, dedicado a la alabanza de la Trinidad, a la glorificación de la Trinidad. ¡Que vuestra alabanza a la Trinidad gloriosa, que hoy comenzáis como servicio a la Iglesia, se prolongue durante toda vuestra vida. Esta alabanza al Dios Uno y Trino hacedla con palabras inspiradas. "¡Cantad a Dios dadle gracias de corazón con salmos, himnos y cánticos inspirados!" (Ef 5, 19), como dice San Pablo en la carta a los Efesios. Cantad a Dios con las palabras que Él desea que digáis, no sólo con vuestras palabras o con vuestras canciones, compuestas por vosotros; eso también es bueno, pero fundamentalmente hacedlo con salmos, himnos y cánticos inspirados. Nos unimos a la liturgia de la Iglesia; la liturgia que todos los consagrados cantamos diariamente para alabanza del Señor. ¡Prestad, pues, vuestra voz a la Iglesia, desde hoy, para cantar eternamente las alabanzas del Señor! ¡Así sea!
LECTURAS: Jr 31, 7-9; Rm 6, 3-11; Mc 10, 46-52
1. Acabamos de oír en el Evangelio el relato del ciego de Jericó: "Cuando salía de Jericó, acompañado de sus discípulos, de una gran muchedumbre, el hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino" (Mc 10, 46). Su ceguera le impedía moverse y caminar libremente; era un gran obstáculo para desarrollar su vida normalmente. Nuestra ceguera, nuestro egoísmo, nuestros pecados nos paralizan también e impiden que llevemos la vida de hijos de Dios, a la que hemos sido llamados. El ciego de Jericó quiere salir de su situación negativa, de esclavitud, de inercia, de muerte en cierto sentido. "Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar ¡Hijo de David, ten compasión de mí!" (Mc 10, 47). Él no hace caso a los reproches de los circunstantes, que le increpan para que calle, sino que grita más fuerte aún "¡Hijo de David, ten compasión de mí!" (Mc 10, 48).
2. En su petición al Maestro, Bartimeo confiesa su fe en el Hijo de Dios y su confianza en que pueda dar luz a sus ojos, que pueda curarle, que pueda hacer que 'viva' de manera plena: "Maestro, ¡que pueda ver! Jesús le dijo 'Anda, tu fe te ha curado' y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino" (Mc 10, 51-52). Tras el encuentro con Jesús, el ciego Bartimeo, que antes estaba paralizado y sin moverse al lado del camino, a partir de ahora camina detrás de Jesús; se hace discípulo suyo; comienza, desde ese momento para él la sequela Christi.
3. Tal vez esa historia no sea sólo de Bartimeo, sino de cada uno de nosotros, de cada uno de vosotros y vosotras, que le habéis dicho al Señor: "Tú me has llamado", cuando el obispo ha dicho vuestro nombre. Cada uno vivía en su ambiente, en su casa, realizando su profesión, cuando recibió la llamada del Señor. Vuestra respuesta ha sido un "sí" a la invitación del Señor. Lo habéis expresado ahora en la celebración con un gesto corporal, poniéndoos de pie ante la llamada del Señor y acercándoos al altar; os habéis puesto en movimiento para decirle sí a Jesús.
4. Bartimeo "estaba sentado junto al camino (ekáceto parà tèn odón)" (Mc 10, 46); sabéis que me gusta emplear con vosotros los términos originales. Bartimeo no estaba sentado "en el camino", sino "junto al camino" pero fuera de él. Simbólicamente, es como estar fuera de lo que sucede delante de mí y sin interesarme de quien pasa a mi lado; no estoy metido ni me siento implicado. Tal vez, antes de nuestra respuesta a Jesús, estábamos también nosotros al lado del camino; fuera del río de la vida, dejando que la corriente del río siguiera su curso; fuera de la corriente de la gente, sin implicarnos en ella. ¿Cuál es el gran cambio de Bartimeo al encontrarse con Jesús? De estar sentado (ekáceto) "junto al camino", pasa a seguirle (ekolúcei) "en el camino".
5. Vosotros estabais sentados junto al camino y os habéis levantado y habéis venido para seguir a Jesús, que es "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6). Ese mismo gesto que habéis hecho vosotros, lo hizo Bartimeo. Vuestra consagración y ofrecimiento a Dios esta tarde expresa ese cambio: pasáis de estar fuera de juego (out side) y de estar sentados (ekáceto), a estar en juego y seguir a Jesús. Aquí empieza la historia del seguimiento de Jesús por parte de Bartimeo y aquí comienza una etapa de vuestra historia de la sequela Christi.
6. También nuestros pecados, como a Bartimeo su ceguera, nos paralizan y nos dejan inertes, al lado del camino. Necesitamos encontrarnos con Jesús para recobrar la vida, el dinamismo, la salud, el perdón, para seguirle gozosos. Bartimeo "sigue" (ekolúcei) a Jesús. Este término es el mismo que Marcos emplea cuando Jesús invita al joven rico a seguirle: "Ven y sígueme" (Mc 10, 21). Se lo dice al ciego, se lo dice al joven rico y nos lo dice esta tarde a cada uno de nosotros: Tú ven y sígueme, deja de estar sentado ya, ponte en marcha, sigue mis huellas, sigue mis pasos, porque "Yo soy el camino".
7. Algunos vais a consagraros y otros renovaréis vuestra consagración, viviendo en castidad, pobreza y obediencia: los votos propios de la vida consagrada. Con la castidad, ponéis a Cristo en el centro y en el corazón de vuestra vida. Juan Pablo II ha dicho que la castidad es el más importante de los tres votos (cf. Catequesis de los miércoles en el período posterior a la Asamblea Sinodal de los Obispos, sobre la "Vida consagrada"). Algunos decían que era la obediencia, porque costaba mucho tener que poner la propia voluntad al servicio del otro. La castidad "libera de modo especial el corazón del hombre para que se inflame más en el amor a Dios y a todos los hombres, y es, por lo mismo, signo peculiar de los bienes celestiales y medio aptísimo para que los religiosos se dediquen con alegría al servicio divino y a las obras de apostolado" (Perfectae caritatis, 12). La virginidad nos hace estar en sintonía perfecta con Jesús. La pobreza y la obediencia son como una consecuencia de ese querer unirse con un corazón indiviso al Señor.
8. Hemos de seguir a Cristo, el Maestro, porque es el "Camino"; hemos de conocerle y amarle, porque es la "Verdad"; y hemos de imitarle, porque es la "Vida" (cf. Jn 14, 6). Más aún, hemos de configurarnos (con-figurarnos) con Él, es decir, hacer que la imagen de Cristo, que el Espíritu plasmó en nosotros en nuestro bautismo, se desarrolle y llegue a plenitud. ¡Qué plasméis en vuestras vidas la imagen de Jesucristo! ¡Que os configuréis con Él! ¡Que seáis iconos de Cristo transfigurado! Ser imágenes de Cristo transfigurado, como en el Tabor; ser imágenes de Cristo resucitado, tras haber pasado por la pasión y la cruz, es una misión muy hermosa. Vais a ser esa imagen de Cristo entre nosotros, entre vuestros contemporáneos, donde el Señor quiera mandaros.
9. Y no sólo imagen de Jesucristo; vais a ser reflejo de la vida trinitaria. En primer lugar, porque formáis parte de una congregación religiosa, que tiene como característica la vida en común. Vuestra vida comunitaria ha de ser reflejo de la vida trinitaria, de la vida de comunión que hay entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. En segundo lugar, debéis ser reflejo de la vida trinitaria, sobre todo en este año Dos mil, Año Jubilar, dedicado a la alabanza de la Trinidad. Para vosotros, el consagraros a Dios en este año Dos mil debe tener una particular significación; vuestra vida ha de ser una alabanza a la Trinidad; no solamente reflejo de la vida trinitaria, sino un canto a Dios Trino.
10. "Fuimos sepultados por el bautismo en su muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva" (Rm 6, 4). Este texto leído de la carta a los Romanos sobre la inmersión de la muerte de cada uno de nosotros en la muerte de Cristo, y por tanto, de nuestra resurrección unida a su resurrección, aunque es aplicado directamente al bautismo, vamos a aplicarlo esta tarde a vuestra consagración religiosa. Vais a morir un poco a vosotros mismos; un poco más de lo que moristeis en el bautismo. Se os preguntará sobre vuestra voluntad, sobre vuestra entrega, sobre vuestra renuncia al "propio yo", lleno de muchos lastres y de muchos deseos. Hay que morir por Cristo. La consagración permite al consagrado quemar lo propio para que alumbre la luz de Cristo. Es una profundización de vuestro bautismo. Por tanto, esta tarde, os toca morir un poco más; pero no un morir por morir, sino un morir para vivir.
11. Ser esclavo de Cristo es ser libre; ser dueño de mí o de otros, es ser esclavo. Esto parece una contradicción, pero no lo es. La renuncia a mi libertad, por servidumbre a Jesucristo, es libertad; el hacer caso a mi voluntad es esclavitud. Por tanto, también hoy, vais a ser un poco más libres, más muertos a vosotros, pero más vivos con Jesús; más esclavos y siervos de Cristo, pero más libres profundamente. "Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él, (...). Su muerte fue morir al pecado, de una vez para siempre; mas su vida, es un vivir para Dios" (Rm 6, 8-10). Así también nosotros, así también vosotros, dice San Pablo: "Consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús" (Rm 6, 11).
12. Todos los jubileos tienen unos signos propios: la indulgencia, la peregrinación, la puerta Santa, el sacramento de la confesión. El Papa ha querido que este Año Jubilar 2000, en el que vosotros os consagráis, tenga unos gestos especiales: uno es la memoria de los mártires y otro es la purificación de la memoria (cf. Juan Pablo II, Incarnationis mysterium, 11 y 13). El mismo Papa presidió en el Vaticano el día 12 de marzo, de este presente año, una ceremonia que pasará a los libros de la historia. Por primera vez, en una ceremonia solemne, un Obispo de Roma pidió perdón por los pecados pasados y presentes de los hijos de la Iglesia. Se trata de un gesto que se ha convertido ya en uno de los signos más significativos de este Jubileo del año 2000. La celebración empezó de manera sugerente y significativa ante el altar de la "Pietà" de Miguel Ángel, en la Basílica vaticana. El Pontífice quiso comenzar este gesto ante la imagen de María, pues la Iglesia, al igual que la Virgen, quiere tomar en sus brazos al Salvador crucificado, muerto por nosotros, cargando con el pecado de sus hijos e invocando el perdón del Padre.
13. En nuestra Diócesis de Alcalá de Henares, a la que pertenece esta comunidad, se celebra hoy la Jornada Jubilar de Petición de perdón y confesión de los pecados. En cada una de las comunidades cristianas hemos confesado nuestros pecados y hemos pedido perdón por los pecados de todos los cristianos de todas las épocas. "Confesamos con mayor motivo nuestras responsabilidades de cristianos por todos los males de hoy. Frente al ateismo, la indiferencia religiosa, el secularismo, el relativismo ético, las violaciones del derecho a la vida, el desinterés por la pobreza de muchos países, no podemos dejar de preguntarnos cuáles son nuestras responsabilidades", decía el Papa en la celebración en Roma. Nosotros, pues, pedimos perdón y pensamos, para entender bien este gesto, que "la Iglesia es santa porque Cristo es su Cabeza y Esposo, el Espíritu Santo, alma vivificante; y la Virgen y los santos su manifestación más auténtica. Pero nosotros, los hijos de la Iglesia, conocemos la experiencia del pecado (Juan Pablo II, Angelus, 12 Marzo 2000).
14. Confesar los pecados no significa que la Iglesia se constituye en tribunal de las generaciones pasadas, ni se siente exenta del propio pecado; sirve, más bien, para despertar la propia conciencia y para abrir el camino a la conversión de todos, de todos nosotros. Tampoco hay que atribuirse, con falsa humildad, pecados no cometidos. Mientras pedimos perdón, también perdonamos, como decimos en el Padre Nuestro: "Padre Nuestro (...) perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Y tras haber perdonado y pedido perdón los cristianos, según Juan Pablo II, podremos entrar en el nuevo milenio "como testigos más creíbles de la esperanza" y constructores de la auténtica paz. Estimados consagrados, pedid perdón, pidamos perdón, por nuestros pecados y por los de todos los cristianos; para ser, como consagrados, lo que dice el Papa: "mejores testigos creíbles de la esperanza", mejores constructores de la paz.
15. La confesión cristiana de los pecados (la confessio peccati) va siempre acompañada por el canto de alabanza a Dios (la confessio laudis). Como dice San Pablo: "Llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza extraordinaria es de Dios y no de nosotros" (2 Co 4,7). En los dos últimos siglos, devastados por la crueldad de los ateismos, la Iglesia, a través de las congregaciones religiosas y de los movimientos laicales, ha hecho una gran labor en el campo de la educación, en lo social, en el compromiso con los más débiles, con los enfermos, con los que sufren, con los pobres. Sería una falta de sinceridad ver sólo nuestro mal, nuestro pecado, y no ver el bien que Dios ha hecho, mediante los creyentes, pese a sus pecados. La Iglesia ha sido, es y seguirá siendo en el futuro "signo e instrumento de salvación universal" (Lumen gentium 2). Y vosotros, estimados religiosos, formáis parte de esa Iglesia viva como consagrados.
16. A vosotros os toca atravesar, como consagrados, la puerta al Tercer milenio. Este año sí que cambiamos de siglo y de milenio. Sois, por tanto, en cierto sentido los consagrados "gozne", los consagrados "bisagra"; y por tanto hay que saber estar. Precisamente porque nos hacemos cargo de estos dos mil años que pasan, queremos ser más fieles a Jesucristo en el próximo milenio; al menos, por lo que toca a nosotros, en el próximo siglo.
17. El profeta Jeremías también nos invita hoy a prorrumpir en un canto de alabanza a Dios, por sus abundantes gracias para con nosotros: "Así dice el Señor: Gritad de alegría por Jacob, regocijaos por el mejor de los pueblos; proclamad, alabad y decid: El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel!" (Jr 31, 7). Si me permitís, ¡Gritad de alegría, estimada "Fraternidad Misionera Verbum Dei", por la bondad que Dios tiene para con vosotros y para con toda la Iglesia! Con Jeremías os repito: "¡Gritad de alegría y prorrumpid en un cántico de alabanza!" por este don que hoy os concede, de consagraros a Él, de enriquecer la Fraternidad Misionera; de extenderla por todo el mundo. Invito a que grite de alegría también su Fundador, nuestro querido hermano, padre Jaime, y todos los que tenéis responsabilidades en la Familia misionera. ¡Gritad de alegría! ¡Hoy es un día de alegría, de gozo y de canto, de alabanza a Dios!
18. Hoy hemos bendecido la Casa de Espiritualidad antes de la misa. Damos gracias a Dios por este regalo y le pedimos que, puesta al servicio del Reino, esta Casa de Espiritualidad sirva para mayor gloria suya y bien de los hombres. ¡Qué sea "hogar de caridad, desde donde se difunda ampliamente la fragancia de Cristo"!, como hemos pedido al Señor en la bendición. ¡Qué sirva para edificar la Iglesia, construida sobre la piedra angular, Cristo, y sobre el cimiento de los apóstoles! ¡Qué los que se ejerciten en ella sean morada de Dios (cf. Ef 2, 22) por el Espíritu y miembros vivos del cuerpo místico de Cristo!, como hemos leído en la carta a los Efesios.
19. Vamos a celebrar, dentro de muy pocos momentos, la consagración temporal y perpetua de algunos miembros de la Congregación, procedentes de diferentes partes del mundo. Como decía el profeta Jeremías: "Mirad que yo os traeré del país del norte, os congregaré de los confines de la tierra" (Jr 31, 8). Estimado padre Jaime, esta tarde se ve realizado aquí este milagro. Hoy se realiza este canto de Jeremías entre nosotros; el Señor nos ha congregado "desde los confines de la tierra" y queremos ser agradecidos a Dios por todo ello. Quiero agradeceros también a vosotros vuestra entrega. La Iglesia os necesita; os necesitamos todos. Sois un regalo para la Fraternidad y para la Iglesia universal. ¡Gracias! El Señor, con todos estos gestos de amor, está siendo para la Fraternidad Misionera un Buen Padre. Se cumplen hoy una vez más las palabras de Jeremías: "Yo seré un Padre para Israel, y Efraín será, para Mí, mi primogénito" (Jr. 31, 9). Yo seré un Padre para la Fraternidad Misionera, y ella será, para Mí, hija amada. ¡Que así sea!
ACTO JUBILAR DE PETICIÓN DE PERDÓN
(Domingo XXX del Tiempo Ordinario - Ciclo B)
(Catedral, 29 Octubre 2000)
LECTURAS: Jr 31, 7-9
Hb 5, 1-6
Mc 10, 46-52
1. Acabamos de oír en el Evangelio el relato del ciego de Jericó: "Cuando salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre, el hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino" (Mc 10, 46). Su ceguera le impedía moverse y caminar libremente; era un gran obstáculo para desarrollar una vida normal. Nuestra ceguera, nuestro egoísmo, nuestros pecados, que hemos confesado en este Acto Jubilar de Petición de Perdón, también nos paralizan e impiden que llevemos la vida de hijos de Dios, a la que hemos sido llamados. El ciego de Jericó quiere salir de su situación negativa, de esclavitud, de inercia, de muerte, en cierto sentido. Por eso, "al enterarse de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: ¡«Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí»!" (Mc 10, 47). En su petición al Maestro, Bartimeo confiesa su fe en Él: puedes dar luz a mis ojos, puedes curarme, puedes hacer que "viva" de manera plena; «Maestro, ¡que vea!" (Mc 10, 51). "Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». Y al instante, recobró la vista y le seguía por el camino" (Mc 10, 52). Tras el encuentro con Jesús, el ciego Bartimeo, que antes estaba paralizado y sin moverse al lado del camino, ahora camina detrás de Jesús, haciéndose discípulo suyo.
2. Nuestros pecados también nos paralizan y nos dejan inertes al lado del camino. Necesitamos encontrarnos con Jesús para recobrar la vida, el dinamismo, la salud, el perdón. En la carta a los Hebreos hemos escuchado que "todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados" (Hb 5, 1). Y Cristo es el único Sumo Sacerdote de toda la humanidad, que ha perdonado, con su muerte en cruz y resurrección, todos nuestros pecados.
3. Estamos celebrando el Año Jubilar con una serie de signos, propios de todo Jubileo, que expresan la misericordia de Dios y la conversión por parte del hombre: el perdón de los pecados en el sacramento de la penitencia, la indulgencia, la peregrinación, la puerta Santa. Pero este Gran Jubileo tiene un signo especial: la purificación de la memoria, que hoy nosotros en nuestra Diócesis estamos celebrando. Esta purificación de la memoria "pide a todos un acto de valentía y humildad para reconocer las faltas cometidas por quienes han llevado y llevan el nombre de cristianos" (Juan Pablo II, Incarnartionis mysterium, 11).
4. El Papa, Juan Pablo II, presidió en el Vaticano el día 12 de marzo del presente año una ceremonia que pasará a los libros de historia. Por primera vez, en una ceremonia solemne, un obispo de Roma pidió perdón por los pecados pasados y presentes de los hijos de la Iglesia. Se trata de un gesto que se ha convertido ya en uno de los signos más significativos de este Jubileo del año 2000. La celebración comenzó de manera sugerente ante el altar de «La Pietà» de Miguel Ángel, en la Basílica Vaticana. El pontífice quiso comenzar este gesto ante la imagen de María, pues la Iglesia, al igual que la Virgen, quiere tomar en sus brazos al Salvador crucificado, cargando con el pasado de sus hijos e invocando el perdón del Padre.
5. A lo largo de la historia la Iglesia ha sido acusada en diversos momentos de ser la generadora de diversos males e incluso de ser el gran mal de la humanidad (cf. Nietzsche), que lleva en sí misma toda la culpabilidad, que destruye e impide el progreso. Hoy estamos en una situación nueva, en la que la Iglesia puede volver con mayor libertad a la confesión de los pecados y también invitar a los demás a su confesión y a una reconciliación profunda (cf. Ratzinger, Intervención ante la prensa, Vaticano, 7.III.2000).
6. Nosotros también hemos confesado nuestros pecados, al inicio de esta celebración. Aquí están los siete cirios encendidos por cada una de las siete peticiones de perdón, que hemos hecho por los pecados de todos los cristianos. Hoy es una Jornada Jubilar en toda la diócesis de Alcalá de Henares. En cada una de las comunidades cristianas, en cada parroquia, confesamos hoy nuestros pecados y pedimos perdón. Confesamos nuestras responsabilidades de cristianos por los males de hoy. Frente al ateísmo, la indiferencia religiosa, el secularismo, el relativismo ético, las violaciones de los derechos humanos, sobre todo el derecho a la vida, el desinterés por la pobreza de muchos países, no podemos dejar de preguntarnos cuáles son nuestras responsabilidades (cf. TMA 36; Comisión Teológica Internacional, Memoria y reconciliación. La Iglesia y las culpas del pasado, Vaticano, 7.III.2000, 5.5).
7. Conviene, sin embargo, tener presente unos criterios para entender mejor el gesto jubilar, que estamos realizando: En primer lugar, «la Iglesia es santa porque Cristo es su Cabeza y Esposo, el Espíritu su alma vivificante y la Virgen y los santos su manifestación más auténtica. Sin embargo, los hijos de la Iglesia conocen la experiencia del pecado, cuyas sombras se reflejan en ella obscureciendo su belleza. Por este motivo, la Iglesia no deja de implorar el perdón de Dios por los pecados de sus miembros» (Juan Pablo II, Angelus, 12 Marzo 2000).
8. En segundo lugar, confesar los pecados del pasado no significa que la Iglesia del presente pueda constituirse en tribunal sobre las generaciones pasadas, ni sentirse exenta del propio pecado. La confesión del pecado de los demás no exime del reconocimiento de los pecados del presente, sirve, más bien, para despertar la propia conciencia y para abrir el camino a la conversión para todos nosotros.
9. En tercer lugar, confesar los pecados implica reconocer humildemente la verdad. No negar el mal cometido en la Iglesia, pero tampoco atribuirse, con una falsa humildad, pecados no cometidos, ni en el pasado ni en le presente.
10. En cuarto lugar, la confesión cristiana de los pecados (confessio peccati) va siempre acompañada por el canto de alabanza a Dios (confessio laudis). En un sincero examen de conciencia, vemos que hemos hecho mucho daño en todas las generaciones, pero vemos también que Dios purifica y renueva siempre a la Iglesia, a pesar de nuestros pecados (cf. Ratzinger, Intervención ante la prensa, Vaticano, 7.III.2000). Como dice San Pablo: "Llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros" (2 Co 4, 7). En estos últimos dos siglos, devastados por la crueldad de los ateísmos, la Iglesia, a través de las congregaciones religiosas y de los movimientos laicales, ha hecho una gran labor en el campo de la educación, en el social y en el compromiso con los más débiles, con los enfermos, con los que sufren, con los pobres. Sería una falta de sinceridad ver sólo nuestro mal y no ver el bien que Dios ha hecho mediante los creyentes, pese a sus pecados. La Iglesia es y seguirá siendo "instrumento de salvación universal".
11. En quinto lugar, mientras pedimos perdón, también perdonamos nosotros, como rezamos en la oración que Cristo nos enseñó: "Padre nuestro..., perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden". ¡Que esta Jornada jubilar, estimados hermanos, traiga a todos los creyentes el fruto del perdón recíprocamente concedido y acogido!
12. Finalmente, tras haber perdonado y haber sido perdonados, los cristianos, según Juan Pablo II, podremos entrar en el nuevo milenio «como testigos más creíbles de la esperanza». «Tras siglos caracterizados por violencias y destrucciones, y tras este último, particularmente dramático, la Iglesia presente a la humanidad, que cruza el umbral del tercer milenio, el Evangelio del perdón y de la reconciliación, como presupuesto para construir la auténtica paz». Que nosotros, con esta confesión de fe, con esta petición de perdón, podamos cruzar el umbral del tercer milenio con estas intenciones y con estos propósitos que el Papa nos dice. ¡Que así sea!
RITO DE ADMISIÓN A ÓRDENES
(Catedral, 19 Octubre 2000)
LECTURAS: Ef 1, 1-10
Lc 11,47-54
1. Hemos escuchado el texto de la Carta de Pablo a los Efesios, que es muy rico en contenido y supongo que lo habéis meditado muchas veces: "Bendito sea el Dios y el Padre de Nuestro Señor Jesucristo" (Ef 1, 3); es una alabanza a Dios, Padre de Jesucristo, que conocemos por revelación del Hijo, en el Espíritu. Estamos en el año Jubilar, cuyo principal objetivo es la alabanza a la Trinidad. El texto al que nos hemos referido podríamos repetirlo en nuestro interior, como una especie de jaculatoria: "Bendito sea el Dios, y Padre de Nuestro Señor Jesucristo".
2. Pablo nos ofrece cuatro grandes razones, que ahora sintetizo y que explican por qué hemos de bendecir al Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo. En primer lugar, porque "nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales, en Cristo" (Ef 1, 3). Cuando decimos "bendecido", los teólogos entendéis la carga que lleva el término "bendición", como donación por parte de Dios, como participación de su vida y, al mismo tiempo también, como petición de nuevas gracias. ¡Bendecid al Señor, alabadle y dadle gracias, porque nos ha bendecido, porque nos ha enriquecido con su vida!
3. El segundo motivo de alabanza es porque "nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor" (Ef 1, 4). Nos ha elegido para ser santos: He aquí nuestra vocación cristiana; estamos llamados a la santidad. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica: "Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad". Todos son llamados a la santidad: 'Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto'" (Mt 5,48)" (N. 2013).
4. En tercer lugar, nos ha elegido "de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo" (Ef 1, 5). Todos los presentes somos hijos adoptivos de Dios; el Señor nos ha regalado, en el bautismo, la filiación divina o su paternidad, que es lo mismo. Nos ha hecho hijos de Dios, sin merecerlo, por pura dádiva suya. Motivo tenemos para decirle: ¡Bendito seas, Señor, porque nos has hecho hijos tuyos en el bautismo, eligiéndonos desde toda la eternidad!
5. El cuarto motivo de nuestra alabanza y bendición a Dios es porque nos ha dado "a conocer el Misterio de su voluntad, según el benévolo designio que en él se propuso de antemano" (Ef 1, 9). Aquí entráis directamente vosotros cuatro: mis queridos Pepe, Alberto, Carlos y José Antonio (alias "Poli"; aunque el verdadero "Poli" es su hermano Policarpo, sacerdote, que está aquí con nosotros; conviene que lo llamemos todos, a partir de ahora, José Antonio). El Señor os ha dado a conocer el "misterio de su voluntad" y habéis descubierto que su voluntad es que os entreguéis a Él. Vosotros habéis manifestado que os sentís llamados por Dios. El gesto de esta tarde consiste en que la Iglesia, y en este caso, un servidor en su nombre, os recibe y os admite para el orden del sacerdocio.
6. Estáis realizando esa historia de amor, que el Señor emprendió con vosotros desde el seno materno; la continuó y le dio un hito importantísimo en el bautismo; y ahora vosotros respondéis a ese misterio de su voluntad. Y, ciertamente, es un misterio conocer la voluntad de Dios; por eso la descubrimos mediatizada, es decir, a través de la Iglesia. Por tanto, tened ahora la certeza de que Dios os llama. La palabra está empeñada por la misma Iglesia; si os llama la Iglesia es que os llama Dios, de eso no tengáis duda. No es una simple sospecha, ni un dubitativo "a mí me parece", ni un "tal vez". Si la Iglesia dice: "Eres elegido para ser ordenado", tened la seguridad de que Dios os llama para ser ordenados.
7. Pablo se ha denominado a sí mismo: "Apóstol de Cristo