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HOMILÍAS EN 1999

 

 

 

TOMA DE POSESIÓN DE LA DIÓCESIS DE ALCALÁ. Catedral-Magistral de Alcalá de Henares, 3.VII.1999

ORDENACIÓN DE DIÁCONOS. Catedral-Magistral de Alcalá de Henares.11.XII.1999

NATIVIDAD DEL SEÑOR. MISA DE MEDIANOCHE.  Catedral Magistral de Alcalá de Henares. 24.XII.1999

APERTURA DEL AÑO JUBILAR EN LA DIÓCESIS DE ALCALÁ. Catedral Magistral de Alcalá de Henares. 25.XII.1999.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

APERTURA DEL AÑO JUBILAR EN LA DIÓCESIS DE ALCALÁ
25.XII.1999. Santa Iglesia Catedral-Magistral

LECTURAS: Is 52, 7-10; Sal 97; Hb 1, 1-6; Jn 1, 1-18

I. LA PALABRA DIALOGANTE DE DIOS Y SU MANIFESTACIÓN

1. «En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros Padres por los Profetas. Ahora en esta etapa final nos ha hablado por el Hijo, a quien ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo» (Hb 1, 1-2). El texto de la Carta a los Hebreos, que acabamos de escuchar, en la segunda lectura, nos habla de una historia de diálogo y amor, que Dios ha iniciado con el hombre desde antiguo.

El hombre, creado a imagen de Dios, como nos dice el Génesis (cf. Gn 1, 26), es un ser "relacional", que necesita comunicarse. Por eso, la palabra es uno de los dones más preciados que poseemos. Gracias a ella expresamos lo que somos, lo que sentimos, lo que esperamos, lo que creemos. Gracias a ella podemos salir al encuentro de los otros.

En el Prólogo del Evangelio de San Juan, que ha sido proclamado en la presente liturgia, aparece como protagonista 'La Palabra' (Logos), con la cual Dios se comunica a los hombres. Por ello, este Prólogo puede ser leído como una Historia de la Palabra dialogante de Dios y de su comunicación, como un relato del diálogo que Dios ha llevado a cabo con los hombres, desde la creación del mundo.

2. «En el principio ya existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios» (Jn 1, 1). La Palabra estaba, según el texto griego, "pròs tón Zeón". Esta expresión puede tener dos sentidos: el primero de cercanía; estar junto a alguien; la Palabra está junto a Dios. El segundo de relación; dirigirse a alguien. En este sentido, la Palabra, que está junta a Dios, que estaba junto a Dios, se dirigía a Dios, hablaba a Dios. Ser Palabra es comunicar, es ser comunicación. Entre la Palabra y Dios se da una relación de intimidad y comunión; entre ambos existe un dinamismo de diálogo y amor, que los lleva a proyectarse hacia fuera, porque Dios quiere comunicarse.

3. Por eso, la primera tarea que la Palabra lleva a cabo es la de la creación: «Todo fue hecho por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto llegó a existir» (Jn 1, 3). Dios entra en comunicación personal con la creatura más noble de la creación: el hombre, ese ser hecho a imagen y semejanza de Dios. La historia del encuentro entre Dios y la humanidad llega a su punto culminante cuando la Palabra se hace carne en Jesucristo, la verdadera "Palabra de Dios", el único que puede contarnos quién es el Padre, porque es el único que lo ha visto cara a cara, que lo conoce total y plenamente, y que lo ama.

4. Hoy celebramos la realización de ese momento culminante de la historia de este diálogo entre Dios y el hombre. Hoy se cumplen, estimados fieles, 2000 años de ese gran acontecimiento. María, la Virgen de Nazareth, aceptó en su seno la Palabra y quedó repleta de vida. Nosotros somos interlocutores de la Palabra manifestada en Cristo Jesús. Él también se dirige en diálogo amoroso a cada uno de nosotros, para hacernos partícipes de su vida. ¡Aprovechemos, hermanos, este momento histórico que nos ha tocado vivir, celebrando con profunda fe y amor agradecido la presencia de la Palabra que salva!

II. Y LA PALABRA SE HIZO CARNE

5. «Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros» (Jn 1, 14). El Verbo de Dios, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, se hace hombre. Este es el gran misterio de amor que la liturgia nos ofrece hoy para ser contemplado. «Hoy nos ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor» (Lc 2, 11).

El "hoy", según la simbología bíblica, designa el tiempo pleno, el tiempo providencial, el tiempo en el que Dios actúa y realiza su intervención, el tiempo previsto por Dios para llevar a cabo su designio de salvación. Es el cumplimiento, la realización final, escatológica, de las promesas divinas. Ante la admiración de cielo y tierra, la Palabra eterna entra en el tiempo. El amor de Dios hacia el hombre y su deseo de comunicarse a él es tan grande, que su Palabra eterna se hace temporal, entrando en la historia.

6. Su Palabra divina se hace humana, para expresarse en nuestro mismo lenguaje. Dios se hace hombre y vive a nuestro lado. La Palabra es uno de nosotros. A través de su cuerpo, de sus gestos, de sus palabras, podemos descubrir el amor de Dios que se acerca a nosotros. «El que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado» (Jn 12, 45). En esta Palabra eterna, hecha carne, se manifiesta "la gloria de Dios", como un derroche de gracia y verdad, de misericordia y fidelidad. Dios se hace presente entre los hombres a través de su único Hijo.

7. "¡Qué hermosos son sobre los montes, los pies del mensajero que anuncia la paz!" (Is 52, 7), hemos escuchado en la primera lectura, tomada del profeta Isaías. A nosotros que hemos conocido la Palabra de la vida, el Señor de la misma nos invita a dar testimonio, para que también otros puedan gozar de la misma comunión de amor: "Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo" (1 Jn 1, 1-3).

III. SEÑALES DE LA PRESENCIA DE DIOS

8. «Y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2, 12). Los pastores reconocieron la Palabra de Dios hecha carne en aquel Niño de Belén, nacido en pobreza y envuelto en debilidad.

El "signo" a través del cual descubrimos la presencia de Dios entre nosotros es un "niño", con toda la carga de fragilidad, debilidad y ternura. Se nos invita a descubrir a Dios bajo la apariencia humana. En el rostro de los más débiles y necesitados descubrimos también la presencia de Dios. Ello nos anima a realizar gestos de amor hacia el Cristo sufriente. Esta es una de las dimensiones que la Iglesia nos pide en este Año Jubilar: que manifestemos nuestro amor a Dios y al prójimo con gestos de acogida, con gestos de caridad.

IV. LA IGLESIA DE ALCALÁ Y EL GRAN JUBILEO

9. Anoche el Santo Padre iniciaba el Año Jubilar abriendo y cruzando la "Puerta Santa" de la Basílica de San Pedro en Roma. Hoy, día de Navidad, a esta misma hora, el Papa está celebrando en la Catedral de su propia sede, en la Basílica de San Juan de Letrán.

Nuestra iglesia particular de Alcalá de Henares se une hoy al Sucesor de Pedro, que preside en la caridad la única Iglesia de Cristo (cf. LG 7), y a todos los Pastores de las demás iglesias del orbe, para celebrar y comenzar este Año Jubilar que hoy inicia, para hacerlo con un corazón convertido y agradecido.

10. Entremos, estimados hermanos, con espíritu de conversión, por la puerta que Dios ha abierto en la historia a fin de que todos los hombres accedan por ella al misterio de Dios y, en él, en Cristo, accedamos al misterio de la propia vida. Peregrinemos, guiados por la fe y sostenidos por la esperanza, a través del camino que Dios ha trazado en el mundo, como senda que conduce a la Vida eterna. Testimoniemos y confesemos delante de los hombres, urgidos por la caridad a Aquel que es la Puerta y el Camino de la salvación para todos los pueblos: Cristo Jesús, el Hijo único del Padre, hecho carne en el seno de María Virgen por obra del Espíritu Santo.

11. Que todos celebremos fructuosamente este tiempo especial de salvación, este "kairós", Año de gracia del Señor, proclamado por la Iglesia para que todos los fieles puedan gozar más abundantemente de la gracia y de la misericordia divinas (cf. TMA 14). El gran Jubileo del año 2000 es ante todo un Año Santo; un tiempo en el que el amor de Dios, revelado en Jesucristo, se hace presente por medio de la Iglesia de un modo especial en las vicisitudes y en las circunstancias de los hombres que cruzamos el umbral del tercer milenio.

Os exhorto a todos, estimados sacerdotes, personas consagradas y fieles laicos, de esta Iglesia de Alcalá, os exhorto y os animo, a celebrar con renovada fe el magno acontecimiento jubilar, participando a través de vuestras comunidades cristianas, para hacer de nuestras vidas "un canto de alabanza único e ininterrumpido a la Trinidad" (IM 3).

María, la Madre del Salvador, la fiel oyente de la Palabra, con su poderosa intercesión, ruegue por nosotros, nos anime y nos aliente a mantenernos perseverantes a la espera del Señor. Así sea.

 

NATIVIDAD DEL SEÑOR. MISA DE MEDIANOCHE.
24.XII.1999
Santa Iglesia Catedral

 

LECTURAS: Is 9, 1-3.5-6; Sal 95; Tt 2, 11-14; Lc 2, 1-25

I. LUZ QUE BRILLA EN LA TINIEBLA

1. «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande. Los que vivían en tierra de sombras, una luz brilló sobre ellos» (Is 9, 1-2).

La humanidad camina en tinieblas cuando no va con Dios. Los hombres andamos a tientas, a oscuras, a veces tropezando, otras cayendo, cuando no nos alumbra la luz de Cristo. El Profeta Isaías comienza este texto que hemos escuchado con el tema de la luz. Al mundo le falta la luz del Señor. Para nosotros Él es el Sol naciente, el Sol de justicia, la estrella que puede guiar nuestro camino.

2. La oración colecta de la misa de esta Noche decía: "Oh Dios que has iluminado esta noche santa con el nacimiento de Cristo, la luz verdadera". Dios ha iluminado esta noche Santa de Navidad con la luz de su Hijo, la luz verdadera, la única luz que puede iluminar a los hombres. Y aceptando esta verdad nosotros le pedíamos al Señor: "Concédenos, pues, gozar en el cielo del esplendor de su gloria a los que hemos experimentado la claridad de su presencia en la tierra". Y nosotros, gracias a la luz de la fe, experimentamos la presencia de Dios en nuestra vida. Experimentamos la cercanía de Cristo entre nosotros; y si experimentamos esa cercanía y esa luz, el Señor nos dará cien veces más y la vida eterna, iluminando nuestra vida de manera plena y completa. ¡Basta ya de tinieblas, hermanos, dejémonos iluminar por la luz de Jesucristo, la luz que puede dar sentido a nuestra vida! La luz que nos impedirá tropezar y caer en sombras de muerte. La luz que lleva a la vida. La luz que en germen se nos dio en nuestro bautismo.

3. Celebremos gozosamente nuestra fe, y cantemos al Señor en esta noche santa de Navidad, en la que hace dos mil años que el Señor, la Luz, se hizo presente en medio de la tiniebla. La luz se puso en el corazón de la humanidad, y la luz esta noche debe brillar en nuestro corazón. Cantemos con toda la humanidad, con todos los hombres, ese villancico, clásico ya: "Oh luz de Dios, estrella azul que brillas en la altura". ¡Que Él brille en la altura para que ilumine nuestro corazón, que Él penetre con su luz nuestra tiniebla y nos abra los ojos a esa luz que es la eterna, la que no pasa! Esa luz se hace Hombre y se cumplen así las promesas, que Dios había hecho a nuestros Padres, Abraham y su linaje.

II. CUMPLIMIENTO DE LAS PROMESAS DIVINAS

4. Se cumplen las promesas de Dios, esta noche, estimados hijos. El evangelio de San Lucas nos narra el nacimiento del Señor; para ello, juega con el verbo "cumplir". A María, se le "cumplieron" los días. María, fecunda por el Espíritu Santo, se acerca al día en que madura el fruto que lleva en su seno para darlo a luz. Es una plenitud del tiempo, es un tiempo maduro para la presencia de Dios entre los hombres. Se le cumple el tiempo a María, se le cumplen los días del parto; pero simultáneamente coincide con el cumplimiento de los tiempos plenos. En la plenitud de los tiempos el Señor envía a su Hijo, en la madurez de los tiempos, cuando la humanidad está en condiciones de recibir a quien es el Hijo de Dios. María estaba madura para entregarlo, la humanidad está madura para recibirlo. Nosotros hoy, dos mil años después, estamos en condiciones de aceptar este fruto bendito del seno de María.

5. Hoy hermanos se cumplen las promesas de Dios: "«Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es Cristo el Señor» (Lc 2, 11). Ese es el anuncio del Ángel a los pastores: hoy nace Jesús. Hoy celebramos su dos mil años de nacimiento, pero hoy vuelve a nacer en cada uno de nuestros corazones, como esa noche callada y silenciosa en Belén. Como decía el libro de la Sabiduría: «Cuando un sosegado silencio todo lo envolvía y la noche se encontraba en la mitad de su carrera, tu Palabra omnipotente, cual implacable guerrero, saltó del cielo, desde el trono real, en medio de una tierra condenada al exterminio» (Sb 18, 14-15). En esta plenitud de los tiempos, ha saltado el gran guerrero Cristo; ha saltado el salvador a la tierra. Y ha venido para redimirla y para salvarla.

"Hoy" Dios se hace hombre; "hoy" la Buena Nueva resuena en nuestra tierra; resuena en Belén y resuena en todos los pueblos de la tierra. Y resuena también aquí en Alcalá de Henares. "Hoy" se nos manifiesta el Salvador. Esta Noche Buena es tiempo de salvación, es Noche Santa, noche iluminada por la luz que brilla en la tiniebla, noche iluminada por el Sol de justicia.

III. ADMIRABLE INTERCAMBIO

6. En este salto de la Palabra de Dios a la tierra, en esta plenitud de los tiempos ocurre un intercambio maravilloso. Nos lo recuerda la oración que rezaremos después sobre las ofrendas; allí le pediremos al Señor: "Haznos partícipes de la divinidad de tu Hijo, que, al asumir la naturaleza humana, nos ha unido a la tuya de modo admirable". Cristo Dios entra en la historia; el eterno entra en la historia y asume nuestra naturaleza divinizándola. El intercambio es que Él toma forma humana y a nosotros nos hace semejantes a Dios. Él se abaja hasta nosotros para levantarnos hasta Él. ¡Qué admirable intercambio ocurre esta noche!

7. María da a luz a quien es la luz del mundo; ella hace don de sí misma a quien es el don inagotable; ella da la vida humana a quien es la fuente de la vida. No es un simple intercambio de regalos. Eso es lo que solemos hacer nosotros en Navidad: un intercambio de regalos; regalamos cosas, objetos, de mayor o menor valor. Dios no regala cosas. Dios se dona y se regala así mismo. Dios se regala en la persona de su Hijo, Dios nos ofrece a su Hijo. Es una auténtica donación. María se da; María da el fruto de sus entrañas; se da así misma; da a su Hijo. Dios Padre se da así mismo en el Hijo. Se da totalmente en Jesucristo. ¿Qué es lo que le damos nosotros? ¿Qué le vamos a dar nosotros al recién nacido? ¿Cosas, objetos? ¿Pequeños regalos? ¿Una pequeña ofrenda que nos sobra? ¿O estamos dispuestos a darnos a Él, a darnos por el hermano, a acogerlo a Él, acogiendo al hermano?

IV. SIGNOS DE LA PRESENCIA DE DIOS

8. ¿Cómo descubrir esa presencia de Dios entre nosotros? ¿Dónde está hoy el recién nacido? ¿Dónde encontrarle? ¿Cuáles son los signos de su presencia entre nosotros?

El ángel, al anunciar a los pastores la noticia de que ha nacido el Salvador, les dice: «Y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2, 12). La señal es un niño indefenso. El "signo" a través del cual descubrimos la presencia de Dios entre nosotros es un "niño", con toda la carga de fragilidad, debilidad y ternura al mismo tiempo. Se trata de descubrir a Dios bajo este signo; de identificarle bajo la apariencia humana; de reconocerlo en los acontecimientos humanos y de la historia; de encontrarlo en los rostros de nuestros hermanos. Estos días hemos sabido, por los medios de comunicación, que un niño de pocas horas ha sido abandonado entre la basura. ¿No es ese un signo de la presencia del Señor en fragilidad y en debilidad?

9. Se nos invita a seguir sus huellas, a rastrear los signos mediante los cuales Dios se nos hace presente. Estamos todos invitados a descubrir esa presencia frágil de Dios entre nosotros. No es difícil descubrirlo, aparte, naturalmente, de los signos sacramentales, que Él nos ofrece en el banquete Eucarístico.

«¡Oh novedad inmensa -decía San Zenón de Verona-; habiéndose hecho niño por amor a su imagen (el hombre), Dios emite vagidos; permite ser envuelto con fajas aquel que ha venido para disolver las deudas de todo el mundo. Es colocado en el pesebre de un establo, proclamándose así pastor y pasto de todos los pueblos. Se somete al decurso sucesivo de la edad aquel que, por ser eterno, no conoce un tal cambio. De un modo totalmente opuesto al conocimiento divino que tiene de sí mismo, acepta el sufrir como un hombre débil, a fin de que al hombre sometido a la ley de la muerte se le conceda la inmortalidad» (El nacimiento y la majestad del Señor, 2, 9).

En esta Noche Santa de Navidad, hermanos, se nos invita a descubrir la luz de Jesús; a verle entre los signos de fragilidad humana; a reconocerle y a descubrirle y a vivir ese maravilloso intercambio que nos salva; a aceptar la divinidad, que Él nos ofrece a cambio de su cercanía en la humanidad.

10. Que este Día Santo de Navidad, lo celebremos con profunda fe y devoción. Este año es especial. El Santo Padre, como sabéis, hace unos minutos, ha abierto la Puerta Santa, ha comenzado el Año Jubilar en Roma. Mañana por la tarde, a las seis, lo abriremos aquí en nuestra diócesis, en esta misma Catedral. Es un Año de gracia del Señor. Ha de ser un año de luz de Dios. ¡Que abramos nuestros corazones para vivir en profundidad y en cercanía esa presencia del "Dios con nosotros"! Que así sea.

 

ORDENACIÓN DE DIÁCONOS
11.XII.1999. Santa Iglesia Catedral

LECTURAS: Ecclo 48, 1-4.9-11; Sal 83, 3-5.11; Hec. 6, 1-7; Mt 20, 25-28

I. ELÍAS: PROFETA COMO UN FUEGO

1. Hemos escuchado en el texto del libro del Eclesiástico: "Surgió Elías, un profeta como un fuego, cuyas palabras eran horno encendido" (Ecclo 48, 1). Elías, desde esa misión de profeta que predica la palabra, desde su cercanía de Dios, y, por tanto, desde su cercanía también a los hombres, desde esa situación privilegiada de hombre de Dios, que medita la palabra, es capaz, como decía el texto, de quitar el sustento de pan, de diezmar a la tribu con su celo, de sujetar el cielo y no dejar caer la lluvia en varios años, o de mandar fuego a la tierra tres veces (cf. Ecclo 48, 2-3).

2. Estimados hijos, que dentro breves momentos vais a recibir el orden del diaconado, la Iglesia os pide que seáis profetas, profetas como un fuego, profetas como Elías. Capaces de que las palabras que expliquéis y proclaméis a vuestros paisanos, a vuestros coetáneos, sean llamaradas de fuego; y no en sentido destructivo, al contrario. En primer lugar, la palabra que vosotros proclamáis ha ser una palabra leída, meditada dentro vosotros, rezada, estudiada en profundidad. Y debéis permitir que esa palabra os queme en vuestro interior.

3. Todos tenemos dentro ese tesoro, que puede ser el oro y la plata que el Señor nos regala: las virtudes, las facultades, las cosas buenas. Por nuestra condición de creaturas y de pecadores tenemos, sin embargo, ganga mezclada con el metal precioso. Esa ganga ha de ser purificada. Y sabéis perfectamente lo significa purificar: pasar por fuego (pur), meter en el fuego para que lo que no sirve, sea paja, sea barro, sea escoria, se queme y desaparezca y quede mucho mas brillante ese metal precioso, que es lo que el Señor y el Espíritu nos regala. Esa es la primera acción, nuestra, por tanto, de cara a la Palabra: dejar que os queme por dentro, permitir que se queme la ganga, lo que no sirve.

4. Posteriormente esa misma Palabra hará el efecto como a Elías: de vuestra boca se proclamará la Palabra de Dios, no la vuestra. Y esa Palabra de Dios es capaz de arrancar, de destruir, pero también de plantar y de hacer crecer. Esa Palabra de Dios, meditada, reflexionada y proclamada por vosotros en nombre de la Iglesia, ha de ser capaz de mover el corazón de los hombres, de acercar a la gente que está distante de Dios, que no lo alaban; de derretir el corazón de hielo, frío, de quienes no lo aman. El calor de esa Palabra ha de derretir nuestro hielo frío y duro. Esa Palabra ha de ser capaz también de purificar, de pasar por fuego la conducta de los otros, como ha pasado la vuestra.

5. Esa palabra a de ser capaz de servir a la causa de la paz. El mismo texto del Eclesiástico, que hemos escuchado, decía al final: Está escrito que te reservan, profeta de fuego, "para el momento de aplacar la ira antes de que estalle, para reconciliar a padres con hijos, para restablecer las tribus de Israel" Eclo 48, 10). Estáis llamados a ser trabajadores en favor de la paz. Y ésta es una bienaventuranza: dichosos los que trabajan por la paz (cf. Mt 5, 9). Felices vosotros, que habéis sido elegidos por el Señor y llamados a trabajar por la paz, por la verdadera paz de los hombres, por la unión de los hombres con Dios; como la Iglesia, que es instrumento y signo de la comunión de los hombres entre sí y de los hombres con Dios. Esta es la primera bienaventuranza que nos ofrece la liturgia de hoy: felices vosotros, llamados a ser profetas como Elías.

II. DEDICADOS A LA ALABANZA DIVINA

6. Tomado del Salmo 83, que se ha sido proclamado, el lector ha cantado en una de las estrofas: "Dichosos los que viven en tu casa alabándote siempre". Hoy vosotros vais a ofrecer vuestra persona, vuestra voz, a la Iglesia, para que a través de vuestra voz, la Iglesia cante las alabanzas del Dios Vivo. Desde hoy os comprometéis a la Liturgia de las Horas, os comprometéis a la alabanza de Dios, en nombre propio y en nombre de la Iglesia. "Felices los que viven en tu casa alabándote siempre" (Sal 83, 5): he aquí la segunda bienaventuranza que se nos brinda hoy.

7. Estamos muy próximos a iniciar el Año Jubilar. El Año 2000, el gran Año Jubilar, va a estar dedicado a la alabanza de la Trinidad, a la glorificación de la Trinidad. Vosotros, queridos nuevos diáconos, vais a ser los primeros diáconos de nuestra Diócesis del Año 2000. Vais a ejercer vuestro diaconado, antes del presbiterado, en estos próximos meses que iniciamos el Jubileo. Me gustaría que esto lo tuvierais siempre presente en vuestra vida. Porque no termina vuestra alabanza a la Trinidad con la fase "diaconal", sino que se prolongará esta proclamación de la alabanza divina durante toda vuestra vida. Y ni siquiera acabará con vuestra vida aquí en la tierra, porque estáis llamados a continuar alabando a Dios, desde hoy hasta la eternidad en compañía de todos los santos y los ángeles. Por tanto, desde hoy sois dichosos por alabar al Señor siempre. "Dichosos los que viven en tu casa alabándote siempre" (Sal 83, 5) ¡Que esta gracia y este compromiso de hoy, lo realicéis toda vuestra vida, sin volver atrás! Y que hasta el final de los tiempos, por toda la eternidad, el canto que hoy comenzáis, como voz de la Iglesia, se perpetúe eternamente.

8. "¡Cantad a Dios dadle gracias de corazón con salmos, himnos y cánticos inspirados!" (Ef 5, 19), como nos dice el texto de San Pablo. Cantad a Dios con las palabras que Él desea que digáis, no sólo con vuestras palabras o con vuestras canciones, compuestas por vosotros; eso también es bueno, pero fundamentalmente hacedlo con salmos, himnos y cánticos inspirados: esa es la liturgia de la Iglesia, esa es la liturgia que todos los consagrados cantamos diariamente para alabanza del Señor. Prestad, pues, vuestra voz a la Iglesia, desde hoy, para cantar eternamente las alabanzas del Señor. Esa es otra bendición y otra felicidad que el Señor os regala.

III. AMAR A DIOS CON UN CORAZÓN INDIVISO

9. Dentro de un momento, delante de mí, y ante toda la asamblea cristiana, prometeréis consagraros a Dios en la virginidad, en el celibato. Ante todo es una gracia divina; es un don que el Señor regala a los que elige. El Señor os ha elegido para consagraros a Él. No se puede compartir con otros amores exclusivos; Dios es un Dios celoso: así nos lo presentan los profetas. El Vaticano II nos recuerda: "Entre los consejos evangélicos, «destaca el precioso don de la divina gracia, concedido a algunos por el Padre (cf. Mt 19, 11; 1 Co 7, 7), para que se consagren sólo a Dios con un corazón que en la virginidad y el celibato se mantiene más fácilmente indiviso (cf. 1 Co 7, 32-34). Esta perfecta continencia por el reino de los cielos siempre ha sido tenida en la más alta estima por la Iglesia, como señal y estímulo de la caridad y como un manantial extraordinario de espiritual fecundidad en el mundo» (LG 76). 10.

10. Tenemos como modelo a María, la Virgen, que vivió la virginidad de modo excelente. Hoy es sábado, día mariano. Hemos honrado a nuestra Madre; hemos incensado su imagen al inicio de la eucaristía. María es signo de la presencia que alaba, que glorifica a Dios. Es signo de la entrega total, virginal y pura al Señor. María es esa figura propia que el Adviento nos presenta, y la que mejor acoge en su seno la Palabra para proclamarla. María ha de ser nuestro modelo, vuestro modelo: de acogida de la Palabra, de proclamación y de entrega total, de entrega virginal, como dice el Concilio, "con un corazón indiviso".

11. En la virginidad y el celibato, la castidad mantiene su significado original, a saber, el de una sexualidad humana vivida como auténtica manifestación y precioso servicio al amor de comunión y de donación interpersonal. Este significado subsiste plenamente en la virginidad, que realiza, en la renuncia al matrimonio, el «significado esponsalicio» del cuerpo mediante una comunión y una donación personal a Jesucristo y a su Iglesia.

12. Esta donación prefigura y anticipa la comunión y la donación perfectas y definitivas del más allá. El celibato expresa, pues, las bodas escatológicas (cf. Pastores dabo vobis, 29). Estáis haciendo presente aquí en este mundo, en las coordenadas "tiempo-espacio", lo que será realidad en las coordenadas donde no existe el tiempo y el espacio, porque es a-temporal y a-espacial, eterno, "meta-histórico". Es hacer presente el cielo y la tierra. Es un signo de esa presencia escatológica; de lo que ocurrirá al final de los días, cuando no se casarán.

IV. EL DIACONADO COMO SERVICIO

13. Todo ello os posibilita para ejercer el servicio, es decir la diaconía. ¿Qué es ser diáconos? Ser servidores de Dios, de la Iglesia y de los hermanos. Servir la Palabra en la celebración litúrgica, servir en la predicación, servir en el altar el cuerpo de Cristo. Servir siempre. Ser servidor en los sacramentos: como ministros ordinarios en el bautismo, en la celebración del Matrimonio como testigos especiales. Servir, en definitiva a la Iglesia. Y ha sido muy claro el texto de Jesús, en el evangelio de Mateo, cuando nos ha dicho: "El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo" (Mt 20, 26-27). Espero que seáis los primeros, los primeros por ser servidores, los primeros por ser siervos del Señor. María le dijo: "He aquí la esclava del Señor" (Lc 1, 38). ¿Porqué no podemos decir nosotros con María: "He aquí el siervo del Señor, para hacer lo que tú me pidas"?

14. Vais a ser ordenados al servicio de esta Iglesia particular de Alcalá de Henares. Sabéis que esta Iglesia está muy vinculada a la figura del Cardenal Cisneros. Él escribió en una carta una frase, que se ha hecho lema en nuestra diócesis: "El servicio de Dios primeramente". Por tanto, a parte de Javier, que se dedicará en su congregación religiosa, vosotros os incardináis desde ahora a esta Diócesis donde un antepasado en el episcopado, obispo de aquí, pedía el servicio de Dios primeramente. Como nuevos diáconos os pido que tengáis esta frase como lema, "servir a Dios primeramente". Los diáconos no reciben la imposición de manos en orden al sacerdocio, como nos dice el Concilio Vaticano II, sino en orden al ministerio (cf. LG 9). En orden al sacerdocio lo recibiréis, Dios mediante, dentro de unos meses. Hoy os ofrecéis a Dios y a la Iglesia, para vivir la felicidad que Él os da. Felices porque proclamáis su palabra, felices porque le alabáis en su templo, felices porque sois llamados a vivir en intimidad y virginidad con Él, felices porque el que más sirve ese es el que más reina.

15. Hemos leído en los Hechos de los Apóstoles que eran siete los diáconos escogidos. Vosotros ibais a ser seis, pero providencialmente, sois siete. Se repite la historia del libro de los Hechos, sólo que en vez de llamarse Felipe, Prócoro, Nicanor, Parmenas., os llamáis, Álvaro, Eliseo, Matías, Enrique, Iván, Javier, Manuel; pero al fin y al cabo se perpetúa en la Iglesia, con vosotros, el ministerio diaconal de Parmenas, Nicolás, Prócoro, Nicanor... ¡Sed fieles a estos siete varones! O mejor, sed fieles a lo que hoy vais a recibir como don de Dios y como compromiso vuestro; sed fieles, estimados hermanos, como lo fueron estos siete varones que nos narran los Hechos de los Apóstoles.

16. La eucaristía es siempre un agradecimiento a Dios, una acción de gracias. Quiero terminar dando gracias a Dios, por el regalo que hoy concede a la Iglesia de Alcalá, en vosotros, nuevos diáconos. Y quiero agradecer, por mi parte, como obispo, ese regalo que me concede a mí, porque vais a pasar a ser colaboradores estrechos míos. El Señor en estos últimos meses me ha regalado muchas cosas, de lo que yo estoy enormemente contento y agradecido a Él. Me ha regalado ser Pastor, con todos mis defectos y debilidades; y es, por tanto, una gracia del Señor, totalmente inmerecida, ser Pastor de esta Diócesis. Eso ha sido uno de los más grandes regalos de este año; el más grande. En el ejercicio pastoral en esta diócesis queridísima de Alcalá, vosotros sois hoy el primer gran regalo que el Señor me concede en mi ministerio episcopal, como nuevos colaboradores. Por su puesto que me ha regalado ya un precioso, y no encuentro palabras para describirlo, "presbiterio". Los miembros del presbiterio son el grandísimo regalo, que siempre el Señor concede a un Obispo. Pero hoy es un regalo nuevo, como un anticipo de la Navidad. Sois un regalo para esta Iglesia y sois un regalo para mí. Quiero esta tarde hacerlo presente y no solamente agradecerlo a Dios, sino también a todos aquellos que han colaborado en vuestra formación, los superiores, los sacerdotes, los que os animaron a ir al seminario, los que os han estado formando y puliendo y esculpiendo; aunque haya sido a veces un trabajo un poco duro por ambas partes. Quiero daros las gracias a vosotros: gracias por vuestra generosidad, gracias por vuestra entrega, gracias por ofreceros a la Iglesia.

17. Vamos a pedirle al Señor que os transforme, y a la Virgen María, la gran fiel servidora de Dios, que interceda por cada uno de vosotros, para que lo que vais a recibir como misión, llegue a buen puerto y llegue a su realización plena de aquí hasta la eternidad. Así sea.

 

TOMA DE POSESIÓN DE LA DIÓCESIS DE ALCALÁ
Magistral - Catedral, 3.VII.1999

LECTURAS: Ef 2, 19-22; Sal 116; Jn 20, 24-29

I. PROFESIÓN DE FE DE TOMÁS

"No seas incrédulo, sino creyente" (Jn 20, 27).

Con estas palabras, el Señor invita cariñosamente a Tomás a creer en Él.

El apóstol Tomás, cuya festividad hoy celebramos, se nos presenta reticente a creer en Jesús resucitado: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos. no creeré" (Jn 20, 25). Sus dudas, con todo, no lo hacen menos fiel o más alejado de Jesús, sino que lo preparan para encontrarse con Él, aceptándolo como Dios y Señor.

En ocasiones anteriores a la resurrección, narradas por el mismo evangelista Juan, aparece el espíritu realista y decidido de Tomás, dispuesto a dar su vida por el Maestro: cuando Lázaro ha muerto, Tomás anima a los demás discípulos diciendo: "Vayamos también nosotros a morir con él'" (Jn 11, 16). Y cuando Jesús les habla de ir al Padre, Tomás le pregunta: "Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?" (Jn 14,5).

La aparición de Jesús a Tomás, semejante a la de otros discípulos, que ven a Jesús pero no lo reconocen como en el caso de María Magdalena (cf. Jn 20, 14-16), o los de Emaús (cf. Jn 24, 13-31), restablece la prioridad del "creer" sobre el "ver".

El hombre ha buscado siempre el conocimiento inmediato y la verificación sensible para aceptar los hechos y se ha resistido a aceptar un conocimiento por fiabilidad, o por testimonio ajeno; en definitiva, se resiste a "creer" en Dios. Al hombre actual le cuesta aceptar el conocimiento sobrenatural de la fe y pide también, con mayor escepticismo si cabe, signos sensibles que le demuestren la existencia de Dios.

La duda de Tomás, como dice San Gregorio Magno, le lleva a tocar las heridas del Crucificado, sanando así la duda que podría hoy lacerar nuestros corazones. "Su cuerpo -el de Cristo resucitado- es incorruptible y él lo da a tocar. Lo que se palpa es necesariamente corruptible. Pero de manera admirable, nuestro Redentor se muestra incorruptible para invitarnos a la recompensa y para confirmarnos en la fe".

Al final del diálogo entre Maestro y discípulo, Tomás acaba por confesar su fe en el Resucitado: "¡Señor mío y Dios mío!" (Jn 20, 28). El Apóstol hace la más profunda y genuina profesión de fe en Cristo, presente en cuarto Evangelio y que hace referencia al Prólogo: "El Verbo era Dios" (Jn 1, 1).

El apóstol Tomás, con su confesión, nos invita a profesar la verdadera fe en Cristo resucitado. Los cristianos estamos llamados a profesar esa fe en Cristo Jesús, Señor nuestro (cf. Ef 3, 11-12); ahí radica nuestra salvación y, al mismo tiempo, nuestra misión. Vaciar la fe de su contenido integral, o no testimoniarla plenamente, nos llevaría a perder nuestra propia identidad de cristianos.

El mismo Jesús nos invita también a nosotros esta tarde a creer en Él, a pesar de las dudas que pueda haber en nuestro corazón, como en el del Apóstol. Hemos creído por la palabra y el testimonio de los apóstoles, que gozaron de la presencia física de Jesús.

El "creer" va mucho más allá del "ver". Por eso Jesús llama dichosos a los que crean "sin haber visto" (Jn 20, 29). Entre ellos nos encontramos nosotros, que profesamos nuestra fe en Cristo Jesús, fiándonos del testimonio de los apóstoles y de quienes oyeron, vieron y palparon la Palabra de la vida (cf. 1ª Jn 1, 1).

Al mismo tiempo, otros podrán creer "sin haber visto", gracias a nuestro testimonio. El mundo actual necesita de testigos, que vivan lo que proclaman. Y como decía el papa Pablo VI: el hombre de hoy, aunque escuche con gusto a los maestros, es arrastrado por el ejemplo de los testigos (cf. Evangelii nuntiandi, 41).

II. FE VIVIDA Y TESTIMONIADA

En la oración colecta, al inicio de la misa, le hemos pedido a Dios que "tengamos vida abundante por la fe en Jesucristo". Él es el único Salvador de los hombres, que ha ofrecido su vida para que la tengamos en abundancia (cf. Jn 10, 10). Aceptar a Jesucristo, el Dios humanado, es el núcleo fundamental de nuestra fe cristiana, que nos lleva a gozar de una vida auténticamente humana, participando de la vida de Dios.

Esa misma fe nos empuja a trabajar en las realidades temporales para transformarlas según la voluntad de Dios (cf. LG 31). En la búsqueda del bien común, de la paz, de la convivencia pacífica, del respeto al otro, de la auténtica libertad, vamos de la mano con quienes, trabajando por esos mismos valores, no profesan la fe en Jesucristo. Para los cristianos, estos valores se desprenden del gran don de la salvación, que Cristo nos ha ofrecido con su muerte y resurrección. "Buscad primero el reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura" (Mt 6, 33).

La fidelidad al Evangelio nos pide ser "testigos del Dios vivo", ser fermento, luz y sal (cf. Mt 5, 13-14) en nuestra sociedad. Hay quienes desean que la profesión de fe cristiana quede relegada en el interior de los templos; en el ámbito de lo individual, sin tener una repercusión pública ni una proyección social. Este tipo de fe no sería madura, ni desarrollaría su virtualidad propia. La fe cristiana, además de profesarla, ha de ser celebrada, vivida y testimoniada. "Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa" (Mt 5, 14-15). El Evangelio ha de impregnar y transformar la sociedad con sus estructuras; debe permear la cultura, iluminar la política, dar nueva luz a la economía. Los cristianos no podemos desentendernos del hombre y su situación histórica concreta. No se puede permitir, bajo capa de pretendida libertad, que acallen las voces, aunque duelan o molesten, de los que pregonan la Buena nueva.

Injertados en Cristo por el bautismo, estamos llamados a vivir, anticipadamente ya en este mundo, los bienes de arriba: "Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios" (cf. Col 3, 2-3).

Como ejemplo de estos bienes, vemos a Jesús, en medio de sus discípulos y dándoles el saludo de su paz: "Paz a vosotros" (Jn 20, 19). La paz como regalo del Señor resucitado, y no como fruto del mero esfuerzo del hombre.

III. LA IGLESIA, EDIFICIO DE DIOS

Como nos ha dicho el apóstol Pablo en su carta a los Efesios, los cristianos somos miembros de la familia de Dios y estamos "edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas" (Ef 2, 20), de cuyo edificio "Cristo Jesús es la piedra angular" (Ef 2, 20). Sobre él, que es la roca (cf. 1 Co 10, 4), se cimienta nuestra fe y nuestra vida. Asentados en él no tememos ni las tempestades, ni las lluvias torrenciales (cf. Lc 6, 48), que arrecian contra su edificación, que es la Iglesia (cf. Lc 6, 6; 1 Co 3, 9).

La tarea de mantener fielmente, en el tiempo, la misión que Cristo encomendó a su Iglesia nos corresponde hoy a cada uno de nosotros, según los dones recibidos por el Espíritu. Unos en el ejercicio del ministerio jerárquico y otros en la actuación de los diversos carismas: "Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para utilidad común" (1ª Co 12, 4-7).

Todos somos piedras vivas del edificio de Dios, llamados a formar parte y a colaborar, con la fuerza del Espíritu, en la construcción de la casa común de los hijos de Dios.

La iglesia particular de Alcalá de Henares, desde su restauración hace casi ocho años, ha vivido un ritmo casi frenético de re-edificación y re-construcción sobre la roca espiritual y fundamento de su fe: Cristo, Jesús. Su primer Obispo, Mons. Manuel Ureña Pastor, ha sabido dirigir, con mano firme y gran sabiduría, la obra que Dios le confió. La obras materiales realizadas son a todas luces patentes. La reconstrucción espiritual de esta diócesis es incomparablemente de mayor grandeza que los mismos edificios que vemos restaurados. Nuestro agradecimiento hoy a mi venerado predecesor, quien, haciendo honor a su apellido, ha sido un gran Pastor de esta porción del pueblo de Dios. Y gracias a la grey que ha secundado con fidelidad y amor la misión encomendada.

Como nuevo obispo de esta amada diócesis deseo continuar la tarea comenzada por mi antecesor. Dicho en otras palabras: ser fiel a la tarea que el Espíritu pide hoy a esta Iglesia particular. Todos sois necesarios en esta tarea: los sacerdotes, los consagrados, los laicos; de cualquier edad y condición: niños, jóvenes, adultos, ancianos y enfermos. A todos mi invitación para continuar construyendo la iglesia que Dios quiere en Alcalá.

La diócesis de Alcalá, de tierna edad aún, necesita, a imitación de Jesús adolescente, continuar creciendo "en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres" (Lc 2, 52). El modelo de sus patronos, los Santos Niños Justo y Pastor han de ser un ejemplo para la diócesis. Ellos dieron también testimonio de la fe en Jesucristo, a pesar de su corta edad, y supieron estar a la altura de lo que el Señor les pedía. La comunidad cristiana de Alcalá de Henares, con su juvenil edad, ha de ser también testigo del Resucitado. Siguiendo la invitación del Santo Padre ha de renovar su compromiso cristiano de evangelización, de cara al año 2000.

Junto al ejemplo y la intercesión de los Santos Niños, tenemos el co-patronazgo de San Diego. El testimonio de su amor a los pobres ha de estimularnos a vivir la caridad fraterna, a acoger a los más necesitados y a compartir generosamente lo que el Señor nos regala. Nuestras obras de caridad se convertirán, de este modo, en hermosas flores de espiritual fragancia que agradan a Dios.

IV. FIDELIDAD AL ESPÍRITU

San Pablo nos ha recordado en su carta que los cristianos nos vamos "integrando en la construcción, para ser morada de Dios, en el Espíritu" (Ef 2, 22).

El Espíritu Santo es llamado por los santos padres como "digitus paternae dexterae"; así lo cantamos en la secuencia de su fiesta.

El dedo del Padre dirige los designios de la historia eclesial otorgando libérrimamente sus dones para la implantación y crecimiento del Reino, que ya está presente de forma incoada en el mundo, y que se implantará definitivamente al final de los tiempos.

Cada miembro de la Iglesia tiene una misión, otorgada por el Espíritu para el bien de todos. A nosotros nos corresponde dejarnos llevar por la moción del Espíritu, para contribuir de manera eficaz en la construcción del Reino de Dios.

Ejercer con fidelidad la misión encomendada por el Espíritu, ser miembros dóciles en su manos, para que él componga y ejecute al mismo tiempo "su" melodía sinfónica, no la nuestra. Somos obra suya; no queramos empeñarnos en hacernos a imagen propia, sino a imagen del Creador, reproduciendo en nosotros la imagen del Hijo, al que hemos sido "configurados" en nuestro bautismo. Se nos invita a seguir el "dedo" divino del Espíritu, que nos indica a cada uno el modo de ser Iglesia, la manera de vivir como hijos de Dios, la forma de ser sus testigos entre los hombres.

V. INTERCESIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

Que la Virgen María, bajo las advocaciones de Virgen del Val y "Mare de Dèu dels Desamparats", vele maternalmente por todos nosotros y nos ayude, con su poderosa intercesión, a dar testimonio de nuestra fe y a producir frutos de buenas obras.

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ACCIÓN DE GRACIAS, AL FINAL DE LA MISA

Agradezco la presencia de mis hermanos en el Episcopado, que habéis querido uniros personalmente a la oración de esta iglesia particular, en el día de la toma de posesión de su nuevo obispo. Asimismo, agradecer la oración del resto de los hermanos que, desde sus respectivas diócesis, elevan sus oraciones al Señor por el buen fruto de mi ministerio episcopal.

A los sacerdotes, colaboradores necesarios del obispo, mi agradecimiento por su dedicación y mi invitación a seguir unidos en la misma tarea eclesial. Un recuerdo especial a todos los sacerdotes que, deseando participar en la celebración de esta tarde, aquí en la Catedral, han tenido que renunciar a este justo y noble deseo, por cumplir la misión pastoral que se les ha confiado y atender a sus comunidades cristianas. Agradezco de corazón vuestro sacrificio.

Saludo cordialmente a las autoridades, a quienes agradezco de corazón vuestra presencia, en la esperanza de un diálogo fecundo y una colaboración, desde la justa autonomía propia, que redunde en bien de nuestros hermanos.

Agli amici dell'Italia un fraterno saluto e grazie per essere presenti in questa celebrazione.

Als païsans que heu vingut des de València, la meu terra natal i diócesis de la que provinc, i al seu Arquebisbe D. Agustín, junt al cual he fet els primers pasos en el ejercici del ministeri episcopal; gracies per el vostre afecte i el vostre apoyo humá i cristiá, que m'ha ajudat en estos anys a viure el ministeri eclesial.

A mis queridos diocesanos alcalaínos y a todos los presentes, muchas gracias. Pido al Señor que os bendiga abundantemente.