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HOMILIAS EN EL 2002

 

NOCHEBUENA

Catedral, 24 Diciembre 2002

 

Lecturas: Is 9, 1-3.5-6; Sal 95; Tt 2, 11-14; Lc 2, 1-14

1. El libro del Génesis muestra a Dios creando el cielo, la tierra y los seres vivientes; como colofón de su obra crea al hombre «a su imagen y semejanza» (Gn 1,26-27). La creación es un acto de amor y una manifestación de la omnipotencia divina. Dios, por su gran bondad, ha creado libremente al hombre para hacerle partícipe de su vida bienaventurada. En todo tiempo y lugar Dios está cerca del hombre; le llama y le invita a conocerle y a amarle con todas sus fuerzas. "Lo hace mediante su Hijo que envió como Redentor y Salvador al llegar la plenitud de los tiempos. En Él y por Él, llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo, sus hijos de adopción, y por tanto los herederos de su vida bienaventurada" (Catecismo Iglesia Católica, 1). Isaías nos lo ha recordado en la primera lectura: «Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Lleva a hombros el principado y es su nombre: Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz» (Is 9,5). Esto es lo que celebramos en esta noche de Navidad.

2. La carta a los Hebreos nos revela que «en distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por su Hijo» (Hb 1,1-2). Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En Él lo dice todo, no habrá otra palabra más que ésta. San Juan de la Cruz, comentando este texto, lo expresa de manera luminosa: "Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra...; porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado todo en Él, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad" (San Juan de la Cruz, Subida del monte Carmelo, 2, 22,3-5).

3. El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, creado por Dios y para Dios, quien no cesa de atraer al hombre hacia sí. Sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha, que no cesa de buscar; sólo en Dios está la verdadera felicidad, estimados hermanos. El hombre lleva en sí el testimonio de su pecado y la experiencia de que Dios resiste a los soberbios. San Agustín, en un diálogo sincero con Dios, dice: "A pesar de todo, el hombre, pequeña parte de tu creación, quiere alabarte. Tú mismo le incitas a ello, haciendo que encuentre sus delicias en tu alabanza, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti" (Confessiones, 1,1,1). "La razón más alta de la dignidad humana -nos dice el Concilio Vaticano II- consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios. Existe pura y simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor de Dios, que lo conserva. Y sólo se puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su Creador" (Gaudium est spes 19).

4. De múltiples maneras han expresado los hombres, a través de la historia, su búsqueda de Dios. Pero esta unión vital con Dios puede ser olvidada y rechazada por el hombre. "Tales actitudes pueden tener orígenes muy diversos: la rebelión contra el mal en el mundo, la ignorancia o la indiferencia religiosas, los afanes del mundo y de las riquezas, el mal ejemplo de los creyentes, las corrientes de pensamiento hostiles a la religión, y finalmente esa actitud del hombre pecador que, por miedo, se oculta de Dios y huye ante su llamada" (Catecismo Iglesia Católica, 29). El hombre se encuentra muchas veces en las tinieblas del error, de la ignorancia y del rechazo a Dios, su creador.

5. Era necesario, pues, que Dios salvara al hombre. Como dice San Gregorio de Nisa: "Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos perdido la posesión del bien, era necesario que se nos devolviera. Encerrados en las tinieblas, hacía falta que nos llegara la luz; estando cautivos, esperábamos un salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador. ¿No tenían importancia estos razonamientos? ¿No merecían conmover a Dios hasta el punto de hacerle bajar hasta nuestra naturaleza humana para visitarla, ya que la humanidad se encontraba en un estado tan miserable y tan desgraciado? (Oratio catechetica 15,3: PG 45, 48).

6. Para salvar al hombre de esta situación el Hijo de Dios entra en la historia humana: «Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres» (Tt 2,11). En el Credo Niceno-Constantinopolitano confesamos: "Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre". Jesucristo, haciéndose hombre como nosotros, permite que todo hombre pueda alcanzar la salvación y ver la luz: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras y una luz les brilló» (Is 9,1-2), hemos oído en la lectura de esta Noche Buena. Siendo uno de nosotros, puede mostrarnos el rostro amoroso de Dios Padre y enseñarnos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, para llevar una vida de sensatez, de justicia y de piedad (cf. Tt 2,12).

7. En esta noche santa de Navidad, queridos hermanos, la liturgia nos invita a pregustar la dicha que esperamos: «La manifestación gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo» (Tt 2,13), que viene a salvarnos y a sacarnos de las tinieblas del pecado. Esta noche hemos cantado el Salmo interleccional, en el que repetíamos: «Hoy nos ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor» (Sal 95). ¡Que Jesucristo, el Hijo de Dios, hecho hombre, sea de veras salvación para todos nosotros y para todos los hombres!

8. Dios, en su infinita bondad y sabiduría, ha querido revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad por medio de Cristo, Verbo encarnado; por él tienen los hombres "acceso al Padre, en el Espíritu Santo, y se hacen partícipes de la naturaleza divina" (Catecismo Iglesia Católica, 51). San Ireneo de Lyon habla en varias ocasiones de esta pedagogía divina bajo la imagen de un mutuo acostumbrarse entre Dios y el hombre: "El Verbo de Dios ha habitado en el hombre y se ha hecho Hijo del hombre para acostumbrar al hombre a comprender a Dios y para acostumbrar a Dios a habitar en el hombre, según la voluntad del Padre" (San Ireneo, Adversus haereses, 3,20,2: PG 7,944).

9. El Verbo se ha encarnado para salvarnos reconciliándonos con Dios: "Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados" (1 Jn 4,10; cf. 3,5; 4,14). El Verbo se ha encarnado para que nosotros conozcamos el amor de Dios: "En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él" (1 Jn 4,9). El Verbo se ha encarnado para que nosotros tengamos vida en Él: "Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3,16)". El Verbo se ha encarnado para permitirnos el acceso a Dios Padre: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí" (Jn 14,6). El Verbo se ha encarnado para hacernos partícipes de su naturaleza divina (cf. 2 Pe 1,4). El Verbo se ha encarnado para ser nuestro modelo de santidad: "Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí" (Mt 11,29). Él es, en efecto, la norma de la ley nueva: "Amaos los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 15,12).

10. El ángel anunció a los pastores la buena noticia del nacimiento de Jesús: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo. Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor» (Lc 2,10-11). Proclamemos también nosotros esta buena noticia en esta sociedad nuestra, que rechaza cada día más este gran acontecimiento. Proclamemos esta gran noticia, para que la oigan nuestros paisanos y descubran dónde está luz y la verdadera salvación. La Navidad, expresión del amor de Dios a los hombres, nos exige que vivamos el amor a Dios y a los hermanos. Cantemos esta noche con alegría: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor». Amén.

 

 

EUCARISTÍA CON LOS SEMINARISTAS

(Catedral, 19 Diciembre 2002)

Lecturas: Jc 13,2-7.24-25; Lc 1,5-25

1. El evangelio de hoy nos presenta los personajes del sacerdote Zacarías y de su mujer Isabel, incapaces ambos de tener descendencia: «No tenían hijos, porque Isabel era estéril, y los dos de avanzada edad» (Lc 1,7). Una lectura simbólica nos hace ver en primer término "la esterilidad del hombre", es decir, la impotencia del hombre para generar vida, para ser fecundo, para producir algo que valga la pena. El hombre, abandonado a sus propias fuerzas, está vacío y es incapaz de dar vida, porque está dañado por el pecado. La impotencia del hombre para generar vida se refiere, sobre todo, a la vida que Dios quiere: amor al prójimo. Más bien los humanos generamos pecado, obras de egoísmo.

2. Nuestro árbol dañado produce frutos dañados: «Así, todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos» (Mt 7,17). Esa es una constatación de la historia de la revelación, de la economía salvífica. Para los cristianos no debe ser una simple constatación, sino una aceptación de nuestra condición de criaturas. Ante Dios, sinceramente, nadie puede sentirse orgulloso; ante Dios hay que saber ponerse en el lugar que nos corresponde. La Virgen María se ha puesto ante el Señor como su esclava: «¡He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38); la Madre se hace esclava. El mismo Manoj, como hemos escuchado en el libro de los Jueces, acepta que la generación de su hijo Sansón es obra de Dios (Jc 13,12-19). Zacarías, aunque se pregunta cómo va a ser posible semejante hecho, también lo acepta (Lc 1,18-25)). Cada uno de nosotros, preparándonos al Nacimiento del Señor en esta próxima Navidad, también hemos de reconocer el don gratuito de Dios y nuestra esterilidad.

3. En el Antiguo Testamento Dios siempre habla y se manifiesta a través de mediaciones: sueños, profetas, mensajeros. A Manoj, el de Sorá, le envía un mensajero (Jc 13,3); a Zacarías, el sacerdote, le envía un mensajero (Lc 1,11); a María de Nazaret le envía un mensajero (Lc 1,26). Dios interviene a través de mensajeros para realizar sus obras. Pero se trata siempre de una intervención de lo alto, una intervención especial, una intervención sobrenatural, que eleva y trasforma lo natural. Incluso lo dañado por el pecado. La debilidad, la zafiedad y la esterilidad humana el Señor las trasforma en fecundidad divina. Ese es el plan salvífico de Dios: dignificar y divinizar al hombre, haciéndole partícipe de la condición divina.

4. Todo eso es gracia. El hombre simplemente acepta el don que Dios le concede. No es un regalo exigido por el hombre, sino ofrecido por Dios. En las intervenciones de Dios, que acabamos de ver, las tres mujeres quedan fecundadas. En los dos primeros casos intervienen los maridos (Manoj y Zacarías). María, la Virgen, es un caso especial, porque en ella no interviene varón. En María interviene solamente Dios, porque si fuera de otra forma, el fruto que naciera de Ella no sería Dios; si hubiera intervención humana de varón, el hijo sería un simple hombre. El mismo plan salvífico exige esta condición: si el Hijo es Dios, la intervención ha de ser divina completamente, sin concurso de varón.

5. Para que nuestra vida sea fecunda, estimados hermanos, hemos de aceptar en ella la intervención divina. Si queréis ser fecundos y generar vida, debéis aceptar la obra de Dios en vosotros. La obra de Dios en nosotros nos llega también a través de mediaciones. ¡Fiaos de los mensajeros que Dios os envía! Cada Navidad celebramos, de manera pedagógica, que Jesucristo vino a salvarnos; vino en persona a redimirnos. Pero ahora no está Jesús entre nosotros como lo estuvo durante su vida terrena. Según la economía salvífica, Cristo actúa en nuestra época mediante su Espíritu en la Iglesia. Su obra salvífica en nosotros se realiza ahora a través los signos sacramentales; y a través de las personas que operan como mediaciones proféticas y sacerdotales.

6. La oración colecta de la misa de hoy decía: "creamos con fe íntegra y celebremos con piedad sincera el misterio de la encarnación de tu Hijo". La mujer de Manoj no le hubiera dado un hijo a su marido, si no hubiera creído en el anuncio del mensajero. Isabel, la mujer de Zacarías, no hubiera engendrado un hijo si no lo hubiera creído. María no hubiera dado a luz al Señor, si no hubiera creído en la palabra del ángel. «¡Feliz tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!» (Lc 1,45), le dice Isabel a su prima María. Felices nosotros si creemos, porque de lo contrario, tampoco se cumplirá lo que el Señor tiene preparado para nosotros.

7. Primero hemos de aceptar con "fe íntegra" lo que el Señor nos revela y desea para nosotros. Después, hay que celebrar con "piedad sincera" el misterio divino. El término griego "piedad" (eu-sébeia) tiene un sentido más amplio que nuestra palabra castellana "piedad", y se refiere a la religiosidad auténtica, a la actitud filial ante Dios (cf. 1 Tm 4,7). Significa situarse delante de Dios-Padre en cuanto criatura humana, en cuanto hijo suyo al que Él quiere regalar su vida. El hombre, 'religiosamente' ('piamente'), celebra el don de Dios. Esa es la actitud de María y la actitud que cada uno de nosotros debe tener.

8. Los seminaristas de nuestra diócesis han participado durante dos años en las celebraciones de los jueves, aquí en la Catedral, dedicadas a la oración por las vocaciones a la vida consagrada. Durante este curso están yendo a distintas parroquias de la ciudad para animar las celebraciones de oración por las vocaciones. Con la participación de los seminaristas en esta celebración presidida por el obispo, aquí en la Catedral, queremos significar la importancia de la oración por las vocaciones a la vida de especial consagración y unirnos a todas las comunidades cristianas de la diócesis en esta plegaria a Dios. Al mismo tiempo deseamos realzar la preparación inmediata a la Navidad.

9. En este ambiente festivo pre-navideño, queremos venerar de una manera especial a la Virgen María. Queremos honrarla en esta celebración de Adviento y pedirle que nos ayude a tener la actitud que Ella tuvo y la actitud que han tenido aquellos personajes a los que el Señor se ha acercado, para hacerles el regalo de su presencia. En estos días de Adviento la liturgia nos anima a rezar el "Rorate coeli", en el que pedimos: ¡Cielos, destilad el rocío; nubes, derramad al justo! Los cielos deben abrirse para fecundar la tierra. En la medida en que la tierra se esponja y penetra en ella la lluvia, queda fecunda; en cambio, cuando la lluvia cae sobre la piedra, resbala el agua y no penetra. María nos invita a ser como Ella, es decir, "tierra fecunda", que se ha abierto a la acción del Espíritu Santo. En la medida en que nos abramos al Espíritu quedaremos fecundados y fructificarán en nosotros sus dones. En cambio, en la medida en que nos encerremos, continuaremos con nuestra inicial esterilidad. Estamos celebrando el gran regalo que el Señor nos ofrece en la eucaristía. ¡Celebremos también, poéticamente hablando, "la fecundación de nuestras almas"! Dejémonos fecundar por el Espíritu Santo, como María. Le pedimos a la Virgen que, con su maternal intercesión, nos ayude a abrirnos al Espíritu. Amén.

 

 

ENTREVISTA EN "POPULAR-TELEVISIÓN"

(15 Diciembre 2002)

 

El programa de "Popular - Televisión" presenta la entrevista hecha por el periodista José-Luis Restán a Mons. Jesús Catalá, Obispo de Alcalá de Henares, con motivo del décimo aniversario de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica.

 

Periodista: Muy buenas tardes, Don Jesús: ¿Qué es lo que movió a la Iglesia a iniciar esta obra grande, costosa, trabajosa, de redactar un nuevo catecismo, si han existido tantos catecismos a lo largo de la historia?

 

Obispo: La preocupación, por parte de la Iglesia, de un compendio de las verdades de la fe católica comienza a sentirse a partir del Concilio Vaticano II. Aunque el objetivo del Concilio era reflexionar sobre la Iglesia y su misión en el mundo, se veía la necesidad de un lenguaje eclesial y teológico común, de coordinar en cierto modo la acción pastoral de la Iglesia universal, de exponer en lenguaje común las verdades reveladas de la fe y cómo vivir en cristiano. De una manera más explícita se hizo patente esta preocupación en la Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos, que el Papa Juan Pablo II convocó a los veinte años del Concilio Vaticano II (1985) y en la que tuve la suerte de participar. En esa Asamblea hubo muchas intervenciones de padres sinodales que pedían que se hiciera un "compendio de la fe católica", para que hubiera una coordinación entre los obispos de todo el mundo y una unificación de contenidos y de presentación en el mensaje cristiano.

 

Periodista: Yo creo que es muy interesante detenernos en el método que se utilizó para la redacción del Catecismo. Seguramente no ha habido, desde el Concilio hasta ahora, ningún otro documento que haya tenido semejante participación.

 

Obispo: Efectivamente, el Catecismo ha sido el único documento, desde el Concilio Vaticano II, que ha sido preparado de modo universal. El Papa, recién terminado la Asamblea Sinodal de 1985, creó una "Comisión" de trabajo compuesta por doce cardenales y obispos representantes de los cinco continentes y un "Comité" en el que participaban especialistas. Se hizo un borrador y diversas redacciones. Después se envió este texto a los Obispos de todo el mundo para que hicieran sugerencias. En esta redacción pudieron colaborar universidades católicas, facultades de teología, expertos, catequistas y mucha gente a título privado. El documento no fue fruto de un grupo de expertos, sino prácticamente fruto de la colaboración del episcopado mundial. Además, los mismos obispos fueron asesorados por instituciones de enseñanza, por profesores expertos y por otros colaboradores. Todo ello indica que el Catecismo es un documento de una magnitud universal, no sólo por los contenidos que expone, sino también por el método de trabajo empleado.

 

Periodista: Es curioso que precisamente esta gran virtud de universalidad que tiene el Catecismo, que reflejaba los contenidos de la doctrina cristiana en un lenguaje común para los hombres de toda condición y de toda situación, haya sido objeto, en ocasiones, de crítica. Según ésta, el Catecismo no responde a situaciones concretas y, en cierto modo, es imposible llegar con un mismo lenguaje y con una misma formulación a situaciones tan diversas como las que se viven en occidente desarrollado, en África o en lugares de primera evangelización. ¿Cuál es la respuesta que podríamos ofrecer a esta objeción?

 

Obispo: La respuesta es muy sencilla. Todo catecismo debe reunir dos condiciones: que sea una síntesis de fe y que tenga un destinatario. Naturalmente, un catecismo para niños en España debe ser distinto de un catecismo para niños en Australia o en Sudáfrica, porque el destinatario concreto es distinto. Pero el destinatario puede ser un grupo de personas más amplio; no es lo mismo, por ejemplo, un catecismo para niños de la Archidiócesis de Madrid, que un catecismo para niños de toda España. De la misma manera que es justificable hacer un catecismo para un ámbito nacional, lo es también un catecismo para ámbito mundial. El Catecismo de la Iglesia Católica ofrece un compendio de la fe católica para todo el orbe. Es perfectamente admisible y legítimo hacer un catecismo cuyo destinatario sea el cristiano de hoy, es decir, un catecismo de la Iglesia universal.

 

Periodista: Parece ser que convendría conjugar dos cosas: lo que es esencial en la fe y que, por lo tanto, requiere una formulación común para todo el pueblo de Dios, y las diferentes presentaciones o explicaciones, que pueden variar según las circunstancias y las situaciones.

 

Obispo: El Catecismo de la Iglesia Católica no está pensado para un destinatario concreto (joven, niño, adulto) de cualquier parte del mundo. El destinatario explícito y directo de este documento son los Obispos y sus colaboradores expertos, los catequetas, que son los encargados de hacer los catecismos concretos en cada diócesis o nación. No es un catecismo pensado para el hombre de la calle, aunque, naturalmente, éste puede leerlo.

 

Periodista: Uno de los equívocos que se han planteado se refiere a la relación del Catecismo con las explicaciones y escuelas teológicas. ¿Podríamos decir que el Catecismo no canoniza ni consagra ninguna escuela teológica, sino que presenta algo previo y fundante?

 

Obispo: Así es. Cuando los padres sinodales hablaban de la necesidad de un Catecismo empleaban el término "compendio de fe" o "compendio de teología"; con ello ya se estaba indicando el tipo de obra que se quería. Una obra teológica es necesariamente analítica, porque aborda sólo una especialidad. El estudio analítico trata y profundiza un punto concreto, o una especialidad de teología: dogmática, bíblica, moral, etc. El Catecismo no es una obra teológica, sino un compendio o síntesis de la fe católica, presentada de forma organizada y sistemática. Si la obra teológica es analítica, el Catecismo es sintético; y eso es, precisamente, lo que justifica un Catecismo de la Iglesia Católica, que presente de manera completa todas las verdades y toda la enseñanza del magisterio de la Iglesia.

 

Periodista: El hecho de que sea una síntesis no creo que signifique que no se haya buscado expresar la fe en términos comprensibles para el hombre de nuestro tiempo.

 

Obispo: Por supuesto. Todo hombre en general, todo cristiano de cualquier parte del mundo puede leer el Catecismo. Naturalmente, hay diversas culturas y hay que adaptar el lenguaje del Catecismo a las mismas. Ese es, precisamente, el trabajo de los obispos y de los catequetas, cuando hagan catecismos adaptados a su gente. El Catecismo les ha de servir de base y de obligada referencia. Pero, de todos modos, el lenguaje y la terminología que emplea el Catecismo es comprensible para cualquier cristiano.

 

Periodista: Dialoguemos ahora sobre los elementos que componen el Catecismo. La obra está divida en cuatro grandes partes: la confesión de la fe, la liturgia, la vida moral y la oración. A mí me parece muy interesante ver que son partes conectadas entre sí, y que no son compartimentos estancos.

 

Obispo: No solamente son partes interrelacionadas, sino que la misma forma de su enunciado tiene también su sentido. No es lo mismo hablar simplemente de "liturgia", que hablar de "La celebración del misterio cristiano"; tampoco es lo mismo decir "moral" que "La vida en Cristo". Las cuatro partes, además, tienen un hilo conductor, que es "el misterio cristiano": creído y profesado en la primara parte, celebrado en la segunda parte, llevado a la vida de cada día en la tercera parte, y rezado en la cuarta parte. Me gustaría comparar la relación entre las cuatro partes del Catecismo con el binomio llamado "fe - vida": Hay una tendencia actual en muchos que se profesan cristianos a separar "su vida cotidiana" (familiar, profesional, social y política) de "la fe que dicen profesar", como si no tuviera nada que ver. No se pueden separar ambas cosas. Ser cristiano no consiste en "creer algunas verdades" o "celebrar algunas fiestas", sin que nada tenga que ver con su vida cotidiana.

 

Periodista: Separar o polarizar ciertos aspectos de la enseñanza moral de la Iglesia, desconectándolos de la matriz de la que surgen o de la que nacen, es una de las grandes tentaciones, como tantas veces hemos visto en los medios de comunicación y ocurrió en la presentación del Catecismo, hace diez años.

 

Obispo: Usted mismo estuvo presente entonces en el programa de televisión española, dirigido por Mercedes Milá, para presentar el Catecismo. En ese programa se abordaron algunas cuestiones, separadas totalmente del conjunto del Catecismo. Si unos temas se desvinculan de su raíz, se hacen incomprensibles.

 

Periodista: Por otra parte, a mí me parece que la expectación que el Catecismo provocó, en un mundo llamado descristianizado, demuestra que hay una sed de sentido y deseos de conocer lo que la Iglesia propone.

 

Obispo: Eso es cierto. Lo que ocurre es que esa sed de Dios, sed de lo religioso, se busca sucedáneos cuando no se ofrece a la gente la verdad. Las presentaciones sesgadas y arbitrarias de un documento hacen mucho daño. En España también sufrió una presentación sesgada, e incluso una fuerte crítica negativa por parte de la prensa, un documento de los Obispos del año 1990, titulado "La verdad os hará libres". Los medios de comunicación y los intereses de ciertas instituciones y partidos políticos desprestigiaron ese documento, consiguiendo de este modo que mucha no leyera el documento. Me gustaría que, a los diez años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, no ocurra lo que sucedió entonces en la presentación. ¡Ojalá la gente se anime leer este hermoso documento, que contiene una gran riqueza para todo hombre!

 

Periodista: Una de las cosas que más llaman la atención, cuando uno se adentra en las páginas del Catecismo, es la riqueza de voces de la tradición cristiana, de los grandes maestros, los doctores, de los testigos, de los santos. Suena como una polifonía de Oriente y de Occidente. Y también fascinan los abundantes textos de la Sagrada Escritura.

 

Obispo: La Sagrada Escritura es la fuente principal, de donde arranca todo. El Catecismo está lleno de citas bíblicas, desde la primera página hasta la última, como fundamentación de la doctrina que allí se expone. Me gustaría compararlo con el buen vino de una denominación de origen. No es lo mismo un "vino artificial" elaborado en un laboratorio, que un buen vino de solera, sacado de una uva de calidad. Una afirmación elaborada a partir de un simple raciocinio humano no es lo mismo que una verdad revelada. Respecto a las citas de los Santos Padres y otras fuentes, hay que decir que se trata de la vivencia de la fe cristiana que la Iglesia ha hecho desde los primeros siglos.

 

Periodista: Don Jesús, aunque los destinatarios inmediatos del Catecismo son los obispos y los catequetas, ¿podemos invitar al hombre de la calle y al cristiano medio a que acuda a esta magnífica obra, para vivir mejor la vida cristiana y la vida en general?

 

Obispo: Por mi parte, animo de corazón a todo cristiano para que se adentre en esta obra; que la lea, la analice, la medite e intente vivir las enseñanzas que allí se exponen. El Catecismo de la Iglesia Católica es una joya de gran valor, que hay que apreciar y conocer. Es cierto que está pensado para obispos y catequetas, para ayudarles a realizar los catecismos diocesanos y nacionales, pero también es cierto que es una obra perfectamente legible por un lector medio y por un cristiano medio.

 

Periodista: A quienes se acerquen a sus páginas el Catecismo les ayudará a encontrar el sentido de su vida, les llevará a la Iglesia y les posibilitará profundizar en la persona y en la obra salvífica de Jesucristo.

 

Obispo: El Catecismo es un buen instrumento para profundizar en la fe cristiana y para adentrarse en el misterio de Dios. Además, la vivencia del misterio nos ayuda a ser mejores testigos de esa misma fe, que profesamos. En la primera carta de San Pedro se nos exhorta a dar razón de nuestra esperanza, a testimoniar nuestra fe ante los demás.

 

Periodista: Estoy seguro que nuestra conversación ayudará a quitar prejuicios y adentrarse en esta obra, en este regalo que la Iglesia nos ha ofrecido. Muchísimas gracias, Don Jesús Catalá, Obispo de Alcalá de Henares, que nos ha acompañado en este programa de hoy. Muy buenas tardes.

 

Obispo: Gracias a vosotros, que habéis hecho posible este programa.

 

XXV ANIVERSARIO DE LA PARROQUIA

MADRE DEL ROSARIO EN LOS OLIVOS

(Mejorada del Campo, 8 Diciembre 2002)

 

Lecturas: Gn 3,9-15.20; Sal 97; 2 Pe 3,8-14; Lc 1,26-38

1. En los primeros capítulos del libro del Génesis se nos narra la historia del pecado de nuestros primeros padres. Adán y Eva rompen la relación amorosa que Dios había establecido con ellos, desobedeciendo el mandato divino (cf. Gn 3,11). Se pierde la gracia original y la humanidad entra en una situación de desorden y egoísmo, en la que las relaciones ya no son altruistas y generosas, sino egocéntricas y hurañas (cf. Gn 3,12). Pero en esta situación de hostilidad y discordancia la Biblia proclama la primera promesa de salvación y redención del género humano; Dios le dice al instigador del mal: «Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón» (Gn 3,15).

2. El Padre eterno, que creó el universo y quiso elevar a los hombres a la participación de la vida divina (cf. LG 2), no los abandonó tras la caída en el pecado de Adán, sino que los predestinó «a reproducir la imagen de su Hijo» (Rm 8,29). En este plan de Dios ocupa un puesto preeminente la Inmaculada Virgen María, cuyo oficio de "Madre del Salvador" en la economía de la salvación es exaltado por la Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia. María es, bajo esta luz, "insinuada proféticamente en la promesa de victoria sobre la serpiente, promesa dada a nuestros primeros padres caídos en pecado (cf. Gn 3,15)" (LG 55).

3. Por eso, no pocos padres antiguos en su predicación, gustosamente afirman: "«El nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; lo que ató la virgen Eva por la incredulidad, la Virgen María lo desató por la fe» (San Ireneo, Adversus Haereses, III, 22,4: PG 7, 959A); y comparándola con Eva, llaman a María «Madre de los vivientes» (cf. Epifanio, Haer.78,18: PG 42, 728CD-729AB), y afirman con mayor frecuencia: «La muerte vino por Eva; por María, la vida»" (Jerónimo, Cartas 22, 21: PL 22, 408; cf. San Agustín, Discursos, 51,2,3: PL 38,335)" (cf. LG 56).

4. Hoy, estimados fieles de esta querida parroquia, en el marco del Adviento, celebramos la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Ella, la "sin-mancha", la «llena de gracia» (Lc 1,28), nos invita a recibir en nuestros corazones al autor de la vida, Jesucristo, a quien ella llevó en su seno virginal. Con su sí obediente, con su "fiat" hizo posible la venida del Enmanuel, del Dios-con-nosotros (cf. Lc 1,38). «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28), le dijo el ángel Gabriel. ¡Alegraos también vosotros, estimados hermanos, porque el Señor viene a nosotros y quiere habitar en nuestro corazón! ¡Abridle las puertas de para en par! Como nos dice San Pedro, en su segunda carta: «Esperad y apresurad la venida del Señor» (2 Pe 3,12); y mientras llega, «confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia» (2 Pe 3,13), procurando que Dios nos «encuentre en paz con él, inmaculados e irreprochables» (2 Pe 3,14), a ejemplo de la Virgen María.

5. Esta parroquia de "Madre del Rosario en los Olivos" en Mejorada del Campo, creada el 8 de diciembre de 1977, celebra hoy el XXV Aniversario de su institución. Al inicio, la comunidad cristiana se reunía cerca del actual templo, en unos bajos comerciales, donados por la Sra. Rosario, de todos conocida. En esa época formaba parte de la Archidiócesis de Madrid, hasta que, en 1991, quedó vinculada a la recién restaurada diócesis de Alcalá de Henares. En esta segunda etapa se inició el actual templo en 1996. A esta parroquia han dedicado su solicitud pastoral diversos sacerdotes, que la regentaron con cariño: el primer párroco, D. Pedro-Luis Mielgo (1977-1981); después, D. Fernando Navarro (1982-1992), aquí presente, y D. José-Antonio Lago (1992-1995); D. Javier Ortega (1995-1996), como administrador parroquial; en la última etapa, D. Javier Vicens (1996-2000), que volvió a su diócesis propia de Alicante, y D. Pedro-Luis Giménez (desde el año 2000), el actual párroco. A todos ellos mi felicitación y agradecimiento por su dedicación y entusiasmo en crear una auténtica comunidad cristiana. Y a todos vosotros, queridos fieles, mi enhorabuena, mi más entrañable reconocimiento por vuestro empeño y compromiso eclesial, por vuestro testimonio en medio de esta sociedad secularizada.

6. Hoy se celebra en la Iglesia universal la fiesta litúrgica de la "Inmaculada Concepción", título que ostenta la Virgen por su privilegio especial de no haber estado mancillada por el pecado. María es la Madre de todos los vivientes, la nueva Eva, por la que se desata el nudo de la desobediencia de la antigua Eva. María es la Madre de todos los creyentes. Esta excelsa Madre es venerada en esta parroquia bajo la advocación de "Madre del Rosario", como titular de la misma. Las diversas imágenes de la Virgen, al referirse a advocaciones distintas, expresan aspectos complementarios. Como habéis visto, hemos colocado hoy la imagen de la Madre del Rosario en un sitio preeminente para esta celebración.

7. El Papa Juan Pablo II, en su carta apostólica "Rosarium Virginis Mariae", ha dedicado el año 2002-2003 al "Rosario" y nos ha invitado a rezarlo asiduamente y con devoción. En el Rosario, nos dice el Papa, "resuena la oración de María, su perenne Magnificat por la obra de la Encarnación redentora en su seno virginal. Con él, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la Madre del Redentor" (Rosarium Virginis Mariae, 1).

8. A las puertas de la Navidad, la Virgen inmaculada, la Madre del Rosario, nos anima a contemplar el misterio del Verbo encarnado, que ella contempló de modo inigualable. "El rostro del Hijo le pertenece de un modo especial. Ha sido en su vientre donde se ha formado, tomando también de Ella una semejanza humana que evoca una intimidad espiritual (...). Los ojos de su corazón se concentran de algún modo en Él ya en la Anunciación, cuando lo concibe por obra del Espíritu Santo" (Rosarium Virginis Mariae, 10), como hemos oído en el Evangelio de hoy. La mirada de María hacia su Hijo estará siempre llena de adoración y asombro, pudiendo ser, como dice el Papa (cf. Rosarium Virginis Mariae, 10), una mirada interrogadora y penetrante, unas veces, dolorida ante la cruz, radiante ante la resurrección, o ardorosa en otros momentos. Esta comunidad cristiana está llamada, de modo especial, a unirse a María, para contemplar los misterios de Jesucristo y asociarse a ellos. ¡Ojalá contemplemos a Cristo como lo hizo la Madre del Rosario y nos unamos a Él con un corazón sincero!

9. Esta parroquia de Madre del Rosario, que hoy celebra su XXV Aniversario de creación, da gracias a Dios por estos años en los que, acompañada de María, ha estado bebiendo de las fuentes del Salvador. Ahora no debe mirar atrás, sino que debe continuar su camino, mirando hacia el futuro y caminando con María, la Virgen, al encuentro del Señor. El Papa, en su carta apostólica, que comentábamos, nos exhorta a contemplar y a comprender a Cristo desde María: "Cristo es el Maestro por excelencia (...). Si en el ámbito divino el Espíritu es el Maestro interior que nos lleva a la plena verdad de Cristo (cf. Jn 14, 26; 15, 26; 16, 13), entre las criaturas nadie mejor que Ella, la Virgen, conoce a Cristo, nadie como su Madre puede introducirnos en un conocimiento profundo de su misterio (...). Recorrer con María las escenas del Rosario es como ir a la 'escuela' de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje (...). Ante cada misterio del Hijo, Ella nos invita, como en su Anunciación, a presentar con humildad los interrogantes que conducen a la luz, para concluir siempre con la obediencia de la fe: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38)" (Juan Pablo II, (Rosarium Virginis Mariae, 14). María es nuestra maestra incomparable.

10. María nos ayuda a ser imagen de la Trinidad. Al inicio de esta celebración, hemos bendecido la imagen de la Trinidad, colocada en el frontis del altar. Esta imagen trinitaria, que contemplamos, es una invitación a que nos dejemos configurar por la Santísima Trinidad, es decir, a que seamos verdaderos hijos de Dios-Padre, a que seamos auténticos hermanos del Hijo-Jesucristo y a que nos dejemos moldear y santificar por el Espíritu Santo. Ya que tenemos ahora esa imagen de la Trinidad en nuestro templo, pidámosle a María que nos ayude a vivir la dimensión trinitaria de hijos de Dios. En el Bautismo recibimos la filiación divina y por el bautismo cada uno de los cristianos va configurándose a Jesús, que es la imagen más perfecta del amor de Dios-Padre. Los cristianos somos imagen de Dios y sólo podemos vivirlo, en esta etapa de la historia de salvación, con la gracia del Espíritu Santo. María, que ha sido la persona más dócil al Espíritu, nos ayuda a "configurarnos a Cristo" y a tener los mismos sentimientos que Cristo Jesús (cf. Flp 2, 5).

11. El Señor espera de nosotros que nos dediquemos a la oración, junto con María, la Madre de Jesús. Esta parroquia debe ser como un "cenáculo", donde los apóstoles y discípulos del Señor se reunieron con María para rezar y para pedir el Espíritu Santo. Esta parroquia ha de ser un cenáculo cristiano, donde la comunidad, reunida entorno a María, Madre del Rosario, se reúne para rezar: para alabar a Dios-Padre; para pedirle a Jesucristo que venga y nos salve; para implorar al Espíritu Santo que nos dé su fuerza y nos trasforme de cobardes en valientes discípulos, de callados en comunicativos voceros de su Palabra, de amedrentados en animados seguidores, de tristes en alegres prosélitos, de débiles en vigorosos testigos de la buena nueva. ¡Ojalá esta comunidad sea de veras un verdadero cenáculo, entorno a María!

12. Unidos a la Madre del Rosario podremos anunciar a Cristo resucitado, en esta sociedad nuestra que, a veces, no quiere saber nada de Dios. El mismo Rosario es "un itinerario de anuncio y de profundización" (Juan Pablo II, Rosarium Virginis Mariae, 17), en el que el misterio de Cristo es presentado continuamente en los diversos aspectos de la experiencia cristiana. El Rosario es una oración orante y contemplativa, que trata de modelar al cristiano según el corazón de Cristo. De la mano de María dejemos modelarnos por el Espíritu, como la arcilla en manos del alfarero (cf. Is 64,7); dejad que el Espíritu nos transforme, nos configure y nos haga semejantes a Jesucristo.

13. Os invito a ser a ser un cenáculo de amor, una comunidad de fe, de esperanza y de caridad, que vive la presencia de Cristo en unión con María. Os exhorto a ser testigos de Jesucristo e imagen de la Trinidad, en este ambiente en que nos toca vivir. ¡Que la Madre del Rosario nos proteja con su poderosa intercesión! ¡Que Ella nos ayude a ser cada día más fieles a Jesucristo, su Hijo, a quien esperamos que venga! ¡Que preparemos nuestras almas, estimados fieles, para celebrar con gozo la Navidad, ya cercana! ¡Que vivamos con alegría, con María, la venida del Señor a nuestras vidas! ¡Que la Madre del Rosario os bendiga y os acompañe siempre! Amén.

 

 

EUCARISTÍA EN SUFRAGIO DE FAMILIARES DIFUNTOS

DEL PERSONAL DE LA CURIA DIOCESANA

(Capilla Palacio episcopal, 28 Noviembre 2002)

 

Lecturas: Ap 18,1-2.21-23; Lc 21,20-28

 

1. La Iglesia nos invita a centrar las celebraciones en el marco del año litúrgico y nos encontramos ahora en la última semana del mismo. En estos días últimos del año litúrgico se nos habla de las postrimerías, de los últimos acontecimientos en la vida de cada uno y en la vida global de la humanidad. En sintonía con esta temática, la celebración de hoy se ofrece por quienes están viviendo ya esos acontecimientos postreros, por quienes partieron ya hacia la casa del Padre.

 

2. El libro del Apocalipsis, que hemos escuchado, en medio de la visión apocalíptica de desastres y acontecimientos catastróficos presenta un canto de esperanza y habla de felicidad: «Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero» (Ap 19,9). Es una invitación a levantar el ánimo para quien atraviesa momentos difíciles. Es una invitación también a participar del banquete que Jesucristo nos ofrece. Nuestros tres hermanos, Francisco, Andrés y Juan, ya participan plenamente del banquete de bodas del Cordero. Ellos participaron del banquete eucarístico de manera sacramental, cuando vivían entre nosotros, como lo estamos haciendo ahora nosotros. Este banquete ofrece el pan de la vida: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre» (Jn 6,51). Y el pan vivo tiene la fuerza de revitalizar lo que está muerto, de dar la vida de Jesucristo y de dinamizar, con la acción del Espíritu Santo, lo que está árido y seco.

 

3. El banquete eucarístico es prenda de inmortalidad. Esta celebración eucarística es una participación anticipada de la gloria futura, en la que el alma se llena de gracia en la medida de las disposiciones personales de cada cual. Nuestros hermanos difuntos, en cambio, participan ya de las bodas eternas; para ellos ya no existen barreras, ya gozan de ese banquete de manjares suculentos, de vinos de solera, del que nos habla el profeta Isaías (cf. Is 25,6); ellos ya disfrutan de la presencia plena del Señor. La muerte corporal es la puerta que nos permite el acceso al festín, que Dios nos tiene preparado. No podemos vivir la muerte terrena como la viven los que no creen en Dios, como los que no esperan la resurrección, como los que no participan del banquete sacramental eucarístico.

 

4. Hoy pedimos a Dios por nuestros hermanos, que ya pasaron el umbral hacia la otra vida. Elevamos nuestra oración para que queden purificados de sus faltas y sus pecados no les limiten la presencia plena de Dios. Al banquete celestial no se puede entrar sin traje de fiesta; no se puede ir sucio; no se puede ir en pecado. El sacrificio de Cristo ofrecido por ellos les purifica y les limpia de toda mancha, «como lejía de lavandero» (Ml 3,2). Para participar plenamente en el banquete del Reino se necesitan las vestiduras apropiadas (cf. Mt 22,11-12). Nuestra oración por ellos es para que el Señor los purifique y sean capaces contemplar cara a cara al Cordero de Dios. El hombre, tal como vive en este mundo, no puede soportar la presencia del Absoluto. Imaginad un día de sol radiante: nuestra mirada no puede soportar la luz directa del sol; incluso puede dañar nuestra vista. En nuestra condición terrena, temporal, no somos capaces de soportar la presencia del Absoluto; necesitamos estar en condiciones de participar en la vida plena de Dios y para ello es necesario pasar por la muerte.

 

5. Nuestros hermanos, Francisco, Andrés y Juan, han pasado ya por la muerte corporal, que es una forma de purificación. La Iglesia nos enseña que, incluso después de la muerte terrena, el hombre puede purificarse: "Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico, para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios" (Catecismo Iglesia Católica, 1032). Dirigimos nuestra oración al Señor para que los purifique y los haga capaces de contemplar su rostro; para que les conceda lo que siempre han deseado: vivir felizmente con Dios. Cada uno ha vivido su propia vocación: Francisco y Andrés como sacerdotes; Juan, como laico, en la vida matrimonial. Pero todos estamos llamados al mismo destino: participar en la vida de Dios en plenitud.

 

6. Hay un proverbio cristiano, que hemos escuchado en las catequesis de nuestra infancia, que dice: "Acuérdate de los novísimos y no pecarás". Acuérdate que has de pasar por un juicio, en el que el Señor te examinará de amor, como dice San Juan de la Cruz: "Al final de tu vida serás examinado en el amor". No nos preguntarán si hemos hecho muchas cosas, profesional o pastoralmente; si hemos construido grandes obras, o hemos ganado mucho dinero; simplemente seremos examinados en el amor. Hay que pasar ese examen contando siempre con la misericordia de Dios; pero bueno es que nos planteemos los "novísimos": la muerte, el juicio, el infierno y la gloria. ¿Qué haremos ante la presencia del Señor, el día de nuestro juicio? Nuestros hermanos difuntos ya han sido ya examinados en el amor.

 

7. Cuentan la historia de un sacerdote, cuya hermana llevaba una vida disoluta, y a la que su hermano intentaba reconducirla al buen camino. Un día la hermana sufre un accidente y, momentos antes de morir, se dirige a su hermano sacerdote y, mostrándole las palmas de las manos, le dice: "Me voy ante la presencia de Dios con las manos vacías". Pensar en la muerte y en el juicio subsiguiente, nos puede animar en esta vida a tomarnos más en serio la vida eterna y a participar en el banquete eucarístico, prenda anticipada de la misma. También nos puede animar a cantar ya ahora lo que cantan los santos y los ángeles en la presencia de Dios. ¡Que nuestra vida sea un cántico de alabanza al Señor, y que participemos sacramentalmente de su vida y de su presencia!

 

8. Ahora pedimos por nuestros hermanos difuntos para que el Señor les conceda lo que siempre anhelaron. A veces buscamos la felicidad equivocadamente, pensando que la vamos a encontrar donde la rebuscamos, pero allí no está; y seguimos probando y tanteando con resultado insatisfactorio. La felicidad no está en las cosas, sino en la presencia del "totalmente Otro". ¡Que esta celebración nos ayude a tener una vivencia más profunda del misterio divino! ¡Que la contemplación de la muerte terrena nos ayude en la orientación de nuestra vida! ¡Que vivamos cada día la presencia salvífica y vivificante de Jesucristo! ¡Y que a nuestros hermanos difuntos el Señor les conceda la vida eterna! Amén.

 

XXV ANIVERSARIO DE LA FUNDACIÓN

DEL "CENTRO EXTREMEÑO" EN ALCALÁ

(Parroquia de San Bartolomé - Alcalá, 17 Noviembre 2002)

 

Lecturas: Pr 31,10-13.19-20.30-31; 1 Ts 5,1-6; Mt 25,14-30

 

1. Estamos al final del año litúrgico, que, como sabéis, comienza alrededor de un mes antes del año natural. El próximo domingo será el último domingo del año litúrgico. En estos domingos las lecturas bíblicas nos explican lo que va a suceder al final de los tiempos, para que nos acordemos de los "novísimos", es decir, lo que sucede al final de la vida terrena. Un refrán cristiano dice: "Acuérdate de los novísimos y no pecarás". Acuérdate de las realidades futuras, de lo que va a sucederte, cuando terminen tus días en la tierra y tendrás más sabiduría. Desde esa perspectiva, el domingo de hoy nos previene de la llegada del Señor; nos anima a estar preparados para que, cuando llegue, no nos coja desprevenidos ni dormidos, sino que estemos vigilantes.

 

2. En la Carta a los Tesalonicenses, San Pablo nos ofrece la imagen de la noche y del día, de las tinieblas y la luz; y dice que hay unas obras de las tinieblas y unas obras de la luz; que hay unos hijos de las tinieblas y unos hijos de la luz. ¿En qué consisten las obras de las tinieblas? Lo tenebroso es lo que se esconde a la mirada, lo negativo, lo pecaminoso; es decir, las obras que van en contra de la ley de Dios y las obras que van en contra del hombre: el egoísmo, la manipulación del hombre, la maledicencia, la mentira, el asesinato, el robo. Todo lo que sea olvidar a Dios e ir en contra del hombre son obra de las tinieblas. Por el contrario, son obras de la luz lo que nace del amor: respetar al otro, ayudarle, amarle, perdonarle, acogerle aunque sea débil, pequeño, no nacido o muy anciano. También son obras de la luz: alabar a Dios, cantarle cánticos de alabanza, darle gracias, pedirle perdón.

 

3. San Pablo nos dice a todos, sobre todo a los cristianos: «Todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del día. Nosotros no somos de la noche ni de las tinieblas. Así pues, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios» (1 Ts 5,5-6). Nos invita a mantener una mirada vigilante; a estar en guardia. El ladrón, el que hace obras de las tinieblas, actúa en las tinieblas y el día puede sorprenderle con actividades diabólicas. El Señor puede llamarnos de un momento a otro y corremos el riesgo de no estar vigilantes. San Pablo nos advierte: «Pero vosotros, hermanos, no vivís en la oscuridad, para que ese Día os sorprenda como ladrón» (1 Ts 5,4). Como sabéis, la llamada del Señor llega sin previo aviso, en cualquier momento y edad. El Señor llama a niños no nacidos, a niños recién nacidos, a ancianos y a jóvenes en plena flor de la juventud. Nadie absolutamente sabemos cuándo nos va a llamar el Señor. ¡Animémonos a ser hijos de la luz y a vivir a la luz de Cristo!

 

4. Los que formáis parte del "Centro Extremeño" lleváis en el corazón, inculcado por la fe de vuestros padres, la devoción a la Virgen María, bajo la advocación de Ntra. Sra. de Guadalupe. Ella recibió mejor que nadie la luz del cielo, porque llevó en su seno al que es la luz, Jesucristo. Y al llevar en su seno al que es la luz, quedó plenamente iluminada. La Virgen llevó en su seno al que es la verdad y vivió plenamente la verdad de Dios y del hombre. La Virgen de Guadalupe llevó en su seno al que es la libertad y ha sido la mujer más libre que ha habido en toda la historia. María ha sido liberada por Cristo y ha vivido plenamente la libertad. Ella es la Madre que todos, filial y cariñosamente, amamos. Ella nos enseña cómo hemos de vivir siendo hijos de la luz; cómo hemos de acoger la luz dentro de nosotros mismos.

 

5. La celebración del XXV Aniversario de la creación del "Centro Extremeño" en Alcalá de Henares es un motivo para dar gracias a Dios. Al inicio de esta celebración se ha realizado un baile típico, mientras el coro entonaba el canto de entrada, en el que decía: Canta pueblo; cántale a tu Salvador, canta a Cristo que es la luz; cantadle a Cristo, que es la verdad y la vida, que es la libertad, que es nuestra salvación. El coro, que hoy estrena un precioso traje con la beca verde, símbolo de la esperanza, nos invitaba a todos a glorificar a Dios. ¡Que la invitación del coro se haga ahora realidad en esta eucaristía! ¡Que todos los pueblos, y hoy de manera especial el pueblo extremeño, canten a Dios himnos de gloria y alabanza!

 

6. El evangelio de hoy nos ha presentado la parábola de los talentos: «Un hombre, al ausentarse, llamó a sus siervos y les encomendó su hacienda; a uno dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad» (Mt 25,14-15). Unos trabajaron los talentos y, cuando volvió su señor y les pidió cuentas, fueron recompensados (cf. Mt 25,20-23). El que había recibido un talento y no hizo nada para hacerlo fructificar, en vez de pasar al banquete de su señor, como los demás, fue arrojado a las tinieblas como un siervo inútil (cf. Mt 25,30). Unos fueron hijos de la luz y, por haber trabajado los talentos, participaron en la fiesta y en el gozo de su señor; el otro fue hijo de las tinieblas y quedó en la tiniebla: quedó fuera de la vida, fuera del banquete del Señor, fuera de la alegría y de la fiesta.

 

7. Todos hemos recibido unos talentos de Dios. Talentos de muy diversas maneras: físicos, intelectuales, artísticos, espirituales. En la oración colecta, del inicio de la eucaristía, se nos invitaba a poner esos talentos al servicio de Dios y de los hombres, porque en ello radica nuestro gozo: "En servirte a ti, Señor, está el gozo pleno y verdadero". Poner nuestros talentos al servicio de Dios es ponerlos al servicio del hombre. No hay dicotomía sino síntesis; no se puede servir a Dios, si no se sirve al hombre; más aún, lo que se le hace al hombre, se le hace a Dios. Jesús en más de una ocasión nos recuerda en el evangelio: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40); «porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme» (Mt 25,35-36). Lo que le hacemos a uno de nuestros hermanos, se lo hacemos a Cristo nuestro Señor.

 

8. Vosotros, estimados miembros del "Centro Extremeño", tenéis muchos talentos que el Señor os ha dado. Tenéis una cultura, una forma de ser y de pensar propias. Dios nos ha regalado a cada unos distintos talentos, que van desde lo más íntimo y espiritual, como la forma de ser, de pensar y de sentir, hasta lo más externo, como el aspecto físico, la belleza, la forma corpórea. El libro de los Proverbios nos previene para que no pongamos nuestro interés en la belleza física, sino en la relación filial con Dios: «Engañosa es la gracia, vana la hermosura, la mujer que teme al Señor, ésa será alabada» (Pr 31,30). Lo que somos y lo que tenemos hemos de ponerlo al servicio de Dios y de los hermanos: al servicio de la Iglesia y de la parroquia, al servicio de la familia, al servicio del "Centro Extremeño", al servicio del barrio en el que vivimos, al servicio de la sociedad, al servicio de la nación y del estado.

 

9. Celebrar los veinticinco años de una casa regional, de vuestro "Centro Extremeño", es un buen motivo para dar gracias a Dios, y lo hacemos cantando con los cantos propios de vuestra tierra y expresándolo con los bailes tradicionales de vuestro pueblo. En estos años habéis estado colaborando juntos, habéis hecho grandes empresas, habéis vivido acontecimientos en fraternidad, habéis rezado juntos, habéis propagado la cultura propia con el teatro, con el canto, con la danza, con las fiestas, y hasta con comidas típicas, que he podido degustar entre vosotros. Demos, pues, gracias a Dios por estos veinticinco años de fraternidad entre vosotros y de presencia vuestra en la sociedad alcalaína.

 

10. Pero el camino no termina con la celebración del XXV Aniversario; el camino sigue y esperamos que, dentro de veinticinco años, se celebre el cincuentenario del "Centro Extremeño" en Alcalá de Henares. Los talentos, que Dios nos ha dado, hay que seguir poniéndolos al servicio de Dios y de los hombres, para que, cuando llegue el Señor y nos llame, podamos decirle que los hemos hecho fructificar. Dios nos regaló la fe el día de nuestro bautismo y nos pedirá cuentas de si la hemos vivido o la hemos perdido por el camino; Dios nos regaló la virtud de la esperanza cristiana y nos preguntará si hemos confiado en la paternidad divina y en la esperanza de vivir resucitados en la vida eterna; Dios nos ha dado su amor, manifestado en su Hijo Jesucristo y en la creación, y nos interrogará si hemos amado a nuestro prójimo. Todo eso nos lo pedirá a cada uno, cuando nos llame a su presencia. No sabemos cuándo será ese encuentro: para unos puede ser dentro de pocos años, para otros más tarde.

 

11. Deseo que el "Centro Extremeño" siga siendo un centro de fraternidad y de acogida, porque acoger al hermano es acoger a Dios. Que sea un centro donde se promueva la comunión fraterna y la unidad. En esta fiesta queremos expresar un doble motivo: En primer lugar, agradecer a Dios todo lo que nos ha dado, los talentos, la luz de la fe, la fraternidad, el amor; y en segundo lugar, pedir a Dios que todas esas gracias sepamos ponerlas al servicio de los demás. Esa es nuestra oración en esta eucaristía de hoy. ¡Que la Virgen de Guadalupe, que acogió en su vida a Cristo, que es luz, verdad, libertad y salvación, nos ayude a acoger a Cristo y a acoger al prójimo como a Cristo! ¡Que la Virgen de Guadalupe os bendiga a todos vosotros, bendiga vuestras familias y bendiga el "Centro Extremeño" para que sea un foco de luz, de fe y de amor! Amén.

 

SAN DIEGO DE ALCALÁ

(Catedral, 13 Noviembre 2002)

Lecturas: Eclo 3,17-24; Rm 8,26-30; Lc 10,38-42

 

1. Los evangelios nos narran los diferentes encuentros de Jesús con la gente y las exigencias del discipulado. En su predicación, Jesús expone claramente estas exigencias: «Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y me siga» (Mt 16,24). La renuncia de sí mismo es una de las condiciones para seguir al Maestro. El discípulo debe renunciar a la propia vida y a la propia voluntad, para aceptar la voluntad de Dios y estar en plena disponibilidad a lo que el Señor le pida. La vida de San Diego nos habla toda ella de seguimiento del Señor, de renuncia a la propia voluntad para aceptar la voluntad de Dios, de disponibilidad para ir donde Dios le llamaba, de servicio a la Iglesia, a la congregación franciscana a la que pertenecía y a los hermanos necesitados. Nació en el año 1400 en San Nicolás del Puerto (Sevilla). Desde su juventud se consagró al Señor en un eremitorio de la serranía de Córdoba. Vistió el hábito franciscano, como hermano lego, trabajando activamente en el movimiento renovador de la observancia franciscana. Su vida fue una búsqueda continua de la voluntad de Dios y del seguimiento de Jesucristo.

 

2. En una de las escenas evangélicas, Jesús, a uno que manifiesta el deseo de seguirle, le responde: «El Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Lc 9,58), indicando con ello las exigencias del seguimiento de Jesús y el desprendimiento exigido a todo discípulo. San Diego vivió las exigencias de la renuncia evangélica aceptando de buen grado los traslados y los diversos cargos que se le pidió que desempeñara. En 1441 fue como misionero a las Islas Canarias, donde llegó a ser guardián de la comunidad de Fuerteventura; allí realizó sus actividades apostólicas en medio de grandes dificultades. En 1450 marchó a Roma y a su regreso a España fue destinado al convento de NªSª de la Salceda en Tendilla (Guadalajara). Desde allí fue destinado a Alcalá en 1456, donde permaneció hasta su muerte, el 12 de noviembre de 1463, en el convento de Santa María de Jesús, junto a la actual Universidad. En estos últimos siete años de su vida ejerció el oficio de portero, prodigando una extraordinaria caridad a los necesitados. En cada lugar intentó ser fiel a lo que Dios le pedía, no yendo donde quería, sino yendo donde le mandaban.

 

3. El seguimiento de Jesús entraña, además de la renuncia a la propia voluntad, también una acogida generosa por parte del discípulo. El Señor no tiene dónde reclinar su cabeza, pero encuentra algunos corazones dispuestos a hospedarle. Marta, como hemos oído en el Evangelio de hoy, lo acoge en su casa, en Betania, (cf. Lc 10,38) y se desvive en atenciones hacia el divino huésped. El Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza, pero nosotros, al igual que Marta y al igual que San Diego de Alcalá, podemos ofrecerle nuestra hospitalidad; podemos abrir nuestro corazón para que Él haga morada en nosotros.

 

4. El corazón humilde y sencillo de San Diego albergó al Señor, acogiendo a los pobres y menesterosos: «Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis» (Mt 25,35). Aquí en Alcalá de Henares manifestó tener un corazón grande y generoso, que auxiliaba a quienes llamaban a la puerta del convento. Fray Diego, hace más de quinientos años, atendía y servía a los pobres como si lo hiciera al mismo Señor Jesucristo. Su hábito franciscano, donde llevaba la comida para los pobres, se convirtió, según piadosa tradición, en un recipiente de hermosas flores, en un delicado búcaro lleno de rosas. Eran las flores de las buenas obras, que despedían la fragancia de la caridad.

 

5. El evangelio de Lucas, que hemos escuchado, nos narra con detalle la escena en Betania, en casa de los amigos de Jesús. Marta estaba atareada en muchos quehaceres y preocupada por las tareas de la casa. Con sus idas y venidas, su corazón no reposaba, ni gozaba de la compañía cercana e íntima del Señor; le faltaba silencio para poder escuchar las palabras del Maestro. Acercándose a Jesús le dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude» (Lc 10,40). Y el Señor le responde: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola» (Lc 10,41-42). Lo que hacía Marta era importante, pero no era lo esencial.

 

6. Su hermana María, en cambio, «sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra» (Lc 10,39). María desea estar muy cerca del Señor, imbuirse de sus gestos, escuchar las palabras de sus labios, contarle sus cosas, vivir en intimidad con el Señor, unir su corazón al del Maestro, contemplar la bondad y la belleza de Dios. Por eso, «María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada» (Lc 10,42). La dimensión contemplativa es la que perdura en la vida eterna. Los quehaceres y trabajos son de este mundo, pero la contemplación de la divinidad persiste en el más allá. San Diego gozó también en su vida terrena de la dimensión contemplativa. La iconografía presenta a San Diego con un "rosario" en sus manos y una pequeña cruz; signos generalmente asociados a los santos de vida contemplativa, entregados a la meditación y a la oración, ante el crucifijo y mediante el rezo del rosario.

 

7. En la oración el Espíritu Santo llena nuestros corazones e ilumina nuestro espíritu, para rezar como conviene; nos pone en condiciones para la escucha de su palabra y fortalece nuestra relación de amistad con Dios; nos permite contemplar el rostro de Dios y la belleza que de él se desprende. San Pablo, en la carta a los Romanos que hemos escuchado, nos recuerda que «el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rm 8,26). Al igual que San Diego, hemos de dejar que el Espíritu nos vaya transformando interiormente. Como nos ha dicho recientemente el Papa Juan Pablo II en su carta apostólica sobre el Rosario, la escena evangélica de la transfiguración de Cristo (cf. Mt 17, 2) puede ser considerada como icono de la contemplación cristiana: "Fijar los ojos en el rostro de Cristo, descubrir su misterio en el camino ordinario y doloroso de su humanidad, hasta percibir su fulgor divino manifestado definitivamente en el Resucitado glorificado a la derecha del Padre, es la tarea de todos los discípulos de Cristo; por lo tanto, es también la nuestra. Contemplando este rostro nos disponemos a acoger el misterio de la vida trinitaria, para experimentar de nuevo el amor del Padre y gozar de la alegría del Espíritu Santo" (Juan Pablo II, Rosarium Virginis Mariae, 9).

 

8. San Diego de Alcalá ha hecho experiencia contemplativa en su vida de consagrado. De este modo, se ha ido reflejando en él la gloria del Señor y ha ido transformándose cada día más en imagen de Cristo. Como nos dice San Pablo: «Reflejamos como en un espejo la gloria del Señor; nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más: así es como actúa el Señor, que es Espíritu » (2 Co 3, 18). Elegido por Dios para ser reflejo de su gloria e imagen de su Hijo, San Diego, rezando el "Rosario" y meditando y contemplando los misterios de la vida, muerte y resurrección del Señor, se dejó transfigurar, dejando que la imagen del Hijo primogénito de Dios se fuera plasmando en su alma (cf. Rm 8,29). El Papa nos invita a rezar el Rosario como una oración marcadamente contemplativa (cf. Juan Pablo II, Rosarium Virginis Mariae, 12), en la que meditamos los misterios de la vida del Señor, unidos a la Virgen María, que es modelo insuperable de vida contemplativa (cf. Juan Pablo II, Rosarium Virginis Mariae, 10). El ejemplo de San Diego nos ha de estimular al rezo frecuente del "Rosario" y a la vivencia de la oración contemplativa.

 

9. "La espiritualidad cristiana tiene como característica el deber del discípulo de configurarse cada vez más plenamente con su Maestro (cf. Rm 8, 29; Flp 3,10.21). La efusión del Espíritu en el Bautismo une al creyente como el sarmiento a la vid, que es Cristo (cf. Jn 15, 5), lo hace miembro de su Cuerpo místico (cf. 1 Co 12,12; Rm 12,5). A esta unidad inicial, sin embargo, ha de corresponder un camino de adhesión creciente a Él, que oriente cada vez más el comportamiento del discípulo según la 'lógica' de Cristo: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo» (Flp 2, 5). Hace falta, según las palabras del Apóstol, «revestirse de Cristo» (cf. Rm 13, 14; Ga 3, 27)" (Juan Pablo II, Rosarium Virginis Mariae, 15). San Diego, con humildad y sencillez, desempeñó diversos oficios en la Orden franciscana, viviendo la espiritualidad cristiana de configurarse cada vez más con el Señor. Cada convento y lugar, al que Dios le fue llevando, fueron para él como etapas del camino de adhesión creciente a Cristo y cada tarea que Dios le fue asignando, como guardián y encargado o como portero, San Diego la aceptó como un modo diverso de configurarse más con Cristo. ¡Que su ejemplo y su intercesión nos ayuden a vivir configurándonos cada día más al Señor y a contemplar su rostro, hasta que le veamos cara a cara en la eternidad! Amén.

 

FUNERAL DEL RVDO. D. FRANCISCO MARÍN

(Cervera de la Cañada, 7 noviembre 2002)

 

Lecturas: Ef 5,8-14; Lc 24,13-33

 

1. Muy querido hermano en el episcopado, Don Carmelo, obispo de esta diócesis de Tarazona. Estimados sacerdotes concelebrantes de las diócesis de Tarazona y de Alcalá de Henares. Queridos familiares y amigos de Don Francisco. Nuestro hermano Francisco ha terminado ya su peregrinación terrena. Hace setenta y tres años vio la "luz natural" aquí en este pueblo de Cervera de la Cañada, el pueblo que le vio nacer. Comenzó a gozar de la luz creada por Dios y de la creación, el gran regalo salido bueno de las manos de Dios y que el hombre con su pecado ha desordenado y ha manipulado. Pero la creación es un don que el Señor regala al hombre para que viva y para que lo disfrute. Francisco, por tanto, ha podido gozar de esa luz natural y de la creación, regalo de Dios.

 

2. También en este mismo pueblo, en la parroquia, recibió las aguas bautismales. El sacramento del bautismo le concedió la "luz de la fe": don, no ya natural, sino don "sobrenatural"; el don de la gracia, el don de las virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, que nos ponen en contacto con Dios y nos hacen vivir la vida de Dios. Como nos ha dicho San Pablo: «Porque en otro tiempo fuisteis tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz» (Ef 5,8). Con la luz sobrenatural de la fe, Francisco ha caminado en su vida "iluminado", recorriendo el camino que el Señor le iba trazando. Con la luz sobrenatural de la fe ha podido participado innumerables veces en los sacramentos de la eucaristía y de la confesión, recibiendo la gracia divina.

 

3. El Señor le llamó a una vida consagrada a Él y fue ordenado sacerdote en 1954, hace ahora casi 50 años. Fue ordenado sacerdote y desde ese momento él intentó llevar una vida de ofrecimiento y de consagración a Dios, siguiendo la voluntad de Dios en su vida. Como hemos escuchado en la presentación que nos ha hecho uno de sus compañeros sacerdotes y amigo suyo, Francisco ha servido en distintos pueblos, primero como coadjutor en Novallos, después como párroco en Dubel, en Aldehuela de Liestos y en Torralba de los Frailes. Ha servido, por tanto, en los pueblos a los que el Señor le enviaba, en la Diócesis de Tarazona, donde fue ordenado. Después, por razones históricas, sirvió también a la Diócesis de Madrid-Alcalá. Finalmente, después de la división de la Archidiócesis de Madrid-Alcalá, sirvió a la Diócesis de Alcalá de Henares y estuvo, durante casi veinte años, de párroco en Santorcaz, desempeñando también su ministerio como Vice-Cancilller y Notario de la curia diocesana.

 

4. Nuestro hermano Francisco ha ido sirviendo a la única Iglesia de Jesucristo en distintas iglesias particulares. Ha ido recorriendo el itinerario que el Señor le ha ido trazando, en fidelidad siempre a su voluntad y en servicio a Dios y a la Iglesia. El sacerdocio, del que él estaba muy agradecido a Dios y vivía con intensidad, y su devoción a la eucaristía, junto con su devoción mariana, fueron los pilares de su espiritualidad sacerdotal. A través del ministerio sacerdotal él ha ido ejerciendo el servicio a Dios y el servicio a los hombres, fundamentalmente en la celebración de la eucaristía y de la penitencia. El ejercicio de este ministerio sacerdotal ha quedado simbolizado con el gesto de la casulla y la estola, que han sido colocados encima de sus restos mortales, al inicio de esta celebración. También el Evangeliario, leccionario bíblico de la Palabra de Dios, que está sobre sus restos significa el ministerio de la Palabra que él ha ido ejerciendo en los distintos lugares, donde el Señor le ha ido llamando. Ahora, al final de su vida, después de un largo recorrido en distintos sitios, vuelve otra vez a su pueblo, que le vio nacer. Y aquí termina su peregrinación terrena.

 

5. La luz sobrenatural de la fe, recibida en el bautismo y significada aquí con la luz del cirio pascual encendido, símbolo de la resurrección del Señor, ha ido acompañándole durante toda su vida y le ha ido iluminando. Naturalmente, nadie es santo hasta que la Iglesia lo proclama como tal, pero estamos convencidos de que Francisco, nuestro hermano sacerdote, está gozando ya de la felicidad eterna en el cielo. De la misma manera que gozó de la "luz natural", como don y regalo de Dios, también vivió durante toda su vida la "luz de la fe", que le iluminó, le hizo ver las cosas con un sentido sobrenatural y le animó a entregar su vida al servicio de Dios y de los demás, sirviendo a la Iglesia de Cristo. Ahora nuestro hermano Francisco está gozando de otra luz, "la eterna", que ya no es ni la natural ni la luz de la fe. Ahora él ya no necesita creer; ahora ve sin velos ni oscuridades, porque está en la presencia de Dios y lo contempla cara a cara. Como dice el Apocalipsis: «Noche ya no habrá; no tienen necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos» (Ap 22,5).

 

6. La contemplación de Dios, después de la muerte, sólo es posible gracias a la "luz eterna", inmarcesible, esplendorosa, infinita; una luz clara y purísima, pues es gozar de la misma presencia de Dios. Para esta contemplación ya no es necesaria la luz natural, ni la luz sobrenatural de la fe, puesto que se trata de una presencia total y plena de Dios. Francisco ha ido viviendo en su peregrinación terrena, como regalo de Dios, distintas "luces". En primer lugar, ha percibido la "luz natural" y ha podido gozar de la creación. En segundo lugar, ha vivido la "luz sobrenatural", la luz de la fe, que ha iluminado espiritualmente su vida y su consagración a Dios. Y en tercer lugar, ahora, entra a gozar de la "luz eterna", una luz que es incomprensible e inexplicable para nosotros, porque es la misma luz de Cristo resucitado.

 

7. Uniéndose a la muerte de Jesucristo, nuestro hermano participa también de la resurrección de Jesucristo (cf. Rm 6,5). Su vida y su muerte debe ser para nosotros, los que aún permanecemos gozando en este mundo de la luz natural, un estímulo para que sepamos cuidar de la naturaleza. Ha de ser un estímulo para que sepamos ser fieles a Dios desde la luz de la fe, desde la gracia bautismal, en el testimonio cristiano y en el ejercicio de cualquier tipo de profesión. Ha de ser también un estímulo para servir fielmente a Dios, desde la gracia del ministerio sacerdotal o desde la consagración religiosa.

 

8. Su muerte nos puede ayudar a vivir cada día con mayor esperanza cristiana, pensando que vamos a gozar de la luz inmarcesible, del sol que nunca se pone, del sol de justicia, que es Cristo resucitado, del sol que iluminará nuestra vida de una manera completa y plena. Allí no habrá recovecos oscuros, ni rincones sin luz, ni obstáculos que encubran u oscurezcan nuestra visibilidad. Allí no veremos con los ojos de la naturaleza, ni con los ojos de la fe, sino que contemplaremos a Dios de una manera plena y gozaremos de su presencia sin limitaciones.

 

9. La alegría era un don del que Francisco gozaba. Me ha impresionado positivamente y me ha admirado el talante alegre que él tenía. A pesar de estar en situaciones de enfermedad, de dificultad y de dolor, no perdió nunca la alegría; tenía siempre una chispa de buen humor, que alegraba a quienes se le acercaban a él, aún estando él enfermo y con sufrimiento. Su vida es para nosotros un ejemplo y un estímulo para vivir la voluntad de Dios en nuestra vida; para aceptar lo que el Señor quiere de nosotros. Le pedimos a Dios que ahora le conceda gozar de la alegría eterna.

 

10. Le pedimos también al Señor que nuestro hermano Francisco goce de la luz y de la resurrección de Jesucristo. Como todo ser humano, hijo de Adán y Eva, el pecado ha hecho su mella en nosotros y, por tanto, nuestra conducta no es correcta según la voluntad de Dios. Le pedimos al Señor que perdone las faltas que cometió por fragilidad humana; que sea misericordioso con él; que lo acoja; que le perdone benignamente los pecados que pudo cometer en su vida; y que lo acoja para vivir ya en la presencia plena del Señor, en su paz y amor eternos.

 

11. Nosotros, los que nos quedamos aún en este mundo, le pedimos a Dios que continúe iluminándonos con la luz de la fe y que nos dé la esperanza de poder gozar un día de la resurrección final. Vamos a continuar la eucaristía pidiendo por estas cosas. ¡Que el Señor le conceda a Francisco la paz eterna y a nosotros nos ayude a seguir caminando, para encontrarnos un día cara a cara con el Padre, que tanto nos ama! Amén.

 

ORDENACIÓN DE DIÁCONOS

(Catedral, 26 Octubre 2002)

 

Lecturas: 1 Co 9,16-19.22-23; Jn 13,1-17

1. «Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Estas palabras de Jesús en su última cena, que el apóstol San Juan nos refiere, van dirigidas hoy especialmente a vosotros, queridos jóvenes, que vais a ser consagrados diáconos al servicio de la Iglesia. Dios inició una historia de amor con cada uno de vosotros, desde que vinisteis a la vida. Esa historia se ha ido concretando con el pasar de los años y hoy adquiere una forma peculiar: el Señor os llama a participar de su vida a través del ministerio diaconal y os invita a vivir, con Él y como Él, vuestra donación total en este ministerio. El Señor os ama hasta el extremo y os anima a vivir ese mismo amor hacia Él y hacia los demás.

2. San Juan nos narra los detalles del servicio, que Jesús hace en la última cena: quitarse los vestidos, coger una toalla y ceñírsela, echar agua en un lebrillo y, finalmente, lavar los pies a los discípulos. Estas tareas eran propias de los esclavos. Jesús, el Maestro y el Señor (cf. Jn 13,13), se hace esclavo y servidor de los demás, ante la incomprensión de Pedro y de los discípulos: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde» (Jn 13,7), le dice Jesús a Pedro. Espero que, si vosotros tampoco no lo comprendéis ahora, lo comprendáis más tarde, cuando intentéis aplicar este ejemplo del Maestro y tratéis de configuraros a Él. Hoy, queridos Francisco, Fernando, Martín y Alberto, vais a ser consagrados diáconos al servicio de la Iglesia. Esta consagración diaconal, que Jesús va realizar en vuestras vidas, os hace también partícipes de la dimensión de servicio y entrega, que Él vivió durante toda su vida y que resplandece de una manera especial en el gesto que realizó en la última cena.

3. Jesús, después de lavar los pies a sus discípulos, les pregunta: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?» (Jn 13,12). Sólo desde el corazón amante de Cristo es posible comprender la acción de servicio total para con sus discípulos. El ministerio diaconal es un "servicio" al Señor y a la Iglesia. Sólo desde vuestro amor a Cristo y a los hermanos es posible comprender la actitud de servicio en el ministerio diaconal. Tras la pregunta sobre la comprensión de lo que Él ha hecho, Jesús nos da un mandato: «Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros» (Jn 13,14). Aquí estáis para obedecer este mandato del Señor. Hoy os postráis ante Él para ofrecerle vuestra vida en servicio total. La recompensa será vuestra misma felicidad, como dice el mismo Cristo: «Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís» (Jn 13,17). La felicidad está en proporción directa al cumplimiento de este mandato de servicio y la infelicidad en proporción directa a la no-observancia del mismo. Los presbíteros y diáconos aquí presentes podrían hablaros de su experiencia. Aprended de la Virgen María, quien en la Anunciación exclamó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), y aceptó de buen grado la voluntad de Dios, obedeciendo con humildad y sencillez.

4. El Catecismo de la Iglesia Católica, al hablar del ministerio jerárquico, lo expresa en términos de "servicio": "El carácter de servicio del ministerio eclesial está intrínsecamente ligado a la naturaleza sacramental. En efecto, enteramente dependiente de Cristo, que da misión y autoridad, los ministros son verdaderamente «siervos de Cristo» (Rm 1,1), a imagen de Cristo que, libremente ha tomado por nosotros la «forma de siervo» (Flp 2,7). Como la palabra y la gracia de la cual son ministros no son de ellos, sino de Cristo que se las ha confiado para los otros, ellos se harán libremente siervos de todos (cf. 1 Co 9,19)" (CEC 876). A partir de este día, vuestras vidas deberán reflejar, por lo tanto, el servicio y la entrega de Jesús. Hoy os configuráis a Él de un modo nuevo. San Pedro Crisólogo, en el oficio de lecturas de hoy, nos recuerda que hemos de vivir a semejanza de Cristo "no imitándolo en su soberanía, que sólo a él corresponde, sino siendo su imagen por nuestra inocencia, simplicidad, mansedumbre, paciencia, humildad, misericordia y concordia, virtudes todas por las que el Señor se ha dignado hacerse uno de nosotros y ser semejante a nosotros" (Sermón 117: PL 52,521). Vuestro servicio, pues, estimados diáconos, debe ser manifestación del amor de Dios a cada una de sus criaturas.

5. Esta vocación de servicio se concreta, en el diaconado, en el servicio a la Palabra y a la Eucaristía y en el servicio a la Iglesia, en la persona de sus pastores y de los demás fieles. Centramos nuestra atención ahora en el servicio a la Palabra. San Pablo, habiendo experimentado en su propia vida el amor de Cristo y el tesoro de gracia de su salvación, exclama: «¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Co 9,16). Este es el grito que nace de un corazón que se siente amado y que ama, a su vez. De su experiencia profunda de la persona de Cristo Jesús, nace esta urgencia de proclamarlo y de darlo a conocer a todo el mundo. El evangelio, se convierte así, en palabra viva que proclama el amor de Dios, en presencia transformante que salva al hombre, en buena noticia que alegra el corazón humano, en tesoro insondable que enriquece a quien lo acepta.

6. Hoy la Iglesia os constituye también a vosotros en servidores de la Palabra. Vuestros labios proclamarán las palabras de vida eterna para los hombres de nuestro tiempo. Seréis anunciadores de la única buena noticia, que es capaz de salvar el corazón atribulado de vuestros hermanos. Es pues necesario que esas palabras, que pronunciéis, hayan sido primero vida en cada uno de vosotros. En el rito de la ordenación de diáconos, el obispo al entregar el libro de los Evangelios al candidato le dice: "Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero; convierte en fe viva lo que lees, y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado". Convertid en fe viva lo que proclamáis y, desde vuestra experiencia personal de la Palabra, gritad con San Pablo: «¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Co 9,16).

7. Pero cuidado, estad atentos para no caer en la vanagloria. San Pablo dice: «Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe» (1Co 9,16). No es, por tanto, motivo de gloria el ministerio de la palabra, sino una misión que se nos ha confiado (cf. 1 Co 9,17); hemos de ejercerla con la humildad de quien es ministro y no dueño de la palabra de Dios. Sed, pues, fieles a esta misión que hoy se os confía, a este deber que hoy adquirís ante toda la asamblea eclesial aquí reunida. La recompensa y el honor de esta misión radica en ser heraldos del evangelio, como nos dice San Pablo: «Ahora bien, ¿cuál es mi recompensa? Predicar el Evangelio entregándolo gratuitamente» (1Co 9,18). El mismo anuncio se convierte en recompensa; el mismo ejercicio del ministerio es gracia; la misma proclamación del evangelio es don y es salvación.

8. Esmeraos, queridos diáconos, en la preparación de vuestra predicación. Preparaos, cuidadosamente, con el estudio de la Sagrada Escritura, de la Tradición, de la liturgia y de la vida de la Iglesia. Dejaos guiar dócilmente, en la interpretación y aplicación del sagrado depósito, por el Magisterio de aquellos que son "testigos de la verdad divina y católica", como dice el Concilio Vaticano II (Lumen gentium, 25): el Romano Pontífice y los obispos en comunión con él, de modo que propongáis «íntegra y fielmente el misterio de Cristo» (C.I.C.,c. 760).

9. San Pablo, en su ministerio de evangelizador, intenta servir a todos, acercándose a cada uno en la situación concreta y en la condición propia en que se encuentra: «Me he hecho débil con los débiles para ganar a los débiles. Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos» (1 Co 9,22). No escatima esfuerzos, ni fatigas, ni privaciones, ni renuncias, ni cadenas: «Siendo libre de todos, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más que pueda» (1 Co 9,19). ¡Qué gran ejemplo nos da San Pablo, como predicador del evangelio! No escatiméis tampoco vosotros esfuerzos ni fatigas en el anuncio del evangelio. Dios os colmará de sus bendiciones y os recompensará abundantemente, haciéndoos, al mismo tiempo, partícipes del mismo evangelio y de sus frutos de salvación (cf. 1 Co 9,23).

10. Hemos hecho ya mención a la Virgen María, nuestra Madre. Quisiera terminar pidiendo su poderosa intercesión. Ella, que se definió así misma como la "esclava del Señor", y durante toda su vida mantuvo ese servicio oculto lleno de amor a Dios y a los hombres, os ayude en este inicio de vuestro ministerio diaconal. Este servicio, este ministerio diaconal no termina cuando seáis ordenados, Dios mediante, de presbíteros; este servicio debe terminar en el último momento de vuestra vida terrena, con el último hálito de vuestra vida. A Ella, a María, le pedimos por cada uno de vosotros, para que os haga, como diáconos, siervos buenos y fieles y os enseñe la alegría de servir a la Iglesia con un amor ardiente. ¡Así sea!

 

 

I CENTENARIO DE LA ADORACIÓN NOCTURNA DE ALCALÁ DE HENARES

(Catedral, 26 Octubre 2002)

 

Lecturas: Dt 8,2-3.14-16; Sal 143; 1 Ts 1,5-10; Mt 22, 34-40

1. La ciudad de Alcalá de Henares celebra hoy el I Centenario de la Adoración Nocturna Española. ¡El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres! A lo largo de estos cien años, Dios nos ha concedido poder adorarlo por las noches en la Santísima Eucaristía; nos ha permitido cantarle y loarle con salmos e himnos inspirados; nos ha invitado a estar con Él, acompañándole en guardia nocturna; y ha querido escuchar nuestras voces de alabanza y de reparación por los pecados. La iglesia complutense se regocija por este motivo y da gracias a Dios por su presencia eucarística entre nosotros. Adoradores de otras secciones se unen también gozosos a esta efemérides, para solemnizar con su presencia este acto y para unir sus corazones y sus voces al canto de alabanza a nuestro Dios y Señor. ¡El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres!

2. En la eucaristía veneramos el misterio insondable de la presencia real de Cristo entre nosotros en el tiempo de la Iglesia, es decir, desde Pentecostés hasta su venida gloriosa al final de los tiempos. El modo de presencia de Cristo en la eucaristía, como dice Santo Tomás, la eleva por encima de todos los sacramentos y la hace "como la perfección de la vida espiritual y el fin al que tienden todos los sacramentos" (S. Tomás, SummaTheol. 3, q.73, a.3). El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que: "Es realmente conveniente que Cristo haya querido quedarse presente para su Iglesia de esta manera tan singular. Puesto que Cristo iba a alejarse de los suyos bajo su forma visible, quiso darnos su presencia sacramental; puesto que iba a ofrecerse en la cruz por nuestra salvación, quiso que tuviéramos el memorial del amor con que nos había amado «hasta el fin» (Jn 13,1), hasta el don de su vida. En efecto, en su presencia eucarística permanece misteriosamente en medio de nosotros como quien nos amó y se entregó por nosotros (cf. Gal 2,20), y se queda bajo los signos que expresan y comunican este amor" (CEC 1380).

3. Cristo se hace presente de un modo especial en la eucaristía. Su gracia es la que nos sostiene, su amor es el que nos reanima. Gracias a su sacrificio y a su presencia eucarística podemos nosotros aspirar a la vida eterna. San Juan Crisóstomo comenta al respecto: "Cuando veas que está sobre el altar el cuerpo de Cristo, di a ti mismo: por este cuerpo, no soy ya en adelante tierra y ceniza; ya no soy cautivo, sino libre; por este cuerpo, espero los cielos y estoy seguro de que obtendré los bienes que hay en ellos: la vida inmortal, la suerte de los apóstoles, la conversación con Cristo. Este es aquel cuerpo que fue ensangrentado, traspasado con la lanza y que manó fuentes saludables, la de la sangre, la del agua para toda la tierra... Este cuerpo se nos dio para que lo tuviéramos y comiéramos, lo cual fue de amor intenso" (San Juan Crisóstomo, In epist. 1 ad Cor, 24,4: PG 61, 203).

4. Cristo no ha querido dejarnos como recuerdo suyo un signo de su bautismo o un icono de su transfiguración; Cristo nos ha dejado el "memorial" de su muerte y resurrección: la eucaristía. Nos ha querido dejar el gesto más grande de entrega y de amor a los hombres. El sacramento de la Eucaristía es el sacramento que nos hace más patente el amor de Cristo a los suyos «hasta el extremo» (Jn 13,1). En el evangelio de hoy hemos escuchado la pregunta que hace a Jesús un experto en la Ley, para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?» (Mt 22,36). Y Jesús, con la claridad que le caracterizaba y con la verdad en los labios le contesta: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu ser» (Mt 22,37).

5. Jesucristo ha vivido como nadie este mandamiento de amor al Padre, buscando hacer siempre su voluntad (cf. Jn 4,34) e invitando a los hombres a hacer lo mismo: «Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mt 12,50). Cuando una mujer del pueblo, refiriéndose a la Madre de Jesús, dijo: «Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron» (Lc 11,37), Él contestó con una sentencia mucho más profunda y hermosa: «Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 11,28); así vivía María, la Virgen. Ella fue el primer sagrario, el primer templo donde Cristo se hace presente en el mundo. María, tras la Anunciación, fue de Nazaret a Judá, donde vivía su prima Isabel; y así tuvo lugar la primera procesión del "Corpus", como dice una poesía mariana. Cristo estaba ya invisible entre los hombres en el seno de María. Ella es la madre, la oyente de la palabra que nos ayuda, que nos anima. Ella es la modelo de todo adorador eucarístico. San Pablo, en la primera carta a los tesalonicenses, nos ha invitado a convertirnos a Dios, a abandonar los ídolos «para servir a Dios vivo y verdadero» (1 Ts 1,9), como lo hizo María. Ojalá se pueda decir de cada uno de nosotros lo que ha dicho San Pablo en la lectura de hoy: «Vosotros seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor, acogiendo la palabra en medio de muchas tribulaciones con la alegría del Espíritu Santo» (1 Ts 1,6).

6. Acercarse a Jesús sacramentado es acercarse a la fuente del amor. Contemplar a Jesús-eucaristía es contemplar el amor hecho realidad. Participar del sacramento eucarístico es alimentarse del amor y recabar fuerzas del mayor gesto de donación que la humanidad ha vivido jamás. Gozar del amor, además de enriquecer la vida del hombre, le anima a corresponder generosamente. "Amor con amor se paga", dice un proverbio nuestro. Todo cristiano vive la experiencia de ser amado por Dios, pero quien no cree en Dios no es consciente de ese amor; y todo adorador eucarístico se ha sumergido en las fuentes inagotables del amor divino. Cristo sacramentado nos pide correspondencia a su amor, estimados adoradores.

7. En el diálogo con el doctor de la Ley, Jesús continúa explicándole que el mandamiento principal y primero de amar a Dios (cf. Mt 22,38) se combina con el segundo, que es semejante a él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22,39). El amor a Dios y al prójimo son las dos caras de la misma moneda. Juan Pablo II nos recuerda que: "El hombre alcanza el amor misericordioso de Dios, su misericordia, en cuanto él mismo interiormente se transforma en el espíritu de tal amor hacia el prójimo" (Dives in misericordia 14). El amor al prójimo es la otra faceta del amor a Dios. La participación en la sagrada eucaristía y el culto de la misma nos deben llevar necesariamente a vivir en carne propia la enseñanza de la parábola del buen samaritano. Esta parábola nos explica cuál debe ser la relación de cada uno de nosotros con el prójimo que sufre: "No nos está permitido 'pasar de largo', con indiferencia -nos dice Juan Pablo II-, sino que debemos 'pararnos' junto a él. Buen samaritano es todo hombre que se para junto al sufrimiento de otro hombre, de cualquier género que ése sea" (Juan Pablo II, Salvifici doloris 28). Hay muchos próximos sufrientes. El adorador eucarístico toma fuerza de la eucaristía para acercarse a esos próximos sufrientes, que tienen muchos rostros: niños, ancianos, enfermos, solos, abandonados, emigrantes, no-creyentes, pobres de espíritu, pobres de formación, faltos de lo más necesario; son los rostros que todos conocemos. ¡No pasemos de largo!

8. El libro del Deuteronomio, proclamado esta noche, le hace memoria al pueblo de Israel de su historia pasada: «Recuerda el camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer durante estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, para ponerte a prueba y conocer tus intenciones; si guardas sus preceptos o no» (Dt 8,2-3). En esta noche de acción de gracias a Dios por el primer centenario de la Adoración Nocturna en la ciudad de Alcalá de Henares, nos ponemos delante del Señor, meditando estas palabras. También a ti, querido adorador eucarístico, te invita hoy el Señor a recordar el camino que te ha hecho recorrer durante estos cien años. También te ha puesto a prueba muchas veces para ver si le eras fiel, si le servías sin condiciones, si cumplías lo que le habías prometido, si dedicabas a la adoración eucarística las horas de la noche, si escuchabas su voz y asimilabas sus palabras, si guardabas sus mandamientos, si acogías las inspiraciones del Espíritu, si te dejabas moldear como el barro en manos del alfarero, si te dejabas transformar por el Espíritu de Dios.

9. El Señor «te alimentó en el desierto con un maná, que no conocían tus padres» (Dt 8,16), se le dice al pueblo de Israel. El Señor ha alimentado a su nuevo pueblo con su cuerpo y su sangre. Jesucristo nos ha hecho participes, innumerables veces, de su sagrado banquete. Estimado adorador nocturno, el Señor quiere con ello enseñarte «que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Dt 8,3; Mt 4,4). Todo adorador eucarístico ha rezado y meditado muchas veces en su vida la frase de San Juan: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo» (Jn 6,51). En la eucaristía encontramos la vida, en la eucaristía encontramos al amigo incomparable de nuestras almas, que está allí siempre para escucharnos y ofrecernos su amistad, en la eucaristía encontramos las fuerzas para seguir el camino. Con esta fuerza en nuestro interior podemos atravesar cualquier desierto, podemos superar cualquier prueba y podemos vencer cualquier combate.

10. Quisiera terminar exhortando a promover el culto eucarístico y la recepción digna y frecuente del sacramento de la eucaristía. Son abundantes los frutos espirituales que se siguen de la comunión frecuente, recibida con el alma limpia. Pablo VI nos recordaba: «Los institutos y asociaciones, a los que por ley peculiar confirmada por la Iglesia se les ha encomendado el deber de dar culto de adoración al Sacramento de la Eucaristía, sepan que realizan un oficio preclarísimo y en nombre de la misma Iglesia (...). No hay razón, pues, para que se desanimen en nuestra época quienes realizan este oficio excelso de adorador, como si se tratara de una devoción anticuada, según dicen algunos o como si se perdiera el tiempo, mientras urgen más otras obras. Estén persuadidos de que la Iglesia necesita absolutamente, ahora como antes, de quienes al divino Sacramento adoren en espíritu y en verdad».

11. Y Juan Pablo II nos anima también a la adoración eucarística: "La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento de amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las graves faltas y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración" (Dominicae cenae, 3). En vuestras horas de adoración nocturna al Señor sacramentado, estimados adoradores, os pido que recéis de manera especial por los sacerdotes, gracias a cuyo ministerio se hace presente el Señor en la eucaristía; y que roguéis también por las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. ¡No desfallezcáis en vuestro empeño de adorar al Señor en el augusto sacramento de la eucaristía! ¡Vivid cada día y cada noche eucarística como si fuera la primera y la última a la vez! ¡Animad a otros cristianos a ser adoradores eucarísticos! ¡Que el Señor os recompense con gracias abundantes y os conceda gozar de su eterna compañía, que ya habéis comenzado a pregustar en la tierra en el sacramento eucarístico! ¡Alabado sea el santísimo Sacramento del Altar!

 

ORDENACIÓN DE PRESBÍTERO

DE FR. JESÚS DE LA CRUZ TOLEDANO, FRANCISCANO

(San Francisco - Alcalá, 28 Septiembre 2002)

 

Lecturas: Jr 1,4-9; Sal 100; Lc 22, 14-20.24-30

 

1. Hace unos meses en este mismo templo, recibías, querido Jesús, bajo la paternal mirada de San Francisco de Asís, la ordenación de diácono. Por ella fuiste consagrado al servicio de la Iglesia. Hoy el Señor, como a Jeremías, vuelve a llamarte y a susurrarte al oído: «Antes de haberte formado yo en el seno materno te escogí, y antes que nacieses, te consagré» (Jr 1,5). El Señor te ha elegido desde la eternidad. Desde siempre y para siempre el Señor te escogió y ha querido consagrarte para Él, en la misión que quiere confiarte. El cuidado amoroso y entregado de tus padres, los años pasados en el calor del hogar, el período de formación mediante el estudio, las experiencias vividas y maduradas a lo largo de estos años; todo ha sido una preparación para esta única finalidad: ser consagrado a Dios en el sacerdocio ministerial. Tu vida, tu historia, tu ser entero adquiere hoy pleno sentido, a través de la consagración sacerdotal que vas a recibir. Esta ordenación, estimados hermanos, es un regalo para toda la Iglesia, de manera especial para la familia franciscana y para la diócesis de Alcalá. Además de ser un regalo para ti, Jesús, es para todos los hombres. Vas a ser sacerdote de Jesucristo para salvación de los hombres.

 

2. No eres tú quien ha elegido a Dios, sino Él quien, en un acto de amor hacia ti, te consagra para su servicio. El Señor, con gran ternura y amor, te dice hoy a tu corazón: «Antes que nacieses, te consagré» (Jr 1,5). Esta elección te ha introducido en el misterio de Dios. Ha sido una llamada a vivir en la intimidad de su vida divina; una llamada a participar de la presencia misteriosa y salvífica de las tres personas divinas. Tu vida quedó ya consagrada a Dios el día de tu bautismo y comenzaste a participar en los misterios de Dios, a través de la fe, la esperanza y el amor. Pero hoy, mediante la ordenación sacerdotal, Dios te constituye "sacerdote", para representar a Cristo, Cabeza y Pastor. Como dice el Papa Juan Pablo II en su exhortación "Pastores dabo vobis": "Los presbíteros son, en la Iglesia y para la Iglesia, una representación sacramental de Jesucristo, cabeza y pastor; proclaman con autoridad su palabra; renuevan sus gestos de perdón y de ofrecimiento de la salvación, principalmente con el bautismo, la penitencia y la Eucaristía; ejercen, hasta el don total de sí mismos, el cuidado amoroso del rebaño, al que congregan en la unidad y conducen al Padre por medio de Cristo en el Espíritu" (PDV 15).

 

3. El profeta Jeremías nos ha recordado que la misión de profeta es un encargo de Dios: «Te nombré profeta de las naciones (...). Adondequiera que yo te envíe irás, y todo lo que te mande dirás» (Jr 1,5.7). Estas palabras van dirigidas hoy directamente a ti, querido Jesús. Con ellas se significa la misión que Dios quiere confiarte, a través de la Iglesia, en este día de tu ordenación sacerdotal. El Señor te ha llamado a ser profeta y te envía a proclamar su Palabra. Te manda a anunciar la Buena Nueva de salvación a todos los hombres. Te encarga dar testimonio, ante los hombres, de que Jesucristo, el Verbo eterno, la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (cf. Jn 1,9), ha revelado los secretos divinos (cf. Rm 16,25) y ha puesto su morada entre nosotros, los hombres (cf. Jn 1,14).

 

4. Tendrás que hacer resonar su voz en nuestro tiempo, de manera que quien la escuche llegue a creer abrazando la revelación, acepte la salvación por la obediencia de la fe y opte por poner libremente en las manos de Dios su propia vida. Por ello has de ser un profeta fiel, capaz de dar razón cumplida de la verdad que predicas con la palabra y con la vida, y premuroso en servir a todos sin excepción, como Cristo que se hace servidor de todos, tanto a los que ya creen, como a los que aún se hallan en busca de la verdad.

 

5. Puede que tengas la misma tentación que Jeremías, de decirle al Señor: «¡Ah, Señor Dios! Mira que no sé expresarme, que soy un muchacho» (Jr 1,6), porque te dé miedo la misión que te encomienda, o porque percibas que es una carga superior a tus fuerzas. ¡No tengas miedo! El Señor, como al profeta Jeremías, también te dice a ti: «No les tengas miedo, que yo estoy contigo para salvarte» (Jr 1,8). El Señor vela por ti, te acompaña, te sostiene, cuida de ti como lo haría la mejor de las madres. ¡Bebe, pues, de la fuente inagotable del amor del Padre, que se derrama sobre todos los hombres! Experimenta cada día, en el ministerio sacerdotal, que hoy comienzas, el amor de Cristo: «Como el Padre me ha amado a mí, así también os he amado yo a vosotros» (Jn 15,9), dice el Señor. En este amor has de permanecer siempre como sacerdote.

 

6. Sé fiel al amor que Jesús te da y a la vez te pide, consciente de que se trata de un amor eterno e infinito. Mantén siempre en tu intimidad la inseparable presencia de Cristo, por la que cada una de tus acciones y obras serán la manifestación de su presencia, como intentó e hizo también Francisco de Asís. Recuerda las palabras que hoy te dice el Señor: «Yo estoy contigo para salvarte» (Jr 1,8). Sólo con la presencia y cercanía de Cristo podrás vencer las dificultades y problemas que conlleva la misión que se te confía. Que en esa intimidad, Cristo sea tu único consuelo y tu única fortaleza. Sólo Él puede comprender y consolar un corazón sacerdotal. Permanece, pues, en la oración como fuente de renovación y de encuentro con Cristo. La plegaria debe ser el fundamento profundo e insustituible de tu existencia sacerdotal.

 

7. Al igual que a Jeremías, el Señor pone sus palabras en tu boca: «Entonces alargó el Señor su mano y tocó mi boca. Y me dijo el Señor: Mira que he puesto mis palabras en tu boca» (Jr 1,9). Son las palabras del Dios vivo, que todo hombre tiene derecho a buscar y oír de labios del sacerdote, de todo sacerdote. La Iglesia confía en que, a través de tu ministerio, llegará la palabra de Dios a los hombres de nuestro tiempo; así lo confiamos todos. ¡Proclama con fidelidad las palabras que Dios ha revelado a los hombres, sin añadir ni quitar nada!

 

8. Según cuentan las fuentes franciscanas (cf. E.Caroli, Fonti Francescane, Padova 1996), el conde Orlando de Chiusi de Casentino le regaló a San Francisco un monte, muy apto para el silencio, la soledad, la contemplación y la oración, llamado el monte de "La Verna" en la provincia Toscana de Italia. Este verano el Señor me hizo el regalo de poder visitar ese lugar franciscano; deseo que acariciaba desde hacía mucho tiempo. En ese monte "La Verna", San Francisco, el día de la fiesta de la santísima Cruz, el catorce de septiembre, con la mirada dirigida hacia el Oriente, se puso a rezar así: "Oh Señor mío Jesucristo, dos gracias te pido que me hagas antes de morir: la primera es que en lo que me quede de vida, sienta en mi alma y en mi cuerpo, en la medida en que sea posible, aquel dolor, que tú, dulce Jesús, sufriste en la hora de tu dolorosísima pasión; la segunda es que sienta en mi corazón, en cuanto es posible, aquel gran amor del que tú, Hijo de Dios, estuviste encendido para sostener voluntariamente tanto sufrimiento por nosotros, pecadores". En breve tiempo, el Santo comenzó a contemplar muy devotamente la pasión de Cristo y su infinita caridad. Y crecía tanto en él el fervor de la devoción, que todo él se transformaba en Cristo, por amor y por compasión. San Francisco, en esta visión del Cristo crucificado y del ángel serafín, llega a entender que debía ser transformado totalmente en similitud a Cristo crucificado, no sólo corporalmente sino mental e íntimamente. Esto ocurrió dos años antes de su muerte. En ese momento Francisco recibió los estigmas de la pasión de Cristo y quedó marcado hasta el final de su vida. Querido Jesús, te llamas "Jesús de la Cruz"; haciendo honor a tu nombre y a tu carisma como franciscano, vive tu sacerdocio con estos sentimientos de San Francisco: el amor de Cristo entregado en la cruz y la compasión que él tuvo hacia los hombres, dejándote transformar, a semejanza de Cristo crucificado. Ser sacerdote es dejar que la imagen de Cristo sacerdote, entregado por los hombres, viva dentro de ti; ser sacerdote es configurarse con Cristo sacerdote.

 

9. En el evangelio hemos escuchado la narración de la Última Cena. Jesús entrega su vida por nosotros: «Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros (...). Este es el cáliz de mi sangre, que se derrama por vosotros» (Lc 22,19-20). Es la disponibilidad del siervo, que se inmola en actitud de obediencia. También San Francisco ofreció su vida, en la sencillez y en el servicio humilde, como expresión del amor y de la ternura de Dios para con los hombres de su tiempo. Desde que rechazó las cosas caducas y se entregó totalmente al Señor no quiso perder ni un minuto de su tiempo. Estando una vez en Siena, llamó una noche a sus compañeros y les dijo: "He rezado al Señor para que me indique cuándo soy su siervo y cuándo no; y él me ha respondido: 'Reconócete siervo mío verdaderamente cuando pienses, hables y actúes santamente'. Os