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HOMILIAS 2001

 

 

MISA DE NOCHE BUENA

(Catedral-Magistral, 24 Diciembre 2001)

 

Lecturas: Is 9, 1-3.5-6; Sal 95; Tt 2, 11-14; Lc 2, 1-14

1. «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras y una luz les brilló» (Is 9,1-2). Una gran luz ha brillado, estimados hermanos, para todos aquellos que esperan la salvación, para todos los que caminan en tinieblas y anhelan salir de ellas, para todos los que quieren caminar siguiendo a Jesús, abandonando sus propios deseos. Es una luz nueva «que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1,9). Es la Palabra de Dios hecha carne, que ha puesto «su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1, 14). El hombre, guiado por la luz de Jesucristo, camina hacia la verdad, hacia la vida y hacia la auténtica luz. Dejemos que la luz de Cristo inunde nuestra existencia e ilumine nuestras vidas. Pidamos al Señor que nos arranque de las tinieblas de nuestros egoísmos y pecados y haga brillar su luz en nuestros corazones (cf. 2 Co 4, 6). A ejemplo de María, la Virgen-Madre, caminemos a la luz de Jesucristo.

2. Esta noche celebramos un gran gesto de amor, como nos recuerda San Juan: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Tanto ha amado Dios al hombre, que ha enviado a su Hijo al mundo para salvarlo, para sacarlo de la situación de esclavitud en que estaba. El hombre se encontraba en una situación de pecado, sin poder salir por sí mismo de ella. El Hijo de Dios, el Príncipe de la Paz, que tanto nos ama, se hace uno de nosotros y asume nuestra condición humana para redimirnos: «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; lleva a hombros el principado y es su nombre (...) 'Príncipe de Paz'» (Is 9, 5).

3. La salvación de Dios nos llena de alegría, como canta el profeta Isaías: «Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. Porque la vara del opresor y el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebraste como el día de Madián» (Is 9, 2-3). Hemos escuchado, en el evangelio, el anuncio del ángel a los pastores: «No temáis, os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor» (Lc 2, 10-11). Gocemos, hermanos, y alegrémonos en esta Noche Santa, por la presencia del Hijo de Dios entre nosotros; alegrémonos porque el Salvador, el Príncipe de la paz, viene a rescatarnos. Esta noche santa es noche de gozo y alegría, porque el Salvador ha roto el yugo que nos esclavizaba; nos ha liberado de las cadenas que nos ataban; nos ha redimido del pecado que nos mantenía en la muerte.

4. El Hijo de Dios, hecho hombre, nos invita a ser más religiosos; a que tengamos más en cuenta a Dios en nuestra vida; a que renunciemos a los deseos mundanos, que nos apartan de Él; a que vivamos su cercanía. El Niño-Dios, nacido en Belén, nos invita «a llevar, ya desde ahora, una vida sobria, honrada y religiosa» (Tt 2, 12), como dice San Pablo en la carta a Tito. La Navidad debe ser permanente en nuestro corazón; no sólo es Navidad esta noche y estros días; debe ser siempre Navidad en nuestro corazón; hemos de estar con Jesús en cada instante de nuestra vida. La Navidad nos exige un cambio de conducta; nos exhorta a llevar una vida, que esté en consonancia con la persona y las enseñanzas de Jesús; nos invita «a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos» (Tt 2, 12). Sólo Jesucristo nos trae la verdadera felicidad, que a veces buscamos equivocadamente. La felicidad está en la Verdad, y la Verdad es Cristo. Sólo Él es el camino de la vida verdadera (cf. Jn 14, 6). San Pablo nos invita a poner en Cristo nuestra esperanza y nuestra dicha: «Aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo» (Tt 2, 13). María, la Madre de Jesús, puso toda su esperanza en su Hijo y nos ayuda con su maternal intercesión.

5. Hemos escuchado en el Evangelio el canto de los ángeles: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor» (Lc 2, 14). Cristo es nuestra paz y ha venido a anunciarla a todos: «Paz a vosotros que estabais lejos, y paz a los que estaban cerca» (Ef 2,17). Nuestro mundo está necesitado de paz. En estos últimos meses hemos vivido unos acontecimientos, que han perturbado la paz mundial. Acciones terroristas de diversa índole han provocado muchas víctimas humanas. También las acciones bélicas en diversos países se están cobrando muchas vidas de seres humanos. No podemos cerrar nuestros ojos ante esta cruda realidad, provocada por el hombre. «La Iglesia -nos dice el Papa- desea dar testimonio de su esperanza, fundada en la convicción de que el mal el mysterium iniquitatis, no tiene la última palabra en los avatares humanos» (Juan Pablo II, Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz [8.XII.2001], 1).

6. La verdadera paz, estimados hermanos, la trae Cristo: «Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo» (cf. Jn 14, 17). Por eso hemos de pedir la paz para nuestra nación y para todo el mundo. Sólo Jesús, el Príncipe de la paz, cuyo nacimiento en Belén celebramos hoy, nos puede traer la anhelada paz. El Papa, en su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, nos exhorta a rezar por la paz y ha invitado a los representantes de las religiones del mundo a un encuentro de oración por la paz en Asís, el día 24 de enero del 2002. Todos estamos invitados a participar en ese encuentro de oración; podemos unirnos a esa Jornada desde nuestras casas, desde nuestras comunidades cristianas, desde nuestra iglesia particular. Junto con la oración, el Papa en su mensaje nos dice que hace falta el perdón: «Los pilares de la paz verdadera son la justicia y esa forma particular del amor que es el perdón» (Juan Pablo II, Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz (8.XII.2001), 2). ¡Que todos nosotros seamos portadores de paz, como María!

7. El Niño-Dios nace pobre en un pesebre: «Encontraréis un niño, envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2, 12). ¡Qué gran lección para nosotros! Los pastores, con su sencillez, nos enseñan magistralmente a saber descubrir a Jesús: lo podemos encontrar en la pobreza, en la humildad, en el desprendimiento. Nuestra sociedad no sabe cómo encontrar al Mesías, porque busca el poder, el tener, el prestigio. A Cristo se le encuentra en el darse, en el amar, en el acercarse al necesitado, como Él ha hecho con nosotros. Encontrándole a Él en el hermano, encontraremos el verdadero sentido de nuestra vida y la auténtica felicidad.

8. Esta Noche santa nos invita a pedirle al Niño-Dios: ¡Jesús, Hijo de Dios que naciste en Belén, llena nuestro corazón de la verdadera alegría y danos el gozo de vivir contigo! ¡Príncipe de la paz, tráenos la auténtica paz y transforma nuestro corazón en este encuentro navideño contigo! ¡Concede a todas las familias vivir en armonía y en verdadero amor! ¡Ilumina nuestras vidas con tu luz! ¡Hijo de Dios hecho hombre, quédate con todos vosotros y acompaña a esta humanidad, tan necesitada de tu presencia! ¡Santa María, Madre del Redentor, intercede por nosotros ante el Señor! Amén.

 

 

150 ANIVERSARIO DE LA FUNDACIÓN

DE LA CONGREGACIÓN DE LAS

"SIERVAS DE MARÍA, MINISTRAS DE LOS ENFERMOS"

("Hospitalillo"-Alcalá, 1 Diciembre 2001)

Lecturas: Is 58,6-11;

Sal 112,2-10 ;

1 Co 13,1-8;

Lc 10,30-37

 

1. El hombre se plantea muchas veces: ¿Qué es lo que lo que quiere Dios de mí? ¿Qué es lo que quiere de cada uno de nosotros? A veces acierta en lo que el Señor le pide, pero otras veces da la impresión de que va buscando la propia voluntad y desea que esa voluntad propia corresponda con lo que el Señor quiere. Pero no siempre es así, como hemos escuchado en el libro de Isaías; aquí aparece uno de esos momentos en que el Señor denuncia a su pueblo y le dice: "Eso no es lo que yo quiero". El pueblo hacía sacrificios, oblaciones, ayunos y penitencias externas, pero se olvidaba del prójimo, del cercano, del necesitado. Y el Señor es tajante: «El ayuno que yo quiero es este, desatar los lazos de maldad, deshacer las coyundas del yugo, dar la libertad a los quebrantados, y arrancar todo yugo. Partir tu pan con el hambriento, y hospedar a los pobres sin techo. Vestir al desnudo y no cerrarte a tu propia carne» (Is 58,6-7).

 

2. Estas palabras de Isaías son una invitación clarísima del Señor a no cerrarnos al hermano, al que es carne de nuestra carne. Aquí queda clara y patente la voluntad de Dios. No tenemos excusa si hacemos cosas, aunque aparentemente sean buenas o aunque ascéticamente sean laudables, pero, en realidad, haciendo eso no hacemos caso del hermano necesitado. En cambio, cuando el hombre hace caso de su hermano, abre su corazón, comparte su pan, hospeda al pobre, viste al desnudo y no se cierra a su propia carne, entonces -según el mismo texto de Isaías y según el Salmo-, le ocurren cosas sorprendentes. ¿Qué ocurre entonces? «Entonces brillará tu luz como la aurora, y tu herida se curará rápidamente. Te precederá tu justicia, la gloria del Señor te seguirá» (Is 58,8); realmente son consecuencias preciosas; entre ellas, las heridas que tengas como hombre serán curadas. Al que se abre el Señor le promete estas cosas. Este es un primer bloque de promesas, que no termina ahí.

 

3. El texto de Isaías continúa diciendo que, cuando tú hagas todo esto, cuando tú te abras: «Te guiará el Señor de continuo, hartará en los sequedales tu alma, dará vigor a tus huesos, y serás como huerto regado, como manantial cuyas aguas nunca faltan» (Is 58,11). Cuando estaba escuchando esta lectura de Isaías, me venía a la memoria y a la imaginación la figura de quien hoy festejamos como Fundadora de las "Siervas de María": Santa Soledad Torres Acosta. Han pasado 175 años desde su nacimiento y, más importante aún, mucho más importante, han pasado 150 años de la fundación de la Congregación. Las palabras de que serás «como un manantial cuyas aguas nunca faltan» (Is 58,11), me venían a la mente. Todos estos 150 largos años han sido como las aguas que brotan de un manantial y nunca faltan. ¿Se ha cumplido o no esta promesa del Señor? En la obra de Soledad Torres, se ha cumplido con creces. ¿Cuántas obras humanas, puramente humanas, buenas incluso, perduran 150 años? Podíamos pensar que pocas, pero en realidad, creo que ninguna; las puramente humanas, ninguna; las que rebasan varias generaciones es porque está el Señor ahí presente. Como el mismo Hospitalillo de Antezana, aquí en Alcalá.

 

4. Cuando el hombre se abre al hermano, al necesitado, a su propia carne, aparece otra consecuencia, como dice el Salmo: «Feliz el hombre que se apiada y presta, y arregla rectamente sus asuntos. No será conmovido jamás; en memoria eterna permanece el justo; no teme a las malas noticias, porque su corazón está firme y seguro en el Señor» (Sal 112,5-7). Esta es la tercera consecuencia de la apertura al otro. Y esta apertura ha llevado a Soledad Torres a gozar en vida de estas consecuencias y a mantenerlas después de su muerte; ahí está perpetuada su obra, de la que hoy damos gracias a Dios por el 150 aniversario.

 

5. El texto de San Pablo, que hemos escuchado, del "Himno a la caridad", nos presente el mismo tema: siempre es la misericordia hacia el otro, el acercarse a quien necesita de nosotros. El "Himno a la caridad" es un canto, un canto bellísimo. Empieza diciendo que, aunque uno tuviera todas las cosas, aunque uno hablara todas las lenguas del mundo, aunque uno pudiera realizar las posibilidades que podamos imaginar, «si no tengo amor soy como bronce que suena o címbalo que retiñe» (1 Co 13,1); todo lo demás no sirve para nada. Tener riquezas, dotes, facultades humanas, si no hay amor, es como una campana hueca. ¿En qué consiste esa caridad? Es paciente, es servicial, no tiene envidia, no se jacta, no se engríe, no busca el propio interés (cf. 1 Co 13,4-8). Quiere decir que está pendiente del otro; sus ojos no se miran a sí mismo, sino que miran hacia el otro, hacia el próximo, hacia el cercano, hacia el necesitado, sobre todo.

 

6. Y esa caridad no pasa nunca; si es caridad no se acaba nunca. Se acaban las lenguas, se terminan y desaparecen las profecías, cesa y desaparece la ciencia, la sabiduría; la caridad no pasa nunca (1 Co 13,8). Las únicas obras, que van a permanecer de nuestra vida, van a ser las obras de amor. Y como decía San Juan de la Cruz: "Al atardecer de nuestra vida seremos examinados de amor". No se nos examinará de lenguas, ni de matemáticas, ni de economía, ni de proyectos, ni de políticas, ni de riquezas; de nada de eso. Se nos examinará sobre el amor: ¿Cuántas obras de amor hemos hecho?, o mejor, ¿qué actitud de amor hemos tenido? En eso va a consistir el examen.

 

7. Hoy celebramos muchas efemérides, como hemos oído en la monición de entrada a la hermana Alicia. Hay 3 ó 4 efemérides importantísimas. Ya hemos hecho referencia al 175 Aniversario del nacimiento de vuestra Fundadora. Para la Iglesia, y para todos nosotros, es mucho más importante los 150 de la Fundación de la Congregación de las "Siervas de María, Ministras de los enfermos", en 1851. También celebramos el 125 Aniversario de la Aprobación Pontificia del Instituto, en 1876 y la Clausura del Proceso Diocesano de Cuatro Hermanas Mártires, en este mismo año.

 

8. María Soledad nace en Madrid en 1826, en un sencillo barrio, hija de Manuel y de Antonia, segunda de los cinco hijos de este matrimonio. Recibe el bautismo en la parroquia de San Martín, a los dos días de nacer, en un diciembre frío; imagino que como éste, que estamos viviendo en estos días. Siendo ya una mujer, le sucede lo que suele ocurrir con las cosas de Dios: cuando alguien tiene ojos para ver al necesitado y acercarse a él, en ese mismo momento el Señor también se abre a uno mismo y le abre los ojos para descubrir una perspectiva mucho más amplia.

 

9. Cuando María Soledad tiene más de veinte años, el Señor le sale al encuentro a través de un sacerdote, Don Miguel, en el famoso barrio madrileño de Chamberí. Este párroco descubre las necesidades y problemas de la gente del barrio, como sucede en toda parroquia, hoy día, y como sucede aquí mismo, en el Hospitalillo de Antezana; siempre hay personas que necesitan ayuda. A Don Miguel acuden personalidades de la época para pedir ayuda en favor de un señor viudo, cuya hija, muy enferma, necesita atención y nadie le ayuda. El párroco no sabe cómo resolver el problema, después de haber acudido a varias religiosas, cuyo carisma y misión es muy otra. Pero el párroco de Chamberí no se arredra; habla con el cardenal Mons. Bonel y Orbe y con diversas autoridades civiles y militares del momento. Poco a poco la idea va calando y encuentra, precisamente en María Soledad, la mujer que el Señor ha puesto para que esta misión pueda llegar a buen término.

 

10. Hemos oído en el evangelio la parábola del Buen Samaritano (cf. Lc 10,30-37). El samaritano encuentra a un señor medio muerto en el camino, herido, vapuleado; antes que él han pasado otros y no se han acercado al necesitado. Siempre hay personas necesitadas, pero no todos los ojos ven esas necesidades; e, incluso, viéndolas, tampoco intentan resolverlas, ni se acercan al interesado. Pero siempre hay alguien, que, dirigido por el Espíritu y movido su corazón por el Señor, ve la necesidad y se acerca para resolverla. La escena del Buen Samaritano se repite en María Soledad en los años 1850-1851: ha descubierto una necesidad, el Señor le ha movido el corazón y se pone manos a la obra para resolverlo.

 

11. Y así nacéis vosotras: "Siervas de María, Ministras de los Enfermos". Es un carisma, una gracia del Espíritu, que concede a la Iglesia para el bien de todos. Es un carisma que queda aprobado y sancionado por la Iglesia hace 150 años. El decreto laudatorio es de 18 de septiembre del 1867, pero la Fundación de la Congregación es de agosto de 1851. Este año 2001 está cargado de significado para la Congregación de las "Siervas de María", pero también para nuestra iglesia particular de Alcalá y para tantas iglesias particulares, esparcidas en todo el mundo, donde están presentes las "Siervas": en América, en África y sobre todo en Europa; concretamente en Madrid tiene origen ese manantial de aguas vivas, que brota sin parar y continúa brotando desde hace ciento cincuenta años.

 

12. ¿En qué consiste ese carisma, esa gracia que el Señor ha hecho abrir los ojos y mover el corazón de Soledad Torres y de sus hijas? Consiste, según lo expresó el Papa Pablo VI, cuando canonizó a Santa María Soledad, en una forma característica de caridad: "La asistencia prestada a los enfermos, en su domicilio familiar, forma ésta que ninguno, así nos parece, había ideado de manera sistemática antes de ella; y que nadie antes de ella había creído posible confiar a religiosas, pertenecientes a institutos canónicamente organizados. La fórmula existía, desde el mensaje evangélico, sencilla, escultórica, digna de los labios del divino Maestro: «Infirmus, et visitastis me». Yo, dice Cristo, místicamente personificado en la humanidad doliente, estaba enfermo y me visitasteis (cf. Mt 25, 36) (...) He aquí el descubrimiento de un campo nuevo para el ejercicio de la caridad, he aquí el programa de almas totalmente consagradas a la visita del prójimo que sufre. No es el prójimo que sufre quien va en busca de alguien que lo asista y lo cuide: no es él quien se deja trasladar a los lugares e instituciones donde el infeliz es recibido y rodeado de atenciones sanitaria sabia y científicamente predispuestas, es el ángel de la caridad, la Sierva voluntaria, quien va en busca de él, a su casa, al hogar de sus afectos y de sus costumbres, donde la enfermedad no lo ha privado de último bien que le queda: su individualidad y su libertad" (De la homilía de Pablo VI, en la canonización de Soledad Torres).

 

13. Esta es la característica específica del carisma de las Siervas de María: ser el Buen Samaritano que se acerca, que sale al encuentro del enfermo necesitado. Hemos de agradecer al Señor este carisma para la Iglesia y también os agradecemos de corazón a todas vosotras, estimadas hermanas, que hoy encarnáis este carisma entre nosotros. ¡Gracias por vuestra presencia aquí entre nosotros! El mismo Papa añadía, el mismo día de la canonización de la Fundadora, que este carisma ha sido un poco como el origen y el modelo de lo que posteriormente ha sido el humanismo sanitario-social. A raíz de ahí se han creado después casas de acogida, residencias y hospitales, donde el enfermo puede estar un poco como en su casa. Ha sido, en cierto modo, la visión de futuro de la Fundadora la que ha impulsado la acción de cercanía al enfermo.

 

14. Volviendo a al tema del evangelio, quisiera terminar con una invitación, que nos hace el Señor. El Buen Samaritano, como decíamos antes, se acercó al herido, llegó junto a él y tuvo compasión (cf. Lc 10,30-34). Hay que descubrir al otro, pero no es suficiente descubrirlo. Hay que tener el corazón disponible para sentir compasión, acercarse, vendar las heridas del enfermo, curarlas, montar al herido en la cabalgadura y hospedarlo. Eso es lo que hacéis en el Hospitalillo de Antezana: hospedáis también al enfermo, a quien cuidáis. Eso es lo que hace también el "Cabildo del Hospitalillo", dignamente aquí representado: descubrir, acercarse, cuidar, curar y hospedar. Ese es el carisma de Santa María Soledad Torres Acosta, que le va como anillo al dedo a esta Institución, cuatro veces centenaria.

 

15. Pero esa invitación va a cada uno de nosotros, porque el Señor, después de contar la historia del Buen Samaritano, preguntó a su interlocutor: «¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» (Lc 10,36). Y el que le había hecho la pregunta le contestó: «El que practicó la misericordia con él» (Lc 10,37). Tener "misericordia" significa tener un "corazón que perdona", un corazón que se mueve a compasión, que acoge de corazón al otro; que perdona de corazón. Si no se nos mueve el corazón no hay misericordia. Jesús termina diciendo: «Vete y haz tu lo mismo» (Lc 10,37). Yo quiero terminar con estas palabras: ¡Hagamos lo mismo! Esa es la invitación del Señor: hacer lo que hizo el Buen Samaritano, hacer lo que hizo Soledad Torres Acosta. Pidamos al Señor que os conceda perseverar en lo que estáis haciendo y seáis fieles a vuestro carisma. ¡Que así sea!

 

 

SAN DIEGO DE ALCALÁ

(Catedral, 13 Noviembre 2001)

 

Lecturas: Tb 12,6-13;

Ap 21,1-5a;

Mt 25,1-13

 

1. Todo hombre que quiera "seguir" a Jesús, tiene una doble exigencia: por una parte, la fidelidad de los servidores solícitos (cf. Mt 24,45-51), y por otra, la sensatez de las vírgenes prudentes, como hemos escuchado en el Evangelio (cf. Mt 25, 1-13); todo ello en interés del Señor, como podemos apreciar en la parábola de los talentos (cf. Mt 25,14-30). La parábola de las vírgenes del evangelio de San Mateo, va precedida de la parábola del "servidor fiel y prudente". San Diego fue este siervo dichoso, a quien su Señor, al llegar, lo encontró haciendo el bien, atendiendo al necesitado, cuidando de los pobres, sirviendo a Cristo en cada uno de los hermanos: "En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25,40).

2. El servidor fiel y prudente simboliza en la Iglesia la vida activa, es decir: anunciar la Palabra de Dios, llenar de espíritu cristiano el pensamiento y la forma de vivir de la sociedad en la que uno habita, estar presente en el mundo para transformar sus estructuras según Dios, atender solícitamente al hermano, ser testigos de la fe en medio de la increencia, vivir con alegría la esperanza cristiana, hacer obras de misericordia. Todo esto son aspectos o descripciones de lo que es la vida activa, la vida del servidor fiel y prudente, como lo fue San Diego.

3. En el libro de Tobit hemos escuchado que el creyente es puesto a prueba cuando realiza, precisamente, estas obras de misericordia: "Cuando te levantabas de la mesa sin tardanza, dejando la comida, para esconder un cadáver, era yo enviado para someterte a prueba" (Tb 12,13). San Diego fue puesto a prueba muchas veces, cuando atendía a los pobres; y no solamente por la presencia de los mismos pobres y sus insistentes reclamos, sino por sus mismos hermanos de comunidad, que no comprendían la actitud de San Diego. Es posible que nos pase algo parecido a nosotros: nos remuerde la conciencia cuando vemos tantos necesitados y no salimos a su encuentro; nos martillea y hasta puede molestarnos su presencia, hasta que no nos acercamos a ellos.

4. El libro de Tobit nos recordaba hoy: "Buena es la oración con ayuno; y mejor es la limosna con justicia que la riqueza con iniquidad. Mejor es hacer limosna que atesorar oro. La limosna libra de la muerte y purifica de todo pecado. Los limosneros tendrán larga vida" (Tb 12, 8-9). Larga vida ha tenido Diego de Alcalá, que aún está viviendo en el Señor. Conocer esta sabiduría debería ser motivo suficiente para animarnos a llevarla a la práctica, aunque ello nos costara mucho esfuerzo y aunque la situación del necesitado y la actitud indiferente y crítica de los demás nos frenen en nuestro intento de compartir con el hermano. Ambos obstáculos los tuvo que vivir San Diego, pero supo vencerlos porque descubría en el necesitado a Cristo sufriente.

5. En la Liturgia de las Horas de la fiesta de hoy, San Juan Crisóstomo nos exhortaba a practicar las obras de misericordia con estas palabras: "Dios nos entregó a su Hijo; tú, en cambio, no eres capaz siquiera de dar un pan al que se entregó por ti a la muerte. El Padre, por amor a ti, no perdonó a su propio Hijo; tú, en cambio, desprecias al hambriento viéndolo desfallecer de hambre, y no lo socorres ni a costa de unos bienes que son suyos y que, al darlos, redundarían en beneficio tuyo. ¿Existe maldad peor que ésta? El Señor fue entregado por ti, murió por ti, anduvo hambriento por ti; cuando tú das, das de lo que es suyo, y tú mismo te beneficias de tu don; pero ni siquiera así te decides a dar. Son más insensibles que las piedras los que, a pesar de todo esto, perseveran en su diabólica inhumanidad. Cristo no se contentó con padecer la cruz y la muerte, sino que quiso también hacerse pobre y peregrino, ir errante y desnudo, quiso ser arrojado en la cárcel y sufrir las debilidades, para lograr de ti la conversión. (...). Como entonces estuve encarcelado por ti, así también ahora estoy encarcelado en el prójimo, para que una u otra consideración te conmueva, y me des un poco de tu compasión. Por ti ayuné, y ahora nuevamente paso hambre; en la cruz tuve sed, y ahora tengo sed nuevamente en la persona de los pobres; así, por uno u otro motivo, intento atraerte hacia mí y hacerte compasivo para tu propia salvación" (San Juan Crisóstomo, Homilía sobre la Carta a los Romanos, 15,6: PG 60,547-548).

6. La vida de San Diego de San Nicolás, o de Diego de San Nicolás, como se llamó en vida, nos habla toda ella de servicio a la Iglesia y a los hermanos. Nació en el año 1400 en San Nicolás del Puerto (Sevilla). Desde su más temprana juventud se consagró al Señor como eremita en la capilla de San Nicolás de Bari, y después en el eremitorio de Albaida. Vistió el hábito franciscano, como hermano lego, convirtiéndose desde el primer momento en activo promotor del movimiento de la observancia franciscana. Desempeñó varios oficios en la Orden franciscana. En 1441 es enviado como misionero a las Islas Canarias, donde llegó a ser Guardián de la comunidad de Fuerteventura. Allí realizó sus actividades apostólicas en medio de grandes dificultades, siendo uno de los primeros promotores de los métodos misioneros, que después se implantarían en el Nuevo Mundo. En 1450 marchó a Roma y a su regreso a España es destinado al convento de NªSª de la Salceda en Tendilla (Guadalajara). Desde allí fue destinado a Alcalá en 1456, donde permanece hasta su muerte, el 12 de noviembre de 1463, en el convento de Santa María de Jesús, junto a la actual Universidad. Siete años permanece aquí, donde ejerció el oficio de portero y desarrolló una pródiga y extraordinaria caridad.

7. Si el servidor fiel y solícito significa la vida activa, las vírgenes prudentes, que hemos escuchado en el Evangelio, representan la vida contemplativa. San Diego descubrió en la oración que los pobres eran la presencia viviente de Jesús. En la actitud contemplativa era donde el hermano Diego realizaba la fusión de las imágenes de Cristo y de los pobres; en el trato de amistad con Dios descubría que Cristo se hacía presente en los hermanos; en las horas de silencio ante el Señor se percataba de la similitud entre el Hijo de Dios y sus hermanos, los hombres; en la oración lograba hacer la síntesis entre Evangelio y vida; ante el sacramento eucarístico se entrenaba para prolongar en los hermanos la presencia del Señor; ante la imagen de Cristo crucificado se llenaba de ánimo para afrontar los sufrimientos; en el rezo del Rosario meditaba los misterios de la vida de Jesús y de su Madre, la Virgen, que le llenaban de gozo espiritual y de valor para la acción. Hoy en su fiesta, San Diego nos invita, además de ser activos en obras de misericordia, a ser contemplativos; a vivir intensamente la oración.

8. En la iconografía del Santo que ha llegado hasta nosotros, las primeras imágenes, grabadas por artistas anónimos en Roma (como las que ilustran la Crónica de la Orden franciscana, escrita por el padre Gonzaga el año 1587 en Roma) y en Alcalá de Henares (la portada de la vida del santo que describió G. Matta en 1589), presentan a San Diego llevando en sus manos un rosario y una cruz pequeña. Estos signos van generalmente asociados a los santos de vida contemplativa, entregados a la meditación y a la oración, ante el crucifijo y mediante el rezo del rosario. Estos dos objetos, cruz y rosario, simbolizan la actitud de recogimiento y penitencia que mantuvo durante su vida en los distintos conventos donde residió. En algunas ocasiones, la cruz es un crucificado que descansa en una mesa o repisa, como la portada del libro sobre la vida, milagros y actos de la canonización de San Diego, escrito por Francisco Peña (Roma 1589). Ambos objetos de la iconografía deberían ser también objetos de nuestra piedad.

9. En el banquete de bodas, que nos ha presentado la parábola de las vírgenes prudentes, se cumple el misterio nupcial de unidad entre los hombres y Dios, que los profetas habían anunciado. Esta parábola tiene la finalidad principal de describir los desposorios místicos entre Dios y su Iglesia, entre el cristiano y Dios, entre el alma fiel y su Creador. Secundariamente tiene el objetivo de invitarnos a estar preparados para el día de nuestra muerte.

10. Estimado complutense, San Diego te invita hoy en su fiesta a que vivas la aventura del misterio nupcial con Cristo, Esposo de la Iglesia a la que tú perteneces. Te invita a vivir una historia de amor: la más hermosa y sorprendente que puedas jamás imaginar. ¿Te atreves? San Diego la vivió y continúa viviéndola. Lo que veis aquí son sólo los restos mortales de su paso por el mundo; su vida verdadera y auténtica no la podéis contemplar por ahora, pero la podréis disfrutar en el cielo y la tierra nuevos, de la que nos habla San Juan en el Apocalipsis: "Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado, y el mar ya no existe (...). Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado. Y el que estaba sentado en el trono dijo: Todo lo hago nuevo" (Ap 21,1.4-5). ¡Que San Diego, con su intercesión, nos ayude a vivir esa vida nueva, a descubrir en los hermanos el rostro de Jesús y nos anime a vivir el espíritu de las bienaventuranzas, para que podamos gozar en el cielo de la eterna bienaventuranza! Amén.

 

 

ORDENACIÓN DE DIÁCONOS

(Catedral, 3 Noviembre 2001)

 

Lecturas: Nm 3, 5-9;

Lc 14, 1.7-11

 

1. Servidores del sacerdocio de Jesucristo

1. El libro de los Números nos ha presentado la función de los levitas: "El Señor dijo a Moisés: Haz que se acerque la tribu de Leví y ponla al servicio del sacerdote Aarón" (Núm 3,5). Estimados jóvenes, digamos que vais a encarnar a la tribu de Leví. Hoy la Iglesia os encomienda el ministerio diaconal, es decir, ser servidores de los sacerdotes; fortalecidos con el don del Espíritu Santo ayudaréis al Obispo y a su presbiterio en el anuncio de la Palabra, en el servicio del altar y en el ministerio de la caridad, mostrándose servidores de todos. Desde ahora hasta el final de vuestra vida vais a ser siempre servidores del sacerdocio de Cristo, a partir de hoy como los continuadores de la tribu de Leví, a partir de vuestra consagración sacerdotal como los de la familia del sacerdote Aarón, pero siempre como un servicio a Dios y a los hermanos.

2. Este servicio hecho a los hermanos es un servicio hecho al mismo Jesús; como Él dijo: "En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25,40). Todo servicio realizado a Jesús y a sus "pequeñuelos" ha de ser hecho desde la humildad y la sencillez, como hemos oído en el evangelio que el publicano, reconociéndose pecador, sale perdonado y el fariseo, con su actitud orgullosa, sale sin ser perdonado del mismo templo: "Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido", como nos ha dicho hoy el evangelio de Lucas (Lc 14,11). En la oración de Laudes de hoy hemos pedido al Señor que nos enseñe a "descubrir su imagen en todos los hombres y a servirlo en cada uno de ellos"; aunque los más necesitados encarnan mejor su imagen, Él está presente en todos los hombres.

3. Los apóstoles se autodenominan "siervos" de Dios; por ejemplo dice Pedro, el mismo en su carta II: "Simeón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo" (2 Pe 1,1); Santiago dice: "Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo" (Sant 1,1). San Pablo en su auto-presentación es mucho más explícito: "Pablo, siervo de Dios, apóstol de Jesucristo para llevar a los escogidos de Dios a la fe y al pleno conocimiento de la verdad, que es conforme a la piedad" (Tit 1,1). He aquí un plan, estimados jóvenes, que podría suscribir cada uno de vosotros, hoy que vais a recibir el diaconado: llevar a los hombres a la fe y al pleno conocimiento de la verdad, no de las verdades, o de las teorías, o de las ideologías, sino de la auténtica verdad; es decir, llevar a los hombres a Jesucristo, Camino, Verdad y Vida (cf. Jn 14,6). Esa es la tarea que se os confía hoy, o que se os va a confiar ahora.

 

2. Hombres de oración

4. Este servicio que os pide la Iglesia sólo puede llevarse a cabo desde una actitud de oración y de unión personal con Jesucristo, que haga posible reproducir su imagen en vosotros y descubrirla en los demás. En nuestro bautismo se nos ha regalado a todos la gracia y se nos ha hecho hijos de Dios; se ha puesto en nuestros corazones la imagen de Cristo, que hemos de hacerla cada vez más nítida, y presentarla más idéntica al modelo Jesucristo; nuestra vida ha de ser siempre una reproducción de esa imagen. Estáis llamados a ser hombres de oración, hombres de Dios, que hacen presente a sus hermanos los valores evangélicos y la dimensión trascendente, tantas veces olvidados en nuestra sociedad (cf. Juan-Pablo II, Novo millennio ineunte, 40).

5. Como nos recuerda el Papa Juan-Pablo II: "En la programación que nos espera, trabajar con mayor confianza en una pastoral que dé prioridad a la oración, personal y comunitaria, significa respetar un principio esencial de la visión cristiana de la vida: la primacía de la gracia. Hay una tentación que insidia siempre todo camino espiritual y la acción pastoral misma: pensar que los resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y programar. Ciertamente, Dios nos pide una colaboración real a su gracia y, por tanto, nos invita a utilizar todos los recursos de nuestra inteligencia y capacidad operativa en nuestro servicio a la causa del Reino. Pero no se ha de olvidar que, sin Cristo, «no podemos hacer nada» (cf. Jn 15,5)" (Juan-Pablo II, Novo millennio ineunte, 38).

 

3. Ministros de la Palabra

La Palabra encarnada

6. Se os confía hoy, estimados candidatos al diaconado, el ministerio de la "Palabra", que es el Hijo de Dios hecho hombre; es ante todo una "Persona": "Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad" (Jn 1,14). La fuerza de vuestro servicio radicará en la relación personal con Cristo, que es "luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo" (Jn 1,9).

 

La escucha de la Palabra

7. La vida de oración y de santidad sólo se puede concebir a partir de una renovada escucha de la Palabra de Dios; sólo desde ella puede haber una revitalización en la vida de la Iglesia. "Es necesario, en particular, que la escucha de la Palabra se convierta en un encuentro vital, en la antigua y siempre válida tradición de la lectio divina, que permite encontrar en el texto bíblico la palabra viva que interpela, orienta y modela la existencia", nos dice Juan-Pablo II (Novo millennio ineunte, 39). Junto al trato personal en la oración con la Palabra viva, Jesucristo, necesitamos la lectura atenta y meditada de la Palabra de Dios escrita. "Alimentarnos de la Palabra para ser «servidores de la Palabra» en el compromiso de la evangelización, es indudablemente una prioridad para la Iglesia al comienzo del nuevo milenio" (Juan-Pablo II, Novo millennio ineunte, 40); esta ha de ser una prioridad para vosotros, futuros sacerdotes de este inicio del tercer milenio.

8. Fuente de oración para vosotros será la "Liturgia de las Horas", que desde hoy rezaréis en nombre de la Iglesia, prestándole así vuestra voz y vuestros labios para la alabanza divina. Os invito a que hagáis una "lectura continuada y sistemática" de la Sagrada Escritura, desde el libro de Génesis hasta el Apocalipsis, que, seguramente, no la habéis hecho aún. Esta invitación vale para todos los sacerdotes, que no la hayan hecho todavía. El ministro de la Palabra debe haber leído de manera completa la "carta de amor", que Dios ha escrito a los hombres, esto es, la "Sagrada Escritura", de la que vosotros a partir de ahora seréis sus servidores fieles. Por ello hay que conocerla, hay que meditarla, hay que rezarla, porque es Palabra sagrada.

 

El anuncio de la Palabra

9. Habiendo meditado y vivido la Sagrada Escritura, podremos realizar mejor el ministerio del anuncio de la Palabra. Hemos de revivir en nosotros el sentimiento apremiante de Pablo, que exclamaba: «¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Co 9,16). La "nueva evangelización" a la que nos ha convocado el Papa Juan Pablo II, exige de nosotros un testimonio de vida y un compromiso de anuncio completo e íntegro de nuestra fe: "Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo para sí, debe anunciarlo (...). Sin embargo, esto debe hacerse respetando debidamente el camino siempre distinto de cada persona y atendiendo a las diversas culturas en las que ha de llegar el mensaje cristiano, de tal manera que no se nieguen los valores peculiares de cada pueblo, sino que sean purificados y llevados a su plenitud" (Juan-Pablo II, Novo millennio ineunte, 40), siempre iluminados desde la luz del evangelio.

10. "La propuesta de Cristo se ha de hacer a todos con confianza. Se ha de dirigir esta Palabra y esta Buena Nueva, este anuncio, se ha de dirigir a los adultos, a las familias, a los jóvenes, a los niños, sin esconder nunca las exigencias más radicales del mensaje evangélico, atendiendo a las exigencias de cada uno, por lo que se refiere a la sensibilidad y al lenguaje, según el ejemplo de Pablo cuando decía: «Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos» (1 Co 9,22)" (Juan-Pablo II, Novo millennio ineunte, 40).

11. La predicación del mensaje de Cristo, la predicación del Evangelio, estimados jóvenes, pone resistencias y la gente no está por la labor. Cuesta escuchar una palabra que nos sacude, que nos purifica, que nos pasa por fuego, que nos critica la forma de vivir. Cuando prediquéis, veréis que hay grandes resistencias por parte de la gente. No os preocupe esta situación, porque la fuerza del Señor está con vosotros, y la misma Palabra tiene una virtualidad y un poder por sí misma. No es palabra nuestra; por tanto, dejad que la Palabra haga su labor y su camino, ya que la Palabra de Dios es dinámica. A los servidores de la Palabra se nos pide, sobre todo, presentarla íntegra, sin manipularla, sin esconderla y ni modificarla. Dejemos que sea ella la que llegue al corazón de cada uno, está llegando al corazón de cada creyente.

 

4. Servidores de la Iglesia

12. El Señor os invita hoy, estimados candidatos al diaconado, a seguirle de cerca; os invita a cargar con su yugo suave. Dicen que, para el que ama, no pesa el amor. Cristo os invita a aprender de Él, el único Maestro de la humanidad, que es "manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas" (Mt 11, 29). Vuestra actitud, vuestro servicio a la Palabra, vuestro servicio en el altar de la Iglesia, que sea también un ejemplo para otros jóvenes, a los que el Señor quiera llamar para dedicarse al mismo servicio.

13. En mis conversaciones con cada uno de vosotros, en estos días, os he agradecido personalmente vuestra generosidad al entregar vuestra vida para siempre, al servicio de Jesucristo, al servicio de su Evangelio, al servicio de su Palabra y de su Iglesia. Hoy os lo repito ahora delante de vuestros familiares, amigos y delante de todos los que representamos al presbiterio de Alcalá, y ante todo el pueblo de Dios: ¡Gracias por vuestra generosidad! Todos habéis coincidido en decirme que los agradecidos sois vosotros, porque el Señor os ha llamado y no habéis pedido vosotros este ministerio.

14. El Señor os ha invitado y vosotros habéis respondido: "Sí, aquí estoy Señor". Él, que hoy comienza en vosotros esta obra buena, como decimos en la liturgia, la lleve a término; que os ayude a mantener este compromiso de hoy hasta el final de vuestra vida. ¡Que Dios mantenga su don en vosotros hasta el final! Lo único que tenéis que hacer cada día es responderle "sí", sin aplazarlo para otro día. Entre dos personas que se aman, cuando uno de ellos dice "no" al otro, se produce entre ellos, a partir de ese momento, una distancia, que es más difícil superar cuanto más se alarga. La amistad con el Señor pide una relación vital, personal, permanente y plena cada día.

15. ¡Que la Virgen María, la Sierva del Señor, la "Esclava del Señor", como dijo en la Anunciación (cf. Lc 1,38), a la que en Alcalá honramos con el título entrañable de Virgen del Val, os ayude a vivir el servicio que la Iglesia pone hoy en vuestras manos, el servicio al que el Señor os ha llamado! Amén.

 

 

RESUMEN DE LA INTERVENCIÓN DE MONS. CATALÁ EN LA X ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS (ROMA, octubre 2001)

 

El Concilio Vaticano II ha descrito el ministerio episcopal desde la perspectiva del triple "munus": profético, sacerdotal y real, cuyo ejercicio concreto implica una gran variedad de tareas, que el obispo debe afrontar en su diócesis. Ese gran abanico de acciones concretas, le puede llevar a una dispersión en el ejercicio de su ministerio, reclamado por acciones tan dispares. Puede contribuir a centrar el ministerio el considerar al obispo como "testigo de Jesucristo", misión que subyace al ejercicio del triple "munus" episcopal. El decreto "Christus Dominus" (n. 11) nos recuerda que "los obispos deben dedicarse a su labor apostólica como testigos de Cristo", llevando a cabo el mandato del Señor de ser sus testigos "en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra" (Hch 1, 8).

 

Según el libro de los Hechos, la condición para pertenecer al grupo de los Doce Apóstoles es haber sido testigo del Resucitado (cf. Hch 2,32; 3,15; 13,31) y haber convivido con Él, desde el bautismo de Juan hasta que fue llevado al cielo (cf. Hch 1, 22). Como sucesores de los Apóstoles, los obispos tienen la misión de ser testigos del Resucitado. Se trata fundamentalmente de ser testigos de "Alguien".

 

A los testigos de Jesús se les pide en ocasiones dar testimonio ante autoridades y tribunales, según la perspectiva que Jesús había anunciado a los Apóstoles (Mc 13,9; Mt 10,18; Lc 21,13). Los sufrimientos soportados por el testimonio de Jesús llevan al gozo de la esperanza (cf. Rm 12,12). San Cipriano, obispo de Cartago, le dirige una carta a su hermano Cornelio, obispo de Roma, y le dice: "No hay manera de expresar cuán grande ha sido aquí la alegría y el regocijo, al enterarnos de vuestra victoria y vuestra fortaleza: de cómo tú has ido a la cabeza de tus hermanos en la confesión del nombre de Cristo, y de cómo esta confesión tuya, como cabeza de tu Iglesia, se ha visto a su vez robustecida por la confesión de los hermanos" (Cipriano, Carta 60, 1). La palabra puede convencer, pero el ejemplo arrastra. El testimonio de los hermanos mayores en el episcopado, es un estímulo para los obispos más jóvenes.

 

 

FIESTA DE LA VIRGEN DEL VAL

(Ermita del Val, 16 Septiembre 2001)

 

Lecturas: Gn 22, 1-18;

Rm 8, 31-39;

Sal 17, 2-3.5-7.19-20;

Jn 19, 25-27

 

1. Estimados hijos de Alcalá, la fiesta que hoy celebramos de nuestra Madre, la Virgen del Val, ha sido precedida, según la liturgia de la Iglesia, por dos celebraciones: la primera, anteayer, por la exaltación de la Cruz; la segunda, ayer, por la Virgen de los Dolores. Para contemplar a María hay que contemplar primero a su Hijo, pues María es la Madre del Hijo de Dios. El camino de Jesús hacia la ciudad santa de Jerusalén, lugar de su oblación, culmina con la muerte en cruz. Jesús ofrece su vida por los hombres, como acto supremo de su amor y muere en la cruz como un malhechor. Cristo se entrega de manera total por todos los hombres, por cada uno de nosotros: "Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13,1), nos dice San Juan.

 

2. En el huerto de Getsemaní, Jesús, por su condición filial, acata con afecto y obediencia la voluntad del Padre y dice: "Padre que no se haga mi voluntad sino la tuya" (Lc 22, 42). También nosotros, estimados hijos, deberíamos aceptar mejor la voluntad del Padre Dios en nuestras vidas, ya que somos hijos suyos. Él -nos dice la Carta a los Hebreos- aprendió sufriendo a obedecer, y llegado a la perfección se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen (cf. Hb 5, 8-9). Cristo acepta la obediencia al Padre, porque tiene conciencia de la misión que debe realizar: salvar y redimir al hombre, cargando con su pecado y dando sentido al sufrimiento humano.

 

3. En el relato del Génesis (cf. Gn 22,1-18), que hemos oído, vemos a Abraham dispuesto a ofrecer en sacrificio a su hijo Isaac, figura de Cristo. El bondadoso Padre del cielo ofrece realmente a su Hijo Jesucristo en el altar de la Cruz. Cristo ha venido para cargar sobre sus hombros nuestras cruces y las muertes del mundo. Jesús, por su gran amor a nosotros, es condenado a muerte y recorre el Calvario, cargado con su cruz para ofrecerse en oblación. La cruz será el trono de su exaltación y junto a esa cruz está de pie, intrépidamente, una mujer, María.

 

4. La contemplación del misterio de la Pasión de Cristo lleva a los fieles a participar en su Pasión y en la que la Virgen María comparte con su Hijo. La Virgen María, "reina del cielo" y "señora del mundo", estuvo junto a su Hijo moribundo en la cruz (cf. Jn 19, 25-27). María recibe allí una nueva maternidad y se convierte en madre de todos los hombres, en madre de los redimidos por la cruz de Cristo, en madre de cada uno de nosotros. Una nueva humanidad nace con una madre nueva; así lo hemos oído en el Evangelio de Juan: "Mujer -dice Jesús a su madre-, ahí tienes a tu hijo (...). -Y al discípulo amado le dice- ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa" (Jn 19, 26-27). Como hijos de la Virgen del Val hemos de acoger con gratitud en nuestra casa, es decir, en nuestro corazón, a María, la madre del Hijo amado, la madre que nos ha sido regalada, en el momento en que Jesús está a punto de morir por nosotros.

 

5. La contemplación de la Virgen María al pie de la cruz, unida al misterio de Cristo, nos ayuda a vivir en esperanza el misterio de la cruz en nuestras propias vidas. Muchos hombres de hoy viven la desesperación por no encontrar sentido al sufrimiento humano, porque no tienen fe en Cristo Jesús. Muchos devotos de la Virgen del Val se acogen a su poderosa intercesión para pedir al Señor la salud y el remedio de sus sufrimientos y dolores. Pero a los cristianos seguidores de Jesús, a los miembros dolientes del cuerpo de Cristo, se nos invita, como hijos de María y a imitación suya, a saber aceptar el sufrimiento y el dolor; se nos invita a compartir la Pasión del Señor y la comunión con sus sufrimientos, desde una visión de fe y de amor.

 

6. En el plano misterioso de Dios los sufrimientos del hombre, unidos a los de Cristo, tienen un valor inapreciable. La Pasión de Cristo, como hemos rezado en la oración colecta al inicio de la misa, por un designio misterioso de la providencia de Dios, continúa completándose con las infinitas penalidades de la vida de sus fieles. Por esto, estimados devotos de la Virgen del Val, son aplicadas a tantos enfermos, que ofrecen sus sufrimientos por Cristo, aquellas palabras del apóstol San Pablo: "Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros y completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia" (Col 1, 24). ¿Acaso nos duele ofrecer nuestros sufrimientos por la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo? ¿Nos sabe mal ofrecer y hacer oblación de nuestro dolor como Cristo en la Cruz?

 

7. La Iglesia, en este inicio del tercer milenio, está dando testimonio de la fe en Cristo; ello le acarrea persecuciones y sufrimientos. Y no me refiero solamente a las persecuciones sufridas por los cristianos, que viven hoy bajo regímenes totalitarios contrarios a la fe cristiana; o a las que sufren los fieles cristianos en pueblos donde reina la teocracia musulmana, donde son rechazados sistemáticamente y arrebatados sus derechos cívicos, e incluso por el simple hecho de poseer una Biblia son encarcelados o condenados a muerte. Todo esto, queridos hermanos, está ocurriendo hoy, en pleno año 2001 de la era cristiana.

 

8. También en nuestra querida España está siendo perseguida la Iglesia Católica de una manera muy sutil, con guante blanco, pero de forma sistemática y firme. Las campañas de desinformación, que cierta prensa ha propiciado en estos últimos meses, es un ejemplo de ello. Estimados hijos, cuando atacan a los pastores, que son la cabeza, atacan al cuerpo entero, atacan a todos los miembros del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Estamos viviendo momentos difíciles, que obstaculizan la profesión de la fe católica de manera pública y serena.

 

9. Hay intereses solapados de partidos políticos y de ideologías contrarias a la fe católica, porque es profética y molesta; como les sucedía a los profetas del Antiguo Testamento y como siempre le ha sucedido a quien ha ido con la verdad del Evangelio por delante. El Evangelio nos enseña la verdad sobre el hombre y sobre Dios, el respeto a la vida, el respeto al otro, el respeto a las minorías, el respeto a la libertad religiosa, y tantos otros respetos, que merece todo hombre por ser hijo de Dios. Cuando un cristiano intenta vivir según el Evangelio, siempre resulta molesto para algunas personas, que se oponen a esa forma de vivir, bajo pretexto de libertad.

 

10. El Señor nos está pidiendo hoy un testimonio de fe. Ser devotos e hijos de la Virgen del Val no consiste sólo en celebrar una fiesta al año; es más bien dar testimonio de la fe en Cristo Jesús, todos y cada uno de los días del año y en todos los momentos de la vida. Como dice San Pablo, "Si Dios está con nosotros, quién estará contra nosotros". El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con Él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? (...) ¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?, como dice la Escritura: 'por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como ovejas de matanza. Pero en todo esto salimos vencedores gracias a Aquel que nos amó" (Rm 8, 31-37).

 

11. María, la Virgen del Val, cuya fiesta celebramos hoy, es la Virgen dolorosa al pie de la cruz; es la Virgen fiel, que no solamente estuvo con Jesús el día en que lo crucificaron, sino que lo acompañó durante toda su vida. Esa es la invitación de la fiesta de hoy: acompañar a María en el seguimiento de Jesús durante toda nuestra vida. Ella fue la Virgen intrépida, porque de cara a las adversidades, de cara al poder romano y de cara al poder judío, se mantuvo en pie junto a Jesús. Como dice el prefacio de hoy que rezaremos: "Porque en tu providencia estableciste que la Madre permaneciera fiel junto a la cruz de su Hijo, para dar cumplimiento a las antiguas figuras y ofrecer un ejemplo nuevo de fortaleza".

 

12. Ella es para nosotros no sólo un ejemplo nuevo de fortaleza, sino una ayuda real, una protección maternal sincera. Ella nos ayuda a todos a vivir como hijos de Dios; ella nos anima a ser fuertes y valientes en la fe; "a dar testimonio de nuestra fe -como dice San Pedro- a todo el que nos la pida" (cf. 1 Pe 3, 15); a ser intrépidos, permaneciendo fieles en nuestros puestos; a vivir como padres católicos en familia, en medio de una sociedad que no favorece la familia; a ser profesores, testigos de la fe en la universidad; a ser trabajadores en cualquier lugar, como fieles testigos en el mundo; a transformar las estructuras según los planes de Dios, actuando en la política; a vivir como cofrades, siendo buenos hijos de Dios e hijos de María. En todos y cada uno de esos campos es donde hay que madurar y crecer en la fe cristiana. La Virgen nos ayuda a todos a vivir como hijos de Dios, a ser fuertes y valientes, a permanecer fieles en nuestros puestos.

 

13. Dados los acontecimientos últimos de terrorismo, no sólo en Norteamérica sino también en nuestra España, le pedimos a la Virgen del Val, que proteja a todas las víctimas del terrorismo. Esas acciones van contra la vida y son fruto de los que no creen en ella, de los que no creen en Dios, de los que anteponen sus propios intereses a toda vida humana, de los que tergiversan los valores auténticos. ¡Que ella interceda para que todos los pueblos puedan convivir en paz verdadera!

 

14. Estamos celebrando el memorial del sacrificio de Jesucristo en la cruz, que es la Santa Misa; la participación en la Eucaristía nos une a la oblación de Cristo y nos permite compartir sus padecimientos y unirlos a los sufrimientos de los hombres. Esta participación hace posible completar en nuestra carne "los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia" (Col 1, 24). Contemplemos a María e imitemos su confianza y fortaleza al pie de la cruz; confiemos en su solicitud maternal. Ella animará nuestra vivencia de fe, fortalecerá nuestra esperanza y mantendrá viva nuestra caridad. ¡Que María, la Virgen del Val, en esta su fiesta, nos confirme en la fe y nos proteja maternalmente! Así sea.

 

 

ENTREGA DE LA MEDALLA "PRO ECCLESIA ET PONTÍFICE"

A SOR ROSALÍA DE SAN JUAN DE LA CRUZ

(Monasterio Carmelitas - Alcalá, 14 Septiembre 2001)

 

Lecturas: Nm 21, 4-9;

Flp 2, 6-11;

Jn 3, 13-17

 

1. Hoy, fiesta de la exaltación de la Cruz, contemplamos a Cristo clavado en la cruz, como expresión de su gran amor. Jesús, como acto supremo de amor, muere en la cruz; se entrega de manera total por nosotros: "Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13,1). Por cada uno de nosotros, Jesús ha sido condenado, ha sido coronado de espinas y azotado, ha recorrido el Calvario, ha cargado con la cruz y ha sido clavado en ella hasta morir exánime. ¡Contemplémoslo!

 

2. Contemplarlo con mirada arrepentida. La carga que lleva Jesús en sus hombros es nuestra carga. Lo canta poéticamente Isaías: «Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados» (Is 53, 4-5). El Señor nos invita a acudir a Él, porque quiere cargar con nuestros pecados y aligerar nuestra carga: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11,28-30). ¡Perdona, Cristo, nuestros pecados y rebeldías!

 

3. Contemplarlo con mirada agradecida. Si Él ha soportado el castigo que nosotros merecíamos y en sus heridas hemos sido curados, hemos de estarle agradecidos. Si derramó su sangre como precio de nuestra libertad, hemos de valorar tan gran rescate: «Habéis sido rescatados no con algo caduco, oro y plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, Cordero sin defecto ni mancha» (1 Pe 1, 18-19). Con su muerte y resurrección, Jesús nos ha reconciliado con Dios y nos ha devuelto la vida, invitándonos a alzar la mirada y a contemplar las cosas del cielo: «Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios» (Col 3,2-3). ¡Gracias, oh Cristo, por tu gran amor y por tu perdón!

4. Y, finalmente, contemplarlo con mirada amorosa. Es la mirada de auténtico amor. La Virgen María es quien mejor ha contemplado a su Hijo con mirada amorosa. Ella es el icono más preclaro de esta unión amorosa y compasiva con su Hijo. San Pedro de Alcántara lo expresa así: «Crecieron los dolores del Hijo con la presencia de la madre, con los cuales no menos estaba su corazón sacrificado de dentro, que el cuerpo lo estaba de fuera» (S. Pedro de Alcántara).

 

5. En la carta a los Filipenses, que ha sido proclamada, Pablo nos enseña a tener los mismos sentimientos de Cristo (cf. Flp 2,5); a estar dispuestos a beber del cáliz que Cristo nos ofrezca y bautizarnos en el bautismo en que él ha de sido bautizado (cf. Mc 10, 38). San Pablo lo expresa con gran fuerza: «Conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos, hasta hacerme semejante a él en su muerte» (Flp 3,10). En la cruz está la vida; en primer lugar, la Vida que es el mismo Jesucristo, que se entregó por nosotros; en segundo lugar, la vida porque sólo se llega a la resurrección a través de la cruz y de la muerte. Las carmelitas habéis hecho de vuestra vida consagrada una oferta total a Dios; habéis muerto para el mundo a fin de gozar de la vida divina.

 

6. El Santo Padre ha tenido a bien conceder a Sor Rosalía de San Juan de la Cruz la medalla "Pro Ecclesia et Pontífice". Hay dos motivos fundamentales: el primero es que Madre Rosalía ha cumplido ciento y un años y celebramos su larga vida de fe desde su bautismo. Más de cien años como "Hija de Dios" es un motivo sobrado para dar gracias y celebrarlo. El otro motivo es su consagración al Señor, en este Monasterio de Carmelitas Descalzas de la Purísima Concepción en Alcalá, hace ya ochenta años. Madre Rosalía es "hija del Carmelo" desde hace ochenta años: una larga vida de ofrecimiento y entrega total a Dios en la vida consagrada carmelitana.

 

7. Madre Rosalía ha querido unir su nombre de consagración al de San Juan de la Cruz. Muchas veces han sido alimento espiritual y objeto de meditación los textos de Juan de la Cruz. Hoy, en la fiesta de la exaltación de la Cruz, queremos hacer presente los hermosos textos de nuestro gran poeta y místico. San Juan de la Cruz ha entendido bien el mensaje de lo que significa la cruz y lo ha vivido. Nos dice en la Subida al monte Carmelo, haciendo referencia a lo angosto y estrecho que es el camino del cielo y lo ancho y espacioso que es el camino de la perdición: "Y también es de notar que primero dice que es angosta la puerta, para dar a entender que, para entrar el alma por esta puerta de Cristo, que es el principio del camino, primero se ha de angostar y desnudar la voluntad en todas las cosas sensuales y temporales, amando a Dios sobre todas ellas; lo cual pertenece a la noche del sentido, que habemos dicho" (San Juan de la Cruz, Subida la monte Carmelo, cap. 7, 2).

 

8. Continúa diciéndonos San Juan de la Cruz: "Y luego dice que es 'estrecho el camino', conviene a saber, de la perfección; para dar a entender que, para ir por el camino de perfección, no sólo ha de entrar por la puerta angosta, vaciándose de lo sensitivo, mas también se ha de estrechar, desapropiándose y desembarazándose propiamente en lo que es de parte del espíritu. Y así, lo que dice de la puerta angosta, podemos referir a la parte sensitiva del hombre, y lo que dice del camino estrecho, podemos entender de la espiritual o racional; y en lo que dice que pocos son los que le hallan, se debe notar la causa, que es porque pocos hay que sepan y quieran entrar en esta suma desnudez y vacío de espíritu. Porque esta senda del alto monte de perfección, como quiera que ella vaya hacia arriba y sea angosta, tales viadores requiere, que ni lleven carga que les haga peso cuanto a lo inferior ni que les haga embarazo cuanto a lo superior; que, pues es trato en que sólo Dios se busca y se granjea, sólo Dios es el que se ha de buscar y granjear" (San Juan de la Cruz, Subida la monte Carmelo, cap. 7, 3).

 

9. Las hermanas Carmelitas nos enseñan, con su vida de consagración, que Dios es lo más importante: "Sólo Dios basta", nos dice Santa Teresa. Hay muchas cosas superfluas de las que podemos prescindir. Para alcanzar la felicidad no hace falta tener tantas cosas. Hay ir "ligeros de equipaje". Aunque los laicos vivan en el mundo, están también llamados a vivir su consagración bautismal teniendo a Dios como el Sumo Bien. Como nos dice San Juan de la Cruz: "De donde se ve claro que no sólo de todo lo que es parte de las criaturas ha de ir el alma desembarazada, mas también de todo lo que es de parte de su espíritu ha de caminar desapropiada y aniquilada" (San Juan de la Cruz, Subida la monte Carmelo, cap. 7, 4).

 

10. En el Cántico espiritual nos invita San Juan a vivir con mayor profundidad la relación con Dios, a entrar más adentro en la espesura, a saborear y deleitarse con la presencia de Dios: "De donde, también por esta espesura en que aquí el alma desea entrar se entiende harto propiamente la espesura y multitud de los trabajos y tribulaciones en que desea esta alma, entrar, por cuanto le es sabrosísimo y provechosísimo el padecer; porque el padecer le es medio para entrar más adentro en la espesura de la deleitable sabiduría de Dios. Porque el más puro padecer trae más íntimo y puro entender, y, por consiguiente, más puro y subido gozar, porque es de más adentro saber. Por tanto, no se contentando con cualquiera manera e padecer, dice: Entremos más adentro en la espesura" (San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, 36, 10-13).

 

11. El alma de toda carmelita está llamada a unirse íntimamente con su Esposo, Cristo; a adentrarse cada día más en la "espesura"; a vivir cada día más profundamente el amor de Dios, como nos ha recordado Juan de la Cruz. Pidamos con un corazón sincero al Señor: ¡Señor Jesús, concédenos compartir tu pasión y participar en la comunión misteriosa de tu amor y de tu dolor! ¡Concédenos ser solidarios con el sufrimiento y el dolor de nuestros hermanos, los hombres! ¡Hoy, fiesta de la exaltación de la Cruz, queremos ofrecernos a ti como hostias vivas, como ofrenda para ser instrumentos de tu amor! Amén.

 

 

SOLEMNIDAD DE LOS SANTOS NIÑOS JUSTO Y PASTOR

PATRONOS DE LA DIÓCESIS

(Catedral, 6 Agosto 2001)

 

Lecturas: Ecclo 51, 1-8;

Sal 124, 2-3. 4-5. 7-8;

2 Co 6, 4-10;

Mt 10, 28-33

 

1. «No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo» (Mt 10, 28). Los Santos Niños, Justo y Pastor, vencieron el miedo a la muerte, ante quienes les quitaban la vida. Tuvieron una actitud de esperanza cristiana ante la muerte. Frente a ella y ante los interrogantes profundos de la vida, los hombres reaccionan de muy diversas maneras, como muy bien ha expresado el Concilio Vaticano II: "Son muchísimos los que, tarados en su vida por el materialismo práctico, no quieren saber nada de la clara percepción de este dramático estado, o bien, oprimidos por la miseria, no tienen tiempo para ponerse a considerarlo. Otros esperan del solo esfuerzo humano la verdadera y plena liberación de la humanidad y abrigan el convencimiento de que el futuro del hombre sobre la tierra saciará plenamente todos sus deseos. Y no faltan, por otra parte, quienes, desesperando de poder dar a la vida un sentido exacto, alaban la insolencia de quienes piensan que la existencia carece de toda significación propia y se esfuerzan por darle un sentido puramente subjetivo. Sin embargo, ante la actual evolución del mundo, son cada día más numerosos los que se plantean o los que acometen con nueva penetración las cuestiones más fundamentales: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos progresos hechos, subsisten todavía? ¿Qué valor tienen las victorias logradas a tan caro precio? ¿Qué puede dar el hombre a la sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? ¿Qué hay después de esta vida temporal?" (Gaudium et spes, 10). La fiesta de hoy, estimados alcalaínos, nos anima a interrogarnos sobre estas cuestiones.

 

2. En el marco de la celebración de los Santos Niños, Justo y Pastor, Jesús nos hace caer en la cuenta de la distinción entre la muerte del cuerpo y la del alma. Aunque sea ésta una forma de hablar, los términos "cuerpo" y "alma" nos ayudan a entender la vida humana y a esclarecer los enigmas y el sentido de la misma. Se está queriendo decir que el hombre está llamado a una vida que va más allá de lo temporal; que está destinado a perdurar más allá de los años, de los siglos y de los milenios; que la vida presente es tan sólo un anticipo de la vida eterna. Esta verdad revelada la entendieron perfectamente los Santos Niños, Justo y Pastor. ¿De dónde iban a sacar fuerza unos niños para arrostrar la muerte física a tan tierna edad? ¿De donde les venía el valor para despreciar su vida, no gozada aún, que comenzaba a crecer y a despuntar? Ellos sabían, por la fe, que la muerte del alma, es decir, la imposibilidad de gozar de la felicidad a la que estamos llamados, era mucho peor que la muerte física. Ese conocimiento sobrenatural les dio el valor para desprenderse de la vida mortal, para alcanzar la inmortal y duradera. Su ejemplo nos ayuda a situarnos con serenidad ante la muerte, poniendo la mirada en la inmortalidad.

 

3. San Cipriano, animando a los cristianos, que estaban en la cárcel, condenados a muerte por testimoniar su fe, les decía: "Que ahora ninguna otra cosa ocupe vuestro corazón y vuestro espíritu sino los preceptos divinos y los mandamientos celestes, con los que el Espíritu Santo siempre os animaba a soportar los sufrimientos del martirio. Nadie se preocupe ahora de la muerte sino de la inmortalidad, ni del sufrimiento temporal sino de la gloria eterna, ya que está escrito: «Mucho le place, al Señor la muerte de sus fieles» (Sal 116, 15). Y en otro lugar: «El sacrificio que agrada a Dios es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias» (Sal 51, 19). Y también, cuando la sagrada Escritura habla de los tormentos que consagran a los mártires de Dios y los santifican en la prueba, afirma: «La gente pensaba que cumplían una pena, pero ellos esperaban de lleno la inmortalidad (...). Gobernarán naciones, someterán pueblos, y el Señor reinará sobre ellos eternamente» (Sab 3, 4.8)" (San Cipriano, Carta 6, 1-2: CSEL 3, 480-482). Mucha gente de la época de los Santos Niños y, tal vez también de la nuestra, podría pensar que Justo y Pastor sufrían un castigo sin sentido, que les llevaba simplemente a perder la vida y a abandonar este mundo, del que apenas tenían experiencia. Ellos, sin embargo, con la mirada puesta en la inmortalidad, aceptaron gustosos el sufrimiento temporal, para poder gozar de la gloria eterna.

 

4. El Salmo responsorial nos ha recordado: «Hemos salvado la vida como un pájaro, de la trampa del cazador» (Sal 124, 7). El mundo nos atrae con sus halagos y encantos, pretendiendo deslumbrarnos; nos abre sus brazos para hacernos caer en sus redes. Suelen ser redes finas, hilos imperceptibles, cuerdas sutiles: el propio gusto, el capricho, la molicie, los deseos que se quieren satisfacer, los apetitos desordenados; en fin, la pretendida felicidad, a la que todos dicen tener derecho. Esta es una trampa del cazador, una trampa del Maligno. De ella se puede escapar con la mirada puesta en Jesús. Cristo se enfrentó con el Diablo después de ser bautizado, al inicio de su ministerio, venciendo las tentaciones (cf. Mt 4, 1-11) y poniéndonos así en guardia contra el "Tentador", como una fuerza que puede arrojarnos a la infelicidad, si no tenemos a nuestro lado alguien con más fuerza, capaz de salvarnos. Al único que nuestro amor debe temer ofender es a Dios. Como nos dice el profeta Isaías: «No llaméis conspiración a lo que ese pueblo llama conspiración, ni temáis, ni tembléis de lo que él teme. Al Señor Dios de los Ejércitos, a ése tened por santo, sea él vuestro temor y él vuestro temblor» (cf. Is 8, 12-13).

 

5. Existen otras redes, puestas por los hombres: la lengua calumniosa, los labios mentirosos, el fuego de la ira, la zancadilla traidora, las flechas venenosas de la infidelidad, el ansia desmedida de poder. El creyente tiene la fuerza de Dios, que es capaz de librarlo de todas esas redes, de todos esos males, como hemos oído en el libro del Eclesiástico: «Te alabo, mi Dios y salvador, te doy gracias, Dios de mis padres. Contaré tu fama, refugio de mi vida, porque me has salvado de la muerte, detuviste mi cuerpo ante la fosa, libraste mis pies de las garras del abismo, me salvaste del látigo de la lengua calumniosa y de los labios que se pervierten con la mentira, estuviste conmigo frente a mis rivales» (Ecclo 51, 1-2).

 

6. Los Santos Niños, frente al poder romano, supieron acogerse a quien todo lo puede y fueron liberados. Pudieron cantar el Salmo, que nosotros hemos recitado hoy: «Hemos salvado la vida como un pájaro, de la trampa del cazador» (Sal 124, 7). Perder la propia vida en este mundo para recobrarla en la eternidad es una victoria. Diocleciano, emperador en Roma, y Daciano, pretor en España, quisieron primero atraer con halagos a los niños complutenses Justo y Pastor y ganárselos para su causa. En realidad querían atraparlos en sus redes, esto es, en su forma de pensar, en sus planes de poder, en sus proyectos humanos. En el fondo, esos hombres poderosos deseaban dominar sobre las demás personas, máxime sobre unos simples niños. Pero estos Niños pudieron escapar de la trampa del cazador. También nosotros podemos quedar libres de las insidias de nuestros enemigos, poniendo nuestra confianza en Cristo Jesús, aunque en ello nos vaya la propia vida.

 

7. Lo que fundamenta la esperanza de los creyentes es su solidaridad con "el más fuerte", con Cristo el Señor, capaz de vencer al príncipe de este mundo, que no tiene ningún poder sobre él (cf. Jn 14, 30). Quien vive al amparo de Jesucristo no debe temer nada en este mundo. En boca del profeta Jeremías leemos: «Yo te pondré para este pueblo por muralla de bronce inexpugnable. Y pelearán contigo, pero no te podrán, pues contigo estoy yo para librarte y salvarte -oráculo del Señor-. Te salvaré de mano de los malos y te rescataré del puño de esos rabiosos» (Jr 15, 20-21).

 

8. Jesús anima a tener confianza y a no tener miedo, cuando hay que dar testimonio de Él. «Si uno se pone de mi parte entre los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo» (Mt 10, 32-33). A la fidelidad de la confesión de fe de sus discípulos, el Señor Jesús responderá con fidelidad "reconociéndonos", por contraposición al no reconocimiento por su parte: «Muchos me dirán aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: ¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!» (Mt 7, 22-23).

 

9. El Señor promete la gloria de la inmortalidad a quien dé testimonio de Él ante los hombres: «No temas por lo que vas a sufrir: el Diablo va a meter a algunos de vosotros en la cárcel para que seáis tentados, y sufriréis una tribulación de diez días. Mantente fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida» (Ap 2, 10). La vida del cristiano implica luchar contra viento y marea; mantener la fe a pesar de los embates de la incredulidad; vivir en alegría, a pesar de las contrariedades; decir la verdad, aunque nadie le crea; dar siempre, aunque esté necesitado. San Pablo, en su carta a los Corintios, así nos lo ha recordado: «Con la derecha y con la izquierda empuñamos las armas de la justicia, a través de honra y afrenta, de mala y buena fama. Somos los impostores que dicen la verdad, los desconocidos conocidos de sobra, los moribundos que están bien vivos, los penados nunca ajusticiados, los afligidos siempre alegres, los pobretones que enriquecen a muchos, los necesitados que todo lo poseen» (2 Co 6, 7-10).

 

10. A nosotros nos toca hoy, estimados complutenses, ser testigos de Jesús entre nuestros coetáneos de Alcalá de Henares, como lo fueron en su tiempo los Santos Niños, Justo y Pastor. San Cipriano, recordándonos el evangelio de hoy, de no tener miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma (cf. Mt 10, 28), nos dice: "Si pensáis que habéis de juzgar y reinar con Cristo Jesús, necesariamente debéis de regocijaros y superar las pruebas de la hora presente en vista del gozo de los bienes futuros. Pues, como sabéis, desde el comienzo del mundo las cosas han sido dispuestas de tal forma que la justicia sufre aquí una lucha con el siglo" (San Cipriano, Carta 6, 2: CSEL 3, 481-482). Estimados hijos, en este mundo hemos de ser testigos de la vida eterna y apreciarla más que la vida temporal. ¡Que los Santos Niños, Patronos de la Diócesis de Alcalá, intercedan por todos nosotros y nos estimulen con su ejemplo a vivir estas verdades de nuestra fe! Amén.

 

V CENTENARIO DE LA PARROQUIA DE SANTIAGO APÓSTOL

(25 de julio 2001)

 

Lecturas: Hch 4, 33; 5, 12.27-33; 12, 2;

2 Co 4, 7-15;

Mt 20, 20-28

 

1. Celebramos en esta Solemnidad de Santiago Apóstol, Patrono de España, el V Centenario de la creación de esta parroquia. Su origen se remonta a la Alcalá de Henares del inicio del siglo XVI. En la zona urbana de la ciudad, comprendida entre la Vía Complutense y la actual calle de Santiago, y ocupada por los musulmanes en el siglo XV, había una vieja mezquita, ubicada en la esquina formada por la actual calle de Santiago y la de Diego de Torres, que el Cardenal Francisco Jiménez de Cisneros convirtió, en 1501, en parroquia, adaptándola para el culto cristiano, y poniéndola bajo la advocación de Santiago Apóstol. Su primer párroco fue el licenciado Juan Ruiz de Coca. Allí se bautizaron muchos musulmanes conversos.

 

2. Un siglo más tarde, hacia el año 1600, siendo párroco el Rvdo.D. Manuel Fernández Queipo, la antigua mezquita se encontraba en estado ruinoso, por lo que se tuvo que derribar y se construyó en su lugar un pequeño templo nuevo, que albergó la parroquia durante varios siglos. Desde 1891 la parroquia de Santiago Apóstol perdió el rango de parroquia y quedó adscrita a la de Santa María la Mayor. El templo quedó cerrado al culto en 1935, sufriendo un saqueo al comienzo de la Guerra Civil española y siendo utilizado en 1939 como almacén de cereales. Todo ello iba provocando un deterioro cada vez más acusado, que culminó con el derribo del campanario en 1961 y la demolición del resto del edificio en 1965.

 

3. A partir de 1960 Alcalá de Henares experimentó una considerable expansión demográfica. Los barrios fueron creciendo y faltaban lugares de culto. El Arzobispado de Madrid-Alcalá impulsó la creación de nuevas parroquias: Santo Ángel, San Isidro y Santiago Apóstol. Esta última ubicada en la zona donde estuvo la antigua Iglesia de Santiago, como heredera de aquella comunidad cristiana. Su primer párroco, M.I.Rvdo.D. Isidoro Pérez, actual Deán de la Catedral-Magistral, que se encuentra hoy entre nosotros, tomó posesión de la restaurada parroquia en 1969 y fue el "alma mater" de la construcción de este nuevo templo, en el que ahora nos encontramos.

 

4. Hemos visto tres hitos importantes en la historia de esta parroquia: su fundación en 1501, la construcción del nuevo templo un siglo más tarde y la reubicación y construcción del actual templo en 1972. Desde el primer párroco hasta el presente, todos han aportado su colaboración, sus dotes, su ilusión por servir a los feligreses de esta parroquia. A todos ellos, nuestro reconocimiento y gratitud por sus trabajos y desvelos en favor de esta comunidad cristiana. Desde hace quinientos años la presencia del Señor resucitado, en medio de esta comunidad cristiana de Santiago Apóstol, continúa salvando a los que creen en Él. La nueva parroquia de Santiago Apóstol, con su moderno templo en forma de tienda, nos recuerda la encarnación del Hijo de Dios que "acampó entre nosotros" (Jn 1, 14). Esta parroquia es heredera de aquella primera comunidad cristiana, fundada por el Cardenal Cisneros, de feliz memoria y a quien agradecemos su gran servicio a la Iglesia.

 

5. En medio de los avatares históricos, las dificultades y los cambios, hay algo que ha permanecido incólume y firme: la fe de los cristianos; vuestra fe en Cristo Jesús, que nos salva. Alcalá ha dado muestras de saber convivir con personas de otras creencias y religiones, con musulmanes y judíos, pero también ha sido testigo de la fe cristiana desde los primeros siglos, aún a costa del martirio cruento. La intolerancia y el fundamentalismo en algunas épocas y lugares no ha impedido que los cristianos mantengan su fe y sean fieles a las enseñanzas del Maestro Jesús de Nazareth. Aún hoy día existen lugares en los que se prohíbe a los cristianos profesar abiertamente su fe, bajo pena de muerte, cárcel o pérdida de libertades cívicas; sin embargo, donde existe mayoría cristiana todos pueden libremente expresar sus creencias religiosas. Os invito, queridos hijos, a mantener viva vuestra fe, a dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere, a dar testimonio del amor de Dios y del prójimo. También hoy conviven entre nosotros personas de credos, religiones y etnias distintas. Nuestra actitud ha sido y debe ser siempre de respeto y diálogo.

 

6. Al Apóstol Santiago la imaginería religiosa y la creatividad poética lo presentan como adalid, que acaudilla unas huestes en actitud guerrera contra los musulmanes, cortando cabezas e imponiendo su espada. Nada más lejos de la realidad. Es un anacronismo presentar al Apóstol Santiago luchando con los musulmanes, puesto que él murió en Jerusalén por dar testimonio de la fe, en el año 44 de la era cristiana. Los feligreses de esta parroquia de Santiago Apóstol debéis conocer bien la realidad y ayudar a purificar ciertas imágenes que no son objetivas. Desde el siglo VIII se celebra en Occidente su fiesta el 25 de julio y, a partir del siglo IX su culto sirvió para hacerle protector de la fe y de la libertad contra los musulmanes y convertir a Compostela en uno de los mayores centros de peregrinación.

 

7. Estimados feligreses de la parroquia de Santiago, vosotros sois los que lleváis hoy, en los albores del tercer milenio, la antorcha de la fe en vuestras manos, la llama del amor en vuestro corazón, y la esperanza de una vida que va más allá de la muerte. En medio de esta sociedad donde se ha ofuscado el sentido de Dios y prevalece una visión intramundana y materialista, sed testigos fieles, como lo fue Jesucristo, el Testigo fiel (Ap 1, 5); dad testimonio, como lo dio el Apóstol Santiago en Jerusalén (cf. Hch 5, 33); devolvedle al mundo la visión de transcendencia. Para los que han perdido la esperanza en el más allá, sed inspiradores de una vida esperanzada y alegre, que sepa llevar con paciencia y gozo las vicisitudes de esta vida y tener un horizonte amplio y abierto, más allá de lo que palpan nuestros pobres sentidos. Para los que piensan sólo en ellos mismos de manera egocéntrica, sed testigos de un amor sin fronteras, de una caridad sin límites, de una generosidad sin igual. Como lo han hecho nuestros antepasados y los feligreses de esta parroquia, que nos precedieron en el tiempo, acoged con cariño al que no piensa como vosotros, al que no tiene la misma fe que vosotros, al que llega de otras culturas, razas y países en busca de un trabajo digno y un hogar confortable.

 

8. Hemos escuchado en el Evangelio la petición de la madre de los Zebedeos: «Entonces se le acercó a Jesús la madre de los Zebedeos con sus hijos, y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: '¿Qué deseas?' Ella contestó: 'Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda'. Pero Jesús replicó: 'No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?' Contestaron: 'Lo somos'» (Mt 20, 20-22). ¿Lo sois también vosotros, feligreses de Santiago Apóstol? ¿Estáis dispuestos a pasar por el bautismo por el que pasó el Señor? ¿Estáis dispuestos a dar la vida por Él, que nos ha amado tanto, hasta entregar su vida por nosotros?

 

9. Existe una diferencia abismal entre la concepción mesiánica de Jesús y el mesianismo temporal de sus adversarios, incluso de sus mismos discípulos. Éstos comprendieron el auténtico mesianismo de Jesús cuando recibieron el Espíritu Santo, que les dio fuerza para soportar las luchas y el testimonio. La respuesta de Cristo se dirige directamente a los discípulos en dos tiempos: En un primero momento, Jesús propone la condición de asociarse a los sufrimientos redentores de su pasión; en un segundo tiempo, les explica que hay que dejar la decisión de la gloria al juicio de Dios: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre» (Mt 20, 23).

 

10. Jesús instruye a sus discípulos sobre el sentido del verdadero poderío en su reino: «No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 26-28). Este modo de pensar es nuevo para los discípulos. También está muy lejos de lo que nuestra sociedad piensa sobre el poder y la grandeza en este mundo. La invitación de Jesús a cada uno de nosotros es muy clara. ¡Que el Apóstol Santiago nos ayude a vivir el seguimiento de Cristo desde las exigencias del Evangelio, y no desde nuestra mentalidad pobre y de miras estrechas! Amén.

 

FIESTA DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

(Oratorio San Felipe Neri-Alcalá, 23 Junio 2001)

 

Lecturas: Zac 12, 10-11; 13,1;

Gal 3, 26-29;

Lc 9, 18-24

 

1. "Me mirarán a mí, a quien traspasaron" (Zac 12, 10). Este texto de Zacarías nos lo ofrece la lectura dominical en este tiempo ordinario, y nos invita a contemplar a Jesús: aquel, a quien le traspasaron el costado; aquel, de corazón abierto, que por amor a los hombres se ofrece totalmente hasta derramar la última gota de sangre. Esta profecía de Zacarías nos invita a contemplar una realidad que sucedió posteriormente en la historia. El corazón de Cristo, por amor, ha sido traspasado y, por la acción de la lanza, sale de su costado sangre y agua (cf. Jn 19, 34), dando así origen a la Iglesia, su esposa, santa e inmaculada. El corazón de Cristo es una fuente, un manantial de agua viva: de Él brota la Iglesia y los siete sacramentos. De entre ellos, el que más nos recuerda al manantial es precisamente el bautismo: es como un agua, que purifica, que limpia, que perdona los pecados, que nos hace hijos de Dios.

 

2. El mismo Zacarías, en la lectura que hemos escuchado, nos dice: "Derramaré sobre la dinastía de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de clemencia" (Zac 12, 10). Toda la humanidad está necesitada de la gracia de Dios, del perdón del Padre, de la clemencia de un corazón que ama. "Aquel día -dice el texto- se alumbrará un manantial, a la dinastía de David y a los habitantes de Jerusalén, contra pecados e impurezas" (Zac 13,1). Jesús es ese manantial de vida; Jesús es la fuente de vida y santidad. En la liturgia de la Horas de ayer, la Iglesia nos animaba a rezar a Jesús, fuente de vida y santidad, y a pedirle que nos hiciera santos e irreprochables. Jesús es el manantial de santidad; es el único que puede hacer santos.

 

3. En la liturgia le pedíamos que nos concediera recibir de su fuente divina una inagotable abundancia de gracia. Del corazón traspasado de Cristo Jesús mana una fuente de agua viva; brota un manantial de eternidad, un manantial de limpieza, de agua purificadora de nuestros pecados. Estamos en un momento de contemplación, fijándonos en ese corazón, que es manantial de vida. A Él hemos de acudir para que sea así en nuestra vida. Naturalmente, lo hacemos siempre a través de la Iglesia, porque ella es la medianera, la que continúa la obra salvífica de Jesús.

 

4. En esta fiesta del Sagrado Corazón de Jesús estamos considerando tres imágenes. La primera de ellas ha sido la del "manantial". La segunda imagen es la del "templo" sagrado. El corazón es un santuario, un santuario de amor; un hogar que, con su fuego, mantiene la casa ambientada, acoge y calienta. Cristo es ese templo sagrado de Dios, que los hombres han destruido, pero que Dios Padre ha levantado de nuevo. Él dijo: "Destruid este santuario y en tres días lo levantaré" (Jn 2, 19), refiriéndose a su cuerpo y aceptando la muerte para resucitar al tercer día, según las Escrituras.

 

5. El corazón de Cristo Jesús es un templo capaz de acogernos a todos amorosamente, capaz de darnos el calor amoroso que necesitamos. A Él le pedimos que la Iglesia, templo de Dios, y que cada uno de nosotros, templos del Espíritu, seamos verdadera morada de Dios. El corazón traspasado de Cristo es el lugar de encuentro entre Dios y los hombres. Cristo, único mediador, es el único camino, la única vía de acceso al Padre (cf. Jn 14, 6). Él es la única forma de poder recibir la bondad, el perdón y la misericordia, que nos llegan de Dios Padre; no hay otro camino. Hemos de entrar en ese corazón de Cristo; hemos de acogernos y de cobijarnos en ese templo, que es Cristo, donde, como dice Pablo: "Habita la plenitud de la divinidad" (Col 2, 9), y como dice Juan: "De su plenitud hemos recibido todos, gracia tras gracia" (Jn 1, 16). Ese templo es la plenitud de la presencia de Dios.

 

6. La tercera imagen que nos sugiere la contemplación del corazón de Cristo es la de un gran "tesoro". Como hemos escuchado en la liturgia de hoy, en ese corazón "están encerrados todos los tesoros del saber y del conocer" (Col 2, 3); todos los tesoros de la sabiduría de Dios, de la bondad de Dios y de la gracia de Dios. Contemplando el corazón de Cristo, que es un gran tesoro, le pedimos que nos dé a conocer, mediante la Iglesia, la multiforme sabiduría de Dios. Si el corazón de Cristo es el gran tesoro de sabiduría, hemos de conocerlo cada vez más; hemos de contemplarlo, para hacer que esa sabiduría penetre en nuestro corazón; hemos de ponernos delante del Señor, para contemplar su imagen y configurarnos con Él. Del corazón de Cristo, traspasado por amor, que es "manantial" de agua viva, hemos de beber; de su corazón, que es el gran "tesoro" del saber, hemos de aprender; y en su corazón, que es "templo sagrado", hemos de habitar.

 

7. No es suficiente, estimados hermanos, que contemplemos en esta novena el corazón de Cristo. En el evangelio de hoy Jesús nos dice: "El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará" (Lc 9, 23-24). Intentar ser fieles seguidores de Jesús no puede quedar en una mera contemplación, en una simple mirada. Es cierto que necesitamos contemplarle, pero hemos de ir configurándonos a él; hemos de intentar vivir como Cristo. De la contemplación se pasa a la acción: "El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo (...). Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará" (Lc 9, 23-24)

 

8. ¿Qué ha hecho Jesús de su vida? Ha ido entregándola al Padre y dejándola por el camino en favor de todos los hombres. Al final de su vida la ha entregado por completo hasta derramar la última gota de sangre: "Uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua" (Jn 19, 34). Esta es la máxima entrega que podía hacer; ya no pudo dar más de sí; lo dio todo. Él no ha querido reservarse su vida para salvarla, sino que la ha entregado para dar vida a los demás. Sus fieles seguidores no podemos intentar conservar nuestra vida para salvarla. Cristo nos invita a dar la vida, a darla para recuperarla con él, a entregarla en oblación para mantenerla y preservarla. Esta es la invitación que Jesús nos hace hoy, estimados hijos.

 

9. "Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera" (Mt 11, 20-30). Aprended de este corazón humilde y sencillo; tomad vuestro yugo; tomad vuestra cruz cada día, porque en mí hallaréis descanso. El seguimiento de Jesús se convierte en vida y salvación. Cristo nos está invitando a que imitemos lo que Él ha vivido. Como nos dice San Pablo en la Carta a los Filipenses: "Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo" (Flp 2, 5). Tened, estimados hermanos, sus mismos sentimientos; vivid como Él ha vivido; comportaos como Él ha actuado en su vida. Seguir a Cristo es vivir como Él, plasmar en vosotros los mismos sentimientos que Jesús. Este texto de la carta a los Filipenses lo estamos meditando precisamente en un oratorio de San Felipe Neri, un oratorio de Filipenses. San Felipe ha intentado en su vida plasmar esos sentimientos; y con un corazón grande, alegre y gozoso ha sabido seguir a Jesús, invitando a otros compartir el mismo camino.

 

10. Estamos todos invitados a vivir muy cerca del corazón de Cristo; y no solamente los que estáis dedicados al Apostolado de la oración, sino todos los fieles. La devoción al Sagrado Corazón de Jesús ha dado grandes frutos en todo el mundo. Estar cerca de Jesús, contemplarlo e intentar vivir como Él ha vivido, puede dar unos frutos abundantes de gracia, de perdón y de vida nueva. A quienes os dedicáis al Apostolado de la oración, contemplando a Cristo, siguiéndole y rezando para que otros lo contemplen y lo sigan, el Señor os recompensará en esta vida, para que viváis de su manantial de agua; para que abundantemente tengáis vida del tesoro inagotable del corazón de Cristo. Y, después de esta vida temporal, Él os concederá la plenitud en la otra vida.

 

11. Hoy, sábado, la Iglesia celebra la fiesta del Corazón inmaculado de María. "María -nos dice el evangelio de Lucas-, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón" (Lc 2, 19). El corazón inmaculado de María ha vivido estrechamente unido al corazón de su Hijo Jesús. Ella, que ha sido capaz de darnos a su Hijo único, ha recibido después la recompensa de tener como hijos a todos los hombres: "Mujer, ahí tienes a tu hijo (...). Ahí tienes a tu madre" (Jn 19, 26-27). El corazón inmaculado de María, cuya fiesta se celebra hoy, no solamente ha vivido cerca de Jesús, contemplándolo, sino que ha vivido como Jesús, desprendiéndose de sí mismo. Y hoy ese corazón inmaculado es un corazón de vida y un corazón maternal muy fecundo.

 

12. Estimados hermanos, ambos corazones, el de Cristo, que es la fuente, y el de la Virgen María, que comparte esa fuente, están invitando a nuestros corazones a vivir como ellos. ¡Que nuestros corazones se desprendan, se abran, se dejen traspasar y se vacíen de sí mismos, para poder llenarse de la vida y del tesoro del manantial de Cristo! Vamos a pedirle al Señor que trasforme nuestro corazón y que lo haga semejante al suyo; y a la Virgen María, que interceda por nosotros, para que a imitación suya y por su intercesión, nuestro corazón sea cada día más parecido al corazón de Cristo. ¡Que así sea!

 

"CORPUS CHRISTI"

Patio del Palacio Episcopal, 17 Junio 2001

 

Lecturas: Gn 14, 18-20;

1 Co 11, 23-26;

Lc 9, 11-17

 

1. Nuestro Señor Jesucristo, en la última Cena, la noche que le traicionaban, instituyó el sacrificio eucarístico de su Cuerpo y Sangre: "Este es mi cuerpo que se entrega por vosotros (...). Este es el cáliz de mi sangre (...). Haced esto en memoria mía" (1 Co 11, 24-25). Con este sacramento iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y a confiar así a la Iglesia, su Esposa, el memorial de su muerte y resurrección: "sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad" (San Agustín, In Iohannis Evangelium tr.26, c.6, n.13). Este memorial es el banquete pascual, en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura (cf. Breviario Romano, en la fiesta del Santísimo Cuerpo de Cristo, antífona del "Magnificat" de II Vísperas) (cf. Sacrosanctum Concilium, 47). "Con estas palabras se exaltan conjuntamente el sacrificio y el sacramento, del que los fieles participan comiendo la carne de Cristo y bebiendo la sangre, recibiendo la gracia como anticipación de la vida eterna y medicina de inmortalidad, según las palabras del Señor: "El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día" (Jn 6, 54) (cf. Pablo VI, Doctrina y culto de la Eucaristía, Roma, 3.IX.1965).

 

2. Hay una íntima conexión entre la cruz y la eucaristía: "Son dos aspectos complementarios del mismo acontecimiento de salvación. Por un lado, Cristo asume el pecado humano en su carne. Por otro, ofrece su carne a los hombres. La celebración eucarística une necesariamente el sacrificio de Cristo y la oblación que la Iglesia hace de ella misma. La Iglesia viene incorporada de este modo a la oblación eterna que el Hijo hace de sí mismo al Padre y que es llevada a su perfección en el Espíritu Santo" (Pablo VI, Mysterium fidei, 685, Vaticano, 3.IX.1965).

 

3. La noche de su Pasión el Señor contracambia las injurias y los insultos en una donación de Sí mismo; a cada uno de nosotros que lo traicionamos, nos devuelve el sacramento del amor; a la ingratitud de los traidores, que somos nosotros, el traicionado, que es Jesucristo, devuelve benevolencia y perdón. La primera y última razón de la entrega de Jesucristo en la cruz es su gran amor a los hombres. Al igual que los restos del cordero pascual se quemaban (cf. Es 12, 10), el misterio de la eucaristía, en el que el Hijo de Dios se ha entregado completamente en comida a los hombres, no es solamente para ser contemplado sino para ser quemado en el fuego del amor, (cf. S. Carlos Borromeo, Homilía en el día del "Corpus Domini" en la celebración de la misa, 9 junio 1583).

 

4. Los presbíteros, en el sacrificio eucarístico, ocupan el lugar de Cristo, que se sacrificó a sí mismo para santificar a los hombres, y, por ende, son invitados a imitar lo que administran (cf. PO 13). Representando la persona de Cristo, y proclamando su Misterio, ofrecen en el sacrificio de la Misa, hasta la venida del Señor (cf. 1 Co 11, 26), el único Sacrificio del Nuevo Testamento, a saber, el de Cristo que se ofrece a sí mismo al Padre, como hostia inmaculada (cf. Hb 9,14-28) (cf. LG 28).

 

5. "A este sacrificio de acción de gracias, de propiciación, de impetración y de alabanza, los fieles participan con mayor plenitud, cuando no solamente ofrecen al Padre con todo el corazón, en unión con el sacerdote, la sagrada víctima y, en ella, a sí mismos, sino que reciben también la misma víctima en el sacramento" (Sagrada Congregación de Ritos, El culto del misterio eucarístico, 3e, Roma, 25.V.1967). "La Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo en todos" (SC 48). Todos los fieles, santificados por el Espíritu Santo, se ofrecen a sí mismos 'como hostia viva, santa, agradable a Dios' (Rm 12,1 ).

 

6. La vida espiritual del cristiano va más allá de la mera participación en la sagrada liturgia. El mismo Apóstol Pablo nos exhorta a llevar siempre la mortificación de Jesús en nuestro cuerpo, para que también su vida se manifieste en nuestra carne mortal (cf. 2 Co 4, 10-11). Por esta causa pedimos al Señor en el sacrificio de la Misa que, 'recibida la ofrenda de la víctima espiritual', haga de nosotros mismos una 'ofrenda eterna' para Sí" (SC 12). Los fieles cristianos laicos, realizando en el Espíritu sus obras, preces y proyectos apostólicos, la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso, incluso las molestias de la vida, se convierten en 'hostias espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo' (1 Pe 2,5), que en la celebración de la Eucaristía, con la oblación del cuerpo del Señor, ofrecen piadosísimamente al Padre. De este modo, siendo adoradores en todo lugar y obrando santamente, consagran a Dios el mundo mismo (cf. LG 34). Sacerdotes y demás fieles, pues, estamos invitados a ofrecernos en oblación con Cristo en su sacrificio eucarístico.

 

7. "Haced esto en memoria mía" (1 Co 11, 23), hemos oído en la carta de San Pablo a los Corintios. La noción bíblica de memorial se encuentra valorizada, especialmente en el contexto del 'misterio pascual' (Sacrosanctum Concilium, 4; Christus Dominus, 15). "Cada vez que celebramos este memorial del sacrificio del Señor se lleva a cabo la obra de la nuestra redención" (Domingo IX después de Pentecostés, oración sobre las ofrendas). La eucaristía, verdadero memorial del misterio pascual de Cristo, es capaz de mantener en nosotros la memoria de su amor. Ella es el secreto de la vigilancia de la Iglesia, ya que, sin la divina eficacia de este reclamo continuo y dulcísimo, sin la fuerza penetrante de esta mirada de su Esposo sobre ella, podría caer fácilmente en el olvido, en la insensibilidad, en la infidelidad. La eucaristía ha de ser celebrada para "recordar", como dice San Basilio, para "custodiar incesantemente el recuerdo de aquel que ha muerto y resucitado por nosotros" (Juan Pablo II, XVI Aniversario de la muerte de San Basilio, III, Roma, 2.I.1980).

 

8. "Cristo ha instituido la eucaristía, sacramento de su cuerpo y sangre culminante en la cruz y resurrección, como anámnesis de toda la acción reconciliadora de Dios en él. Cristo mismo, con todo lo que él ha realizado para nosotros y para toda la creación (en su encarnación, en el servicio, en el ministerio, en la enseñanza, en el sufrimiento, en el sacrificio, en la resurrección, ascensión y pentecostés) está presente en esta anámnesis, como también está presente la anticipación de la parusía y el cumplimiento del reino. La anámnesis en la que Cristo actúa a través de la gozosa celebración de su Iglesia incluye, pues, esta representación y anticipación. No se trata solamente de traer a la mente un acontecimiento transcurrido, o su significado. Es la eficaz proclamación, por parte de la Iglesia, de la acción potente de Dios. A través de esta comunión con Cristo, la Iglesia llega a ser partícipe de tal realidad" (Juan Pablo II, Misterio y culto de la Eucaristía, 8, Roma, 24.II.1980). La representación y la anticipación propias de la anámnesis se realizan en la acción de gracias y en la intercesión. Esto es lo que estamos celebrando, queridos hermanos, en esta eucaristía en la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

 

9. Al final de la Eucaristía vamos a ir procesionalmente hasta la Catedral. "Las procesiones del Santísimo Sacramento, que en esta solemnidad se celebran en todas las partes de la tierra, constituyen un signo elocuente de que el Señor Jesús, muerto y resucitado, continúa recorriendo las calles del mundo y de que con su itinerante presencia guía el camino de las generaciones cristianas, alimenta la fe, la esperanza y el amor, conforta en las pruebas, sostiene en el compromiso a favor de la justicia y la paz. En todos los sitios, Cristo difunde el mismo mensaje: 'Amaos los unos a los otros como yo os he amado' (Jn 13, 34). Y en la Eucaristía se ofrece a sí mismo como fuerza espiritual para traducir en la práctica este mandamiento suyo y construir la civilización del amor". (Juan Pablo II, Homilía en la Misa del "Corpus Christi", Roma 1998). Participemos ahora de este sagrado banquete, de este sacrificio de Cristo, memorial de su muerte y resurrección, para hacer posible entre los hombres la civilización del amor. Tomemos como alimento de nuestra peregrinación en esta vida el "pan vivo bajado del cielo" (Jn 6, 41). Agradezcamos al Señor el memorial que nos ha dejado como prenda de inmortalidad. Amén.

 

JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE

(Villarejo de Salvanés, 7 Junio 2001)

 

Lecturas: Hb 10, 12-23;

Lc 22, 14-20

 

1. "Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio" (Hb 10,12), como nos ha dicho la carta a los Hebreos. Los sacerdotes de la antigua alianza actuaban "día tras día, oficiando y ofreciendo reiteradamente los mismos sacrificios, que nunca pueden borrar pecados. Él, por el contrario, habiendo ofrecido por los pecados un solo sacrificio, se sentó a la diestra de Dios para siempre" (Hb 10, 11-12). Los valores del AT no cobran todo su sentido sino en Jesús que los cumple superándolos. Esta ley general de la revelación se aplica por excelencia en el caso del sacerdocio. La carta a los Hebreos presenta el valor y la novedad del sacerdocio de Cristo, respecto al sacerdocio del AT.

 

2. Jesús no se atribuyó a sí mismo ni una sola vez el título de "sacerdote", porque este título designaba en su ambiente una función definida, reservada a los miembros de la tribu de Leví. Jesús sabe que su tarea es muy diferente a la de ellos y, sin embargo, para definir su misión utiliza términos sacerdotales, aunque de manera implícita y figurada. Un ejemplo claro es cuando Jesús habla de su "muerte". Para sus enemigos es ésta el castigo de una "blasfemia"; para sus discípulos, un fracaso escandaloso; para él es un "sacrificio". Jesús mismo así lo describe con las figuras del AT: Unas veces la compara con el sacrificio expiatorio del "Siervo de Dios" (Mc 10,45; 14,24; cf. Is 53), otras con el sacrificio de "alianza" de Moisés al pie del Sinaí (Mc 14,24; cf. Éx 24,8). La sangre, que él derrama en el tiempo de la pascua, evoca la del cordero pascual (Mc 14,24; cf. Éx 12,7. 13.22s). Esta muerte que se le inflige, la acepta libremente; nadie le arrebata la vida, sino que la da voluntariamente (cf. Jn 10, 17-18), ofreciéndose como víctima para la expiación de los pecados y la instauración de la nueva Alianza. Cristo es el sacerdote de su propio sacrificio.

 

3. Los escritos del NT presentan la muerte de Jesús como el sacrificio del Siervo (cf. Hch 3,13.26; 4,27.30; 1 Pe 2,22ss), del cordero (cf. 1 Pe 1,19); evocan su sangre (1 Pe 1,2.19; 1 Jn 1,7), pero no le llaman "sacerdote". Sólo la carta a los Hebreos habla explícitamente del sacerdocio de Cristo. Presenta la "cruz" como el holocausto de la expiación (cf. Hb 9,1-14; Rm 3, 24s), el sacrifico de la alianza (cf. Hb 9,18-24), la inmolación del Siervo (cf. Hb 9,28), pero concentra su atención en el papel personal de Cristo en la ofrenda de este sacrificio y proclama la perfección inmutable del sacerdote definitivo (Hb 7,20-25). Jesús es el sacerdote santo, el único (cf. Hb 7,26ss), que pone fin al s