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Plaza de Palacio, 1 bis |
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Obispo Diócesis Seminario Parroquias Delegaciones Enlaces Catedral-Magistral |
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HOMILÍAS EN EL AÑO 2005
DICIEMBRE
Día 25. Eucaristía del Día de Navidad. Catedral-Magistral
Día 18. Nuestra Señora de la Esperanza. Monasterio de Clarisas. Alcalá de Henares
Día 15. I Centenario de las Clarisas de San Diego. Monasterio de Clarisas – Alcalá de Henares
Día 8. Solemnidad de la Inmaculada Concepción. Catedral-Magistral
NOVIEMBRE
Día 13. San Diego de Alcalá. Catedral-Magistral de Alcalá de Henares
Día 12. XXV Aniversario de la presencia de los Salesianos en Alcalá. Catedral de Alcalá
Día 5. Jubileo Diocesano de los Catequistas. Catedral-Magistral de Alcalá de Henares
OCTUBRE
Día 17: ORDENACIÓN DE DIÁCONOS. Catedral de Alcalá de Henares
Día 16: JUBILEO DIOCESANO DE LOS JÓVENES. Catedral de Alcalá de Henares
Día 15: 450 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA. Parroquia de Santo Tomás de Villanueva de Alcalá de Henares
Día 14: MATRIMONIO DE PABLO RICO Y CARMEN PIÑAR. Catedral de Alcalá de Henares
Día 13: FIESTA DE LA DEDICACIÓN DE LA CATEDRAL. Catedral de Alcalá de Henares.
SEPTIEMBRE
Día 18: FIESTA DE LA VIRGEN DEL VAL. Ermita de la Virgen del Val - Alcalá de Henares
AGOSTO
Día 14:
INICIO DE LA PEREGRINACIÓN DE LOS JÓVENES A LA JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD EN COLONIA. Catedral de Alcalá de HenaresDía 6: APERTURA DEL AÑO JUBILAR DE LOS SANTOS NIÑOS JUSTO Y PASTOR. Catedral de Alcalá de Henares.
JULIO
Día 9: CELEBRACIÓN EN HONOR DE LA VIRGEN DE LOS REYES. Isla de Hierro - Canarias.
JUNIO
MAYO
Día 29: SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI. Catedral de Alcalá de Henares.
Día 21: ORDENACIÓN DE PRESBÍTEROS. Catedral de Alcalá de Henares
Día 19: FESTIVIDAD DE JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE. Parroquia de Meco
Día 15: FIESTA DE NTRA. SRA. DE LOS ÁNGELES. Getafe
ABRIL
Día 5: MISA DE DIFUNTOS POR EL PONTÍFICE JUAN PABLO II. Catedral de Alcalá de Henares
MARZO
Día 27: DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN. Catedral de Alcalá de Henares.
Día 25: CELEBRACIÓN DE LA PASIÓN DEL SEÑOR DEL VIERNES SANTO. Catedral de Alcalá de Henares
Día 24: MISA “IN COENA DOMINI” DEL JUEVES SANTO. Catedral de Alcalá de Henares.
Día 23: MISA CRISMAL. Catedral de Alcalá de Henares
Semana Santa. Saludo del Sr. Obispo
Domingo de Ramos. Santa Iglesia Catedral de Alcalá de Henares.Día 19: COLACIÓN DE ACÓLITOS Y LECTORES. Capilla del Palacio Epsicopal de Alcalá de Henares.
CELEBRACIÓN DEL MATRIMONIO DE MERCEDES HERMOSO Y ESTEBAN RUIZ. Parroquia de San Juan Evangelista. Torrejón de ArdozDía 11: ANIVERSARIO DE LOS ATENTADOS DEL 11-M. Santa Iglesia Catedral de Alcalá de Henares.
Día 6: VISITA PASTORAL. Parroquia de Santa Mónica en Rivas Vaciamadrid
Día 5: 50 ANIVERSARIO DE LA HERMANDAD DE JESÚS DE MEDINACELI. Santa Iglesia Catedral de Alcalá de Henares.
FEBRERO
Día 9: MIÉRCOLES DE CENIZA. Santa Iglesia Catedral de Alcalá de Henares.
Día 2: JORNADA DE LA VIDA CONSAGRADA. Fiesta de la Presentación del Señor. Santa Iglesia Catedral de Alcalá de Henares.
ENERO
Día 22: CELEBRACIÓN DE LA PALABRA. “ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS”. Santa Iglesia Catedral de Alcalá de Henares.
Día 16: ACTO DE APERTURA DE LA VISITA PASTORAL AL ARCIPRESTAZGO DE ARGANDA. Parroquia de San Juan Bautista de Arganda del Rey.
BODAS DE ORO DE LA PROFESIÓN RELIGIOSA DE LA
RVDA. M. ESPERANZA
Monasterio de Carmelitas Descalzas de la Purísima Concepción, Alcalá de Henares, 23 de enero de 2005
Domingo III del Tiempo Ordinario. Lecturas: Is 8,23—9,3; 1 Co 1,10-13.17; Mt 4,12-23.
1. El Reino de Dios anunciado a los pobres
1. Estimados hermanos, en este tercer domingo del Tiempo Ordinario comenzamos la lectura del Evangelio según san Mateo, que se prolongará a lo largo de todo este Año Litúrgico.
El evangelista nos presenta el inicio del ministerio mesiánico de Jesús en Galilea, cuyos moradores eran considerados por los judíos unos paganos, poco cumplidores de la ley, no muy respetuosos con las tradiciones farisaicas y relajados en su vida de fe. Eran incluso despreciados por su bajo nivel cultural y por su forma de hablar, un tanto torpe y ruda, conocida de todos. Los mismos doctores de la ley pensaban, como recoge san Juan en su Evangelio, que «de Galilea no salen profetas» (Jn 7, 52).
2. Sin embargo, estaba profetizado que, precisamente en Galilea, aparecería el Mesías. Allí comenzó Jesús su misión y rubricó su ministerio público con signos y milagros (cf. Jn 2,11), sobre todo entre los pobres y despreciados, entre aquellos que estaban considerados como impíos, habitantes de una tierra de la que nada bueno podía salir (cf. Jn 1,46), dando cumplimiento a las palabras del profeta Isaías: «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte una luz les brilló» (Mt 4, 15-16). Jesús de Nazaret, el galileo, ungido con el Espíritu Santo y con poder, «pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10,38).
3. Desde el principio de su ministerio, Jesús deja claro que no viene a salvar sólo a unos pocos escogidos, sino que predica un Reino de Dios, en el que no cuenta la posición social y al que se entra por la puerta de la sencillez y la humildad. Un Reino que es para los “pobres”, entendiendo por “pobre” no el que carece de bienes materiales y riquezas de este mundo, sino el que lo espera todo de Dios. Jesús se refiere a una “pobreza de espíritu”, a una actitud de total abandono en Dios.
Los cristianos somos “pobres de espíritu”, que lo esperamos todo de Dios; vosotras, queridas monjas, habéis puesto toda vuestra vida en manos de Dios. Hoy, en el seno de esta comunidad religiosa de Madres Carmelitas del Monasterio de la Purísima Concepción, celebramos con alegría una señalada efeméride: las Bodas de oro de la profesión religiosa de la R.M. Esperanza, Priora de esta comunidad; es decir, cincuenta años vividos en actitud de “pobreza de espíritu”, porque se espera todo de las manos de Dios. ¡Demos gracias a Dios por su inmensa bondad y por el amor infinito que nos tiene!
2. La llamada a la conversión es llamada a la santidad
4. Al Reino de los cielos, que está abierto a todos, sólo se puede entrar por la puerta estrecha de la confianza absoluta en Dios. Los que ponen su confianza en los ídolos de este mundo (la riqueza, el poder, el placer, el orgullo) no podrán ingresar en él, si no se convierten radicalmente al Señor. En el evangelio de hoy se nos decía: «Desde entonces empezó Jesús a predicar diciendo: Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos» (Mt 4,17).
El Señor nos sigue llamando hoy a todos a esta conversión: a seguirle y servirle con total radicalidad; a dejar entrar a su Espíritu hasta lo más hondo de nuestra alma, para que nos purifique y transforme nuestro corazón de piedra en un corazón de carne (cf. Ez 11,19); a escuchar con docilidad su Palabra y a cumplir su santa voluntad.
5. Cuando Jesús predica el Reino y nos llama a la conversión, nos está invitando a todos a ser santos, que es la vocación radical de todo cristiano. El santo es el que, ayudado por la gracia divina, hace la voluntad de Dios; el que ha convertido –ha dirigido, ha vuelto- su corazón, su libertad, su entendimiento y su voluntad a “sólo Dios”. El santo es “pobre de espíritu” ante Dios, porque confía sólo en Él. El santo ha dirigido su corazón a Dios, despegándolo de las cosas que lo ataban.
Querida Madre Esperanza, vuestros cincuenta años de vida consagrada al Señor son para todos nosotros testimonio palpable de la llamada de Jesús a seguirle con radical entrega, poniendo a su disposición toda nuestra vida y orientando siempre nuestro corazón hacia Él. El Señor llamó en Galilea a sus discípulos (cf. Mt 4,18-22) y hoy nos llama a nosotros; a cada uno según la misión y el carisma propio: a los laicos para transformar el mundo según Dios (cf. Lumen gentium, 31); a los sacerdotes, para representar a Jesucristo; y a vosotras, queridas hermanas, para vivir la oblación total y que nos digáis a todos que “sólo Dios basta”; todo lo demás sobra. El Señor Jesús nos invita a convertirnos cada día; nos anima a dejar todo lo que nos aparta de Él y a poner nuestro corazón en sus manos.
6. Hoy, querida M. Esperanza, puedes traer a la memoria los primeros momentos y circunstancias en los que se forjó tu vocación monástica y agradecer la fidelidad y la misericordia de Dios, que tuvo a bien elegirte como su esposa. Todos nosotros nos unimos a esta acción de gracias. Hoy puedes volver a escuchar, de parte de Dios, la llamada que te dirigió aquél día en que pasó junto a ti, y fijando en ti sus ojos te amó y te eligió, como lo hizo con los primeros discípulos, en la orilla del lago de Galilea (cf. Mt 4,18). Hoy el Señor te invita a seguir siendo fiel a aquél amor primero; a renovarlo, a gozarte en él, a volver a ofrecérselo con ilusión. En una palabra, el Señor te invita a seguir aceptando su amor fiel, que siempre cumple sus promesas, y a corresponderle en amor y en fidelidad, por tu parte.
7. Esto vale para todos nosotros, pues a todos nos ama el Señor con amor de predilección, y a todos nos pide también que vivamos santamente. Nos llama a convertirnos de corazón para poder seguirle con radicalidad evangélica y sin mirar atrás y sin contemplarnos tampoco a nosotros mismos.
La vida que gozamos es regalo de Dios; la vocación que recibimos es regalo de Dios; los éxitos en la vida espiritual son regalo de Dios; los pretendidos méritos, que creamos tener, son regalo de Dios. Ni siquiera hemos de quedar abrumados por el peso de nuestros propios pecados, porque Jesucristo ha redimido el pecado del mundo y nos ha ofrecido el perdón. Nuestros egoísmos y fracasos han sido limpiados con su sangre. Aunque tengamos caídas y debilidades, Él es siempre fiel y no nos abandona en el camino. Él sabe a quiénes ha elegido.
Santa Teresa de Jesús, repasando su vida, es consciente de la paciencia que el Señor ha tenido con ella, de sus debilidades, de sus distracciones, de sus distancias de amor al Señor, de sus arideces interiores; pero no por eso desfallece y deja de abandonarse en el Señor.
8. Dios es quien opera la salvación en nosotros y quien nos mantiene en nuestra vocación: la perseverancia en su seguimiento, sean los años que sean (cinco, diez o cincuenta), hasta el momento de la muerte, se debe a la gracia divina, no a nuestras propias fuerzas ni capacidades humanas.
Madre Esperanza, hoy te invita el Señor a que reconozcas, con alegría y humildad, su obra en ti. Su gracia ha triunfado en tu vida y la ha convertido en historia de salvación y de amor personal contigo. El Señor ha derramado su amor misericordioso sobre ti y sobre los miembros de tu comunidad, que comparten contigo la entrega diaria de su vida al Señor; también derrocha su amor sobre cuantos están encomendados a vuestras oraciones, desde el silencio oblativo y monástico, por la salvación de las almas.
4. Respuesta en fidelidad a la propia vocación y carisma
9. Con ocasión de esta celebración, hoy te invita el Señor, a ti Madre Esperanza, y a toda esta comunidad monástica, a permanecer fiel al carisma con que Dios os ha enriquecido y bendecido.
Os invita a responder al don de Dios, con fidelidad y con un verdadero deseo de alcanzar la santidad, sabiendo que Él es misericordioso con nosotros y viene en ayuda de nuestras flaquezas.
Con vuestra consagración encarnáis la vocación y la misión de la Iglesia: “La vida consagrada –ha dicho el Papa- está en el corazón mismo de la Iglesia como elemento decisivo para su misión, ya que indica la naturaleza íntima de la vocación cristiana y la aspiración de toda la Iglesia Esposa hacia la unión con el único Esposo... es un don precioso y necesario también para el presente y el futuro del Pueblo de Dios, porque pertenece íntimamente a su vida, a su santidad y a su misión”(Juan Pablo II, Vita consecrata, 3).
Respecto a esta unión con Dios, me alegra ver que la cita de Santa Teresa, que Madre Esperanza ha puesto en el recordatorio de sus Cincuenta años de consagración, dice así: “Oh Señor mío y Misericordia mía y Bien mío! ¿Qué mayor bien quiero yo en esta vida que estar tan junto a Vos?
10. El carmelo es un jardín fortificado, que propicia la unión íntima con Dios: “La clausura evoca aquella celda del corazón en la que cada uno está llamado a vivir la unión con el Señor. Acogida como don y elegida como libre respuesta de amor, la clausura es el lugar de la comunión espiritual con Dios y con los hermanos y hermanas” (Juan Pablo II, Vita consecrata, 59).
Deseo, queridas hijas, expresaros mi reconocimiento, a la vez que os aliento a seguir manteniéndoos fieles a la vida claustral, según vuestro propio carisma carmelitano. ¡Que el Señor os siga bendiciendo con gozosas vocaciones, atraídas por la radicalidad de una entrega esponsal a Dios, en la contemplación! En la fidelidad a la inspiración de los fundadores de la Orden Carmelita, descubriréis con alegría y viviréis con fervor los elementos esenciales de la vida consagrada.
5. Oración por la unidad de todos los cristianos
11. La Palabra de Dios, que hemos escuchado, nos permite hacer en esta Eucaristía una breve referencia al “Octavario de Oración por la Unidad de los Cristianos”, que la Iglesia universal celebra en esta semana.
San Pablo exhorta a los Corintios a que abandonen toda división y se unan sólo en el nombre de Cristo: «Os ruego, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que os pongáis de acuerdo para que no haya divisiones entre vosotros, sino que conservéis la armonía en el pensar y en el sentir... Me refiero a eso que unos y otros andáis diciendo: ‘Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Pedro, yo de Cristo’. Pero, ¿es que está dividido Cristo?» (I Co 10, 13).
Es de todos conocida la dolorosa herida, que se mantiene abierta entre los creyentes en Cristo, divididos en diferentes confesiones y separadas de la Iglesia Católica. La búsqueda de la unidad es una tarea insoslayable, por parte de todos los cristianos, de una u otra confesión. Es Cristo mismo quien nos lo pide. ¡Convertíos!, hemos escuchado en el Evangelio. En la oración sacerdotal al Padre, Jesús oraba así: «Que todos sean uno, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,21).
¡Elevemos, pues, hoy nuestra oración a Dios, en favor de la unidad de todos los cristianos! ¡Pidamos al Señor una conversión real y sincera de nuestros corazones, a la llamada de Cristo, para formar un solo Cuerpo, la Iglesia!
12. El Cincuenta Aniversario de la profesión religiosa de la Madre Esperanza es motivo de felicitación y acción de gracias a Dios para toda esta comunidad monástica y para todos los que, de algún modo, participamos de los frutos de vuestra entregada al Señor.
¡Felicidades a todos! En especial, felicidades y enhorabuena a ti, Madre Esperanza, por obtener el regalo de Dios de poder disfrutar de las Bodas de oro de tu consagración fiel y amorosa al Señor. ¡Felicidades a toda la comunidad!
Pido a nuestra Madre, la Virgen María, que te siga ayudando y nos ayude a todos a seguir al Señor convirtiéndonos de corazón, consagrándonos a Él en santidad. María “es ejemplo sublime de perfecta consagración, por su pertenencia plena y entrega total a Dios. Elegida por el Señor, que quiso realizar en ella el misterio de la Encarnación, recuerda a los consagrados la primacía de la iniciativa de Dios. Al mismo tiempo, habiendo dado su consentimiento a la Palabra divina, que se hizo carne en ella, María aparece como modelo de acogida de la gracia por parte de la criatura humana”( Juan Pablo II, Vita consecrata, 28).
¡Que Ella nos enseñe a todos a amar fielmente al Señor, consagrándole toda nuestra vida, respondiendo con prontitud a su llamada y viviendo con gratitud su amor! Amén.
CELEBRACIÓN ECUMÉNICA DE
“ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS”
Catedral de Alcalá de Henares, 22 de enero de 2005
“Cristo, fundamento único de la Iglesia”
Lecturas: Is 44,1-8; Ap 4,1-11; Mc 9,32-35.
1. En este año, el lema del “Octavario de Oración por la Unidad de los Cristianos” es: “Cristo, fundamento único de la Iglesia”. Los textos que hemos escuchado de la palabra de Dios, y que han sido comentados anteriormente, nos proponen la reflexión sobre Cristo como fundamento único de la Iglesia y centro hacia el cual han de tender todas las miradas de los cristianos, para unificar esfuerzos a favor de la unidad.
Comentando el texto de Isaías (44,1-8), nuestro hermano Raúl, pastor de la Iglesia Evangélico-Bautista, nos ha dicho que el Espíritu del Señor es capaz de convertir una tierra árida y seca en una tierra llena de vida y fértil, con abundantes raudales de agua. Ese Espíritu es el Espíritu de Jesús, que Él nos envía y nos convoca para profesar la misma fe. Ese Espíritu es el que el Señor nos concedió, para que pudiéramos seguirle a Él y adorar a Dios Padre «en Espíritu y en Verdad» (Jn 4,23). Cristo es el único salvador de la humanidad y el fundamento único de nuestra fe.
2. Nuestro hermano Rogelio, de la Iglesia Ortodoxo-Griega, nos ha comentado el texto del Evangelio de Marcos (9,32-35), centrándose en el tema del servicio. Jesús es fundamento, porque él comienza a servir y a darnos ejemplo. Él es quien nos une a todos con la entrega de su vida y con su sacrificio oblativo total en la cruz. Éste es el mayor servicio que hace a la humanidad. Por eso, nuestra fe se funda en la entrega de Jesucristo y en su Resurrección.
3. Cristo es el fundamento único de la Iglesia, porque la ha instituido. Él es la Cabeza de la Iglesia. Y no cabe otra Iglesia, que no esté fundada por Jesucristo. El texto del Apocalipsis, que hemos escuchado, propone a nuestra consideración la imagen del Ser viviente, el Cordero de Dios, que es capaz de abrir los siete sellos del gran Libro (cf. Ap 5,1-5); el Cordero de Dios, que es alabado por los veinticuatro ancianos (cf. Ap 4,10-11), en esa visión apocalíptica. El Cordero está al centro de esa alabanza cósmica: todo el mundo alaba al Cordero (cf. Ap 4,8-10); todo el mundo se postra ante Jesucristo glorificado. Por ello es Cristo el fundamento de nuestra fe, de nuestra vida y de la única Iglesia, que Él ha fundado.
4. Pedimos esta tarde a Dios la unidad entre los creyentes en su Hijo Jesucristo; pedimos la unidad entre los cristianos. El lema de este año “Cristo, fundamento único de la Iglesia” nos anima a construir nuestra vida, nuestra fe y nuestro testimonio en Jesucristo. La Comisión encargada de proponer el lema se basó en el texto de la primera carta de san Pablo a los Corintios (3,10-15). Es una imagen preciosa.
San Pablo, gran creyente y evangelizador, les dice a los cristianos de Corinto que deben construir sobre el fundamento, Jesús: «¡Mire cada cual cómo construye! Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo» (1 Co 3,10-11). También nos lo dice hoy a nosotros: a los cristianos de Alcalá, de Madrid, de España, de Europa, del mundo entero.
5. La obra de cada cual quedará al descubierto: «Si uno construye sobre este cimiento con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, paja, la obra de cada cual quedará al descubierto; la manifestará el Día, que ha de revelarse por el fuego. Y la calidad de la obra de cada cual, la probará el fuego» (1 Co 3,12-13). Al igual que en el libro de Isaías se nos ha hablado del agua como fuerza de Dios, el fuego es también una expresión de esa misma fuerza; es expresión del Espíritu Santo.
Cristo es el fundamento de la Iglesia, de nuestra fe, de nuestras vidas. Si lo que construimos sobre este fundamento es de calidad: oro, plata, piedras preciosas... quedará aquilatado y se mantendrá. El oro, al ser pasado por fuego, queda purificado y aquilatado. Es decir, si construimos obras buenas de amor a Dios y al prójimo, se mantendrán en el día del juicio.
6. Pero si construimos con materiales fungibles y perecederos (madera, heno o paja) el fuego los quemará y desaparecerán. No podemos, por tanto, construir fuera de Jesucristo. Las plantas -de las que nos hablaba antes el hermano Raúl- no pueden ponerse fuera del campo regado por el Espíritu: se mueren. El lema de este año nos invita a que construyamos la Iglesia sobre el fundamento de Jesucristo; a que recompongamos la unidad entre los cristianos.
Desde Jesucristo, piedra angular, mire cada cual cómo construye y qué pone en esa construcción. Al final de los tiempos, en el juicio final, el Señor nos pedirá cuentas de cómo hemos construido. Si lo hemos hecho sobre Jesucristo, para la unidad, o sobre otros falsos fundamentos: nuestro propio pensamiento, nuestros deseos, nuestras visiones, nuestras interpretaciones, nuestra forma de ver la Iglesia, pero no sobre Jesucristo.
7. Le pedimos al Señor, en esta celebración, que nos conceda la unidad de los cristianos; que construyamos todos sobre el único fundamento de Jesucristo; que nos acerquemos a Él, para estar más unidos entre nosotros. ¡Que Dios nos conceda este regalo, que todos deseamos, y que el Espíritu Santo venga en ayuda de nuestra debilidad! Amén.
ACTO DE APERTURA DE LA
VISITA PASTORAL
AL ARCIPRESTAZGO DE ARGANDA
Parroquia de San Juan Bautista, Arganda del Rey. 16 de enero de 2005
Lecturas: Is 49,3.5-6; 1 Co 1,1-3; Jn 1,29-34.
1. Estimados hermanos, hoy damos comienzo, con este solemne acto de Apertura, a la Visita pastoral al Arciprestazgo de Arganda. Quiero, con estas primeras palabras, daros no sólo una bienvenida, sino un abrazo paternal a todos, como obispo y pastor vuestro, puesto por Jesucristo.
El Domingo segundo del Tiempo ordinario, en el que nos encontramos litúrgicamente, nos ha ofrecido una reflexión a los cristianos, sobre lo que nos pide Dios a cada uno de nosotros. En síntesis, me gustaría esbozar dos puntos: uno, referido a la acción del cristiano hacia fuera, de cara a la sociedad, de cara al mundo en que vivimos; otro, de cara hacia dentro, mirando a la comunidad eclesial. Ambas dimensiones forman parte de la misma y única actitud, que el Señor nos pide a los cristianos; no existen dicotomías.
2. En las lecturas de hoy, el profeta Isaías ha presentado a Jesús como el Siervo de Yahvéh, el Siervo en quien Dios se complace (cf. Is 49,3). Esa misma frase la escuchamos el domingo pasado, en la voz que venía del cielo, cuando celebrábamos el Bautismo del Señor: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17).
Por analogía, también nosotros somos los siervos del Señor. Naturalmente hay una diferencia y una distancia infinita entre el Siervo de Dios, Jesús Hijo de Dios, y nosotros, los pobres siervos, que ni siquiera cumplimos siempre lo que Él nos pide (cf. Lc 17,10). Jesús hizo siempre la voluntad del Padre, de una manera perfecta.
A nosotros el Señor también nos pide que hagamos su voluntad, como buenos y verdaderos siervos y que vivamos según esa voluntad: «Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mt 12,50).
3. Jesús vivió siempre pendiente de la voluntad de Dios-Padre, realizando lo que él deseaba. Así fue durante toda su vida, hasta la muerte en cruz: «Padre mío, si esta copa no puede pasar sin que yo la beba, hágase tu voluntad» (Mt 26,42). Pero ese Siervo, que cumple la voluntad del Padre, es Hijo de Dios. Mientras que nosotros, pobres siervos, hemos sido adoptados como hijos de Dios.
Hay una diferencia abismal entre ser siervo o esclavo –que no sabe las cosas del amo- y ser hijo –que pertenece a la familia y está al corriente de lo que ocurre en casa-. Nosotros hemos sido hechos hijos de Dios en el bautismo: eso nos compromete a una serie de actitudes, de gestos de amor, de comprensión, de perdón, de testimonio. Eso es lo que el Señor hoy está pidiendo a los cristianos, en este inicio del siglo veintiuno.
4. Respecto a nuestra acción hacia fuera, el Evangelio nos ha recordado la figura de Juan Bautista, quien anuncia la presencia de Jesucristo entre los hombres: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29).
Nos encontramos en un momento histórico nada fácil, para vivir en cristiano; incluso nada fácil, para vivir como persona. Como diría santa Teresa: son “tiempos recios”, momentos difíciles, de muchos cambios, momentos de crisis. No hace falta que describa la realidad social, en que nos encontramos, porque todos sois bien conocedores de ella.
Decir hoy, como Juan Bautista: “Éste es el Cordero de Dios”, referido a Jesucristo, es dar testimonio de Él. Es necesario que proclamemos nuestra fe ante los hombres. El Señor nos pide a todos y cada uno de nosotros que seamos sus testigos.
5. Quisiera empezar esta Visita pastoral al Arciprestazgo de Arganda, remarcando la urgencia de ser testigos de Jesucristo, en esta sociedad en que vivimos. Ser testigos de Jesucristo no es solamente para unos cuantos cristianos, o para los más comprometidos en la parroquia, o para el sacerdote, o para el Obispo; es para todo cristiano, para todos y cada uno de nosotros. Todos estamos llamados a ser esos testigos. Es importante que caigamos en la cuenta de ello.
El Señor nos recuerda, en esta tarde, nuestro compromiso bautismal, nuestra tarea de pregonar y testimoniar la presencia de Cristo entre los hombres. Se nos anima a testificar a Cristo Jesús, vivo entre los hombres; ésa sería nuestra tarea hacia fuera.
La Visita pastoral pretende que profundicemos en nuestra tarea como cristianos en el mundo de hoy; pretende animaros a vivir con gozo y con alegría la fe, que profesamos; pretende propiciar un encuentro en el que nos animemos mutuamente en nuestra misión; pretende que nos ayudemos a formar auténticas comunidades cristianas, donde se viva de veras el ser hijo de Dios, el amor fraterno, y esperanza cristiana, tan falta hoy en nuestros días.
6. Hemos escuchado hoy un texto de la carta de San Ignacio de Antioquia a los Efesios, propuesta en la “Liturgia de las Horas”. Cuando San Ignacio escribe esta carta era un hombre ya muy anciano, mientras era conducido preso desde Antioquia, donde él era obispo, hasta Roma.
Hizo un viaje larguísimo y pesado, custodiado por un pelotón de soldados, a los que él llama fieras, porque lo trataban mal: cuanto más amable y generoso era con ellos y más se esforzaba por complacerles, tanto peor le trataban (cf. Carta a los Romanos 5,1).
Por donde pasaba en su viaje, solía escribir cartas a los cristianos del lugar. La carta que hemos escuchado está dirigida a los cristianos que vivían en Éfeso, a quienes recomienda vivir unidos a su obispo y obedecerle, aunque sea joven.
7. San Ignacio de Antioquia, obispo anciano y a punto de morir por Cristo en Roma, devorado por las fieras, dice que es ahora cuando empieza a ser discípulo de Cristo (cf. Carta a los Efesios 2,2). ¡Qué hermoso testimonio! Su deseo ha sido siempre vivir como discípulo de Cristo; por eso les habla como “condiscípulo de Jesucristo”, porque sólo Jesús es el único Maestro y todos los demás somos discípulos suyos; todos seguimos al único Pastor y Maestro Jesucristo.
Quisiera tomar las palabras de este gran santo, obispo y mártir, y deciros lo mismo esta tarde: quiero hablaros como “condiscípulo de Cristo”, pues todos somos discípulos de Jesús, nuestro gran Maestro, nuestro gran y Buen Pastor. A Él es a quien debemos dar gloria, como dice San Ignacio, al inicio de su carta: “Que glorifiquéis de todas maneras a Jesucristo”.
Con vuestra forma de ser, con vuestra forma de pensar, con vuestro testimonio, con vuestra voz, con vuestras actitudes: ¡dad gloria a Jesucristo! San Ignacio se congratula con los cristianos de Éfeso, porque percibe que viven en armonía, como comunidad cristiana. Y les felicita por la unidad que hay entre ellos, su obispo y su presbiterio.
8. Junto a mí están esta tarde los sacerdotes del Arciprestazgo, formando un hermoso “coro”, con vestiduras blancas. Tal vez sea ésta la primera vez, que en este templo parroquial de san Juan Bautista, estén los sacerdotes del arciprestazgo de Arganda al completo. Posiblemente sea también la primera vez que los sacerdotes de este Arciprestazgo se hayan reunido en torno a su Obispo, acompañados por fieles de sus parroquias.
San Ignacio, usando la imagen del “coro” dice: “Procurad todos formar parte de este coro, de modo que, por vuestra unión y concordia en el amor, seáis como una melodía que se eleva a una sola voz por Jesucristo al Padre”. Nos invita también a ser como las cuerdas de una lira, afinadas y conjuntadas entre nosotros y con el obispo, para cantar armonizadamente un hermoso canto de alabanza a Dios. Las voces de los cristianos han de ser acordes; no puede haber disonancias ni voces “fuera de tono”. Es Cristo quien nos dirige a todos.
9. El acto litúrgico de esta tarde es una ofrenda y un canto armónico al Señor; es un canto de alabanza. Con nuestra presencia y con nuestra voz, al rezar los salmos, le estamos dedicando a Jesucristo un cántico nuevo; estamos dando gloria a Dios. Él quiere y espera de nosotros que haya auténtica comunión; que haya armonía; que haya concordia y paz; que todos, como hermanos, llevemos a cabo la misión que el Señor nos ha pedido.
A unos os pide que eduquéis a vuestros hijos y transforméis las estructuras de la sociedad, en los distintos campos: social, económico, político, familiar, educativo. A otros –a los sacerdotes y consagrados- les exige la tarea en sus propios campos y responsabilidades. Pero todos y cada uno debemos hacer lo que el Señor nos pide, para cantar con armonía y no desentonar.
Nadie debería hacer lo que le corresponde hacer a otro. A veces, en la Iglesia, hay fieles laicos que desean hacer lo que le toca hacer al sacerdote; o al revés, sacerdotes, que desean hacer lo que deben hacer los laicos. Cada uno debe realizar la misión que el Señor le ha confiado, para entonar bien y cantar armónicamente.
La Visita pastoral es un momento de gracia, para animar a las comunidades a que canten armónicamente. Ese es uno de los objetivos de la Visita. ¡Que cada cual responda ante el Señor de aquello que le ha encargado, y que nos ayudemos mutuamente a realizarlo!
10. Quisiera esta tarde agradeceros, en primer lugar, a todos vosotros, estimados laicos, vuestros compromisos de Iglesia, vuestras tareas en la diversidad de campos: catequético, litúrgico, de la evangelización, de la educación en la fe, de las necesidades materiales. El Señor os lo agradecerá con creces.
Pero hay que construir siempre, como San Pablo nos recuerda, sobre el fundamento de Cristo: «¡Mire cada cual cómo construye! Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo» (1 Co 3,10-11). No pongáis piedras, en la construcción, fuera de lugar; porque eso no edifica la casa ni la Iglesia; hay que ponerlas en su sitio.
11. A los sacerdotes quiero agradeceros vuestra tarea, vuestra dedicación a los fieles, vuestros esfuerzos y desvelos; y deseo pediros que sigáis empeñados en la misión que se os ha confiado. Agradezco también a los religiosos su presencia, sus trabajos y los frutos de su carisma en nuestra iglesia particular. ¡En nombre de Jesucristo, que nos ha convocado a todos, os exhorto a seguir trabajando por el Reino de los cielos!
Nuestro mundo necesita que sea anunciado el Reino de Dios. Hay muchos que rechazan aún a Jesucristo y hemos de ayudarles para que lleguen a conocerlo y aceptarlo.
12. A todos os pido que trabajemos de manera armónica, conjunta y fraternal. Todos necesitamos pedir perdón a Dios. Todos tenemos cosas que han de ser perdonadas y todos tenemos cosas que perdonar a los demás. Nos pedimos perdón mutuamente porque, por fragilidad humana, y por el pecado original, no siempre hacemos las cosas bien. Nadie debe escandalizarse. El obispo también se equivoca y también peca; por eso necesita confesarse. El obispo acaba de hacer Ejercicios espirituales, porque necesita revisar su vida y reorientarla otra vez hacia Dios; como todos vosotros.
Vuelvo a decir, con San Ignacio de Antioquia: Somos todos condiscípulos del Maestro único, Jesucristo; y todos somos ovejas del Buen Pastor. El Señor me ha pedido que le represente como obispo vuestro; y le estoy muy agradecido, y más que agradecido, confundido y abrumado por tanto amor. A los sacerdotes les ha pedido que le representen ante vosotros en las celebraciones y que sean colaboradores del orden episcopal. Y a vosotros os pide que colaboréis como buenos cristianos.
13. Que esta Apertura de la Visita pastoral sea como un empuje, un darnos mutuamente ánimo unos a otros, un ayudarnos a ser más comprensivos unos con otros, pues todos lo necesitamos.
Paulatinamente ya me iré acercando a las distintas comunidades cristianas, para saludaros y conoceros de manera personal. Tendremos ocasión de vernos, de dialogar, de compartir, de conocer a todos los grupos parroquiales y de saludar a todas las personas. La Visita pastoral pretende que nos conozcamos mejor, que estudiemos la realidad eclesial y que respondamos, con mayor fidelidad, al Señor.
A veces se dice que el obispo “está en la luna” y que no se entera de nada; podréis comprobar que no es así. Deseo estar muy cercano a vosotros y conocer vuestros problemas. Deseo estar disponible para los sacerdotes y para todos vosotros. Aunque con cierto rubor, os manifiesto que vuestro obispo os quiere mucho; el obispo y los sacerdotes os queremos mucho a los fieles; sucede que no solemos tener ocasión de manifestarlo verbalmente, aunque sí con nuestra vida. ¡Que el Señor nos ayude a todos a sacar buen fruto de esta Visita pastoral! Amén.
JORNADA DE LA VIDA CONSAGRADA
FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR
Catedral-Magistral de Alcalá de Henares, 2 de febrero de 2005
Lecturas: Ml 3,1-4; Hb 2,14-18; Lc 2,22-40.
1. Fiesta de la Presentación del Señor
1. Celebramos hoy la Fiesta de la Presentación del Señor, en la que contemplamos a los padres de Jesús, cumpliendo lo que prescribía la ley de Moisés, para la purificación de la mujer después del parto (cf. Lv 12,1-7). A los cuarenta días, Jesús es llevado por José y María al templo de Jerusalén, pues todo varón primogénito de familia judía debía ser consagrado al Señor, nada más nacer (cf. Lc 2,23).
Existen dos motivos por los que María y José hacen este viaje a Jerusalén con su Hijo, recién nacido: en primer lugar, la ley mandaba que cuarenta días después del alumbramiento de un niño, las madres hebreas se presentasen en el templo, para ser purificadas de la impureza legal, que habían contraído con el parto; en segundo lugar, y más importante, la ley mosaica prescribía que todo primogénito varón fuera consagrado a Dios, en recuerdo de la salida de Egipto.
Todo primogénito de Israel, lo mismo hombre que animal, pertenecía al Señor, que había salvado a su pueblo de la esclavitud. Esta ofrenda era un reconocimiento de la salvación de Israel y un memorial de la pascua. Los animales primogénitos quedaban en el templo para ser inmolados en los sacrificios rituales; pero los primogénitos de los hombres, que en rigor debían dedicar su vida entera al servicio del templo, eran “rescatados” por sus padres, a cambio de una ofrenda.
En la festividad de hoy, contemplamos a María y a José, como piadosos judíos, observantes de la ley de Dios, subir al templo de Jerusalén, para presentar la ofrenda por la purificación de la madre y por el “rescate” del Hijo.
2. Todo cristiano ha sido regenerado en el bautismo, siendo lavado del pecado original y rescatado por la sangre del Cordero inmaculado. San Pablo nos recuerda que nuestro bautismo es asociación a la muerte y a la resurrección de Cristo: «Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rm 6,4).
En esta fiesta de la Presentación del Señor, agradecemos a Dios la obra de salvación, que ha operado en nosotros, y presentamos la ofrenda de nuestra vida, pues le pertenecemos a Él.
3. Los que habéis sido llamados por Dios para vivir una especial consagración por el Reino de los cielos, debéis, con mayor motivo, agradecer al Señor el regalo de vuestro carisma y ofreceros como ofrenda de acción de gracias.
La vida, que hemos recibido de Dios, queremos gastarla en su servicio, sin ser canjeada por unos efímeros bienes. Como el cirio, que hemos encendido, queremos desgastarnos, llevando a los hombres la luz del Evangelio.
Deseo invitaros a todos los bautizados y, de modo singular, a quienes habéis hecho de vuestra vida una consagración especial a Dios, a renovar vuestra ofrenda, a actualizarla, a rejuvenecerla y hacer brotar de nuevo en vuestro corazón el amor primero, con el que el Señor os llamó y os enamoró, en el comienzo de nuestra vocación. Esto sólo será posible, si hacemos diariamente el esfuerzo de cuidar nuestro trato amoroso con Él.
4. Jesús, al entrar en el templo en brazos de María, da cumplimiento a las profecías sobre la llegada del Mesías, como hemos escuchado en la lectura de Malaquías: «Enseguida vendrá a su Templo el Señor a quien vosotros buscáis; y el Ángel de la alianza, que vosotros deseáis, he aquí que viene, dice el Señor» (Ml 3, 1).
Estimados consagrados, hoy se cumple la profecía de Malaquías: Dios os llamó un día para que vivierais junto a Él, en comunión de vida y amor; Él ha sido el objeto de vuestros anhelos y deseos; Él ha llenado vuestra vida, dándole pleno sentido. Le habéis buscado y Él se ha hecho el encontradizo con cada uno de vosotros.
Se ha acercado a cada uno, llamándoos por vuestro nombre e invitándoos a seguirle de cerca en la vida consagrada; se ha acercado a vosotros en los sacramentos, de modo especial en la Eucaristía; se ha acercado a vosotros, brindándoos su amistad y ofreciéndoos su amor. Y vosotros lo habéis encontrado, viviendo el carisma propio, en el hermano de comunidad religiosa, en el superior, quien, representándolo, os trasmite su voluntad. Pero también lo habéis encontrado en cada hombre, a quien servís: en el pobre, en el enfermo, en el niño, en el anciano, en el extranjero, en el abandonado, en cada corazón humano ansioso de paz. ¡Salid al encuentro del Señor, como salió el anciano Simeón (cf. Lc 2,25-27)! Le encontraréis de muchos modos, sobre todo en los signos sacramentales y en las personas que están a vuestro alrededor.
2. Año de la Eucaristía
5. En este Año singular, dedicado por el Papa al Sacramento de la Eucaristía, la presente Festividad aparece ante nosotros con una especial importancia.
Para todo cristiano, y más aún para la persona de especial consagración, la Eucaristía, como dice el Concilio Vaticano II, es “el centro y la cumbre de toda la vida cristiana” (Christus Dominus, 30). Pero especialmente hemos de subrayar la centralidad de la Eucaristía en la vida consagrada.
El Papa Juan Pablo II, en su encíclica Ecclesia de Eucaristía, nos ha dicho: “La incorporación a Cristo, que tiene lugar por el Bautismo, se renueva y se consolida continuamente con la participación en el Sacrificio eucarístico, sobre todo cuando ésta es plena mediante la comunión sacramental. Podemos decir que no solamente cada uno de nosotros recibe a Cristo, sino que también Cristo nos recibe a cada uno de nosotros. Él estrecha su amistad con nosotros: «Vosotros sois mis amigos» (Jn 15, 14). Más aún, nosotros vivimos gracias a Él: «el que me coma vivirá por mí» (Jn 6, 57). En la comunión eucarística se realiza de manera sublime que Cristo y el discípulo «estén» el uno en el otro: «Permaneced en mí, como yo en vosotros» (Jn 15, 4)” (n. 22).
Jesucristo desea unirse a cada uno de vosotros y os invita a permanecer en Él, como el sarmiento está unido a la vid, para dar fruto (cf. Jn 15,1-5).
6. Los consagrados estáis llamados a participar en el encuentro sacramental con Cristo-Eucaristía, fuente de amor, de donde dimana la fuerza para transformar la propia vida y anunciar el Evangelio.
La Eucaristía realiza la más íntima unión del cristiano con Cristo. Es en ella donde se manifiesta de modo más eminente la unión de amor esponsal, con que el Señor une al consagrado consigo.
A la vez, la Eucaristía es fuente de evangelización. El mundo de hoy necesita profetas, que anuncien el mensaje de salvación a los hombres; nuestra sociedad precisa de testigos creíbles, que proclamen la verdad revelada; nuestras gentes, alejadas muchas veces de Dios, requieren ayuda para poder descubrir la dimensión transcendente; los ojos de muchos conciudadanos nuestros, cegados por otras luces, no aprecian la verdadera luz del Evangelio y esperan que alguien les trasmita la luz auténtica de Cristo, que les haga ver su dignidad de hijos de Dios.
7. Hoy la Iglesia necesita personas que vivan su especial consagración con entusiasmo y pasión, como dice el lema de este año: “Una consagración apasionada”: consagrados que, desde la Eucaristía, sean testigos del amor Dios y de su pasión por toda la humanidad; consagrados con fortaleza de ánimo, que den testimonio de Cristo; consagrados, llamados a vivir con alegría en medio de las dificultades y del rechazo del mundo; consagrados, que sean signo de la presencia de Dios entre los hombres.
Como nos ha dicho el Papa Juan Pablo II: “Misión peculiar de la vida consagrada es mantener viva en los bautizados la conciencia de los valores fundamentales del Evangelio” (Vita consecrata), 33). Os corresponde, pues, estimados consagrados, ayudar, con vuestra vida y ejemplo, a los demás fieles cristianos a que vivan la novedad de su bautismo y a que respondan adecuadamente a su misión en el mundo.
8. Al renovar hoy vuestra consagración al Señor, la Iglesia os anima a asumir con gozo la misión, que Dios os ha confiado, sin miedos ni apocamientos. ¡No tengáis miedo! El Papa, en su libro autobiográfico “¡Levantaos, vamos!”, nos ha exhortado a caminar juntos, con el Señor: “Con la mirada fija en Cristo, sostenidos por la esperanza que no defrauda, caminemos juntos por los caminos del nuevo milenio: ¡Levantaos! ¡Vamos! (Mc 14,42)”. Y nos ha recordado que ha sido el Señor quien nos ha elegido y nos ha destinado para dar fruto (cf. Jn 15,16).
Estimados consagrados, ¡vivid hoy el seguimiento de Jesús con más radicalidad y con más ahínco! Jesucristo sigue siendo actual, sigue seduciendo el corazón de los hombres y sigue siendo la única y universal salvación para toda la humanidad.
¡Sed fieles al carisma propio, viviendo auténtica y radicalmente el Evangelio de Jesucristo! ¡Con vuestra fe y vuestra entrega diaria, mostrad al mundo una razón para vivir! ¡Buscad el sentido, origen, razones y consecuencias de vuestra fe, y manifestadlas al mundo, como la luz que se pone sobre el candelero, para que alumbre a todos los de la casa (cf. Mt 5,15)!
Cristo se presenta hoy ante nosotros como la Luz del mundo, y nosotros, con Él y como María, hemos de ser para los demás luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt 5,13-14).
3. María, modelo de consagración a Dios, en el Año mariano
9. Celebrando, en este año, el ciento cincuenta Aniversario de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción, nos dirigimos a María, para contemplar las maravillas, que Dios ha obrado en ella, y para aprender de quien ha sido la mejor discípula de Jesús. Como nos ha dicho el Papa Juan Pablo II, en la exhortación postsinodal Vita consecrata: “En efecto, María es ejemplo sublime de perfecta consagración, por su pertenencia plena y entrega total a Dios. Elegida por el Señor, que quiso realizar en ella el misterio de la Encarnación, recuerda a los consagrados la primacía de la iniciativa de Dios. Al mismo tiempo, habiendo dado su consentimiento a la Palabra divina, que se hizo carne en ella, María aparece como modelo de acogida de la gracia por parte de la criatura humana (...). La Virgen es maestra de seguimiento incondicional y de servicio asiduo. En ella, ‘templo del Espíritu Santo’, brilla de este modo todo el esplendor de la nueva criatura. La vida consagrada la contempla como modelo sublime de consagración al Padre, de unión con el Hijo y de docilidad al Espíritu, sabiendo bien que identificarse con «el tipo de vida en pobreza y virginidad» de Cristo significa asumir también el tipo de vida de María” (n. 28).
Los consagrados, que quieran vivir la fidelidad a su propio carisma, deben mantener una verdadera relación filial con María, pues ella “es el camino privilegiado para la fidelidad a la vocación recibida y una ayuda eficacísima para avanzar en ella y vivirla en plenitud” (Ibid., 28).
10. Damos gracias a Dios por la presencia en la Iglesia de todas las personas de especial consagración; por el regalo y la riqueza de sus carismas; por la entrega gozosa de sus vidas, a favor de la expansión del Reino de Dios entre los hombres; por su testimonio iluminante, en medio de las tinieblas de este mundo; por su valentía en la proclamación del Evangelio, en una sociedad que no quiere aceptar la trascendencia.
Damos gracias a Dios, porque sigue suscitando, en medio de nosotros, personas que desean consagrar su vida por el Reino y quieren dar su “sí” total al Señor, como María.
Le pedimos al Señor, por intercesión de nuestra Madre, la Virgen María, que siga enriqueciendo a su Iglesia con abundantes vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. ¡Que todos los consagrados viváis con alegría el carisma recibido y os entreguéis con entusiasmo y pasión a la tarea que Dios, por mediación de la Iglesia, os ha confiado! Amén.
MIÉRCOLES DE CENIZA
Catedral-Magistral de Alcalá de Henares, 9 de febrero de 2005
Lecturas: Jl 2,12-18; 2 Co 5,20—6,2; Mt 6,1-6.16-18.
1. Con la celebración del Miércoles de Ceniza, inauguramos, como cada año, la Cuaresma, que nos ofrece un tiempo propicio para intensificar la oración en nuestra vida y abrir nuestro corazón, acogiendo fielmente y con docilidad la voluntad de Dios. La Cuaresma nos invita a recorrer un camino espiritual, en el que nos preparamos para celebrar el gran misterio de nuestra salvación: la muerte y la resurrección de Jesucristo. El itinerario cuaresmal nos ofrece la oportunidad de convertir nuestra vida a Dios.
La Iglesia nos invita en este camino, que hoy iniciamos, a meditar con verdad y con hondura la Palabra de Dios, para ponerla en práctica; a escuchar lo que quiere Dios de nosotros; a poner por obra la voluntad divina en nuestra propia vida, llevándola a cabo en actitudes concretas, en nuestro modo de pensar, de obrar y de sentir.
El Papa, en su mensaje para la Cuaresma de este año, nos exhorta a defender y amar la vida del hombre, en cada fase de su existencia: desde la concepción hasta la muerte natural; y nos anima a acoger con afecto a las personas ancianas, ayudándolas a sentirse útiles y valoradas.
2. En el Evangelio de hoy hemos escuchado un fragmento del “sermón de la montaña”, en el que Jesús nos exhorta a no buscar la recompensa ante los hombres, sino ante Dios: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial» (Mt 6,1).
El Señor habla a los cristianos de todos los tiempos; por eso, nos habla también a nosotros hoy, acerca de cómo desea Él que seamos y vivamos. De sus palabras se desprende su estilo de vida, su modo de obrar y, sobre todo, su manera de relacionarse con el Padre. La vida del cristiano es siempre un camino de seguimiento del Señor Jesús. Él nos invita a todos a seguirle y a vivir como Él.
En este tiempo de Cuaresma, la llamada del Señor se nos presenta aún con más radicalidad y con mayor urgencia. Aquél que dijo: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado» (Jn 4,34) nos dice en la Cuaresma a cada uno de nosotros: «Anda y haz tú lo mismo» (Lc 10,37).
3. En este inicio de la Cuaresma, pidamos al Señor que convierta nuestro corazón hacia Él. Eso es lo más importante; lo demás vendrá por añadidura: «Porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis, antes de pedírselo» (Mt 6,8). A veces nos preocupamos demasiado por las cosas materiales, que el Señor, en su divina providencia nos concede abundantemente. La Cuaresma nos pide un ejercicio de desprendimiento y renuncia, para estar más libres y en mejores disposiciones de responder a la llamada del Señor; para dejar lo que nos estorba en el camino hacia Dios.
El profeta Joel nos lo ha recordado en la primera lectura: «Y ahora –dice el Señor- volved a mí de todo corazón, con ayuno, con llantos, con lamentos. Desgarrad vuestro corazón y no vuestros vestidos; volved al Señor, vuestro Dios, porque él es clemente y compasivo, tardo a la cólera, rico en amor» (Jl 2,12-13). El Señor, rico en misericordia (cf. Ef 2,4), espera de nosotros un corazón arrepentido, que se vuelva hacia Dios y que abandone el pecado. El signo de la ceniza sobre nuestras cabezas, que haremos a continuación, expresa nuestra voluntad de volver a Dios.
Para obtener el perdón de Dios, el profeta dice al pueblo que es necesario convertirse y volver al Señor de todo corazón, con ayuno y llanto, implorando su perdón. La Cuaresma nos invita a volver a Dios, practicando el ayuno, la oración y la limosna (cf. Mt 6,2.5.16): actividades que expresan arrepentimiento y conversión del corazón hacia Dios. De esta manera el Señor nos concederá su perdón, como hizo con su pueblo Israel: «El Señor se mostró celoso de su tierra y perdonó a su pueblo» (Jl 2,18).
4. La liturgia cuaresmal presenta, de diversos modos, la invitación que Dios nos hace al arrepentimiento de los pecados y a la conversión o penitencia. Esa invitación nace del corazón misericordioso de Dios, que ha entregado a su Hijo único por la salvación de todo el género humano: «Porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).
La Cuaresma, pues, es tiempo de gracia, porque el Señor nos concede su perdón y nos da la oportunidad de cambiar; es tiempo de agradecimiento a Dios, por lo mucho que nos ama. La Cuaresma no es un tiempo triste, en el que los cristianos hayamos de vivir apesadumbrados por nuestro pecado y agobiados porque no hay remedio a nuestros males; la Cuaresma, estimados hijos, es, más bien, un tiempo de esperanza y de renovación. Es cierto que Dios es un juez justo, pero su justicia es siempre salvífica.
5. Cristo ha muerto por nuestros pecados, pero lo ha hecho porque nos ama. El amor es la única razón de ser de la entrega de Jesús por nosotros. Por eso la Cuaresma no debe ser sombría y pesimista, sino un tiempo de confianza, para experimentar la misericordia de Dios; un tiempo para saborear el amor compasivo y fiel de Dios.
Aunque esté envuelta en un clima austero de oración, de limosna, de ayuno y de escucha obediente de la Palabra de Dios, la Cuaresma es tiempo de salvación, como hemos escuchado en la segunda lectura: «En el tiempo favorable te escuché y en el día de salvación te ayudé. Ahora es el tiempo propicio, ahora es el día de salvación» (2 Co 6,2).
Así lo proclamará, gozosa y solemnemente, la liturgia de la Vigilia pascual, cuando, al término de nuestro camino cuaresmal, subamos con Jesús a Jerusalén y celebremos gozosos la culminación de nuestra redención en la gloriosa Resurrección de Cristo: “¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad! ¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!” (Pregón de la Vigilia Pascual).
6. Sabernos amados por la santa ternura del corazón de Dios y perdonados por su inmensa misericordia es, en realidad, el único y verdadero camino, que conduce a la conversión del corazón. La simple vergüenza de nuestros pecados no nos lleva necesariamente a cambiar y a no cometerlos de nuevo.
Cuando descubrimos la inmensidad del amor, que Dios nos tiene a cada uno de nosotros, y su paternal misericordia, que le lleva a olvidar nuestros defectos y pecados, sólo entonces podemos vislumbrar la felicidad que nos espera, y sólo entonces se opera en nosotros el milagro de la verdadera conversión, porque nace dentro de nosotros el deseo de corresponder, agradecidos, a este amor.
El arrepentimiento por haber ofendido a Dios es un punto de partida, al que sigue nuestra respuesta, pobre y pequeña ante el amor de Dios. Pero la meta final es aceptar su perdón y gozar plenamente de su amor.
7. Pidamos a Dios que obre en nosotros el milagro de la santidad y de nuestra conversión definitiva. ¡Que el Señor nos conceda a todos, en este camino hacia la Pascua, volvernos a Él de todo corazón y convertirnos a Él! ¡Que se haga realidad en nosotros la exhortación de San Pablo: «En nombre de Cristo os suplicamos: ¡dejaos reconciliar con Dios!» (2 Co 5,20)! ¡Que el Señor nos conceda gozar del beneficio inestimable de su vida, entregada por nosotros, y nos permita alcanzar su salvación!
¡Que la Virgen María, nuestra Madre, la toda santa e inmaculada, la que es toda de Dios, nos enseñe a vivir como Ella, dando frutos de conversión! Su corazón ha pertenecido siempre y de manera plena a Dios, desde el primer instante de su concepción. ¡Que Ella nos ayude a conformar siempre nuestra vida a la voluntad de Dios! Amén.
50 ANIVERSARIO DE
LA HERMANDAD
DE JESÚS DE MEDINACELI – ALCALÁ
Catedral de Alcalá de Henares, 5 de marzo de 2005
Cuarto Domingo de Cuaresma- Ciclo A
Lecturas: 1 S 16,1.6-7.10-13; Ef 5,8-14; Jn 9,1-41.
1. Contemplar las cosas con la mirada de Dios
1. El Señor envía al profeta Samuel a la casa de Jesé, para que unja rey de Israel a uno de sus hijos (1 S 16,1). Empezando por el mayor, todos van pasando ante la presencia del profeta; Samuel, conforme va conociendo a cada uno de ellos, piensa que Dios ha elegido al que tiene delante en ese momento. Pero la mirada de Dios, no es como la del hombre: éste mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón; por eso va descartándolos uno a uno: no han sido escogidos para ser rey (1 S 16,6-9).
La Hermandad de Jesús de Medinaceli de Alcalá celebra este año el Cincuenta Aniversario de su fundación. Habéis vivido, estimados cofrades, un primer tramo de vuestra reciente historia. Os invito a echar una mirada retrospectiva y a considerar los acontecimientos desde la mirada de Dios. La Hermandad ha experimentado una serie de avatares: los orígenes de la misma, en 1955, en el ambiente de la Adoración Nocturna alcalaína; los balbuceos y las dificultades propias de todo comienzo, en el Monasterio de las Concepcionistas Franciscanas de la Inmaculada Concepción; el azaroso traslado a la segunda sede, en 1968, en el Monasterio de San Bernardo; las salidas procesionales con la primera y la segunda imagen propia, obras del Sr. Tudanca; y, últimamente, la etapa en la actual sede de la parroquia de San Bartolomé.
2. Como el profeta Samuel, contemplabais las cosas con mirada humana: intentando valorar las ventajas y desventajas, según vuestra propia medida e intereses; proponiendo objetivos, humanamente laudables, pero menos importantes desde la vivencia de la fe; resistiéndoos, incluso, a las propuestas de la jerarquía, que intentaba ayudaros a renovar vuestra Hermandad y a purificarla, sobre todo de aquello que no estaba muy en consonancia con la fe cristiana y con una verdadera actitud eclesial. Pero el Señor quería haceros ver los acontecimientos desde su misma mirada, infinitamente más alta que la simple mirada humana.
Damos gracias a Dios porque, poco a poco, con la oración, la reflexión y el diálogo, habéis sido capaces de ir cambiando vuestra mirada humana, en una mirada más cercana a la de Dios; habéis ido apreciando cada vez más la riqueza de lo espiritual y religioso, relativizando otros aparentes valores. Queda aún un largo camino por recorrer, hasta que nuestra pobre mirada humana coincida plenamente con la mirada de Dios, quien nos invita a ser perfectos como Él (cf. Mt 5,48); ésta es la meta de todo cristiano.
Y dando gracias a Dios, quiero también agradeceros vuestro esfuerzo en este camino recorrido, en el que habéis intentado ser fieles, aunque a veces con reticencias, a lo que Dios os pedía, a través de la Iglesia. La historia de salvación es una obra conjunta entre Dios y el hombre; en este caso, habéis colaborado con Dios, en bien vuestro.
La actitud de respeto y obediencia a la Iglesia es garantía de permanecer en el buen camino; mientras que la actitud díscola lleva fácilmente por derroteros, que se desvían de la verdadera senda. La experiencia, que habéis tenido en estos años, estimados cofrades, os sirva para confiar, cada día más, en la solicitud amorosa de nuestra madre la Iglesia.
Hoy, el Ayuntamiento de Alcalá os ha concedido la "Medalla de Plata de la Ciudad", en reconocimiento a la labor de la Hermandad de Jesús de Medinaceli y al empeño en solemnizar la Semana Santa.
Pedimos al Señor de Nazaret que os acompañe en los años venideros, para seguir haciendo historia de salvación, tanto para vuestras almas como para ayuda de los demás.
2. Ungidos por el Espíritu para la acción evangelizadora
3. El profeta Samuel, movido por la fuerza de Dios, ungió al menor de los hijos de Jesé y «en aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor y estuvo con él en adelante» (1 S 16,13). Las gestas del rey David son de todos conocidas. Si os dejáis invadir por el Espíritu de Dios, tened por cierto que las cosas que realicéis tendrán valor perenne y sabor de eternidad.
Habéis sido ungidos, en el bautismo y en la confirmación, para poder realizar grandes proezas y admirables acciones en el campo de la evangelización. Nuestro mundo necesita hombres de fe, que vivan con gozo la dimensión religiosa; nuestra sociedad está falta de testigos del Evangelio, que anuncien la grandeza de la Revelación cristiana; nuestra Ciudad alcalaína pide, a gritos silenciosos, la profesión pública de la fe, por parte de todos los miembros de las Hermandades y Cofradías.
¡Anunciad, con vuestra vida, mediante vuestra participación en las celebraciones litúrgicas y con vuestro testimonio público, esta Buena Nueva de salvación para todos los hombres! ¡Pregonad a toda Alcalá y al mundo entero, que Jesucristo nos ha redimido, mediante su muerte en cruz y su resurrección, y nos ha otorgado la salvación de Dios!
3. La imagen de Jesús de Medinaceli
4. Se acerca la Semana Santa; semana grande, en la que celebramos los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Vuestra Cofradía tiene como titular y objeto de su devoción a "Jesús de Medinaceli", cuya imagen que representa al Hijo de Dios, flagelado, escarnido, coronado de espinas, maniatado y camino del calvario.
La imagen de Jesús de Medinaceli, que venera vuestra Cofradía, es copia de la imagen de Jesús Nazareno de los Padres Capuchinos de Madrid, de escuela sevillana del siglo XVII, probablemente del autor Juan de Mesa, cuyos avatares los narra el Rvdmo.D. Luis García Gutiérrez, en su reciente libro sobre la historia de vuestra de vuestra Cofradía, de la que es Capellán y que está concelebrando conmigo.
En su origen, dicha imagen se llamaba "Jesús del Rescate" o "Jesús Rescatado", puesto que estuvo en el norte de África y fue rescatada, junto con algunas personas, cautivas de los musulmanes.
5. Tanto la historia de la imagen, como su belleza artística nos hablan de "rescate". Mediante su obra salvífica, Jesucristo nos ha querido rescatarnos de la situación de pecado y devolvernos la amistad con Dios. Jesús de Nazaret nos ha redimido muriendo en la cruz y entregando su vida por nosotros: «El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2,6-8).
Procesionar esta imagen por la calles de nuestra Ciudad significa aceptar a Jesucristo como Salvador y Señor; y expresa, al mismo tiempo, el testimonio público de que la redención de todo hombre ha sido llevado a cabo por "Jesús el Nazareno". Cuando las gentes os contemplen, portando, con devoción y fe sincera, esta imagen, que vean en vosotros unos "rescatados" de la esclavitud, unos "redimidos" del cautiverio del pecado: «Habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo» (1 Pe 1,18-19).
6. ¡Haced honor a la Hermandad, a la que pertenecéis! ¡Sois esclavos rescatados y liberados, por Aquel que ha dado la vida por vosotros! ¡Pregonad a las gentes, con vuestra vida, que no hay otro señor ni otro dios, fuera del Dios de Jesucristo! Nuestra sociedad se ha fabricado "muchos dioses", hechura de manos humanas, que no sirven para nada: «Plata y oro son sus ídolos, obra de mano de hombre» (Sal 115,4).
Decid como San Pedro, cuando fue interrogado por los sumos sacerdotes, que sólo por el nombre de Jesucristo, el Nazareno, crucificado y resucitado de entre los muertos, puede el hombre ser salvado (cf. Hch 4,10-12).
4. La celebración del misterio pascual, centro de la vida cristiana
7. Desde el año 1971 vuestra Hermandad de Jesús Nazareno viene celebrando, de manera especial, la misa de cada primer viernes de mes.
Este año, por decisión del Papa Juan Pablo II, está dedicado a la Eucaristía, centro y cumbre de toda la vida cristiana (cf. Christus Dominus, 30). En la Eucaristía se realiza la obra de nuestra redención (cf. Lumen gentium, 3) y es el don por excelencia, que Cristo ha dado a su Iglesia, porque es el don de sí mismo, fruto de su amor que no conoce medida; por ello "todo fiel puede tomar parte en él, obteniendo frutos inagotablemente. Ésta es la fe de la que han vivido a lo largo de los siglos las generaciones cristianas" (Ecclesia de Eucharistia, 11).
Los cristianos nos hemos de comprometer a dar un claro testimonio de la presencia de Dios en el mundo, expresando públicamente nuestra fe y sin tener miedo a hablar de Dios. Como dice el Papa: "Se equivoca quien cree que la referencia pública a la fe menoscaba la justa autonomía del Estado y de las instituciones civiles, o que puede incluso fomentar actitudes de intolerancia" (Mane nobiscum Domine, 26).
Os animo a celebrar dignamente este misterio de amor; os exhorto a participar asiduamente de esta fuente inagotable de gracia, que os dará fuerzas para vivir con gozo la fe cristiana, en medio de este mundo, que sólo busca la satisfacción de sus propios deseos, sin tener en cuenta que somos hijos de Dios.
¡Seguid celebrando también la fiesta de Cristo Rey, cuya novena venís realizando desde 1988, y que ha ido adquiriendo solemnidad en estos últimos años! ¡Cuidad con esmero, asimismo, la fiesta de la "Virgen de la Trinidad"! Me alegra que hayáis incluido en vuestra Hermandad el paso de la imagen de la Virgen. La devoción mariana forma parte de nuestra fe. La Virgen María es Hija de Dios-Padre, Madre de Dios-Hijo y Esposa del Espíritu Santo.
Dentro de dos semanas nos reuniremos para celebrar el pórtico de la Semana Santa: El Domingo de Ramos. La fiesta de hoy es como la antesala de ese pórtico. ¡Aprovechad este tiempo de gracia, para pedir perdón a Dios, mediante la confesión sacramental de los pecados, y obtener la misericordia del Señor!
Dando gracias a Dios por el Cincuenta Aniversario de la fundación de la Hermandad de Jesús de Medinaceli y por el camino recorrido durante estos años, pedimos a Jesucristo, el Señor de Nazaret, que os colme de bendiciones y que la Virgen, nuestra Madre, cuide con maternal solicitud de cada uno de vosotros. Amén.
VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DE SANTA MÓNICA
Rivas-Vaciamadrid, 6 de marzo de 2005
Cuarto Domingo de Cuaresma- Ciclo A.
Lecturas: 1 S 16,1-6-7.10-13; Ef 5,8-14; Jn 9,1-41.
1. El Señor envía al profeta Samuel a la casa de Jesé, para que unja rey de Israel a uno de sus hijos (1 S 16,1). Empezando por el mayor, todos van pasando ante la presencia del profeta; Samuel, conforme va conociendo a cada uno de ellos, piensa que Dios ha elegido al que tiene delante en ese momento. Pero la mirada de Dios, no es como la del hombre: éste mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón; por eso va descartándolos uno a uno: no han sido escogidos para ser rey (1 S 16,6-9).
Muchas veces los cristianos contemplamos las cosas desde nuestro prisma, sin esforzarnos por contemplarlas con la mirada de Dios. Desde Él, las cosas se ven de otra manera. Leyendo y meditando su Palabra podremos acercarnos a contemplar la vida, el mundo, la sociedad, los problemas,... con la mirada de Dios.
2. La Visita pastoral es una ocasión de gracia para renovar nuestra fe y nuestro compromiso eclesial. Como el profeta Samuel, también esta comunidad parroquial ha contemplado, a veces, las cosas con mirada humana: intentando valorar las ventajas y desventajas, según los propios intereses; manteniendo posturas de defensa respecto a la jerarquía, que sólo buscaba el bien de la parroquia. ¡Que la Visita pastoral fortalezca nuestros lazos fraternales y nos a todos una más a Jesucristo!
Damos gracias a Dios porque, poco a poco, con la oración, la reflexión y el diálogo, se han ido superando dificultades, buscando todos la voluntad del Señor. Queda aún un largo camino por recorrer, hasta que nuestra pobre mirada humana coincida plenamente con la mirada de Dios, quien nos invita a ser perfectos como Él (cf. Mt 5,48); ésta es la meta de todo cristiano.
Quiero también agradeceros vuestro esfuerzo y vuestra actitud de ir aceptando lo que Dios os pedía, a través de la Iglesia.
3. El profeta Samuel, movido por la fuerza de Dios, ungió al menor de los hijos de Jesé y «en aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor y estuvo con él en adelante» (1 S 16,13). Las gestas del rey David son de todos conocidas. Si os dejáis invadir por el Espíritu de Dios, tened por cierto que las cosas que realicéis tendrán valor perenne y sabor de eternidad.
Habéis sido ungidos, en el bautismo y en la confirmación, para poder realizar grandes proezas y admirables acciones en el campo de la evangelización. Nuestro mundo necesita hombres de fe, que vivan con gozo la dimensión religiosa; nuestra sociedad está falta de testigos del Evangelio, que anuncien la grandeza de la Revelación cristiana. Hemos de estar dispuestos a hacer profesión pública de la fe y «a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza» (1 Pe 3,15).
Los cristianos nos hemos de comprometer a dar un claro testimonio de la presencia de Dios en el mundo, expresando públicamente nuestra fe y sin tener miedo a hablar de Dios. Como dice el Papa: “Se equivoca quien cree que la referencia pública a la fe menoscaba la justa autonomía del Estado y de las instituciones civiles, o que puede incluso fomentar actitudes de intolerancia” (Mane nobiscum Domine, 26).
¡Anunciad, con vuestra vida, mediante vuestra participación en las celebraciones litúrgicas y con vuestro testimonio público, esta Buena Nueva de salvación para todos los hombres!
4. San Pablo nos recuerda nuestra condición de “ciegos”, que hemos sido curados por el Señor: «En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz» (Ef 5,8). Los frutos de la luz son: la bondad, la justicia, la verdad (cf. Ef 5,9-10).
Se nos invita a dejar las obras de las tinieblas e incluso a denunciarlas: «Sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciadlas» (Ef 5,11). La denuncia de las obras de las tinieblas, desde la luz del Evangelio, es una tarea necesaria en este momento de nuestra historia; no podemos permanecer silenciosos, ni apocados: «Pues hasta da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas» (Ef 5,12).
Los cristianos tienen una hermosa misión: llevar la luz de Cristo a los hombres. No somos nosotros esa luz, sino que somos portadores de la luz de Dios. Nuestra tarea es necesaria en esta sociedad; sin la aportación del cristianismo, la sociedad sería más ciega y habría más tinieblas.
El ciego de nacimiento, según nos narra el Evangelio de San Juan, recobró la vista, gracias al poder y a la acción de Jesús de Nazaret, quien es la «luz del mundo». (Jn 9,5).
Nosotros podemos vivir como hijos de la luz, unidos a Jesucristo, único salvador del género humano.
6. Este año, por decisión del Papa Juan Pablo II, está dedicado a la Eucaristía, centro y cumbre de toda la vida cristiana (cf. Christus Dominus, 30). En la Eucaristía se realiza la obra de nuestra redención (cf. Lumen gentium, 3) y es el don por excelencia, que Cristo ha dado a su Iglesia, porque es el don de sí mismo, fruto de su amor que no conoce medida; por ello “todo fiel puede tomar parte en él, obteniendo frutos inagotablemente. Ésta es la fe de la que han vivido a lo largo de los siglos las generaciones cristianas” (Ecclesia de Eucharistia, 11).
Os animo a celebrar dignamente este misterio de amor y a participar asiduamente de esta fuente inagotable de gracia, que os dará fuerzas para vivir con gozo la fe cristiana, en medio de este mundo.
¡Aprovechad este tiempo cuaresmal de gracia, para pedir perdón a Dios, mediante la confesión sacramental de los pecados, y obtener la misericordia del Señor!
¡Que la Visita pastoral sea motivo de renovación de esta comunidad cristiana! Quiero agradecer el esfuerzo de todos y el empeño de tantos de vosotros que, con generosidad y gozo, dedicáis vuestro tiempo al anuncio del mensaje evangélico, a la catequesis, a la educación en la fe de vuestros paisanos, y a las diversas tareas que son necesarias para el buen funcionamiento de la parroquia.
¡Que el Señor os bendiga a todos y os mantenga fieles a lo que Él mismo os pide! Amén.
EUCARISTÍA POR LA
VÍCTIMAS DEL ATENTADO
TERRORISTA DEL 11 DE MARZO DE 2004
Catedral de Alcalá de Henares, 11 de marzo de 2005
Lecturas: Sb 2,1.12-22; Jn 7,1-2.10.25-30.
1. Conmemoramos hoy el primer Aniversario del atentado terrorista, perpetrado el once de marzo. Queremos recordar a las ciento noventa y dos personas, cuyas vidas quedaron segadas por tan cruel e inhumano acto; queremos tener presente a todos aquellos que sufrieron heridas en su cuerpo o en su espíritu, sobre todo a los que aún no han superado la situación dramática que vivieron o están necesitados de convalecencia y recuperación; queremos traer hoy a la memoria también a todos los familiares y amigos de las víctimas, que han perdido algún ser querido o están atendiendo a las personas enfermas o necesitadas de ayuda.
A todos deseamos expresarles una palabra de consuelo, desde nuestra cercanía humana, uniéndonos a tantas personas, que, de modos diversos, han mostrado su condolencia y su apoyo a las innumerables víctimas del brutal atentado.
Pero queremos, además, ofrecerles a todos ellos una palabra de aliento desde la fe y la esperanza cristiana; queremos hacerles sentir la fuerza del amor de Dios y de su gran misericordia. Como hemos cantado en el Salmo: "El Señor es mi pastor; nada me faltaestá"; el Señor está cerca de los atribulados, que le invocan.
2. Cercanos ya a la celebración de la Pascua, la Iglesia católica nos invita a prepararnos con esmero, para sacar buenos frutos mediante la participación en el misterio pascual de Jesucristo, nuestro Salvador.
Las fuerzas del mal llevaron a la muerte de cruz a Jesús de Nazaret. Hemos escuchado en el Evangelio de hoy la trama urdida en su contra y un primer intento fallido de captura, «porque todavía no había llegado su hora» (Jn 7,30).
Las mismas fuerzas del mal continúan llevando hoy a la muerte temporal a muchos seres humanos. Ante la experiencia de la vida, las preguntas fundamentales sobre el hombre, sobre el sentido de la vida, sobre el dolor, sobre el mal, sobre la muerte, sobre la otra vida,... ¡siguen en pie! La Iglesia ofrece una respuesta: "Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo, a fin de que pueda responder a su máxima vocación y que no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el que sea necesario salvarse" (Gaudium et spes, 10). La clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en Jesucristo, fundamento último de la existencia humana, que esclarece el misterio del hombre.
Esta respuesta viene ofrecida, pero jamás impuesta. Con la libertad propia del hombre, toda persona humana puede encontrar la Verdad y adherirse a ella; es decir, puede encontrar a Jesucristo, Verdad de nuestra vida y creer en Él. Os ofrecemos el tesoro de nuestra fe cristiana, que puede colmar las aspiraciones de todo hombre y despajar sus interrogantes profundos.
3. «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5, 9).
Son muchos los que, de modos diversos, colaboran por una mayor convivencia pacífica. A todos ellos el Señor les acoge como hijos suyos, es decir, como hijos de la luz, como hijos de la verdad, como hijos de la verdadera libertad. Todos ellos merecen nuestro reconocimiento y estima.
Los ciudadanos españoles hemos demostrado al mundo entero nuestra capacidad de perdón, nuestra solidaridad, nuestra actitud de ayuda desinteresada, nuestro empeño por la paz, nuestro esfuerzo por la convivencia tolerante y respetuosa. Estas actitudes son fruto de la verdadera paz, que nace de Dios y es don de Dios. Pedimos al Señor que nos conceda abundantemente su paz, tan necesaria en nuestros días.
4. Esta mañana, en una entrevista a "Radio Vaticano", me preguntaban, desde Roma, si las heridas del once de marzo del pasado año estaban curadas y cuál había sido la respuesta de los cristianos y de los ciudadanos en este tiempo transcurrido. He podido responder, con gozo, que un momento tan doloroso, como fue aquel fatídico once de marzo, nos ha conjuntado a todos, creyentes y no-creyentes, aunando nuestras fuerzas a favor del necesitado y del débil. Este acontecimiento, dentro del dolor y de la crueldad que ha significado, ha sido un motivo de crecimiento para todos nosotros; tanto los individuos como las instituciones han demostrado una colaboración eficaz, una buena participación y un querer resolver los problemas que nos afectaban.
Quiero agradeceros a todos el que, desde vuestra fe, hayáis ayudado a poner un poco más de luz en esta sociedad, que tantas tinieblas mantiene aún. Quiero agradecer vuestro testimonio de perdón, de comprensión y de ayuda. Y pido al Señor para que todos, desde la luz de la fe, sigamos creciendo en amor a Dios y en amor al prójimo, porque no puede darse el uno sin el otro.
5. El libro de la Sabiduría nos ha presentado la figura del "impío", que acecha al justo, porque le resulta incómodo, por muchas razones: Se opone a su acciones, le echa en cara su pecados, le reprende su educación equivocada, declara que conoce a Dios, es un reproche para su ideas, lleva una vida distinta de los demás, su conducta es diferente y se aparta de sus sendas por ser incorrectas (cf. Sb 2,12-16).
Los impíos, no pudiendo soportar la presencia y la rectitud del justo, intentan darle muerte, para seguir actuando según sus propios deseos. Esto fue lo que hicieron con Jesús de Nazaret, porque les resultaba incómodo; y esto es lo que intentan hacer con quien hoy les pueda resultar incómodo.
Según el texto bíblico, el "impío" se caracteriza por su actitud de "increencia", por no aceptar a Dios en su vida, por no respetar las normas divinas, por querer erigirse en autor absoluto de toda ley, por querer disfrutar de una pretendida autonomía, que no le corresponde como ser creado, por pretender erigirse en creador de sí mismo. Quien tales cosas ambiciona, se sitúa e