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Obispo Diócesis Seminario Parroquias Delegaciones Enlaces Catedral-Magistral |
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HOMILÍAS EN EL AÑO 2003
DICIEMBRE
Día 30: SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR. Misa de Medianoche
Día 11: EUCARISTÍA EN EL MONASTERIO DE CARMELITAS DESCALZAS DE LA PURÍSIMA CONCEPCIÓN. Fiesta de Santa María Maravillas de Jesús
Día 7: EUCARISTÍA EN CONGRESO NACIONAL DE LOS DIÁCONOS PERMANENTES
NOVIEMBRE
Día 29: EUCARISTÍA EN LA CONMEMORACIÓN DE LOS BEATOS MÁRTIRES EN PARACUELLOS DE JARAMA
Día 16: ACTO DE APERTURA DE LA VISITA PASTORAL DEL ARCIPRESTAZGO DE VILLAREJO DE SALVANÉS
Día 13: EUCARISTÍA EN LA FIESTA DE SAN DIEGO DE ALCALÁ
Día 6: EUCARISTÍA EN EL 50 ANIVERSARIO DE LA PARROQUIA DE SAN CARLOS BORROMEO EN ALBAL (VALENCIA)
OCTUBRE
Día 29: EUCARISTÍA EN EL MONASTERIO DE LAS "Oblatas de Cristo Sacerdote"
Día 25: ORDENACIÓN DE DIÁCONOS
Día 16: XXV ANIVERSARIO DE LA ELECCIÓN DEL PAPA Y RITO DE ADMISIÓN A LAS SAGRADAS ÓRDENES
Día 5: RESTAURACIÓN DEL TEMPLO PARROQUIAL DE AJALVIR
SEPTIEMBRE
Día 25: APERTURA DEL CURSO ACADÉMICO EN LA UNIVERSIDAD DE ALCALÁ DE HENARES.
Día 21: SOLEMNIDAD DE LA VIRGEN DEL VAL, PATRONA DE ALCALÁ DE HENARES.
Día 20: BODA DE PABLO SENABRE Y AMPARO CATALÁ EN VALENCIA.
Día 14: 150 ANIVERSARIO DE FUNDACIÓN DE LA "HERMANDAD DEL SANTÍSIMO CRISTO DEL SUDOR" EN VALDEAVERO.
AGOSTO
Día 6: SOLEMNIDAD DE LOS SANTOS NIÑOS JUSTO Y PASTOR, PATRONOS DE LA DIÓCESIS.
JULIO
Día 13: PEREGRINACIÓN DIOCESANA A GUADALUPE
JUNIO
Día 29: CLAUSURA DE LA VISITA PASTORAL AL ARCIPRESTAZGO DE COSLADA-SAN FERNANDO. Festividad de San Pedro y San Pablo
Día 22: SOLEMNIDAD DEL "CORPUS CHRISTI"
Día 14: VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DE LOS SANTOS JUAN Y PABLO. Solemnidad de la Santísima Trinidad
Día 12: JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE
Día 8: VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DE LA MADRE DEL ROSARIO EN LOS OLIVOS. Solemnidad de Pentecostés
Día 1: FIESTA DE LA COFRADÍA DEL "CRISTO UNIVERSITARIO DE LOS DOCTRINOS". Solemnidad de la Ascensión
MAYO
Día 23: VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DE SAN PABLO APÓSTOL DE LAS GENTES.
Día 21: ACCIÓN DE GRACIAS POR LA CANONIZACIÓN DE SANTA MARAVILLAS DE JESÚS
Día 19: VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DE SANTA MARÍA DE LOS ÁNGELES
Día 18: VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DE SAN SEBASTIÁN MÁRTIR
Día 17: ORDENACIÓN DE PRESBÍTEROS
Día 15: FESTIVIDAD DE SAN ISIDRO LABRADOR
ABRIL
Día 20: DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN
Día 18: VIERNES SANTO. Celebración de la Pasión del Señor
Día 17: JUEVES SANTO. Misa "In coena Domini"
Día 16: JUEVES SANTO. Misa Crismal
Día 12: INSTITUCIÓN DE MINISTERIOS DE LECTOR Y ACÓLITO
Día 4: VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DE LA NATIVIDAD DE NUESTRA SEÑORA
MARZO
Día 30: VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DE LA PURIFICACIÓN DE NUESTRA SEÑORA
Día 29: VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DE SAN PEDRO Y SAN PABLO
Día 22: VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DE NUESTRA SEÑORA DEL TEMPLO
Día 16: VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DE NUESTRA SEÑORA DE COVADONGA
Día 9: VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DE LA SANTA CRUZ
Día 8: VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DE SAN JOSÉ OBRERO
Día 1: ACTO DE APERTURA DE LA VISITA PASTORAL EN EL ARCIPRESTAZGO DE COSLADA-SAN FERNANDO. Vísperas Solemnes
FEBRERO
Día 11: XXI ANIVERSARIO DE LA APROBACIÓN PONTIFICIA DE LA FRATERNIDAD "COMUNIÓN Y LIBERACIÓN"
Día 6: CAMPAÑA DE "MANOS UNIDAS"
Día 3: FUNERAL DEL RVDO. P. JUAN DE THOURY, SACERDOTE MONFORTIANO
Día 2: JORNADA DE LA VIDA CONSAGRADA. Fiesta de la Presentación del Señor
ENERO
Día 25: ACTO ECUMÉNICO DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS
Catedral de Alcalá de Henares, 24 de Diciembre de 2003
Lecturas: Is 9, 1-3.5-6; Sal 95; Tt 2, 11-14; Lc 2, 1-14.
1. Jesucristo, salvación para el género humano
El pecado original deja al hombre en una situación de fragilidad, de pobreza, de deterioro, de imposibilidad de relacionarse adecuadamente con Dios y con los demás, de incapacidad para salir de su estado. La humanidad vive, de este modo, envuelta en tinieblas, sin luz que les guíe (cf. Is 9,1-2).
Los sacrificios y ofrendas que el hombre realiza, según el Antiguo Testamento, son ineficaces para salvarlo del pecado. Como dice la carta a los Hebreos: «Es imposible que sangre de toros y machos cabríos borre pecados» (Hb 10,4). Hace falta un sacrificio redentor, capaz de devolverle al hombre la libertad perdida y otorgarle la salvación que necesita.
Tan solo la actitud obediente del Hijo de Dios encarnado es capaz de salvar al hombre, sumergido en el pecado: «Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡Aquí estoy, Señor, como está escrito en el libro, para hacer, tu voluntad!» (Hb 10,6-7). Tan solo el Hijo de Dios nos ha santificado, gracias a la oblación que ha hecho de sí mismo: «Y en virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo» (Hb 10,10). Tan solo Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, es salvación para el género humano.
San Agustín, comentando el nacimiento del Salvador, se dirige al todo hombre y le dice: "Hubieses muerto para siempre, si él no hubiera nacido en el tiempo. Nunca te hubieses visto libre de la carne del pecado, si él no hubiera aceptado la semejanza de la carne de pecado. Una inacabable miseria se hubiera apoderado de ti, si no se hubiera llevado a cabo esta misercordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si él no hubiera venido al encuentro de tu muerte. Te hubieras derrumbado, si él no te hubiera ayudado. Hubieras perecido, si él no hubiera venido" (San Agustín, Sermón 185: PL 38,997-998).
2. Cumplimiento de la promesa de Dios
Dios promete, a través de los profetas, hacerse presente entre los hombres, para salvarlos: «El Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel» (Is 7,14).
Esta promesa acontece en la plenitud de los tiempos, con el anuncio del ángel a María: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28). Dios se hace hombre en el seno virginal de María. El "Enmanuel", el "Dios con nosotros" asume la naturaleza humana y nace como uno de nosotros. Este acontecimiento único en la historia de la humanidad es el que celebramos esta noche santa; y este acontecimiento singular cambiará la historia del mundo. Dios ha cumplido su promesa.
Como hemos escuchado en la lectura del profeta Isaías, el pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz, que ilumina ahora sus pasos: «El pueblo que andaba a oscuras vio una luz grande. Los que vivían en tierra de sombras, una luz brilló sobre ellos» (Is 9,1-2).
La presencia de Dios entre los hombres es motivo de alegría y regocijo (cf. Is 9, 2). El ángel, en su anuncio a los pastores, les notifica la buena nueva del nacimiento del Salvador: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo. Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor» (Lc 2,10-11).
Celebremos esta fiesta de Navidad con ánimo alegre; como dice San Agustín: "Celebremos con alegría el advenimiento de nuestra salvación y redención. Celebremos el día afortunado en el que quien era el inmenso y eterno día, que procedía del inmenso y eterno día, descendió hasta este día nuestro tan breve y temporal" (San Agustín, Sermón 185: PL 38,998).
3. Signos de oscuridad y desesperanza en nuestra sociedad
A pesar de haber llegado, hace más de dos mil años, el que es la Luz del mundo, todavía existen tinieblas en nuestra vida. El Papa Juan Pablo II, en la exhortación apostólica "Ecclesia in Europa", describe unos signos preocupantes de la situación actual, que provocan desilusión y siembran desesperanza, que son expresión de la oscuridad en que vive nuestra sociedad: En primer lugar, la pérdida de la memoria y de la herencia cristianas, unida a una especie de agnosticismo práctico y de indiferencia religiosa; otro signo es un cierto miedo en afrontar el futuro, expresado en el vacío interior, en la pérdida del sentido de la vida, en el dramático descenso de la natalidad, en el rechazo a tomar decisiones definitivas de vida; también aparece la fragmentación de la existencia, que se manifiesta en la soledad de las personas, en crisis familiares y deterioro del concepto mismo de familia, en la persistencia de conflictos étnicos y actitudes racistas, en la marginación de los más débiles; se da asimismo un decaimiento creciente de la solidaridad interpersonal; y, finalmente, el intento de hacer prevalecer una antropología sin Dios y sin Cristo, que lleva al olvido de Dios y al abandono del hombre (cf. Ecclesia in Europa, 7-9). El Papa nos invita a dar testimonio de Jesucristo en esta sociedad, señada negativamente por estos signos.
4. La Encarnación es obra de Dios
En la anunciación, María se turba por las palabras de saludo del celestial mensajero y de su significado. El ángel, para tranquilizarla, le confirma: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús» (Lc 1,30-31).
La Encarnación es obra de Dios, pues el fruto de las entrañas de María es obra divina: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios» (Lc 1,35).
Jesús, el Hijo de Dios, tiene un poder como nadie lo ha tenido ni tendrá jamás; su reino será eterno: «Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin» (Lc 1,32-33).
Toda la humanidad está llamada a vivir en ese reino de paz y amor universal. Cada uno de nosotros, estimados hermanos, estamos invitados a participar de los dones celestiales, que nos trae la Encarnación del Hijo de Dios. En esta "Noche Buena" queremos agradecer a Dios su cercanía al hombre, su presencia salvadora entre nosotros, su amor por los pobres, los humildes y sencillos.
5. Nuestra actitud ante el misterio de la Encarnación
Ante la venida de Jesús entre los hombres, el ejemplo de María nos debe mover a tener unas actitudes como Ella:
1) Aceptar con gratitud el don de la vida divina, que Dios nos ofrece en su Hijo Jesucristo, hecho hombre por nosotros.
2) Acoger humildemente la voluntad de Dios, con actitud de siervo, con la misma actitud que María, la Virgen, la "esclava del Señor".
3) Tener docilidad al Espíritu Santo, para que pueda obrar en nosotros la salvación. ¡Permitamos al Espíritu que pueda moldear y configurar la imagen de Jesucristo en nuestras almas!
4) Librar la batalla contra el mal. El Concilio Vaticano II nos habla de esa dura lucha contra las fuerzas de mal: "A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final. Enzarzado en esta pelea, el hombre ha de luchar continuamente para acatar el bien, y sólo a costa de grandes esfuerzos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de establecer la unidad en sí mismo," (Gaudium et Spes, 37).
5) Integrar el mensaje del Evangelio en la vida diaria. Juan Pablo II nos invita a ello: "Muchos ya no logran integrar el mensaje evangélico en la experiencia cotidiana; aumenta la dificultad de vivir la propia fe en Jesús en un contexto social y cultural en que el proyecto de vida cristiano se ve continuamente desdeñado y amenazado; en muchos ambientes públicos es más fácil declararse agnóstico que creyente; se tiene la impresión de que lo obvio es no creer, mientras que creer requiere una legitimación social que no es indiscutible ni puede darse por descontada (cf. Ecclesia in Europa, 7). El Papa nos invita a ser testigos de Jesucristo y a vivir el Evangelio en la vida cotidiana.
¡Que la Virgen María nos ayude a vivir este misterio de la Navidad con alegría, con esperanza y con ilusión, para ser auténticos testigos de Jesús hecho hombre por amor! Amén.
Alcalá de Henares, 11 de Diciembre de 2003
Fiesta de Santa María Maravillas de Jesús
Lecturas: Ct 8,6-7; Sal 44(45); Col 3,12-17; Lc 10,38-42.
1. El libro del "Cantar de los Cantares", que hemos escuchado, ensalza el amor divino, con imágenes del amor humano, poniendo en labios del que ama su deseo de ser amado: «Grábame como un sello en tu brazo, como un sello en tu corazón (Ct 8,6). El alma anhela la presencia de Dios y quiere estar tan cerca de Él, que desea quedar grabada en el corazón de su amado Señor.
La felicidad consiste en alcanzar aquello para lo que estamos hechos. Nuestra alma está hecha para estar con Dios; como dice San Agustín: "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti". El corazón humano sólo encuentra el verdadero reposo en manos de Dios y desea vehementemente experimentar el delicadísimo amor divino.
2. El alma humana está llamada a vivir una bella historia de amor con Dios, que perdurará eternamente; como nos dice el libro del Cantar: «Porque es fuerte el amor como la muerte, implacable la pasión como el abismo» (Ct 8,6). Se trata de un amor, que va más allá de la muerte; que es fuerte y duradero; que traspasa el corazón del amado como saeta de fuego: «Saetas de fuego, sus saetas, un fuego divino» (Ct 8,6). ¿Es así como sentís el amor de Dios en vuestro corazón, estimadas carmelitas?
El Salmo interleccional invitaba a una entrega total al Señor, con olvido de la casa paterna de proveniencia: «Escucha, hija, mira, inclina el oído; olvida tu pueblo y la casa de tu padre; prendado está el rey de tu belleza. ¡Póstrate ante Él, que Él es tu Señor!» (Sal 44,11-12). ¡Dejad, hermanas, que Dios realice su historia de amor con cada una! El Rey ha quedado prendado de vuestra belleza. ¡Dejaos amar por Él, olvidando lo que habéis dejado y forjando un futuro de eternidad!
3. San Pablo, para esta aventura de amor, nos da unas indicaciones: «Revestios, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia» (Col 3,12). ¡Qué palabras más hermosas! ¡Qué comunidad monástica más auténtica y verdadera donde se vivan estas actitudes! Tener entrañas de misericordia, dulzura, humildad, paciencia..., y vivirlo en cada momento, es tener el cielo en la tierra. Así debe ser todo Carmelo: un trocito de cielo en la tierra, o también la eternidad en el tiempo.
En una comunidad monástica no puede faltar la alabanza a Dios, ni el canto de himnos inspirados, como nos dice San Pablo: «La palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; instruios y amonestaos con toda sabiduría, cantad agradecidos, himnos y cánticos inspirados» (Col 3,16). Vuestra comunidad monástica debe ser un coro de voces angélicas de acción de gracias y alabanza a Dios; debe ofrecer a los alcalaínos la posibilidad de unir sus voces a las vuestras, para cantar himnos a nuestro Dios; debe ser un desierto donde el alma, desprendida de todo, se une al Señor.
4. Celebramos hoy, en este Carmelo, la fiesta de Santa María Maravillas de Jesús, cuyo corazón anheló el amor divino y cifró la santidad en esta unión amorosa: "La santidad es muy sencilla: dejarse confiada y amorosamente en brazos de Dios, queriendo y haciendo lo que creemos que Él quiere". Toda buena carmelita desea ponerse en manos de Dios y cumplir fielmente su voluntad; desea abandonarse totalmente en el Señor, para ser tomada y poseída por su Espíritu, para ser moldeada, cual frágil arcilla, por los dedos de Dios, es decir, por el Espíritu Santo.
María la Virgen, que nos anima y conduce en el Adviento hasta su Hijo Jesús, supo decir la respuesta esperada: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Ésta ha de ser nuestra respuesta a la invitación que Dios nos hace; ésta ha de ser la respuesta de toda carmelita, dispuesta a dejarse despojar de todo para vivir en plenitud el amor divino; como decía la Madre Maravillas: "La santificación se forja cuando Dios va quitando al alma todo, y la deja como en un inmenso desierto".
5. María de las Maravillas Pidal, nacida en Madrid en 1891, recibió la llamada del Señor, desde muy niña, a vivir la virginidad consagrada y fue fraguando en ella la atracción por la vida monástica. Gran lectora de las vidas de santos y de sus escritos, entre otros los de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz, fue cautivada por sus experiencias espirituales y decidió entrar en el Carmelo Descalzo de El Escorial (Madrid), a los 28 años, con el nombre religioso de Maravillas de Jesús. Ella deseó vivir olvidada y desconocida, ofreciendo su vida al Señor y abandonándose en sus manos, para que Él lo fuera todo. Su larga vida, de 83 años, fue un continuo abandonarse en manos de Dios para hacer su voluntad.
6. Demos gracias a Dios por las maravillas que hizo en Santa Maravillas de Jesús, monja carmelita, y pidamos su intercesión, para que el Señor nos conceda también a nosotros ser fieles a su voluntad. ¡Qué la Virgen María, que esperó con inefable amor de madre la Venida de su Hijo, nos ayude a vivir este Adviento con gozo y esperanza! Amén.
Catedral de Alcalá de Henares, 7 de Diciembre de 2003
Lecturas: Ba 5,1-9; Flp 1,4-6.8-11; Lc 3,1-6.
1. El profeta Baruc, como hemos escuchado en la lectura de hoy, dirige su profecía a Jerusalén, invitándola a participar en la fiesta que el Señor le ha preparado: «Jerusalén, despójate de tu vestido de luto y aflicción y vístete para las galas perpetuas de la gloria que Dios te da» (Ba 5,1). Los días de sufrimiento y de esclavitud han pasado; ahora son días de fiesta en los que hay que vestirse de gala: «Envuélvete en el manto de la justicia de Dios y ponte en la cabeza la diadema de la gloria del Eterno, porque Dios mostrará tu esplendor a cuantos viven bajo el cielo» (Ba 5,2-3). El vestido de fiesta es regalado por el mismo Dios, y consiste en la salvación otorgada; los adornos son las joyas que provienen de la gloria del Señor. El pueblo de Israel disfruta de una salvación concedida por Dios y aceptada con gratitud.
El Señor nos invita hoy, amados hermanos, con las palabras de Baruc, a aceptar con gozo la salvación que nos llega en Cristo Jesús; a vivir con alegría y festejar radiantes nuestra liberación; a quitarnos los vestidos raídos y sucios, con los que nos cubrimos en el tiempo de nuestra esclavitud; a despojarnos, en definitiva, del hombre viejo (cf. Col 3,9).
2. La Iglesia nos exhorta en el Adviento a prepararnos para recibir a Cristo Jesús, el único Salvador de los hombres; nos anima a retornar a las fuentes de la vida, a volver a la ciudad de Dios, al igual que el pueblo de Israel retorna gozoso del destierro y se reúne en la ciudad santa: «Ponte en pie, Jerusalén, sube a la altura, mira hacia el oriente y contempla a tus hijos, reunidos de oriente a occidente a la voz del Santo, gozosos invocando a Dios» (Ba 5,5).
El orgullo, el pecado, hizo salir al pueblo hacia el destierro, pero ahora el poder de Dios los hace regresar a casa cantando: «A pie se marcharon, conducidos por el enemigo, pero Dios te los traerá con gloria, como llevados en carroza real» (Ba 5,6). La obra es de Dios, que abre caminos de libertad y de vida, que hace abajarse a los montes y colinas, que allana los senderos abruptos (cf. Ba 5,7).
3. Estimados diáconos, estamos celebrando el XXV Aniversario de la implantación del Diaconado permanente en las iglesias que peregrinan en España. Son veinticinco años de servicio a la Iglesia, desde el ministerio diaconal. Podemos proclamar, como hemos dicho en el Salmo interleccional: "El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres".
Al igual que el profeta Baruc, hemos sido llamados para pregonar la liberación que Dios trae al hombre; el Señor nos ha mandado a decir al pueblo de Dios: «Despójate de tu vestido de luto y aflicción y vístete para las galas perpetuas de la gloria que Dios te da» (Ba 5,1). Vuestros vestidos son de gala (vuestros vestidos ministeriales), son blancos, símbolo de la luz de Cristo que nos ilumina, signo de la resurrección otorgada a quien muere con Él en el bautismo.
Vuestra tarea es la del profeta: anunciar la liberación de las cadenas que atan al hombre actual y proclamar la salvación del Señor. ¡Sed fieles a este hermoso ministerio que la Iglesia os ha confiado!
Habéis reflexionado en estas Jornadas sobre la sacramentalidad del diaconado. Recibisteis el sacramento del orden para ejercer este ministerio; sois también, en cierto sentido, sacramentos de Jesús, signo vivo de la presencia de Cristo entre los hombres. ¡Vivid esa teología sacramental!
4. San Pablo, en la carta a los Filipenses, os confirma en el ejercicio de vuestra tarea y dice: "También vosotros sois colaboradores del Apóstol en la causa del Evangelio (cf. Flp 1,5), porque lo proclamáis en las asambleas del pueblo de Dios y anunciáis el mensaje de salvación". La misma convicción que dice tener Pablo, la hago mía y la expreso usando sus palabras: «Que el Señor, que ha inaugurado entre vosotros una empresa buena la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús» (Flp 1,6). ¡Que el Señor os colme de su gracia y bendición, y lleve adelante en vosotros la obra que comenzó!
5. El mismo Pablo hace una oración, que hoy hacemos nuestra: «Que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores» (Flp 1,9). El término "penetración", o conocimiento, que usa Pablo, es en griego "epignosis" y significa un conocimiento especial, un super-conocimiento, concedido por gracia y que va más allá del saber humano; es un conocimiento de la fe, sobrenatural. Y el término griego "aisthesis", traducido por "sensibilidad para aplicar los valores" indica un discernimiento especial; expresa un conocimiento que proviene del amor. Cuando una persona ama a otra es capaz de percibir lo que al otro le hace falta, sin que se lo digan; es capaz de captar lo que al otro le hace feliz, sin que se lo expresen; es capaz de descubrir el deseo del otro antes de que le sea manifestado. Esa experiencia que tenemos del amor humano, es la expresada en este término que usa Pablo; por ello dice: "que vuestro amor crezca más y más", con esta finísima sensibilidad. Es un conocimiento que proviene del amor y de la fe.
¡Que el Señor os conceda un conocimiento suyo proveniente del amor mismo, que es Dios, y de la fe que nos regala! De este modo: «Llegaréis al día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús, a gloria y alabanza de Dios» (Flp 1,10-11).
6. El evangelista Lucas ha datado el ministerio de Juan Bautista con una exactitud histórica y geográfica, describiéndonos minuciosamente quién gobernaba en las provincias y tretarquías romanas, relacionadas con el acontecimiento que nos narra. En ese tiempo «fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados» (Lc 3, 2-3). En la descripción de Lucas aparece tanto la historia profana como la crónica religiosa; de este modo, indica, que la predicación del Bautista se dirige tanto a los creyentes judíos como a la gente pagana.
7. Con la misma exactitud histórica y geográfica podríamos enumerar ahora los lugares donde vosotros, estimados diáconos permanentes, ejercéis vuestro ministerio. El acontecimiento es análogo al del Bautista: La Palabra de Dios se ha hecho carne (cf. Jn 1,14) y os ha sido dirigida para que la proclaméis; ha penetrado dentro de vosotros, en primer lugar, para transformaros y, después, para que deis testimonio de ella, como lo hizo Juan Bautista (cf. Jn 1,15). Gritad con este gran profeta; gritad a la gente de nuestra sociedad y de nuestro tiempo: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale» (Lc 3,4-5). Vuestra predicación, como la del Bautista, debe también dirigirse a creyentes y a paganos. Provenís de los cuatro puntos cardinales de España y vuestra predicación debe llegar a todas las iglesias que están en España.
Habéis reflexionado en estas Jornadas también sobre la "religiosidad popular". Un buen profeta no apaga el pábilo vacilante, ni quiebra la caña cascada (cf. Is 42,3); un buen profeta no apaga ni siquiera las pequeñas manifestaciones de fe, aunque sean pobres; no quiebra una piedad sencilla, que no está demasiado arraigada; no quiebra una expresión de fe, aunque no esté bien fundamentada en una buena teología. Más bien purifica todas estas manifestaciones religiosas, las encauza y las aviva, pero no las apaga ni las quiebra. Una hermosísima tarea eclesial, en nuestra España actual.
8. Vuestra misión es anunciar una «profecía», ser «voz que grita»: expresión de la fuerza del irrumpir de Dios en el desierto, en un mundo de tinieblas, de pecado, de dureza y de cerrazón de corazón. Más profundamente, vuestra misión es ser «voz» de la estimulante y provocadora solicitud de Dios, que no da tregua al hombre pecador.
9. Lucas habla de «salvación» (sótérion), «obra salvífica» del Mesías. Baruc y Juan Bautista son pregoneros de esa salvación; y hoy el cristiano y el hombre de nuestro tiempo, no-cristiano o no-creyente, necesita recibir ese anuncio de salvación. Como dice Pablo en la carta a los Romanos: «Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique?» (Rm 10,14). En España no es que no se conozca a Jesús, o que no se haya oído hablar nunca de Él, sino que más bien se ha oído mal; hay muchas vendas en los ojos y muchas preconcepciones, que impiden oir nítidamente el verdadero mensaje de Jesús, el auténtico Evangelio. ¡Tarea tenéis; tarea tenemos todos!
10. Deseo felicitaros a todos por la llamada que Dios os ha hecho de asociaros al ministerio diaconal. Quiero, además, daros las gracias, en nombre de la Iglesia, si se me permite, por vuestra dedicación, generosidad y entrega fiel. Durante estos años habéis dado un hermoso testimonio de colaboración con el presbiterado y el episcopado y de ayuda a todo el pueblo fiel y también a aquellos que viven alejados de la comunidad cristiana.
¡Que la Virgen María, que esperó fielmente la llegada de Jesús, y lo acogió en su seno, nos ayude, con su maternal intercesión, a acoger a Cristo que viene, en estas ya cercanas fiestas navideñas! ¡Que el Señor os bendiga a todos y os conserve fieles en su servicio! Amén.
BEATOS MÁRTIRES DE SAN JUAN DE DIOS
Paracuellos de Jarama, 29 de Noviembre de 2003
Lecturas: Dn 7,15-27; 2 Tm 2,8-13;3,10-12; Jn 12,24-26.
1. Según hemos escuchado, el profeta Daniel tiene una visión en la que unas fieras con cuernos hacen la guerra a los santos de Dios: «Yo contemplaba cómo este cuerno hacía la guerra a los santos y los iba subyugando» (Dn 7,21).
A lo largo de la historia, varios son los reinos que, según esta visión, destrozan la tierra: «La cuarta bestia será un cuarto reino que habrá en la tierra, diferente de todos los reinos. Devorará toda la tierra, la aplastará y la pulverizará» (Dn 7,23). En la historia de la Iglesia, muchas han sido las persecuciones contra los cristianos, comenzando desde los primeros siglos.
El enemigo de Cristo vocifera contra Él y mantiene una actitud adversa y cruel contra sus seguidores «Proferirá palabras contra el Altísimo y pondrá a prueba a los santos del Altísimo. Tratará de cambiar los tiempos y la ley, y los santos serán entregados en sus manos por un tiempo» (Dn 7,25).
2. Pero el poder del maligno tiene un tiempo limitado; su victoria es efímera y termina aquí en la tierra; su «dominio le será quitado, para ser destruido y aniquilado definitivamente» (Dn 7,26).
Los que han sido martirizados por el nombre de Jesucristo recibirán la corona de gloria, que no se marchita, y poseerán el reino eterno prometido. Daniel lo describe con la figura del Anciano: «Hasta que vino el Anciano a hacer justicia a los santos del Altísimo, y llegó el tiempo en que los santos poseyeron el reino» (Dn 7,22).
Al final, el triunfo es de Dios y de sus fieles: «El reino y el imperio y la grandeza de los reinos bajo los cielos todos serán dados al pueblo de los santos del Altísimo. Reino eterno es su reino, y todos los imperios le servirán y le obedecerán» (Dn 7,27). Esta es la esperanza cristiana.
3. Hoy celebramos la fiesta de los Beatos Mártires de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, que derramaron aquí su sangre por dar testimonio de su fe y fueron martirizados en Paracuellos el día 30 de noviembre de 1936.
Sus nombres son: Diego de Cádiz García Molina y sus compañeros Román, Miguel, Arturo, Jesús y Antonio. El Papa Juan Pablo II los proclamó Beatos en octubre de1992. Sus edades oscilaban entre los 19 y los 43 años; partieron hacia la Casa del Padre en plena juventud y madurez de su vida.
Se distinguieron por su amor a Dios, por su entrega diaria en el cuidado de los enfermos, por su obediencia en la vida religiosa, por su devoción mariana y, finalmente, por la entrega total de su vida hasta derramar su sangre. Al grito de "Viva Cristo Rey" caían en tierra, segados por manos que odiaban la fe cristiana. "¡Hasta pronto! ¡Hasta el cielo!", fueron sus últimas palabras de despedida.
4. San Pablo, en su carta a Timoteo, le recuerda los trabajos y persecuciones que ha tenido que soportar por predicar el Evangelio: «Haz memoria de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David. Éste ha sido mi Evangelio, por el que sufro hasta llevar cadenas, como un malhechor» (2 Tm 2,8-9).
Con estas palabras, estimados hermanos, nos anima a proclamar hoy la Buena Nueva de la salvación traída por Cristo, en esta sociedad descreída que prescinde de Dio; nos alienta a predicar la Palabra de Dios, para que sea luz de los hombres de nuestro tiempo, porque, como dice el Apóstol, esta Palabra no está encadenada (cf. 2 Tm 2,9).
5. Hoy hacemos memoria también de muchos cristianos que murieron en este Camposanto de Paracuellos por dar testimonio de su fe, aunque no hayan sido aún beatificados. ¡Ojalá un día la Iglesia los reconozca como tales y nos los proponga como modelos de testigos de la fe y nos los ofrezca como intercesores nuestros! San Pablo nos recuerda que «todo el que se proponga vivir piadosamente en Cristo Jesús será perseguido» (2 Tm 3,12). Muchos de ellos fueron perseguidos por vivir la fe en Cristo Jesús y por dar testimonio de ella.
En esta eucaristía rezamos también al Señor, para que acoja en su reino de inmortalidad a todos los que aquí murieron. Muchos de ellos dieron prueba de una práctica encomiable de virtudes humanas y cristianas, y de una vida ejemplar, entregada a los demás y animada por los valores de la paz, la convivencia y el respeto mutuo.
6. San Cipriano, obispo y mártir, nos ofrece una reflexión sobre la muerte y sobre la actitud que el cristiano debe tener ante ella: "Para nosotros, nuestra patria es el paraíso; allí nos espera un gran número de seres queridos, allí nos aguarda el numeroso grupo de nuestros padres, hermanos e hijos, seguros ya de su suerte, pero solícitos aún de la nuestra. Tanto para ellos como para nosotros, significará una gran alegría el poder su presencia y abrazarlos; la felicidad plena y sin término la hallaremos en el reino celestial, donde no existirá ya el temor a la muerte, sino la vida sin fin" (San Cipriano, Tratado sobre la muerte (Cap. 18, 26: CSEL 3, 314).
En el reino celestial nos esperan los apóstoles, los profetas, los mártires, las vírgenes, los evangelizadores, los misericordiosos, los que practicaron el bien, los que trabajaron por la paz, los que socorrieron a los necesitados. Estamos invitados a vivir en la alegre compañía de todos ellos. Nos esperan también entre ellos los Beatos mártires de Paracuellos.
7. El destino final de quienes son fieles a Dios y se unen por el bautismo a la muerte de Cristo es la participación en su reino: «Es doctrina segura: Si morimos con él, viviremos con él. Si perseveramos, reinaremos con él. Si lo negamos, también él nos negará» (2 Tm 2,11-12).
Esta fiesta de los Beatos Mártires de la Orden Hospitalaria nos ofrece un motivo más para entregar nuestra vida al servicio de Dios y de los hermanos. La vida del que se la guarda para sí queda infecunda, pero la vida del que la entrega produce buen fruto, como nos dice el evangelista San Juan: «Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24).
Ser discípulo de Jesús, estimados hermanos, implica servirlo: «El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará» (Jn 12,26). Los Beatos y los Santos nos estimulan a vivir con gozo la entrega y el servicio a Dios.
8. Hoy es el último día del año litúrgico. Mañana comenzamos el Adviento, que nos prepara para acoger al Mesías. Jesucristo tomó forma humana en su primera venida a la tierra (cf. Jn 1,14), pero vendrá glorioso y con poder en su segunda y definitiva venida, al final de los tiempos (cf. Lc 21,27; Ap 5,12).
El tiempo y la historia han sido sacralizados por Cristo. Hoy no solamente recordamos un hecho pasado, que aconteció en el tiempo, sino que miramos hacia el futuro, esperando la plenitud de nuestra salvación. Los que fueron hechos hijos de Dios por el bautismo y han muerto en Cristo, viven ahora la plenitud de su vida en Él; ésta es la esperanza cristiana.
¡Que Dios les conceda a todos ellos el descano eterno y la felicidad completa! ¡Que el Señor nos conceda a nosotros, los que aún vivimos en este mundo, serle fieles en su servicio y en su seguimiento! ¡Que la Virgen María, que acompañó a su Hijo hasta el pie de la cruz y fue siempre fiel y humilde servidora de Dios, nos ayude con su intercesión a realizar con amor y fidelidad la voluntad de Dios en nuestras vidas! Amén.
ACTO DE APERTURA DE LA VISITA PASTORAL
AL ARCIPRESTAZGO DE VILLAREJO
Estremera de Tajo, 16 de Noviembre de 2003
Lecturas: Ez 34,12-16; Jn 10,11-16 .
1. Hemos escuchado el texto del libro del profeta Ezequiel, donde se nos presenta la figura del pastor aplicada al mismo Dios: «Como un pastor vela por su rebaño cuando se encuentra en medio de sus ovejas dispersas, así velaré yo por mis ovejas» (Ez 34,12). Dios cuida de su pueblo con solicitud amorosa, sacándolo de en medio de los pueblos, trayéndolo de los lugares por donde se dispersó y reuniéndolo de los países donde habitó (cf. Ez 34, 13-14). Eso mismo hace con nosotros, cuando nos alejamos de Él y cuando buscamos engañosamente la felicidad lejos de su amor; nuestra lejanía de Dios hace que nos encontramos vacíos interiormente. El Señor apacienta a sus ovejas en buenos pastos, busca a la oveja perdida, va detrás de la descarriada, cura a la herida y conforta a la enferma (cf. Ez 34,15-16). Estas ovejas representan a cada uno de nosotros, necesitados del cuidado amoroso de Dios.
2. Jesucristo se define a sí mismo como el Buen Pastor: «Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas» (Jn 10,11). Él dio su vida por nosotros muriendo en la cruz, para obtenernos la salvación. Sin embargo, el asalariado, que no es pastor y a quien no pertenecen las ovejas, las abandona las ovejas y huye (cf. Jn 10, 12-13). Es propio del Buen Pastor conocer a sus ovejas: «Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí» (Jn 10,14) y preocuparse de las que están fuera: «También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor» (Jn 10,16). Cristo quiere que vivamos unidos a Él y que formemos un único rebaño, unidos a Él.
3. La Visita pastoral tiene como objetivo acercar la figura del Buen Pastor a los fieles. El obispo, como sucesor de los Apóstoles, es representante principal de Jesucristo. Siendo la cabeza visible de la iglesia particular, hace presente de un modo especial a Cristo, el Buen Pastor. Según el Concilio Vaticano II, la Iglesia es como un "redil", cuya única y obligada puerta es Cristo (cf. Jn, 10,1-10); es presentada también como una "grey", cuyo Pastor es el mismo Dios, según las profecías (cf. Is 40,11; Ez 34,11-16), y cuyas ovejas, "aunque aparezcan conducidas por pastores humanos, son guiadas y nutridas constantemente por el mismo Cristo, buen Pastor, y jefe rabadán de pastores (cf. Jn 10,11; 1 Pe 5,4), que dio su vida por las ovejas (cf. Jn 10,11-16)" (Lumen gentium, 6). Todos estamos llamados a seguir al Buen Pastor, a escuchar su palabra, a nutrirnos con el alimento que nos ofrece de su Cuerpo y de su Sangre, a imitarle, a ser testigos de su amor.
4. Hoy iniciamos la Visita pastoral al arciprestazgo de Villarejo de Salvanés. La Visita pastoral del obispo a las comunidades cristianas es una ocasión propicia para conocernos mejor y estrechar lazos de fraternidad. La Visita pastoral es un acontecimiento de gracia, que reproduce la imagen de la singular visita que Jesucristo, el Obispo de nuestras almas (cf. 1 Pe 2,25), hizo a su pueblo para traerle la salvación (cf. Lc 1, 68). La Visita pastoral es una tarea apostólica, mediante la cual el Obispo diocesano aparece como el principio y fundamento visible de la unidad de la Iglesia particular que le ha sido encomendada (cf. Directorio de los Obispos, 166).
5. Mi presencia entre vosotros tiene como objetivo conocernos mejor y amarnos más; dialogar como hermanos; reflexionar sobre los retos y problemas que tenemos planteados. Vengo para confirmaros en la fe católica y para animaros a ser testigos en la sociedad actual. Deseo, sobre todo, celebrar con vosotros el misterio pascual; entre los diversos actos de la Visita pastoral, ocupa el primer lugar la celebración eucarística, presidida por el Obispo, en la que actúa como "el gran sacerdote de su grey, de quien deriva y depende en cierto modo la vida en Cristo de sus fieles" (Sacrosanctum Concilium, 41). También quiero acercarme a saludar a los enfermos, a los ancianos e impedidos. Y juntos rezaremos también por los fieles difuntos, para que el Señor les conceda su paz eterna.
6. Los sacerdotes, que cuidan de las distintas parroquias del arciprestazgo, hacen presente de manera concreta y permanente a Jesucristo, el Buen Pastor (cf. Jn 10,11; Heb 13,20). Los presbíteros, en virtud de su consagración mediante el sacramento del Orden y como "próvidos cooperadores del orden episcopal" (Christus Dominus, 15), apacientan la grey de Dios (cf. Jn 21,15; 1 Pe 5,2). Ellos, en plena comunión con el Obispo, son vuestros pastores más inmediatos. A ellos quiero agradecer sus desvelos y su dedicación al ministerio sacerdotal.
7. Hoy celebramos la "Jornada de la Iglesia Diocesana". El Señor nos ha hecho miembros de su Iglesia en el bautismo y nos invita a tomar parte en los trabajos del anuncio del Evangelio. Cada uno de nosotros está llamado a colaborar, según su vocación propia, en las actividades eclesiales: unos presidiendo la comunidad, otros realizando la tarea misionera, otros educando en la fe a las nuevas generaciones. En cada comunidad cristiana parroquial hay diversidad de servicios y ministerios, que deben llevarse a cabo para que pueda funcionar adecuadamente. La Jornada de hoy nos ayuda a tomar mayor conciencia de nuestra pertenencia a la Iglesia, y concretamente de nuestra pertenencia a la iglesia particular de Alcalá de Henares.
8. Todos somos corresponsables de la marcha de nuestras comunidades cristianas. El Concilio Vaticano II nos invita a llevar adelante la tarea que el Señor nos encomienda: "Todos los hijos de la Iglesia han de tener viva conciencia de su responsabilidad para con el mundo, han de fomentar en sí mismos el espíritu verdaderamente católico y consagrar sus fuerzas a la obra de la evangelización. Conozcan todos, sin embargo, que su primera y principal obligación por la difusión de la fe es vivir profundamente la vida cristiana. Pues su fervor en el servicio de Dios y su caridad para con los demás aportarán nuevo aliento espiritual a toda la Iglesia, que aparecerá como estandarte levantado entre las naciones (cf. Is 11,12) «luz del mundo» (Mt 5,14) y «sal de la tierra» (Mt 5,13)" (Ad gentes, 36). ¡Pidamos al Señor su gracia para llevar adelante la misión que nos encomienda y pidamos también por los buenos frutos de la Visita pastoral! Amén.
Catedral de Alcalá de Henares, 13 de Noviembre de 2003
Lecturas: Ct 8,6-7; 2 Co 10,17-11,2 ; Mt 25,1-13.
1. Cuando la Iglesia canoniza un santo, lo propone como modelo de santidad para todos los fieles. San Diego de Alcalá, religioso franciscano, es, pues, modelo de santidad para todos nosotros. Cada año su fiesta nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre alguna dimensión espiritual de su vida. Hoy meditaremos sobre el amor, que impulsó a San Diego a dedicarse a los pobres y sobre una imagen de ese amor: el amor esponsal.
El libro del Cantar de los Cantares ensalza poéticamente el amor y entona un hermoso canto, expresando la profundidad de la relación amorosa: «Grábame como un sello en tu corazón» (Ct 8,6), dice el amado, que desea eternizar los sentimientos que le embargan en lo profundo de su alma. El amado quiere que el amor mutuo quede marcado para siempre en el corazón de quien le ama. Así podríamos describir el amor que San Diego profesaba a Dios y a los hombres, sobre todo a los más pobres.
2. San Diego, natural de "San Nicolás del Puerto" en Sevilla, vino al mundo en el año 1400. Ingresó en la orden franciscana en Arrizafa (Córdoba), y estuvo luego en varios conventos (Sevilla, Islas Canarias y Roma).
A su regreso a España es destinado al convento de NªSª de la Salceda en Tendilla (Guadalajara). Su comunidad era uno de los focos de la reforma observante de los franciscanos, de donde salió poco después el gran reformador Cisneros. En esa comunidad permanece San Diego varios años.
En 1456 parte para Alcalá de Henares, junto con otros doce frailes, para ocupar el convento que acababa de construir Alfonso Carrillo, arzobispo de Toledo, quien quiso llevar como fundadores a religiosos insignes en santidad y sabiduría. Éste fue el más antiguo de los conventos fundados en esta ciudad, situado fuera de sus murallas, junto a la actual Universidad.
Aquí en Alcalá de Henares San Diego residió los últimos años de su vida, trabajando primero como jardinero y después como portero.
3. Los hagiógrafos de San Diego nos han presentado un religioso franciscano, dedicado con amor a los pobres. Vivía este amor como una pasión fuerte, entrañable y profunda, como nos dice el libro del Cantar de los Cantares: «Porque es fuerte el amor como la muerte, es cruel la pasión como el abismo; es centella de fuego, llamarada divina» (Ct 8,6).
San Diego percibía el amor de Dios como un fuego que abrasa y purifica, como un crisol que refina su corazón, pudiendo utilizar las mismas palabras de Job, dichas en medio de la prueba: «¡Probado en el crisol, saldré oro puro!» (Jb 23,10). Su amor a Dios era correspondencia al amor divino recibido.
4. El amor llevaba a San Diego a atender a los pobres, como una exigencia evangélica. Nuestra sociedad se preocupa de algunos problemas sociales, según las conveniencias político-sociales o la mayor o menor sensibilidad hacia ellos en un momento determinado. Podríamos decir que hay "modas" de atención social: hace varias décadas estaba de "moda" la atención a los drogadictos y a los enfermos de "SIDA", de los que hoy apenas se habla; ahora está de "moda" la atención a las mujeres maltratadas; dentro de unos años es posible que esté de "moda" la atención a los adolescentes delincuentes. Pero la Iglesia, experta y pionera en estas lides, sigue atendiendo a los más necesitados, aunque no estén de "moda", como hacía San Diego.
5. A veces nos detenemos en algunos aspectos anecdóticos de la vida de los santos, pero conviene indagar los motivos profundos que subyacen. La fuerza de San Diego residía en el amor de Dios vivido internamente y manifestado en su actitud hacia los pobres. Su mérito estaba en poner toda su confianza en el Señor y no en sus propias fuerzas, como nos ha dicho San Pablo: «El que se gloría, que se gloríe del Señor» (2 Co 10,17). La llama de su amor no podía ser apagada por nada, como reza el libro del Cantar: «Las aguas torrenciales no podrán apagar el amor, ni anegarlo los ríos» (Ct 8,7). Ni siquiera las incomprensiones de sus mismos hermanos de comunidad, que le regañaban por su actitud dadivosa en medio de una vida de penuria, hacían mella en su generosidad.
La anécdota, que se cuenta de su vida, de la comida para los pobres convertida en flores dentro de su hábito, al ser interrogado por su superior, es una muestra de ello. Desde su lugar de trabajo en el convento entra en contacto con las personas de Alcalá, haciendo patente el amor de Dios, a través de su dedicación a los más necesitados.
6. La parábola de las vírgenes, que hemos escuchado en el Evangelio, no podemos reducirla sólo a algunos aspectos morales sobre la necesidad de "estar preparado", sino que tiene un profundo significado místico. En el banquete de bodas, presentado en esta parábola, se cumple el misterio nupcial de unidad entre los hombres y Dios, que los profetas habían anunciado.
La escena humana se presenta como imagen de la realidad sobrenatural del Reino de los Cielos: El Esposo de las bodas es Dios mismo, que ama a su pueblo Israel, que le habla al corazón para enamorarlo y desea que se convierta de sus ídolos y que deja sus amantes, para desposarlo con amor eterno y fidelidad, como de manera poética y tierna nos narra el profeta Oseas (cf. Os 2,16-22).
El Esposo es Jesús, el Hijo de Dios, que está con sus discípulos en el tiempo presente y los invita al banquete de sus bodas: «El Reino de los cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de las bodas de su hijo» (Mt 22,2).
7. En ese misterio nupcial de Dios con los hombres, tiene una importancia decisiva la virginidad. Aunque en diversas religiones antiguas la virginidad tenia un valor sacro, sólo la revelación cristiana muestra en su plenitud el valor religioso de la virginidad, es decir, la fidelidad en un amor exclusivo para Dios.
La preparación al concepto de virginidad cristiana se encuentra en el Antiguo Testamento en el contexto de las promesas de la alianza. Los profetas describen la relación entre Dios y su pueblo en términos de "desposorios" (cf. Is 62,5) y dan el nombre de "virgen" al pueblo de Israel (cf. Is 18,13), para recordarle que le debe fidelidad a Dios.
La virginidad, realidad esencialmente escatológica, adquirirá su pleno sentido en el cumplimiento último de las nupcias mesiánicas.
8. La Iglesia se representa como la esposa sin mancha del Cordero inmaculado (cf. Ap 19,7; 21,2.9; 22,17), a la que Cristo «amó y se entregó por ella, para santificarla» (Ef 5,25-26), la unió consigo con alianza indisoluble, la alimenta sin cesar y la "enriqueció para siempre con tesoros celestiales, para que podamos comprender la caridad de Dios y de Cristo para con nosotros que supera toda ciencia (cf. Ef 3,19)" (Lumen gentium, 6). "La Iglesia, por la virtud del Espíritu Santo, se ha mantenido como esposa fiel de su Señor y nunca ha cesado de ser signo de salvación en el mundo" (Gaudium et spes, 43).
9. En su carta a los Corintios, San Pablo muestra el deseo de que los cristianos sean como una virgen casta, que se desposa con Cristo: «Quise desposaros con un solo marido, presentándoos a Cristo como una casta virgen» (2 Co 11,2). San Diego vivió su entrega a Dios de manera virginal y casta.
Al igual que la Iglesia, cada cristiano está invitado a vivir esta relación esponsal, de entrega y de amor al Señor. Los religiosos viven estos desposorios de manera especial, por su consagración a través de los consejos evangélicos; los sacerdotes, por su consagración sacramental; y todos los fieles cristianos laicos, por la gracia bautismal, están llamados a unirse a Jesucristo, Esposo y Cabeza de la Iglesia.
10. Los cristianos casados, viviendo mutuamente su amor, hacen presente el amor de Cristo a su Iglesia. San Pablo exhorta a los esposos a amarse como Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla (cf. Ef 5,23-32).
Nuestra sociedad actual necesita cristianos, que sean testigos del verdadero amor esponsal; necesita matrimonios, que se amen con fidelidad hasta el final de sus vidas; necesita esposos, que desmientan con su vida la mentalidad divorcista; necesita familias cristianas, que vivan con gozo su vocación y contrarresten la moda de otros tipos de parejas, basadas en el capricho y que no aportan nada a la sociedad.
11. Estimados fieles, en esta fiesta de San Diego de Alcalá, damos gracias a Dios, porque este humilde religioso franciscano supo vivir de modo extraordinario al amor a Dios y a los pobres. Damos gracias a Dios por el ejemplo que nos dejó de una vida casta y enamorada de Dios. Damos gracias a Dios por su presencia en Alcalá durante los últimos años de su vida terrena y por la presencia de sus restos mortales en nuestra Catedral.
Pidámosle al Señor, por intercesión de San Diego, que nos conceda disfrutar cada día más plenamente del amor de Dios; que nos permita vivir castamente, como las vírgenes sensatas, y poner el corazón en las cosas de Dios; que nos haga más humildes y más santos. Amén.
CINCUENTA ANIVERSARIO DE LA CREACIÓN
DE LA PARROQUIA DE SAN CARLOS BORROMEO
Albal - Valencia, 9 de Noviembre de 2003
Lecturas: Ez 47,1-2.8-9.12; 1 Co 3,9-11.16-17; Jn 2,13-22.
I. El templo, manantial de vida y salvación
1. Vi agua que manaba del lado derecho (levante) del Templo. El agua salía en dirección a oriente (cf. Ez 47,1-2). Cristo es el Oriente, el sol que no se pone nunca; Él es el único salvador de la humanidad. Del Templo sale un agua sanante y purificadora: «Esta agua sale hacia la región oriental, baja a la Arabá, desemboca en el mar, en el agua hedionda, y el agua queda saneada» (Ez 47,8).
La parroquia de San Carlos celebra hoy su cincuenta aniversario de creación y el veinticinco de la construcción del templo. Durante este tiempo ha brotado un manantial que ha ido saneando las personas, que se acercaban a él. La población de Albal ha sido saneada y salvada por la gracia de las aguas bautismales, que han fluido de la parroquia.
2. Todo aquel que se acerque con fe a la parroquia, para vivir el misterio cristiano tendrá vida: «Por dondequiera que pase el torrente, todo ser viviente que en él se mueva vivirá» (Ez 47,9).
Además, la vida del creyente traerá sus buenos frutos: «A orillas del torrente, a una y otra margen, crecerán toda clase de árboles frutales cuyo follaje no se marchitará y cuyos frutos no se agotarán: producirán todos los meses frutos nuevos, porque esta agua viene del santuario. Sus frutos servirán de alimento, y sus hojas de medicina» (Ez 47,12).
Son muchos los frutos que se han dado, gracias a la presencia de la parroquia: frutos de amor, de fraternidad, de misericordia, de perdón, de conocimiento de Dios, de testimonio evangélico, de cercanía a los enfermos y ancianos, de formación de jóvenes, de ilusión infantil.
Hoy damos gracias a Dios por estos cincuenta años su presencia entre nosotros, a través de la comunidad parroquial, y de los buenos frutos que esto ha traído.
II. Jesucristo, fundamento de la Iglesia y piedra angular
3. Es necesario, sin embargo, construir sobre el fundamento de la Iglesia, que es Cristo: «Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo» (1 Co 3,11).
No se puede poner la confianza en lo material: «Y si uno construye sobre este cimiento con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, paja, la obra de cada cual quedará al descubierto; la manifestará el Día, que ha de revelarse por el fuego. Y la calidad de la obra de cada cual, la probará el fuego» (1 Co 3,12-13).
4. Cristo es la piedra angular (cf. 1 Pe 2,7). Quien se acerca a Jesucristo, «piedra viva» (1 Pe 2, 4), quien lo acepta en su vida y cree en Él, tiene la vida eterna (cf. Jn 5,24). Nosotros, estimados fieles, somos piedras vivas que, unidos a Cristo, formamos el templo espiritual. Este templo material que nos acoge, formado por ladrillos y construido por manos humanas, no es sino el pobre reflejo de lo que significa el verdadero templo espiritual, la nación santa, que es la Iglesia, de la que nosotros formamos parte: «Vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz» (1 Pe 2,9).
5. Os invito a que ayudéis a los que tropiezan en Cristo "piedra angular", porque no creen en Él, a abrir su corazón a Cristo. Vosotros creéis y para vosotros Cristo no es una piedra de tropiezo, sino motivo de vida y salvación: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que rehúsa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él» (Jn 3,36). Poned al centro de vuestra vida a Jesús. Vosotros tenéis la gracia de creer y poder compartir esa fe con los que no creen. A nuestro alrededor hay gente que no acepta a Jesucristo y tropieza con el que es la piedra angular.
6. Cristo es nuestra vida; Él es el fundamento de nuestra fe; Él es la esperanza del cristiano; Él es la resurrección y la vida eterna. De la misma manera que este templo gira entorno al eje principal, que es Cristo, representado por el altar del sacrificio, así ha de ser nuestra vida, la vida de los feligreses de la parroquia de San Carlos Borromeo. El eje es Cristo, entorno al cual gira vuestra vida de fe, vuestra vida social, vuestra vida familiar, vuestra participación en la política, vuestro testimonio ante los que no creen o ante los creyentes de otras religiones.
7. Hoy, en Albal actual, no solamente hay creyentes de otras religiones o de otras iglesias cristianas no-católicas, sino también una gran masa de increyentes, de gente que no cree en Jesucristo. Quien abre su corazón al Señor y le sigue encuentra la vida, pero quien lo rechaza y no le acepta «ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios» (Jn 3,18). Nosotros, los cristianos, hemos encontrado en Cristo el sentido de nuestra vida: «Para vosotros, pues, creyentes, el honor; pero para los incrédulos, la piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; en piedra de tropiezo y roca de escándalo. Tropiezan en ella porque no creen en la Palabra» (1 Pe 2,7-8).
8. Hoy, al celebrar el veinticinco aniversario de la construcción de este templo parroquial, se nos invita a ser más creyentes, a ser testigos de la fe, a proclamar que Cristo es nuestra salvación. La parroquia tiene por título "San Carlos Borromeo", que fue un gran testigo de Cristo y un obispo emprendedor, que convocó varios Sínodos en su Diócesis de Milán.
En medio de este mundo de increencia, que rechaza a Cristo "piedra angular", se nos invita a todos a ser testigos del Dios vivo. Si esta parroquia lleva cincuenta años de existencia, muchos avatares han debido ocurrirle. Muchas generaciones han pasado por este templo, profesando su fe.
III. Los cristianos, piedras vivas en la Iglesia
9. San Pablo nos recuerda que somos «edificación de Dios» (1 Co 3,9) y nos invita a participar en la construcción de la Iglesia: «Conforme a la gracia de Dios que me fue dada, yo, como buen arquitecto, puse el cimiento, y otro construye encima. ¡Mire cada cual cómo construye!» (1 Co 3,10).
10. Para ser verdaderas piedras vivas, hay que dejarse moldear, encajar, cortar si hace falta, para poder encajar bien y formar parte del edificio de Dios: «Acercándoos a Él, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida, preciosa ante Dios, también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo» (1ª Pe 2, 4-5).
Hoy celebra toda la Iglesia la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán en Roma, que es la Catedral del Papa. Es providencial esta coincidencia, en la que celebramos la dedicación de nuestro templo parroquial.
11. La realización de este templo fue fruto del esfuerzo conjuntado de todos los feligreses. Creyeron de veras que Jesucristo era la «piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida y preciosa ante Dios» (1 Pe 2,4). Y creyeron también que ellos, los feligreses de la parroquia, acercándose a Cristo para entrar en la construcción de un edificio espiritual eran también «cual piedras vivas (...), para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo» (1 Pe 2,5). Desde esa fe y desde esa mística aunaron esfuerzos para llevar adelante la obra de construir este templo parroquial. Damos gracias hoy a Dios por este regalo y felicitamos a todos aquellos que tomaron parte en esta tarea.
IV. Somos santuario de Dios
12. Somos santuario de Dios: «¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?» (1 Co 3,16).
«Si alguno destruye el santuario de Dios, Dios le destruirá a él; porque el santuario de Dios es sagrado, y vosotros sois ese santuario» (1 Co 3,17).
13. En el evangelio de hoy hemos visto a Jesús que subía a Jerusalén, cuando se acercaba la Pascua de los judíos. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos (cf. Jn 2,13-14). Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas (cf. Jn 2,15).
Jesús les respondió: «Destruid este Santuario y en tres días lo levantaré» (Jn 2,19). «Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». «Pero él hablaba del Santuario de su cuerpo» (Jn 2,20-21).
V. Cincuenta aniversario de la creación de la parroquia
14. Celebramos hoy el Cincuenta aniversario de la creación de la parroquia y el Veinticinco aniversario de la inauguración de este templo parroquial de San Carlos Borromeo de Albal. Damos gracias a Dios por este regalo de su presencia entre nosotros.
Damos gracias a los sacerdotes que regentaron la parroquia de San Carlos. Hacemos memoria, sobre todo, de los que están ya en la casa del Padre y nos contemplan desde el cielo: D. Joaquín Cots, el primer párroco y D. Miguel Ponte. Hoy tenéis como pastor propio y párroco a D. Vicente, quien, con su dedicación y buen hacer, dirige la comunidad cristiana y la mantiene unida al Señor, animándola a ser testigo del Evangelio.
Damos gracias también a todas las personas que colaboraron, con su esfuerzo, con su ilusión, con su tiempo, con su testimonio; a los que fueron catequistas y formadores en la fe de otras generaciones; a quienes, de un modo u otro, han colaborado para hacer realidad esta parroquia. Se encuentra también entre nosotros quien fue el primer monaguillo de la misma.
15. La parroquia, desde sus inicios, ha estado ubicada en diferentes lugares. El actual templo parroquial, como veis, tiene un cierto estilo de "tienda de campaña". En el Antiguo Testamento encontramos numerosos ejemplos de "la tienda", referida a la presencia de Dios entre los hombres. En la carta a los Hebreos se nos dice: «Pero se presentó Cristo como Sumo Sacerdote de los bienes futuros, a través de una Tienda mayor y más perfecta, no fabricada por mano de hombre, es decir, no de este mundo» (Hb 9,11). Compara la presencia de Cristo a la tienda de la presencia de Dios entre los hombres; Cristo es la gran tienda; Cristo es la presencia viva de Dios.
El evangelista Juan, en su prólogo, nos dice que «la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros» (Jn 1,14). Esta tienda, este templo, ha de ser presencia de Dios en nuestra sociedad, en nuestro mundo. Cada uno de vosotros, estimados fieles, debe ser una tienda viviente, una presencia viva de Dios. Hemos de hacer presente el amor de Dios entre los hombres con nuestro testimonio, con nuestras obras de caridad y de amor, por tanto, con nuestra oración y nuestra alabanza a Dios.
(El texto siguiente fue proclamado en valenciano)
16. Os exhorto a que dinamicéis la vida interna de la parroquia, para ser después hacia fuera testigos de Jesús, testigos del Dios vivo. Para que seáis como una llama, como un fuego de hogar en medio de Albal que, como la mayoría de nuestras ciudades, vive en una gran indiferencia hacia Jesucristo. Si no se cultiva la fe, el amor y la fraternidad cristiana entre los miembros de la misma familia, si no cultivamos la fe y el amor a Jesucristo, si no le alabamos, le rezamos y le pedimos perdón, no podremos ser testigos. Tampoco se puede ser testigo en solitario. Necesitamos vivir como comunidad y como familia viva.
17. Os animo, pues, en cincuenta aniversario de la parroquia y veinticinco aniversario de vuestro templo material, a embellecer la imagen del templo parroquial espiritual, como nación santa, consagrada a Dios. Pedimos a Jesucristo, piedra viva y angular de la Iglesia, que nos ayude a ser testigos de la fe; que nos ayude a vivir dentro y fuera de la comunidad el amor cristiano. Así sea.
EUCARISTÍA
EN EL MONASTERIO DE LAS
"Oblatas de Cristo Sacerdote"
29 de Octubre de 2003
Lecturas: Am 8,26-30; Lc 13,22-30.
1. El Año Santo de 1950 fue en el que el Siervo de Dios, Don José María García Lahiguera, recibió dos gracias singulares de parte de Dios: Por una parte, la concesión de la Santa Sede del decreto de erección canónica de derecho diocesano de la Congregación religiosa de "Hermanas Oblatas de Cristo Sacerdote", que hasta ese momento había sido una Pía Unión; por otra, el nombramiento de Don José María como Obispo Auxiliar de Madrid-Alcalá. Este año celebramos el 53 Aniversario de estos dos entrañables acontecimientos y queremos dar gracias a Dios por ello. Hoy celebramos de manera especial la ordenación episcopal de Don José María.
2. En la carta de aceptación del episcopado, que Don José María escribió al Nuncio, Mons. Cicognani, le decía: "La responsabilidad del Episcopado, mi indignidad patente a todas luces, mi falta de preparación, etc. son un peso tan grande que me obligaría a expresar espontáneamente mi sentimiento más íntimo, que no sería otro que el de no aceptar tal 'dignidad' (...). Para mayor Gloria de Dios, bien de la Iglesia y en sumisión absoluta e incondicional a mis Superiores, acepto confiando en que el Señor me concederá su divina gracia, la Santísima Virgen su protección y todos mis Superiores la ayuda y consejo que siempre he de necesitar".
Hoy precisamente, 29 de octubre tuvo lugar la consagración episcopal en la Basílica de San Francisco el Grande en Madrid, coincidiendo con la fiesta litúrgica de Cristo Rey.
3. El lema episcopal, que eligió, reza así: "Anima mea pro ovibus meis". El episcopado fue, para él, la ocasión providencial para que toda su espiritualidad sacerdotal se desarrollara con mayor plenitud y fecundidad. Don José María es consciente de que el Señor le ha llamado a entregarse por los sacerdotes; en palabras suyas: "¡Sacerdote de sacerdotes! Ésta es la fusión de mi vocación-misión. Para esto me ha creado Dios". Y quiere serlo en la tierra "orando y sufriendo" y en el cielo "también, pero sin sufrir", intercediendo siempre por ellos; desde sus años de Director espiritual del Seminario de Madrid vivió su consagración por los sacerdotes, haciendo su ofrecimiento 'pro eis', en sintonía perpetua con la espléndida oración sacerdotal de Jesús (cf. Jn 17). El mismo año en que celebraba Don José María sus Bodas de Oro sacerdotales, me ordenaba de presbítero en mi pueblo natal; una coincidencia que yo creo que providencial.
4. Dos son las características fundamentales de su espiritualidad sacerdotal, que podemos traer ahora a la memoria, en esta celebración del aniversario de su ordenación episcopal. En primer lugar, su entrañable amor a Jesucristo Sacerdote, como correspondencia a la "Caritas Christi": "Cristo es para mí el Amigo en grado de confidencia e intimidad. Si el amigo es 'el otro yo', y el sacerdote es 'el otro Cristo', el sacerdote es, por antonomasia, 'el amigo de Cristo', y Cristo es el 'amigo del sacerdote'. El confidente, el íntimo en el amor, en la identificación". Hemos escuchado, en la lectura de la carta a los Romanos, tomada de la liturgia de hoy del tiempo ordinario, que Dios llama a sus elegidos a reproducir la imagen de su Hijo: «Pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo» (Rm 8,29). Éste fue el principal objetivo de la vida del Siervo de Dios, Don José María; éste es el objetivo de toda alma sacerdotal.
Estimados sacerdotes y estimadas religiosas, todos los fieles cristianos, por el bautismo, estamos llamados a identificarnos cada día más con Jesucristo; pero toda alma consagrada al sacerdocio lo está con mayor razón, a imitación de Cristo Sacerdote.
5. En segundo lugar, aparece en su espiritualidad, de una manera nítida, su oblación sacrificial en la Eucaristía, haciéndose hostia con Cristo: "La Santa Misa, dice, no sólo es mi gran acto de sacerdote de Cristo, sino que es la vida propia de la 'hostia'. En efecto, en cada Santa Misa que celebro y oigo, me ofrezco, consagro y entrego en comunión como hostia de la Trinidad".
Lo que siempre había vivido como presbítero y explicado a los seminaristas y sacerdotes, siendo Director Espiritual, pudo vivirlo más profundamente y enseñarlo como Obispo, desde la plenitud del sacerdocio ministerial: "Sacerdos et hostia". Ese es el binomio clave de su vida. En la lápida que cubre sus restos mortales aquí, en esta capilla, aparecen estas dos palabras, que resumen toda su vida. Las dos grandes características de la espiritualidad de Don José María: "Sacerdos et hostia".
6. De los dos rasgos de su espiritualidad se desprende su generosa entrega a la Iglesia. La ofrenda que hace a Dios de su vida, la concreta en el ministerio sacerdotal, sea como presbítero en los primeros años, sea como obispo hasta el final de su vida. El Señor quiso que primero sirviera como Obispo auxiliar en la diócesis de Madrid-Alcalá, junto a Don Leopoldo Eijo Garay, quien solía decir, refiriéndose al equipo episcopal, formado por él y sus dos auxiliares: "Somos trinidad en la unidad".
Después ejerció el ministerio episcopal, como pastor propio, en las diócesis de Huelva y de Valencia. En este período de pastor en Valencia, en una de las visitas de Don José-María a Roma, para resolver cuestiones de la diócesis Valentina, se entrevistaron él y sus dos auxiliares con el Card. Sabattani, entonces Prefecto del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica. Éste, refiriéndose a las características del Reino de Dios y aplicándolas a los tres obispos que tenía delante, les definió de la siguiente manera: A un obispo auxiliar, muy recto en sus actuaciones y que después fue obispo de Sigüenza, le llamó "Episcopus iustitiae; al otro obispo auxiliar, de talante campechano y bonachón, le llamó "Episcopus pacis"; y a Don José María lo llamó "Episcopus caritatis"; esta descripción da una idea de la imagen que cada uno de los tres daba.
7. En su espiritualidad está también presente, de modo especial, la devoción a la Virgen María. El amor a Jesucristo Sacerdote lleva, necesariamente, al amor de la Madre de Cristo, a quien él se dirigía con estas palabras: "Amor mío, Madre mía, os amo. Sólo os pido amor. Quiero daros sólo amor". Baste esta línea de referencia, para hacernos idea de la espiritualidad mariana de su vida sacerdotal.
8. Respecto a la oración, nos ha dicho San Pablo, en la carta a los Romanos que hemos escuchado: «El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rm 8,26). Los que hemos escuchado a Don José María cuando predicaba, recordamos que solía emplear alguna "palabra-clave", que repetía con diferente tono de voz, como saboreándola, como meditándola, como penetrando en el misterio que encerraba; entre las "palabras-clave", que él ha empleado repetidas veces, se encuentran: amor, pasión, dolor, entrega, sacerdote. Esta costumbre suya, que podía producir en los profanos una cierta perplejidad, podemos percibirlo como la manera en que, dentro de su espíritu, operaba la acción del Espíritu Santo; es decir, precisamente lo que dice San Pablo de que el Espíritu ora en nosotros con gemidos inefables; el Espíritu oraba con "gemidos inefables" en su corazón de sacerdote.
Con pocas palabras, con gemidos a flor de labios, el Espíritu le hacía gozar del misterio de Dios; el Espíritu adoctrinaba su espíritu. Esta actitud suya nos estimula a abrirnos a la acción del Espíritu en nosotros, a dejarnos llevar por su fuerza, a dejarnos moldear interiormente, como el barro en manos del alfarero.
El Señor sabe que los pensamientos del hombre son insustanciales, que no tienen consistencia (cf. Sal 94,11). Nuestra vida se sostiene cuando "inspiramos" el hálito del Espíritu, cuando nos dejamos llenar de Él, cuando permitimos que ore en nosotros con gemidos inefables.
San Pablo nos recuerda que «en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman» (Rm 8,28). Los acontecimientos de la vida, los cambios de destino de los consagrados, no son en sí "buenos" ni "malos"; para el que ama a Dios todo sirve para bien; la misma enfermedad que el siervo de Dios, Don José María, vivió, sobre todo en los últimos años, le sirvió para purificar su corazón.
9. En el Evangelio hemos escuchado la sentencia de Jesús: «Hay últimos que serán primeros, y hay primeros que serán últimos» (Lc 13,30). En el Reino de los cielos no se usan los mismos criterios, que se utilizan aquí en la tierra. Los considerados los "últimos", aquí, por su humildad, servicio amoroso y entrega generosa, serán los primeros en el Reino.
No importa la misión o el cargo que a uno le toque desempeñar. El texto de Lucas deja dice claramente que «hay últimos que serán primeros, y hay primeros que serán últimos», pero deja entrever que hay últimos que serán últimos, porque la pobreza material, en sí, no es motivo de santidad; y viceversa, algunos primeros, en el sentido de tener mucha responsabilidad, también pueden ser primeros, si responden a lo que Dios les ha confiado.
10. Estimadas hermanas, el Señor os ha llamado a identificaros con Cristo Sacerdote y a continuar la herencia de Don José María, la herencia del carisma fundacional que él recibió. Vuestro carisma se explicita en la oración y entrega oblativa por los sacerdotes. Pedimos al Señor que os mantenga fieles a esta hermosa misión eclesial, aquí en la tierra, y que la prolonguéis también desde el cielo, como deseaba vuestro Fundador. Así sea.
Catedral de Alcalá de Henares, 25 de Octubre de 2003
Lecturas: Nm 3,5-9; Rm 8,1-11; Lc 13,1-9.
1. En las promesas que en breve haréis, estimados candidatos al diaconado, os vais a comprometer a servir a la Iglesia y a desempeñar el ministerio de diáconos como "colaboradores del orden sacerdotal y en bien del pueblo cristiano" (Ritual de la ordenación de Diáconos). Al igual que los levitas, en el antiguo pueblo de Israel, estaban al servicio de los sacerdotes (cf. Nm 3,6), así también vosotros sois ordenados para servir a quienes desempeñan el ministerio sacerdotal.
Como nos recuerda el Concilio Vaticano II, los diáconos "reciben la imposición de manos no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio. Así confortados con la gracia sacramental en comunión con el Obispo y su presbiterio, sirven al Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad" (Lumen gentium, 29).
Vuestra tarea es "servir", con vuestro ministerio, al bien del pueblo cristiano. Seréis, después de la imposición de mis manos, servidores de la Iglesia.
2. Mediante la consagración sacramental de manos del obispo, quedaréis vinculados a un grado particular dentro de la jerarquía de la Iglesia; este es un elemento constitutivo del diaconado. De esta manera, mediante los dones específicos sacramentales, participáis en la misión de Aquel, que se ha hecho siervo del Padre en la redención del hombre y os introduce de modo nuevo y específico, en el misterio de Cristo, de la Iglesia y de la salvación de todos los hombres.
A cada uno de vosotros la Iglesia os confía una misión, como nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica: "Los diáconos participan de una manera especial en la misión y la gracia de Cristo (cf. LG 41; AA 16). El sacramento del Orden los marcó con un sello (carácter) que nadie puede hacer desaparecer y que los configura con Cristo que se hizo "diácono", es decir, el servidor de todos (cf. Mc 10,45; Lc 22,27; S. Policarpo, Ep 5,2)" (CEC 1570).
¡Imitad con vuestra vida y vuestras obras a Cristo Jesús, el Siervo de Dios por excelencia (cf. Hch 3,13.26), el amigo de publicanos y pecadores (cf. Mt 11,19), el Ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva (cf. Lc 4,18), el Siervo doliente y sabedor de dolencias (cf. Is 53,3)!
3. La liturgia de la ordenación diaconal nos recuerda el modo propio de realizar este servicio. En primer lugar nos habla de "vivir el misterio de la fe con el alma limpia". El que sirve a la Iglesia debe vivir primero el misterio de la Iglesia y el misterio de Cristo que ésta ofrece, como sacramento universal de salvación (cf. Ad gentes, 1).
Vivir el misterio de la fe con el alma limpia significa vivir según el Espíritu de Cristo. En la carta a los Romanos, que hemos escuchado, San Pablo nos recuerda que «las tendencias de la carne son muerte; mas las del espíritu, vida y paz» (Rm 8,6).
Todo bautizado, y de modo especial quien es llamado por Cristo para desempeñar el servicio diaconal, debe vivir según el Espíritu: «Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros» (Rm 8,11).
4. Pero, dada nuestra fragilidad, seguimos sujetos a la carne, que nos arrastra a hacer lo que no queremos, como dice San Pablo: «Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco» (Rm 7,15).
A pesar de los buenos propósitos, que hayáis podido hacer, la ordenación no elimina en nuestra vida la tendencia al pecado, ni exime de la lucha contra el mismo. Alguien ha podido pensar que, tras su consagración a Dios en la vida religiosa o sacerdotal, desaparecerían de su vida las tentaciones y caídas. Sin embargo, seguimos sufriendo en nosotros la fragilidad y la tendencia de la carne.
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