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HOMILÍAS EN EL AÑO 2007

 

 

DICIEMBRE

Día 25. NATIVIDAD DEL SEÑOR. Catedral de Alcalá de Henares

Día 20. MISA DE FIN DE TRIMESTRE EN EL SEMINARIO. Alcalá de Henares

Día 16. VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DEL SANTO ÁNGEL. Alcalá de Henares

Día 8. INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA Catedral de Alcalá de Henares

 

NOVIEMBRE

Día 18. PARROQUIA DE SAN SEBASTIÁN MÁRTIR. Velilla de San Antonio

Día 17. ORDENACIÓN DE DIÁCONO. Catedral de Alcalá de Henares

Día 13. SAN DIEGO DE ALCALÁ. Catedral de Alcalá de Henares.

Día 11. VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DE VIRGEN DEL VAL. Alcalá de Henares.

 

OCTUBRE

Día 21. CELEBRACIÓN DEL XXV ANIVERSARIO DE LA PARROQUIA SAN JOSÉ OBRERO. Coslada

Día 20. VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DE SAN MARCOS. Alcalá de Henares

Día 18. DÉCIMO ANIVERSARIO DEL SEMINARIO DIOCESANO. Catedral de Alcalá de Henares

Día 12. DEDICACIÓN DEL NUEVO TEMPLO PARROQUIAL DE SAN SEBASTIÁN MÁRTIR. Arganda del Rey

Día 7. FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO. Parroquia de Ntra. Sra. del Rosario. Torrejón de Ardoz

Día 5. VIGILIA DE ORACIÓN DE JÓVENES. Oratorio San Felipe Neri. Alcalá de Henares

 

SEPTIEMBRE

Día 28. MISA EN SUFRAGIO DEL RVDO. SR. D. ARTURO RUIZ GALLO. Parroquia de la Natividad de Nuestra Señora. Mejorada del Campo

Día 29: IV CENTENARIO DE LA AMPLIACIÓN DEL TEMPLO DE SAN JUAN BAUTISTA. Valdaracete

Día 24: INAUGURACIÓN DEL CURSO EN EL SEMINARIO DIOCESANO. Alcalá de Henares

Día 23: FIESTA DE LA HERMANDAD DEL CRISTO DE LA AGONÍA. Convento de MM. Agustinas – Alcalá de Henares

Día 16: FIESTA DE LA VIRGEN DEL VAL, PATRONA DE ALCALÁ DE HENARES. Ermita de la Virgen del Val – Alcalá de Henares

 

AGOSTO

Día 6. SOLEMNIDAD DE LOS SANTOS NIÑOS JUSTO Y PASTOR, PATRONOS DE LA DIÓCESIS DE ALCALÁ. Catedral de Alcalá de Henares

 

JUNIO

Día 30. ENCUENTRO CON LOS PADRES DE LOS SACERDOTES DIOCESANOS. Villarejo de Salvanés

Día 24. RESTAURACIÓN DEL TEMPO DEL MONASTERIO DE CLARISAS DE SAN JUAN DE LA PENITENCIA. Alcalá de Henares

Día 17. RESTAURACIÓN DEL TEMPO PARROQUIAL DE LA ASUNCIÓN DE NUESTRA SEÑORA. Villalbilla

Día 15. RITO DE ADMISIÓN DE LOS CANDIDATOS AL SACERDOCIO. Seminario de Alcalá de Henares

Día 10. “CORPUS CHRISTI”. Catedral de Alcalá de Henares

Día 9. ENCUENTRO DE VOLUNTARIOS DE “CARITAS”. Mondéjar-Guadalajara

Día 3. 150 ANIVERSARIO DEL COLEGIO DE LAS MM. FILIPENSES. Alcalá de Henares. Solemnidad de la Santísima Trinidad

 

MAYO

Día 31. FIESTA DE JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE. Parroquia de San Juan Evangelista. Torrejón de Ardoz

Día 26. FIESTA DE LA VIRGEN DEL AMOR HERMOSO. Parroquia de Ribatejada

Día 24. VIII CENTENARIO DE LA FUNDACIÓN DEL PRIMER MONASTERIO DOMINICANO. Monasterio de MM. Dominicas de Alcalá de Henares

Día 20. VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DE SANTIAGO APÓSTOL. Alcalá de Henares

Día 19. ORDENACIÓN DE PRESBÍTEROS. Catedral-Magistral de Alcalá de Henares

Día 15. CURSILLOS DE CRISTIANDAD. Parroquia de Santiago Apóstol. Fiesta de San Isidro Labrador

 

ABRIL

Día 29. RESTAURACIÓN DEL TEMPLO PARROQUIAL DE SAN JUAN EVANGELISTA. Torrejón de Ardoz

Día 22. VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DE SAN BARTOLOMÉ. Alcalá de Henares

Día 21. JORNADA DIOCESANA DE JÓVENES. Palacio episcopal

Día 8. DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN. Catedral de Alcalá de Henares

Día 6. CELEBRACIÓN DE LA PASIÓN DEL SEÑOR DEL VIERNES SANTO. Catedral de Alcalá de Henares

Día 5. MISA “IN COENA DOMINI” DEL JUEVES SANTO. Catedral de Alcalá de Henares

Día 4. MISA CRISMAL. Catedral de Alcalá de Henares, Miércoles Santo

Día 1. DOMINGO DE RAMOS. Catedral de Alcalá de Henares

 

MARZO

Día 31. COLACIÓN DE LOS MINISTERIOS DE LECTOR Y ACÓLITO. Capilla del Palacio Episcopal

Día 27. CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA CON MOTIVO DE LA "III SEMANA DE LA FAMILIA". Catedral de Alcalá de Henares

Día 21. VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DE SANTA MARÍA. Alcalá de Henares

Día 3. MATRIMONIO DE D. RAFAEL ADOBES Y Dª GRACIA MARTÍNEZ. Catedral de Alcalá de Henares

 

FEBRERO

Día 25. VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DE SAN PEDRO APÓSTOL. Catedral de Alcalá de Henares

Día 22. EUCARISTÍA CON MIEMBROS DE LA FRATERNIDAD DE COMUNIÓN Y LIBERACIÓN. Palacio Episcopal

Día 21. MIÉRCOLES DE CENIZA. Catedral de Alcalá de Henares

Día 17. ACTO DE APERTURA DE LA VISITA PASTORAL AL ARCIPRESTAZGO DE ALCALÁ DE HENARES. Catedral de Alcalá de Henares

Día 8. CAPÍTULO GENERAL DEL "VERBUM DEI". Loeches

Día 2. JORNADA DE LA VIDA CONSAGRADA. FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR. Catedral de Alcalá de Henares

 

ENERO

Día 5: CLAUSURA DE LA III ASAMBLEA DE LA OBRA MISIONERA «EKUMENE». Alcalá de Henares.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CLAUSURA DE LA III ASAMBLEA DE LA OBRA MISIONERA «EKUMENE»

Alcalá de Henares, 5 de enero de 2007

Lecturas: 1 Jn 3, 11-21; Sal 99; Jn 1, 43-51

1. Celebramos esta Eucaristía, al comienzo del Año Nuevo y dentro del tiempo litúrgico de la Navidad, dando gracias a Dios por la Obra Misionera "Ekumene", que clausura hoy la presente Asamblea.

Esta Eucaristía es el colofón de unos días de reflexión y de encuentro, para renovar el compromiso adquirido por los miembros de vuestra Institución; compromiso que arranca de la misión recibida en el Bautismo y pretende trabajar en la Iglesia, construyendo el Reino de Dios en este mundo, tan necesitado de la luz y de la paz de Dios.

La Palabra de Dios, que hemos escuchado, nos permite ahondar en dos objetivos principales de vuestra Obra Misionera "Ekumene", fundada por el Padre Domingo Solá en 1953, con el deseo de evangelizar en el quehacer y en el trabajo diario, buscando a la vez promocionar y ejercer la caridad fraterna con los hermanos más necesitados.

2. El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús, que llama a aquellos a quienes Él quiere, para seguirle en su misión de predicar y establecer el Reino de Dios. Una misión en la que Jesús toma la iniciativa. Nos dice el Evangelio que «al día siguiente Jesús decidió salir hacia Galilea» (Jn 1, 43). Jesús toma la decisión de escoger a personas concretas, para tomarlas bajo su cuidado, en su seguimiento, y para enviarlas después a anunciar el Evangelio en su nombre.

La decisión es un acto humano por excelencia, mediante el cual se toman libremente las determinaciones, después de haber sopesado las cosas. Jesús quiso llamar a hombres concretos, para asociarlos a su misión. Igual que llamó a Andrés y a Pedro, a Felipe y a Bartolomé, nos sigue llamando a cada uno de nosotros hoy. Del mismo modo que quiso escoger a aquellos hombres, para que formaran el grupo de los Doce, así también aquí y ahora nos llama a nosotros, para que le sigamos, dejando todo lo demás en segundo plano.

3. No esperemos que la evangelización y la misión la lleven a cabo otros. No nos conformemos tampoco con asumir una responsabilidad a medias, o quedarnos en un segundo lugar, dejando que otros lleven el peso de la entrega por el Reino de Dios.

El Señor nos llama de modo personal y concreto a cada uno de nosotros. Él es quien toma la iniciativa y la decisión. La decisión de Jesús de elegirnos debe ir correspondida por una decisión nuestra de seguirle; a nosotros nos toca corresponder a su amor con un sí generoso y renovado.

Pedimos hoy al Señor que nos ayude a responderle, como Él espera de nosotros; le pedimos su fuerza y su luz, para decir cada día un sí comprometido, como el de nuestra Madre, la Virgen; y para renovar con gozo nuestro compromiso cristiano, desde la vocación concreta y del carisma propio, que el Espíritu Santo le ha otorgado a cada uno.

4. Según el Evangelio de Juan, el Señor se encuentra con Felipe y le dice: «Sígueme»; y éste, a su vez, comunica a Natanael lo que ha visto (cf. Jn 1, 43-45), invitándole a conocer a Jesús. Ante la duda de su interlocutor, Felipe le anima a experimentar la presencia benefactora de Jesús: «Ven y lo verás» (Jn 1, 46); sé tú mismo quien lo experimente.

Los que hemos experimentado la acción salvadora del Señor en nuestras vidas debemos invitar a otros, para que puedan también ellos experimentar la presencia sanante del Salvador del mundo; ante sus posibles dudas, como Natanael, también podemos decirles: Venid y lo veréis; es decir, experimentadlo vosotros mismos.

Del mismo modo que los Apóstoles anuncian la Buena Nueva, nosotros hemos de estar dispuestos a comunicar a nuestros paisanos y contemporáneos la noticia que salva al mundo, el misterio de la Palabra hecha carne, que contemplamos en estos días de Navidad: «Aquel del que escribió Moisés en la Ley y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús el hijo de José, el de Nazaret» (Jn 1, 45); hemos encontrado al Mesías, al Ungido de Dios, al Salvador del mundo.

Anunciémoslo como Andrés a Pedro, como Felipe a Natanael; de tú a tú, de amigo a amigo, de paisano a paisano, con entusiasmo y convicción. Cristo es el Dios hecho hombre por amor al hombre, que ha bajado a la tierra para llevarnos a nosotros al cielo.

5. Jesús, Señor nuestro, se nos ha manifestado desde el seno del Padre y ha iluminado el mundo con su presencia: «El pueblo que habita en las tinieblas ha visto una gran luz» (Mt 4, 16). Él ha venido a sacarnos de las tinieblas y nos ha iluminado con su luz admirable. En él ha amanecido el gran día para la Humanidad. El poder de las tinieblas ha sido vencido, porque de su Luz, la de Cristo, nos ha nacido una luz, que ilumina nuestras tinieblas y trae la esperanza a los que habitaban en sombras de muerte.

Como dice san Efrén, en su himno sobre la Resurrección: Cristo "ha hecho brillar la gloria en el mundo. Ha iluminado los abismos oscuros... Él ha iluminado a toda criatura que habitaba en tinieblas desde los tiempos antiguos. Ha realizado la salvación y nos ha dado la vida".

Él, que volverá en gloria e iluminará los ojos de los que le esperan, ha nacido en la plenitud de los tiempos, Hijo de María Virgen, para rescatarnos del pecado y de la muerte. Acojámosle, y anunciémosle a los hombres, nuestros hermanos.

6. Demos posada en nuestro corazón a la Palabra hecha carne y entreguemos a los demás esta Palabra de Vida, que es Cristo mismo. Este Niño-Dios, nacido en Belén, ha renovado la vida, el hombre y el mundo, con su muerte y resurrección. Se ha hecho mortal, para hacernos a nosotros eternos; ha yacido en un pobre pesebre, para sentarnos a nosotros en su trono; ha bajado a la tierra, para que podamos alcanzar el cielo.

Por amor nuestro se ha hecho esclavo, para hacernos a nosotros hijos libres, hijos adoptivos del Dios y Padre de las misericordias. Alegrémonos en Él, como Él se regocija con nosotros y nos alegra con su gloriosa luz.

Y permaneciendo en esta alegría, estemos preparados y dispuestos a anunciarle a todos, como nuestro Rey y Salvador, que vendrá definitivamente en su gloria y nos alegrará con su gozosa luz en el Reino. Acojámosle en nuestro corazón y vivamos agradecidos a Él, esperándole con las lámparas de la fe y de la caridad encendidas (cf. Lc 12, 35-36).

Estas actitudes, a las que nos invita la liturgia de Navidad, están en perfecta armonía con las actitudes propias de vuestro carisma fundacional: una vida de alabanza a Dios; una gratitud sin límites; una alegría en el vivir y un abandono en la Providencia. Al final de vuestra Asamblea, el Señor os invita a manteneros firmes en la vivencia de vuestro carisma.

7. El anuncio del Evangelio ha de ir acompañado de la vida de caridad, particularmente solícita con los más necesitados. Os animo a que continuéis entregándoos sin reserva a la misión de anunciar el Evangelio a los más pobres, buscando con ello la promoción integral de la persona en todos vuestros proyectos, en las Diócesis donde ofrecéis vuestro servicio y colaboración. Os invito a amar según verdad. Como dice San Juan en su primera carta: «Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad» (1 Jn 3, 18).

De modo acertado, vuestro carisma recoge este deseo de compartir y confraternizar con los más pobres, pues la fe no se puede testimoniar si no va acompañada de obras de caridad. Una fe sin obras, que no se expresa ni vive por la caridad, es una fe que se muere. Como dice el apóstol Santiago: «La fe sin obras está muerta» (St 2, 26).

Alimentemos, pues, nuestra fe con las obras de la caridad, hasta llegar a la mayor expresión del amor, de la que nos dio testimonio el mismo Señor cuando dijo: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15, 13); palabras que cumplió en su vida y manifestó en su propia carne al morir en la cruz. Hemos conocido lo que es el amor, porque «Él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1 Jn 3, 16).

Pidamos al Señor que nos haga capaces de vivir el amor fraterno y la caridad hacia todos, especialmente hacia los más pobres y necesitados, no sólo en lo material, sino también en lo espiritual. Hoy día, la pobreza moral y espiritual de la Humanidad es cada vez mayor y afecta a más personas; y en muchos casos resulta más urgente y más difícil de subsanar que la que se refiere a las necesidades primarias.

8. Demos gracias a Dios en esta Eucaristía por la Obra Misionera "Ekumene", y pidámosle que la siga fortaleciendo y bendiciendo en la fidelidad al carisma, que el Espíritu Santo ha suscitado en ella.

Que el Señor anime vuestra entrega en la misión evangelizadora y en el ejercicio de la caridad fraterna, para gloria de Dios y para la implantación de su Reino.

Hoy, víspera de la Epifanía del Señor, pedimos a los Reyes Magos, con la inocencia de los niños, que nos traigan como regalos: la ilusión de seguir a Jesús con alegría, la fidelidad al carisma recibido y la esperanza en un mundo mejor.

Que el Señor os conceda llevar a cabo lo que habéis reflexionado durante estos días en vuestra Asamblea.

Que nuestra Santa Madre, la Virgen María, interceda por todos nosotros, para que sepamos ser buenos hijos de la Iglesia, que colaboren al plan de redención y salvación de Dios en el mundo.

Y que Ella nos ayude a renovar hoy nuestro compromiso cristiano, para que, por la acción del Espíritu Santo, demos buenos frutos para gloria de Dios y bien de los hombres. Que así sea.

 

 

 

JORNADA DE LA VIDA CONSAGRADA

FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR

(Catedral-Alcalá, 2 Febrero 2007)

Lecturas: Ml 3,1-4; Hb 2,14-18; Lc 2,22-40.

Una existencia consagrada, orientada hacia Cristo

1. Una existencia consagrada

1. En recuerdo de la gran gesta que Dios realizó, cuando murieron los primogénitos de los egipcios (cf. Ex 12, 29) mientras los primogénitos de los israelitas seguían con vida y el pueblo salió de Egipto, los israelitas consagraron, agradecidos, sus primogénitos al Señor (cf. Ex 13, 2).

María y José, de acuerdo con lo escrito en la Ley del Señor, se dirigen al templo de Jerusalén para ofrecer a su primogénito y entregar la oblación en rescate (cf. Lc 2, 22-24). Jesús, el Primogénito de toda la creación (cf. Col 1, 15) es ofrecido a Dios-Padre.

Hoy venimos a celebrar con gozo la Fiesta de la Presentación del Señor y queremos unirnos a Jesucristo, que inicia y completa nuestra fe (cf. Hb 12, 2), y ofrecernos, juntamente con Él, al Padre de las misericordias (cf. Lc 1, 78).

De modo particular, las personas de especial consagración vais a renovar vuestro compromiso de castidad, pobreza y obediencia, acompañados de la Virgen María, la Madre del Señor.

Un fraternal saludo a quienes habéis venido a la Catedral, para participar en esta Acción de gracias a Dios; saludo que se extiende a todos los religiosos de la Diócesis, sobre todo a las personas que profesan la vida contemplativa y, por lo tanto, no pueden estar presentes ahora entre nosotros.

2. Los cristianos quedamos consagrados a Dios por el bautismo y somos configuramos con Cristo, uniéndonos a su muerte y resurrección: «Si hemos sido injertados en Él por una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección semejante» (Rm 6, 5). Somos consagrados como sacerdocio real y pueblo santo (cf. 1 Pe 2,4-10), para ofrecer hostias espirituales por medio las obras y para dar testimonio de Cristo en todas las partes del mundo.

En la fracción del pan eucarístico, participando realmente del cuerpo del Señor, formamos una comunión con Él, quedando hechos miembros de su cuerpo (cf. 1 Co 12,27) y «siendo cada uno por su parte los unos miembros de los otros» (Rm 12, 5).

Participando del sacrificio eucarístico, fuente y cima de toda vida cristiana, los cristianos ofrecen a Dios la Víctima divina y se ofrecen a sí mismos juntamente con ella (cf. Lumen gentium, 11).

La Santísima Virgen tiene una relación muy estrecha con la Eucaristía, como lo subrayan todas las Plegarias eucarísticas. En la encíclica sobre la Eucaristía, Juan Pablo II presentó a la Virgen como «Mujer eucarística» (cf. Ecclesia de eucharistia, 53). Nadie cómo María puede enseñarnos con qué fervor se han de celebrar los santos Misterios y cómo hemos de estar en compañía de su Hijo, escondido bajo las especies eucarísticas (Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes para el Jueves Santo, 13.III.2005, 8). Llevemos, pues, una "existencia eucarística" aprendida de María.

Pedimos a la Virgen que nos ayude a vivir la consagración, uniéndonos al sacrificio eucarístico de su Hijo Jesucristo. La consagración implica renuncias, sacrificios y sufrimientos; pero, por delante de nosotros va el Maestro, que ha sufrido la pasión y la muerte: «Como Él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que se ahora pasan por ella» (Hb 2,18).

3. Cada vez que celebramos el sacrificio eucarístico se renueva un prodigio extraordinario: la consagración del pan y del vino, que se convierten en el cuerpo y la sangre del Señor Jesucristo. Un prodigio que sólo los ojos de la fe pueden percibir.

Sobre el altar se hace presente, de forma verdadera, real, y sustancial, Cristo muerto y resucitado en toda su humanidad y divinidad. "Así pues, es una realidad eminentemente sagrada. De nuestra relación con la Eucaristía se desprende también, en su sentido más exigente, la condición «sagrada» de nuestra vida. Una condición que se ha de reflejar en todo nuestro modo de ser, pero ante todo en el modo mismo de celebrar" (Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes para el Jueves Santo, 13.III.2005, 6).

Tanto los sacerdotes, que presiden la celebración del misterio eucarístico, como los consagrados, que participan en él, se asocian de modo especial a la realidad consagrada por excelencia, uniéndose íntimamente al Señor. Las personas de especial consagración encuentran en la Eucaristía el modo más excelente para configurarse con Cristo y para ir transformándose en Él.

4. Los elementos naturales del pan y del vino no pierden sus características externas, pero su sustancia, por el poder de la palabra de Cristo y la acción del Espíritu Santo, queda transformada. Aparentemente no ha cambiado nada, porque siguen siendo a nuestros ojos pan y vino; pero, vistos con los ojos de la fe, son otra realidad.

Los consagrados a Dios, por especial vocación, no pierden sus características personales, ni sus cualidades humanas, pero quedan transformados por su consagración. Ante la mirada humana no han cambiado nada: mantienen la misma forma, la misma estatura y las mismas características; pero, con los ojos de la fe se puede apreciar otra realidad nueva.

Los rasgos propios de Jesús pueden ser apreciados en la vida de los consagrados. Como dice el Papa Juan Pablo II: "La vida consagrada, enraizada profundamente en los ejemplos y enseñanzas de Cristo el Señor, es un don de Dios Padre a su Iglesia por medio del Espíritu. Con la profesión de los consejos evangélicos los rasgos característicos de Jesús —virgen, pobre y obediente— tienen una típica y permanente «visibilidad» en medio del mundo, y la mirada de los fieles es atraída hacia el misterio del Reino de Dios que ya actúa en la historia, pero espera su plena realización en el cielo" (Juan Pablo II, Vita consecrata, 1).

Vosotros, estimados consagrados, podéis visibilizar la presencia de Jesús con vuestras vidas y manifestar sus actitudes con vuestra conducta. Los fieles cristianos tienen derecho a poder ver en vosotros los rasgos de Jesús, casto, obediente y pobre.

2. Una existencia orientada a Cristo

5. Cada vez que celebramos el Misterio pascual crece nuestro deseo del encuentro pleno y definitivo con el Señor, en la espera de su venida gloriosa. Nuestra mirada se dirige al «Primogénito de entre los muertos» (Col 1, 18), que nos rescata del pecado y de la muerte eterna.

La vida consagrada nos invita a vivir en medio del pueblo de Dios, orientando nuestra propia existencia a Cristo y alimentando la esperanza cristiana. Esta actitud de consagrados invitará a los fieles a reorientar su vida hacia Dios, animándoles a vivir desde la fe.

Esta tarea exige del consagrado una actitud interior de olvido de sí mismo y de proyección hacia el objetivo que Dios le ha puesto en su vida, tal como vivió el apóstol Pablo: «Olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta» (Flp 3, 13-14).

El profeta Malaquías nos ha recordado hoy que es a Jesús a quien debemos buscar y seguir: «De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis» (Ml 3,1); y nos ha invitado a dirigir nuestra mirada hacia el Señor.

6. Muchos contemporáneos nuestros tienen programadas en su vida unas metas, que los alejan de Dios. Si alguien sale del camino correcto y toma una dirección equivocada, cuanto más camino recorre, más se aleja de su verdadera meta.

Los consagrados sois señales que indican el verdadero camino a los peregrinos de la vida; pero, para ello, debéis permanecer siempre orientados hacia el Señor y poder decir con San Pablo: «Para mí la vida es Cristo» (Flp 1, 21).

Lo que les recordaba el Papa Juan Pablo II a los sacerdotes en su última carta, con motivo del Jueves Santo, puede ser aplicado también a las personas de especial consagración: "En el contexto de la nueva evangelización, la gente tiene derecho a dirigirse a los sacerdotes con la esperanza de «ver» en ellos a Cristo (cf. Jn 12, 21). Tienen necesidad de ello particularmente los jóvenes, a los cuales Cristo sigue llamando, para que sean sus amigos y para proponer a algunos la entrega total a la causa del Reino. No faltarán ciertamente vocaciones si se eleva el tono de nuestra vida sacerdotal, si fuéramos más santos, más alegres, más apasionados en el ejercicio de nuestro ministerio. Un sacerdote «conquistado» por Cristo (cf. Flp 3, 12) «conquista» más fácilmente a otros para que se decidan a compartir la misma aventura" (Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes para el Jueves Santo, 13.III.2005, 7).

En la medida en que nuestra vida esté realmente orientada a Cristo, le encontraremos pleno sentido y podremos ayudar a otros a encontrar el verdadero rumbo de su vida.

7. La vida consagrada, en la gran variedad de sus carismas, es un hermoso regalo de Dios a la Iglesia. Hoy queremos dar gracias a Dios, de modo especial, por todas las Órdenes e Institutos religiosos dedicados a la contemplación, a las obras de apostolado y de caridad.

¡Gracias a todos vosotros por vuestra presencia en nuestra Diócesis! ¡Vuestros carismas enriquecen nuestra Iglesia particular!

También queremos tener presente en esta acción de gracias a todos aquellos que, en el secreto de su corazón, se entregan a Dios con una especial consagración.

Junto con el anciano Simeón, podemos decir hoy al Señor que vivimos en paz y en gozo: «Porque mis ojos han visto a tu Salvador» (Lc 2,30), que nos ha invitado a seguirle en la práctica de los consejos evangélicos.

Pedimos al Señor que verdaderamente sea «Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2,32).

Con la Virgen María, la primera discípula de Jesús, renovamos ahora nuestra consagración a Dios y le prometemos fidelidad todos los días de nuestra vida. Amén.

 

 

CAPÍTULO GENERAL DEL "VERBUM DEI"

(Loeches, 8 Febrero 2007)

Lecturas: Tb 12, 6-13; Mc 10, 17-30.

1. Ser discípulos de Cristo

1. Un saludo fraternal a todos, en primer lugar, al P. Jaime, Fundador de la Fraternidad. Doy la enhorabuena, humanamente hablando, a quienes han sido elegidos para asumir los cargos de responsabilidad en el gobierno de la Fraternidad, pidiendo al Señor por ellos, para que les ayude con su gracia a llevar la carga que ha puesto sobre sus hombros: el P. Antonio, como Director general; el P. Felipe, como Superior de la Congregación sacerdotal; y la Hna. Helen, como Superiora de las Religiosas. También tengo presente al grupo de Matrimonios, que tenéis un régimen especial de gobierno. Pido al Señor por todos, para que os ayude en esta nueva etapa.

Hoy celebramos la memoria litúrgica de San Jerónimo Emiliani, que nació en Venecia en 1486 y murió en Somasca (Bérgamo-Italia) en 1537. Fundó la Orden de los Clérigos Regulares de Somasca, dedicada a la atención de los niños huérfanos y pobres.

Ante las dificultades y sufrimientos que vivían los miembros de su Orden, San Jerónimo les explicaba las razones de tales padecimientos, desde la luz de la fe y desde su consagración al Señor (cf. Carta a sus hermanos de religión, Venecia, 21 de junio de 1535).

En primer lugar -les decía-, "nuestro Señor os quiere contar entre sus hijos queridos, con tal que perseveréis en sus caminos; esto es lo que suele hacer con sus amigos para santificarlos".

El Señor purifica a quien ama. Hemos cantado el Salmo, que nos decía: «Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles» (Sal 103, 13). El Señor siente ternura por nosotros y nos quiere realmente como hijos; nos ama como hijos suyos. Éste es el gran regalo del que disfrutamos como hijos adoptivos en el bautismo y como hijos por la llamada y la consagración especial de la que hemos sido objeto. Esto debe ser, en primer lugar, motivo de agradecimiento; y en segundo lugar, empuje para dar una buena respuesta al Señor.

2. Al joven rico del Evangelio, que le pregunta al Maestro qué debe hacer para heredar la vida eterna, el Señor le responde que cumpla los mandamientos (cf. Mc 10, 17-19). Cuando el joven responde que ya los guarda desde su juventud, Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme» (Mc 10, 21).

Al igual que el Padre nos ama como hijos, Jesucristo nos ama como hermanos suyos y nos invita con amor a seguirle. Déjalo todo y sígueme, nos dice. La invitación de seguir a Jesús es una llamada de amor; es un gesto de cariño hacia la persona invitada. El Señor nos llama hoy a cada uno de nosotros.

3. La segunda razón, que da San Jerónimo, es que Dios "pretende haceros confiar exclusivamente en él. (...) si tenéis auténtica fe y esperanza, hará con vosotros grandes cosas, él, que exalta a los humildes". Esto nos recuerda el canto del "Magnificat", que la Virgen entona, llena de confianza y gozo espiritual, cuando se ha puesto totalmente en manos de Dios. Él quiere que confiemos sólo en Él.

La llamada de Jesús es una invitación a seguirle confiadamente y a ponerse plenamente en manos de Dios; una llamada a la humildad, ante quien es el Todopoderoso; una propuesta de renuncia a los propios bienes.

El joven rico del Evangelio, abatido por las palabras exigentes de Jesús, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes (cf. Mc 10, 22). Jesús, mirando a su alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!» (Mc 10, 23). No es imposible, porque Dios lo puede todo; pero resulta difícil cuando el hombre pone su corazón y su confianza en los bienes materiales y no los pone en manos de Dios, como María.

4. No podemos poner nuestra confianza en las cosas, en los medios, en las infraestructuras, en la propia Congregación y su potencia, en los métodos. Si fuera así, haríamos como el joven rico, poniendo nuestro corazón en los medios. Pero nuestro destino es Dios y nuestro corazón debe estar orientado hacia Él.

Nuestra respuesta, animada por el amor del Señor, debe ser generosa. Cuando Pedro le pregunta a Jesús qué van a recibir los que lo han dejado todo por seguirle, el Maestro les responde: «Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna» (Mc 10, 29-30).

Es cierto que al discípulo de Jesús no le van a faltar persecuciones e incomprensiones, pero la recompensa vale la pena: el ciento por uno en esta vida; y la eterna felicidad en la otra.

Hemos de ser realistas: ni las persecuciones, ni las dificultades, ni los sufrimientos, por muchos y profundos que sean, nos han de bloquear nuestra entrega a Dios.

5. La tercera razón que ofrece San Jerónimo Emiliani a sus hermanos es: "Dios quiere probaros como al oro en el crisol. El fuego va consumiendo la ganga del oro, pero el oro bueno permanece y aumenta su valor. De igual modo se comporta Dios con su siervo bueno, que espera y persevera en la tribulación".

A los discípulos de Jesucristo les espera este tipo de pruebas, para que sean acrisolados y purificados en el amor de Dios.

Vuestra Fraternidad del "Verbum Dei" ha pasado por grandes pruebas en los últimos años y le esperan aún otras pruebas en los años venideros. A nadie se os escapan las dificultades vividas, las zozobras sufridas, las dudas nacidas en el corazón, las tentaciones de escapar de la situación. Todo esto son las pruebas de fuego, en el crisol de la fe y de la consagración, mediante las cuales ha querido el Señor purificaros, es decir, pasaros por fuego, para que el oro de vuestro carisma, de vuestra entrega y de vuestra fidelidad pueda brillar con mayor esplendor.

Demos, pues, gracias a Dios por ello. Como hemos escuchado en la lectura del libro de Tobías, el ángel le dice a Tobit: «Cuando te levantabas de la mesa sin tardanza, dejando la comida, para esconder un cadáver, era yo enviado para someterte a prueba» (Tb 12, 13). Dios les puso a prueba. La esposa de Tobit regañaba a su marido por su forma de actuar y se burlaba de él cuando quedó ciego.

También a nosotros nos ha puesto a prueba. En nuestro caso, entran también la fragilidad y el pecado humano. Muchas de las pruebas, que tenemos que pasar, son probablemente fruto de nuestro egoísmo y de nuestro propio pecado. Y Dios las permite.

2. Proclamar las maravillas de Dios

6. Todos estos acontecimientos, vividos desde la fe, nos plantean la fidelidad al Señor y nos exigen una respuesta más profunda y comprometida.

El texto del libro de Tobías, proclamado en esta celebración, nos puede ayudar a mirar hacia adelante. El ángel Rafael dijo a Tobit y a su hijo Tobías: «Bendecid a Dios y proclamad ante todos los vivientes los bienes que os ha concedido, para bendecir y cantar su Nombre. Manifestad a todos los hombres las acciones de Dios, dignas de honra, y no seáis remisos en confesarle» (Tb 12, 6).

Proclamad también vosotros las maravillas de Dios; cantad el "Magnificat", como María; proclamad las gestas, que Dios ha hecho a favor de cada uno de nosotros y de la congregación de pertenencia.

Os invito a proclamar las maravillas que Dios ha realizado en cada uno de vosotros; las que ha llevado a cabo en la historia de vuestra Fraternidad, desde su fundación; y las que está realizando el Señor ahora. Es una gracia de Dios esta reunión capitular; también ella ha sido un horno de purificación y de acrisolamiento.

El Señor, mediante su crisol, purifica, cauteriza y cura. A través del bálsamo del Espíritu Santo, Dios ha curado y cauterizado nuestras heridas.

7. El texto de Tobías nos ha dicho: «Bueno es mantener oculto el secreto del rey y también es bueno proclamar y publicar las obras gloriosas de Dios» (Tb 12, 7).

Proclamando, pues, las maravillas de Dios, sepamos también guardar el secreto del rey; esto es, hay que ser prudentes al hablar de los secretos de la Fraternidad. No es necesario pregonar a los cuatro vientos, lo que prudentemente hay que guardar en el corazón; o en todo caso, ponerlo en las manos del Señor.

¡Que la Virgen María, la humilde esclava del Señor, la que se puso en manos de Dios, nos proteja y nos ayude con su maternal intercesión, para proclamar, como Ella, las maravillas del Señor! ¡Que María nos ayude también a guardar en nuestro corazón los secretos del Señor, como Ella los guardaba! Amén.

 

ACTO DE APERTURA DE LA VISITA PASTORAL
AL ARCIPRESTAZGO DE ALCALÁ DE HENARES

(Catedral-Alcalá, 17 Febrero 2007)

Lecturas: 1 Ts 1, 1-5; Mt 16, 24-28.

Llamados a vivir en Cristo la fe, la esperanza y el amor

1. Deseo iniciar esta reflexión con el saludo que San Pablo dirigió a los Tesalonicenses: A vosotros, estimados hermanos complutenses, gracia y paz en Dios Padre y en el Señor Jesucristo (cf. 1 Ts 1, 1).

Damos comienzo hoy a la Visita pastoral en el Arciprestazgo de Alcalá de Henares. Esta visita a las comunidades cristianas es una tarea apostólica, mediante la cual el obispo diocesano aparece como el principio y fundamento visible de la unidad de la Iglesia particular, que le ha sido encomendada (cf. Directorio de los Obispos, 166). Al servicio de Jesucristo, el Buen Pastor, quiero ofrecer mi vida por los fieles, que Él me ha encomendado, y congregarlos en un solo rebaño y bajo un solo pastor (cf. Jn 10,11-16).

Con este motivo deseo acercarme de modo especial a vosotros, para conocernos mejor y amarnos más; para confirmaros en la fe católica y animaros a ser testigos de Jesucristo hoy, como lo fueron antaño nuestros Patronos, los Santos Niños Justo y Pastor.

Vengo sobre todo, para celebrar con vosotros el misterio de nuestra fe. Entre los diversos actos de la Visita pastoral, ocupa el primer lugar la celebración eucarística presidida por el obispo, en la que actúa como "el gran sacerdote de su grey, de quien deriva y depende en cierto modo la vida en Cristo de sus fieles" (Sacrosanctum Concilium, 41). Por ello, el momento más importante de la Visita pastoral en cada una de las parroquias será la celebración de la "Misa estacional". Esa celebración eucarística tiene un significado especial dentro de la Visita pastoral, al ser presidida por el obispo y participada por todos los fieles.

2. En esta Visita pastoral a la Ciudad de Alcalá, que hoy comienza, el Señor nos exhorta a renunciar a nosotros mismos para seguirle; el mismo Jesús nos repite esta tarde la invitación que hizo a sus discípulos, como hemos escuchado en el evangelio de San Mateo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16, 24). Él desea que sigamos sus huellas; que nos renovemos, que rejuvenezcamos nuestros corazones y que revisemos nuestro trabajo pastoral.

Hacer de Cristo el centro de nuestra vida es garantía de vitalidad: «Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16, 25). La vida entregada a Dios y a los demás no se pierde, sino que se transforma y se recupera mucho más rica y transfigurada; así lo vivieron los Santos Niños Justo y Pastor, Patronos de nuestra Diócesis.

3. La Visita pastoral es un momento de gracia para renovar nuestra vida y nuestras comunidades cristianas. La fuerza transformadora de la Palabra de Dios necesita evangelizadores intrépidos y valientes, que no se arredren ante las dificultades. El vino nuevo del Evangelio precisa cada día que se renueven los odres que lo contienen: «A vino nuevo, odres nuevos» (Mc 2,22), decía el Señor.

Nuestra vida espiritual crece, con la gracia de Dios, y necesita, como todo organismo que se desarrolla, unas estructuras adecuadas. Nuestra fe necesita también hacer más profundas sus raíces y ser expresada con formas nuevas.

San Pablo, en su carta a los Tesalonicenses, nos ha recordado las tres virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, que el cristiano recibe como don y debe asumir como tarea: «Tenemos presente ante nuestro Dios y Padre la obra de vuestra fe, los trabajos de vuestra caridad, y la tenacidad de vuestra esperanza en Jesucristo nuestro Señor» (1 Ts 1, 3). En la Visita pastoral deberíamos revisar juntos estos tres aspectos.

4. Como les decía el Papa Benedicto XVI a los Obispos de Suiza con motivo de la "Visita ad limina", a finales de 2006: "En la difícil situación de nuestro tiempo, la fe debe tener verdaderamente la prioridad (...). Por eso, creo que es importante tomar nuevamente conciencia de que la fe es el centro de todo" (Benedicto XVI, Discurso a los Obispos de Suiza al inicio de la visita "ad limina", Vaticano, 7 Noviembre 2006). El Señor solía decir a los que curaba: «Tu fe te ha salvado» (Mt 9, 22).

Se trata, sobre todo, de la fe en Dios. El Credo y el desarrollo de la fe hacen más claro el rostro de Dios. Este misma fe cualifica el modo de actuar: "Esta centralidad de Dios debe manifestarse de un modo completamente nuevo en todo nuestro pensar y obrar. Es lo que después anima también las actividades, las cuales, de lo contrario, fácilmente pueden degenerar en activismo y quedar vacías" (Ibid.).

La experiencia de fe es, además, comunitaria y eclesial. Debemos creer juntamente con la Iglesia y en la Iglesia. Todos los creyentes formamos una comunidad viva de fe; una gran asamblea en la que Dios y el hombre se relacionan.

La fe necesita ser transmitida: "Debemos reavivar más aún nuestra responsabilidad misionera: si estamos felices con nuestra fe, debemos sentirnos obligados a hablar de ella a los demás. Luego queda en manos de Dios en qué medida podrán acogerla los hombres" (Ibid.).

En la Visita pastoral deseo conocer personalmente a los catequistas y a quienes os dedicáis a la educación en la fe de las nuevas generaciones.

El Señor nos exhorta también a dar razón de nuestra esperanza: «Dad culto al Señor, Cristo, en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza» (1 Pe 3,15).

Finalmente, la caridad debe imbuir y animar toda nuestra vida. El actual Papa, en su primera encíclica, nos ha recordado que "Dios es amor". El Espíritu Santo transforma el corazón de la comunidad eclesial, para que sea en el mundo testigo del amor del Padre: "El amor es el servicio que presta la Iglesia para atender constantemente los sufrimientos y las necesidades, incluso materiales, de los hombres".

El amor al prójimo enraizado en el amor a Dios es ante todo una tarea para cada fiel, pero lo es también para toda la comunidad eclesial y para cada una de las comunidades cristianas. En la Visita pastoral espero encontrarme también con los voluntarios de las diversas parroquias, que organizan la actividad caritativa comunitaria.

5. La dimensión comunitaria de la vida cristiana es, si cabe, más necesaria en este momento actual de la historia. Los cristianos nunca han sido bien considerados por las sociedades de todas las épocas; de hecho ha habido persecuciones siempre. El siglo XX se ha caracterizado quizá por persecuciones contra los cristianos más encarnizadas aún que las de los primeros siglos, en la época romana o musulmana.

Pero en este momento de la historia, los cristianos debemos estar aún más unidos entre nosotros y en el Señor, con la fuerza de su Espíritu. Porque el mundo, que no piensa como Dios, tiene unas armas letales, que corroen la fe en Dios; que alejan al cristiano de la verdad, de la auténtica fe y de la profesión de la misma; que desintegran las comunidades cristianas; y que han manipulado y adulterado incluso las fiestas cristianas.

Un ejemplo de ello son los "carnavales", que estamos viendo estos días. Muchas personas, que los protagonizan, se quedan en la antesala de la verdadera fiesta. Los carnavales preceden a la Cuaresma; y ésta es la preparación para la Pascua. Los que se disfrazan en estos días, ¿vivirán después la Cuaresma?; ¿celebrarán después la Pascua? Con estas acciones se diluye la fiesta.

A los cristianos nos interesa vivir realmente la Cuaresma para celebrar mejor y con mayor fruto la Pascua. Lo mismo podemos decir de la Semana Santa, que es la fiesta más importante de los cristianos. Cuando llegue la Semana Santa, muchos bautizados la aprovecharán para ir de vacaciones, sin celebrar el misterio de la fe. Nuestra sociedad está diluyendo y desintegrando las fiestas cristianas. Muchos políticos pretenden hacer del cristianismo una simple expresión cultural, vaciada de contenido religioso; vaciada de lo más importante: de la fe, de la esperanza y de la caridad cristianas. El objetivo final es convertir la religión en simples expresiones sociales, vacías de su contenido religioso.

Estimados complutenses, hemos de llenar de sentido cristiano nuestras fiestas, para que los demás no las diluyan, ni las vacíen de sentido.

6. Los protagonistas somos nosotros: sacerdotes, religiosos y fieles laicos. Los sacerdotes, que ejercen su ministerio en este arciprestazgo, presentes la mayoría hoy en esta celebración, representan de modo concreto y permanente en las comunidades cristianas a Jesucristo, el Buen Pastor (cf. Jn 10,11; Heb 13,20). Los presbíteros, en virtud de su consagración mediante el sacramento del Orden y como "próvidos cooperadores del orden episcopal" (Christus Dominus, 15), apacientan la grey de Dios (cf. Jn 21,15; 1 Pe 5,2). Ellos, en plena comunión con el Obispo, son vuestros pastores más inmediatos y cercanos; y a ellos quiero agradecer su dedicación al ministerio sacerdotal. Queridos sacerdotes, ¡muchas gracias por vuestra entrega y que el Señor os recompense vuestra tarea!

A los religiosos, que hacéis de vuestra vida una especial consagración a Dios, mediante los consejos evangélicos, agradezco vuestra presencia enriquecedora en nuestra Diócesis. Pido al Señor para que os mantengáis fieles a los diversos carismas, que vuestros fundadores recibieron del Espíritu Santo, para el bien de la Iglesia. Con vuestra entrega total al Señor nos recordáis que "sólo Dios basta" y nos hacéis presente su absoluta trascendencia en este mundo, que parece haber perdido el sentido de las realidades últimas. Participad con gozo en la vida de la Iglesia, junto con vuestros párrocos y los demás hermanos.

Los fieles cristianos laicos, partícipes del sacerdocio común por el bautismo, estáis llamados a transformar el mundo según los designios de Dios a manera de fermento (cf. Apostolicam actuositatem, 2). Sois como el fermento en la masa; un poco de fermento es capaz de transformar una gran masa. El espíritu evangélico debe caracterizar vuestra forma de ser y de actuar, para ser un claro testimonio de Cristo y servir a la salvación de los hombres. Es propio de los laicos el vivir en medio del mundo y de los negocios temporales; su actividad está en las diversas facetas y estamentos de nuestra sociedad: familia, trabajo, profesión, cultura, arte, enseñanza, investigación, ciencia, universidad. Esos son vuestros campos: ¡transformadlos según el designio de Dios! Quiero agradeceros esta difícil misión, que tenéis, y animaros a continuar fielmente en ella. No tengáis miedo de manifestaros como cristianos en estos ambientes sociales; no tengáis miedo, porque tenemos la fuerza de Dios.

7. Le pedimos a la Virgen María, bajo la advocación de la Virgen del Val, Patrona de nuestra Ciudad, que nos ayude a realizar una fructuosa Visita pastoral. De la mano de María que podamos llevar adelante la renovación espiritual y eclesial, que su Hijo Jesús nos pide hoy. Con María, la Virgen, que nos vamos configurando más plenamente a Cristo.

Como sabéis, la imagen del Virgen del Val nos acompañará a lo largo de esta Visita pastoral, haciéndose presente en cada una de las parroquias durante los días correspondientes de la Visita.

Os animo a promover la devoción a la Virgen; a rezar devotamente el santo Rosario en vuestras comunidades cristianas, en compañía de María; y a contemplar el rostro de Cristo, para ir configurándonos más con Él.

Al final de esta celebración, tendremos con Ella un detalle de amor.

¡Nos encomendamos a la poderosa intercesión de nuestra Madre, la Virgen, en este inicio de la Visita pastoral! Amén.

 

MIÉRCOLES DE CENIZA

(Catedral-Alcalá, 21 Febrero 2007)

Lecturas: Jl 2, 12-18; Sal 50, 3-17; 2 Co 5, 20 – 6, 2; Mt 6, 1-6.16-18.

Volver al verdadero amor

1. Iniciamos hoy la Cuaresma, tiempo en el que la Iglesia nos invita a volver al verdadero Amor; a retornar a las fuentes de la misericordia. El hombre, postrado por su pecado, no disfruta plenamente de su vida; enfermado por su egoísmo, vive encerrado en sí mismo; abatido por su orgullo, se cree encumbrado sobre todo y señor de su destino; desfallecido por las cadenas que le aprisionan, ansía vivir la libertad; y agotado por su quimera de poseer, cierra su corazón a los demás.

Como ha dicho el Papa Benedicto XVI en su Mensaje para la Cuaresma de este año: "Desgraciadamente, desde sus orígenes la humanidad, seducida por las mentiras del Maligno, se ha cerrado al amor de Dios, con la ilusión de una autosuficiencia que es imposible (cf. Gn 3,1-7). Replegándose en sí mismo, Adán se alejó de la fuente de la vida que es Dios mismo, y se convirtió en el primero de «los que, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud» (Hb 2,15)".

Para salir de esta lamentable situación, el hombre tiene la posibilidad de re-orientar su vida hacia el verdadero Amor, Dios, que le espera con pasión y le invita a vivir en plenitud. El profeta Joel nos lanza una llamada a la conversión, al inicio de esta Cuaresma: «Convertíos al Señor Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso» (Jl 2, 13).

2. Dios tiene entrañas de misericordia y de compasión; Dios ama sin medida al hombre; Dios, con amor de padre espera el regreso de sus hijos, que se han alejado de él, como nos narra la parábola llamada del "Hijo pródigo", que más bien deberíamos llamar la parábola del "Padre misericordioso" (cf. Lc 15, 11-23); y con amor de esposo, aunque pueda resultar escandaloso, espera que los hombres, cual esposas, volvamos de nuevo a sus brazos, como nos narra el profeta Jeremías (cf. Jr 2, 2).

La conversión que Dios espera de nosotros es total, verdadera, de corazón: «Ahora -oráculo del Señor- convertíos a mí de todo corazón, con ayuno, con llanto, con luto» (Jl 2, 12). El ayuno es la manera de expresar que internamente hemos tomado la resolución de volver al amor primero. Nuestra historia es una historia de amor: del amor de Dios a nosotros y de nosotros hacia Él. El Señor no quiere de nosotros unos simples actos externos; Él desea que la conversión toque el corazón: «Rasgad los corazones y no las vestiduras» (Jl 2, 13). No se trata de realizar simplemente algunos actos penitenciales, como la abstención de carne, los ayunos o los pequeños sacrificios de renuncia a cosas agradables. Se trata de re-orientar nuestro corazón al Señor, porque Él nos ama con locura.

Las penitencias cuaresmales deben ser expresión de nuestra conversión al Señor. Como nos ha advertido el mismo Jesús no hay que hacer cosas externas para ser vistos por la gente: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial» (Mt 6, 1).

La limosna, la oración y el ayuno son prácticas hermosas que nos ayudan a vivir la Cuaresma. El ayuno atempera nuestras pasiones y nuestros apetitos desordenados: de poseer, de querer, de triunfar, de manipular. La limosna expresa nuestro amor al prójimo; nos desprendemos de parte de lo nuestro en favor de otros más necesitados. Y la oración restaura y fortalece nuestra relación con Dios; la conversión significa volver al amor primero de Dios, al verdadero amor; convertirnos es restablecer la relación de amistad con Dios, que habíamos perdido.

3. El Papa nos ha recordado que en el misterio de la Cruz de Cristo se revela la plenitud del amor de Dios a los hombres. La Cruz expresa la locura del amor de Dios al hombre: "En el misterio de la Cruz se revela enteramente el poder irrefrenable de la misericordia del Padre celeste. Para reconquistar el amor de su criatura, Él aceptó pagar un precio muy alto: la sangre de su Hijo Unigénito. La muerte, que para el primer Adán era signo extremo de soledad y de impotencia, se transformó de este modo en el acto supremo de amor y de libertad del nuevo Adán" (Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2007, Vaticano, 21 Noviembre 2006).

Jesús, el Hijo de Dios, aceptó el suplicio de la cruz por amor y entregó libremente su vida, porque quiso: «Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente» (Jn 10, 17-18).

Con la entrega de su vida, el Señor Jesús ha expresado claramente el gran amor que nos tiene: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Ésta es la expresión máxima del amor de Dios hacia nosotros. Nuestra respuesta no puede ser otra que la de aceptar este gran Amor, abandonando los otros pequeños ídolos que llenan nuestro corazón. El Amor nos pide que volvamos al Amor primero y fundamental.

4. El camino de regreso al Amor comienza por pedir perdón a Quien hemos ofendido con nuestros pecados. El profeta Joel, en la lectura de hoy, nos invita pedir perdón: «Entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes, ministros del Señor, y digan: Perdona, Señor, a tu pueblo» (Jl 2, 17).

Todos hemos de pedir perdón por nuestros pecados, con los que hemos ofendido al Amor. La Iglesia nos invita, de modo especial en este tiempo cuaresmal, a celebrar el sacramento de la Penitencia. No es suficiente que cada uno pida perdón a Dios en la intimidad de su conciencia; es necesario que lo celebremos sacramentalmente, a través del ministerio sacerdotal; ésta es la manera adecuada que la Iglesia nos ofrece.

Con San Pablo os exhorto, pues, estimados hermanos: «En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5, 20). Esta reconciliación nos traerá la paz al corazón y nos llenará del gozo del Espíritu Santo; será como un bálsamo que suaviza, cicatriza y cura.

La Cuaresma es tiempo favorable y propicio para la salvación: «Mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación» (2 Co 6, 2), nos ha dicho San Pablo. Aprovechemos este tiempo propicio de la Cuaresma, para prepararnos a la Pascua.

5. La Iglesia nos invita a contemplar a Cristo y a convertirnos a Él. Su Palabra, su Presencia, su Perdón, su Amor... irán llenando, poco a poco, nuestro corazón. La alegría y la paz del Espíritu Santo se asentarán en nuestro interior.

El mismo Señor nos invita a acercarnos más a Él, mediante la lectura asidua de su Palabra; a convertirnos más a Él, mediante el sacramento del perdón de los pecados; a unirnos íntimamente con Él, a través del sacramento de la Eucaristía.

Como nos exhorta el Papa: "Vivamos, pues, la Cuaresma como un tiempo ‘eucarístico’, en el que, aceptando el amor de Jesús, aprendamos a difundirlo a nuestro alrededor con cada gesto y palabra. De ese modo contemplar «al que traspasaron» nos llevará a abrir el corazón a los demás reconociendo las heridas infligidas a la dignidad del ser humano; nos llevará, particularmente, a luchar contra toda forma de desprecio de la vida y de explotación de la persona y a aliviar los dramas de la soledad y del abandono de muchas personas. Que la Cuaresma sea para todos los cristianos una experiencia renovada del amor de Dios, que se nos ha dado en Cristo, amor que por nuestra parte cada día debemos «volver a dar» al prójimo, especialmente al que sufre y al necesitado. Sólo así podremos participar plenamente de la alegría de la Pascua" (Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2007, Vaticano, 21 Noviembre 2006).

Queridos complutenses, os deseo un provechoso camino cuaresmal y una feliz Pascua de Resurrección.

Que la Virgen María, la Madre del Redentor, nos guíe en este itinerario cuaresmal hacia la auténtica conversión al amor de Cristo. Amén.

 

EUCARISTÍA CON MIEMBROS DE LA FRATERNIDAD
DE COMUNIÓN Y LIBERACIÓN

(Palacio Episcopal, 22 Febrero 2007)

Lecturas: 1 Pe 5, 1-4; Sal 22; Mt 16, 13-19.

En comunión con el Sucesor de Pedro

1. En Cesarea de Filipo Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» (Mt 16, 13). Y ellos refirieron lo que habían oído: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas» (Mt 16, 14).

Pero el Maestro deseaba conocer su actitud personal y no lo que habían oído; quería arrancar una confesión de fe de su corazón: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16, 15). Con el entusiasmo que le caracterizaba, Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16).

Esta confesión de fe no es fruto de una reflexión razonada y lógica de la mente de Pedro; ni es producto del trato amistoso de Pedro con Jesús; ni es conclusión de los milagros que el pescador de Galilea ha presenciado, porque otros también presenciaron milagros y no creyeron; ni es halago amistoso del discípulo a su Maestro. Esta confesión de fe de Pedro es fruto de la revelación de Dios-Padre al hombre: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16, 17).

2. A veces pretendemos arrancar de nuestros amigos y de nuestros contemporáneos, con buena intención, una confesión de fe en Jesucristo, como Hijo de Dios, basándonos en nuestra experiencia. Como nosotros lo vemos tan claro, parece que los demás también deberían verlo así.

Pero la experiencia de fe no es transferible de un ser humano a otro. La fe no es tampoco el fruto de haber convencido al interlocutor, ni la conclusión lógica de un razonamiento bien expuesto; éstas pueden ser tentaciones que nos vienen, sobre todo a quienes viven en ambientes universitarios. La fe es un don de Dios, que debe ser acogido con humildad y confianza por cada hombre.

Nuestra sociedad está lejos de percibir el significado original de la palabra «fe»; la gente confunde la fe con cosas que no tienen que ver nada con ella. Para San Pablo, la fe que salva y justifica a los pecadores, conferida por el Espíritu Santo, es la fe en Jesucristo, en su misterio pascual de muerte y resurrección (cf. Gal 3,2). También para San Juan la fe "que vence al mundo" es la fe en Jesucristo: «¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?» (1 Jn 5,4-5).

Nuestra respuesta debería ser un acto de fe, como la del apóstol Tomás: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20, 28). Este acto de fe podría animar a nuestros contemporáneos a profesar la misma fe, como la profesión de Pedro animaría a los demás discípulos.

3. La Iglesia celebra hoy la fiesta litúrgica de la Cátedra del Apóstol San Pedro. Sólo cuando Simón Pedro ha hecho confesión pública de la fe en Jesucristo, es entonces cuando se le encomienda su misión: «Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (Mt 16, 18).

El Padre-Dios le ha revelado a Simón la identidad de Jesús; ahora el Maestro le desvela a su discípulo la misión que le tenía preparada. El Señor Jesús confía a su Iglesia el poder de atar y desatar, concretándolo en la persona y en la misión de Pedro: «A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mt 16, 19).

Desde entonces y a lo largo de toda la historia, el ministerio petrino, fundamental en la Iglesia, es ejercido por todos los sucesores de Pedro.

Hoy encarna esa misión el Papa Benedicto XVI, a quien amamos filialmente y a quien fielmente obedecemos. Si queremos vivir la verdadera fe, hemos de estar en plena comunión con el Sucesor de Pedro. La comunión con el propio obispo y la de éste con el colegio episcopal y con el Sucesor de Pedro aseguran la fidelidad en la fe y en la misión eclesial. La falta de comunión lleva, normalmente, a la separación, a la herejía y a la no fidelidad en la fe; puede llevar también al rechazo de la misión que el Señor nos encomienda y a la asunción de los propios objetivos, personales o grupales, incluso de movimientos eclesiales.

4. Don Giussani, cuyo segundo aniversario de muerte celebramos, Fundador del Movimiento "Comunión y Liberación", a quien tuve la oportunidad de conocer personalmente, vivió la comunión eclesial y nos dio ejemplo durante su vida terrena de una veneración filial al Santo Padre. He podido presenciar con qué cariño saludaba siempre al Papa Juan Pablo II; en este sentido, son expresivas las fotografías en las que lo vemos arrodillado ante el Sucesor de Pedro y besando el Anillo del Pescador. Don Giussani vivó el amor a Cristo y a la Iglesia, en fidelidad al Santo Padre y a los obispos que rigieron la Archidiócesis de Milán, donde él ejercía el ministerio sacerdotal.

Como ha dicho el actual Presidente de la Fraternidad de "Comunión y Liberación", Don Julián Carrón, en la invitación cursada a los miembros del Movimiento, para asistir al próximo encuentro con el Papa, en Roma: «Todos somos muy conscientes de la importancia de la figura del Sucesor de Pedro para la vida de la Iglesia. Él es el punto de referencia inquebrantable de nuestra fe, sin el cual ésta decaería en una de las muchas variantes ideológicas que dominan el mundo». Animando a una devoción filial hacia el Santo Padre, dice: «Nuestro gesto quiere ser un reconocimiento de lo que el Papa representa para nuestra vida y una expresión de nuestro deseo de seguirle».

5. En esta celebración damos gracias a Dios por el XXV Aniversario del reconocimiento pontificio de la Fraternidad de Comunión y Liberación. Veinticinco años de historia son una buena razón para dar gracias a Dios.

Deseo exhortaros con las mismas palabras que el Papa Juan Pablo II dirigió a los miembros de la Fraternidad, con ocasión de la audiencia por el trigésimo aniversario del movimiento, en 1984: "Id a todo el mundo a llevar la verdad, la belleza y la paz que se encuentran en Cristo Redentor".

Como sabéis, "Don Giussani creció en una casa pobre en pan, pero rica en música. Así, desde el inicio, se sintió tocado, más aún, herido por el deseo de la belleza; no se contentaba con una belleza cualquiera, con una belleza trivial. Buscaba la Belleza misma, la Belleza infinita. Así encontró a Cristo, y en Cristo la verdadera belleza, el camino de la vida, la auténtica alegría" (J.Ratzinger, Homilía en el funeral de Mons. Luigi Giussani, Catedral de Milán, 24.II.2005).

Quiero animaros a que vayáis tras la Belleza infinita; que la descubráis; que la gocéis y que la propaguéis. ¡Que seáis testigos de esa Belleza. ¡Que así sea!

 

VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DE SAN PEDRO APÓSTOL

(Catedral-Alcalá de Henares, 25 Febrero 2007)

Lecturas: Dt 26, 4-10; Rm 10, 8-13; Lc 4, 1-13.

1. Durante estos días de Visita pastoral a la Parroquia de san Pedro Apóstol, ubicada en el marco de la Catedral, me he reunido con diversos grupos parroquiales: catequistas, jóvenes, niños y padres, voluntarios de diversos servicios; y he visitado algunos enfermos en su domicilio.

De todos los actos realizados en estos días, la Eucaristía que estamos celebrando, llamada "Misa estacional" con motivo de la Visita pastoral del Obispo, es el más importante.

Da gozo veros a todos los parroquianos juntos: niños, jóvenes, matrimonios, adultos y personas mayores; y, además, los fieles procedentes de otros lugares, que nos acompañan. Para mí es una alegría celebrar esta Eucaristía con la participación de todos vosotros; es como una familia reunida al completo: los hijos, los hermanos, los padres, los abuelos y las personas ancianas.

Me gustaría celebrar más a menudo con todos vosotros, parroquianos de san Pedro.

2. San Pablo, en la carta a los Romanos que hemos escuchado, nos ha recordado dos cosas importantes: «Si vuestros labios profesan que Jesús es el Señor, y vuestro corazón cree que Dios lo resucitó de entre los muertos, os salvaréis» (Rm 10, 9). Fijaos que pone dos condiciones: la primera es profesar que Jesús es Señor; y la segunda, creer en su Resurrección.

¿Vosotros creéis que Jesús es el Señor, el Hijo de Dios? Esta es la profesión que hacemos los cristianos: creemos en Jesús, el Hijo de Dios, que nació de la Virgen María, murió por amor a los hombres y resucitó según las Escrituras. Esta es la esperanza de nuestra fe. Por tanto, si profesamos que Jesús es el Señor, y creemos que resucitó, también nosotros resucitaremos con Él.

3. Esto nos sugiere una pregunta: ¿Qué sucede a los que dicen que creen que el hombre se re-encarna tras la muerte una y otra vez, indefinidamente, y, por tanto, no creen en la Resurrección de los muertos? ¿Se salvarán los que semejante cosa sostienen? Esta decisión la dejamos a la voluntad de Dios. Pero Jesucristo nos pide que creamos en que Él es el Señor, el Hijo de Dios, y que ha resucitado.

En este inicio de Cuaresma continuamos el camino hacia la Pascua, en la que celebraremos la Muerte y la Resurrección de Jesús de Nazareth; ambas van unidas y no se pueden separar. Nosotros creemos, pues, en la Resurrección de Jesús y en la resurrección de los muertos.

4. Para poder llegar a la profesión de fe cristiana hace falta aceptar el Evangelio, la Buena Nueva, que nos es comunicada a través de una serie de personas, que forman parte de la Iglesia. ¿Quién os ha hablado a vosotros de Jesús? Os han hablado personas concretas: vuestros padres, los catequistas, vuestros abuelos, los sacerdotes; y también otras personas.

Toda la familia eclesial, y concretamente la parroquial, es anunciadora del Evangelio: catequistas, educadores de jóvenes, formadores de novios, padres, religiosos, sacerdotes. Todos hemos de ser misioneros del Evangelio, cada uno en puesto y tarea que el Señor le ha asignado.

Vosotros, estimados niños y jóvenes, también debéis ser anunciadores del Evangelio a otros niños, a vuestros hermanos y amigos, a los colegas de estudio en el instituto o universidad, a los compañeros de trabajo.

Todos hemos recibido el anuncio de que Jesús es Dios y ha resucitado. Pero una vez creído, el Señor nos pide que nosotros lo profesemos y lo anunciemos.

5. Hoy quiero agradecer de todo corazón y públicamente a los que colaboráis en la parroquia de San Pedro Apóstol, ofreciendo vuestra vida, vuestra ilusión y vuestro trabajo: a los padres, que educáis a vuestros hijos en casa; a los catequistas, que dedicáis vuestras ilusiones para enseñar a los catequizandos el camino de la fe; a los que trabajáis con grupos de jóvenes; a los que ayudáis a quienes se prepararan para celebrar el matrimonio católico; y de manera especial, a los sacerdotes de la parroquia, que consagráis vuestra vida con ilusión y por entero al Señor.

A todos quiero daros las gracias y animaros a que continuéis haciendo vuestra tarea. El Señor os lo pagará con creces. Los hombres no sabemos ni podemos pagar bien este servicio; pero Dios sabe recompensar infinitamente. Si ni siquiera un vaso de agua, dado en su nombre, quedará sin recompensa (cf. Mt 10, 42), ¡imaginad la recompensa de las muchas horas que habéis dedicado y estáis dedicando para anunciar el Nombre de Dios!; no pueden quedar sin recompensa. En esta vida disfrutaréis del gozo de haberlo realizado; y, además, tendréis la vida eterna. Dios recompensa nuestros pequeños trabajos con toda la eternidad. Por tanto, ¡ánimo!

6. La Parroquia de san Pedro Apóstol tiene que seguir floreciendo y creciendo con buenos frutos: los niños han de crecer y madurar en la fe; y los mayores han de dar frutos de amor y de testimonio en nuestra sociedad.

Hay muchos que todavía no profesan que Jesús es el Señor y que no creen en la Resurrección de los muertos; piensan que después de esta vida acaba todo. Pero después de la vida terrena existe el más allá y la eternidad. El amor de Dios es más fuerte que la muerte (cf. Ct 8, 6) y el poder de Dios ha vencido la muerte (cf. Rm 6, 9; 1 Co 15, 54). El hombre es inmortal, porque ha sido creado a imagen de Dios y redimido del pecado y de la muerte.

Hemos de estar dispuestos a ser testigos de Jesús, como lo fueron los santos Niños, Justo y Pastor, nuestros Patronos.

7. En este primer domingo de Cuaresma hemos escuchado un texto del Evangelio según san Lucas, que narra las tentaciones de Jesús. La primera tentación es la de convertir una piedra en pan. El diablo tienta a Jesús con las necesidades básicas. Jesús tendría hambre, pues llevaba tiempo sin comer: «Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan» (Lc 4, 3); es decir, haz un milagro, para satisfacer tus necesidades y deseos.

El diablo nos tienta para que hagamos lo que nos apetezca: ¿Te apetece comer?, pues come. ¿Te apetece satisfacer tus gustos? Satisfácelos. El diablo nos tienta para que satisfagamos todos nuestros caprichos y deseos, aunque no sean buenos.

Por eso la Iglesia nos pide que ayunemos en Cuaresma, privándonos de ciertos alimentos, en ciertos momentos, a fin de dominar nuestras pasiones y deseos. Jesús venció en esa primera tentación al diablo; nosotros podemos vencer también, con Jesús, al diablo.

8. En la segunda tentación el diablo lleva a Jesús a un lugar alto y le muestra los reinos de la tierra, diciéndole: «Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. Si, pues, me adoras, toda será tuya» (Lc 4, 6-7).

El diablo pretende engañar diciendo que todo es suyo, e incitando a adorarle y a reconocerle como señor. Pero la respuesta de Jesús no se dejó esperar: «Esta escrito: Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto» (Lc 4, 8).

Todos tenemos la tentación de poseer, de acaparar y de dominar: cosas, bienes, riquezas, personas. Volvió a vencer Jesús; y tenemos que vencer también nosotros con Él. No hay que adorar a nadie más que a Dios; sólo Dios es nuestro Señor y nuestro Rey; Él sólo es nuestro Soberano. Nadie en la tierra es dueño de la vida de otra persona: ni los gobiernos, ni los jefes de estado, ni los partidos políticos, ni los magnates de la tierra.

9. En la tercera tentación el diablo sube a Jesús al pináculo del templo de Jerusalén y le dice: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo; porque está escrito: A sus ángeles te encomendará para que te guarden; y en sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna» (Lc 4, 9-11).

Es la tentación de manifestar el poder y la tentación del orgullo. Pero Jesús no había venido para hacer alarde de su poder, ni para usarlo en su provecho, sino para servir. Jesús había venido muy humildemente a servirnos a todos. El mejor ejemplo de humildad nos lo da Jesús, que siendo Dios, se hace hombre.

10. La Virgen María tampoco presumió de ser la Madre de Jesús; más bien tuvo una actitud callada, humilde y sencilla. La Virgen, que es la Madre de Dios, en silencio y callada hacía las cosas sin aparentar. A nosotros, en cambio, nos gusta hacer al revés: aparentar mucho, aunque tengamos poco. Ella, que tenía mucho, no aparentaba nada.

¡Que la Virgen del Val, Patrona de Alcalá, nos ayude a vivir con humildad y sencillez!

Le pedimos al Señor que nos dé la fuerza de su Espíritu, para vencer todas las tentaciones. Amén.

MATRIMONIO DE D. RAFAEL ADOBES Y Dª GRACIA MARTÍNEZ

(Catedral-Alcalá, 3 Marzo 2007)

Lecturas: Tb 8, 4-8; 1 Co 12, 31—13, 1-13; Mt 5, 43-48.

1. Las lecturas, que se han proclamado en esta celebración, nos ofrecen unas enseñanzas muy concretas, que intentaré resumir en tres puntos. En primer lugar, la importancia de celebrar el matrimonio ante Dios.

Cuando Tobías y Sara contraen matrimonio, el marido le dijo a su mujer: «Levántate, hermana, y oremos y pidamos a nuestro Señor que se apiade de nosotros y nos salve» (Tb 8, 4). Ambos tienen presente que son creyentes y que no pueden casarse como los paganos, es decir, como los que no creen en Dios.

El creyente se sitúa ante Dios como hijo suyo, como criatura suya; y reza, da gracias a Dios y lo alaba por lo que es y por todo lo que tiene; agradece también a Dios el haberle concedido una persona, que lo acompañe durante toda su vida.

Hoy iniciáis, estimados Rafa y Gracia, una nueva andadura como hijos de Dios, como creyentes. Alabad al Señor lo mismo que Tobías y Sara: «¡Bendito seas tú, Dios de nuestros padres, y bendito sea tu Nombre por todos los siglos de los siglos!» (Tb 8, 4).

Pedid al Señor, Creador, Todopoderoso y Dueño del universo, que bendiga vuestra unión; que os acompañe en vuestro caminar. Esta es la oración que nosotros, creyentes que os acompañamos en el día de vuestra boda, hacemos por vosotros: ¡Que el Señor os bendiga; que os fortalezca con su gracia y que os inflame con su amor!

2. Sólo existe un tipo de amor; aunque nuestra sociedad se empeñe en diversificarlo y presentar como amor lo que no lo es. Dios es amor. El que participa del amor de Dios, participa del único amor que existe; y el que no participa de ese amor de Dios, no participa de ningún amor. No se puede confundir el amor con otras cosas, que más bien son sentimientos, gustos, o deseos.

Un matrimonio celebrado cristianamente es aquel en el que Cristo está en el centro y Dios lo sustenta. Os invito a apoyaros en ese único Amor, fuente de todo amor.

Quien no construye su matrimonio sobre Cristo, como fundamento, se parece a aquel «hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina» (Mt 7, 26-27), porque su casa se derrumbó y desapareció; no tenía consistencia, ni fundamentos. Por el contrario, el hombre que construyó una casa sobre roca, su casa se mantuvo a pesar de las aguas, y los fuertes vientos (cf. Mt 7, 24-25).

Si ponéis vuestro matrimonio y vuestro amor en Dios, estáis colocando el único fundamento válido. ¡Enhorabuena por hacerlo así! Nosotros pedimos para que así sea.

3. En la carta a los Corintios, que ha sido proclamada, se nos ofrece un cántico al amor. No hace falta desglosarlo, porque está muy claro. Las palabras de San Pablo son clarísimas: «El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no es jactancioso, no se engríe; es decoroso; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta. El amor no acaba nunca» (1 Co 13, 4-8). Esta descripción, como veis, nada tiene que ver con las definiciones de amor que nos presenta nuestra sociedad.

El verdadero amor es eterno; ese es el significado del anillo esponsal que os entregaréis mutuamente. El anillo es circular, significando la eternidad de vuestro amor; os profesáis un amor eterno, como el amor de Dios.

No se puede confundir el amor con otras cosas: gusto, simpatía, conveniencia, deseo, proyecto; todas estas cosas se acaban, pero el amor es eterno porque proviene de Dios, que es eterno. Hoy pedimos por vosotros dos, para que lo que empezáis dure hasta la eternidad.

4. Antes de empezar la celebración, saludando a las personas conocidas, he saludado en la puerta de la Catedral al padre de Rafa. Y decía: "Ahora empieza lo bueno para ellos". Hasta ahora habéis tenido un entrenamiento para conoceros, para sintonizar y para ajustar vuestras diferencias. Para que la convivencia no chirríe, hay que ajustarse, hay que ceder y hay que limar. Como sucede con las piedras del río: los cantos duros y puntiagudos, que pueden cortar, se van limando y redondeando con el roce, para ser más suaves. En el matrimonio hay que limar muchas cosas.

Ahora empezáis a convivir juntos, como dos personas distintas con sus peculiaridades. Cada vez podréis ir sintonizando más vuestras vidas y actuando como dos corazones que laten al unísono, como dos inteligencias que se entienden. Ahora empieza lo bueno para vosotros.

5. (Este último punto fue pronunciado en valenciano). Finalmente, quiero terminar reflexionando sobre el Evangelio que hemos escuchado de san Mateo: «Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos?» (Mt 5, 46).

Si uno ama al que le ama, ¿qué mérito hay en eso? Si uno ama a su padre, a su madre, a la esposa, al novio, al amigo, al que le hace bien, al que se preocupa por él, al que le cuida… no tiene gran mérito; también pueden hacer eso incluso los que, por egoísmo, son cariñosos con aquellos que les ayudan; lo pueden hacer asimismo los que no creen en Dios.

La invitación de Jesucristo va más allá: «Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial» (Mt 5, 44-45). Hay que amar incluso a los enemigos, al que no me quiere bien, al que me pone la zancadilla, al que habla mal de mí, al que va contra mí, al que no piensa como yo. La razón es porque hay que imitar a Dios, que es santo y bueno y ama a todos y hace salir el sol para justos e injustos y hace llover para buenos y malos.

La invitación que hoy tenéis y que yo os transmito de las palabras de Jesucristo es: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48). ¡Sed santos porque Dios es santo!

Estimados Rafa y Gracia, ¿estáis dispuestos a asumir a partir de hoy estas enseñanzas de la Iglesia, transmitidas por el Señor? ¿Estáis dispuestos a asumir el matrimonio católico? Si estáis dispuestos, manifestadlo ahora delante de la asamblea cristiana, aquí reunida.

VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DE SANTA MARÍA

(Alcalá, 18 Marzo 2007)

Lecturas: Jos 5, 9-12; 2 Co 5, 17-21; Lc 15, 1-3.11-32.

El regreso a la casa paterna

1. En este domingo cuarto de Cuaresma la Iglesia nos propone a la consideración la parábola del "hijo pródigo". La tentación del hijo pródigo es la de todo aquel que, estando bien con su padre, con su familia, con sus necesidades cubiertas, tiene ansia de ser libre, de no tener normas y de vivir a sus anchas.

Parece ser que estar en casa le agobia y cree que no realiza su libertad como él desea; piensa que la presencia de su padre le cohíbe. Esta es la tentación de muchos hijos y de muchos jóvenes que creen que, saliendo del ambiente familiar, van a vivir con gran libertad y van a disfrutar de la vida.

Esta es también la misma tentación de algunos creyentes, que piensan que, abandonando la Iglesia, van a vivir a sus anchas y a encontrar la felicidad fuera de la misma. Creen que van a dejar de tener que cumplir los Mandamientos de la ley de Dios.

2. En esta parábola, el hijo pródigo empieza a añorar la casa paterna cuando experimenta la verdad de su situación y se queda sin poder comer, desnudo, sin que nadie le quiera, sin compañía, alejado de los suyos y de su casa.

Recapacitando y entrando en sí mismo –dice el Evangelio-, se dijo: «Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti» (Lc 15, 18). El hijo se ha dado cuenta de su situación y, mirándose hacia dentro de sí, sale finalmente de su egoísmo y cerrazón. Había experimentado en su propia carne que lo que él pensaba que era su libertad se había convertido en una verdadera esclavitud.

3. La conversión del cristiano consiste en salir de sí mismo para acercarse de nuevo al Padre. Sólo de ese modo encuentra el hijo la verdadera libertad y la verdad de su vida.

El hijo de la Iglesia que se ha alejado de ella, porque creía que viviendo según los criterios mundanos iba a ser más feliz, se encuentra ahora vacío, pobre y aislado. Y recapacitando se da cuenta de que los dones y gracias de que disfrutaba antes: la filiación con Dios, su Palabra, la Eucaristía, el perdón y la misericordia divinas, eran de gran valor para su vida.

Análogamente, el hijo de una familia cristiana, que se alejó de casa y ha experimentado que su vida tiene menos sentido que antes, puede también volver a la casa paterna. En su alejamiento ha podido disfrutar de bienes terrenos y satisfacer sus deseos, pero se encuentra vacío. Recapacitando puede regresar al hogar, que abandonó, y gozar de nuevo de la familia, del amor paterno, de los hermanos y de los valores cristianos.

4. San Pablo, en la segunda carta a los Corintios ha dicho: «En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2Cor 5, 20). Nos invita a volver otra vez a Dios, del que no debimos separarnos nunca; a volver de nuevo a la casa paterna. En ella hay comida, hay calor humano, hay afecto, hay cercanía, hay presencia de amor y hay perdón. Nuestro Padre Dios está esperándonos con los brazos abiertos a que volvamos.

El hijo pródigo es también cada uno de nosotros, cuando pensamos que viviendo según nuestros deseos, vamos a ser más libres y felices. Pero nos damos cuenta de que no es así.

¡En nombre de Cristo, reconciliémonos con Dios! Hoy se nos invita a todos nosotros, a mí el primero, a volver de nuevo a la casa paterna; a regresar junto al Padre, porque su presencia, lejos de quitarnos libertad, nos ofrece lo mejor para nosotros.

5. Ser cristiano e hijo de Dios es vivir con la máxima libertad. El diablo nos tiende una trampa y trata de engañarnos, diciendo: "Serás más libre y feliz y realizarás todos tus deseos". Pero, en realidad, mis deseos me atan aún más; me hacen esclavo de mí mismo, de mis pasiones, de mi desorden.

Mientras que la cercanía de Dios me da vida y paz interior; me da libertad; me acerca a la verdad de mí mismo, aceptándome como criatura de Dios, que debe regresar a la casa del Padre. Ésta es la invitación que nos hace hoy el Señor.

6. En la lectura del libro de Josué, cuando el pueblo ha salido del desierto y entra en la tierra prometida, es decir, cuando vuelve a la casa paterna, deja de comer maná. El maná era sólo comida para el desierto; una comida sin cuerpo y sin sabor. Pero, cuando el pueblo de Israel deja el desierto y entra en la tierra prometida, come de los frutos de la tierra: leche, miel, carne, frutas, trigo, harina (cf. Dt 28, 11).

Cuando nos hemos alejado de Dios, hemos tomado una comida sin sabor, un alimento que cansa comerlo, porque es siempre lo mismo cada día. Mientras que, cuando volvemos a Él, nos alimentamos de su Palabra, de su gracia, de su Eucaristía, de sus gracias. Bebemos de las fuentes frescas de agua viva, a las que el Pastor, Cristo, nos lleva (cf. Jn 7, 37-38).

El regreso a la casa del Padre significa un gran cambio a mejor; se pasa de vivir en el desierto, a vivir en la tierra prometida; de vivir alejado de Dios, a vivir cerca de Dios. Esta es la invitación que la Iglesia nos hace a todos, en este domingo cuarto domingo de Cuaresma.

7. Durante la presente semana he realizado la Visita pastoral a esta parroquia de Santa María. He podido encontrarme con los distintos grupos: niños, jóvenes, adultos, matrimonios, catequistas, enfermos. A todos quiero invitaros a volver a la casa paterna, para disfrutar de la compañía del Señor y compartir con los demás el don de la filiación. El amor y la misericordia de Dios, que habéis experimentado y vivido, os impelen a ser testigos; debemos pregonar la bondad del Señor.

Hay mucha gente en Alcalá, que pasa por delante del templo de Santa María, pero no entra en la casa paterna. Hay muchos que aún están el desierto y no se alimentan de la Eucaristía. Hay muchos que aún están tomando algarrobas con los cerdos, como el hijo pródigo, y no saborean el banquete precioso que Dios les prepara. A todos ellos hay que invitarles al banquete del Señor; a gozar de la presencia del Padre; a disfrutar del amor divino.

Todos somos hijos pródigos, que muchas veces nos marchamos y regresamos; pero el Señor nos espera siempre con los brazos abiertos. En Alcalá sigue habiendo aún muchos "hijos pródigos", que aún están fuera de la fe. Acojámosles como el Padre bueno.

8. Los cristianos formamos una familia. Vuestro Obispo pide a esta parroquia de Santa María que sea una verdadera familia, donde se viva el afecto fraterno, la comunión, la paz, la auténtica libertad; que esté abierta a todo el que quiera venir; que invite a quien desee compartir la fe.

El Obispo os anima a que pregonéis la Buena Nueva del Señor a quienes están aún en el desierto, lejos de la casa paterna. Os invita a que os forméis en la sana doctrina; a que participéis del banquete eucarístico; a que viváis en profundidad la fe cristiana y podáis dar razón de vuestra fe a los demás (1 Pe 3, 15).

Sólo se puede dar razón de la fe si uno se alimenta y crece interiormente. Cuando nos pregunten sobre el sentido del dolor, de la enfermedad y de la muerte, no nos quedemos callados y respondamos con la certeza de la fe. Por eso hay que formarse; hay que escrutar la Palabra de Dios; hay que conocer el Magisterio de la Iglesia.

Cuando uno se alimenta, sabe responder y dar razón de su esperanza a los demás, siendo testigo del amor que él ha experimentado en su propia vida. Os animo a que sigáis formándoos, celebrando vuestra fe y siendo testigos de ella.

9. En este fin de semana se celebra en toda España el "Día del Seminario". El Señor llama a los jóvenes para pregonar la Buena Nueva y para ser "Testigos del amor de Dios", como dice el lema de la Jornada.

Todos debemos ser testigos del amor de Dios. Y hemos de procurar que, en la familia de la Iglesia, en nuestras parroquias y en las familias cristianas, los jóvenes encuentren un ambiente propicio para responder positivamente al Señor cuando les llame. Los jóvenes necesitan escuchar la invitación de Dios a entregar su vida por el Evangelio, a consagrarse a Dios como sacerdotes, como misioneros, como religiosos.

Necesitamos más sacerdotes en esta gran Diócesis de Alcalá de Henares, cuya población sigue creciendo y hay que atender muchas parroquias e instituciones.

Animo a todas las familias cristianas a rezar por los jóvenes; a sostenerles en sus dificultades; a colaborar con nuestro Seminario, donde se preparan los jóvenes que van a ser sacerdotes. Toda la comunidad cristina ha de ponerse en marcha y pedirle al Señor que envíe obreros a su mies.

Y a los jóvenes, que responden a la llamada del Señor, les agradezco su generosidad y les animo a prepararse adecuadamente, para desempañar el ministerio que un día el Señor les confiará.

10. Os animo, finalmente, a seguir caminando en esta Cuaresma, para celebrar con gozo, en la Pascua, el triunfo de Jesucristo sobre la muerte.

La imagen de la Virgen del Val, Patrona de Alcalá, ocupa hoy un lugar especial en el templo. Esta imagen nos acompaña en la Visita pastoral a cada una de las parroquia de Alcalá. La Virgen María nos lleva de la mano y nos acompaña a la casa del Padre. Cuando nos alejamos de Dios, ella llora e intercede por nosotros, para que regresemos de nuevo al hogar paterno.

Pidamos a la Virgen del Val que nos ayude a volver siempre a la casa del Padre; o mejor aún, que no nos alejemos jamás de nuestro buen Padre-Dios. ¡Que ella, con su maternal solicitud, nos cuide, nos mime e interceda por todos nosotros! Amén.

CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA CON MOTIVO DE LA "III SEMANA DE LA FAMILIA"

(Catedral-Alcalá, 27 Marzo 2007)

Lecturas: Nm 21, 4-9; Jn 8, 21-30.

Promover la familia y cuidar de la vida humana

1. La lectura del libro de los Números, que acabamos de escuchar, relata la peregrinación del pueblo de Israel al salir de Egipto y marchar por el desierto a la Tierra Prometida. Se trata del episodio de las mordeduras de serpiente.

El pueblo era mordido por serpientes venenosas y la gente moría (cf. Dt 21, 6). Y la solución que Dios le ofreció a Moisés fue la de hacer una serpiente de bronce para que la gente la contemplase: Al hacerlo, quedaban curados y salvos.

Este episodio nos remite a Cristo en la cruz, que nos salva de nuestros pecados y de las mordeduras mortales. La serpiente de bronce es imagen de Cristo en la cruz, el cual sana a quienes han sufrido las mordeduras de serpiente, al contemplarlo y adorarlo como Dios.

También hoy, en nuestra sociedad de desierto, hay mordeduras mortales que hacen perder el sentido genuino de la vida. Mucha gente, influida por "slogans", por los medios de comunicación o por ideologías inmanentes se halla en "desierto espiritual". La familia cristiana está siendo mordida hoy con veneno mortal; hay familias que se rompen y se pierden a causa de esas mordeduras mortales. Y no se trata de algo simbólico, sino real.

2. Al igual que el pueblo de Israel en el desierto mira la serpiente de bronce, el pueblo cristiano mira a Jesús, para quedar sano de sus heridas y mordeduras mortales. La Iglesia nos invita a que miremos al crucificado-resucitado; no hay otra forma de quedar sanos. Sólo la contemplación de Jesucristo, que ha vencido la muerte y el pecado, es capaz de sanarnos. Preparémonos para celebrar la Semana Santa, ya cercana, en la que contemplaremos la Pascua de Cristo.

Jesucristo es el Salvador del hombre; sólo Él salva del pecado, del desierto, de la inanición, de las mordeduras mortales y de todos los peligros que acechan al hombre hoy.

3. El quinto domingo de Cuaresma nos ha presentado el diálogo de Jesús con la mujer pecadora. Ella había sido sorprendida en flagrante adulterio y, según la Ley, debía morir apedreada (cf. Jn 8, 3-4). Nadie se escandalizaba de esta norma; más bien todos la aceptaban, como lo más normal de mundo. Esa Ley estaba manifestando una mentalidad acrítica, que aceptaba como válido lo que dijera la Ley, fuera justo o no. Se consideraba que lo que la Ley autorizaba era bueno y se podía hacer.

Sin embargo, Jesús no condena a la pecadora. Más aún, hace una propuesta nueva: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra» (Jn 8, 7). Este reto de Jesús no estaba previsto en la Ley. Naturalmente se marchan todos, empezando por los más ancianos (cf. Jn 8, 9) y no quedó ni uno solo para apedrearla.

Esta es la novedad radical que trae Jesús: una nueva manera de concebir las relaciones humanas; el respeto a la vida humana; la igualdad entre el hombre y la mujer. Sólo Dios es dueño de la vida; y ningún ser humano puede arrogarse el poder sobre la vida; ni siquiera las leyes que hacen los hombres.

4. Dos mil años después seguimos teniendo unas leyes que no respetan la vida humana en todas sus fases; parece que hemos adelantado muy poco. Nuestras leyes actuales permiten matar impunemente a un niño en el seno materno.

La referencia a Jesucristo es siempre criterio válido para todas las épocas; su estilo nos hace cambiar la realidad y renueva nuestras anquilosadas costumbres. Jesús nos dice que muchas leyes no tienen sentido, porque no respetan al hombre.