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Jesús Catalá Ibáñez

Obispo de Alcalá de Henares

 

TESTIGOS DE JESUCRISTO

Carta pastoral con motivo del Año Jubilar

6 agosto 2005 – 2006

Diócesis de Alcalá de Henares

 

Introducción

I. EL MARTIRIO DE LOS NIÑOS JUSTO Y PASTOR

1. La ciudad hispano-romana de Complutum

2. El martirio de Justo y Pastor

3. El culto a los Niños mártires

4. Las reliquias y sus avatares

II. SIGNIFICADO DEL MARTIRIO

5. El testimonio de los profetas en el Antiguo Testamento

6. Momentos de persecución en la historia del pueblo de Israel

7. Jesucristo, Mártir singular y único

8. Los testigos de Jesús

9. Evolución del término “mártir”

10. Testimonios de martirio en los primeros siglos de la Iglesia

11. Sentido teológico del martirio

12. El amor de Dios, fundamento del testimonio del cristiano

13. Las implicaciones antropológicas

14. Dimensión eclesial del martirio

15. El martirio en su dimensión ecuménica

16. El concepto de martirio en la reflexión teológica actual

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO EN EL MUNDO ACTUAL

17. Los mártires de nuestra época

18. La llamada de Dios en los umbrales del Tercer milenio

19. El testimonio de la fe ante los estragos del secularismo

20. Ser testigos valientes ante el relativismo reinante

21. Testigos de Jesucristo, hoy

Conclusión


TESTIGOS DE JESUCRISTO

Introducción

1. Testigos de Jesucristo fueron los niños Justo y Pastor, que hoy son considerados como modelos de cristianos por su valentía en dar la propia vida por el Evangelio.

La Diócesis de Alcalá de Henares, que los honra como sus Patronos, ha querido celebrar un Año Jubilar para conmemorar el mil setecientos Aniversario de su martirio.

Estos dos santos, pequeños por su edad pero grandes por su fortaleza y valentía, confesaron sin miedo la divinidad de Jesucristo y la absoluta primacía de Dios frente a toda pretensión humana de poder y de usurpación del lugar de Dios. Las autoridades romanas no pudieron doblegar la fe en Cristo de estos intrépidos y valientes niños. Viviendo en una sociedad pagana supieron dar valeroso testimonio de la fe cristiana con el derramamiento de su sangre, ofreciendo generosamente sus tiernas vidas; por ello fueron considerados “mártires” de la fe.

2. Este Año Jubilar de los Santos Niños ha sido una excelente ocasión para conocer mejor a nuestros Patronos. La experiencia jubilar ha servido para reflexionar sobre el testimonio cristiano que dieron, para acercarnos a ellos y para robustecer nuestro deseo de seguir al Señor. Su figura nos ha cautivado y animado a vivir la fe.

La imaginería religiosa les ha representado como dos hermanos, que se animan y emulan mutuamente ante el martirio, con sendas palmas en sus manos y con actitud alegre, sin miedo ante la muerte. Así lo hemos vivido en estos días de júbilo.

Para esta celebración jubilar fue elegido el lema “Justo y Pastor, testigos de Jesucristo”, con el fin de recuperar la memoria de estos mártires y de promover el ejemplo que nos dejaron. La comunión de los santos y la fuerza que ellos transmiten a la Iglesia terrena es fuente de santidad, de espiritualidad y de renovación de la fe.

El Señor nos ha concedido la gracia de profundizar en la devoción y el culto a estos mártires, que dieron origen a nuestra iglesia local Complutense. Ha sido un gozo para mí dar a conocer la figura de Justo y Pastor, principalmente a los niños, y de promover su culto entre los fieles de esta iglesia particular. Pequeños y grandes han acudido a los lugares jubilares, en actitud penitencial, para alcanzar las gracias de la misericordia divina y celebrar con gozo este acontecimiento eclesial.

Retomo las palabras del Papa Juan Pablo II, para expresar la experiencia eclesial vivida: “El Jubileo ha sido «un canto de alabanza único e ininterrumpido a la Trinidad», un auténtico «camino de reconciliación» y un «signo de la genuina esperanza para quienes miran a Cristo y a su Iglesia». Al dejarnos en herencia la alegría del encuentro vivificante con Cristo, que «es el mismo, ayer, hoy y siempre» (cf. Hb 13, 8), nos ha presentado al Señor Jesús como único e indefectible fundamento de la verdadera esperanza”[1].

3. Junto a la conmemoración del Martirio de los Santos Justo y Pastor, la Diócesis de Alcalá de Henares celebraba también el mil seiscientos Aniversario de su creación.

El culto a los Santos Niños, a partir de su martirio, fue importante para el desarrollo de la Diócesis Complutense. A comienzos del siglo V Asturio, noveno obispo de la sede toledana, llegó a Complutum para impulsar y dignificar el culto a los mártires, que probablemente había sufrido los rigores de las recientes invasiones. Tras edificar un templo sobre el lugar de la tumba de los Mártires (cella martyris)[2], decidió no regresar a su sede, estableciéndose en Complutum.

La Diócesis de Alcalá crece, pues, en torno a las figuras insignes de Justo y Pastor. La misma Ciudad de Alcalá de Henares, con sus avatares históricos, se ha desarrollado en torno al lugar martirial y a la presencia de las reliquias de los Santos Justo y Pastor[3].

La historia de nuestra Diócesis se desarrolla posteriormente en varias etapas[4]. Permanece como Diócesis hasta finales del siglo XI, cuando el Papa Urbano II la agrega a Toledo.

El templo de los Santos Niños Justo y Pastor fue convertido en Parroquia en 1136, bajo el mandato del arzobispo D. Raimundo, siendo edificada una nueva iglesia, que en 1479 sería elevada al rango de Colegiata. El Cardenal Cisneros reedifica el templo a finales del siglo XV, consiguiendo del Papa León X el título de «Magistral» en 1519.

A finales del siglo XIX el Papa León XIII crea la diócesis de Madrid-Alcalá, haciendo coincidir su territorio con la provincia de Madrid, recién instituida, y manteniendo el título de Alcalá para recuperar la antigua Diócesis romano-visigótica de Complutum.

En 1991 la Santa Sede restablece la diócesis de Alcalá de Henares, a la que se le asignan los pueblos del Este de la Comunidad Autónoma de Madrid, elevando la iglesia Magistral de la ciudad de Alcalá al rango de Catedral.

Damos gracias a Dios por la fecunda historia de nuestra Diócesis a lo largo de estos dieciséis siglos. En los inicios de este siglo XXI, el Señor nos pide que asumamos con gozo y valentía la misión que nos confía.

4. La presente Carta pastoral, tomando como punto de arranque el martirio de los Santos Niños, tiene como hilo conductor la reflexión sobre el martirio cristiano. Deseo que la lectura de este texto os haga saborear las dádivas que Dios ha otorgado a nuestra iglesia y os anime a vivir testimoniando vuestra fe.

La primera parte tiene como objetivo recordar los acontecimientos más importantes ligados al martirio de Justo y Pastor y al culto que recibieron a lo largo de la historia.

En la segunda parte se presenta el significado teológico y eclesial del martirio, con sus implicaciones.

La tercera parte presenta una reflexión sobre el martirio cristiano en nuestro tiempo y la llamada de Dios a dar testimonio de la fe en nuestra sociedad, donde se rechaza a Dios, exaltando el relativismo y el subjetivismo, al tiempo que se desprecia toda norma de conducta humana que no provenga del propio hombre.

Si los Santos Justo y Pastor, siendo unos niños, fueron capaces de dar testimonio de la fe cristiana en una sociedad pagana, cuánto más nosotros, los cristianos de hoy, debemos también ser testigos del amor de Dios y de su Verdad revelada, que es Jesucristo. Testigos de Jesucristo fueron en el siglo IV los Santos Niños y hoy nos toca serlo a nosotros.

Os animo a todos a dar gracias a Dios por este acontecimiento de gracia que la iglesia diocesana de Alcalá ha celebrado y vivido y a profundizar en el significado del martirio de los santos, para responder con mayor entrega y fidelidad a la tarea que Dios nos encomienda hoy.


I. EL MARTIRIO DE LOS NIÑOS JUSTO Y PASTOR

1. La ciudad hispano-romana de Complutum

5. Fuentes de diversa índole (arqueológica, cartográfica, epigráfica) y de época distinta (desde el siglo I antes de Cristo, hasta el siglo IV después de Cristo) atestiguan la existencia de Complutum[5], como ciudad romana cosmopolita, lugar de paso entre Caesar-Augusta (Zaragoza) y Emerita-Augusta (Mérida).

Tito Livio, hacia el año 75 antes de Cristo, al contar la huída de Sertorio hacia Valencia menciona a Complutum como uno de los lugares por los que pasó. Complutum ya era, probablemente, en la época romana una ciudad cosmopolita, cruce de caminos y centro de encuentro entre personas de diversas culturas y creencias; este hecho se sigue dando hoy día y nos invita al gran reto de la nueva evangelización.

Desde el punto de vista geográfico disponemos de datos antiguos. Ya Ptolomeo la cita el siglo II de nuestra era como una de las dieciocho ciudades de Carpetania, que se extendían en un  territorio muy amplio, y entre las que menciona además a Toledo y Consuegra.

6. La epigrafía y la arqueología nos ayudan a describir las características de la ciudad tardorromana en la que vivieron los Santos Niños. El complejo de la basílica, las termas y el ninfeo muestran el cuidado y el interés de la ciudad en la creación y conservación de espacios públicos y manifiestan su carácter urbanístico. Las posibles ampliaciones y transformaciones de la ciudad  respetaron siempre el eje principal de la misma, por ser una vía romana.

Además de los edificios públicos se erigían edificios privados, exponente de una buena situación económica y de una nutrida población. Las Casas de “Baco”, de “Leda” o de los “Peces” se erigen en aquellos momentos; y también los edificios en las afueras, como la “Casa de Hyppolitus”, o la residencia señorial, a unos cinco kilómetros de Complutum, a la vera de la vía hacia Caesar-Augusta, y conocida como “Villa del Val”. Existen restos de mansiones de funcionarios imperiales.

Complutum contó con una posición geográfica envidiable, al encontrarse en el centro de la península hispánica y ser encrucijada de caminos. Estas condiciones la convertían en un punto de referencia de carácter cultural, militar y comercial.

Los niños Justo y Pastor, cuando profesaban ante el pretor romano Daciano su fe en Jesucristo, conocían bien los cultos romanos que abominaban, veían los templos profanos y oían hablar de las divinidades paganas. Los mosaicos que representan a Leda, Baco o Cupido, así como las estatuas de Diana, el ninfeo o lugar de culto de las Ninfas, divinidades romanas de las fuentes y las aguas, son muestras de estos cultos en Complutum. Estas deidades nada tenían que ver con el Dios de Jesucristo, en cuya fe habían sido educados por sus padres, en un ambiente familiar cariñoso, religioso y propicio para su desarrollo integral. Como decía el Papa Benedicto XVI en el recientemente celebrado V Encuentro Mundial de las Familias: “El lenguaje de la fe se aprende en los hogares donde esta fe crece y se fortalece a través de la oración y de la práctica cristiana”[6] .

7. Justo y Pastor se encontraban en edad escolar. En el Bajo Imperio, las reglas del arte oratorio ocupaban gran parte del aprendizaje, siendo fundamental la educación literaria y artística[7].

Predominó en todo el Mediterráneo el sistema educativo helenístico, que perduraría hasta el final del Imperio, aunque en el siglo IV las disposiciones del Estado romano hicieron crecer la burocracia y el número de funcionarios, a cuyos puestos de trabajo sólo se podía acceder desde la “enseñanza superior”, que empezó a desarrollarse. Se restauraron muchas escuelas y se crearon otras nuevas; y se dispuso que nadie pudiera impartir enseñanza alguna, sin contar con la autorización oportuna por parte del Estado romano.

En el relato del martirio de los Santos Niños se dice que los dos hermanos, arrojando las tablillas de estudio en la escuela, marcharon ante el pretor para profesar su fe en Jesucristo. En ella habían encontrado una sabiduría mucho más profunda que los conocimientos humanos que recibían en la escuela. A pesar de su corta edad, habían comprendido el pasaje de San Pablo: «Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura con tal de ganar a Cristo» (Flp 3,8).

2. El martirio de Justo y Pastor

8. Los emperadores romanos Diocleciano y Maximiano habían promulgado un edicto de persecución contra los cristianos en el año 303 de nuestra era. Se trata de la conocida persecución de Diocleciano, de la que tenemos datos por el poeta Aurelio Prudencio. Quien no adoraba al emperador, como a un dios, era ejecutado. Por ésta y otras razones de estado, no estaba permitido ser cristiano.

La vigencia de esta orden se prolongó más allá de la abdicación de los dos augustos (305), hasta que con diferentes altibajos fue revocada de forma definitiva por el edicto de Milán (313), con el que el emperador Constantino garantizaba la libertad de culto a los cristianos.

A raíz de esta persecución hubo una larga serie de mártires, que dieron testimonio de su fe con el derramamiento de sangre. En Hispania encontramos a Leocadia en Toledo, a Eulalia en Mérida, a Félix en Gerona, a Engracia y otros mártires en Zaragoza, a Justa y Rufina en Sevilla, al diácono zaragozano Vicente en Valencia y a los Niños Justo y Pastor en Complutum. Muchos de ellos son patronos de sus respectivos lugares de martirio.

9. Relata la tradición[8] que llegó a Complutum el pretor Daciano, responsable de hacer cumplir el decreto imperial; entre los cristianos de Complutum habría, con toda probabilidad, una gran conmoción.

En numerosas actas de mártires, que han llegado hasta nosotros, se recogen los detalles de los procesos, muy similares en la mayoría de los casos. Había, en primer lugar, un interrogatorio sobre la fe cristiana de los detenidos. Se les explicaba a los acusados la ilegalidad de sus creencias. Después, mediante halagos y promesas, se les invitaba a abjurar de su fe y a dar culto a los dioses. Si los inculpados se negaban, eran amenazados, torturados y ejecutados.

Podemos imaginar la reacción de Justo y Pastor, niños en edad escolar, quienes presentándose ante las autoridades desafiaron el decreto imperial. San Isidoro de Sevilla nos narra lo ocurrido: “En Complutum vivían los hermanos Justo y Pastor, y allí dieron testimonio de su fe en Jesucristo en tiempos de los emperadores Diocleciano y Maximiano. Cuando el pretor Daciano llegó a Complutum mandó que todos abjurasen de la fe en Cristo y ofreciesen sacrificios a los ídolos; de lo contrario serían condenados a muerte tras ser atormentados. En los niños Justo y Pastor se encendió el deseo de ser mártires y dar la vida por el Señor”.

Sin que nadie los llamara, se presentaron ante el juez y se proclamaron públicamente cristianos. Justo y Pastor fueron decapitados a las afueras de la ciudad de Complutum, en el “Campo Laudable”.

10. Los cristianos de la primitiva Iglesia recordaban el día de la muerte de los cristianos, al que llamaban “dies natalis”, por ser el día del nacimiento para el cielo. San Cipriano, a mediados del siglo III exhortaba a los cristianos: “Apuntad el día de quienes mueren, para que podamos recordarlos entre las memorias de los mártires” (Epístola 12). La comunidad cristiana de Alcalá de Henares ha conservado en su memoria litúrgica la fecha del 6 de agosto, como el “dies natalis” de los Santos Niños, cuyo martirio tuvo lugar en el año 305 ó 306 de nuestra era.

San Isidoro es el único que hace referencia a la piedra martirial, conservada en la cripta del templo Magistral, hoy Catedral. Su conservación como “reliquia” del lugar martirial se debe a una tradición secular, aunque su autenticidad no se puede demostrar. Alcalá siempre ha contemplado y venerado la piedra con reconocimiento y gratitud, porque aquí dos niños complutenses dieron su vida por Jesucristo.

3. El culto a los Niños mártires

11. El testimonio de los mártires, considerados como héroes de la fe, suscitaba entre los cristianos simpatía y veneración. Tras el martirio, los dos Niños habrían comenzado a recibir culto[9] en el lugar en el que sus restos habían sido enterrados, en una necrópolis situada junto a la calzada de Zaragoza, a unos dos kilómetros al este de Complutum. Con la paz constantiniana (año 313) pudo haber sido edificada una capilla de culto sobre la tumba de los mártires.

La primera referencia escrita a los mártires complutenses, sin especificar su nombre, es la de san Paulino de Nola (355-431), natural de Burdeos y residente en Complutum [10] a finales del siglo IV, quien entierra a su hijo junto a las reliquias de ambos mártires.

Su contemporáneo Aurelio Prudencio (348-410) es el primero que cita a Justo y Pastor, en una amplia relación de ciudades hispánicas, aunque no alude a su edad, ni a las circunstancias de su martirio, ni a la fecha en que ocurrió. Pero este hecho indica que, cien años después de su martirio, los hermanos complutenses eran ya venerados.

12. Es razonable pensar que el culto a los mártires complutenses se mantenía vivo a la llegada del obispo toledano Asturio a Complutum, quien convertiría, tal vez, la pequeña capilla martirial, edificada sobre la tumba, en un templo de mayor amplitud.

Al alborear el siglo V el culto a los santos Justo y Pastor ya había adquirido un gran auge. La tumba de los dos mártires en el “Campo Laudable” se convirtió en un lugar de culto.

Un siglo después, san Ildefonso, arzobispo de Toledo, escribió la obra titulada “Varones ilustres” (657-667), dándonos una importante información acerca del origen del culto a los Santos Niños.

A lo largo del siglo VII este culto se extendió por amplias regiones de la península hispánica. Existe documentación de templos consagrados a estos mártires en diversos lugares: Astorga, Córdoba, Zaragoza, Medina-Sidonia (630), Guadix (652) y Alcázar de la Sal (682) en el Algarve portugués.

13. Los primeros siglos de la Reconquista supusieron el tercer gran período de expansión del culto a los santos Justo y Pastor, debido a la intensa actividad repobladora desarrollada por los diferentes reinos cristianos.

La Complutum romana inició su decadencia en el último tercio del siglo IV, cuando la población comenzó a desplazarse hacia el nuevo núcleo cristiano, surgido en torno al sepulcro de los Santos Niños. Había nacido una nueva ciudad, mientras el abandono llevaba a la ruina a la vieja urbe hispano-romana. La misma ciudadela Alkalá-al Nahar, que había crecido en la margen izquierda del río en las proximidades del Val, desapareció tras la Reconquista. Sólo quedó el pueblo nacido a la sombra de los mártires.

A raíz de la sustitución de la liturgia mozárabe por la romana, en la segunda mitad del siglo XI, se constata una fuerte caída del culto a los santos Justo y Pastor, debido a la estrecha vinculación de este culto con la liturgia mozárabe. Este hecho parece probar que, durante el tiempo en que la población estuvo bajo dominio musulmán, debió de mantenerse un núcleo mozárabe, que preservó el culto secular a los patronos complutenses, hasta el momento de la reconquista.

14. La devoción y el culto a los Santos Niños se extendió paulatinamente dentro y fuera de España a través de los siglos, como lo muestran el arte y la iconografía[11].

Con motivo del Jubileo celebrado la figura de los Santos Niños Justo y Pastor ha sido conocida y venerada con mayor fervor en todas las parroquias de la Diócesis Complutense y en muchos lugares de España. Las catequesis preparatorias, los materiales didácticos e históricos, publicados con esta ocasión, así como las distintas actividades culturales han servido para propagar el culto a estos entrañables y valerosos Niños.

En el culto a los Santos Niños mártires damos gloria y alabanza a Cristo, que está en el origen de su martirio y de su santidad.

4. Las reliquias y sus avatares

15. Hasta finales del siglo VII hubo varias ocasiones en las que los obispos complutenses donaron a otras diócesis o instituciones parte de las reliquias de los Santos Niños; fueron cedidas para la fundación del monasterio de Compludo (año 646), en el valle del Silencio, cerca de Ponferrada (Tebaida leonesa); y para la dedicación de una iglesia en Medina-Sidonia. El obispo Agricio también cedió reliquias para la iglesia lusitana de Alcázar de la Sal, cerca de Lisboa (año 682). Todo ello contribuyó a la expansión del culto a los Santos Niños.

Con la invasión musulmana las reliquias de los hermanos mártires corrían peligro de ser profanadas; providencialmente, dichas reliquias salieron de Complutum. Según una tradición fue San Urbicio[12] quien las llevó consigo a Francia, estableciéndose después en la zona de los Pirineos, correspondiente a la actual provincia de Huesca, donde llevó hasta su muerte una vida apartada como pastor y anacoreta. Allí preparó la llamada Cueva de Sastral, conocida hoy como lugar de peregrinación, y luego, para dar culto a las reliquias, levantó una capilla en el valle de Ara, cerca del pueblo de Albella. Fue enterrado en una cueva del valle de Nocito, junto con las reliquias de los santos Justo y Pastor.

Otra explicación razonable[13] propone que, ante la persecución decretada por Abd-el-Rahmán I, algunos miembros de la comunidad mozárabe complutense huyeran hacia el norte con las reliquias, siguiendo la calzada romana, que llevaba a Zaragoza y, cruzando Roncesvalles, se internaba en Francia, llegando hasta Burdeos, ciudad natal de San Urbicio. Los portadores de las reliquias pudieron establecerse en algún lugar de los valles de Huesca.

16. Este hecho propició de nuevo la expansión del culto a los mártires complutenses, abarcando los actuales territorios de Aragón, Cataluña y el sur de Francia, donde merece ser destacado el caso de Narbona, en cuya catedral se conservan reliquias donadas por el rey aragonés Ramiro II el Monje.

Las reliquias sufrieron varios traslados por miedo a que fueran robadas o profanadas. Finalmente desde la iglesia de San Urbicio fueron llevadas a la de San Pedro el Viejo en Huesca.

El Cabildo Magistral de Alcalá pidió al rey Felipe II que interviniera ante el Papa para que las reliquias de los Santos Niños regresaran de nuevo a su lugar de origen. La súplica del Rey animó al papa Pío V, quien hizo llegar un Breve pontificio al obispo de Huesca, con fecha del 12 de abril de 1567, solicitando la devolución de parte de las reliquias.

El día 19 de enero de 1568 el mismo Obispo de Huesca, ante los procuradores de Alcalá y otras autoridades y testigos, sacó parte de los restos mortales de los Santos Niños del arca donde se guardaban y se los entregó a los representantes del Cabildo de Alcalá.

Las reliquias, en su viaje de regreso, pasaron por varias ciudades y pueblos, donde fueron objeto de veneración: Zaragoza, Calatayud, el Monasterio de Santa María de Huerta, Medinaceli, Sigüenza, Hita, el Monasterio benedictino de Nuestra Señora de Sopetrán, Guadalajara y Meco.

Las reliquias llegaron a Alcalá el 7 de marzo de 1568, con gran expectación y fiesta por parte de las Instituciones alcalaínas y de la población entera[14].

17. Como se puede apreciar, por la gran documentación histórica existente, las reliquias que se trajeron de Huesca gozan del mayor grado de fiabilidad, dadas las medidas que se tomaron y las personas que participaron en el traslado.

Como es lógico no existe documentación para comprobar si los restos que salieron de Alcalá en el siglo VII son los mismos que regresaron en el siglo XVI. Muchos avatares tuvieron que soportar las reliquias, yendo de un sitio para otro, sin las cautelas de documentación, propias de tiempos posteriores.

El concepto de ‘reliquia’ y la devoción a las mismas ha variado mucho de una época a otra. Nuestros antepasados centraban más su atención en la devoción y en la vivencia de la fe al venerar las reliquias, que en la comprobación de las mismas; y, además, no disponían de los medios necesarios para un estudio científico, tal como hoy los poseemos.

18. Alcalá retiene, según la tradición recibida, que las reliquias pertenecen a los Santos Niños. Posibles estudios científicos futuros podrán determinar con mayor precisión la época de las mismas y los rasgos de las personas a la que pertenecen.

Pero lo más importante para nuestra fe es el hecho incontestable del Martirio de los Niños Justo y Pastor en Complutum, por testimoniar su fe en Jesucristo. Esto es lo que celebramos y el motivo de este Año Jubilar.

Sobre la tumba de los Santos Niños se levantó un primer templo, para honrar la memoria de estos mártires; sucesivamente se amplió este lugar sagrado hasta  albergar lo que hoy es la Catedral-Magistral de Alcalá de Henares.

II. SIGNIFICADO DEL MARTIRIO

5. El testimonio de los profetas en el Antiguo Testamento

19. En el Antiguo Testamento el profeta puede ser llamado “mártir”, porque su vida aparece amenazada de muerte violenta, por realizar la misión que el Señor le ha encomendado. Hay repetidos ejemplos de asesinatos de profetas: «Este hombre debe ser condenado a muerte, porque ha profetizado contra la ciudad» (Jr 26,11), le dicen al profeta Jeremías sus oyentes cuando profetiza en el templo.

El profeta Elías se desahoga ante el Señor diciendo: «Han pasado a espada a tus profetas. He quedado yo solo, y me buscan para quitarme la vida» (1Re 19,10.12). Muchos profetas murieron en el transcurso de su misión: «Mataron a tus profetas, que les exhortaban a convertirse a ti, y te ofendieron gravemente» (Ne 9,26; cf. 2 Cro 24,20-21).

Aparece con especial relevancia la figura del Siervo doliente de Yahveh, en el Deutero-Isaías, como la imagen simbólica del destino del profeta (cf. Is 52, 13-53, 12).

El profeta es testigo de la palabra que el Señor le ha comunicado y ha de seguirla fielmente hasta el fin, aunque eso conlleve el riesgo de perder la vida.

6. Momentos de persecución en la historia del pueblo de Israel

20. En la historia del pueblo de Israel hubo épocas en las que tuvo que sufrir persecuciones a causa de su fe. Un momento singular fue el de los Macabeos, cuyo relato tiene cierta similitud con la persecución del Imperio Romano contra los cristianos, en tiempos de Justo y Pastor.

El rey de Siria, Antíoco IV Epifanes (175-163 a.C.), impuso por la fuerza la religión helenística, profanó el templo de Jerusalén y obligó a los judíos a participar en prácticas idolátricas y obscenas. El que se negaba o era sorprendido guardando la ley de Moisés, era torturado y asesinado. Particularmente elocuentes y conmovedores son los relatos del martirio del anciano Eleazar y de la mujer hebrea junto con sus siete hijos (cf. 2 Mac 6-7).

21. La muerte del inocente es recibida como un testimonio profundo, que ayuda a mantener la esperanza y la fidelidad a Dios. La persecución es descrita como un momento de gracia, a través del cual el Señor purifica y corrige a su pueblo, haciéndolo más fiel. El perseguido acepta la muerte por amor a Dios, en fidelidad a la fe de sus padres y con plena libertad y serenidad ante sus verdugos. El martirio infunde esperanza: los justos que dan su vida por causa de la fe no terminarán consumidos en el sepulcro, pues Dios tendrá compasión de ellos.

Resulta significativo que, en estos momentos de la historia de Israel, encontremos los primeros testimonios escritos explícitos de la fe en la resurrección de los muertos. Judas Macabeo manda ofrecer sufragios por los muertos en el templo de Jerusalén, tras la victoria en una de sus batallas (cf. 2 Mac 12, 40-46).

La religiosidad popular de los hebreos encuentra elementos de una primera “teología del martirio” en el sufrimiento y en la muerte de sus fieles, perseguidos por paganos e instigados a la idolatría a riesgo de perder la vida.

7. Jesucristo, Mártir singular y único

22. En su sacrificio voluntariamente aceptado, Jesucristo da testimonio supremo de su fidelidad a la misión que el Padre le ha confiado. Jesús tenía una conciencia clara de su muerte y del sentido y valor que ésta tenía.

Son muchos los hechos, narrados en los Evangelios, que dejaban vislumbrar una muerte violenta para Jesús: su solidaridad pública con los pecadores (cf. Mc 2,15-17); las curaciones que realizó (cf. Mc 2,1-12); la resurrección de Lázaro (cf. Jn 11, 43-50); su crítica hacia el cumplimiento vacío de la ley de Moisés (cf. Mt 5, 17-48); su actitud de superar el formalismo legal a favor del hombre (cf. Mc 2, 27-28); la acusación de blasfemia contra Él (cf. Mc 2, 6-7; 14, 64); la expulsión de los comerciantes del templo (cf. Mc 11,15-18); las duras palabras contra los sacerdotes (cf. Mc 11, 28-33) y, sobre todo, su pretensión de ser el Hijo de Dios (cf. Jn 5,18).

Jesús entiende y explica abiertamente en todo momento su muerte como acontecimiento salvífico, en cumplimiento de la voluntad del Padre: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).

23. Podemos afirmar que el único y verdadero “Mártir” en toda la historia humana ha sido Jesucristo, el Hijo de Dios, que vino al mundo para dar testimonio de la Verdad (cf. Jn 18, 37). Da testimonio de lo que ha visto y oído al lado del Padre (cf. Jn 3, 11.32-33); da testimonio contra el mundo maligno (cf. Jn 7, 7), da testimonio de lo que Él mismo es (cf. Jn 8, 13-18).

Por eso Jesús es el Testigo fiel por excelencia (cf. Ap 1, 5), el «Testigo fiel y veraz» (Ap 3, 14). Su confesión delante de Pilato es un testimonio supremo (cf. Jn 18, 37; 1 Tm 6, 13), que pone de manifiesto el plan divino de la salvación (cf. 1 Tm 2, 6).

24. El testimonio de Jesús, discutido por el mundo incrédulo (cf. Jn 3, 11; 8, 13), posee un valor incontestable, porque lo apoyan otros testimonios[15]: Juan Bautista, que resume toda su misión (cf. Jn 1, 6-7.15.19; 3, 26; 5, 33); las obras realizadas por Jesús en nombre de su Padre (cf. Jn 5, 36; 10, 25); las Sagradas Escrituras (cf. Jn 5, 39; Hch 10, 43); el mismo Padre (cf. Jn 5, 31-32.37-38; 8, 16-19); el Espíritu Santo da testimonio de Jesucristo (cf. Jn 15, 26) y testimonia también que nosotros somos hijos de Dios (cf. Rm 8, 16). Deben aceptarse estos testimonios, si no se quiere hacer a Dios mentiroso (cf. 1 Jn 5, 9-10).

El misterio de la muerte salvadora de Jesucristo es la clave de interpretación del martirio cristiano. Desde ella se explican los sufrimientos y trabajos de la comunidad primitiva, de los Apóstoles en el primer anuncio del Evangelio y de los fieles cristianos a lo largo de todos los tiempos.

8. Los testigos de Jesús

25. La predicación del Evangelio a todas las naciones adopta la forma de testimonio: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8).

Los enviados a predicar la Buena Nueva son constituidos “Apóstoles” (cf. Hch 1, 2), que deberán dar testimonio delante de los hombres de todos los hechos acaecidos desde el bautismo de Juan hasta la ascensión de Jesús y, especialmente, de la resurrección del Señor (cf. Hch 1, 22; 2, 32; 4, 33).

En los escritos joánicos el Evangelio y el testimonio forman una unidad: el relato evangélico presenta una testificación hecha por un testigo ocular (cf. Jn 19, 35; 21, 24). Dicho testimonio versa sobre el misterio del Verbo de la vida venido en carne (cf. 1 Jn 1,2; 4, 14), misterio que sólo el Espíritu desvelará de modo completo (cf. Jn 16, 13).

La misión de Pablo se define en los mismos términos: en el camino de Damasco fue constituido testigo de Cristo (cf. Hch 22, 15; 26, 16) y en tierra pagana testimonia la resurrección de Jesús (cf. 1 Co 15, 12-16); por la aceptación de este testimonio nace la fe cristiana en las comunidades (cf. 2 Ts 1, 10).

26. La misión de los testigos de Jesús se pone en evidencia cuando tienen que dar testimonio ante las autoridades y los tribunales, según el anuncio que Jesús había predicho ya a los doce Apóstoles: «Os entregarán a los tribunales, seréis azotados en las sinagogas y compareceréis ante gobernadores y reyes por mi causa, para que deis testimonio ante ellos» (Mc 13, 9). Entonces el testimonio adquiere un tenor solemne, pero con frecuencia es un preludio del sufrimiento.

Los cristianos son perseguidos «por causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús» (Ap 1, 9). Esteban fue el primero que selló su testimonio con la sangre derramada (cf. Hch 22, 20). La misma suerte aguarda en la tierra a los testigos del Evangelio (cf. Ap 11, 7).

Babilonia, el poder enemigo encarnizado contra la ciudad celestial, se embriagará de la sangre de estos mártires (cf. Ap 17, 6). Pero ellos vencerán al diablo «gracias a la sangre del Cordero y a la palabra del testimonio que dieron, porque despreciaron  su vida ante la muerte» (Ap 12, 11). El martirio es el testimonio de la fe consagrado por el testimonio de la sangre.

27. El seguidor de Jesucristo participa de su misma misión y, por tanto, debe estar dispuesto a compartir sus sufrimientos y hasta su misma muerte: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16, 24-25). La amistad con Cristo y la comunión con Él conlleva la exigencia de seguirle, sin poner condiciones. Según nos dice Benedicto XVI, con estas palabras del Evangelio “Jesús describe su propio itinerario, que a través de la cruz lo lleva a la resurrección: el camino del grano de trigo que cae en tierra y muere, dando así fruto abundante. Describe también, partiendo de su sacrificio personal y del amor que en éste llega a su plenitud, la esencia del amor y de la existencia humana en general[16]. Este camino, recorrido por Jesús, es el que recorrieron los mártires y el que debe recorrer hoy el testigo de Jesús.

No se puede ser amigo de Cristo sin abrirle por completo el corazón, sin ser dócil a su voz, sin escuchar su palabra: «Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando» (Jn 15, 14).

Los creyentes, que aceptan el testimonio apostólico, mantienen el testimonio de Jesús (cf. Ap 12, 17) y están llamados a formar parte de la gran serie de testigos a lo largo de la historia. Justo y Pastor enarbolaron la antorcha del testimonio de Jesús en los albores del siglo IV. Los cristianos de hoy somos apremiados a proclamar con nuestra vida, con palabras y obras, la Verdad de Jesucristo.

El testimonio de la fe es consecuencia de la llamada a la santidad[17], que todo fiel recibe de Dios. El bautismo nos regala la adopción filial divina y nos hace coherederos de Jesucristo (cf. Rm 8, 17), dándonos la fuerza del Espíritu para testimoniar lo que se acepta por la fe. El seguimiento radical de Jesucristo puede llevar al bautizado al martirio.

La Iglesia de los primeros siglos fijó en martirologios el testimonio de los mártires y los fue actualizando a través de los siglos, pero “en el libro de santos y beatos de la Iglesia han entrado no sólo aquellos que derramaron la sangre por Cristo, sino también maestros de la fe, misioneros, confesores, obispos, presbíteros, vírgenes, cónyuges, viudas, niños[18].

9. Evolución del término “mártir”

28. El término “martirio” hunde sus raíces en la lengua griega arcaica, proviniendo de la raíz “martyr, que a su vez deriva de otra raíz: “smer, cuyo significado es “pensar, recordar, estar preocupado”, equivalente al término latino “memor, esto es, “hacer memoria”. El mártir, etimológicamente, sería aquel que recuerda, que puede dar noticia, que puede testimoniar.

En la Sagrada Escritura se puede apreciar una evolución del término “mártir”, que llega incluso hasta los primeros decenios de la Iglesia primitiva. En el Antiguo Testamento el término testigo se refería a un testimonio en el ámbito jurídico, aludiendo a menudo a la persona que ha visto un hecho y puede testificarlo (cf. Lv 5, 1; Dt 17, 6) y pasando después a indicar la pureza ética, el compromiso existencial y la fidelidad a la justicia[19], como actitud que hay que asumir en la observancia de las normas ético-religiosas.

El Nuevo Testamento emplea la palabra mártir con un enriquecimiento y una novedad, para referirse al que da testimonio de Cristo. Se trata del “testimonio de la Verdad”: el mismo Jesús da testimonio de la Verdad (cf. Jn 18, 37); Juan Bautista da testimonio de la verdad (cf. Jn 5, 33); Esteban es llamado “testigo” (cf. Hch 22, 20) no tanto por su muerte sino por testimoniar su fe en Cristo.

El mártir, según el Nuevo Testamento, es esencialmente el testigo presencial de los misterios de la vida de Cristo y el que atestigua la verdad del Evangelio, aún a riesgo de persecuciones, sufrimientos y muerte (1 Pe 4, 12-16). La novedad radical del Nuevo Testamento consiste en la vinculación del testigo a la persona y obra de Jesucristo.

29. La identificación del mártir con aquél que muere por ser testigo de la fe en Cristo se alcanzó sólo después de un largo proceso, que duró más de un siglo. La carta de Clemente (96), las cartas de San Ignacio de Antioquia (115) o el Pastor de Hermas (140), aún no utilizan el término mártir en este sentido.

El concepto de mártir en su acepción actual —el que da su propia vida por la Verdad— comienza probablemente a mediados del siglo II  con la obra patrística del Martirio de Policarpo (155). En ella encontramos el siguiente testimonio: “Policarpo, que fue el duodécimo en sufrir el martirio en Esmirna, no sólo fue maestro insigne, sino también mártir excelso, cuyo martirio todos aspiran a imitar, ya que ocurrió a semejanza del de Cristo, como se nos narra en el Evangelio”[20]. La palabra mártir se aplica al mismo Cristo y a aquellas personas que fueron testigos de caridad perfecta, a ejemplo de Cristo, dando la vida por Él.

30. A partir del siglo II d.C., a raíz de las persecuciones contra los cristianos, evoluciona progresivamente el término “mártir”, marcando una diferenciación entre los confesores y los mártires. Todos los fieles eran cristianos, testigos del Señor; muchos de ellos eran perseguidos y sufrían cárceles, castigos y penalidades, pero el título de mártir sólo se les daba a quienes habían dado su vida por Cristo.

Los cristianos que sufrían persecución en los primeros siglos de la Iglesia no se atrevían a llamarse “mártires”: “Después de haber sido elevados a tanta gloria y de haber tolerado no uno que otro, sino tantos géneros de suplicios, que sabían lo que eran las fieras y la cárcel, que aun conservaban las llagas de las quemaduras y tenían los cuerpos cubiertos de cicatrices; aquellos hombres, pues, no osaban llamarse mártires, ni permitían que se lo llamaran. Si algunos de nosotros, por escrito o de palabra, se atrevía a llamárselo, le reprendían con severidad. Tal título de mártir sólo se lo daban a Cristo, testigo verdadero y fiel, primogénito de los muertos y principio y autor de la vida divina. También concedían este título a aquellos que habían muerto en la confesión de la fe. ‘Ellos ya son mártires, decían, porque Cristo ha recibido su confesión y la ha sellado como con su anillo. Nosotros sólo somos pobres y humildes confesores’. Y con lágrimas en los ojos nos rogaban pidiéramos al Señor que también ellos pudieran un día alcanzar tan gran fin”[21].

La Iglesia, tradicionalmente, reserva el título de “mártir” al cristiano declarado solemnemente como tal por el Papa, después de los oportunos estudios e investigaciones, que lleva a cabo la Congregación para las Causas de los Santos[22].

10. Testimonios de martirio en los primeros siglos de la Iglesia

31. La Iglesia del primer milenio nació de la sangre de los mártires: Sanguis martyrum, semen christianorum[23].

Aunque el Edicto de Milán (año 313) permitió a la Iglesia desarrollarse libre y públicamente, sin la sangre de los primeros testigos habría sido imposible el crecimiento geográfico y demográfico que la Iglesia experimentó en el primer milenio.

Los mártires, con su testimonio y santidad, han favorecido la extensión de la Iglesia y la formación de nuevas comunidades cristianas: “Los hechos históricos ligados a la figura de Constantino el Grande nunca habrían podido garantizar un desarrollo de la Iglesia como el verificado en el primer milenio, si no hubiera sido por aquella siembra de mártires y por aquel patrimonio de santidad que caracterizaron a las primeras generaciones cristianas[24].

En esta Carta pastoral nos limitamos a hacer una breve referencia a los testimonios más relevantes de los mártires de la Iglesia de los primeros siglos, en la que también dieron su vida por la fe los Santos Niños Justo y Pastor.

32. A finales del siglo I, Clemente de Roma, en su Carta a los Corintios, refiere  la persecución de Nerón, cuyas más conocidas e importantes víctimas fueron los apóstoles Pedro y Pablo, quienes ratificaron su testimonio del Señor con la muerte, aunque la modalidad de su martirio fue diferente: la “muerte de cruz” era un instrumento de suplicio usado por los romanos con los extranjeros[25], mientras reservaban la decapitación para los ciudadanos romanos; por ello, Pedro, hebreo, fue crucificado, mientras que Pablo, ciudadano romano, fue decapitado.

San Ignacio de Antioquia, junto con Clemente y Policarpo, es el lazo que nos une con la época apostólica. Fue Obispo de la ciudad de Antioquia en tiempos del emperador Trajano (98-117). Fue llevado a Roma para ser devorado por los leones en el circo. Fiel defensor de la ortodoxia de la fe y de la unidad de la Iglesia en sus cartas, son especialmente impactantes sus palabras a los creyentes de Roma, a los que escribe desde Esmirna, al saber que hacían planes para salvarle del martirio: “Dejadme que sea entregado a las fieras, puesto que por ellas puedo llegar a Dios. Soy el trigo de Dios, y soy molido por las dentelladas de las fieras, para que pueda ser hallado pan puro. Antes, atraed a las fieras, para que puedan ser mi sepulcro, y que no deje parte alguna de mi cuerpo detrás, y así, cuando pase a dormir, no seré una carga para nadie. Entonces seré un verdadero discípulo de Cristo[26].

El siglo II nos ha legado dos documentos de esencial importancia, para comprender mejor el desarrollo del concepto de “mártir” para el cristianismo primitivo. Son el Martirio de Policarpo (155) y las Actas de los Mártires de Lyon (177). Unos veinte años después de los sangrientos sucesos de Lyon, aparecerá ya por primera vez el término helénico “mártir” en una obra latina, el famoso Exhortatio ad Martires de Tertuliano.

En el siglo III, un ilustre cartaginés, San Cipriano, mártir él mismo en la persecución de Valeriano (253-260), será quien distinga con mucha precisión el término “mártir” del término “confesor”. El primero señala a quien ha dado su vida en el martirio y el segundo es quien, aún riesgo de su integridad física o posición social, no ha negado a Cristo.

11. Sentido teológico del martirio

33. El martirio es un acto humano, que expresa fe y amor y es realizado de manera consciente y libre. Como acto de fe es una confesión de la divinidad de Jesucristo y de su obra salvífica. El creyente profesa su fe en el «Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo» (Rm 15, 6); hace una confesión de fe en el Dios Trino.

El acto de fe y de amor nace de un encuentro personal del mártir con Cristo Resucitado, que ha transformado y salvado su vida de tal manera, que ésta ya sólo merece ser vivida por Cristo y entregada plenamente a Él; por eso, es mejor perderla antes que vivirla sin Él, o renegar de Él.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que “El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza”[27].

A lo largo de su vida el cristiano puede realizar muchos actos de amor, pero no son definitivos; sin embargo, el acto de amor martirial es un acto de amor definitivo, que lleva a la eternidad.

34. En la figura del mártir se lleva a cabo de modo perfecto la unidad entre fe y vida, a la que todos los cristianos estamos llamados. El mártir, al testimoniar la fe con el derramamiento de su sangre, muestra la máxima coherencia de vida, no sólo como creyente, sino también como ser humano, que es religioso por naturaleza.

El mártir no es un suicida, ni alguien que quiere arriesgar su vida o provocar su muerte: el mártir es alguien que cree, que espera, que ama; es alguien que trabaja por los pobres y necesitados, que lucha por la paz, que anuncia el Evangelio, que ama a la Iglesia y que, ante la amenaza de muerte, aunque tenga miedo, prefiere continuar su tarea y su testimonio, sin dejarse intimidar.

El mártir acepta libremente la muerte y a la vez perdona a sus verdugos en virtud del amor a Dios, que le ha dado la vida y que satisface su deseo natural de felicidad. La actitud del mártir ha sido siempre la misma en toda época. El amor de Dios, del que «nada nos separará» (Rm 8, 28), ha llevado a los hombres y mujeres de fe de todos los tiempos a dar por Él la vida, convencidos de que sin Él no merece la pena disfrutarla. El amor de Dios es el único que sacia el corazón del hombre y fuera de Él nada puede dar la felicidad en este mundo. El mártir, que ha conocido este amor, sabe con certeza que vivir negando a Cristo no tiene sentido, pues es negar la vida, negar la felicidad, negarse, en definitiva, a lo más hondo y verdadero del ser humano.

12. El amor de Dios, fundamento del testimonio del cristiano

35. La fuerza de los mártires es el amor eterno y desbordante de Dios, manifestado en Cristo Jesús, que se entregó por nosotros: «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna; porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para que el mundo se salve por Él» (Jn 3, 16-17). Es por este Hijo por quien podemos tener experiencia cierta del amor que Dios nos tiene. «En esto hemos conocido el amor que Dios nos tiene: en que Él ha dado su vida por nosotros» (1 Jn 3, 16). Al contemplar el rostro de Jesucristo en la cruz quedan respondidas las preguntas que el hombre pueda hacerse sobre el amor de Dios.

Este amor eterno e infinito es la única fuerza capaz de mover el mundo, porque con su misericordia va transformando los corazones de los que se acercan a Dios y los mueve a la conversión.

36. Nuestro testimonio de Jesucristo, nuestra vida de fe, en cada acto cotidiano y sencillo, sólo halla sentido y fundamento en el amor de Dios. Sólo cuando conocemos lo mucho que Dios nos ama, es cuando nace en nosotros el deseo de corresponderle. Debemos estar dispuestos a dar la vida cada día, viviendo cada instante como una respuesta de amor a quien es el Amor (cf. 1 Jn 4, 16) y desgastándonos en su servicio y por amor a Él.

Del encuentro con este Amor nace en el corazón humano el deseo de conversión; nace también todo deseo de agradar a Dios, incluso con cualquier obra sencilla; nace el deseo de comunicarlo a otros, de dar testimonio, pues, al sabernos tan queri