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Obispo Diócesis Seminario Parroquias Delegaciones Enlaces Catedral-Magistral |
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HOMILÍAS EN EL AÑO 2006
DICIEMBRE
Día 25. NATIVIDAD DEL SEÑOR. Catedral de Alcalá de Henares
Día 15. INTERVENCIÓN EN CADENA COPE. PROGRAMA “AL FINAL DEL DÍA”. La vida no es un juego de niños
Día 14. INTERVENCIÓN EN CADENA COPE. PROGRAMA “AL FINAL DEL DÍA”. La nueva era para la humanidad
Día 13. INTERVENCIÓN EN CADENA COPE. PROGRAMA “AL FINAL DEL DÍA”. La ternura de Dios
Día 12. INTERVENCIÓN EN CADENA COPE. PROGRAMA “AL FINAL DEL DÍA”. Dios en busca del hombre
Día 11. INTERVENCIÓN EN CADENA COPE. PROGRAMA “AL FINAL DEL DÍA”. La curación de nuestras parálisis
Día 10. INTERVENCIÓN EN CADENA COPE. PROGRAMA “AL FINAL DEL DÍA”. El Bautista y la conversión
Día 9. INTERVENCIÓN EN CADENA COPE. PROGRAMA “AL FINAL DEL DÍA”. Una palabra de aliento
Día 8. INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA. Catedral de Alcalá de Henares
Día 1. SALUDO EN EL PROGRAMA PROTAGONISTAS” de “Punto Radio”. Palacio Arzobispal. Alcalá de Henares
NOVIEMBRE
Día 15. FUNERAL DEL RVDO. SR. D. GREGORIO SOLER. Madrid
Día 13. SAN DIEGO DE ALCALÁ. Catedral – Alcalá de Henares
Día 12. "ÁNGELUS" EN EL INICIO DE LA MISIÓN JOVEN. Plaza de Oriente - Madrid
Día 2. CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS. Catedral de Alcalá de Henares
OCTUBRE
Entrevista en la Cadena "COPE"
Día 28. ORDENACIÓN DE DIÁCONOS. Catedral de Alcalá de Henares. Fiesta de San Simón y San Judas
SEPTIEMBRE
Día 25. INAUGURACIÓN DE CURSO. Seminario de Alcalá de Henares
Día 17. FIESTA DE LA VIRGEN DEL VAL, PATRONA DE ALCALÁ DE HENARES. Ermita del Val.
Día 9. DEDICACIÓN DEL NUEVO TEMPLO PARROQUIAL DE SANTIAGO APÓSTOL. Torrejón de Ardoz
Día 8. RESTAURACIÓN DEL TEMPLO PARROQUIAL. Parroquia de Ntra. Sra. de la Asunción. Algete
AGOSTO
JUNIO
Día 18. "CORPUS CHRISTI". Catedral de Alcalá de Henares
Día 17. RITO DE ADMISIÓN DE LOS CANDIDATOS AL SACERDOCIO. Seminario de Alcalá de Henares
Día 10. JUBILEO DIOCESANO DE LOS AGENTES DE PASTORAL SOCIAL. Tielmes
Día 8. FIESTA DE JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE. JUBILEO DIOCESANO DE LOS SACERDOTES. Tielmes
Día 7. CELEBRACIÓN JUBILAR EN EL MONASTERIO DE DOMINICAS DE SANTA CATALINA DE SIENA
Día 4. EUCARISTÍA EN EL SANTUARIO DE NTRA. SRA. DE COVADONGA. Solemnidad de Pentecostés
Día 3. MISA EN EL SANTUARIO DE SANTO TORIBIO. Liébana
Día 1. CELEBRACIÓN JUBILAR EN EL MONASTERIO DE CARMELITAS DESCALZAS. Loeches
MAYO
Día 31. JUBILEO EN LAS CARMELITAS DE LA PURÍSIMA CONCEPCIÓN. Alcalá de Henares.
Día 28: CELEBRACIÓN DE LAS PRIMERAS COMUNIONES. Parroquia de Allerheiligen-Frankfurt
Día 25: CELEBRACIÓN DEL BAUTISMO Y CONFIRMACIONES. Parroquia de Allerheiligen-Frankfurt
Día 20. ORDENACIÓN SACERDOTAL. Catedral de Alcalá de Henares.
Día 19. JUBILEO EN LAS CARMELITAS DE SANTA MARÍA DEL "CORPUS CHRISTI". Alcalá de Henares.
ABRIL
Día 29. JUBILEO DE LA HERMANDAD DEL ROCÍO. Catedral de Alcalá de Henares.
Día 26. JORNADAS DE VICARIOS DIOCESANOS DE PASTORAL. El Escorial – Madrid.
Día 22. ENCUENTRO DIOCESANO DE JÓVENES. Loeches.
Día 16. DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN. Catedral de Alcalá de Henares.
Día 14. CELEBRACIÓN DE LA PASIÓN DEL SEÑOR DEL VIERNES SANTO. Catedral de Alcalá de Henares.
Día 13. MISA “IN COENA DOMINI” DEL JUEVES SANTO. Catedral de Alcalá de Henares.
Día 12. MISA CRISMAL. Catedral de Alcalá de Henares.
Día 9. DOMINGO DE RAMOS. Catedral de Alcalá de Henares.
Día 6. COLACIÓN DE MINISTERIOS DE LECTOR Y ACÓLITO. Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares.
Día 2. ANIVERSARIO MUERTE DEL PAPA JUAN PABLO II. Catedral de Alcalá de Henares.
MARZO
Día 7. FIESTA DE LA “REVERSIÓN DE LAS RELIQUIAS DE LOS SANTOS NIÑOS”. Catedral de Alcalá de Henares
Día 4. JUBILEO DE LAS COFRADÍAS PENITENCIALES. Catedral de Alcalá de Henares.
Día 1. MIÉRCOLES DE CENIZA. Catedral de Alcalá de Henares.
FEBRERO
Día 2: JUBILEO DE LA VIDA CONSAGRADA. Santa Iglesia Catedral de Alcalá de Henares.
ENERO
Día 29: FIESTA DE SAN JUAN BOSCO. Parroquia de San José. Alcalá de Henares.
Día 14: JUBILEO DE LAS FAMILIAS. Santa Iglesia Catedral de Alcalá de Henares.
JUBILEO DIOCESANO DE LAS FAMILIAS
Catedral de Alcalá de Henares, 14 de enero de 2006
Lecturas: 1 Sm 3, 3-10.19; Sal 39,2-10; 1 Co 6,13-15.17-20; Jn 1, 35-42.
(Domingo segundo del Tiempo ordinario – Ciclo B)
1. Nos ha convocado hoy el Señor, para celebrar el Jubileo de las Familias, con motivo del 1700 Aniversario del Martirio de los Santos Niños, patronos de la Diócesis de Alcalá de Henares.
Habéis respondido con prontitud, queridas familias, a la invitación de la Diócesis, porque queréis vivir con gozo la fe cristiana, de la que dieron preclaro testimonio los niños Justo y Pastor.
Dos hermanos, miembros de la misma familia, se animaron mutuamente a profesar gozosa y públicamente la fe, a mantener encendida la esperanza cristiana en la resurrección y a vivir con alegría el amor.
Tales hijos son el fruto de un ambiente familiar, donde se respira el amor a Dios, el respeto hacia los padres y hacia los mayores, la obediencia filial, la comprensión y el cariño mutuos; estos hijos son fruto de una familia, que vive gozosamente la fe y da testimonio de ella, a pesar de las dificultades y de la hostilidad de la sociedad en la que está inmersa.
2. Las lecturas bíblicas del presente domingo nos ofrecen, en primer lugar, la narración de la vocación profética de Samuel, figura señera y polifacética del Antiguo Testamento. Samuel fue sacerdote, profeta y juez. Vivió un momento de transición en la historia del Pueblo de Israel y fue el encargado de protagonizarla; ahí radica su importancia y su grandeza.
Le tocó asumir el paso de la federación de tribus al régimen monárquico, porque el pueblo estaba empeñado en tener el mismo régimen de gobierno que los pueblos circundantes (cf. 1 Sm 8,1-7). Samuel hubo de sufrir el desgarro, que supone romper con toda una época que terminaba y que amaba, y hubo de sufrir el dolor que lleva consigo el alumbramiento de una etapa nueva, de dura gestación y con grandes reformas políticas y religiosas. Samuel fue el gran protagonista de esta transición política.
3. Este hecho nos invita a realizar una consideración: Nos encontramos también nosotros en un momento histórico de cambios políticos, que conllevan algunas transformaciones sociales. La concepción actual de la familia está cambiando y se está imponiendo una noción totalmente distinta de lo que es en sí misma, desde el punto de vista antropológico y cristiano.
El Papa Juan Pablo II decía, hace ya más de una década: "En nuestros días, ciertos programas sostenidos por medios muy potentes parecen orientarse, por desgracia, a la disgregación de las familias. A veces parece incluso que, con todos los medios, se intenta presentar como «regulares» y atractivas —con apariencias exteriores seductoras— situaciones que en realidad son «irregulares». En efecto, tales situaciones contradicen la «verdad y el amor», que deben inspirar la recíproca relación entre hombre y mujer y, por tanto, son causa de tensiones y divisiones en las familias, con graves consecuencias, especialmente sobre los hijos. Se oscurece la conciencia moral, se deforma lo que es verdadero, bueno y bello, y la libertad es suplantada por una verdadera y propia esclavitud" (Juan Pablo II, Carta a las familias, 5).
4. Ante estos hechos, la familia cristiana tiene el sagrado deber de seguir viviendo a la luz de la revelación divina y mantener los pilares fundamentales, en los que se apoya la institución familiar.
"Ciertamente nos encontramos con situaciones y problemas nuevos en nuestra sociedad en lo que respecta a la familia y a la vida. El reto que se nos presenta es ser capaces de dar una respuesta verdadera a los mismos, que sea apta para solucionarlos" (Conferencia Episcopal Española, La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad, 178). Sólo en Jesucristo y su Evangelio podremos encontrar la luz, que guíe nuestros pasos en la búsqueda de caminos y soluciones nuevas.
5. Samuel escuchaba al principio unas voces, que no sabía de dónde venían; creía que le llamaba el sacerdote del templo, pues aún no reconocía la voz del Señor, ya que nunca le había hablado antes. Samuel todavía no había aprendido todavía a distinguir la voz de Dios de otras voces. Algunos cristianos aceptan la voz de ciertas leyes humanas, aunque no estén en sintonía con la voz divina.
Todo mensajero de Dios debe estar siempre a la escucha de la palabra divina. El siervo debe abrir su oído, cada mañana, para sintonizar con esta palabra (cf. Is 50, 4-5). Cuando Dios habla y el hombre escucha se renueva la historia de salvación. Pero hace falta apertura y disponibilidad por parte del hombre, para escuchar la voz de Dios y discernirla de otras voces profanas.
Samuel era "un hombre de Dios", que escuchaba su Palabra y anunciaba al pueblo la palabra recibida. Si los miembros de las familias viven como hombres de Dios, como auténticos creyentes, como verdaderos adoradores de Dios, serán testigos veraces de su Palabra y podrán proclamar la verdad del Evangelio, frente a nuevas modas sociales, que falsean la verdad del matrimonio y derivan en una errónea concepción de la familia.
Además de escuchar, el profeta debe confrontar su palabra con la Palabra divina, que es verdadera y nos hace libres; mientras que la palabra humana no siempre es verdad y lleva muchas veces a la esclavitud. Algunas leyes humanas, emanadas bajo pretexto de libertad, conducen al hombre a una esclavitud mayor; tenemos ejemplos de ellas, por desgracia, en nuestra sociedad española.
Los Santos Niños dieron su vida como testimonio de la verdad y derramaron su sangre, unida a la de Jesucristo, por confesar públicamente la fe. Las familias de hoy están llamadas a dar testimonio público de su fe, a defender la vida humana desde su concepción hasta la muerte natural, a mantener la institución del matrimonio, tal como lo ha querido Dios desde la creación del mundo.
6. La familia es el primer y más importante camino, que el hombre recorre; camino único e irrepetible, en el cual está inmerso el ser humano.
La familia tiene su origen en el mismo amor con que el Creador abraza toda la creación (cf. Gn 1,1-28). Cuando Dios crea al hombre, inspirándose en el misterio de su ser, dice: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (Gn 1, 26), manifestando de algún modo el «Nosotros» divino, que "constituye el modelo eterno del «nosotros» humano; ante todo, de aquel «nosotros» que está formado por el hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza divina" (Juan Pablo II, Carta a las familias, 6). Por ello, el modelo de la familia es la misma Trinidad.
La Sagrada Familia es también modelo de toda familia cristiana. El Hijo de Dios se hizo hombre en el seno de una familia. Cristo "manifiesta plenamente el hombre al propio hombre" (Gaudium et spes, 22), empezando por nacer y vivir en el seno de una familia.
El misterio divino de la encarnación del Verbo está en estrecha relación con la familia humana: en la encarnación Jesucristo "se ha unido, en cierto modo, con todo hombre" (Gaudium et spes, 22). Por ello, la Iglesia tiene como tarea el servicio al hombre y a la familia: "En este sentido, tanto el hombre como la familia constituyen «el camino de la Iglesia" (Juan Pablo II, Carta a las familias, 2).
7. En la primera carta a los Corintios, que ha sido proclamada, San Pablo presenta los principios fundamentales de la moral cristiana del cuerpo y nos recuerda que el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor (cf. 1 Co 6, 13).
En primer lugar, sostiene que el cristiano es miembro de Cristo: "¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? (cf. 1 Co 6, 15). San Agustín nos dice: "Gracias a que Cristo tuvo un cuerpo, nosotros somos miembros suyos" (San Agustín, Sermón 16.1, 2).
San Pablo incorpora al comportamiento del cristiano el del rescate por parte de Cristo, quien nos ha liberado de la carne y de la ley, como se rescata a un esclavo: "¡Habéis sido bien comprados! No os hagáis esclavos de los hombres" (cf. 1 Co 7,23). Esto significa que el hombre, una vez libre, ya no puede prescindir del Espíritu de Cristo y no se pertenece a sí mismo. El cristiano se esclaviza de nuevo cuando cae bajo el yugo del pecado, del que ha sido rescatado: "Ni hagáis ya de vuestros miembros armas de injusticia al servicio del pecado; sino más bien ofreceos vosotros mismos a Dios como muertos retornados a la vida; y vuestros miembros, como armas de justicia al servicio de Dios" (Rm 6,13). Para Pablo, el hombre reducido a sus propios recursos es un esclavo.
En segundo lugar, el hombre es templo del Espíritu Santo: "¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis?" (1 Co 6, 19). El cuerpo del cristiano está consagrado en virtud de su mismo libre albedrío, con que el hombre colabora con el Espíritu. San Agustín nos recuerda: "Gracias a que el Espíritu de Cristo habita en nosotros, nuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo" (San Agustín, Sermón 16.1, 2).
El tercer principio se fundamenta en la resurrección y en la glorificación, prometidas al cuerpo del hombre: "Dios, con su poder, resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros" (1 Co 6, 14). Profesar la esperanza en la resurrección implica respetar ya desde ahora el cuerpo del hombre y dar gloria a Dios con él ya en este mundo: "Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo" (1 Co 6,20).
8. Las enseñanzas de San Pablo tienen importantes repercusiones en nuestras vidas. Dios creó al hombre como ser sexuado: varón o mujer (cf. Gn 1,27); no existe, genéticamente otra opción. La sexualidad humana entra dentro de la historia de salvación.
La familia está formada por el varón y la mujer, que están abiertos a la vida, de manera natural, para generarla y cuidarla.
La unión con Cristo, realizada por el cristiano en el bautismo y actualizada en los demás sacramentos, es incompatible con cualquier otra unión, que comercialice las relaciones humanas y las degrade.
La unión sexual es tan íntima personal, que compromete de modo integral a las personas. La sexualidad forma parte integrante de la persona humana y no puede tratarse como si fuera algo externo a ella. Todo hombre, según el estado en que se encuentre (soltero, célibe, casado, viudo) debe vivir la sexualidad de manera armónica e integrada.
La visión cristiana de la sexualidad es muy positiva y bella, contrariamente a lo que piensan algunos coetáneos nuestros.
Como ha dicho Juan Pablo II: "La familia es el centro y el corazón de la civilización del amor" (Juan Pablo II, Carta a las familias, 13). Estimadas familias, vivid la "cultura del amor", en contraposición con la actual "cultura de la muerte", en la que la vida y la familia están amenazadas y las personas se tratan como si fueran cosas.
9. El Jubileo de las Familias es una ocasión propicia, para recordarnos los principios cristianos acerca del matrimonio y de la familia, para asumirlos con alegría, para pedir al Señor su fuerza y para dar testimonio gozoso de esta realidad humana, que no puede estar a merced de las modas de cada época, ni sucumbir a una visión de la misma que la degrada. Nuestra sociedad tiene necesidad del testimonio de las familias cristianas, como el mundo romano quedó enriquecido con el testimonio de los santos mártires Justo y Pastor.
El lema de esta Jornada Jubilar reza así: "La familia, transmisora de la fe". Cread, pues, estimadas familias, una ambiente propicio en vuestros hogares, para que se pueda escuchar la voz de Dios; puedan desarrollarse unas relaciones interpersonales, que faciliten el desarrollo integral de la persona; se viva una atmósfera de respeto y amor; se promocione la dignidad de la persona humana; se facilite a los hijos el encuentro personal con Jesucristo, como hemos visto en el Evangelio de hoy (cf. Jn 1,35-42); y se trabaje con denuedo en la educación cristina de los hijos.
¡Que la Virgen María ayude a todas las familias a encontrar su sitio y su misión en el mundo! ¡Que los Santos Niños, Justo y Pastor, intercedan por nosotros, para que demos gozoso testimonio de nuestra fe! Amén.
FIESTA DE SAN JUAN BOSCO EN EL XXV ANIVERSARIO DE LA PRESENCIA DE LOS SALESIANOS EN ALCALÁ
Parroquia de San José. Alcalá de Henares, 29 de enero de 2006
Lecturas: Ez 34,11-12.15-16.23-24.30-31; Flp 4,4-9; Mt 18,1-6.10.
1. Acción de gracias
1. Celebramos esta Eucaristía en la Festividad de San Juan Bosco, fundador de la Sociedad Salesiana. Nos reunimos hoy, en esta querida parroquia de San José, pastoreada por los sacerdotes salesianos, para dar gracias a Dios especialmente por la vida de este gran Santo, pastor y educador de la infancia y de la juventud, que ha dejado a la Iglesia el testimonio de una vida entregada a los demás, según el modelo de Cristo, el Buen Pastor.
Pero a la gratitud a Dios por habernos regalado un santo como Juan Bosco, que ha dado tan buen fruto a la Iglesia, hemos de unir otro hecho que hace que la Fiesta de hoy tenga un sabor especial para toda la familia salesiana de Alcalá de Henares, pues estamos celebrando este año el veinticinco Aniversario de su presencia en esta Ciudad, al servicio de la Iglesia y de la evangelización.
En esta singular ocasión, contemplamos la figura de San Juan Bosco como el alentador y promotor de la labor que los salesianos habéis desarrollado en Alcalá durante este cuarto de siglo y seguís haciendo hoy. Su espíritu de amor a la Iglesia, que le hizo entregarse al cuidado y a la promoción de los jóvenes, ha de alentarnos también hoy para seguir entregándonos sin reservas a la tarea de anunciar el Evangelio, que es la fuerza de Dios, que hace crecer al hombre en todas las dimensiones de la persona.
2. Pastorear al pueblo de Dios
2. El profeta Ezequiel nos ha presentado la figura del buen pastor, el Señor, que cuida de su pueblo Israel: «Porque así dice el Señor, Dios de los ejércitos: Aquí estoy yo; yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él» (Ez 34,11).
El pastor vela por su rebaño, busca a las ovejas perdidas, recoge a las dispersas, cura a las heridas, reconforta a las enfermas, conduce a buenos pastos a las robustas (cf. Ez 34,12.16).
El Señor quiere que nosotros formemos parte de su rebaño: «Vosotras, ovejas mías, sois el rebaño humano que yo apaciento, y yo soy vuestro Dios, oráculo del Señor» (Ez 34,31).
El único y gran Pastor ha sido Jesucristo, el Hijo de David, quien ha apacentado la grey de Dios, ofreciendo su vida por las ovejas (cf. Ez 34,23). Dios quiere cuidar de su rebaño a través de hombres, con sus debilidades y limitaciones; por ello suscita pastores que apacienten en su nombre. En primer lugar, puso a los apóstoles; después, a sus sucesores, los obispos y a sus colaboradores, los presbíteros y los diáconos.
3. La infancia y la juventud se encuentran en una situación de desvalimiento en medio de nuestra sociedad. En el ambiente que les rodea, sin nuestra ayuda, los hijos de nuestras familias cristianas se encuentran expuestos a la manipulación, al abuso y al pillaje de los lobos.
Hay que ayudarles, estimados padres de familia y queridos salesianos, a vivir según los criterios evangélicos, a razonar con la inteligencia, a creer confiadamente en Dios, a ser personas desarrolladas integralmente. Hay que contrarrestar lo que la sociedad profana les enseña, y transmitirles fielmente las enseñanzas de Cristo.
San Juan Bosco ha sido un pastor, puesto por Dios, para cuidar de sus ovejas, al estilo de Jesús. En el Evangelio descubrimos el modo de tratar Jesús a los apóstoles, su pedagogía y su paciencia para con ellos. Juan Bosco supo imitar a Jesús en su pedagogía de respeto a la persona, de amor hacia ella, de animación y desarrollo de lo más noble que el hombre lleva dentro.
4. No podemos permitir que les manipulen las corrientes y modas de nuestra sociedad. Hay que ofrecerles una nuestra formación humana, cultural y religiosa, que les haga crecer como verdaderos hijos de Dios.
Especialmente hay que cuidar la formación afectiva y el aprendizaje del amor, en su verdadero significado, como nos acaba de recordar el Papa Benedicto XVI, en su primera y recentísima encíclica, donde expone el paso del amor-eros al amor-agapé (cf. Dios es amor, 3-6). El amor no es un simple sentimiento, sino que un camino de entrega total de la propia vida a los demás, como respuesta a la llamada de Dios.
Estimados jóvenes, os animo a vivir con serenidad y gozo vuestra afectividad y el crecimiento en el amor, ayudados de vuestros padres y educadores. ¡Seguid las enseñanzas de Cristo y no hagáis caso de las modas pasajeras, que se alejan de los criterios evangélicos!
3. Hacerse como niños
5. Según la narración del Evangelio de hoy, cuando los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron quién era el más importante en el Reino de los Cielos, Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y les dijo: «Si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mt 18,3). De los niños es el Reino de los Cielos, porque de ellos es Cristo y Él está con ellos. El Señor nos explica lo que significa hacerse como niños. No es algo secundario, sino necesario; es una condición indispensable para alcanzar el Reino.
Una primera enseñanza de Jesús es la de ser como los niños y confiar como ellos. No en el sentido de ser ingenuos, inexpertos o de pasar por la vida sin reflexionar. Para Cristo, hacerse como los niños es ser como ellos en el corazón y depositar nuestra confianza en Dios. Para alcanzar el Reino es preciso depositar en Dios nuestra fe y confianza, del mismo modo que lo hace el niño. De los niños podemos aprender contemplando el abandono con que se dejan mecer en los brazos de su madre. Así nos pide también Dios: que nos pongamos confiadamente en sus manos (cf. Sal 131,1-2).
El símil humano de la confianza total en Dios es la apertura del niño ante el amor de sus padres, en los que confía plenamente, pues sabe que de ellos solo recibirá lo mejor para él. Cristo nos invita a hacernos como niños, confiando en Él, como confía un niño en sus padres. Esta actitud la debemos procurar con todas nuestras fuerzas, pidiéndoselo a Dios, para que nos lo conceda.
6. El Señor nos ofrece otra enseñanza en el Evangelio, directamente relacionada con el trabajo del pastor de almas y del educador. Se trata de esta afirmación que hace Jesús: «Quien se humille como un niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos» (Mt 18,4).
Jesús, el Hijo de Dios, se humilló por nosotros, rebajándose por salvar al género humano y vaciándose de sí mismo para hacerse hombre (cf. Flp 6,11). En su vida pública no tuvo inconveniente en acercarse al enfermo para darle la salud, al pobre para enriquecerlo, al paralítico para sanarle, al leproso para curarle, al muerto para devolverle la vida; y a los niños para acariciarles y bendecirles (Mt 19,13-14). Del mismo modo que las olas del mar dejan la arena de la playa suave y tersa como en el primer día del mundo, así Cristo se acerca a nosotros. Porque no ha venido a condenar con orgullo, sino a salvar con humildad.
Los niños, en la mayoría de las culturas, son considerados como personas sin los derechos de los mayores, relegados a un segundo plano hasta que llegar a la edad adulta. Humillarse, como ellos, significa ponerse en el último lugar, ser capaces de asumir una vida de sencillez, aceptar humildemente las propias limitaciones.
7. San Juan Bosco ha sabido imitar al Maestro de los todos los tiempos. Su figura y su vida presentan un estilo semejante, plasmado en su método de enseñanza y de evangelización.
Se ha acercado al joven, necesitado de amor y de Dios, para tenderle su mano, abrirle su corazón y ofrecerle la Buena Nueva, que puede salvarlo y sacarlo del abandono, de la ignorancia y de la miseria. Esta tarea, queridos hermanos salesianos, es la que habéis asumido en estos veinticinco años. Esta es la tarea, que la Iglesia os pide que sigáis haciendo. Para realizar esta tarea hemos de pedir ayuda al Señor, pues requiere un verdadero esfuerzo abajarse ante los más necesitados de nuestra sociedad.
Al realizar esta tarea, el apóstol San Pablo nos pide mantengamos el espíritu juvenil y alegre: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres» (Flp 4,4).
Estimados niños, adolescentes y jóvenes, a invitación del apóstol Pablo, os animo a estar alegres; a ofrecer una gota de frescura y de vida en los ambientes donde vivís: en casa, en el colegio, en la parroquia, en los centros de formación y de ocio, en la calle. ¡Estad siempre alegres en Señor!
4. Al servicio de los jóvenes
8. El Evangelio de hoy nos ofrece otra enseñanza: «El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe» (Mt 18,5). En ellos está el mismo Cristo, que les ama con especial predilección, pues ha enviado a sus ángeles para que cuiden de ellos en la presencia del Padre en los cielos. (cf. Mt 18, 10). Lo que le hagamos a ellos, a Cristo se lo hacemos: "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40).
Esta responsabilidad nos la confía el Señor, y su advertencia es ineludible: "Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños" (Mt 18, 10). Los más importantes son los niños, los pequeños, los débiles, los necesitados. A ellos, precisamente, consagró su vida San Juan Bosco: a los más desvalidos de la sociedad, a los niños, a los adolescentes y jóvenes, que siempre ha sido objeto de manipulación por parte de los mayores y de los poderosos.
9. Si queremos ser verdaderos pastores y educadores para los niños y jóvenes es preciso estar con ellos y llevarles a Dios, como Jesús hizo con los Doce y como hizo San Juan Bosco hizo con los jóvenes: pasar el tiempo con ellos, formarles, estar cerca, conocer su vida y sus problemas, tratarles con paciencia, corregirles con amabilidad.
A los niños y jóvenes, estimados padres cristianos y queridos salesianos, hemos de entregar nuestro tiempo, nuestro esfuerzo, nuestro cariño, para su promoción humana y cristiana. Esto no es –como quizá alguno piensa- "perder" el tiempo, sino entregarlo, para que encuentren a Cristo. Ni un solo vaso de agua, dado a nuestros hermanos más pequeños, quedará sin agradecer en el Reino de Dios (cf. Mt 10, 42).
10. Que María Auxiliadora, Abogada nuestra, nos ayude a poner por obra todo lo visto y aprendido en Cristo, quien es imagen del Dios invisible.
Seamos pastores y educadores cristianos en representación de Jesucristo, a imagen suya y en su nombre.
¡Que el Espíritu Santo imprima en nosotros la huella de Cristo: sus actitudes humanas, sus virtudes, sus rasgos, su carácter, para que sepamos ser para sus ovejas el reflejo de su rostro humano y divino!
¡Que San Juan Bosco, cuya fiesta celebramos hoy, interceda por nosotros para que, como él, sepamos dedicarnos a la educación humana y cristiana de los adolescentes y jóvenes! Amén.
JUBILEO DIOCESANO DE LA VIDA CONSAGRADA
Catedral de Alcalá de Henares, 2 de febrero de 2006
Lecturas: Ml 3,1-4; Sal 23; Hb 2,14-18; Lc 2,22-40.
1. Al inicio de esta celebración, hemos entrado procesionalmente llevando en nuestras manos las luces encendidas. El Apóstol Juan nos recuerda en el Prólogo de su Evangelio que «la Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1,9).
Jesucristo, el Hijo de Dios, ha querido encarnarse para salvar al hombre y convertirlo en hijo adoptivo de Dios. Su presencia entre los hombres es un foco de irradiación y de luz; Cristo, luz del mundo, ha iluminado nuestras vidas. Hemos sido alcanzados por el fulgor de su Luz, por el resplandor de su Verdad, por el fuego de su Amor.
Como miembros de la iglesia particular, que peregrina en Alcalá, venís hoy, estimados religiosos y consagrados, a celebrar el Jubileo diocesano con motivo del 1700 Aniversario del Martirio de los Santos Niños. Venís a encontraros con el Señor, luz de las gentes, porque deseáis quedar iluminados por su resplandor, al igual que el anciano Simeón y la profetisa Ana cuando se encontraron con Jesús en el templo.
2. El Papa Benedicto XVI, en el Discurso al Consejo Pontificio «Cor Unum» sobre el tema de la caridad (Vaticano, 23.I.2006), hizo una singular presentación de su encíclica “Dios es amor”, citando la “Divina Comedia” del poeta italiano Dante.
En la excursión cósmica que narra esta obra, el lector termina ante la Luz perenne que es el mismo Dios: el amor que mueve todas las cosas. “Luz y amor son una sola cosa. Son la potencia primordial creadora que mueve el universo (...). Dios, Luz infinita, cuyo misterio inconmensurable había sido intuido por el filósofo griego (Aristóteles) (...) tiene un rostro humano y -podemos añadir, dice el Papa- un corazón humano”.
En esta visión de Dante se muestra la novedad que sólo el mismo Dios podía revelarnos: “la novedad de un amor que ha llevado a Dios a asumir un rostro humano, es más, a asumir la carne y la sangre, todo el ser humano. El «eros» de Dios no es sólo una fuerza cósmica primordial, es amor que ha creado al hombre y que se inclina ante él, como se inclinó el buen Samaritano ante el hombre herido, víctima de los ladrones, que yacía a la orilla de la carretera que descendía de Jerusalén a Jericó”.
3. A través del rostro humano de Jesús, luz de los hombres, éstos pueden contemplar el rostro de Dios. Ante la petición del apóstol Felipe al Señor para que les mostrara al Padre, Jesús le responde: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre?» (Jn 14,9). Jesús se ha acercado a nosotros para manifestarnos el rostro amoroso de Dios.
Él nos ha permitido conocerle y nos ha manifestado su amor. Sin embargo, son muchas las personas de nuestro tiempo que no conocen al Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo (cf. 1 Pe 1,3); que no lo aceptan, después de haber oído hablar de Él; o incluso lo rechazan, después de haber creído en Él. A todos ellos hemos de acercarnos, con humildad y verdad, para presentarles el rostro humano de Dios y puedan descubrir la presencia iluminadora de Jesús.
4. Pero no seamos pretenciosos, pensando que nuestra sola presencia y nuestro testimonio serán suficientes para que nuestros hermanos, los hombres, acepten a Jesucristo. Se requiere de una parte la unión con el Señor, la contemplación de Dios y la oración por ellos; y de otra parte, es necesaria la expresión del amor hacia ellos en gestos concretos.
El lema de la Jornada Mundial de la Vida Consagrada para este año nos quiere recordar la necesidad de unir la contemplación al amor apostólico: “Los miembros de cualquier Instituto, buscando sólo, y sobre todo, a Dios, deben unir la contemplación, por la que se unen a Él con la mente y con el corazón, al amor apostólico, con el que se han de esforzar por asociarse a la obra de la Redención y por extender el Reino de Dios” (Concilio Vaticano II, Perfectae caritatis, 5).
Estimados consagrados, el Señor os invita hoy a renovar vuestra entrega a Él; a refrescar el amor primero, que os ilusionó en vuestra juventud; a robustecer los lazos de unión y de amor con el Amado; a combinar, equilibrada y serenamente, la oración y la contemplación con la acción apostólica.
5. El Señor nos ha llamado para seguirle y formar parte de sus amigos. Pero esta amistad tiene sus fuertes exigencias: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando» (Jn 15,13-14). Cristo Jesús dio la vida por sus amigos, en un gesto sublime de amor. Los amigos de Jesús saben lo que significa la correspondencia de amor.
El Señor nos ha convertido de siervos en amigos suyos, enseñándonos lo que ha oído a su Padre (cf. Jn 15,15) y nos ha elegido para que demos fruto y que ese fruto permanezca (cf. Jn 15,16).
Nuestro Amigo espera de nosotros fruto abundante de buenas obras; espera una relación profunda de amistad; espera una vivencia íntima de comunión y fraternidad con Él; y espera, al mismo tiempo, una entrega generosa en la acción y una acogida del prójimo al estilo como lo hizo Él.
6. En la encíclica de Benedicto XVI “Dios es amor” los temas “Dios”, “Cristo” y “Amor” se funden, como guía central de la fe cristiana. El «eros» se transforma en «ágape», es decir, en amor por el otro, que ya no se busca a sí mismo sino que se convierte en preocupación por el otro, en donación al otro, en disponibilidad a sacrificarse por el otro, en apertura al otro.
Os invito a una lectura atenta y fructuosa de esta primera encíclica de Benedicto XVI. Con ello expresaréis también vuestro amor filial al Papa, cabeza visible de la Iglesia, a quien el Espíritu Santo ha puesto como sucesor de Pedro.
7. Las personas de especial consagración tenéis una hermosa misión en la sociedad actual: devolverle a la palabra «amor», hoy tan manipulada y deslucida, el brillo de su autenticidad y el esplendor de su verdad. Hay que transformar esa palabra, purificándola y devolviéndole su esplendor originario, para que pueda iluminar nuestra vida y la de nuestros coetáneos.
Cristo, con su entrega y su sacrificio en la cruz, dio una nueva dimensión a la entrega caritativa de los cristianos a favor de los pobres y de los que sufren. El amor por el prójimo es una exigencia del seguimiento de Cristo.
El compromiso cristiano de caridad no se puede confundir con la mera filantropía. Es Dios mismo quien nos empuja a socorrer al necesitado, a aliviar la miseria, a rescatar la dignidad humana perdida; en definitiva se trata de hacer presente el amor de Dios a los hombres, a través de nuestro amor. El amor es la única clave para comprender la vida religiosa y sin amor no se entiende la vida consagrada, decía el domingo pasado el Papa (cf. Angelus, Vaticano, 29.I.2006).
Muchos fundadores de familias religiosas son modelos de entrega evangélica y nos ayudan a considerar la importancia de la vida consagrada como “expresión y escuela de caridad”.
8. Los consagrados tenéis la misión de dar testimonio del Amado, que os ha llamado a vivir estrechamente con Él; de dar testimonio del Amigo, que ha dado la vida por nosotros; de dar testimonio de la Luz, que alumbra a todo hombre.
Estamos celebrando el Año Jubilar diocesano con motivo del 1700 Aniversario del Martirio de los Santos Niños, Justo y Pastor. Ellos supieron corresponder al amor de Jesucristo con la entrega generosa de sus vidas en un acto martirial.
El testimonio de los Santos Niños nos impulsa a ser testigos veraces del Amor de Dios. Su ejemplo nos estimula a presentar ante nuestro mundo paganizado la presencia salvadora de Dios.
9. El Señor nos llama cada día a entregar la vida por Él y por el Evangelio. Nos pide a todos la entrega diaria de nuestro corazón, desgastado en su servicio por amor a Él, que tanto nos ha amado. Nos invita a seguirle, renunciando a nosotros mismos: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lc 9, 23). Hemos de hacer nuestra la respuesta de la Virgen María al ángel Gabriel en Nazaret: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu Palabra» (Lc 1, 38), y convertir nuestra vida en una ofrenda agradable a Dios Padre.
El premio es el ciento por uno en esta vida y después la vida eterna en la gloria junto a Dios: «El que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará» (Mc 8, 35). Esta llamada Dios, dirigida a todos, tiene una especial resonancia para las personas de especial consagración.
Queridos religiosos y consagrados, ¡sed fieles a la llamada que el Señor os dirigió al inicio de vuestra vocación y que se renueva cada día de múltiples formas! ¡Sed fieles cada día correspondiéndole al Amado!
10. Damos gracias a Dios por el don de la vida consagrada en la Iglesia y le pedimos que siga siendo en el mundo “signo elocuente de su amor misericordioso”, como ha dicho el Papa.
Quiero dar las gracias a todos los presentes: sacerdotes concelebrantes, religiosos, religiosas, laicos y laicas consagrados; doy las gracias a todos los miembros de las diferentes familias religiosas por la presencia de vuestro carisma en la Diócesis Complutense. Sois un regalo para la Iglesia y para todos los demás.
Como el anciano Simeón podemos decir que nuestros ojos han visto al Salvador (cf. Lc 2,30). Su luz ha iluminado nuestros corazones y queremos compartir esa misma luz con los gentiles y con los hombres de nuestro tiempo. Queremos llevar a nuestros hermanos esa misma luz, de la que nosotros somos testigos.
Pedimos a María que, con su maternal intercesión, nos ayude a caminar con alegría por el camino del testimonio de la fe y de la entrega generosa en el amor. ¡Que los Santos Niños Justo y Pastor nos ayuden a ser verdaderos testigos de la fe, como ellos lo fueron con su martirio! Amén.
Catedral de Alcalá de Henares, 1 de marzo de 2006
Lecturas: Jl 2, 12-18; Sal 50; 2 Co 5,20 — 6,2; Mt 6, 1-6.16-18.
1. Ahora es tiempo de salvación
1. Inauguramos esta tarde, con la celebración de la Imposición de la Ceniza, el tiempo litúrgico de Cuaresma, que nos llevará, debidamente preparados, a la cumbre de la Pascua, en la que actualizaremos de manera solemne el Misterio de nuestra Salvación, obrado por Jesucristo mediante su Muerte y Resurrección.
Al iniciar la Cuaresma, en este Miércoles de Ceniza, reflexionemos sobre la trascendencia que tiene para nuestra vida: Es un tiempo decisivo y crucial para cada uno de nosotros; es tiempo de convertir nuestro corazón al Señor; es tiempo de salvación gratuita que Dios nos ofrece.
Como nos ha dicho el Papa Benedicto XVI: “El tiempo de Cuaresma no debe afrontarse con espíritu «viejo», como si fuera una obligación pesada y fastidiosa, sino con el espíritu nuevo de quien ha encontrado en Jesús y en su misterio pascual el sentido de la vida, y experimenta ahora que todo debe hacer referencia a El” (Angelus, 26.II.2006).
2. En efecto, nos encontramos hoy ante la puerta que lleva a la Vida (cf. Jn 10,9); ante el ofrecimiento del perdón; ante la liberación de todo pecado y la salvación de todo mal; ante el camino que nos conduce al regazo de nuestro buen Padre Dios; ante la fuente de agua viva (cf. Jn 7,37-38), que mana del costado derecho del Templo, es decir, del Cuerpo del Señor Jesús crucificado y resucitado.
Reconozcamos que nuestra vida está en Él. Cada día celebramos y actualizamos el Misterio de nuestra salvación: «Ahora es tiempo favorable, ahora es tiempo de salvación» (2 Co 6, 2). Al inicio de esta Cuaresma os exhorto encarecidamente con las palabras del Apóstol Pablo: «¡Dejaos reconciliar con Dios!» (2 Co 5, 20). ¡Dejemos que los frutos de su Pasión, Muerte y Resurrección nos llenen de vida! Ahora es tiempo de conversión, de volver la mirada hacia Él, que nos dio la vida, para que cure nuestras heridas y nos salve; para que nos rescate de tantos caminos por los que nos hemos extraviado y nos haga volver al camino de la vida.
3. Ahora bien, para alcanzar esta salvación es preciso creer en Él. Si no creemos que Él es nuestro Salvador ya estamos juzgados y nos perdemos a nosotros mismos (cf. Jn 3, 18). Es preciso confiar en Él y poner nuestra vida en sus manos. Si vivimos así, nuestro Padre Dios, que ve en lo escondido, nos lo agradecerá (cf. Mt 6, 4.6.18).
Pidamos al Señor que nos ayude a alcanzar en este tiempo de Cuaresma una actitud de vida confiada en Dios, para poder decir con el salmista: «Si te tengo a ti en el cielo Señor, ¿qué me importa la tierra?» (Sal 73, 25). Confiemos plenamente en Dios, pues sólo Él puede salvar la vida. No pongamos nuestras ilusiones en los ídolos y seducciones de este mundo, pues aunque alimentan nuestro deseo por un instante, se acaban desvaneciendo y nos dejan vacíos y rotos por dentro.
4. Sólo Dios sacia los anhelos del hombre. Sólo Él es nuestra verdadera patria, nuestra morada definitiva, el Reino de los Cielos al que estamos llamados, el horizonte de plenitud tras el que ya no hay que buscar a otro.
Por eso, volvamos a él, desgarremos ante él nuestro corazón, como nos dice el profeta en la primera lectura (cf. Jl 2, 12-13): «Porque él es clemente y compasivo, lento a la cólera, rico en amor y se ablanda ante la desgracia» (Jl 2, 13).
Dejémosle entrar en nuestra vida, para que obre en nosotros el milagro de la conversión del corazón. Pidámosle a Dios que nos ayude a vivir de verdad, sin llevar una vida de apariencias, sino confiando plenamente en Él.
2. El camino cuaresmal
5. El ser humano es un ser que busca, un peregrino en el mundo, que recorre su vida en busca de un horizonte de plenitud. A lo largo de su vida el hombre recorre numerosos caminos, buscando la respuesta a su condición de ser creado para la eternidad. A través de tantos itinerarios, con subidas penosas de esfuerzo y dolor y con bajadas ligeras de gozo y esperanza, el ser humano experimenta su condición de extranjería: no somos de este mundo, porque nada nos sacia por completo.
La Cuaresma es también peregrinación. Al comenzar este tiempo cuaresmal, cada uno de nosotros, peregrinos en búsqueda constante, nos hallamos en el inicio del único camino, que conduce al destino deseado y permite alcanzar la morada definitiva. Es un camino en continua ascensión, que nos conduce, paso a paso, a la Jerusalén celestial, a la verdadera y definitiva patria, en la que dejaremos por fin de ser peregrinos en tierra extraña.
6. Pero no estamos solos, estimados hermanos, en este camino cuaresmal. Junto a nosotros, en el umbral de la puerta, hay un peregrino que nos está esperando, invitándonos a comenzar el camino con Él: es Cristo, el Buen Pastor (cf. Jn 10,11-16), quien haciéndose hombre ha querido ir a buscar a sus ovejas por todos los caminos del mundo, donde nos hallábamos dispersos y extraviados.
Jesús es el verdadero peregrino, que ha vivido hasta el final la condición de extranjería por amor a nosotros: se ha despojado de su rango, se ha hecho uno de tantos, se ha abajado hasta aceptar una muerte ignominiosa (cf. Flp 2,6-8), para conducirnos de nuevo al verdadero camino de la vida, que no es otro que Él mismo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6).
Su amor le ha llevado a buscarnos y a sacarnos de nuestra miseria, recorriendo caminos inhóspitos y soportando ultrajes. Por eso le vemos hoy ante nosotros agotado, sediento, magullado, andrajoso y casi irreconocible, como nos lo describe el profeta Isaías en sus Cánticos del Siervo de Yahveh (cf. Is 53, 3-7). Pero hay una luz inextinguible en su mirada y una paz serena en su porte, que nos invitan a subir con Él por el sendero angosto y nos convencen a compartir con Él sus sufrimientos y la cruz que lleva sobre sus hombros.
Subamos a Jerusalén acompañando al peregrino de la cruz, porque Él se entrega como víctima de propiciación por cada uno de nosotros y por todos los hombres.
7. Os exhorto pues, queridos hermanos, a que recorramos el camino de la Cuaresma sin temor de acercarnos al Señor con espíritu contrito, con el corazón arrepentido, con verdadero deseo de conversión. Él nos llama al desierto: abramos nuestro corazón a la luz de su verdad, y caminemos con esperanza hacia la cumbre Pascual. Practiquemos la oración, el ayuno y la limosna, como nos ha indicado el Señor en el Evangelio (cf. Mt 6,1-6) y nos recomienda la Iglesia en este tiempo cuaresmal.
“Que nuestra guía y maestra en el camino cuaresmal sea María santísima, quien, cuando Jesús se dirigió con decisión hacia Jerusalén para sufrir la pasión le siguió con fe total” (Benedicto XVI, Angelus, 26.II.2006). Encomendémonos a nuestra Madre, la Virgen María, para que nos mantenga firmes en este propósito y podamos abandonar nuestro pasado de pecado, acogiéndonos a la misericordia infinita de Dios.
Ahora se nos impondrá la ceniza sobre nuestras cabezas en señal de penitencia y el sacerdote nos dirá: “Conviértete y cree en el Evangelio”. ¡Que aprovechemos este camino cuaresmal, para convirtamos de veras al Señor! ¡Que así sea!
Catedral de Alcalá de Henares, 4 de marzo de 2006
Lecturas: Is 58, 9-14; Lc 5,27-32.
1. El Jubileo de los Santos Niños
1. Los miembros de las Cofradías habéis venido hoy a esta Iglesia Catedral de Alcalá para celebrar el Jubileo de los Santos Niños Justo y Pastor, patronos de nuestra Diócesis.
Al conmemorar el 1700 Aniversario de su martirio pedimos al Señor que nos alcance la gracia de seguirle en la vida de fe, como lo supieron hacer los Santos Niños mártires, con una fidelidad fuera de toda duda aún en medio de las pruebas.
La celebración de un Jubileo es siempre ocasión para renovar la fe y avivar el compromiso cristiano. Es un encuentro vivo y eficaz con el Señor Resucitado, presente en su Iglesia, que con su gracia desea infundir en nosotros un impulso, para alentar nuestro deseo de seguirle y rejuvenecer nuestra vida. Es una llamada a la conversión y un empuje hacia la patria del cielo.
2. En este tiempo de Cuaresma, que acabamos de comenzar, el Jubileo de los Santos Niños Justo y Pastor es para nosotros una ocasión propicia para volver de nuevo a la fuente de nuestra salvación: Cristo Jesús, puesto que «Dios no nos ha destinado para la cólera, sino para obtener la salvación por nuestro Señor Jesucristo» (1 Ts 5, 9). Él nos invita hoy a abrirle el corazón, para renovarlo con la fuerza de su Espíritu, y a poner en su presencia nuestra vida, para iluminarla con la luz del Evangelio.
Al comienzo de este tiempo litúrgico cuaresmal, que nos llevará en continua ascensión hasta la celebración de la Semana Santa, deseo exhortaros hoy a todos vosotros, como miembros activos de Cofradías y Hermandades, a vivir con autenticidad la fe cristiana.
Os ayudará a ello la gracia de Dios y un deseo sincero de ser fieles a los distintos fines con que han sido constituidas las Cofradías a las que pertenecéis. En este esfuerzo, que ya realizáis por vivir auténticamente la fe dentro del espíritu de vuestras Asociaciones, contáis también con mi apoyo y mi oración ante el Señor.
2. La llamada del Señor a la conversión
3. Como hemos escuchado en el Evangelio, Mateo el publicano, el “regalado” como su nombre indica, supo reconocer el amor con que le miró el Señor cuando, pasando junto a la mesa de los impuestos, le dijo: «Sígueme» (Lc 5, 27).
Sus paisanos repudiaban a aquel recaudador de impuestos como un impuro. Al recaudar el dinero para los romanos era considerado un traidor a su pueblo y un impío, alejado de Dios; por ello, era rechazado por los suyos, señalado con el dedo y denostado.
Pero Mateo, llamado por Jesús a cambiar de vida, supo responder con amor a la invitación del Maestro. Nadie, hasta ese momento, había mirado a Mateo como lo hizo Jesús, porque Él no juzga con criterios humanos. Su mirada penetrante y profunda, hasta el fondo del corazón del ser humano, no es una mirada condenatoria, sino misericordiosa. Él sabe que no necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal y no ha venido a llamar a conversión a los justos, sino a los pecadores (cf. Lc 5, 31-32).
4. Así, el que era tenido como un traidor a la patria encontró en Jesús una nueva patria; el que estaba perdido para los de su raza fue encontrado por el Señor; el que vivía separado de los suyos encontró un nuevo hermano; el que estaba muerto fue devuelto a la vida; el despreciado por todos se convirtió en “regalo” para los demás.
Mateo, elegido por el mismo Jesucristo como Apóstol suyo y miembro del grupo de los Doce, fue llamado a seguir al Señor, a estar con Él, a predicar su Evangelio; y se convirtió en portador de una misión que ya no era suya, sino confiada por el Señor.
5. Cristo Jesús sigue llamándonos a cada uno de nosotros, para que le sigamos. Es una llamada de amor y de misericordia, ante la que el corazón humano no puede quedar frío e indiferente, si hay en él una mínima experiencia de Cristo. Él sube a la cruz por amor a nosotros y nos invita a acompañarle. Su entrega hasta el extremo reclama nuestra respuesta agradecida y nuestro compromiso de seguirle.
Al contemplar la vocación de Mateo, comprendemos que sólo el Señor llama a vivir verdaderamente con sentido la vida y nos salva con su llamada y su presencia, si sabemos responderle.
El Señor nos mira con dulzura, como miró a Mateo, invitándonos a seguirle. También nosotros debemos hacer como él, que «dejándolo todo, se levantó y le siguió» (Lc 5, 28).
El Señor espera que demos frutos de verdadera conversión; recuerdo que las Cofradías penitenciales tienen un gran compromiso en este sentido. Una conversión que no nace de nuestra iniciativa personal, ni se lleva adelante con las propias fuerzas; sino que parte del amor de Dios y de una respuesta nuestra a la mirada misericordiosa del Señor sobre nosotros. Una conversión que no es fruto de nuestro puro esfuerzo, sino que se sostiene -aún en medio de nuestros tropiezos- por la gracia de Dios, que viene en nuestro auxilio. Mientras tanto, «la paciencia de nuestro Señor juzgadla como salvación» (2 Pe 3, 15).
6. Este es el fruto que puede dar nuestro corazón, si vivimos bien este tiempo de Cuaresma. Os animo a que renovéis el compromiso que contrajisteis con Dios y con la Iglesia el día en que hicisteis vuestra promesa de Hermanos y Cofrades. Vivid vuestra vida cristiana precisamente como verdaderos “Hermanos”: unidos en la fe, que obra por la caridad; moviéndoos cada día por la esperanza que tenemos en Cristo.
Que vuestro compromiso en vuestra Hermandad o Cofradía sea vivo y lo cuidéis cada día en una relación personal de amor a Dios y al prójimo. Trabajad con empeño y sin descanso por hacer de vuestras Cofradías un hogar donde Cristo sea el centro y el Hermano Mayor de todos. Participad con fe y devoción en la liturgia, especialmente en la Eucaristía dominical. En la oración sed asiduos (cf. Rm 12, 12) y dad continuamente gracias a Dios (cf. Ef 5, 20), poniendo en sus manos todas vuestras necesidades.
Animad activamente vuestros encuentros y convivencias, sin esperar a que lo hagan otros; sobrellevaos y perdonaos mutuamente con amor, cuando uno tenga quejas contra otro. Trataos unos a otros con la caridad de Cristo, que es el fundamento de nuestra unidad. Que vuestra convivencia fraterna sea un remanso de paz en el Señor y su Palabra ilumine toda vuestra vida (cf. Col 3, 12-17).
3. El irrenunciable ejercicio de la caridad
7. El Señor nos ha exhortado hoy por boca del profeta Isaías: «Cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía» (Is 58, 10).
Nuestras Hermandades y Cofradías nacieron originariamente con la finalidad de llevar a cabo un compromiso serio en obras de caridad y beneficencia. Resulta insustituible por ningún otro fin ni proyecto el ejercicio de la caridad con aquellos que viven arrancados de su suelo, sin raíces, sin techo y sin comida, o peor aún, sin fe y sin un sentido en sus vidas, que es la peor de las pobrezas humanas.
Os animo a participar activamente en las obras de caridad, que llevan a cabo vuestras Hermandades y en otras más, en las que podéis comprometeros.
8. Aprovechemos este tiempo de Cuaresma para que el Señor nos ayude a avanzar en nuestro compromiso cristiano. Y en este empeño, procuremos ante todo ejercer y vivir la caridad, que es la suma de todas las virtudes. La caridad es el principal fruto de la verdadera conversión.
El amor de caridad hacia el prójimo, que nace del amor a Dios sobre todas las cosas, es una tarea irrenunciable de la Iglesia, a la que el Papa Benedicto XVI no ha dudado en dedicar su primera Carta Encíclica, a la que ha querido titular “Dios es Amor”. En ella nos recuerda a todos que “el amor al prójimo enraizado en el amor a Dios es ante todo una tarea para cada fiel, pero lo es también para toda la comunidad eclesial, y esto en todas sus dimensiones” (N. 20).
El profeta Isaías nos ha recordado que, si compartimos con el necesitado, la sequedad de nuestra alma se convertirá en un huerto regado y nuestra aridez en manantial de agua (cf. Is 58, 11).
4. Agradecimiento y ánimo
9. Todos vosotros, estimados cofrades, os disponéis a celebrar en estos próximos días vuestros cultos y actos procesionales, con tanta dedicación, cariño y trabajo. Tened ánimo en todas las tareas y trabajos que están por delante hasta la Semana Santa.
Por mi parte, deseo agradeceros de corazón el buen servicio que ofrecéis a toda la Iglesia con vuestros actos públicos de culto y vuestras procesiones. El testimonio de fe, que transmitís, es un regalo inestimable para todos los cristianos y, especialmente, para quienes no creen, o conciben la Semana Santa como un simple festejo cultural o vacacional. Por eso, como Obispo vuestro, os doy las gracias en nombre de toda la Diócesis.
Al mismo tiempo os exhorto a que no cejéis en vuestro esfuerzo de celebrar, rezar y procesionar cada vez con una vivencia más profunda, seria y comprometida de la fe. De este modo, Dios podrá sacar mayor fruto de la preciosa labor que lleváis a cabo.
10. Pido a nuestra Madre, la Virgen María, bajo las diversas advocaciones con las que es venerada por las distintas Cofradías, que os ayude para que todo se pueda celebrar felizmente, rindiendo testimonio público de la fe en Cristo en medio de nuestras ciudades.
Pongamos hoy en esta Jornada Jubilar, en manos de nuestros Patronos, los Santos Niños Justo y Pastor, este deseo sincero de conversión y de vivir el amor fraterno. Ellos manifestaron la caridad hasta el extremo, ofreciendo su vida y derramando su sangre y así alcanzaron la gloria.
Al acercarnos hoy, estimados cofrades, a sus santas reliquias, hagamos una oración silenciosa y personal pidiendo por todas estas buenas intenciones. ¡Que ellos intercedan ante Dios, para que podamos hacer vida en nosotros su Palabra! Amén.
FIESTA DE LA “REVERSIÓN DE LAS RELIQUIAS” DE LOS SANTOS NIÑOS A ALCALÁ
Catedral de Alcalá de Henares, 7 de marzo de 2006
Lecturas: Is 55,10-11; Sal 33; Mt 6,7-15
1. La sangre del Testigo fiel fecunda la tierra
1. La primera lectura de este tiempo de Cuaresma nos presenta al profeta Isaías describiendo, de manera poética, la acción de la lluvia y la nieve sobre la tierra: «Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come» (Is 55,10). El profeta usa esta bella imagen para compararla con la Palabra, que sale de la boca de Dios: «Así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo» (Is 55,11).
El Hijo de Dios, Jesucristo, Palabra eterna del Padre, desciende como la lluvia del cielo, para fecundar la tierra y hacerla germinar; para producir frutos de salvación. Esa misma Palabra de Dios, Jesús de Nazaret, tal como lo celebramos en la Cuaresma-Pascua, ha derramado su sangre en la Cruz, empapando la tierra para purificarla.
El derramamiento de sangre del gran Testigo, del único Testigo de Dios, el revelador del Padre, ha limpiado los pecados de la humanidad. La sangre del Testigo fiel y Primogénito de entre los muertos (cf. Ap 1,5) ha lavado la tierra de los pecados y de las abominaciones de los hombres.
2. Unidos a Jesucristo, el Testigo fiel, los Niños Justo y Pastor fueron dos testigos, pequeños en edad y estatura, pero grandes en el testimonio de la fe. La sangre de los Niños Justo y Pastor, unida a la de Cristo, empapó esta tierra Complutense y la hizo germinar en una comunidad cristiana.
Ningún complutense debe ignorar que la actual ciudad de Alcalá debe su origen al martirio de los Santos Niños. En torno a su tumba, que se encuentra en la cripta de nuestra Catedral, se fue construyendo el primer “burgo”, es decir, las primeras casas de Alcalá.
La ciudad romana de Complutum, situada a unos dos kilómetros de aquí en dirección a Madrid, desapareció, cuando el Imperio Romano cayó por sí mismo, debilitado interiormente; el burgo, que construyeron los musulmanes al otro lado del río, también desapareció. Sólo ha permanecido la ciudad de Alcalá de Henares, construida en torno a la tumba de los Santos Niños.
Alcalá debe estar agradecida a los Santos Niños. Hoy damos gracias a Dios por estos dos Pequeños, que han intercedido por todas las generaciones y nos han dejado un hermoso testimonio de la fe.
3. Hoy celebramos la Fiesta de la “Reversión de las reliquias” de los Santos Niños desde Huesca a Alcalá, que tuvo lugar en 1568. En el camino de Guadalajara se levantó un monumento con adornos e inscripciones entre las que destacan unos versos referidos a los Santos Niños. Recordando la imagen de Cristo, que con su sangre empapa la tierra y la fecunda, decían: “Prado alegre y fresca vega / dad flor y fruto también / pues que veis que viene quien / con su propia sangre os riega”.
La sangre de Justo y Pastor ha regado estas tierras complutenses y las ha fecundado, haciendo nuevos cristianos: “Sangre de mártires, semilla de nuevos cristianos”, como dice Tertuliano.
Nos preparamos en esta Cuaresma para celebrar fructuosamente la próxima Pascua. Las aguas bautismales nos lavaron los pecados, por la sangre de Jesús, y nos hicieron testigos del Señor resucitado.
La sangre de los mártires Justo y Pastor, que fecundó nuestra ciudad, nos anima a dar testimonio de la fe en Cristo Jesús. El Señor no nos ha pedido derramar nuestra sangre, al menos por el momento. Pero sí que nos pide que seamos testigos suyos en nuestro tiempo.
2. La oración de Justo y Pastor
4. Según el Evangelio de Mateo, que hemos escuchado, el mismo Jesús nos enseña cómo hemos de orar: «Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados» (Mt 6,7).
Jesús enseñó a sus apóstoles la oración que llamamos “del Señor”, la oración dominical, el Padrenuestro: «Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad en la tierra como en el cielo» (Mt 6, 9-10). Las tres primeras oraciones son de petición y alabanza a Dios: 1) que se haga su Voluntad; 2) que venga su Reino; 3) que su Nombre sea santificado”.
5. Justo y Pastor rezaron muchas veces esta “oración dominical” y la hicieron carne de su propia vida, como demostraron después en el martirio. Dieron gloria y alabanza a Dios recitando salmos, himnos y cánticos inspirados. Los Santos Niños rezaron y fueron capaces de dar testimonio, porque vivieron en una familia cristiana, que desde la más tierna edad les educó en la fe.
Ellos dieron gloria a Dios no sólo rezando, sino también aceptando su voluntad. Habían rezado el “Padrenuestro” muchas veces en su corta vida; pero, al verse un día delante del pretor romano Daciano, volvieron a rezar para sus adentros con mayor fervor: “Señor, hágase tu Voluntad”. No debió ser fácil para estos Niños aceptar este destino. Para aceptar la voluntad de Dios, cuando se está en trance de perder la propia vida, hace falta magnanimidad y grandeza de espíritu; y más aún en unos niños.
6. Sería conveniente reflexionar sobre la oración de los Santos Niños. El orante puede invocar a Dios como “Padre”, porque ha sido hecho hijo de Dios, como dice San Juan: «Pero a todos los que la recibieron (la Palabra) les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre» (Jn 1, 12). Justo y Pastor eran verdaderos hijos de Dios y su vida estaba transida de oración a Dios.
Por el bautismo hemos sido hechos hijos de Dios; y si llamamos a Dios “Padre nuestro” nos exige vivir como hijos suyos, como lo hicieron Justo y Pastor.
Si estamos contentos con “nuestro Padre”, también Él estará contento de nosotros. Los padres soléis pedir para vuestros hijos su felicidad y deseáis que estén contentos con vosotros, para estar también vosotros contentos con ellos. Esto es lo que el buen Dios Padre nos pide también a nosotros.
La oración del “Padrenuestro” es una plegaria común de toda la Iglesia y de toda la humanidad; no decimos “Padre mío”, porque rezamos por todo el pueblo de Dios. Es una plegaria unánime y común. Los hermanos Justo y Pastor rezaron muchas veces juntos, con toda seguridad, esta oración; lo hicieron como hermanos de sangre, como hermanos de fe y miembros de la misma Iglesia. Ellos nos invitan hoy a rezar juntos esta plegaria del “Padrenuestro” y a sentirnos miembros de la misma familia de los hijos de Dios.
3. El traslado de las reliquias de Justo y Pastor a Huesca
7. Con la invasión musulmana, a primeros del siglo VIII, muchas reliquias de santos corrían peligro de desaparecer, pues la presencia del Islam en España no fue siempre tan pacífica ni tan respetuosa con las creencias cristianas, como algunos quieren hacernos creer.
Como prueba de ello existen innumerables imágenes de la Virgen en muchos pueblos de España, entre ellas la Virgen del Val en Alcalá y la Almudena en Madrid, que tuvieron que ser escondidas y fueron encontradas, providencialmente, siglos más tarde. No tendría sentido haberlas escondido, si hubiera habido el respeto debido a estas expresiones de fe cristiana, como cuentan algunos historiadores.
La tradición dice que San Urbez (Urbicio), natural de Burdeos (Francia) y prisionero de los musulmanes junto a su madre, conoció en Galicia la historia del martirio de los Santos Niños y se aclamó a ellos. Una vez liberado, quiso visitar el lugar del martirio y venerar sus reliquias. Llegado a Alcalá se llevó las reliquias al sur de Francia, para evitar su profanación o el robo de las mismas; trasladadas posteriormente a Huesca permanecieron allí durante más de ochocientos años.
Algo similar ocurrió con el “Santo Grial”, venerado en Valencia, que fue traslado a Huesca a raíz de la invasión musulmana y después fue devuelto de nuevo a Valencia.
4. El regreso de las reliquias a Alcalá de Henares
8. Es natural que los hijos de Alcalá desearan que las reliquias volvieran a su lugar de origen. Personas ilustres, vinculadas a esta Ciudad, y los mismos Reyes Católicos, tuvieron interés y pidieron repetidas veces al Obispado de Huesca la devolución las reliquias; pero la respuesta siempre fue negativa.
Finalmente, con la intervención del rey Felipe II ante la máxima autoridad católica, el Papa Pío V, el Obispado de Huesca accedió a devolver parte de las reliquias a Alcalá, cuyo traslado está perfectamente documentado. El Rey ayudó y protegió a los encargados de llevarlo a cabo.
El 19 de enero de 1568 fueron entregadas en Huesca las reliquias a los procuradores de Alcalá, aunque tardaron unos meses en llegar hasta nuestra Ciudad. Los abundantes documentos narran las peripecias del viaje: el sellado y el lacrado de las reliquias, los certificados, la gente que las custodia.
Se conoce el recorrido que hicieron y su paso por pueblos y aldeas: Primero llegan a Zaragoza y Calatayud; después pasan por el Monasterio de Santa María de Huerta, Medinaceli y Sigüenza, donde fueron recibieras con grandes honores; también estuvieron en Hita y en el Monasterio benedictino de Nuestra Señora de Sopetrán, hasta llegar a Guadalajara y Meco.
9. Por fin llegaron a la “Puerta de Guadalajara” en Alcalá, que se llamó a partir de ese momento la “Puerta de los Mártires”. Estaba bien adornada y mostraba la siguiente inscripción: “Al Dios todopoderoso. En otro tiempo Dios consagró a Complutum con la sangre de los mártires Justo y Pastor; ahora, después de casi ochocientos cincuenta años que, ocupada España por los sarracenos, sus cuerpos fueron llevados a Huesca, ahora, el día 7 de marzo de 1568 nos lo devuelve benigno, por la piadosa intervención del católico Felipe II, rey de España, y la solicitud de Pío V, por la divina providencia Pontífice Máximo, y por la religiosa bondad de los oscenses. El senado y el pueblo Complutense conservará por siempre la memoria de este celestial regalo”.
Hoy celebramos la fiesta llamada “Reversión de las reliquias” de los Santos Niños a Alcalá. Hoy es un día de acción de gracias a Dios por este regreso, por esta “reversión de las reliquias”. Hoy conmemoramos la llegada a Alcalá de este regalo tan preciado y celebramos que volvemos a tenerlas entre nosotros.
10. Tener parte de las reliquias de los Santos Niños es un honor para nosotros, queridos hijos complutenses, porque ellos son santos; son nuestros mártires; son los fundadores de nuestra comunidad cristiana.
Pero los Santos Niños nos han dejado otras reliquias aún más preciadas. Voy a enumerar sucintamente tres. En primer lugar, tenemos el “lugar su martirio” y, naturalmente, de su tumba. Aquí realizaron el acto máximo de amor, entregando su vida. Este es el lugar de su martirio, donde ellos dieron testimonio supremo de la fe cristiana.
La segunda reliquia es el “lugar donde ellos vivieron” con fe y amor. Aquí rezaron; aquí celebraron la Eucaristía; este es el lugar de su vida.
La tercera gran reliquia, que podemos considerar aún más preciada es su “intercesión por nosotros”. Gozamos del regalo de la intercesión de los Santos mártires por sus paisanos, por su Ciudad, por los cristianos que vivimos siglos después.
Vamos a implorar la intercesión de los Santos mártires. ¡Que ellos nos ayuden a vivir según la voluntad de Dios, a celebrar la fe y a dar testimonio de ella! Que así sea.
ANIVERSARIO MUERTE DEL PAPA JUAN PABLO II
Catedral de Alcalá de Henares, 2 de abril de 2006
Lecturas: Jr 31,31-34; Hb 5,7-9; Jn 12,20-33.
1. Según el Evangelio de hoy, un grupo de griegos creyentes se acerca al apóstol Felipe para pedirle: «Queremos ver a Jesús» (Jn 12,21). De alguna manera, más o menos cerca, estaban viendo ya a Jesús. Esos griegos representan a todas las nacionalidades y razas, que están llamados a acercarse a Jesús. Por eso nos representan también a nosotros, que, al fin y al cabo, somos extranjeros respecto al pueblo de Israel.
Y esos griegos, que solicitan ver a Jesús, demuestran una gran fe. El término “ver” expresa, en el evangelista Juan, una realidad más profunda; querer “ver a Jesús” quiere decir: querer “conocer más a Jesús”, “creer en Jesús”, “seguir a Jesús”. Esto implica obedecer a Dios; asumir la realidad de la fe y vivir con piedad filial. Decir “queremos ver a Jesús” es lo mismo que decir queremos conocer más a Jesús, queremos andar más cerca de Él, queremos pertenecer al grupo de relación estrecha con Él, queremos seguirle; queremos vivir según el estilo de Jesús.
Esa es también la llamada que el Señor, en esta tarde, nos hace a cada uno de nosotros. El Espíritu nos estimula, nos inspira y nos empuja a decir: Queremos ver a Jesús; queremos ser del círculo de amigos de Jesús; queremos conocerle más y amarle mejor de lo que le amamos; queremos entablar una relación de amistad con Él; queremos creer más profundamente en Él. Eso implica un seguimiento y una obediencia al Padre, a través de Jesús.
¡Que esta tarde nazca en nuestro corazón el deseo, como los griegos mostraron a Felipe, de querer ver a Jesús; de creer en Él; de amarle cada vez más!
2. Se acerca el gran momento de la Pascua y la liturgia nos ofrece las celebraciones solemnes, para que vivamos un poco mejor el seguimiento del Señor. Se nos invita a ponernos ante el Señor y decirle: “Señor ¿qué quieres de mí? ¡Aquí estoy para hacer tu voluntad!”
En la carta a los Hebreos, que hemos escuchado, se nos ha dicho una frase lapidaria y profunda: «Y aun siendo Hijo, aprendió sufriendo a obedecer» (Hb 5, 8). Jesús, el Hijo de Dios, el Sacerdote, el Pontífice, el que hace de puente entre Dios y los hombres, el Mediador, aprendió, sufriendo, a obedecer.
Jesús fue a una escuela especial, diversa de la nuestra, cuyos dos fundamentos eran la “obediencia” y el “sufrimiento”. La escuela de la obediencia es muy difícil; Jesús aprendió en esa escuela a obedecer, planteándose durante toda su vida la pregunta: “Padre, ¿qué quieres que haga? Y su respuesta siempre fue la misma: “Hágase tu voluntad”.
Jesús estaba pendiente de la voluntad del Padre; lo que el Padre quiere, eso hace el Hijo, cumpliendo perfectamente su voluntad: El Padre quiere la salvación del hombre y el Hijo viene a este mundo; el Padre desea que Jesús anuncie el Reino y Jesús lo hace; el Padre quiere que Jesús, su único Hijo, muestre todo su amor a los hombres y Jesús acepta la muerte en cruz. Jesús está pendiente de todo lo que el Padre le pide. Esta es la gran escuela de Jesús: la escuela de la obediencia.
El otro fundamento de la escuela de Jesús es el sufrimiento. Jesús aprendió, sufriendo, a obedecer. Jesús ha aprendido en esta doble escuela de la obediencia y del sufrimiento. A través del sufrimiento y de la cruz, llega la glorificación.
3. ¡Cuántas veces nosotros hemos dicho, como los griegos, “queremos ver a Jesús, queremos seguir a Jesús”! Pero, en realidad, no hemos estado bien dispuestos a ejercitarnos en su escuela. El seguimiento de Jesús es la escuela que remite a la obediencia al Padre y la escuela del sufrimiento. No se trata del sufrimiento por el sufrimiento, sino de la oblación de la propia vida hasta la muerte.
El Evangelio nos ha recordado: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna» (Jn 12, 24-25). Si el grano de trigo no muere, no produce fruto; pero si se pudre debajo de la tierra, si muere y si desaparece como grano, se convierte en una espiga preciosa con muchos granos.
La muerte de Cristo es una muerte que da vida; la muerte de Cristo es salvífica y fecunda; no es una muerte estéril y árida. La muerte de Cristo está repleta de vida y, con su Resurrección, nos llega a nosotros la salvación.
La semana próxima empezaremos a preparar de forma inmediata la Semana Santa: celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Seguir a Jesús y entrar en su escuela no es solamente celebrar la Pasión y Muerte del Señor; implica estar dispuestos a morir por Él.
4. En la celebración de hoy tenemos un recuerdo especial porque, precisamente hoy hace un año, salió de este mundo a la casa del Padre nuestro querido y gran Papa Juan Pablo II, que aprendió y vivió en la escuela de Jesús. Este Papa ha vivido la obediencia a Dios, realizando lo que la voluntad del Señor le pedía; y ha experimentado la escuela del sufrimiento.
Los que hemos tenido el regalo de poder estar con él y trabajar a su lado, durante varios años, hemos podido contemplar su entrega total a Dios, a la Iglesia, a los creyentes, a los no creyentes y a todo el mundo.
Voy a contaros una anécdota: En un viaje a Uganda (África), al terminar una reunión que tuvimos con el Papa, se habló del viaje que tenía que hacer al día siguiente a Sudán, país con una mayoría de población no católica y en una difícil situación, llena dificultades y tensión a causa de su visita. Ese mismo día, alguien hizo unos disparos contra la plataforma, preparada para proclamar su discurso en Sudán, indicando que podía disparar contra el Papa, al que habían amenazado de muerte. Un obispo africano le dijo al Papa: “Santo Padre, ya sabe lo que ha pasado hoy en Sudán; mañana pueden matarle ¿va a ir a allí?” Y el Papa, con gran paz y aplomo, se le quedó mirando y le dijo: “Estamos en las manos de Dios. Mañana voy a Sudán, pase lo que pase”. Gracias a Dios, no pasó nada; pero pudo haber sucedido lo peor. ¡Que gran confianza en Dios tenía el Papa! También su deseo era hacer su voluntad y pasar por la muerte, si fuera necesario.
5. Pocos meses antes de morir Juan Pablo II, estuvimos un grupo de Obispos españoles haciendo la Visita “Ad Limina” en Roma, cita obligada para todos los Obispos del mundo con el Santo Padre. En la entrevista personal que mantuve con él lo encontré mal de salud: tenía dificultad en respirar. Para ahorrarle esfuerzo empecé a hablarle sobre algunas cosas.
A pesar de que apenas podía hablar, mirándome fijamente a los ojos y haciendo una respiración profunda, me hizo una pregunta: “¿Cómo está la Diócesis de Alcalá? Después de mi respuesta, hizo el mismo proceso para cada una de las preguntas, que fueron sucediéndose y a las que fui respondiendo una por una: ¿Cómo va la praxis cristiana y la religiosidad? ¿Cómo están las vocaciones a la vida consagrada en Alcalá?
Cuando salí de la entrevista pensé: “Este hombre, en el estado en que se encuentra, se está interesando por cada una de las Diócesis del mundo. Se ha interesado por mí y por la situación de nuestra Diócesis”. Cualquiera de nosotros sólo pensaríamos en estar tranquilos y en que nos cuidaran; sin embargo él, olvidándose de sí mismo, estaba interesándose por los demás, por sus hermanos, por sus ovejas.
Para mí fue una experiencia muy profunda. Llevo esa imagen grabada y la tengo presente en mi mente y en mi corazón: su estado de casi postración, su falta de fuerzas, su cansancio. Y, sin embargo, se interesaba por nosotros, preguntándome por Alcalá, por nuestra Diócesis, por nuestro Seminario, por las vocaciones...
6. El Papa Juan Pablo II había asistido a la escuela de la obediencia y a la escuela del sufrimiento, como el Señor.
Merece todo nuestro cariño y nuestra oración por él. Le pedimos al Señor que le tenga en su gloria; que lo haya llevado a la casa del Padre, como él pidió momentos antes de morir: “Dejadme partir hacia la Casa del Padre”, expresando el deseo de ir a reunirse con el Señor y manifestando que había cumplido lo que Dios le había encomendado.
Pedimos al Señor que lo acoja en su seno. Hagamos una oración por él y una gran acción de gracias a Dios por este gran Papa, que nos ha regalado a la Iglesia y al mundo, en estos últimos veintisiete años. Él, desde el cielo, intercederá por todos nosotros.
Aprendamos en la escuela de Jesús: La escuela de la obediencia y la escuela del sufrimiento: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12, 24). Amén.
COLACIÓN DE MINISTERIOS DE LECTOR Y ACÓLITO
Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares, 6 de abril de 2006
Lecturas: Ez 37,21-28; 1 Co 2,1-5; Jn 11,45-57.
1. Una alianza renovada entre Dios y el pueblo de Israel
1. Los profetas del pueblo de Israel anunciaron repetidas veces que la conducta rebelde contra Dios, haciendo «el mal a los ojos de Yahveh» (2 Re 24,19), le acarrearía guerras, males, el exilio y la dispersión (cf. 2 Re 24). El pueblo, de hecho, vivió desterrado en Babilonia.
El Señor, sin embargo, quiso congregar a todos los hijos del pueblo de Israel: «Voy a recoger a los israelitas por las naciones adonde marcharon, voy a congregarlos de todas partes y los voy a repatriar» (Ez 37,21).
Dios creó un nuevo pueblo de Israel, formado por todas las naciones de la tierra: «Los haré un solo pueblo en su país, en los montes de Israel, y uno solo reinará sobre todos ellos. No volverán a formar dos naciones, ni volverán a estar divididos en dos reinos» (Ez 37,22).