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CON GRAN JÚBILO

carta Pastoral con motivo del Jubileo del AÑO 2000

 

INTRODUCCIÓN

I. SENTIDO DEL AÑO JUBILAR

Antecedentes veterotestamentarios del Jubileo cristiano

Bimilenario de la Encarnación redentora

El jubileo, año de gracia

Una primavera de vida cristiana

II. EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN

La Encarnación, gesto amoroso de Dios

El Verbo encarnado, revelación del misterio de Dios y del misterio del hombre

Divinización del hombre

Cristo, centro del cosmos y de la historia

La historicidad del hombre abierta a la eternidad

Presencia continuada de Cristo en su Iglesia

El reclamo del Angelus

III. TESTIMONIO DE LOS CRISTIANOS ANTE LOS RETOS DE NUESTRA SOCIEDAD

Ante el neopaganismo reinante

Frente al secularismo actual

De cara a los humanismos de nuestra época

Respecto a la New Age

IV. DIMENSIONES DEL AÑO JUBILAR

Glorificación de la Trinidad

Perdón de los pecados y conversión

Celebración eucarística

Acción caritativa

V. LUGARES JUBILARES

VI. CALENDARIO DE LAS CELEBRACIONES JUBILARES

CONCLUSIÓN

 

Carta Pastoral del Obispo Complutense a los sacerdotes,
consagrados, fieles laicos y hombres de buena voluntad
de nuestra Diócesis con motivo del Gran Jubileo del Año 2000

INTRODUCCIÓN

1.         Con gran júbilo nos disponemos a celebrar el bimilenario del Nacimiento de Jesucristo en Belén de Judea, en tiempos del emperador romano César Augusto (cf. Lc 2,1-7).

            El Santo Padre, Juan Pablo II, al inicio de su pontificado invitó a toda la cristiandad en su encíclica Redemptor hominis a prepararse para celebrar el Jubileo del Año 2000. Posteriormente, en su carta apostólica Tertio millennio adveniente nos propuso un programa de preparación en varias fases, que debían tener lugar, simultáneamente, a nivel universal y en las iglesias particulares.

            En la primera de estas fases (1994-1996), se pretendía un esfuerzo de reflexión y sensibilización, con la intención de profundizar en los aspectos más característicos del acontecimiento jubilar. La segunda fase, llamada propiamente preparatoria, se desarrollaba en tres años: el primero (1997), centrado en Jesucristo, en el sacramento del Bautismo y en la virtud teologal de la fe; en el segundo año (1998), la reflexión giraba entorno al Espíritu Santo, el sacramento de la confirmación y la virtud de la esperanza; y en el tercer año (1999), se pretendía profundizar en la figura de Dios Padre, en el sacramento de la penitencia, y en la virtud de la caridad. Se nos pedía también que hiciéramos un examen de conciencia sobre la recepción del Concilio Vaticano II en nuestras iglesias, profundizando cada año de preparación en una de las Constituciones conciliares. La figura de la Virgen María debía ser tenida en cuenta, en todo este tiempo, de un modo transversal, permeando cada una de las fases, como una melodía de fondo. La tercera, y última fase, se refería a la propiamente celebrativa del Jubileo.

            Hace un año, el Papa, nos convocaba a la conmemoración jubilar, mediante la bula Incarnationis mysterium. En ella queda promulgado el tiempo jubilar, en el umbral del tercer milenio de la era cristiana, que se inicia la noche de Navidad del año 1999, con la apertura de la puerta santa de la Basílica de San Pedro en el Vaticano, y que se prolongará hasta el día de la Epifanía de Nuestro Señor Jesucristo, el 6 de enero del año 2001.

2.         La iglesia particular de Alcalá de Henares se une a todas las demás iglesias, siguiendo la invitación del Sucesor de Pedro, que preside en la caridad la única Iglesia de Cristo y que ejerce el ministerio de la unidad, para celebrar este Año Jubilar con un corazón convertido hacia quien es el Salvador del mundo.

            En esta primera Carta pastoral, que os escribo como obispo de la iglesia Complutense, quiero presentar a todos los cristianos y personas de buena voluntad que viven en nuestra diócesis de Alcalá de Henares, el don inmenso del Gran Año Jubilar.

            Os exhorto a todos a que celebréis con renovada fe el magno acontecimiento jubilar, participando a través de vuestras comunidades cristianas, para hacer de vuestras vidas «un canto de alabanza único e ininterrumpido a la Trinidad, Dios Altísimo».

I. SENTIDO DEL AÑO JUBILAR

Antecedentes veterotestamentarios del Jubileo cristiano

3.         El año sabático (cf. Ex 23, 10-11) y el año jubilar (cf. Lv 25, 8-13), que nos presenta el Antiguo Testamento, preanuncian la liberación más profunda y radical que traería el Mesías de Dios.

            La Iglesia ha celebrado los jubileos a partir de estas tradiciones veterotestamentarias. Los fundamentos teológicos en que se basan las mismas son, en primer lugar, la fe en la creación y en la providencia divinas, aceptando que Dios ha creado las cosas y ha puesto al hombre como señor de las mismas (cf. Gn 1, 1-28). En segundo lugar, la igualdad de todos los hijos de Israel ante Dios. Por eso tienen derecho a disfrutar de los bienes creados que el Señor les dio como heredad y a recuperar el dominio sobre ellos, cuando los han perdido, e incluso a recuperar la libertad personal (cf. Lv 25, 10). En tercer lugar la misión del Mesías, que debía traer la liberación al pueblo de Israel «proclamando un año de gracia» (cf. Is 61, 1-2).

            Como aparece claramente en todo el Nuevo Testamento, Jesucristo, el Mesías de Dios, realiza en su misma persona el «año de gracia del Señor» (Lc 4, 16-30), anunciado por Isaías.

           

Bimilenario de la Encarnación redentora

4.         El Año Jubilar celebra la Encarnación redentora del Hijo de Dios, quien, en la plenitud de los tiempos, nace de mujer para salvar a la humanidad sumida en el pecado y otorgarle la filiación divina (cf. Gál 4, 4-7). «Porque el Hijo de Dios se encarnó en una carne pecadora como la nuestra, a fin de condenar el pecado y, una vez condenado, arrojarlo fuera de la carne. Asumió la carne para incitar al hombre a hacerse semejante a él y para proponerle a Dios como modelo a quien imitar». Jesucristo, entrando en la historia de la humanidad, la redime con su muerte y resurrección: «Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia, habiendo pasado por alto los pecados cometidos anteriormente» (Rm 3, 23-25). Esta redención que Dios otorga a la humanidad es motivo de gran júbilo para todo hombre.

El jubileo, año de gracia

5.         El jubileo, para los cristianos, no es un mero período cronológico, sino un tiempo especial de salvación, un kairós, un año de gracia del Señor, proclamado por la Iglesia para que todos los fieles puedan gozar más abundantemente de la gracia y de la misericordia divinas. Así, pues, el gran Jubileo del año 2000 es ante todo un Año Santo; un tiempo en el que el amor de Dios, revelado en Jesucristo, se hace presente por medio de la Iglesia de un modo especial en las vicisitudes y en las circunstancias de los hombres que van a cruzar el umbral del tercer milenio.

            Es un tiempo de salvación y de gracia espiritual, como nos recuerdan las palabras siempre actuales de San Pablo: «Este es el tiempo favorable, éste es el día de la salvación» (2 Co 6, 2), quien, al mismo tiempo nos exhorta a no desaprovecharlo: «Poned, pues, atención en comportaros no como necios, sino como sabios, aprovechando el momento presente» (Ef 5, 15-16).

Una primavera de vida cristiana

6.         Por providencia divina, nos ha tocado vivir este tiempo jubilar que Dios concede a la Iglesia «para impulsar al hombre a la conversión y la penitencia, principio y camino de su rehabilitación y condición para recuperar lo que con sus solas fuerzas no podría alcanzar: la amistad de Dios, su gracia y la vida sobrenatural, la única en la que pueden resolverse las aspiraciones más profundas del corazón humano». Dios nos llama a cruzar, junto con todos nuestros contemporáneos, el umbral del Tercer milenio de la era cristiana. Todos estamos llamados a abrir las puertas de nuestras vidas a la multitud de dones que Dios quiere ofrecernos en este año de gracia. Si somos dóciles a la acción del Espíritu Santo, el gran Jubileo supondrá para nosotros y para el mundo una nueva primavera de vida cristiana.

II. EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN

La Encarnación, gesto amoroso de Dios

7.         Ningún acontecimiento histórico, ningún descubrimiento, ningún avance en el progreso de la humanidad, por sorprendente o esperanzador que pueda resultar, podrá superar nunca la importancia del hecho histórico de la Encarnación del Hijo de Dios. «El Verbo se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1, 14).

            Se trata de un hecho histórico, datable por tanto y localizable cronológica y geográficamente. Quien peregrine a Tierra Santa podrá ver los lugares donde Jesús de Nazareth nació (Belén), vivió (Nazareth) y murió (Jerusalén) y los demás sitios por donde pasó haciendo el bien (cf. Hch 10, 38). He aquí el carácter histórico del cristianismo. Dios se ha hecho presente en la historia en Jesús de Nazareth. La Iglesia nos invita a celebrar con profunda fe y amor agradecido este misterio de la Encarnación del Hijo de Dios.

8.         «Con la mirada puesta en el misterio de la encarnación del Hijo de Dios, la Iglesia se prepara para cruzar el umbral del Tercer milenio». Con estas palabras comienza el Santo Padre la Bula Incarnationis mysterium, con la que convoca a toda la Iglesia a la celebración del Año Jubilar. A los dos mil años del nacimiento de Cristo en la gruta de Belén, la Iglesia exulta con renovado gozo por este maravilloso gesto de la misericordia de Dios. El hombre, que había perdido la amistad con Dios y vivía en sombras de muerte, ha sido regenerado a la vida de Dios y ha sido readmitido a la comunión con Él, mediante la Encarnación del Verbo, por quien y para quien todo fue creado (cf. Jn 1, 3), y a través de los misterios de su vida, muerte y resurrección.

            Por eso la «religión de la Encarnación es la religión de la Redención». La espera y el clamor de la humanidad, el deseo de ver a Dios y el ansia de salvación encontraron la respuesta imprevista y desbordante de la libertad amorosa de Dios, que decidió enviar a su Hijo al mundo «para que el mundo se salve por Él (Jn 3, 17). Pues tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16).

El Verbo encarnado, revelación del misterio de Dios y del misterio del hombre

9.         «La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1, 9). Como declaró solemnemente el Concilio Vaticano II «el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación».

            Para esclarecer el misterio de su propia humanidad, el hombre sigue necesitando el conocimiento vital de Jesucristo. La conciencia de esta necesidad sigue animando a la Iglesia al anuncio incesante del Evangelio.

Divinización del hombre

10.       «La obra del Espíritu, que da la vida, alcanza su culmen en el misterio de la encarnación (…). Y, al mismo tiempo, con el misterio de la encarnación se abre de un modo nuevo la fuente de esta vida divina en la historia de la humanidad».

            «La Iglesia, al anunciar a Jesús de Nazareth, verdadero Dios y Hombre perfecto, abre a cada ser humano la perspectiva de ser divinizado y, por tanto, de hacerse así más hombre». La tradición cristiana ha expresado con hermosas fórmulas el bien insuperable y la riqueza que la encarnación del Verbo han traído al hombre: «El Verbo se ha hecho carne para que nosotros podamos recibir el Espíritu; Dios se ha hecho portador de la carne para que el hombre pueda ser portador del Espíritu». Se trata de un «admirable intercambio», mediante el cual Dios se hace hombre para que el hombre pueda llegar a hacerse Dios. Esta vida divina, hecha posible por el Verbo encarnado, es la que la Iglesia sigue recibiendo de Dios y comunicando a los hombres.

Cristo, centro del cosmos y de la historia

11.       La encarnación del Verbo es el hecho central de la historia, hecho que la divide en dos, estableciendo un antes y un después; y, sin embargo, el designio de salvación de Dios es único, porque única es la voluntad de Dios «que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2, 4). «En este acto redentor, –nos dice el Papa Juan Pablo II– la historia del hombre ha alcanzado su cumbre en el designio de amor de Dios». Así, desde la creación del mundo hasta la consumación final es el gesto providente y salvador de Dios el que guía la historia. El dinamismo de la acción trinitaria imprime un sentido y una dirección a los acontecimientos históricos, inaugurando en la historia humana una historia de salvación. Pero es en el acontecimiento de la Encarnación, punto central de la historia, donde la Trinidad se revela plenamente: «El misterio de la Encarnación incluye la revelación del misterio trinitario».

            Dios, en su pedagogía divina, preparó, mediante sucesivas alianzas, el gran Acontecimiento de su presencia entre los hombres. La historia del pueblo de Israel es la historia de la larga preparación de la humanidad para el advenimiento de Cristo. María representa el culmen de este largo adviento, encarna la espera religiosa del pueblo elegido y con su «sí» permite el comienzo de la nueva y eterna Alianza: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14).

12.       «En el cristianismo el tiempo tiene una importancia fundamental. Dentro de su dimensión se crea el mundo, en su interior se desarrolla la historia de la salvación, que tiene su cima en la plenitud de los tiempos de la Encarnación y su término en el retorno glorioso del Hijo de Dios al final de los tiempos».

            El Acontecimiento de la Encarnación del Hijo de Dios representa el centro y el culmen de la historia humana: «Al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer» (Gál 4, 4). El Verbo encarnado es el cumplimiento perfecto e insuperable del anhelo presente en todas las culturas y en todas las religiones de la humanidad.

            Como nos recordaba el Papa en su Carta de preparación al Jubileo: «El hecho de que el Verbo eterno asumiera en la plenitud de los tiempos la condición de criatura confiere a lo acontecido en Belén hace dos mil años un singular valor cósmico». Y en la Bula de convocatoria del Jubileo leemos: «La historia de la salvación tiene en Cristo su punto culminante y su significado supremo». De ahí el «carácter claramente cristológico del Jubileo».

La historicidad del hombre abierta a la eternidad

13.       Este señorío y centralidad de Jesucristo en la historia humana y la celebración de un tiempo jubilar nos lleva a reflexionar sobre la historicidad y temporalidad del hombre. En su condición de creatura el hombre está vinculado al tiempo. En este tiempo existencial el hombre dispone responsablemente de sí mismo y de su acción, estando abierto hacia el futuro y hacia la transcendencia. El hombre, sin embargo, no puede alcanzar por sí mismo una vida plena. Toda pretensión en este sentido es vana y, además, fuente de desesperanza, que conduce a un destino ciego y trágico: la destrucción y la muerte. Esta tragicidad de la vida humana no puede ser ocultada ni por una fe ciega en el progreso humano, ni por la euforia de la vivencia inmediata.

14.       El tiempo da esperanza al hombre, porque lo abre a la posibilidad de un ofrecimiento gratuito y libre por parte de Dios de una vida eterna. Este ofrecimiento ha tenido lugar en Jesucristo. Ciertamente el tiempo humano, iniciado en la creación, ha alcanzado su plenitud únicamente gracias a la venida de Dios a la tierra, esto es, gracias a la presencia personal del Eterno en el tiempo. «En efecto, la plenitud de los tiempos es sólo la eternidad, mejor aún, aquel que es eterno, es decir, Dios. Entrar en la plenitud de los tiempos significa, por lo tanto, alcanzar el término del tiempo y salir de sus confines, para encontrar su cumplimiento en la eternidad de Dios». Toda esperanza humana de una vida que no conozca ocaso, colmada de amor y comunión, inagotable en su novedad y en su siempre más, llena de gozo y alegría sin fin, siempre viva en asombro, se ve colmada sobreabundantemente en Jesucristo: «Porque tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo Unigénito, a fin de que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna» (Jn 3, 16). Por nosotros y por nuestra salvación, el Hijo de Dios hecho hombre «se entregó a la muerte y, resucitando, destruyó la muerte y nos dio nueva vida». Esta «vida que el Hijo de Dios ha venido a dar a los hombres no se reduce a la mera existencia en el tiempo. La vida, que desde siempre está en él y es la ‘luz de los hombres’ (Jn 1, 4), consiste en ser engendrados por Dios y participar de la plenitud de su amor».

Presencia continuada de Cristo en su Iglesia

15.       La promesa de Jesús a sus discípulos, «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20), se cumple ininterrumpidamente. Jesucristo Nuestro Señor, que es el Camino, la Verdad y la Vida (cf. Jn 14, 6), no nos ha dejado solos. El Verbo, sentado ahora a la derecha del Padre, no ha abandonado nuestro mundo. Jesucristo, el alpha y la omega de la historia, nos acompaña vivamente en cada momento del tiempo a través de su Iglesia, y lo hace muy especialmente en este tiempo de gracias jubilares.

            La Iglesia, esposa y cuerpo místico 8 de Cristo (1 Co 12, 27), prolonga en el espacio y en el tiempo el misterio de su presencia visible entre los hombres. La gracia comunicada por sus sacramentos, la santidad de sus hijos, el anuncio incesante de la verdad sobre el hombre y el mundo y su vida de caridad son los frutos de esta presencia de Cristo en la vida de su Iglesia.

16.       En la celebración del gran Jubileo hacemos memoria del gran acontecimiento del Nacimiento de Jesús. La Iglesia celebra y agradece al Padre la presencia ininterrumpida del Verbo hecho carne en estos dos mil años de historia. «Todo el bien que el Pueblo de Dios puede dar a la familia humana al tiempo de su peregrinación en la tierra, deriva del hecho de que la Iglesia es sacramento universal de salvación, que manifiesta y al mismo tiempo realiza el misterio del amor de Dios al hombre».

            Ruego a Dios que el tiempo favorable del Gran Año Jubilar nos ayude a recibir con gozo y esperanza a Jesucristo, que nos sale al encuentro, en nuestra historia concreta, por medio de la Iglesia.

El reclamo del Angelus

17.       Las campanas de la Catedral-Magistral de Alcalá y las de los pueblos de nuestra diócesis sonarán con júbilo el día 25 de diciembre de 1999, para anunciar a todos los hombres de buena voluntad el inicio del gran Jubileo.

            Durante siglos las jornadas de los cristianos han estado acompañadas por el reclamo de las campanas parroquiales que, tres veces al día, les recordaban el momento de la Encarnación del Hijo de Dios. Al nacer el día, el toque del Angelus les despertaba del sueño y comenzaban el trabajo cotidiano; a mediodía, con el repique de campanas interrumpían su labor para ofrecer sus esfuerzos y fatigas; a su tañido, al caer la tarde, daban gracias a Dios por los bienes recibidos, entregándose después a un merecido descanso.

            En esta oración recordamos a María, la Virgen de Nazareth, quien, al aceptar la acción del Espíritu Santo en ella, hizo suya la voluntad del Padre, haciendo posible la Encarnación del Hijo de Dios. En el año del Jubileo, el Angelus, rezado privadamente o en grupo, puede ser el signo cotidiano de nuestra disponibilidad a la gracia y a la obra de Dios: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38), al tiempo que damos gloria y alabanza a la Trinidad santísima, objetivo primordial de este año jubilar.

III. TESTIMONIO DE LOS CRISTIANOS ANTE LOS RETOS DE NUESTRA SOCIEDAD

Ante el neopaganismo reinante

18.       En una era neopagana como la actual, en la que muchos cristianos, especialmente las generaciones más jóvenes, viven indiferentes frente a Jesucristo, asumiendo para sus vidas criterios y formas que los acercan a un ateísmo práctico, y en la que el humanismo secularizado ha extirpado los valores cristianos de su raíz religiosa, es urgente que iluminemos la conciencia de los hombres con esta verdad fundamental: «la única orientación del espíritu, la única dirección del entendimiento, de la voluntad y del corazón es para nosotros ésta: hacia Cristo, Redentor del hombre; hacia Cristo, Redentor del mundo. A Él queremos mirar nosotros, porque sólo en Él, Hijo de Dios, hay salvación, renovando la afirmación de Pedro: ‘Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna’».

Frente al secularismo actual

19.       Ante el fenómeno actual del secularismo y de la descristianización, de la indiferencia hacia lo sacro y de la ignorancia religiosa por parte de los mismos creyentes, el gran Jubileo del año 2000 quiere animar a la Iglesia entera a la tarea misionera y a las exigencia actuales de la evangelización. La Iglesia está llamada a dar a conocer a Cristo a todo hombre. «La Iglesia desea servir a este único fin: que todo hombre pueda encontrar a Cristo, para que Cristo pueda recorrer con cada uno el camino de la vida, con la potencia de la verdad acerca del hombre y del mundo, contenida en el misterio de la Encarnación y de la Redención, con la potencia del amor que irradia de ella».

De cara a los humanismos de nuestra época

20.       Nuestra época ha venido a ser llamada, con verdad, el tiempo de los humanismos. «Algunos por su matriz atea y secularista, acaban paradójicamente por humillar y anular al hombre; otros, en cambio, lo exaltan hasta el punto de llegar a una verdadera y propia idolatría; y otros, finalmente, reconocen según la verdad la grandeza y la miseria del hombre, manifestando, sosteniendo y favoreciendo su dignidad total». Únicamente es posible un verdadero y auténtico humanismo si los hombres se abren y se adhieren a la verdad de Jesucristo, pues, «en realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado». Sólo Jesucristo es la fuente que sacia las inquietudes y las aspiraciones más profundas del corazón humano. «La Iglesia, al anunciar a Jesús de Nazareth, verdadero Dios y Hombre, abre a cada ser humano la perspectiva de ser «divinizado» y, por tanto, de hacerse así más hombre. Éste es el único medio por el cual el mundo puede descubrir la alta vocación a la que está llamado y llevarla a cabo en la salvación realizada por Dios».

Respecto a la New Age

21.       No podemos dejar de recordar otro fenómeno que, en los umbrales del Tercer milenio, está teniendo un notable éxito en nuestros pueblos de antigua tradición cristiana: la New Age (Nueva Era). La New Age proclama un cosmos eterno, dinámico, armónico e iluminante en cuanto todo que, en la indistinción más fragante, es «naturaleza», «humanidad» y «divinidad»; y profetiza para el nuevo milenio una nueva era (la era astrológica de acuario): una era naturalista, humanista, esotérica y gnóstica en la cual la armonía, la fuerza y la luz cósmicas son el fundamento de todo. Jesucristo (reducido a una de las numerosas encarnaciones del cristo–cósmico) y la era cristiana (reducida a la era astrológica de piscis) no son aquí más que fragmentos del cosmos–totalidad y de la historia cósmica. En el fondo la New Age consiste en un retorno al paganismo, pero oculto bajo apariencias pseudo–cristianas.

22.       Como por ósmosis han penetrado en el pensamiento y en la vida de nuestros contemporáneos las ideas y las prácticas de esta «nueva religiosidad» llamada New Age. Frente a este fenómeno que auspicia un Tercer milenio no cristiano sino cosmológico, el gran Jubileo del año dos mil nos recuerda que «el redentor del hombre, Jesucristo, es el centro del cosmos y de la historia», y que «la historia de la salvación tiene en Cristo su punto culminante y su significado supremo». Con la encarnación del Hijo de Dios, «el Eterno entra en el tiempo, el Todo se esconde en la parte y Dios asume el rostro del hombre». Cristo no puede ser nunca olvidado ni dejado atrás como una realidad pasada, ni puede ser superado por un «paradigma» más amplio, y tampoco cabe esperar más allá de Él una nueva era para el hombre y la historia humana; por eso «el nacimiento de Jesús en Belén no es un hecho que se pueda relegar al pasado». Cristo ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega (cf. Ap 22, 13), «es el Señor del tiempo, su principio y su cumplimiento; cada año, cada día y cada momento son abarcados por su encarnación y resurrección, para de este modo encontrarse de nuevo en la «plenitud de los tiempos».

IV. DIMENSIONES DEL AÑO JUBILAR

Glorificación de la Trinidad

23.       El período de preparación al Jubileo, durante los tres años precedentes, nos ha inducido a la reflexión sobre cada una de las Personas divinas y su misión en la historia de la salvación. En Jesús de Nazareth, Dios se ha manifestado a sí mismo de forma definitiva e irrepetible: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14, 9). Por la acción del Espíritu Santo, enviado al mundo por el Padre y el Hijo, se nos guía hacia la verdad plena (cf. Jn 16, 13). La economía salvífica, don del amor trinitario de Dios para el hombre, es motivo de acción de gracias y glorificación de la Santísima Trinidad (cf. Ef 1, 3-10).

                        El objetivo central del Jubileo es «la glorificación de la Trinidad, de la que todo procede y a la que todo se dirige, en el mundo y en la historia». Siguiendo el modelo de glorificación, que aparece reflejada en la oración sacerdotal de Jesús (cf. Jn 17, 4-5), el cristiano está llamado a glorificar a Dios: «Para que unánimes, a una voz, glorifiquéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo» (Rm 15, 6). «Glorificar a Dios es vivir ante Él en toda la plenitud y dignidad de nuestro ser de hijos y de hermanos. Quienes, en la comunión de fe en la Trinidad Santa, dan gloria a Dios con su vida, se convierten por el testimonio de su palabra y de sus obras en signo de la credibilidad de aquel Amor que Dios es».

24.       La Eucaristía, «fuente y culmen de toda vida cristiana», es la mejor forma de dar gloria a Dios. La Iglesia, en la Eucaristía, ofrece un canto de acción de gracias y glorificación a la Trinidad, por la acción salvífica de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, para con la humanidad. En la celebración eucarística hay signos con los que invocamos y alabamos a la Trinidad: la señal de la cruz, la invocación trinitaria del Nombre divino, la bendición final de misa; y sobre todo, la doxología, con la que culmina la plegaria eucarística: «Por Cristo, con Él y en Él, a Ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos».

25.       Además del sacrificio eucarístico, podemos dar gloria a Dios, en este Año Jubilar, de muy diversas maneras. Valga como sugerencia la recitación periódica de distintas oraciones cristianas, cuyo objetivo es la glorificación y acción de gracias a Dios: la oración compuesta por el Santo Padre para esta ocasión; el Te Deum laudamus, que se reza en la Liturgia de las Horas y que los sacerdotes solían recitar al terminar la Eucaristía; el himno del Gloria in excelsis Deo; el canto del Magnificat; el Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo; y también infinidad de jaculatorias que la devoción popular ha ido creando a lo largo de los siglos. Estas oraciones pueden rezarse personalmente, ayudando a mantener la presencia de Dios, y también en la comunidad cristiana a la que pertenecemos.

Perdón de los pecados y conversión

26.       En el Año jubilar Dios nos ofrece, de manera singular, el don de la amistad de Dios, la reconciliación con Él, el perdón de los pecados, así como la indulgencia plenaria.

            Siguiendo la pedagogía divina, este tiempo jubilar nos invita a la conversión y a la penitencia; a dirigir nuestro corazón hacia Dios, renunciando a los ídolos del mundo que nos apartan de Él. El Jubileo, Año de gracia del Señor, es año que propicia la conversión y la penitencia sacramental y extrasacramental. «Los Años Santos -nos dice el Papa- son una conmemoración en la que se escucha con mayor intensidad la llamada de Jesús a la conversión». El Padre de la misericordia y Dios de todo consuelo (cf. Rm 15, 5), lento a la ira y rico en piedad y clemencia (cf. Ex 34, 6; Sal 85), llevado de su amor misericordioso, penetra «hasta las raíces más escondidas de nuestra iniquidad, para suscitar en el alma un movimiento de conversión, redimirla e impulsarla hacia la reconciliación».

27.       «El sacramento de la Penitencia es el camino ordinario para obtener el perdón y la remisión de sus pecados graves cometidos después del bautismo», al igual que la condonación de la pena eterna merecida por ellos. Es una especie de acto judicial, realizado ante el tribunal de la misericordia de Dios, y que tiene, además un carácter terapéutico o medicinal. Se requiere por parte del penitente una rectitud de conciencia y una transparencia, que implica la contricción y el rechazo claro del pecado cometido. Es un signo del encuentro personal del pecador con la Santísima Trinidad, a través de la mediación eclesial de la persona del ministro. Dada la importancia de este sacramento, para aprovechar mejor las gracias espirituales del Año jubilar, exhorto a los pastores de almas a que lo celebren personalmente de manera periódica y faciliten a los fieles la celebración individual del mismo. Las habituales celebraciones comunitarias de la penitencia, siguiendo la disciplina vigente de la Iglesia, deben hacerse con confesión y absolución individual.

28.       En la Eucaristía, memorial de la muerte y resurrección de Cristo, «El cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29), se ofrece de manera sacramental, lo que en la Cruz se ofreció de manera cruenta: el cuerpo y la sangre que Cristo «derramó por muchos para remisión de los pecados» (Mt 26, 28). La participación en este sagrado banquete de vida eterna (cf. Jn 6, 51-56) perdona también los pecados leves y preserva de los graves.

29.       Pero la conversión de los pecados y la virtud de la penitencia no se agotan en la celebración sacramental. Existen diversos signos, típicos del tiempo jubilar, que ayudan a expresar la actitud de cambio del corazón. En primer lugar está la peregrinación, que nos recuerda que la vida cristiana es un camino personal del creyente siguiendo las huellas del Redentor: «es ejercicio de ascesis laboriosa, de arrepentimiento por las debilidades humanas, de constante vigilancia de la propia fragilidad y de preparación interior a la conversión del corazón. Mediante la vela, el ayuno y la oración, el peregrino avanza por el camino de la perfección cristiana, esforzándose por llegar, con la ayuda de la gracia de Dios, ‘al estado del hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo’ (Ef 4, 13)». Al igual que Abraham salió de su tierra (cf. Gn 11, 31) y el pueblo de Israel salió de Egipto, purificando su vida en el desierto hasta llegar a la tierra prometida (cf. Ex 14), el cristiano sale de la esclavitud del pecado para recorrer el camino de la Vida, que es Cristo (cf. Jn 14, 6) y llegar al santuario, lugar sagrado, signo de la presencia (cf. Dt 4, 10) y de la misericordia de Dios, donde tiene lugar el encuentro con Él (cf. Ex 40; Sal 11, 4) y se le adora y glorifica (cf. Sal 5, 8; 29, 9; 68, 30; 138, 2). «La peregrinación va acompañada del signo de la puerta santa (…). Ella evoca el paso que cada cristiano está llamado a dar del pecado a la gracia». Los cristianos al cruzar la puerta santa profesan que Cristo es la única puerta de acceso al Padre (cf. Jn 10, 7). Quien entra por Jesucristo es introducido ya realmente en la vida de Dios, y puesto en camino hacia la forma escatológica y perfecta de la participación en la vida eterna.

30.       Existen otros signos jubilares que expresan la dimensión del perdón y la actitud de conversión. Uno de ellos es la indulgencia, que, manifestando la plenitud de la misericordia de Dios, perdona al pecador que se arrepiente la pena temporal por los pecados que ya fueron perdonados en cuanto a la culpa. La causa de la llamada pena temporal son las secuelas que deja en el hombre todo pecado, por ser éste una perturbación del orden universal que Dios ha restablecido y una destrucción de bienes respecto al propio pecador y a la comunidad humana. El perdón del pecado, pues, implica un retorno de estos bienes a su primitiva integridad. Si la pena temporal no ha sido satisfecha en esta vida, mediante oraciones, sacrificios, obras de caridad u otras prácticas penitenciales, ha de ser remitida después de la muerte, a través de la oración de la Iglesia o de la purificación personal en el purgatorio. La indulgencia plenaria remite totalmente la pena temporal y todo fiel cristiano puede obtenerla en este Año Santo en los lugares jubilares, realizando las condiciones que indica la Iglesia, pudiéndose aplicar también por los difuntos.

31.       Otro signo es la purificación de la memoria «que pide a todos un acto de valentía y humildad para reconocer las faltas cometidas por quienes han llevado y llevan el nombre de cristianos». Sería conveniente que las diversas comunidades cristianas hicieran algún gesto de purificación de la memoria durante este Año jubilar.

            Animo de corazón a todos los fieles, sacerdotes, consagrados y laicos, a vivir la misericordia de Dios, realizando estos signos jubilares, como expresión de la voluntad de convertirse al Señor.

Celebración eucarística

32.       «La Eucaristía, memorial y presencia sacramental de Cristo, ‘el mismo ayer, hoy y siempre’ (Hb 13, 8), transciende los siglos y nos hace tomar conciencia de que Él es verdaderamente el Señor de la historia», uniendo así tiempo y eternidad, pasado y futuro, pues en ella agradecemos el don ya recibido del Hijo de Dios venido en carne, y pedimos el don todavía futuro de su segunda venida como Señor (cf. 1 Co 11, 24-26). Por ello, la Encarnación y la Eucaristía son dos misterios de fe que se iluminan mutuamente.

33.       Como dice el Concilio Vaticano II, la eucaristía es sacramento de piedad, pues en ella somos hechos capaces de rendir un culto verdadero y grato a Dios; es signo de unidad, ya que en ella se hace posible que el hombre alcance la verdadera comunión con Dios, consigo mismo y con sus semejantes; es vínculo de caridad, donde se nos comunica el amor de Dios, que nos hace poder amarle a Él y a nuestros prójimos, con el mismo amor con que Él ama; y es banquete pascual, en el que se recibe a Cristo, pan vivo bajado del cielo, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura. La Eucaristía es Júbilo y Acción de gracias por la salvación realizada mediante la Muerte y Resurrección de Jesús. Es sacramento celebrado bajo la acción del Espíritu Santo, pues, «lo que en la plenitud de los tiempos se realizó por obra del Espíritu Santo, solamente por obra suya puede surgir ahora de la memoria de la Iglesia».

34.       Recogiendo este profundo misterio que veneramos en la Eucaristía, el Papa Juan Pablo II ha resaltado la intensidad eucarística que el año 2000 ha de tener para cada uno de los cristianos, pues en ella se expresan las diversas dimensiones del Año Jubilar: la glorificación al Dios Uno y Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo; el perdón que Dios concede al mundo por medio de su Hijo Jesucristo; la acción de gracias a Dios; y la caridad que la Iglesia está llamada a realizar en su opción preferencial por los más pobres y desheredados de la Tierra.

35.       Por todo ello, queridos hijos de la Diócesis de Alcalá de Henares, os insto a que participéis, con mayor devoción y fervor, en este Año Santo, en el gran regalo de la Eucaristía del domingo, que es «la Pascua de la semana, en la que se celebra la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, la realización en él de la primera creación y el inicio de la ‘nueva creación’ (cf. 2 Co 5, 17)». La Eucaristía dominical es la que tiene una mayor capacidad significativa, al reunirse la comunidad cristiana con su propio pastor. Suele celebrarse en la parroquia, lugar privilegiado donde se realiza la comunidad de fieles cristianos, donde «están presentes todas las mediaciones esenciales de la Iglesia de Cristo» y donde nacimos como cristianos.

            Os invito a preparar las celebraciones eucarísticas dominicales, leyendo previamente en particular o en grupo, con actitud de reverente escucha, los textos bíblicos que se proponen para la proclamación de la Palabra; a cuidar con esmero la liturgia eucarística, realzando y solemnizando los gestos de glorificación y alabanza a la Trinidad, de petición de perdón y de acción de gracias. Siendo este año eminentemente eucarístico, y considerando que la eucaristía no se agota en la celebración de la Misa, todas las comunidades cristianas deben rendir especial culto al Santísimo Sacramento, propiciando la adoración pública, la exposición, las procesiones eucarísticas y la oración personal.

Acción caritativa

36.       La vida eterna salida de las manos de Dios se presenta bajo el signo de la entrega, y el motor de esa vida es dar. Dios es amor (cf. 1 Jn 4, 16), y ese amor es derramado por el Espíritu Santo en nuestros corazones (cf. Rm 5, 5). De aquí brota la genuina realidad del amor cristiano. «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10). El Señor Jesús en la última Cena dijo: «Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros» (Lc 22, 19). La Eucaristía se convierte en fuente y estímulo de toda acción caritativa, sobre todo hacia los más pobres. San Juan Crisóstomo describía esta íntima relación entre Eucaristía y compromiso en favor de los pobres, al que los cristianos del nuevo siglo XXI estamos llamados: «¿Has gustado la sangre del Señor y no reconoces a tu hermano? (…). Deshonras esta mesa, no juzgando digno de compartir tu alimento al que ha sido juzgado digno (…) de participar en esta mesa. Dios te ha liberado de todos tus pecados y te ha invitado a ella. Y tú, aún así, no te has hecho más misericordioso».

37.       La caridad consiste ante todo en amar a Dios y en ese mismo movimiento del amor a Dios, amar a los hombres. Como dice S. Juan: «Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13); «Si alguno dice: ‘Amo a Dios’, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve» (1 Jn 4, 20). La caridad es, en primer lugar, un don que recibimos, que transforma nuestra existencia y nuestro corazón y nos hace capaces de vivir de un modo nuevo: amando, con el mismo amor que Dios nos da. La caridad cristiana, pues, se distingue de cualquier otra forma de filantropía, por noble y legítima que ésta sea. La caridad es siempre gratuita, se ofrece a todos, sin condiciones, sin esperar nada a cambio.

38.       El destinatario de la caridad cristiana es todo hombre, independientemente de su condición, religión, raza o sexo. Lo es el hombre considerado en su integridad, en su ser completo. No es genuina caridad cristiana la que se preocupa solamente de las necesidades materiales del hombre o únicamente de su situación espiritual. Recordemos la obras de misericordia en su doble vertiente de corporales (cf. Mt 25, 35-40) y espirituales (cf. Mt 18, 15).

39.       La Iglesia está llamada a mostrar con esas obras de misericordia el amor de Dios que en ella habita. La acción caritativa es propia tanto de las estructuras eclesiales como de las personas individuales, de cada cristiano. El Año Jubilar es ocasión propicia para reflexionar cómo vivimos la caridad en nuestras comunidades cristianas, a nivel de necesidades corporales y espirituales: el testimonio de nuestra pobreza y de nuestro amor preferencial por los pobres; la atención a los enfermos, ancianos y encarcelados que pertenecen a la propia parroquia; la preocupación por evangelizar, instruir, corregir errores, aconsejar, consolar y confortar en las dificultades de la vida. Es lo que se desprende de la profecía mesiánica de Isaías, cuyo cumplimiento perfecto se realiza en toda celebración eucarística y en especial en este año de gracia: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a anunciar la buena nueva a los pobres, a curar los corazones desgarrados, a pregonar un año de gracia del Señor, el día del desquite de nuestro Dios; para consolar a los que lloran, para darles diadema en vez de ceniza, aceite en vez de vestido de luto, alabanza en vez de espíritu angustiado» (Is 61, 1-3).

Otras dimensiones del Año Jubilar

40.       Hemos reflexionado sobre las dimensiones más relevantes del Año Jubilar: la glorificación de la Trinidad; el perdón de los pecados y conversión; la celebración eucarística y la acción caritativa. No podemos olvidar que existen otras dimensiones que el Año Santo nos invita a tener en consideración, como son la devoción a María, la acción ecuménica, la memoria de los mártires. Respecto a la Virgen María, el Papa nos decía, en la Carta apostólica de preparación al Jubileo, que cada año debíamos contemplarla desde una perspectiva diversa y complementaria: como modelo de fe vivida; como mujer de esperanza, dócil al Espíritu Santo; y como ejemplo de amor perfecto. Ella nos sigue acompañando en este año de gracia, para ayudarnos, con su poderosa intercesión, a obtener el don de la misericordia divina.

V. LUGARES JUBILARES

41.       La indulgencia jubilar se puede ganar una sola vez al día, realizando la visita a los lugares indicados por el Santo Padre para la ciudad de Roma y para Tierra Santa, y los lugares que cada Obispo haya designado en su iglesia particular.

            En nuestra diócesis de Alcalá de Henares hemos indicado tres lugares jubilares, donde poder lucrar la indulgencia plenaria: la Catedral-Magistral, el Templo parroquial de Torrelaguna y el Santuario de Nuestra Señora de la Victoria de Villarejo de Salvanés. En estos templos ejercerá el ministerio de la reconciliación un sacerdote con facultades para perdonar los pecados reservados.

            Se puede obtener también la indulgencia jubilar en cada lugar, visitando a los hermanos necesitados o con dificultades: enfermos, encarcelados, ancianos solos, minusválidos. Asimismo podrá obtenerse mediante iniciativas que favorezcan de modo concreto y generoso el espíritu penitencial.

42.       Los requisitos que la Iglesia indica para ganar la indulgencia jubilar son: la peregrinación a los lugares indicados participando allí en alguna celebración litúrgica (Santa Misa, Laudes, Vísperas) o realizando un ejercicio de piedad (Via Crucis, Rosario, himno Akáthistos), o permaneciendo un cierto tiempo en adoración eucarística o en meditación espiritual. La visita debe incluir el rezo del Padre nuestro, la profesión de fe (Credo) en cualquiera de sus fórmulas legítimas, la invocación a la Santísima Virgen y rezando por las intenciones del Santo Padre. Para lucrar la indulgencia hay que participar en la comunión eucarística y celebrar el sacramento de la penitencia, pudiendo realizarlo en los días antes o después de la visita.

 

VI. CALENDARIO DE LAS CELEBRACIONES JUBILARES

43.       Además de las celebraciones jubilares que el Santo Padre ha indicado para diversos grupos de personas, a celebrar en Roma, cada Obispo ha propuesto unas celebraciones en su propia diócesis. En Alcalá de Henares se han propuesto las siguientes:

25.XII.1999:    Solemnidad de la Natividad del Señor. Apertura del Año Jubilar en la Catedral.

31.XII.1999:    Fin de año. Vigilia de acción de gracias y súplica ante la llegada del año 2000 en todas las parroquias y comunidades cristianas.

22.I.2000:       Celebración jubilar interconfesional en la Catedral.

27.I.2000:       Jubileo de los profesores cristianos en la Catedral.

2.II.2000:        Jubileo de los miembros de vida consagrada en la Catedral.

11.II.2000:      Jubileo de los enfermos en hospitales, residencias y comunidades cristianas.

6.III.2000:       Peregrinación diocesana a Roma.

18.III.2000:     Jubileo de los jóvenes en Torrelaguna.

25.III.2000:     Solemnidad de la Encarnación del Señor. Celebraciones en todas las comunidades cristianas.

2.IV.2000:       Jubileo de las Hermandades, Cofradías y Asociaciones de fieles en todos los Santuarios jubilares.

8.IV.2000:       Jubileo de los niños en todos los Santuarios jubilares.

8.VI.2000:       Jubileo de los mayores en Villarejo de Salvanés.

11.VI.2000:     Jubileo del Apostolado seglar en la Catedral.

15.VI.2000:     Fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Jubileo de los sacerdotes y diáconos en Torrelaguna.

18.VI.2000:     Solemnidad de la Santísima Trinidad. Jubileo en todas las parroquias y comunidades cristianas.

24.VI.2000:     Jubileo de los agentes de pastoral social en la Catedral.

8.X.2000:        Jubileo de los catequistas en la Catedral.

31.XII.2000:    Fin de año. Vigilia de acción de gracias y petición por el Tercer milenio en todas las parroquias y comunidades cristianas.

5.I.2001:         Solemnidad de la Epifanía del Señor. Clausura del Año Jubilar en la Catedral.

44.       Se ha tenido en cuenta como criterio para la designación de estas celebraciones la presencia significativa en nuestra Diócesis de los diversos grupos de personas.

            Hay varias celebraciones, cuya realización está prevista en todas las comunidades cristianas: las dos vigilias de fin de año, las solemnidades de la Encarnación y de la Santísima Trinidad y el jubileo de los enfermos. El resto de las celebraciones tendrán lugar en los santuarios jubilares.

            Para que las celebraciones jubilares sean más fructuosas espiritualmente, recomiendo encarecidamente a los pastores de almas, que ayuden a los participantes a prepararse convenientemente, mediante catequesis, actos de piedad y celebraciones litúrgicas previas.

            El Comité Diocesano del Jubileo, en colaboración con las diversas Delegaciones diocesanas, está preparando unos materiales para las catequesis y las celebraciones litúrgicas, que sirvan de apoyo a los agentes de pastoral.

CONCLUSIÓN

45.       El tiempo litúrgico de Adviento nos invita a permanecer alertas a la venida de Jesucristo. Dejemos, pues, que resuene en nuestros corazones la exhortación de san Juan Bautista: «¡Preparad el camino al Señor; allanad sus senderos!» (Mt 3, 3), para que despierte nuestro espíritu adormecido y nos mantenga vigilantes a la espera de su Venida. Después de su primera venida en carne y debilidad, naciendo en un pesebre (cf. Lc 2, 6-7) y muriendo en la cruz (cf. Lc 23, 33-46), Jesucristo vendrá de manera definitiva y última en gloria y majestad: «Cuando entregue a Dios Padre el Reino, después de haber destruido todo Principado, Dominación y Potestad. Porque debe él reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en ser destruido será la Muerte» (1 Co 15, 23-26; cf. Rm 8, 34; 14, 9). En este tiempo intermedio de espera y esperanza entre sus dos venidas, Cristo viene a nosotros «en espíritu y poder (…). Esta venida intermedia es como una senda por la que se pasa de la primera a la última; en la primera, Cristo fue nuestra redención; en la última, aparecerá como nuestra vida; en ésta, es nuestro descanso y nuestro consuelo».

46.       Entremos, pues, con espíritu de conversión, por la Puerta que Dios ha abierto en la historia a fin de que todos los hombres accedan por ella al misterio de Dios y, en él, al misterio de la propia vida. Peregrinemos, guiados por la fe y sostenidos por la esperanza, a través del Camino que Dios ha trazado en el mundo como senda que conduce a la Vida eterna. Testimoniemos y confesemos delante de los hombres, urgidos por la caridad y viviendo la unidad, a Aquel que es la Puerta y el Camino de la salvación para todos los pueblos: Cristo Jesús, el Hijo único del Padre, hecho carne en el seno de María Virgen por obra del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 26-35), enviado así por el Padre al mundo en la plenitud de los tiempos (cf. Gál 4, 4), para que con su muerte en la cruz revelara el infinito amor de Dios hacia todos los hombres (cf. 1 Jn 3, 16; Rom 5, 8), destruyera de una vez para siempre el pecado del mundo (cf. Heb 9, 26-27) y nos abriera el camino a la vida eterna (cf. Jn 14, 2-4).

            La Iglesia, sacramento «de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano», nos invita ardientemente en este año de gracia a entrar en la vida de comunión con Dios y con los hermanos.

            María, la Madre del Salvador, cuya solemnidad celebramos hoy bajo el título de Inmaculada Concepción, nos alienta a mantenernos perseverantes a la espera del Señor.

+ Jesús Catalá Ibáñez

Obispo Complutense

Alcalá de Henares, a ocho de diciembre de mil novecientos noventa y nueve, Solemnidad de la Inmaculada Concepción.