![]() |
![]() |
Plaza de Palacio, 1 bis |
![]() |
|
Obispo Diócesis Seminario Parroquias Delegaciones Enlaces Catedral-Magistral |
|||
![]() |
Mons. Jesús Catalá Ibáñez CARTAS PASTORALES |
|||||
|
Obispo de Alcalá de Henares
"EL DÉCIMO ANIVERSARIO"
CARTA PASTORAL CON MOTIVO DEL DÉCIMO ANIVERSARIO
DE LA DIÓCESIS COMPLUTENSE
I. LA DIÓCESIS DE ALCALÁ EN SU DÉCIMO ANIVERSARIO
1. Datos históricos de la diócesis Complutense.
2. Reto pastoral de la iglesia particular de Alcalá
3. Objetivo de la presente carta pastoral
II. LA SITUACIÓN ACTUAL: MENTALIDAD SECULARISTA
1. El secularismo: la «muerte de Dios» y la quiebra del hombre
2. Fenómenos de secularización dentro de la Iglesia
III. LA LLAMADA A LA «NUEVA EVANGELIZACIÓN»1. Necesidad del discernimiento evangélico
2. Un canto a la dignidad de hombre
3. Suscitar en el hombre la experiencia de Dios
4. El anuncio de la Buena Nueva
6. Sentido eclesial y constitución de comunidades cristianas maduras
7. Prudencia en la tarea pastoral
1. El décimo aniversario de la re-instauración de la diócesis Complutense es una ocasión propicia para dar gracias a Dios por los dones recibidos a lo largo de estos diez años. No cabe duda de que la división de la antigua archidiócesis de Madrid-Alcalá en las actuales diócesis de Madrid, Getafe y Alcalá de Henares ha sido una bendición de Dios para todos los fieles que a ellas pertenecen. La mayor cercanía de los Pastores hacia la grey encomendada ha hecho posible un mejor conocimiento mutuo, a ejemplo del Buen Pastor: «Conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí» (Jn 10,14), redundando en bien de todos.
2. Durante estos diez años, Dios, rico en misericordia, ha estado grande con la iglesia que peregrina en Alcalá de Henares, concediéndole abundantes dones espirituales y materiales en orden a su implantación y edificación. Por los muchos beneficios que a lo largo de este decenio hemos recibido de Él, elevemos nuestro espíritu en alabanza y agradecimiento: «Te doy gracias, Señor, de todo corazón, proclamando todas tus maravillas; me alegro y exulto contigo y toco en honor de tu nombre, oh Altísimo» (Sal 9,2-3).
3. La gracia de Dios ha bendecido y hecho fecundo el esfuerzo de una multitud de hombres y mujeres que, durante estos diez años de misión eclesial, han sido solícitos a la llamada del Señor Jesús a trabajar en su viña (cf. Mt 20,1-2). Unos han plantado, otros han regado, otros han cosechado, pero es Jesucristo a través de su Espíritu quien nos fundamenta, nos une y nos hace crecer como Iglesia en camino hacia el Padre. Doy gracias a Dios por todos vosotros, laicos, religiosos, diáconos y sacerdotes, que os esforzáis, cada uno según vuestra específica vocación y misión, por hacer presente a Jesucristo en medio del mundo. Él dará a cada uno la recompensa según vuestro trabajo (cf. 1 Co 3,6-9).
4. El décimo aniversario de nuestra diócesis es también estímulo para escuchar con atención y humildad lo que el Señor pide a la Iglesia que peregrina en Alcalá de Henares, en este inicio del tercer milenio, «lo que dice el Espíritu a las iglesias» (Ap 2,7). En esta ocasión el Señor despierta nuestro oído «para escuchar como los discípulos» (Is 50,4), nos abre la inteligencia para conocer mejor su voluntad y nos ensancha el corazón para aceptar con alegría lo que Él mismo nos pide, empeñándonos en llevar a la práctica su voluntad.
Este momento de nuestra historia es un tiempo favorable de salvación (cf. 2 Co 6,2), un «kairós», que Dios nos concede, para reconocer los signos de los tiempos; para dar una respuesta adecuada, desde la fe, a los retos de la nueva evangelización; y para realizar nuestra tarea pastoral con mayor empeño, confiados en la palabra del Señor que nos dice: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura» (Mt 6,33).
5. Con mirada retrospectiva a los diez primeros años de la diócesis de Alcalá de Henares, contemplamos gozosos las obras grandes que Dios ha realizado en y por Ella. Desde esa rica herencia de gracia, llenos de esperanza en Jesucristo y con plena confianza en la acción del Espíritu Santo, tenemos que abrirnos al futuro con realismo y entusiasmo, poniendo todas nuestras capacidades y fuerzas eclesiales al servicio de la nueva evangelización que el tiempo presente requiere y de la que el mundo y el hombre contemporáneos tienen una gran necesidad .
6. Es una feliz concurrencia que este Aniversario coincida con el XXV aniversario de la Ordenación sacerdotal del Obispo Complutense. Contemplando también gozosos las maravillas que el Señor ha querido realizar a través de mi ministerio sacerdotal durante estos veinticinco años, os invito a darle gracias de corazón. Quisiera recordar mi diócesis originaria de Valencia, con sus comunidades cristianas donde ejercí de párroco y los sectores pastorales en los que colaboré; también los años en Roma, al servicio de la Santa Sede, en la Secretaría general del Sínodo de los Obispos. Pido vuestras oraciones para que, con vosotros, me entregue totalmente al servicio de la Iglesia en el presente y me abra al futuro con alegría y entusiasmo.
7. Siguiendo la invitación del Papa Juan Pablo II, hemos de proyectar el futuro de nuestra iglesia particular, tras haber celebrado gozosamente el Gran Jubileo, y mirar hacia delante. Como él mismo nos dice: «Es preciso ahora aprovechar el tesoro de gracia recibida, traduciéndola en fervientes propósitos y en líneas de acción concretas. Es una tarea a la cual deseo invitar a todas las iglesias locales (...). Es especialmente en la realidad concreta de cada iglesia donde el misterio del único Pueblo de Dios asume aquella especial configuración que lo hace adecuado a todos los contextos y culturas». De este modo nuestra iglesia particular de Alcalá llevará a cabo el «movimiento de la Encarnación» en el actual tiempo que le toca vivir, renovando su compromiso pastoral y su empeño misionero.
I. LA DIÓCESIS DE ALCALÁ EN SU DÉCIMO ANIVERSARIO
1. Datos históricos de la diócesis Complutense
8. La nueva diócesis de Alcalá de Henares entronca con una larga historia, que se inició a comienzos del siglo V con el Obispo visigodo de Toledo, Don Asturio, quien, encontrando en Complutum las reliquias de los Santos Niños Justo y Pastor, martirizados un siglo antes, ordena edificar allí un templo y establece su Sede episcopal. Permanece como diócesis hasta finales del siglo XI, cuando, tras la reconquista de esta zona en torno a 1099 y por Bula del Papa Urbano II, la diócesis Complutense es agregada a Toledo.
9. El templo de los Santos Niños Justo y Pastor fue construido en 1136 por el Arzobispo Don Raimundo y elevado a rango de Colegiata durante el mandato de Don Alonso Carrillo de Acuña, por bula de Sixto IV en 1479. El Cardenal Cisneros lo reedifica a finales del siglo XV y consigue que el Papa León X le otorgue en 1519 el título de «Magistral», sólo ostentado anteriormente por el templo de San Pedro de Lovaina.
Los cardenales toledanos construyen también en la villa de Alcalá de Henares un Palacio Arzobispal ya a comienzos del siglo XII, que irá sufriendo ampliaciones durante los siglos siguientes bajo la dirección de grandes arzobispos como Pedro Tenorio (s. XIV), Alfonso Carrillo de Acuña (s. XV), Francisco Ximénez de Cisneros (s. XV-XVI), Fonseca (s. XVI), Lorenzana (s. XVII). El Cardenal Cisneros funda la Universidad Complutense como gran centro cultural, cuyo Canciller sería el Abad de la Iglesia Magistral y donde se publicaría la famosa Biblia Políglota. Tras varios siglos de gran actividad la Universidad va decayendo hasta que a mediados del siglo XIX es trasladada a la villa de Madrid.
10. En el último tercio del siglo XIX el Papa León XIII, mediante la Bula Romani Pontifices Praedecessores, del 7 de marzo de 1885, crea la diócesis de Madrid-Alcalá, haciendo coincidir su territorio con la provincia de Madrid, recién instituida; se mantiene el título de Alcalá recuperando así la antigua diócesis romano-visigótica de «Complutum». Esta nueva diócesis se mantendrá sufragánea del Arzobispado de Toledo hasta 1964, en que es elevada a Arzobispado dependiendo directamente del Vaticano.
11. El 23 de julio de 1991, siendo Arzobispo de Madrid-Alcalá el Cardenal Don Ángel Suquía, después de realizar un estudio de viabilidad para la creación de dos nuevas diócesis ante el gran aumento de la población, la Santa Sede, mediante la Bula del Papa Juan Pablo II In hac beati Petri Cathedra, restablece el obispado de Alcalá de Henares, al que se le asignan los pueblos del Este de la Comunidad Autónoma de Madrid y la sede de la iglesia Magistral, elevándola a rango de Catedral. Nace en ese momento una nueva Provincia Eclesiástica, formada por la archidiócesis de Madrid, la recién creada diócesis de Getafe al sur de la Comunidad Autónoma y la restaurada diócesis de Alcalá, que mantiene su título original latino de «Complutum».
2. Reto pastoral de la iglesia particular de Alcalá
12. Nuestra joven iglesia de Alcalá, desde Cristo y en Cristo, «Camino, Verdad y Vida» (Jn 14,6), tiene la misión de acompañar a quienes forman parte de ella. El hombre concreto en su realidad singular y social «es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión, él es el camino primero y fundamental de la Iglesia, camino trazado por Cristo mismo, vía que inmutablemente conduce a través del misterio de la Encarnación y de la Redención».
Recorrer el camino del hombre contemporáneo, como elemento fundamental e imprescindible de la misión pastoral y evangelizadora de la Iglesia, exige de nosotros un conocimiento de la «situación» en la que el hombre se encuentra; es decir, requiere la comprensión del hombre actual a la luz del misterio de Cristo, que se ha unido en cierto modo, con su encarnación, con todo hombre, y «en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación».
13. A partir de este entendimiento evangélico del hombre al que somos enviados a evangelizar y pastorear, es necesario configurar y desplegar un programa que formule orientaciones pastorales adecuadas a las condiciones de nuestra iglesia local, y que a la vez sean significativas para el anuncio actual del Evangelio en el contexto social y humano de nuestros contemporáneos.
Como sabiamente nos recuerda el Papa Juan Pablo II: «No se trata, pues, de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en Él la vida trinitaria y transformar con Él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste. Es un programa que no cambia al variar los tiempos y las culturas, aunque tiene cuenta del tiempo y de la cultura para un verdadero diálogo y una comunicación eficaz».
14. La peculiar y específica situación del hombre y de la sociedad contemporánea exige una novedad en la misión evangelizadora: «un nuevo ardor, nuevos métodos y una nueva expresión para el anuncio y el testimonio del Evangelio». Esta nueva evangelización tiene como presupuesto y elemento necesario la renovación de la fe, de la vida y la actividad de la Iglesia y de los cristianos. De ahí, la afirmación categórica del Santo Padre: «es, pues, el momento de que cada iglesia, reflexionando sobre lo que el Espíritu ha dicho al Pueblo de Dios (...) en el período (...) de tiempo que va desde el Concilio Vaticano II al Gran Jubileo, analice su fervor y recupere un nuevo impulso para su compromiso espiritual y pastoral».
15. Llamados a la nueva evangelización por el Espíritu Santo que vivifica y rejuvenece constantemente a la Iglesia, todos los que formamos parte de la iglesia que peregrina en Alcalá de Henares, laicos, diáconos, religiosos y sacerdotes, debemos abrir la mente y el corazón a esta tarea que el Espíritu suscita en este momento de la historia para la edificación de la Iglesia y la humanización del mundo. Como dice el Concilio Vaticano II: «El Evangelio (...) es en todo tiempo el principio de toda vida para la Iglesia».
Nuestra iglesia particular tiene que interrogarse «sobre su renovación para asumir con nuevo ímpetu su misión evangelizadora». Este cometido es tanto personal como comunitario. Cada cristiano debe convertirse más profundamente al Evangelio de Cristo, a fin de ser verdaderamente «sal» y «luz» del mundo (cf. Mt 5,13); toda nuestra iglesia particular está llamada a conformarse cada vez más a la Iglesia de Cristo, que es una, santa, católica y apostólica, en orden a realizar fielmente su ser sacramento de salvación y comunión. «Renovarnos de tal manera que aparezca a todo el mundo la faz amable de Jesucristo que brilla en nuestros corazones «para resplandor de la claridad de Dios» (2 Co 4,6)».
16. Nuestra diócesis tiene planteados unos retos y problemas, a los que tiene que dar respuesta adecuada, si quiere servir al hombre concreto. Desde el punto de vista socio-económico nuestra zona tiene importantes desafíos: gran afluencia migratoria procedente de muchos lugares de España y de algunos países extranjeros; precariedad laboral y paro; falta de inserción social de muchos inmigrantes; altos índices de delincuencia; problemas de vivienda; desarticulación de la familia; y otras formas de pobreza cultural y humana.
17. Desde la vertiente religiosa se dan una serie de fenómenos: desarraigo de la comunidad cristiana de origen; dificultad de encontrar una nueva comunidad cristiana que satisfaga sus hábitos y exigencias religiosas, que no siempre corresponden a una auténtica vivencia cristiana; necesidad de crear nuevas parroquias; pertenencia de un porcentaje de la población a otros grupos religiosos no-cristianos; fomento de una religiosidad popular alejada o independiente de la Iglesia; falta de una fe madura, o pérdida y debilitamiento de la misma; dificultades en el diálogo ecuménico e interreligioso.
Sigue siendo tarea ineludible y necesaria educar y hacer crecer en la fe a quienes forman parte de nuestras comunidades cristianas y anunciar valientemente el Evangelio a quien todavía no lo conoce. A esto se añade la urgencia de restaurar el patrimonio histórico y cultural de nuestra diócesis.
18. La nueva evangelización es la misión que la Iglesia recibe del Señor en el alborear del tercer milenio de la era cristiana. Como Pastor de la iglesia Complutense, en cumplimiento del ministerio que he recibido del Espíritu y de la Iglesia, tengo el deber de ponerme a la cabeza en la realización de esa misión y de exhortar pastoralmente a todos los cristianos a comprometerse creativamente en ella, cada uno según su vocación y su estado dentro de la Iglesia. Éste es el motivo principal de la presente Carta pastoral.
Os animo a todos a asumir, con alegría y valor, los duros trabajos del Evangelio, como Pablo exhortaba a Timoteo: «No te avergüences, pues, ni del testimonio que has de dar de nuestro Señor, ni de mí, su prisionero; sino, al contrario, soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio, ayudado por la fuerza de Dios» (2 Tim 1,8).
Dóciles al Espíritu Santo, que nos vigoriza con sus dones y nos llama a una nueva evangelización, podremos afrontar con nuevo entusiasmo e ímpetu la misión de engendrar y confirmar a los hombres de nuestro tiempo en la fe en Jesucristo, según las necesidades del mundo actual. De este modo, nuestra iglesia diocesana podrá vivir una «nueva primavera de vida cristiana» .
3. Objetivo de la presente carta pastoral
19. La división de la archidiócesis de Madrid-Alcalá, aunque suscitó ciertas dudas y reticencias, despertó nuevas expectativas, cuando se llevó a cabo. A lo largo de estos años se ha constatado que ha sido un bien para las comunidades cristianas, que forman las dos nuevas diócesis.
El primer Obispo de la restaurada diócesis de Alcalá, Mons. Manuel Ureña Pastor, creó las infraestructuras pertinentes, sobre las que se asentara y levantara el edificio diocesano, promovió con denuedo las instituciones eclesiales y animó con gran espíritu las tareas pastorales iniciales: se crearon diversos consejos, delegaciones y otros entes necesarios para la marcha de la diócesis, entre ellos el Seminario; se acometieron varias iniciativas de cara a la vida espiritual y apostólica de los sacerdotes; se puso en marcha un plan pastoral diocesano; se rehabilitaron muchos templos e inmuebles de valor histórico y cultural, que forman parte de nuestro patrimonio; se crearon nuevas parroquias y construyeron nuevos templos parroquiales en zonas de gran crecimiento demográfico.
20. Por otra parte, se constatan en general algunos síntomas que dejan traslucir un cierto cansancio, motivado por la resistencia del «mundo» al mensaje evangélico (cf. Jn 1,10-11); por la fatiga de la ardua tarea de la evangelización (cf. 2 Tim 1,8); por la actitud de muchos cristianos, que sólo desean «recibir sacramentos» descartando un serio camino de fe; por no ver cumplida la deseada participación de los laicos en la vida de las comunidades cristianas; por no compartir unos mismos criterios pastorales; por la dificultad de vivir un auténtico espíritu fraternal, incluso entre los presbíteros; y por una larga serie de motivaciones, externas e internas a la vida eclesial.
21. Habiendo vivido con gozo la celebración Jubilar del Año 2000 y tomando conciencia de que la Iglesia está llamada a guiar a la humanidad del nuevo milenio hacia Cristo, Luz y Vida de todo hombre, (cf. Jn 1,4), deseamos, siguiendo la invitación que nos hace el Santo Padre, Juan Pablo II, en su carta encíclica Novo millennio ineunte, recuperar un nuevo impulso para nuestro compromiso espiritual y pastoral. Somos conscientes de que nos encontramos en un momento crucial de la historia humana y en un momento significativo de nuestra historia eclesial.
Con esta carta pastoral, quisiera, en primer lugar, invitar a los fieles cristianos de nuestra diócesis a dar gracias a Dios por el don que ha supuesto la restauración de la diócesis, y agradecer al mismo tiempo a cada uno de los fieles todos los esfuerzos realizados; analizar la mentalidad actual y discernir con realismo, desde la claridad del Evangelio, las sombras de nuestra sociedad y de nuestra vivencia del cristianismo; mostrar la urgencia de una nueva evangelización, como tarea pastoral en la diócesis; y animar, finalmente, a todos a tomar parte activa y responsable en esta tarea eclesial.
II. LA «SITUACIÓN ACTUAL»: MENTALIDAD SECULARISTA
22. A la luz del Evangelio, nuestra mirada se dirige tanto hacia la civilización de nuestros días como hacia la realidad eclesial contemporánea; en ambas encontramos muchos aspectos positivos y grandes logros. Pero no podemos sobrevolar las dificultades y los problemas externos e internos que la «situación actual» pone a la misión salvífica de la Iglesia: éste es el objetivo de nuestra reflexión. Hemos de analizar con realismo la situación y la mentalidad del hombre actual, para conocerlo mejor y poder ofrecerle, como creyentes, lo que necesita, y no sólo lo que él pide a la Iglesia.
Todo hombre vive en una determinada cultura y «cada persona está marcada por la cultura que respira a través de la familia y los grupos humanos en los que entra en contacto». Es necesaria, pues, una visión real de los «nuevos desafíos» y «retos pastorales», que la situación actual presenta a la Iglesia. Visto con los ojos de la fe, el presente estado de las cosas no será para nosotros motivo de desánimo y desesperanza, sino una llamada imperiosa de Dios a renovar nuestra confianza en su intervención salvífica dentro de la historia y a consagrar nuestros esfuerzos a la nueva evangelización.
1. El secularismo: la «muerte de Dios» y la quiebra del hombre
El secularismo inmanentista
23. Ciertamente, vivimos en un contexto cultural que está modelado en gran parte por principios y valores cristianos. Sin embargo, en nuestra civilización se está introduciendo con gran celeridad y fuerza, sobre todo entre las generaciones jóvenes, el secularismo, que lleva a la deshumanización. En efecto, el secularismo es la enfermedad que hiere mortalmente el espíritu del hombre contemporáneo, tanto a nivel personal como social.
El hombre es un ser finito y relativo, porque dice relación a un origen y a un fin, pero en cuanto ser espiritual, está abierto a lo infinito, a lo absoluto. Por su naturaleza espiritual, el ser humano se transciende a sí mismo, va más allá de sí y levanta el vuelo en busca de Aquel que es principio y fin de todas las cosas, Dios.
Violentando esta verdad metafísica del hombre, el secularismo corta las alas del espíritu humano y repliega al hombre sobre las realidades finitas, encerrando a la persona humana en el mundo (inmanentismo) y afirmando la dimensión horizontal de su ser como la única dimensión existente en ella.
Esta manifestación del secularismo, que niega la trascendencia y curva totalmente al hombre a la inmanencia del mundo, es la causa más honda de la crisis espiritual y humana de nuestra sociedad, porque al pretender construir una humanidad sin Dios, termina por destruir al hombre. A continuación presentamos, de manera más concreta y con finalidad pedagógica, algunos aspectos del secularismo inmanentista: todos ellos son expresión de la «muerte de Dios» y de la quiebra del hombre.
El nihilismo
24. El alejamiento y el abandono de Dios por parte del hombre implica necesariamente para éste la pérdida del horizonte absoluto de sentido. Dentro del secularismo, la existencia y la vida humana quedan sin significado último y definitivo. La búsqueda de sentido se convierte para el hombre secularizado en un laberinto sin salida, en algo angustioso y trágico.
Esta «nueva humanidad sin Dios» está entregada a la nada y a la negación, al vacío y a la vaciedad. El nihilismo (nihil = nada) se cierne sobre la vida del hombre y de la sociedad. Secularismo y nihilismo se dan la mano y caminan juntos. La raíz profunda de la cultura de la muerte, cultura que penetra trágicamente nuestra civilización occidental, la encontramos justamente en la ideología nihilista.
Cuando la vida humana está atravesada por la vacuidad y lo vano, sin más destino que la nada y el vacío, el hombre no es más que un «serparalamuerte». Por un lado, la fatalidad nihilista cierra en el hombre todo futuro y toda esperanza; por tanto, la creación de historia ya no es posible para el espíritu humano.
25. Por otro lado, el «sinsentido del noser» postra en la irracionalidad las preguntas fundamentales de la existencia humana: quién soy yo, qué puedo conocer, qué tengo que hacer y qué debo esperar; por tanto, el pensamiento humano queda encadenado al irracionalismo. Una vida humana ahistórica e irracional, sin centro, sin futuro y sin significado, no puede llevar sino a un profundo y radical pesimismo: a la desesperación.
El mundo nihilista es melancólico, amargo, frustrante y angustioso. En él, la existencia humana no puede ser vivida mas que como culto a lo inmediato y a lo efímero, en una huida hacia adelante y en una dispersión hacia las cosas. Dentro del nihilismo no hay «hogar» para el hombre, porque «ningún hombre puede permanecer en la tristeza».
El subjetivismo relativista
26. Al encerrar al hombre dentro de los límites propios y del mundo, en una tendencia marcada a negar su dimensión vertical en favor de la mera horizontalidad de vida, el secularismo se precipita inexorablemente en el subjetivismo y en el materialismo.
En nuestros conciudadanos y en la sociedad actual, impera cada vez más una concepción subjetivista de la realidad, que lleva necesariamente al relativismo, tanto en el ámbito del conocimiento, o sea, respecto a la verdad, como en el ámbito del comportamiento, es decir, respecto al bien. «Domina la persuasión de que no hay verdades absolutas, de que toda verdad es contingente y revisable y de que toda certeza es síntoma de inmadurez y dogmatismo. De esta persuasión fácilmente puede deducirse que tampoco hay valores que merezcan adhesión incondicional y permanente».
Se considera que no existen bienes con carácter absoluto y universal, que los «valores» dependen «de la libre voluntad de cada uno, de las construcciones culturales, de la opinión de la mayoría y, en último término, de la evolución de las situaciones históricas». El sentido de la verdad y el sentido de lo ético quedan eclipsados.
27. Justo en la idea de hombre como ser absoluto está la base de este subjetivismo relativista. Esta idea antropológica está intrínsecamente vinculada a la afirmación de la «muerte de Dios». Muerto el ser absoluto Dios en la conciencia del hombre, éste se pone a sí mismo en el lugar de Dios. El hombre se cree autor y señor absoluto de sí; se concibe como la medida de todas las cosas; y se autodetermina sólo desde sí mismo, sin que exista nada a lo que tenga que asentir al determinar su realidad. El secularismo crea un hombre «enteramente lleno de sí, (...) que no sólo se pone como centro de todo su interés, sino que se atreve a llamarse principio y razón de toda realidad»
La pretensión de una libertad autónoma
28. Por tanto, este «superhombre» del secularismo, con el que tantas personas se identifican hoy en día, está caracterizado por la pretensión de una libertad totalmente autónoma, que no depende más que de sí misma, desligada de la verdad y del bien. Desde esta perspectiva se piensa normalmente que uno tiene derecho a todo. En el fondo, se trata de una libertad humana encadenada, contrahecha y sin norte, porque se niega y se bloquea la esencial apertura de la libertad humana hacia la trascendencia.
En la instrucción pastoral sobre la familia, que los obispos españoles hemos publicado recientemente, exponemos las consecuencias de una libertad mal entendida: «Los únicos límites que se descubren para la libertad vienen de la presencia de otras personas también libres. La relación entre personas se enmarca así en un conflicto de libertades y límites. Todo es posible con tal de no violentar la libertad ajena. Pero, ¡qué drama se esconde tras esta concepción de la libertad! Cuando la libertad se percibe y se define sólo a través de meros contenidos extrínsecos y negativos, la persona llega a vivir entregada a las emociones y acaba esclava de sus propias apetencias superficiales. Esta concepción produce un profundo conflicto entre las diversas dimensiones de la persona: racional, afectiva e instintiva».
La libertad humana queda reducida así a la facultad de una mera elección entre cosas indiferentes, que no conduce al hombre por el camino de su verdadera autorrealización. En el secularismo, el motor último de la libertad humana es la «voluntad de poder»; es decir, la potestad de dominio sobre el mundo y sobre los demás.
El «pensamiento débil»
29. Junto a esta libertad fuerte, «todopoderosa», el «superhombre», nacido del secularismo, se considera, paradójicamente, frágil en su capacidad cognoscitiva. El «pensamiento débil» renuncia a la posibilidad de conocer la verdad y el bien; es más, en un hondo escepticismo, llega a negar la existencia misma de la verdad y el bien. Para el «pensamiento débil» no es posible la intelección, es decir, el leer lo profundo de los objetos de conocimiento; por eso, la ideología secularista reduce «la realidad a pura inmanencia, que agota su verdad y sentido en el juego de las apariencias».
30. En este mundo de los meros fenómenos, de las apariencias sin profundidad, «la inteligencia deja de interesarse por la cuestión del sentido para centrarse en una razón instrumental, que sólo resuelve problemas inmediatos por medio del cálculo y la experimentación, pero que permanece cerrada al misterio del hombre, por lo que es incapaz de descubrir el valor personal y la belleza de lo humano».
El «superhombre» queda instalado en un mundo de espejismos y de simples opiniones, donde sólo se le ofrecen «la mera positividad de lo dado, la realidad ineludible de lo mensurable y cuantificable como único horizonte razonable en ultimidad, la incertidumbre como indicador de lucidez».
En este mundo de la pura facticidad, reina la racionalidad positivista e instrumental del cientificismo, que ahoga lo propiamente humano, pues siendo incapaz de ir más allá de los fenómenos y, por tanto, de comprender la dignidad de toda persona humana, subordina el hombre al desarrollo de la técnica y de la ciencia, desembocando en lo irracional.
La concepción materialista
31. Junto y en relación a esta concepción subjetivista, la «muerte de Dios» extiende también con fuerza la interpretación materialista de la vida personal y social. En efecto, son numerosos los hombres y mujeres de hoy que sólo tienen como horizonte de sus vidas la prosperidad material, que se encuentran sumergidos en las aguas del consumismo y que viven polarizados en el disfrute de bienes materiales.
El materialismo de la actual civilización nihilista somete al hombre a la ley de la productividad y del consumo. Producir y consumir constituyen inseparablemente la norma y la función absolutas de la existencia humana, a las cuales se tiene que plegar todo lo demás. Más aún, en este mundo materialista, el hombre es considerado casi exclusivamente como un productorconsumidor. La identidad del hombre tiene como contenido el ser un sujeto que produce y consume. El dinero y su lógica de poder se convierten en el fundamento de la vida privada y social de los hombres.
El «progreso», concebido reductivamente como desarrollo económico, científico, técnico y del bienestar, es elevado a fin último de la humanidad, subordinando y sacrificando todo incluso al propio hombre a su creciente consecución.
La mentalidad pragmática
32. Nos encontramos ante «una civilización materialística, la cual no obstante declaraciones "humanísticas" acepta la primacía de las cosas sobre la persona». El materialismo secularista y nihilista contemporáneo lleva unido una fuerte mentalidad pragmática. En la cultura de la muerte, el utilitarismo se convierte en la lógica de toda acción personal y social. El interés y la conveniencia son la razón de las relaciones humanas, de los programas políticos y económicos, de las planificaciones sociales y estatales.
En el pragmatismo «el fin justifica los medios»: lo buscado valida y hace bueno cualquier forma o sistema que conduzca a su logro y consecución. ¿No tenemos en el terrorismo que nos azota la expresión más brutal y trágica de ese principio? Cuando el pragmatismo materialista impera en la vida de las personas, entonces «la "preocupación" exclusiva por el tener suplanta la primacía del ser, con la consecuencia de interpretar y de vivir los valores personales e interpersonales no según la lógica del don y de la gratuidad, sino según la de la posesión egoísta y de la instrumentalización del otro».
La ideología secularista y los medios de comunicación social
33. En nuestros días, la ideología secularista ha encontrado un fuerte aliado en los medios de comunicación social. La mayoría de los medios de comunicación social se rige en su actividad por dos criterios supremos: la búsqueda de beneficios económicos y la ampliación de su poder fáctico.
El binomio secularismo / massmedia crea un sistema cerrado, que exige que todo se pliegue a él. En ese sistema, los modelos de conducta que él crea, carentes de valores humanos objetivos, las necesidades que suscita, orientadas a promover un mayor consumismo, y la visión ideológica del hombre que propaga, es decir, un hombre sin trascendencia y con pretendida autonomía, son exaltados como lo socialmente aceptado y mayoritariamente establecido.
Todo foco de resistencia y crítica a tal sistema es atacado sistemática y públicamente en orden a su aniquilamiento, siendo tachado de antidemocrático, antisocial y fundamentalista.
34. La cultura secularista tiende a convertir los massmedia en la única instancia intermedia entre ella y los hombres, de modo que no haya acceso a ningún elemento crítico con el sistema, y se sirven de ellos como instrumentos para la ideologización global de la sociedad.
Los medios de comunicación social difunden el secularismo y el nihilismo como los salvadores del hombre, de su verdad y su libertad, porque, en cuanto desestructuran a la persona humana y destruyen toda otra instancia mediática, como la familia o la Iglesia, tienen a los hombres y a la sociedad en sus manos y los utilizan para lograr sus objetivos.
La verdad del Evangelio, la vida de fe cristiana y los verdaderos valores del hombre son sofocados constantemente por los mensajes más difundidos y persuasivos de los medios de comunicación social. Hemos de ser conscientes, en nuestra tarea evangelizadora, de esta situación social.
La «muerte de Dios»
35. La ideología secularista parte de la afirmación de la «muerte de Dios» en la conciencia de los hombres y de la sociedad y, consecuentemente, de la proclamación de un mundo y una historia «sin Dios». Tanto en su forma atea como agnóstica, el secularismo exige enterrar el «cadáver de Dios», esto es, borrar la religión cristiana de la sociedad, como acción necesaria para liberar al hombre de la alienación y conducirlo a su realización más plena.
El secularismo es beligerante con el cristianismo. El Papa Juan Pablo II expresa magistralmente la tendencia del mundo a combatir y anular el misterio de la Redención: «¡La Cruz! La corriente anticristiana pretende anular su valor, vaciarla de su significado, negando que el hombre encuentre en ella las raíces de su nueva vida; pensando que la Cruz no pueda abrir ni perspectivas ni esperanzas: el hombre, se dice, es sólo un ser terrenal que debe vivir como si Dios no existiese».
36. El secularismo, que concibe a Dios y al cristianismo como enemigos del hombre, y pretende su «anulación» en la conciencia individual y social, ha transformado al hombre en antagonista de sí mismo, en un poder autodestructor.
En el fondo de toda esta pretensión secularista subyace una idea del Dios cristiano «como enemigo del hombre, como fuente de peligro y de amenaza para el hombre», pues se le ve como una limitación para la propia libertad y para el despliegue de su personalidad.
La descristianización secularista, promovida en orden a la consecución de un mundo totalmente libre y de ilimitado bienestar, deja al hombre y a la sociedad entregados a la negación propia, al vacío y la nada.
El Papa Juan Pablo II les recordaba a los jóvenes, con ocasión del Año Internacional de la Juventud: «Sin Él sin la referencia a Dios todo el mundo de los valores creados queda como suspendido en un vacío absoluto, pierde su transparencia y expresividad. El mal se presenta como bien y el bien es descartado». El secularismo es la derrota mortal de lo humano.
37. La «muerte de Dios» en la conciencia del hombre lleva unida inexorablemente la pérdida del sentido del pecado. El Catecismo de la Iglesia Católica pone claramente en relación el sentido del pecado y el sentido de Dios: «Para intentar comprender lo que es el pecado, es preciso en primer lugar reconocer el vínculo profundo del hombre con Dios, porque fuera de esta relación, el mal del pecado no es desenmascarado en su verdadera identidad de rechazo y oposición a Dios, aunque continúe pesando sobre la vida del hombre y de la historia».
Cuando se pierde la conciencia de pecado, el hombre queda encerrado en las «obras muertas»: en el pecado; pues la falta de sentido de la ofensa cometida contra Dios incapacita al hombre para la conversión, que implica el arrepentimiento y la ruptura con el pecado, y, por consiguiente, también para la aceptación de las fuentes del perdón de Dios abiertas por Jesucristo con su muerte y resurrección, de las que la Iglesia es depositaria y dispensadora.
La desintegración del hombre
38. Así, pues, «la ideología de la muerte de Dios en sus efectos demuestra fácilmente que es, a nivel teórico y práctico, la ideología de la muerte del hombre». El intento de exaltación del hombre a «serdios», desembarazándose del Dios verdadero, cuya identidad es falseada, ahoga también la verdad sobre el hombre, y acaba en la instrumentalización, opresión, negación y aniquilación del hombre por el propio hombre.
39. La fría lógica del materialismo incapacita a la persona para la amistad, la vida de familia, la convivencia social, la comunión conyugal, en fin, para toda relación de comunión personal entre los hombres, a la vez que conduce necesariamente a la subyugación del hombre por el hombre y a la destrucción de las relaciones interpersonales.
En efecto, la racionalidad propia y última de la persona humana no es una racionalidad matemática, sino una racionalidad amorosa, cuya lógica no es la utilidad y el cálculo sino la gratuidad y el don. Solamente la razón del corazón, el amor, es acogedora de la dignidad humana, abierta al primado de la persona sobre las cosas, respetuosa con lo humano y creadora de humanidad.
40. El subjetivismo, que sustituye el amor por la «voluntad de poder» como motor de la libertad humana, y el materialismo, que destruye todo vínculo fundamentado en la gratuidad e impone el pragmatismo como lógica de toda relación, encierran a la persona humana en el individualismo, la hacen incapaz de establecer relaciones humanas auténticas.
Juan Pablo II recuerda este peligro, sobre todo entre los jóvenes: «De este modo, muchos, principalmente muchachos y jóvenes, buscan compensar esta soledad con sucedáneos de varias clases, con formas más o menos agudas de hedonismo, de huida de las responsabilidades; prisioneros del instante fugaz, intentan "consumir" experiencias individuales lo más intensas posibles y gratificantes en el plano de las emociones y de las sensaciones inmediatas, pero se muestran indiferentes y como paralizados ante la oferta de un proyecto de vida que incluya una dimensión espiritual y religiosa y un compromiso de solidaridad».
41. Tanto el materialismo como el subjetivismo hacen que nos encontremos ante un hombre desintegrado. Esta fragmentación del sujeto humano tiene su signo y señal más palpable en el dualismo antropológico, que crea una separación radical entre cuerpo y espíritu.
El materialismo reduce el hombre a «materia», negando su dimensión espiritual. Por el contrario, el subjetivismo considera que lo humano del hombre es el «mundo del espíritu» (res cogitans), entendido éste como ámbito de total autonomía, de libertad absoluta, de «voluntad de poder»; y como, según esta concepción, la dimensión corpórea del hombre (res extensa) no es más que «material biológico», que no posee en sí mismo un significado personal, el hombre puede usar de su cuerpo como quiera.
42. Dentro de este dualismo antropológico, la libertad humana, «lejos de ser obediencia a la verdad objetiva y universal, (...) se vive como un asentimiento ciego a las fuerzas instintivas y a la voluntad de poder del individuo. Se hacen así, en cierto modo, naturales en el plano de la mentalidad y del comportamiento el resquebrajamiento de la aceptación de los principios éticos, y en el plano religioso aunque no haya siempre un rechazo de Dios explícito una amplia indiferencia y desde luego una vida que, incluso en sus momentos más significativos y en las opciones más decisivas, es vivida como si Dios no existiese».
Sometida a este dualismo antropológico, «la persona experimenta entonces dramáticamente dos fuerzas opuestas dentro de sí, sin saber conciliar sus deseos y su razón. Este hecho dificulta el conocimiento propio, sobre todo cuando, por un ritmo acelerado de actividades, es incapaz de ordenar su propia intimidad que queda a merced de la multitud de impresiones con la que es bombardeada. La persona se comprende a sí misma de modo fragmentado, caótico, en un entrecruzarse de fuerzas biológicas, emociones, opiniones en medio de deseos encontrados, que llega a confundir con su libertad».
43. A esto hay que sumarle la herida supurante que sufre todo hombre: la inclinación al mal, que se concreta en la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y el orgullo de la vida (1Jn 2,16). El secularismo, con su subjetivismo y con su materialismo, alejando de Jesucristo al hombre, impide que éste logre un desarrollo y un crecimiento armoniosos de la propia personalidad; obstaculiza gravemente, por tanto, el camino hacia la madurez personal del hombre, sometiéndolo a un estado de regresión psicológica, relacional, ética y religiosa que tiene serias repercusiones en su vida tanto en su dimensión individual como en su dimensión social.
44. El hombre secularizado queda postrado en lo mundano, que es corruptible y pasa (cf. 1Jn 2,15-17); por eso, para el hombre alejado de Dios, que permanece eternamente, la muerte es un destino insalvable. En el secularismo la vida del hombre es tan sólo un «existir para morir». Ahora bien, la muerte a la que el secularismo sentencia al hombre va más allá de la muerte como destrucción física, es la ruina espiritual más radical que puede acontecer en la persona humana: el cerrar las puertas del espíritu a la reconciliación y la vida abundante que Dios le ofrece en Jesucristo por medio del Espíritu Santo.
2. Fenómenos de secularización dentro de la Iglesia
La pérdida de identidad y vocación de la familia cristiana
45. La mentalidad secularista penetra también en algunos ámbitos de la Iglesia y se manifiesta en una serie de fenómenos. Es patente a todos que la familia es considerada como espacio primordial y originario dentro del cual se comunica el cristianismo de unas generaciones a otras, pues «la transmisión de la fe encuentra en la familia un entramado de comunicación, afecto y exigencia que permite hacerla vida».
Por ello, el secularismo intenta penetrar en el ambiente familiar hasta crear una cultura que imposibilita prácticamente el desarrollo de la dimensión religiosa del hombre y promueve constantemente elementos que distorsionan y destruyen el sacramento del matrimonio y la comunión familiar.
La desestructuración de la familia cristiana en su identidad y vocación eclesial constituye un factor de crisis de primera magnitud dentro de la Iglesia, ya que «la catequesis familiar precede, acompaña y enriquece toda otra forma de catequesis. Además, en los lugares donde una legislación antirreligiosa pretende incluso impedir la educación en la fe, o donde ha cundido la incredulidad o ha penetrado el secularismo hasta el punto de resultar prácticamente imposible una verdadera creencia religiosa, la iglesia doméstica es el único ámbito donde los niños y los jóvenes pueden recibir una auténtica catequesis».
46. Cada vez se da con más frecuencia e intensidad entre nosotros el fenómeno que el Santo Padre señalaba hace casi veinticinco años: «Cierto número de niños bautizados en su infancia llega a la catequesis parroquial sin haber recibido alguna iniciación en la fe, y sin tener todavía adhesión alguna explícita y personal a Jesucristo, sino solamente la capacidad de creer puesta en ellos por el bautismo y la presencia del Espíritu Santo; y los prejuicios de un ambiente familiar poco cristiano o el espíritu positivista de la educación crean rápidamente algunas reticencias. A estos es necesario añadir otros niños bautizados, para quienes sus padres no aceptan sino tardíamente la educación religiosa».
47. Es más, no en pocas ocasiones los padres acercan a sus hijos a la catequesis parroquial sin una verdadera motivación religiosa, sin que exista en ellos un interés real por su formación cristiana; en este contexto, la catequesis es considerada habitualmente como un trámite que los hijos tienen que pasar para poder acceder a la recepción de Sacramentos, especialmente la Eucaristía, que son vistos casi exclusivamente como eventos sociales y de tradición familiar. Cuando sucede esto, la participación y la colaboración de los padres en la educación cristiana que sus hijos reciben en la catequesis parroquial es escasa o casi nula.
48. No es infrecuente, incluso, que los mismos padres relativicen y sofoquen en casa lo que se les trasmite a sus hijos en la catequesis parroquial. Esta mentalidad y estas actitudes se convierten a veces en fuente de conflictos, dado que lo que quieren y buscan algunos padres contradice el sentido religioso de la catequesis y de los sacramentos.
Todo esto influyen en la actividad catequética. Si logra imponerse esta mentalidad, la catequesis queda sometida a un contexto y a una dinámica que la hacen estéril y deformadora. Cuando esto ocurre, no es extraño que el ardor por la actividad catequética de iniciar a los bautizados en la fe se vaya apagando en algunos pastores y catequistas.
Hay que trabajar por recuperar y reforzar la identidad y la misión cristiana de la familia, y oponerse con valentía al fenómeno de descomposición que sufre la transmisión de la fe a causa de la secularización creciente del matrimonio y la vida familiar. Es necesario que cambiemos esta tendencia que lleva rápidamente a las generaciones jóvenes a la descristianización y al paganismo.
Los bautizados no evangelizados
49. La pérdida de la familia como «iglesia doméstica», que despertaba de modo natural a los niños y adolescentes a la gracia recibida sacramentalmente en el Bautismo, para que fueran asumiéndola y ratificándola en conciencia y en libertad, está actualmente en el origen de muchos cristianos no evangelizados.
Muchos padres cristianos no despiertan a sus hijos a la fe, no les revelan a Jesucristo como «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6), no les enseñan a orar a Dios. Cuántos padres bautizados centran la atención de sus hijos meramente en lo humano y en lo material, sin descubrirles a Dios, creador del mundo, como Padre rico en ternura y misericordia, que envió a su Hijo único al mundo para que, tomando la condición humana en las entrañas de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, fuera nuestro Redentor y Salvador.
50. Si dirigimos nuestra mirada a la situación religiosa de muchos cristianos en el seno de nuestra iglesia local, encontramos un grave fenómeno que hiere seriamente a la comunidad eclesial: se sigue dando un incremento numérico de los bautizados en Cristo, que no corresponde a un crecimiento interior de la Iglesia, pues en gran número de cristianos la «gracia y fe bautismales» no se despliegan en un seguimiento personal de Jesucristo hacia la santidad.
Nos encontramos ante un número creciente de bautizados no evangelizados o sólo evangelizados muy superficialmente, que no han conocido el mensaje de Jesucristo en su integridad y verdad, y, por tanto, no lo han podido asumir personal y explícitamente, pero tampoco lo han rechazado, aunque con frecuencia el ambiente secularista imperante en la sociedad actual crea en ellos resquemores y reservas hacia la Iglesia y el cristianismo.
51. La Iglesia desde sus inicios «no ha dejado nunca de cumplir la misión que Cristo le ha encomendado, anunciando a los hombres la salvación, incorporándolos a la participación de la vida trinitaria en la comunidad que nace de ella, y enseñándoles a vivir según el Evangelio». Esta misión maternal de la Iglesia, de engendrar nuevos hijos de Dios y hacerles madurar en una fe vivida, es llamada «iniciación cristiana».
Todos los miembros de la Iglesia somos responsables de esta tarea, pero no siempre conseguimos que llegue a buen término, sea por las resistencias que ofrece el mundo y el sujeto receptor, sea por nuestras propias limitaciones. Hemos de plantearnos, pues, la parte de responsabilidad que nos toca al respecto y dar una respuesta adecuada.
Los bautizados evangelizados que abandonaron la fe
52. Otra «situación» diversa está constituida por aquellos cristianos que fueron bautizados y evangelizados, aceptaron y vivieron el Evangelio de Jesucristo en un período de su vida y después, por circunstancias y motivaciones diversas, lo han abandonado.
El fenómeno generalizado de descristianización, señalado por Juan Pablo II, también se da en nuestra diócesis: «Grupos enteros de bautizados han perdido el sentido vivo de la fe o incluso no se reconocen ya como miembros de la Iglesia, llevando una existencia alejada de Cristo y de su Evangelio».
53. En el primer caso, se trata de cristianos que no perseverando en la caridad, permanecen en el seno de la Iglesia «en cuerpo», pero no «en corazón». Su identidad y su vocación cristianas están fuertemente difuminadas. Son cristianos que asumen establemente formas de vida contrarias a su pertenencia a Cristo, pero que no llegan a rechazar la fe. Viven casi permanentemente en un estado de conversión a las criaturas y de aversión a Dios: son cristianos convertidos al mundo.
El segundo caso contiene una apostasía más o menos explícita: son cristianos convertidos al nihilismo y al secularismo, que, llevando una existencia alejada de Cristo, rechazan la identidad y la vocación cristiana y se procuran un nuevo significado para la vida, consistente en la recepción y en la asimilación de los puntos de vista, los esquemas de pensamiento y de acción de la cultura secularista. En la realidad, estas dos situaciones no se dan normalmente en estado puro, sino que se mezclan y entrelazan la una con la otra, tanto en sus orígenes como en sus respectivos desarrollos.
54. Los cristianos que pliegan su fe a la mentalidad laicista y a los criterios del mundo tienden a describir «ese nuevo significado a los demás como el verdadero contenido del mensaje cristiano, porque nadie puede soportar considerarse a sí mismo como un apóstata».
Ésta es la razón de la existencia de numerosas versiones secularizadas de lo cristiano; así lo describe la Conferencia Episcopal Española: «Se seleccionan los contenidos del mensaje cristiano, las conductas y normas morales coincidentes con lo que previamente se ha decidido que es lo bueno y verdadero, porque se acomodan al "espíritu" de la época o resultan compatibles con el género de vida que han adoptado».
Se da, de este modo, en un número creciente de cristianos, «una menor sensibilidad al conjunto global y objetivo de la doctrina de la fe en favor de una adhesión subjetiva a lo que agrada, que corresponde a la propia experiencia y que no afecta a las propias costumbres». De este fenómeno de la concepción subjetiva de la fe «se sigue también el fenómeno de los modos cada vez más parciales y condicionados de pertenecer a la Iglesia». «¡Cuánta ambigüedad oculta la cristiandad de hoy!».
Las concepciones reductivas de la realidad cristiana
55. A partir de una concepción subjetiva de la fe cristiana y una pertenencia parcial y condicionada a la Iglesia, algunos cristianos secularizados intentan construir un cristianismo y una Iglesia a su gusto, fuera de la identidad y misión que Jesucristo les ha dado constitutivamente. Ya no es Jesucristo, sino ellos mismos quienes tienen la última palabra sobre la realidad cristiana y eclesial.
Por eso, exigen constantemente de la «Iglesiainstitución» que el contenido de «su apostasía» sea reconocido y aceptado en la teoría y en la praxis eclesiales como realmente cristiano, atacando a la Iglesia cuando ésta les pide convertirse a la verdad y a la vida cristiana tal como ha sido revelada por Jesucristo.
Los seudocristianismos que crea la secularización intraeclesial confunden, deforman y corrompen la conciencia cristiana de numerosos cristianos. Todos tienen en común el mezclar el cristianismo con elementos ideológicos o seudoreligiosos contrarios a la doctrina de la Iglesia, y el romper la integridad de la fe y de la vida cristianas tal como han sido reveladas por Jesucristo.
56. Sin pretender ser exhaustivo, quiero señalar aquellas degradaciones del cristianismo que se muestran más presentes en el seno de la Iglesia. Todas ellas constituyen presentaciones unilaterales y reductoras de la realidad cristiana y eclesial. Entre las ideologizaciones del cristianismo que se dan actualmente hay que destacar principalmente las siguientes:
Un cristianismo teórico, que reduce lo cristiano a un mero fenómeno de consciencia, o sea, a un simple saber culturalreligioso.
Un cristianismo ortopráctico, que presenta lo cristiano como un simple humanismo filantrópico, relativizando y olvidando en gran medida la adhesión de fe a Jesucristo como principio y fin de toda la actividad cristiana.
Un cristianismo progresista, que restringe lo cristiano a un desnudo activismo religioso sociopolítico en orden a la liberación humana y social de los pueblos y a la consecución del mundo utópico del mañana inmanente.
Un cristianismo burgués, que transforma lo cristiano en un museo de costumbres y tradiciones religiosas desvinculadas de su fuente originaria, la fe y la piedad cristianas, y que elige a la carta las exigencias éticas del mensaje de Jesucristo.
Un cristianismo deísta, o sea, de la no intervención del Dios de Jesús en la historia, que convierte la religión cristiana en cultura, en espiritualismo vacío y en superstición.
Un cristianismo relativista, que niega el carácter universal y absoluto del cristianismo, considerándolo como un relato entre otros relatos, sin tener la pretensión de ser el Relato por el que hay que vivir y dar la vida.
La tentación del «cristianismo a la carta»
57. Los seudocristianismos llevan siempre a la pérdida de la realidad católica de la Iglesia, a la trasgresión de la integridad de la Iglesia tal como Cristo la ha querido y la ha constituido. A un «cristianismo a la carta» corresponde siempre la pretensión de una «iglesia propia», organizada y estructurada según las necesidades de su concepción religiosa.
Por eso se difunde progresivamente en el mundo cristiano secularizado la idea de una Iglesia que no tiene relación directa y vital con Cristo: «La Iglesia no es más que mera construcción humana, un instrumento creado por nosotros y que, en consecuencia, nosotros mismos podemos reorganizar libremente a tenor de las exigencias del momento».
58. Esto da origen a la destrucción de la autoridad eclesial querida e instituida por Jesucristo, propia del ministerio petrino, episcopal y sacerdotal, y, consecuentemente, a la aniquilación de la obediencia eclesial de los cristianos.
En efecto, «si la Iglesia es sólo nuestra Iglesia, si la Iglesia somos únicamente nosotros, si sus estructuras no son las que quiso Cristo, entonces no puede ya concebirse la existencia de una jerarquía como servicio a los bautizados, establecida por el mismo Señor».
Reducida a una realidad sociológica, la Iglesia y sus «representantes oficiales» no deben obediencia a Jesucristo y a su misión salvífica, sino que deben plegarse al sentir y a los deseos de la mayoría de sus miembros, que en este estado de cosas se encuentran profundamente secularizados.
Dentro de los seudocristianismos no hay una auténtica vida cristiana ni eclesial y, consecuentemente, una verdadera vida humana.
El fenómeno de la descristianización
59. Aquellos cristianos que, en su conversión al nihilismo y al secularismo, afirman y promueven deformaciones de la verdad cristiana y de la Iglesia, han perdido la objetividad y frescura de la fe; una fe así entendida no es capaz de sostener la vida.
Como dice el Papa Juan Pablo II: «En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado una "gradual secularización de la salvación", debido a lo cual se lucha ciertamente en favor del hombre, pero de un hombre a medias, reducido a la mera dimensión horizontal. En cambio, nosotros sabemos que Jesús vino a traer la salvación integral, que abarca al hombre entero y a todos los hombres, abriéndoles a los admirables horizontes de la filiación divina».
60. En todo cristianismo inauténtico y corrompido el hombre no puede encontrar «la insondable riqueza de Cristo» (Ef 5,8), y por tanto conocer y vivir la verdad sobre Dios y sobre sí mismo. Más aún, de un modo y otro, son caminos que alejan a los hombres de la Iglesia, dotada por Cristo de la totalidad de los bienes y medios de salvación.
¿No es sintomático de la «secularización» intraeclesial que padecemos el hecho de que gran número de bautizados ya no se acercan a recibir de la Iglesia lo que ella ha recibido de Jesucristo y tiene misión de comunicar: la verdad y la vida de los hijos de Dios?
61. La incapacidad para transmitir la fe a las nuevas generaciones de bautizados y la secularización de la mentalidad y la praxis de antiguos creyentes, motivadas en gran medida por la civilización de la «muerte de Dios» en la que estamos inmersos, están creando una amplia descristianización, también en nuestra diócesis, que constituye una fuerza centrífuga destructiva de la comunidad eclesial.
La descristianización no es solamente un hecho que padecemos, sino un fenómeno que continúa avanzado.
III. LA LLAMADA A LA «NUEVA EVANGELIZACIÓN»
1. Necesidad del discernimiento evangélico
62. La exposición de la situación actual y el análisis de la misma, que acabamos de delinear, exigen un discernimiento evangélico que nos indique la acción pastoral a desarrollar en esta coyuntura.
A este respecto, el Papa Juan Pablo II nos recuerda: «Para el creyente, la interpretación de la situación histórica encuentra el principio cognoscitivo y el criterio de las opciones de actuación consiguientes en una realidad nueva y original, a saber, en el discernimiento evangélico; es la interpretación que nace a la luz y bajo la fuerza del Evangelio, del Evangelio vivo y personal que es Jesucristo, y con el don del Espíritu Santo. De ese modo, el discernimiento evangélico toma de la situación histórica y de sus vicisitudes y circunstancias no un simple "dato", que hay que registrar con precisión y frente al cual se puede permanecer indiferentes y pasivos, sino un "deber", un reto a la libertad responsable, tanto de la persona individual como de la comunidad. Es un "reto" vinculado a una "llamada" que Dios hace oír en una situación histórica determinada; en ella y por medio de ella Dios llama al creyente; pero antes aún llama a la Iglesia, para que (...) exprese su verdad perenne en las diversas circunstancias de la vida».
2. Un canto a la dignidad del hombre
63. Frente al secularismo, que hace del hombre un absurdo, un ser en caída inexorable hacia el «noser», el Evangelio nos revela la verdadera identidad de toda persona humana.
La revelación nos dice que «Dios es amor» (1Jn 4,8), y a su luz la pregunta ¿qué es el hombre? tiene una respuesta clara: El hombre es la única criatura que Dios ha amado por sí misma, y ha sido llamada por Él a participar en Cristo de su misma vida divina, o sea, del amor que Dios mismo es. El evangelista Juan expone al respecto: «Tanto ha amado Dios al mundo que le ha dado a su Hijo unigénito, para que quien crea en él no muera, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).
Pablo, en sus cartas, nos recuerda este mismo amor: «En esto hemos conocido el amor que Dios nos tiene: siendo nosotros pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom 5,8); y también: «El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gál 2,20).
El Salmo 8 es un canto a la dignidad del hombre: «Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y de dignidad; le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies» (Sal 8,6-7).
3. Suscitar en el hombre la experiencia de Dios
64. El hombre no es un «serparalamuerte», sino un «serparalavidaeterna»; porque la voluntad de Dios para con el hombre es que tenga vida, y vida abundante (cf. Jn 10,10).
Pero la ideología secularista no sólo lleva a la destrucción de lo humano, sino que a través de la descristianización deja al hombre sin ningún resorte para salir del agujero mortal en el que lo ha introducido.
Resulta, pues, muy difícil que el hombre que vive en estas condiciones pueda salir por sí mismo de tal situación. Muchas tradiciones cristianas, tal como se viven hoy en nuestra sociedad, se muestran insuficientes para rescatar al hombre del vacío nihilista.
Para el hombre sin Dios, dice H.U. von Baltasar, «las palabras de la cultura cristiana no hablan de Dios, o sólo muy débilmente»; no son capaces de revivir el deseo natural de Dios que tiene el hombre en cuanto criatura, oscurecido y deformado por el secularismo, y mucho menos de conducirle a la comunión eclesial, como «lugar» donde Dios se le manifiesta, entrega y comunica.
65. La Iglesia es depositaria de la voluntad salvífica divina; es más, Dios le ha donado en Cristo los bienes y los medios necesarios para que el hombre pueda acceder a la vida divina.
Consciente de esto, la Iglesia sabe que no puede abandonar al hombre en su marcha hacia la «nada». Ella está llamada a salir a su encuentro y mostrarle el camino de la salvación. Es misión de la Iglesia suscitar en el hombre, lleno de sí mismo y volcado en lo material, la experiencia del hambre de Dios que hay en él, para que sea consciente de la «pobreza» en la que se encuentra, se abra a la búsqueda y al encuentro de Dios y pueda convertirse de la nada a la plenitud.
Como decía el Papa Pablo VI: «Paradójicamente, el mundo, que, a pesar de los innumerables signos de rechazo de Dios, lo busca, sin embargo, por caminos insospechados y siente dolorosamente su necesidad, el mundo exige a los evangelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos mismos conocen y tratan familiarmente, como si estuvieran viendo al Invisible. El mundo exige y espera de nosotros sencillez de vida, espíritu de oración, caridad para con todos, especialmente para los pequeños y los pobres, obediencia y humildad, desapego de sí mismos y renuncia. Sin esta marca de santidad, nuestra palabra difícilmente abrirá brecha en el corazón de los hombres de este tiempo. Corre el riesgo de hacerse vana e infecunda».
4. El anuncio de la Buena Nueva
66. Solamente «por la evangelización la Iglesia es construida y plasmada como comunidad de fe; más precisamente, como comunidad de una fe confesada en la adhesión a la Palabra de Dios, celebrada en la liturgia, vivida en la caridad como alma de la existencia moral cristiana. En efecto, la "buena nueva" tiende a suscitar en el corazón y en la vida del hombre la conversión y la adhesión personal a Jesucristo Salvador y Señor; dispone al Bautismo y a la Eucaristía y se consolida en el propósito y en la realización de la nueva vida según el Espíritu».
Así, pues, es necesaria y urgente una nueva evangelización para renovar, revitalizar y profundizar la gracia y la fe bautismales de muchos cristianos; para dar origen a comunidades eclesiales de fe límpida, viva y operativa; para hacer de las tradiciones cristianas expresiones verdaderas y fuertes de la fe; y para integrar de nuevo el mensaje y los principios cristianos en la sociedad humana; para hacer salir al hombre sin Dios de su vacío existencial.
67. El Evangelio que nos ha sido encomendado es «palabra de verdad»: una verdad que hace libres y que procura la paz de corazón; la verdad sobre Dios, sobre el hombre y sobre el mundo; una verdad de la que no somos dueños, sino depositarios, herederos y servidores; una verdad que nos ha sido revelada.
Todo evangelizador debe ser fiel a la verdad y «aun a costa de renuncias y sacrificios, busca siempre la verdad que debe transmitir a los demás. No vende ni disimula jamás la verdad por el deseo de agradar a los hombres, de causar asombro, ni por originalidad o deseo de aparentar. No rechaza nunca la verdad. No obscurece la verdad revelada por pereza de buscarla por comodidad, por miedo. No deja de estudiarla. La sirve generosamente sin avasallarla».
68. Pero no hemos de olvidar que el Espíritu Santo es el «agente principal de la evangelización»: él es quien impulsa a cada uno a anunciar el Evangelio y quien hace aceptar y comprender la Palabra de salvación.
Él es también el «término de la evangelización»: «solamente él suscita la nueva creación, la humanidad nueva a la que la evangelización debe conducir, mediante la unidad en la variedad que la misma evangelización querría provocar en la comunidad cristiana.
A través de él, la evangelización penetra en los corazones, ya que él es quien hace discernir los signos de los tiempos -signos de Dios- que la evangelización descubre y valoriza en el interior de la historia».
5. La primacía de la gracia
69. En esta tarea apasionante de renacimiento pastoral, que es la nueva evangelización, a la que somos llamados en el momento presente de nuestra historia, hemos de tener presente las «prioridades pastorales» que el Papa Juan Pablo II nos recuerda: la llamada a la santidad, que el Concilio Vaticano II tan claramente ha expresado; la renovada exigencia de la oración; la participación en la Eucaristía dominical, como centro de la vida cristiana; la propuesta convincente y eficaz de la práctica del sacramento de la Reconciliación; la escucha y anuncio de la Palabra.
70. Como línea base de estas prioridades y principio esencial de la visión cristiana de la vida, me gustaría insistir en la «primacía de la gracia», de la que el Santo Padre, Juan Pablo II, nos ha hablado al advertirnos de una tentación que puede acechar nuestro camino espiritual y nuestra acción pastoral: «pensar que los resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y programar. Ciertamente, Dios nos pide una colaboración real a su gracia y, por tanto, nos invita a utilizar todos los recursos de nuestra inteligencia y capacidad operativa en nuestro servicio a la causa del Reino. Pero no se ha de olvidar que, sin Cristo, «no podemos hacer nada» (cf. Jn 15,5).
La oración nos hace vivir precisamente en esta verdad. Nos recuerda constantemente la primacía de Cristo y, en relación con él, la primacía de la vida interior y de la santidad. Cuando no se respeta este principio, ¿ha de sorprender que los proyectos pastorales lleven al fracaso y dejen en el alma un humillante sentimiento de frustración?» .
71. Conscientes de las capacidades que Dios nos ha dado, pero sobre todo de nuestras limitaciones hemos de ponernos humildemente ante el Señor para escuchar atentamente y con obediencia su Palabra, para abrirnos a un diálogo sincero con Él mediante la oración, para pedirle que sea su fuerza la que realice las maravillas de su bondad, para vivir confiadamente la fe, para abrir nuestro corazón a la gracia y dejar que la fuerza de Cristo nos trasforme y configure a su imagen y nos haga sus testigos fieles.
Como decía el Papa Pablo VI: «Es necesario que nuestro celo evangelizador brote de una verdadera santidad de vida y que, como nos lo sugiere el Concilio Vaticano II, la predicación, alimentada con la oración y sobre todo con el amor a la Eucaristía, redunde en mayor santidad del predicador».
6. Sentido eclesial y constitución de comunidades cristianas maduras
72. Todo cristiano debe mantener viva la conciencia de su identidad y vocación, «convertirse más radicalmente al Evangelio y, sin perder nunca de vista el designio de Dios, debe cambiar su mirada»; de esta manera podrá observar a la Iglesia y al cristianismo con ojos nuevos y descubrir su auténtico rostro, vivir de su contemplación y mostrarlo así a los hombres.
La Iglesia no es separable de las personas que forman parte de ella, pues son miembros constitutivos suyos (cf. 1 Co 12,12-31). La misión de la nueva evangelización exige tener muy presente el ser de la Iglesia, a fin de plasmarlo en la vida eclesial de los cristianos; por ello «es necesario recrear un clima auténticamente católico, encontrar de nuevo el sentido de la Iglesia como Iglesia del Señor, como espacio de la presencia real de Dios en el mundo».
73. En diversas ocasiones el Papa Juan Pablo II ha insistido en la necesidad y urgencia de rehacer el entramado cristiano de la sociedad humana, poniendo como condición que se rehaga la trabazón cristiana de las mismas comunidades eclesiales.
Por eso, prioritaria y fundamentalmente, «esta nueva evangelización dirigida no sólo a cada una de las personas, sino también a enteros grupos de poblaciones en sus más variadas situaciones, ambientes y culturas está destinada a la formación de comunidades eclesiales maduras, en las cuales la fe consiga liberar y realizar todo su originario significado de adhesión a la persona de Cristo y a su Evangelio, de encuentro y de comunión sacramental con Él, de existencia vivida en la caridad y en el servicio».
Es necesario constituir comunidades eclesiales que sean expresiones vivas y concretas de la Iglesia.
7. Prudencia en la tarea pastoral
74. La Iglesia constituye en la tierra el germen y el principio del reino de Dios. Ahora bien, como Jesús nos recuerda en la Parábola de la cizaña (cf. Mt 13,24-30), en este mundo crecen juntas la «buena semilla» sembrada por Jesucristo en el hombre, y la «cizaña» que el anticristo coloca en medio de la siembra divina.
En la Iglesia no es posible una separación entre buenos y malos, pues en la pretensión de erradicar el mal se podría destruir lo bueno; más aún, se apartaría a muchos hombres del «sacramento universal de salvación» constituido por Jesucristo para continuar su presencia y su obra de salvación en el mundo: la Iglesia.
Sin embargo, esto no significa que se pueda confundir la «buena semilla» con la «cizaña». La Iglesia, a través de su Magisterio, se pone siempre al servicio de la conciencia de cada hombre, ayudándola a distinguir el bien del mal, y en cumplimiento de su misión pastoral, invita a todos a la conversión: rechazar el mal y adherirse a Jesucristo.
75. Todos los fieles cristianos tienen necesidad de conversión en esta vida terrenal. Hay que rechazar, por tanto, la pretensión cátara de una Iglesia formada únicamente por hombres perfectos.
La Iglesia no es la comunidad de los que «no tienen necesidad del médico» (cf. Lc 5,31), sino la comunidad de los pecadores convertidos, que necesitan constantemente la gracia del perdón; la comunidad de los que se esfuerzan constantemente por conseguir la perfección, que corren tras ella con la pretensión de darle alcance, olvidándose de lo que queda atrás en persecución de lo que está delante: la vocación celeste de Dios en Cristo Jesús (cf. Flp 3,12-16).
Ante los que los que no tienen fe o profesan una fe inmadura y la expresan de manera inadecuada, la actitud de la Iglesia ha de ser de gran respeto y ayuda para hacerles crecer, a ejemplo del Señor: «La caña cascada no la quebrará, ni apagará la mecha humeante, hasta que lleve a la victoria el juicio» (Mt 12,20).
76. Pablo VI invitaba a realizar con amor la tarea evangelizadora: «La obra de la evangelización supone, en el evangelizador, un amor fraternal siempre creciente hacia aquellos a los que evangeliza».
Un modelo de evangelizador lo encontramos en el Apóstol San Pablo: «De esta manera, amándoos a vosotros, queríamos daros no sólo el Evangelio de Dios, sino incluso nuestro propio ser» (1 Tes 2,8).
Signo de amor en esta misión será dedicarse enteramente al anuncio de Jesucristo ofreciendo su Verdad; respetar la situación religiosa y espiritual de la persona que es evangelizada; acompañarla en su propio ritmo, sin forzar su crecimiento ni atropellar sus convicciones; transmitir a los cristianos certezas sólidas, basadas en la Palabra de Dios; no propagar dudas o incertidumbres; conducir a todos a la unidad.
8. Renovar la misión eclesial
77. Se da, pues, la necesidad de desplegar dentro de nuestra iglesia local una actividad pastoral específica y activa encaminada a injertar en Dios al hombre contemporáneo que le ha negado y de quien se ha alejado.
El trabajo pastoral de nuestras comunidades no puede reducirse a la atención de aquellos bautizados que en su mentalidad y en su corazón sienten con la Iglesia y no han perdido su identidad cristiana; ni se puede mantener exclusivamente una estructura y organización pastoral pensada y creada para un ambiente de cristiandad. Esto resulta inadecuado para dar respuesta a la nueva situación, en la que la sociedad no favorece la educación en la fe cristiana.
Junto a la atención pastoral a los fieles, surge en nuestros días una nueva prioridad pastoral: la re-evangelización de los no practicantes. Para llevarla a cabo no bastan los medios y los programas operativos ordinarios de la pastoral; hacen falta nuevos impulsos, nuevos métodos, nuevas formas.
78. Tenemos que acoger llenos de alegría y esperanza la llamada a la nueva evangelización. Somos conscientes de que es una tarea difícil, en la que hay que corregir y reconducir con cuidadoso discernimiento las mentalidades y formas de vivir secularistas del cristianismo, lo que hará surgir en no pocas ocasiones tensiones y persecuciones.
Sin embargo, «las dificultades internas y externas no deben hacernos pesimistas o inactivos. Lo que cuenta aquí como en todo sector de la vida cristiana es la confianza que brota de la fe, o sea, de la certeza de que no somos nosotros los protagonistas de la misión, sino Jesucristo y su Espíritu. Nosotros únicamente somos colaboradores y, cuando hayamos hecho todo lo que hemos podido, debemos decir: «Siervos inútiles somos; hemos hecho lo que debíamos hacer" (Lc 17,10)».
9. Acciones de futuro
79. El décimo Aniversario de nuestra diócesis, como decíamos al comienzo de esta Carta, debe ser ocasión y estímulo para escuchar atentamente lo que Dios pide a la iglesia que peregrina en Alcalá de Henares, en este inicio del tercer milenio.
Tenemos ante nuestros ojos unos retos pastorales que nos están invitando a ser creativos y a tomar decisiones valientes que den respuesta a la situación actual.
Naturalmente, el seguimiento de Jesucristo exige a todo fiel bautizado una vida coherente con la fe y con la llamada personal que Dios hace a cada uno: quien desde el compromiso bautismal, quien desde la vida consagrada, quien desde el ministerio sacerdotal.
Todos estamos comprometidos en unas acciones eclesiales cotidianas, pero en ciertos momentos es necesario realizar algunas acciones especiales. Deseo enunciar tan sólo algunas de esas acciones eclesiales, a las que tendremos que dedicar nuestro tiempo e ilusión en un futuro próximo.
80. En cumplimiento de su función maternal, toda iglesia particular debe ofrecer, en orden a la iniciación cristiana, un doble servicio dirigido sea a los niños, adolescentes y jóvenes, sea para adultos, que necesiten emprender el camino de la fe o fundamentarla. El «Directorio General para la Catequesis» nos habla de un Proyecto Diocesano de catequesis, que ofrezca «de manera articulada, coherente y coordinada, los diferentes procesos catequéticos ofrecidos por la diócesis a los destinatarios de las diferentes edades de la vida». Éste es un desafío, que hemos de afrontar juntos.
Otra urgencia, que ya hemos emprendido y debemos proseguir, es la de potenciar las Delegaciones diocesanas de sectores pastorales, para que sirvan mejor a las necesidades de la diócesis.
En estos dos años que llevo entre vosotros, he visitado la mayor parte de las parroquias y comunidades religiosas; espero hacerme presente, a lo largo de este curso, en las que no he podido visitar aún. Tras esta primera visita del obispo a todas las comunidades cristianas de nuestra diócesis, conviene plantearnos la llamada «Visita pastoral», que es un importante instrumento para revitalizar las comunidades cristianas. Hemos de reflexionar sobre el modo concreto de realizarla para que sea altamente provechosa para el bien del pueblo de Dios.
Nuestra diócesis hunde sus raíces históricas en el primer milenio de la era cristiana en el que nació y se desarrolló la liturgia mozárabe. Sería muy conveniente recuperar el rito mozárabe y realizar algunas celebraciones en determinados tiempos y lugares.
También nos invita nuestra historia a conocer los santos de nuestra iglesia particular y profundizar en las fuentes de su espiritualidad. Por Alcalá han pasado muchos y grandes santos; sería una gran riqueza ahondar en su pensamiento y asimilar su riqueza espiritual.
81. Algunos años después de terminar el Concilio Vaticano II, el Papa Pablo VI se preguntaba: «¿Qué es de la Iglesia, diez años después del Concilio? ¿Está anclada en el corazón del mundo y es suficientemente libre e independiente para interpelar al mundo? ¿Da testimonio de la propia solidaridad hacia los hombres y al mismo tiempo del Dios Absoluto? ¿Ha ganado en ardor contemplativo y de adoración y pone más celo en la actividad misionera, caritativa, liberadora? ¿Es suficiente su empeño en el esfuerzo de buscar el restablecimiento de la plena unidad entre los cristianos, lo cual hace más eficaz el testimonio común, con el fin de que el mundo crea? Todos nosotros somos responsables de las respuestas que pueden darse a estos interrogantes».
Estas mismas cuestiones nos las podríamos plantear nosotros, diez años después de la restauración de la diócesis.
82. San Pablo exhorta a Timoteo a mantenerse firme en el camino que ha emprendido y a dar testimonio valiente de su fe: «Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna a la que has sido llamado y de la que hiciste aquella solemne profesión delante de muchos testigos. Te recomiendo en la presencia de Dios que da vida a todas las cosas, y de Jesucristo, que ante Poncio Pilato rindió tan solemne testimonio, que conserves el mandato sin tacha ni culpa hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo» (1 Tim 6,12-14).
A ejemplo de Pablo, exhorto a todos los fieles de nuestra iglesia particular a asumir los trabajos del Evangelio, afrontando el combate de la fe.
83. Exhorto a los sacerdotes, estrechos colaboradores míos, a congregar el Pueblo de Dios y animar espiritualmente las comunidades locales y a servirlas desde vuestro ministerio eclesial.
Exhorto a los diáconos a ser fieles al ministerio recibido y a servir al pueblo de Dios en unión con el Obispo y su presbiterio.
Exhorto a las personas de vida consagrada a dar testimonio de las bienaventuranzas evangélicas desde su especial consagración a Dios, colaborando en la pastoral diocesana, tanto en la vida activa como en la contemplativa.
Exhorto a los fieles cristianos laicos, niños, jóvenes y adultos, a vivir su misión evangelizadora al servicio de la Iglesia, en el corazón de la sociedad y del mundo.
84. Para llevar adelante esta tarea evangelizadora tenemos el ejemplo de tantos testigos de la fe, que dieron su vida por el Reino de los Cielos, siendo semilla de nuevos cristianos.
Como nos recuerda el Papa Juan Pablo II: «Sanguis martyrum - semen christianorum. Esta célebre «ley» enunciada por Tertuliano, se ha demostrado siempre verdadera ante la prueba de la historia. ¿No será así también para el siglo y para el milenio que estamos iniciando? (...). La memoria jubilar nos ha abierto un panorama sorprendente, mostrándonos nuestro tiempo particularmente rico en testigos que, de una manera u otra, han sabido vivir el Evangelio en situaciones de hostilidad y persecución, a menudo hasta dar su propia sangre como prueba suprema. En ellos la palabra de Dios, sembrada en terreno fértil, ha fructificado el céntuplo (cf. Mt 13,8.23). Con su ejemplo nos han señalado y casi «allanado» el camino del futuro. A nosotros nos toca, con la gracia de Dios, seguir sus huellas».
Los Santos Niños, Justo y Pastor, patronos de nuestra diócesis, nos estimulan con su ejemplo y nos ayudan con su intercesión.
85. En nuestra vida cristiana y en la tarea evangelizadora que nos espera, tenemos como prototipo y modelo a la Virgen María, «a quien la Iglesia católica, enseñada por el Espíritu Santo, honra con filial afecto de piedad como a Madre amantísima».
La Virgen María es madre de la Iglesia y modelo de todo creyente. Ella es también llamada «estrella de evangelización», porque «en la mañana de Pentecostés Ella presidió con su oración el comienzo de la evangelización bajo el influjo del Espíritu Santo. Sea ella la estrella de la evangelización siempre renovada que la Iglesia, dócil al mandato del Señor, debe promover y realizar, sobre todo en estos tiempos difíciles y llenos de esperanza».
¡Que Ella nos guíe en nuestro camino, al comienzo de este tercer milenio, e interceda por todos nosotros ante el Señor!
+ Jesús Catalá Ibáñez
Obispo Complutense
Alcalá de Henares, a veintitrés de julio de dos mil uno, décimo Aniversario de la re-instauración de la diócesis.