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CON GRAN JÚBILO
carta Pastoral con motivo del Jubileo del AÑO 2000
Antecedentes veterotestamentarios del Jubileo cristiano
Bimilenario de la Encarnación redentora
Una primavera de vida cristiana
II. EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN
La Encarnación, gesto amoroso de Dios
El Verbo encarnado, revelación del misterio de Dios
y del misterio del hombre
Cristo, centro del cosmos y de la historia
La historicidad del hombre abierta a la eternidad
Presencia continuada de Cristo en su Iglesia
III. TESTIMONIO DE LOS CRISTIANOS ANTE LOS RETOS DE
NUESTRA SOCIEDAD
De cara a los humanismos de nuestra época
IV. DIMENSIONES DEL AÑO JUBILAR
Perdón de los pecados y conversión
VI. CALENDARIO DE LAS CELEBRACIONES JUBILARES
Carta Pastoral del Obispo
Complutense a los sacerdotes,
consagrados, fieles laicos y hombres de buena voluntad
de nuestra Diócesis con motivo del Gran Jubileo del Año 2000
1. Con
gran júbilo nos disponemos a celebrar el bimilenario del Nacimiento de
Jesucristo en Belén de Judea, en tiempos del emperador romano
César Augusto (cf. Lc 2,1-7).
El
Santo Padre, Juan Pablo II, al inicio de su pontificado invitó a toda la
cristiandad en su encíclica Redemptor
hominis a prepararse para celebrar el Jubileo del Año 2000.
Posteriormente, en su carta apostólica Tertio millennio adveniente nos
propuso un programa de preparación en varias fases, que debían
tener lugar, simultáneamente, a nivel universal y en las iglesias particulares.
En
la primera de estas fases (1994-1996), se pretendía un esfuerzo de
reflexión y sensibilización, con la intención de
profundizar en los aspectos más característicos del
acontecimiento jubilar. La segunda fase, llamada propiamente preparatoria, se
desarrollaba en tres años: el primero (1997), centrado en Jesucristo, en
el sacramento del Bautismo y en la virtud teologal de la fe; en el segundo
año (1998), la reflexión giraba entorno al Espíritu Santo,
el sacramento de la confirmación y la virtud de la esperanza; y en el
tercer año (1999), se pretendía profundizar en la figura de Dios
Padre, en el sacramento de la penitencia, y en la virtud de la caridad. Se nos
pedía también que hiciéramos un examen de conciencia sobre
la recepción del Concilio Vaticano II en nuestras iglesias,
profundizando cada año de preparación en una de las
Constituciones conciliares. La figura de
Hace
un año, el Papa, nos convocaba a la conmemoración jubilar,
mediante la bula Incarnationis mysterium. En ella queda promulgado el tiempo
jubilar, en el umbral del tercer milenio de la era cristiana, que se inicia la
noche de Navidad del año 1999, con la apertura de la puerta santa de
2. La
iglesia particular de Alcalá de Henares se une a todas las demás
iglesias, siguiendo la invitación del Sucesor de Pedro, que preside en
la caridad la única Iglesia de Cristo y que ejerce el ministerio de la
unidad, para celebrar este Año Jubilar con un corazón convertido
hacia quien es el Salvador del mundo.
En
esta primera Carta pastoral, que os escribo como obispo de la iglesia
Complutense, quiero presentar a todos los cristianos y personas de buena
voluntad que viven en nuestra diócesis de Alcalá de Henares, el
don inmenso del Gran Año Jubilar.
Os
exhorto a todos a que celebréis con renovada fe el magno acontecimiento
jubilar, participando a través de vuestras comunidades cristianas, para
hacer de vuestras vidas «un canto de alabanza único e
ininterrumpido a
3. El
año sabático (cf. Ex 23, 10-11) y el año jubilar (cf. Lv
25, 8-13), que nos presenta el Antiguo Testamento, preanuncian la
liberación más profunda y radical que traería el
Mesías de Dios.
Como
aparece claramente en todo el Nuevo Testamento, Jesucristo, el Mesías de
Dios, realiza en su misma persona el «año de gracia del
Señor» (Lc 4, 16-30), anunciado por Isaías.
4. El
Año Jubilar celebra
5. El
jubileo, para los cristianos, no es un mero período cronológico,
sino un tiempo especial de salvación, un kairós, un año de
gracia del Señor, proclamado por
Es
un tiempo de salvación y de gracia espiritual, como nos recuerdan las
palabras siempre actuales de San Pablo: «Este es el tiempo favorable,
éste es el día de la salvación» (2 Co 6, 2), quien,
al mismo tiempo nos exhorta a no desaprovecharlo: «Poned, pues,
atención en comportaros no como necios, sino como sabios, aprovechando
el momento presente» (Ef 5, 15-16).
6. Por providencia
divina, nos ha tocado vivir este tiempo jubilar que Dios concede a
7. Ningún
acontecimiento histórico, ningún descubrimiento, ningún
avance en el progreso de la humanidad, por sorprendente o esperanzador que
pueda resultar, podrá superar nunca la importancia del hecho
histórico de
Se
trata de un hecho histórico, datable por tanto y localizable
cronológica y geográficamente. Quien peregrine a Tierra Santa
podrá ver los lugares donde Jesús de Nazareth nació
(Belén), vivió (Nazareth) y murió (Jerusalén) y los
demás sitios por donde pasó haciendo el bien (cf. Hch 10, 38). He
aquí el carácter histórico del cristianismo. Dios se ha
hecho presente en la historia en Jesús de Nazareth.
8. «Con
la mirada puesta en el misterio de la encarnación del Hijo de Dios,
Por
eso la «religión de
9. «
Para
esclarecer el misterio de su propia humanidad, el hombre sigue necesitando el
conocimiento vital de Jesucristo. La conciencia de esta necesidad sigue
animando a
10. «La obra
del Espíritu, que da la vida, alcanza su culmen en el misterio de la
encarnación (…). Y, al mismo tiempo, con el misterio de la
encarnación se abre de un modo nuevo la fuente de esta vida divina en la
historia de la humanidad».
«
11. La
encarnación del Verbo es el hecho central de la historia, hecho que la
divide en dos, estableciendo un antes y un después; y, sin embargo, el
designio de salvación de Dios es único, porque única es la
voluntad de Dios «que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al
conocimiento de la verdad» (1Tm 2, 4). «En este acto redentor,
–nos dice el Papa Juan Pablo II– la historia del hombre ha
alcanzado su cumbre en el designio de amor de Dios». Así, desde la
creación del mundo hasta la consumación final es el gesto
providente y salvador de Dios el que guía la historia. El dinamismo de
la acción trinitaria imprime un sentido y una dirección a los
acontecimientos históricos, inaugurando en la historia humana una historia
de salvación. Pero es en el acontecimiento de
Dios,
en su pedagogía divina, preparó, mediante sucesivas alianzas, el
gran Acontecimiento de su presencia entre los hombres. La historia del pueblo
de Israel es la historia de la larga preparación de la humanidad para el
advenimiento de Cristo. María representa el culmen de este largo adviento,
encarna la espera religiosa del pueblo elegido y con su «sí»
permite el comienzo de la nueva y eterna Alianza: «Y el Verbo se hizo
carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14).
12. «En el
cristianismo el tiempo tiene una importancia fundamental. Dentro de su
dimensión se crea el mundo, en su interior se desarrolla la historia de
la salvación, que tiene su cima en la plenitud de los tiempos de
El
Acontecimiento de
Como
nos recordaba el Papa en su Carta de preparación al Jubileo: «El
hecho de que el Verbo eterno asumiera en la plenitud de los tiempos la
condición de criatura confiere a lo acontecido en Belén hace dos
mil años un singular valor cósmico». Y en
13. Este
señorío y centralidad de Jesucristo en la historia humana y la
celebración de un tiempo jubilar nos lleva a reflexionar sobre la
historicidad y temporalidad del hombre. En su condición de creatura el
hombre está vinculado al tiempo. En este tiempo existencial el hombre
dispone responsablemente de sí mismo y de su acción, estando
abierto hacia el futuro y hacia la transcendencia. El hombre, sin embargo, no
puede alcanzar por sí mismo una vida plena. Toda pretensión en
este sentido es vana y, además, fuente de desesperanza, que conduce a un
destino ciego y trágico: la destrucción y la muerte. Esta
tragicidad de la vida humana no puede ser ocultada ni por una fe ciega en el
progreso humano, ni por la euforia de la vivencia inmediata.
14. El tiempo da
esperanza al hombre, porque lo abre a la posibilidad de un ofrecimiento
gratuito y libre por parte de Dios de una vida eterna. Este ofrecimiento ha
tenido lugar en Jesucristo. Ciertamente el tiempo humano, iniciado en la
creación, ha alcanzado su plenitud únicamente gracias a la venida
de Dios a la tierra, esto es, gracias a la presencia personal del Eterno en el
tiempo. «En efecto, la plenitud de los tiempos es sólo la eternidad,
mejor aún, aquel que es eterno, es decir, Dios. Entrar en la plenitud de
los tiempos significa, por lo tanto, alcanzar el término del tiempo y
salir de sus confines, para encontrar su cumplimiento en la eternidad de
Dios». Toda esperanza humana de una vida que no conozca ocaso, colmada de
amor y comunión, inagotable en su novedad y en su siempre más,
llena de gozo y alegría sin fin, siempre viva en asombro, se ve colmada
sobreabundantemente en Jesucristo: «Porque tanto amó Dios al
mundo, que le entregó a su Hijo Unigénito, a fin de que todo el
que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna» (Jn 3,
16). Por nosotros y por nuestra salvación, el Hijo de Dios hecho hombre
«se entregó a la muerte y, resucitando, destruyó la muerte
y nos dio nueva vida». Esta «vida que el Hijo de Dios ha venido a
dar a los hombres no se reduce a la mera existencia en el tiempo. La vida, que
desde siempre está en él y es la ‘luz de los hombres’
(Jn 1, 4), consiste en ser engendrados por Dios y participar de la plenitud de
su amor».
15. La promesa de
Jesús a sus discípulos, «Yo estaré con vosotros
todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20), se cumple
ininterrumpidamente. Jesucristo Nuestro Señor, que es el Camino,
16. En la
celebración del gran Jubileo hacemos memoria del gran acontecimiento del
Nacimiento de Jesús.
Ruego
a Dios que el tiempo favorable del Gran Año Jubilar nos ayude a recibir
con gozo y esperanza a Jesucristo, que nos sale al encuentro, en nuestra
historia concreta, por medio de
17. Las campanas de
Durante
siglos las jornadas de los cristianos han estado acompañadas por el
reclamo de las campanas parroquiales que, tres veces al día, les
recordaban el momento de
En
esta oración recordamos a María,
18. En una era
neopagana como la actual, en la que muchos cristianos, especialmente las
generaciones más jóvenes, viven indiferentes frente a Jesucristo,
asumiendo para sus vidas criterios y formas que los acercan a un ateísmo
práctico, y en la que el humanismo secularizado ha extirpado los valores
cristianos de su raíz religiosa, es urgente que iluminemos la conciencia
de los hombres con esta verdad fundamental: «la única
orientación del espíritu, la única dirección del
entendimiento, de la voluntad y del corazón es para nosotros ésta:
hacia Cristo, Redentor del hombre; hacia Cristo, Redentor del mundo. A
Él queremos mirar nosotros, porque sólo en Él, Hijo de
Dios, hay salvación, renovando la afirmación de Pedro:
‘Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes
palabras de vida eterna’».
19. Ante el
fenómeno actual del secularismo y de la descristianización, de la
indiferencia hacia lo sacro y de la ignorancia religiosa por parte de los
mismos creyentes, el gran Jubileo del año 2000 quiere animar a
20. Nuestra
época ha venido a ser llamada, con verdad, el tiempo de los humanismos.
«Algunos por su matriz atea y secularista, acaban paradójicamente
por humillar y anular al hombre; otros, en cambio, lo exaltan hasta el punto de
llegar a una verdadera y propia idolatría; y otros, finalmente,
reconocen según la verdad la grandeza y la miseria del hombre,
manifestando, sosteniendo y favoreciendo su dignidad total».
Únicamente es posible un verdadero y auténtico humanismo si los
hombres se abren y se adhieren a la verdad de Jesucristo, pues, «en
realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del
Verbo encarnado». Sólo Jesucristo es la fuente que sacia las
inquietudes y las aspiraciones más profundas del corazón humano.
«
21. No podemos dejar
de recordar otro fenómeno que, en los umbrales del Tercer milenio,
está teniendo un notable éxito en nuestros pueblos de antigua
tradición cristiana:
22. Como por
ósmosis han penetrado en el pensamiento y en la vida de nuestros
contemporáneos las ideas y las prácticas de esta «nueva
religiosidad» llamada New Age. Frente a este fenómeno que auspicia
un Tercer milenio no cristiano sino cosmológico, el gran Jubileo del
año dos mil nos recuerda que «el redentor del hombre, Jesucristo,
es el centro del cosmos y de la historia», y que «la historia de la
salvación tiene en Cristo su punto culminante y su significado
supremo». Con la encarnación del Hijo de Dios, «el Eterno
entra en el tiempo, el Todo se esconde en la parte y Dios asume el rostro del
hombre». Cristo no puede ser nunca olvidado ni dejado atrás como
una realidad pasada, ni puede ser superado por un «paradigma»
más amplio, y tampoco cabe esperar más allá de Él
una nueva era para el hombre y la historia humana; por eso «el nacimiento
de Jesús en Belén no es un hecho que se pueda relegar al
pasado». Cristo ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega (cf. Ap 22,
13), «es el Señor del tiempo, su principio y su cumplimiento; cada
año, cada día y cada momento son abarcados por su encarnación
y resurrección, para de este modo encontrarse de nuevo en la
«plenitud de los tiempos».
23. El período
de preparación al Jubileo, durante los tres años precedentes, nos
ha inducido a la reflexión sobre cada una de las Personas divinas y su
misión en la historia de la salvación. En Jesús de
Nazareth, Dios se ha manifestado a sí mismo de forma definitiva e
irrepetible: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre»
(Jn 14, 9). Por la acción del Espíritu Santo, enviado al mundo
por el Padre y el Hijo, se nos guía hacia la verdad plena (cf. Jn 16,
13). La economía salvífica, don del amor trinitario de Dios para
el hombre, es motivo de acción de gracias y glorificación de
El
objetivo central del Jubileo es «la glorificación de
24.
25. Además del
sacrificio eucarístico, podemos dar gloria a Dios, en este Año
Jubilar, de muy diversas maneras. Valga como sugerencia la recitación
periódica de distintas oraciones cristianas, cuyo objetivo es la
glorificación y acción de gracias a Dios: la oración
compuesta por el Santo Padre para esta ocasión; el Te Deum laudamus, que
se reza en
26. En el Año
jubilar Dios nos ofrece, de manera singular, el don de la amistad de Dios, la
reconciliación con Él, el perdón de los pecados,
así como la indulgencia plenaria.
Siguiendo
la pedagogía divina, este tiempo jubilar nos invita a la
conversión y a la penitencia; a dirigir nuestro corazón hacia
Dios, renunciando a los ídolos del mundo que nos apartan de Él.
El Jubileo, Año de gracia del Señor, es año que propicia
la conversión y la penitencia sacramental y extrasacramental. «Los
Años Santos -nos dice el Papa- son una conmemoración en la que se
escucha con mayor intensidad la llamada de Jesús a la
conversión». El Padre de la misericordia y Dios de todo consuelo
(cf. Rm 15, 5), lento a la ira y rico en piedad y clemencia (cf. Ex 34, 6; Sal
85), llevado de su amor misericordioso, penetra «hasta las raíces
más escondidas de nuestra iniquidad, para suscitar en el alma un
movimiento de conversión, redimirla e impulsarla hacia la
reconciliación».
27. «El
sacramento de
28. En
29. Pero la
conversión de los pecados y la virtud de la penitencia no se agotan en
la celebración sacramental. Existen diversos signos, típicos del
tiempo jubilar, que ayudan a expresar la actitud de cambio del corazón.
En primer lugar está la peregrinación, que nos recuerda que la
vida cristiana es un camino personal del creyente siguiendo las huellas del
Redentor: «es ejercicio de ascesis laboriosa, de arrepentimiento por las
debilidades humanas, de constante vigilancia de la propia fragilidad y de
preparación interior a la conversión del corazón. Mediante
la vela, el ayuno y la oración, el peregrino avanza por el camino de la
perfección cristiana, esforzándose por llegar, con la ayuda de la
gracia de Dios, ‘al estado del hombre perfecto, a la madurez de la
plenitud de Cristo’ (Ef 4, 13)». Al igual que Abraham salió
de su tierra (cf. Gn 11, 31) y el pueblo de Israel salió de Egipto, purificando
su vida en el desierto hasta llegar a la tierra prometida (cf. Ex 14), el
cristiano sale de la esclavitud del pecado para recorrer el camino de
30. Existen otros
signos jubilares que expresan la dimensión del perdón y la
actitud de conversión. Uno de ellos es la indulgencia, que, manifestando
la plenitud de la misericordia de Dios, perdona al pecador que se arrepiente la
pena temporal por los pecados que ya fueron perdonados en cuanto a la culpa. La
causa de la llamada pena temporal son las secuelas que deja en el hombre todo
pecado, por ser éste una perturbación del orden universal que Dios
ha restablecido y una destrucción de bienes respecto al propio pecador y
a la comunidad humana. El perdón del pecado, pues, implica un retorno de
estos bienes a su primitiva integridad. Si la pena temporal no ha sido
satisfecha en esta vida, mediante oraciones, sacrificios, obras de caridad u
otras prácticas penitenciales, ha de ser remitida después de la
muerte, a través de la oración de
31. Otro signo es la
purificación de la memoria «que pide a todos un acto de valentía
y humildad para reconocer las faltas cometidas por quienes han llevado y llevan
el nombre de cristianos». Sería conveniente que las diversas
comunidades cristianas hicieran algún gesto de purificación de la
memoria durante este Año jubilar.
Animo
de corazón a todos los fieles, sacerdotes, consagrados y laicos, a vivir
la misericordia de Dios, realizando estos signos jubilares, como
expresión de la voluntad de convertirse al Señor.
32. «
33. Como dice el
Concilio Vaticano II, la eucaristía es sacramento de piedad, pues en
ella somos hechos capaces de rendir un culto verdadero y grato a Dios; es signo
de unidad, ya que en ella se hace posible que el hombre alcance la verdadera
comunión con Dios, consigo mismo y con sus semejantes; es vínculo
de caridad, donde se nos comunica el amor de Dios, que nos hace poder amarle a
Él y a nuestros prójimos, con el mismo amor con que Él
ama; y es banquete
34. Recogiendo este
profundo misterio que veneramos en
35. Por todo ello,
queridos hijos de
Os
invito a preparar las celebraciones eucarísticas dominicales, leyendo
previamente en particular o en grupo, con actitud de reverente escucha, los
textos bíblicos que se proponen para la proclamación de
36. La vida eterna
salida de las manos de Dios se presenta bajo el signo de la entrega, y el motor
de esa vida es dar. Dios es amor (cf. 1 Jn 4, 16), y ese amor es derramado por
el Espíritu Santo en nuestros corazones (cf. Rm 5, 5). De aquí
brota la genuina realidad del amor cristiano. «En esto consiste el amor:
no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y
nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados»
(1 Jn 4, 10). El Señor Jesús en la última Cena dijo:
«Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros» (Lc 22, 19).
37. La caridad
consiste ante todo en amar a Dios y en ese mismo movimiento del amor a Dios,
amar a los hombres. Como dice S. Juan: «Nadie tiene amor más
grande que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13); «Si
alguno dice: ‘Amo a Dios’, y aborrece a su hermano, es un
mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a
quien no ve» (1 Jn 4, 20). La caridad es, en primer lugar, un don que
recibimos, que transforma nuestra existencia y nuestro corazón y nos
hace capaces de vivir de un modo nuevo: amando, con el mismo amor que Dios nos
da. La caridad cristiana, pues, se distingue de cualquier otra forma de
filantropía, por noble y legítima que ésta sea. La caridad
es siempre gratuita, se ofrece a todos, sin condiciones, sin esperar nada a
cambio.
38. El destinatario
de la caridad cristiana es todo hombre, independientemente de su
condición, religión, raza o sexo. Lo es el hombre considerado en
su integridad, en su ser completo. No es genuina caridad cristiana la que se
preocupa solamente de las necesidades materiales del hombre o únicamente
de su situación espiritual. Recordemos la obras de misericordia en su
doble vertiente de corporales (cf. Mt 25, 35-40) y espirituales (cf. Mt 18,
15).
39.
Otras
dimensiones del Año Jubilar
40. Hemos
reflexionado sobre las dimensiones más relevantes del Año
Jubilar: la glorificación de
41. La indulgencia
jubilar se puede ganar una sola vez al día, realizando la visita a los
lugares indicados por el Santo Padre para la ciudad de Roma y para Tierra
Santa, y los lugares que cada Obispo haya designado en su iglesia particular.
En
nuestra diócesis de Alcalá de Henares hemos indicado tres lugares
jubilares, donde poder lucrar la indulgencia plenaria:
Se
puede obtener también la indulgencia jubilar en cada lugar, visitando a
los hermanos necesitados o con dificultades: enfermos, encarcelados, ancianos
solos, minusválidos. Asimismo podrá obtenerse mediante
iniciativas que favorezcan de modo concreto y generoso el espíritu
penitencial.
42. Los requisitos
que
43. Además de
las celebraciones jubilares que el Santo Padre ha indicado para diversos grupos
de personas, a celebrar en Roma, cada Obispo ha propuesto unas celebraciones en
su propia diócesis. En Alcalá de Henares se han propuesto las
siguientes:
25.XII.1999: Solemnidad de
31.XII.1999: Fin de año. Vigilia de
acción de gracias y súplica ante la llegada del año 2000
en todas las parroquias y comunidades cristianas.
22.I.2000: Celebración
jubilar interconfesional en
27.I.2000: Jubileo de los
profesores cristianos en
2.II.2000: Jubileo de
los miembros de vida consagrada en
11.II.2000: Jubileo de los enfermos
en hospitales, residencias y comunidades cristianas.
6.III.2000: Peregrinación
diocesana a Roma.
18.III.2000: Jubileo de los jóvenes
en Torrelaguna.
25.III.2000: Solemnidad de
2.IV.2000: Jubileo de las
Hermandades, Cofradías y Asociaciones de fieles en todos los Santuarios
jubilares.
8.IV.2000: Jubileo de los
niños en todos los Santuarios jubilares.
8.VI.2000: Jubileo de los
mayores en Villarejo de Salvanés.
11.VI.2000: Jubileo del Apostolado
seglar en
15.VI.2000: Fiesta de Jesucristo,
Sumo y Eterno Sacerdote. Jubileo de los sacerdotes y diáconos en
Torrelaguna.
18.VI.2000: Solemnidad de
24.VI.2000: Jubileo de los agentes
de pastoral social en
8.X.2000: Jubileo
de los catequistas en
31.XII.2000: Fin de año. Vigilia de
acción de gracias y petición por el Tercer milenio en todas las
parroquias y comunidades cristianas.
5.I.2001: Solemnidad
de
44. Se ha tenido en
cuenta como criterio para la designación de estas celebraciones la
presencia significativa en nuestra Diócesis de los diversos grupos de
personas.
Hay
varias celebraciones, cuya realización está prevista en todas las
comunidades cristianas: las dos vigilias de fin de año, las solemnidades
de
Para
que las celebraciones jubilares sean más fructuosas espiritualmente,
recomiendo encarecidamente a los pastores de almas, que ayuden a los
participantes a prepararse convenientemente, mediante catequesis, actos de
piedad y celebraciones litúrgicas previas.
El
Comité Diocesano del Jubileo, en colaboración con las diversas
Delegaciones diocesanas, está preparando unos materiales para las
catequesis y las celebraciones litúrgicas, que sirvan de apoyo a los
agentes de pastoral.
45. El tiempo
litúrgico de Adviento nos invita a permanecer alertas a la venida de
Jesucristo. Dejemos, pues, que resuene en nuestros corazones la
exhortación de san Juan Bautista: «¡Preparad el camino al
Señor; allanad sus senderos!» (Mt 3, 3), para que despierte
nuestro espíritu adormecido y nos mantenga vigilantes a la espera de su
Venida. Después de su primera venida en carne y debilidad, naciendo en
un pesebre (cf. Lc 2, 6-7) y muriendo en la cruz (cf. Lc 23, 33-46), Jesucristo
vendrá de manera definitiva y última en gloria y majestad:
«Cuando entregue a Dios Padre el Reino, después de haber destruido
todo Principado, Dominación y Potestad. Porque debe él reinar
hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en
ser destruido será
46. Entremos, pues,
con espíritu de conversión, por
+ Jesús Catalá
Ibáñez
Obispo Complutense
Alcalá de
Henares, a ocho de diciembre de mil novecientos noventa y nueve, Solemnidad de