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28/09/2011

Nueva Carta Pastoral de Mons. Reig Pla

Para que tengan vida eterna

LA NUEVA EVANGELIZACIÓN COMO "MISIÓN"

CARTA PASTORAL
DEL OBISPO DE ALCALÁ DE HENARES


Septiembre 2011



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INDICE


Introducción

1. Una nueva situación

2. Cristo es la respuesta

3. La Iglesia es la casa donde se puede vivir

    a) La Palabra de Dios
    b) La Iglesia vive de la Eucaristía
    c) La comunión fraterna
    d) La oración

4. La Nueva Evangelización como “misión”

    a) La transmisión de la fe
    b) Educar en la verdad
    c) La auténtica ecología humana
    d) Los nuevos evangelizadores

Conclusión


PARA QUE TENGAN VIDA ETERNA


Introducción

“En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: Yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). “La victoria sobre el mundo es nuestra fe” (1 Jn 5,4).

He querido comenzar esta Carta Pastoral con estas palabras del Evangelio para poner de manifiesto mi convicción más íntima: en Cristo está depositada toda nuestra esperanza y esta esperanza no defrauda porque “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,4). Apoyados en esta esperanza, los creyentes en Cristo estamos capacitados para afrontar cualquier cambio o desafío con serenidad.


1. UNA NUEVA SITUACIÓN

La situación actual en España, y en nuestra diócesis, está caracterizada por un nuevo escenario cultural que ha nacido de la secularización; por la pérdida de los puntos de referencia esenciales de la vida, por un clima de globalización y de mezcla de culturas provocado por el fenómeno migratorio. Del mismo modo, los medios de comunicación social, y en particular la cultura digital, están creando un nuevo contexto con muchas posibilidades y, a la vez, con muchos riesgos para la vida de fe. Además está creciendo una mentalidad acrítica respecto de los resultados de la ciencia y de las posibilidades de la tecnología que, si bien proporcionan muchos medios, puede convertirse en un modo de idolatría y de nueva religión. A este cuadro hay que añadir la incertidumbre y el desánimo creciente que se observa en la sociedad española frente a la situación económica y política.
Este nuevo escenario es preocupante porque está desorientando a muchas personas y, de una manera particular, a los adolescentes y a los jóvenes. Es ésta una situación que, tras el olvido de Dios, está provocando un gran vacío existencial que puede acabar destruyendo al sujeto humano. Las manifestaciones de esta llamada “crisis antropológica” son fácilmente constatables: destrucción de matrimonios y rupturas familiares, oscurecimiento del sentido de la vida en tanto jóvenes atrapados por la falta de trabajo, por el alcohol, la droga, el consumismo, la búsqueda exclusiva de sensaciones y emociones; la persistente crisis económica, política y moral; la difusión, en fin, de una cultura relativista que ha conducido hacia el nihilismo con la “cultura de la muerte” y la “ideología de género”.

Una crisis espiritual

No se trata simplemente de que ahora seamos más pecadores que las generaciones anteriores. Se trata, en cambio, de una crisis más profunda. Es una crisis “espiritual”, en el sentido de vacío de la “vida interior”, pérdida de la consistencia ontológica del alma (Caritas in veritate, 76), en la que al mal se le llama bien y la injusticia se transforma en derecho. Se trata nada menos que del riesgo de la “abolición de lo humano” por una crisis de la verdad y por una perversión de la libertad. La libertad, desvinculada del ser y de la verdad del hombre, se transforma simplemente en un haz de instintos y emociones. Ambos responden ciegamente a los estímulos provocados por el consumo y el mercado, en una sociedad guiada por el pensamiento único. El final de este panorama es el oscurecimiento de la conciencia moral del sujeto que no sabe distinguir ente el bien y el mal, entre lo que lleva a la persona a su perfección o la destruye. En este sentido, conviene recordar que ciertas acciones malas, aunque se realicen con ignorancia inculpable, no por eso dejan de destruir al hombre, ya que el mal y el pecado siempre destruyen al sujeto que lo lleva a cabo aunque no sea consciente de ello.

Crisis de humanidad

Muchas personas esperan simplemente un cambio político en España para salir de esta situación de malestar. Sin embargo, no conviene engañarnos. Sin negar los posibles beneficios de los cambios políticos, nuestro diagnóstico es que se trata de una “crisis de humanidad”. Es el mismo hombre el que está desorientado y atrapado por el olvido de la propia gramática humana, por la pérdida de su verdad, por el olvido de Dios. A pesar de esto, es indudable que en toda persona está latente el deseo de felicidad y permanece viva la nostalgia de belleza y de comunión, la exigencia de significado. Es lo que expresaba el cardenal Ratzinger cuando escribía que “en el hombre vive inextinguiblemente el anhelo de lo infinito. Ninguna de las respuestas que ha intentado darse resulta suficiente. Tan sólo el Dios que se hizo –Él mismo– finito, a fin de romper nuestra finitud y conducirnos a la amplitud de su propia infinitud, responde a la pregunta de nuestro ser. Por eso, también hoy día la fe volverá a encontrar al hombre” (Fe, verdad y tolerancia, Sígueme, Salamanca 2005, p. 121).

Nueva evangelización

La respuesta a esta situación, sin menospreciar la necesidad de cambios económicos y políticos, requiere, pues, un giro copernicano que no puede venir más que de lo que Juan Pablo II llamó “nueva evangelización”. La urgencia y la necesidad de evangelización en el momento presente ha llevado a Benedicto XVI a instituir con el “motu propio” Ubique et semper (21-9-2010) el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización. En este documento, retomando las palabras del Papa Juan Pablo II, afirma: “Ciertamente urge en todas partes rehacer el entramado cristiano de la sociedad humana. Pero la condición es que se rehaga la cristiana trabazón de las mismas comunidades eclesiales que viven en estos países o naciones”. (Ch L 34).

Del mismo modo, tras las pertinentes consultas, Benedicto XVI ha convocado para el año 2012 un nuevo Sínodo de Obispos con el siguiente tema: La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. El tema está intrínsecamente relacionado con los Sínodos anteriores sobre la Palabra de Dios (Verbum Domini) y sobre la Eucaristía (Sacramentum charitatis), y responde a un plan unitario que pretende de nuevo presentar a Cristo y a la Iglesia al mundo contemporáneo.

Así pues, nuestra propuesta ante la crisis actual del hombre es la persona de Cristo, como un acontecimiento de gracia, y la Iglesia como la comunidad de hermanos donde se puede vivir. Cristo es la esperanza para todos aquellos que la vida deja malheridos en la cuneta. Es la respuesta para todos los que sufren en el desierto de este mundo, para los pobres de esta tierra que no saben adonde mirar. Él es, en efecto, la Buena Noticia que corresponde a la espera del corazón de todo hombre y que ofrece gratuitamente la salvación. Él es el Evangelio; “fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree en Él” (Rm 1,16). La misión de la Iglesia no es otra que anunciar con palabras y obras a Jesucristo muerto y resucitado. Sólo Él, siendo Dios, nos puede ofrecer la salvación. Sólo Él nos conduce a la casa donde se puede vivir.


2. CRISTO ES LA RESPUESTA

Cuando decimos que la respuesta a la situación actual de “crisis” es la “nueva evangelización” –Cristo como Evangelio–, no nos estamos refiriendo a un personaje del pasado o a una doctrina como la de otros maestros o filósofos de la antigüedad. Cuando nombramos a Cristo estamos hablando de Alguien que irrumpe en nuestra vida. Es Jesús resucitado, es el Señor, vencedor de la muerte, y que ofrece a cuantos creen en Él la “vida eterna”. Es el que, después de anunciar a Marta “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11, 25), ha roto los lazos de la muerte y vive para siempre.

La luz de la resurrección

La propuesta cristiana tiene su centro en la resurrección que certifica la condición divina de Jesús. Él es el enviado del Padre, el Hijo de Dios hecho carne, el Dios humanado que trae el rescate para todos los que habitan en sombras de muerte. Tanto para los Apóstoles como para nosotros, el proceso de salvación tiene su punto de apoyo en la resurrección. Centrados en ella podemos recuperar la esperanza y, como ocurrió con los discípulos de Emaús, podemos también ser alcanzados por Él en el camino de la vida, escuchar sus palabras y reconocer su presencia en la “fracción del pan” (Lc 24,30-31).

Concentración cristológica

El evangelio de San Juan, en una clara concentración cristológica, proclama el Evangelio diciendo: “Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su unigénito, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna” (Jn 3,16).

La imagen que ofrece este texto de Dios, evoca la revelación de Yahvé a Moisés en la que se muestra como un Dios atento a los sufrimientos de sus hijos: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra sus opresores: conozco sus sufrimientos. He bajado a librarlo de los egipcios, a sacarlo de esta tierra, para llevarlo a una tierra espaciosa y fértil, tierra que mana leche y miel” (Ex 3,7-8).

Del mismo modo que Yahvé mandó a Moisés a liberar a su pueblo, Dios Padre envía a su Hijo Jesucristo, nuevo Moisés, a librarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte. La razón es la misma: Dios ve los sufrimientos de su pueblo y, llevado de su amor, nos envía a su Hijo –Dios y hombre verdadero– para ofrecernos la liberación de los opresores, la salvación.

Sin embargo, esta liberación no consiste simplemente en alcanzar cualquier tierra donde vivir en libertad. Lo asombroso es que Él mismo se ofrece como esa tierra donde vivir, su Amor hecho gracia y ofrecido en Jesucristo para que, alcanzados por Él, tengamos vida eterna.

La fe en Cristo

Ante esta propuesta –el Amor de Dios–, la única respuesta adecuada es la fe: “para que todo el que crea en Él tenga vida eterna”. La fe es la respuesta que promueve la gracia del Padre en nosotros (Jn 6,44), es la puerta que nos da acceso al Amor de Dios, en cuyo conocimiento consiste la vida eterna (Jn 17,3). La fe es la victoria sobre el mundo (1 Jn 5,4), el acceso a la vida eterna, a esta tierra que mana leche y miel (Dt 8,7-9) imagen de la ciudad de Dios: la Jerusalén del cielo (Hb 9,24).

La justicia de Dios

La autentica justicia de Dios para el hombre, en cualquier momento de la historia, es el “cielo” o la “gloria”, contemplar la belleza de Dios y gozar eternamente de su Amor. Este amor se nos ofrece en Jesucristo y es derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Rm 5,4). Jesús, cuando decía a sus discípulos “Os conviene que yo me vaya” (Jn 16,7), les estaba anunciando la venida del Espíritu Santo que nos guiará hasta la verdad plena (v.13), tomará de lo suyo y nos lo anunciará (v.14).

Hijos de Dios

Este anuncio supone la participación de la vida eterna por la condición de hijos de Dios alcanzada en el bautismo: “Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros” (Rm 8, 11). Esta participación del Espíritu del resucitado nos concede la adopción filial por parte de Dios: “Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos ‘Abba, Padre’. Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios y coherederos con Cristo, de modo que si sufrimos con Él, seremos también glorificados con él” (Rm 8,15-17).

Esta es la respuesta cristiana: participar de la victoria de Cristo, disfrutar de la vida eterna ya incoada en este mundo: “pues hemos sido salvados en esperanza” (Rm 8,24). La esperanza cristiana supone, en efecto, que la salvación –la vida eterna– ya ha irrumpido en nuestra vida presente. Esta es la victoria de la fe que nos hace participar ya de lo que se manifestará en plenitud en la gloria del cielo. O lo que es lo mismo: el cielo se ha aproximado a nuestra vida porque la fe, como explica la carta a los Hebreos, es sustancia –anticipación– de las cosas que esperamos (Hb 11,1).

Vivir en Cristo

Así pues, recapitulando lo que hemos dicho, la propuesta cristiana ante la situación presente de nuestra sociedad es Cristo, de quien somos contemporáneos por la acción del Espíritu Santo, quien, tras la resurrección de Jesús, nos incorpora a su vida. El bautismo, en efecto, supone una transferencia de nuestro yo para ser identificado con Cristo. Así lo afirma rotundamente San Pablo: “vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20); “para mí la vida es Cristo” (Fil 1,21).

Vivir en Cristo supone quedar identificados por gracia con Él, de tal manera que estamos invitados a recorrer el mismo camino que él ha trazado en su humanidad. La humanidad de Cristo, que deriva de su Encarnación, es el método, las huellas que nosotros, animados por el Espíritu, hemos de seguir. De aquí deriva la importancia de conocer los evangelios que dan testimonio de los hechos y de las palabras de Jesús (Hch 1,1).

Los nombres de Cristo

Los evangelios presentan a Jesús con distintos títulos que dan razón a la vez de su condición divina y humana: el Cristo, Hijo de Dios (Mt 16,16; Jn 11,27); el Hijo en forma absoluta (Jn 3,16.17.35); el Hijo del hombre (Mc 8,31; Jn 12,34; 12,23), el Logos (Jn 1,1). En el evangelio de San Juan es muy significativa la expresión “Yo soy” con una clara referencia a la revelación del nombre de Dios en el Antiguo Testamento (Ex 3,14; Is 43,10): “Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces conoceréis que yo soy” (Jn 8,28).

Este uso absoluto de la formula “Yo soy” expresa la condición divina de Cristo que viene complementada por otros títulos, con uso predicativo: “yo soy el pan de vida” (Jn 6,35); “yo soy la luz del mundo” (Jn 8,12); “yo soy la puerta” (Jn 10,7.9); “yo soy el buen pastor” (Jn 10,11.14); “yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11,25); “yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6); “yo soy la vid” (Jn 15,1.5).

A través de todos estos títulos se muestra con evidencia que la propuesta cristiana no es independiente de la persona de Cristo. Él es la respuesta de Dios al sufrimiento humano. Él es el verdadero rostro de Dios: “La gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer” (Jn 1,17-18). Así se lo manifestó Jesús al apóstol Felipe cuando le dijo: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14,9).


3. LA IGLESIA ES LA CASA DONDE SE PUEDE VIVIR

Si en Cristo se muestra el verdadero rostro de Dios, es necesario formularnos la pregunta: ¿Y dónde podemos encontrar hoy a Cristo? La pregunta no surge en nosotros por mera curiosidad. Es la pregunta en la que se juega el sentido de nuestra vida y nuestro futuro. Es la pregunta que nace del deseo de salvación y que sigue a las promesas de Jesús: “Esta es la voluntad de mí Padre que todo el que ve al Hijo y crea en Él tenga vida eterna” (Jn 6,40). Y así lo ratifica: “El que cree en el Hijo posee la vida eterna” (Jn 3,36).

Ver a Cristo equivale a creer en Él aceptando el testimonio de aquellos que lo vieron resucitado. Este es el origen de la Iglesia asentada sobre la roca de los Apóstoles, testigos de su resurrección, quienes cumplieron el encargo del Señor: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará” (Mc 16,15-16). El mismo Señor que antes de ascender a los cielos los envía a hacer discípulos a todos los pueblos, les asiste y acompaña en su misión: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28,20). Es más, esta presencia del resucitado va dirigida a todos los creyentes: “Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre allí estaré yo en medio de ellos” (Mt 18,20).

El nuevo discipulado de Jesús

La Iglesia es, pues, el nuevo discipulado de Jesús que nace de la predicación apostólica (Kerygma) como queda narrado en los Hechos de los Apóstoles: “Por lo tanto, con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor (Kyrios) y Mesías. Al oír esto se les traspasó el corazón y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿qué tenemos que hacer, hermanos? Pedro les contestó: Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas” (Hch 2,36-38.41).

La verdadera tierra de promisión

Revisando las promesas hechas a Moisés en el Sinaí y habiendo recibido de Cristo toda la revelación del designio de Dios, podemos comprender que la Iglesia, comunidad de los creyentes en el Resucitado, es la tierra que mana leche y miel. Es la tierra prometida donde el Espíritu Santo nos capacita para vivir en la libertad de los hijos de Dios. Es la nueva tierra donde se puede vivir del amor de Dios y del amor entre los hermanos. Así lo testifican los Hechos de los Apóstoles: “Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común…y perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hch 2,42.44).

Lugar de comunión

Frente a una cultura dominante que disgrega a las personas y las aboca al individualismo, la comunidad cristiana se presenta como la auténtica respuesta a las necesidades de comunión y de verdad que siente toda persona. Es el modo para remediar la pobreza y salir del anonimato y de la marginación que provoca la sociedad actual: “Vendían posesiones y las repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo” (Hch 2,45-47).

La comunidad

Es posible que alguien piense que los Hechos de los Apóstoles describen una comunidad cristiana ideal, que resulta imposible en nuestra sociedad urbana e industrializada. Sin embargo hay que reconocer que ésta es la inspiración auténtica de la Iglesia apostólica y que está en el origen de todos los movimientos de renovación eclesial a lo largo de la historia: vida monástica impulsada por laicos (San Benito), propuestas de vida común (San Francisco de Asís), parroquias como ámbitos de familias unidas en un mismo territorio, hermandades, cofradías, congregaciones, etc. En cada momento de la historia han surgido nuevos impulsos para recuperar los elementos esenciales de la comunidad cristiana y poder responder a las circunstancias cambiantes de la sociedad. Este mismo aliento es el que ha suscitado el Espíritu Santo en el Concilio Vaticano II que, recogiendo lo mejor de la tradición cristiana, ha ido inspirando nuevos movimientos y comunidades que favorecen la vida cristiana en la sociedad actual. El foco de luz principal es el que surge de las Constituciones conciliares Lumen gentium (Iglesia) y Sacrosanctum concilium (Liturgia) en las que la Iglesia es vista como un “misterio” de comunión que tiene su fuente en la comunión de la Trinidad. Este “misterio” se ve reflejado en cada comunidad cristiana que se edifica desde la Eucaristía. El seguimiento de Cristo y la vida cristiana reclaman el surgir de la comunidad de los discípulos que, como el discipulado de Jesús, viven de su palabra, de los sacramentos y de la comunión fraterna.

La lógica sacramental

El Espíritu Santo hace presente al Resucitado en el misterio de la Iglesia de un modo “sacramental”. Por eso la lógica que preside a la Iglesia no es una lógica funcional. No nos agrupamos en función de unos intereses, para realizar ciertas funciones o para seguir unas estrategias. La Iglesia es la irrupción de Cristo que acontece como un misterio de comunión. Las imágenes paulinas de la Iglesia nos lo ponen de manifiesto. La Iglesia es el “cuerpo de Cristo” (1 Cor 12,12) del cual Él es la cabeza. Es también como un templo edificado sobre la piedra angular que es Cristo. Los bautizados son como miembros del cuerpo, animado por el Espíritu, o como piedras vivas que contribuyen a la edificación de un templo consagrado al Señor para ser morada de Dios, por el Espíritu (Ef 2,20-22).

En definitiva se trata de estar incorporados a Cristo, como los sarmientos a la vid (Jn 15), para vivir de Él. Este vivir de Él se realiza “sacramentalmente”, reproduciendo desde la fe los rasgos fundamentales del discípulo de Jesús o de la comunidad primitiva: escucha de la Palabra, fracción del pan, comunión y oración (Hch 2,42).

a) La Palabra de Dios

La escucha de la Palabra de Dios, la enseñanza apostólica, es el primer modo de presencia del Resucitado. Como han resaltado los Santos Padres, toda la Escritura (Antiguo y Nuevo Testamento) contiene a Cristo. La Palabra de Dios proclamada en la Iglesia es una Palabra inspirada por el Espíritu Santo a los autores sagrados (hagiógrafos) y que tiene a Dios por autor.

Inspirada por el Espíritu Santo, y acogida en el mismo Espíritu, nos transmite al mismo Cristo a quien vemos y escuchamos desde la fe. El Antiguo Testamento contiene las promesas hechas a nuestros padres que se han cumplido en Jesús, el Cristo salvador. Esas mismas promesas cumplidas en Cristo nos son entregadas a nosotros como una siembra (Mc 4,2 ss.) que espera dar buen fruto. Es, en efecto, una palabra viva y eficaz que, como la lluvia (Is 55,10-11), fecunda la tierra y cumple en nosotros lo mismo que anuncia cuando es recibida desde la fe. Esta Palabra tiene un carácter transformador, es “performativa”. No deja nuestra persona igual que antes de acogerla, sino que promueve la conversión y el cambio de vida.

Este tema de la Palabra de Dios ha sido objeto del último Sínodo de los obispos y ha dado origen a la Exhortación de Benedicto XVI “Verbum Domini”. Este acontecimiento eclesial es de suma importancia. Después de la Constitución conciliar sobre la Palabra de Dios (Dei verbum), en la que el Concilio Vaticano II explicó cómo la Palabra de Dios construye a la Iglesia y cómo hemos de interpretarla, el Papa Benedicto XVI nos anima a recuperar para la vida personal, familiar y eclesial la escucha asidua de esta Palabra. A través de la Liturgia, de la Lectio divina personal y comunitaria, de la oración personal y familiar, hemos de conseguir un trato asiduo con Jesucristo, escuchando su Palabra y guardándola en el corazón.

Un nuevo paradigma

El modelo o paradigma de escucha de la Palabra es María, la Virgen que dijo: “Hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1,38). Este paradigma sirve tanto para la comunidad cristiana como para todo fiel cristiano (VD 28). Ello supone en la Iglesia católica un giro considerable que hemos de promover pastoralmente con mucha esperanza. Esto significa que hemos de formar a nuestros cristianos para poder acoger la Palabra de Dios en la lectura y meditación personal.

Escuelas de la Palabra

Del mismo modo, nuestras parroquias tienen que transformarse en verdaderas escuelas de oración y escuelas de la Palabra, promoviendo la Lectio divina comunitaria. Si los primeros cristianos “perseveraban en la enseñanza de los apóstoles” (Hch 2,42), nuestras comunidades cristianas tienen que encontrar la forma, adaptada a las circunstancias actuales, de recuperar el trato asiduo y familiar con la Palabra de Dios. Más allá de las lecturas que se proclaman en la Liturgia dominical, nuestras parroquias deben introducir otros modos para que la Palabra llegue a los bautizados, resuene en las familias y alimente con vigor a la comunidad cristiana. En este sentido conviene destacar la importancia de las Celebraciones de la Palabra, la Lectio divina comunitaria, los cursos de introducción a la lectura orante de la Palabra de Dios, los talleres de oración, los retiros mensuales y los ejercicios espirituales.

Nuevas realidades

Todos estos elementos, ya conocidos en nuestra diócesis de Alcalá de Henares, además de ser difundidos y ampliados, deben ser acompañados por una renovación de la predicación, de la catequesis, y del primer anuncio cristiano. Hoy, gracias a Dios, están surgiendo en la Iglesia, al calor del Espíritu Santo, multitud de iniciativas para llevar adelante la nueva evangelización. Una buena muestra de ello ha sido la eclosión de grupos, movimientos, comunidades, modos comunitarios de acogida y vida en común, predicación en las calles, en las redes, etc., que se han puesto de manifiesto en la Jornada mundial de la Juventud. La belleza de lo que hemos visto y oído debe de animarnos a poner en nuestros labios y en nuestro corazón la Palabra de Dios, dispuestos siempre a dar razón de nuestra esperanza (1 Pe 3,15), prontos y dispuestos a anunciar el Evangelio. En nuestra Iglesia de Alcalá necesitamos recuperar el impulso de la Iglesia apostólica y el vigor de los primeros cristianos. Si entonces fue posible, hoy, con la asistencia del Espíritu Santo, también podemos recuperar el celo apostólico por el Evangelio.

b) La Iglesia vive de la Eucaristía

Al responder a la llamada del Señor (Mc 1,16-20), los primeros discípulos siguieron a Jesús, escuchaban su palabra, participaban de su vida y colaboraban en su misión. Esto mismo es lo que sucede entre nosotros, que queremos, de igual modo, seguir a Cristo. Como ellos escuchamos su Palabra y participamos de su vida en la Eucaristía, formando la comunidad de los discípulos de Jesús.

En algunas ocasiones he podido escuchar de algunos jóvenes la dificultad que tienen para tratar con el Señor. ¡Si lo pudiera tener delante de mí! ¡Si pudiera saber que me escucha y pudiera verle y hablarle! Es verdad que los primeros discípulos podían escuchar su voz, podían preguntarle como a alguien de carne y hueso, como se habla con un amigo. Sin embargo ellos tenían la dificultad de tener que ver en un hombre a Dios. La cruz fue para ellos la gran prueba. Nosotros, en cambio, caminamos a la luz de la resurrección y, recibido el testimonio de los creyentes, podemos desde la fe escuchar su Palabra como hemos dicho. Lo verdaderamente asombroso es además que podemos vivir de Él participando de la Eucaristía. No simplemente podemos estar con él como los primeros discípulos. Él viene ahora a vivir en nosotros haciéndose comida, entregándonos su cuerpo y su sangre. Después de la resurrección y el envío del Espíritu Santo podemos entender mejor las palabras de Jesús: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos” (Jn 15,59).

No se trata simplemente de una comparación. Referido a la Eucaristía, presencia real de Cristo, significa el modo de unión más íntimo que podamos imaginar. El que nos ha llamado amigos (Jn 15,15) lleva la amistad a su punto culminante: vivir en nosotros, vivir en mí, vivir en Él. No se trata simplemente de vivir unidos en el pensamiento sino de recibirle a Él, formar un solo cuerpo, vivir el misterio de la Iglesia.

Viendo las cosas así, podemos comprender que la Eucaristía edifica a la Iglesia, vinculándonos a todos los que participamos del mismo pan en la unidad de un solo cuerpo, del cual Él es la cabeza. Así se comprende cómo el apóstol San Pedro en su primera carta anime a los creyentes diciéndoles que la autenticidad de su fe es más preciosa que el oro que aquilatan a fuego (1 Pe 1,7), ya que “sin haberlo visto (a Cristo) lo amáis… creéis en Él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la salvación de vuestras almas” (v.9).

Un pueblo sacerdotal

La vinculación con Cristo en la Eucaristía nos hace tomar conciencia de que formamos parte de una comunidad, de su pueblo sacerdotal: “Vosotros sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa. Los que antes erais no-pueblo, ahora sois pueblo de Dios” (1 Pe 2,9-10).

Si hemos dicho anteriormente que Cristo es la respuesta a la situación de desarraigo que estamos viviendo en España, ahora entendemos que esta respuesta nos introduce en un pueblo, en una morada donde se puede vivir, donde se regenera nuestra esperanza. Esta esperanza se hace visible en la comunión fraterna y apunta hacia las aspiraciones últimas del corazón: el cielo y la gloria. De nuevo San Pedro bendice a Dios por esta esperanza hecha posible por Cristo: “Bendito sea Dios… que mediante la resurrección de Jesucristo nos ha regenerado para una esperanza viva, para una herencia incorruptible… reservada en el cielo a vosotros que, mediante la fe, estáis protegidos con la fuerza de Dios para una salvación dispuesta a revelarse en el momento final” (1 Pe 1,3-5).

Ciudadanos del cielo

La Eucaristía nos hace vivir de Cristo, nos une formando un solo cuerpo con Él, estrecha los lazos entre nosotros, creando una auténtica comunidad de hermanos. La comunión del cuerpo y de la sangre de Cristo nos introduce en la pregustación del cielo. Prenda de la gloria se llama a la Eucaristía en el sentido de que nos anticipa lo que es nuestro destino final, la belleza del cielo, y nos introduce en la civitas Dei (ciudad de Dios, Sal 86), figura de la Jerusalén celeste (Hb 12, 22-24). La Eucaristía nos hace ciudadanos del cielo y dilata nuestro corazón para poder albergar la esperanza de lo que Dios tiene preparado para sus hijos: “queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a Él” (1 Jn 3,2).

“Todo el que tiene esta esperanza se purifica a sí mismo”, continúa afirmando San Juan (1 Jn 3,4), en el sentido de que se hace semejante a Dios por el amor a los hermanos: “En esto hemos conocido el amor: en que Él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos” (1 Jn 3,16). La sangre de Cristo nos purifica y nos hace participar del dinamismo de su amor. Comulgar es recibir el cuerpo que se entrega por nosotros, la sangre que se derrama por nuestros pecados. Esta autoentrega de Cristo, que se hace don en la Eucaristía, provoca en nosotros la misma entrega a los hermanos, capacitando nuestro corazón con la misma fuerza de quien se inmoló por nosotros.

Con estas reflexiones se pone de manifiesto que la Eucaristía construye a la Iglesia como esa tierra de promisión anunciada a Moisés, o como esos pastos a los que conduce el propio Dios como Pastor de su pueblo: “sacaré a mis ovejas de en medio de los pueblos, las reuniré entre las naciones, las llevaré a su tierra, las apacentaré en los montes de Israel” (Ez 34,13). La Iglesia es, en efecto, esa tierra donde podemos vivir amándonos con el amor de Dios participado y hecho comunión fraterna. Es la tierra que da leche y miel, es decir, donde recibimos el pan de la vida eterna, en cuyas fuentes podemos beber del manantial del Espíritu, el agua viva que sacia nuestra sed.

Las aspiraciones del corazón

Si lo pensamos bien, el horizonte que se nos abre con la vinculación a Cristo y a la Iglesia, su cuerpo, es un horizonte que promete todo lo que nuestra sociedad y nuestra cultura están haciendo imposible. La Iglesia se presenta así como el Arca de Noé que posibilita, después del diluvio, una regeneración (Gn 7-8). Del mismo modo, los bautizados, incorporados a la barca de Pedro nos dirigimos a buen puerto, dispuestos a incorporar en la redes del Evangelio a una multitud de hermanos (Jn 21,6). Lo que se nos ofrece en la Iglesia es al mismo Cristo resucitado hecho alimento de vida eterna, a la vez que se nos ofrece un espacio de fraternidad donde sabernos amados y donde, con la fuerza del Espíritu, podemos amar. Estas son las aspiraciones profundas del corazón, lo que sólo podemos encontrar en Cristo: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tan sólo Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68).

c) La comunión fraterna

Como hemos recordado anteriormente, los primeros cristianos perseveraban en escuchar la enseñanza apostólica, en la fracción del pan (Eucaristía) y en la comunión (Hch 2,42). La comunión fraterna no era algo que naciera de sus fuerzas, o de sus afinidades o simpatías. Su comunión es el fruto de Pentecostés, es un don del Espíritu Santo. Contrariamente a lo que sucedió en Babel (Gn 11,1 ss), con la venida del Espíritu se hace posible la comunión y el entendimiento. El fuego del Espíritu promueve el lenguaje del amor que se alimenta y se renueva en la Eucaristía.

Nuestras parroquias y comunidades cristianas son el espacio de comunión que prolonga lo que sucedía en la Iglesia primitiva: “Todos se reunían con un mismo espíritu en el pórtico de Salomón” (Hch 5,12), De nuevo acudimos hoy a la Iglesia donde nos cobija la Sabiduría del que es más que Salomón (Mt 12,42). La casa de la alegría y de la alabanza como canta el salmista: “Qué deseables son tus moradas… Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre… vale mas un día en tus atrios que mil en mí casa y prefiero el umbral de la casa de Dios a vivir con los malvados” (Sal 83).

Comunión de bienes

Esta comunión fraterna, que arranca de la Eucaristía y que se hace posible como don del Espíritu, tiene su expresión concreta en la comunión de bienes que practicó la comunidad primitiva: “El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común” (Hch 4,32). Esta comunión voluntaria de bienes es un signo de identidad de la comunidad cristiana. La seriedad de esta comunión se pone de manifiesto en lo acontecido a Ananías y Safira que ocultaron engañosamente parte de lo que habían adquirido al vender su propiedad. Ananías tuvo que escuchar el reproche de Pedro: “¿Por qué has puesto en tu corazón esta decisión? No has engañado a hombres, sino a Dios” (Hch 5,4).

San Pablo, después de reunirse en Jerusalén con Pedro y Santiago, fue llevando a cabo por todas partes la colecta a favor de los pobres como un signo permanente del nuevo modo de vivir cristianamente: “Recordad esto: el que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra generosamente, generosamente cosechará. Cada uno dé como haya decidido su conciencia: no a disgusto ni por compromiso; porque al que da de buena gana lo ama Dios” (2 Cor 9,6-7).

Cambiando las circunstancias y con las características propias de la sociedad actual, nuestra parroquias, movimientos y comunidades, tienen que hacer posible el modo comunitario de celebrar la fe, vivir la comunión eclesial y atender a las necesidades de los más pobres. Del mismo modo que la Iglesia primitiva encontró su modo de vivir, creando incluso la institución diaconal para atender a las viudas y a los pobres (Hch 6,1 ss), en estos momentos hemos de encontrar modos de vida familiar, parroquial y comunitaria que den los signos de una auténtica vida fraterna que responda tanto a la crisis actual como a las exigencias del seguimiento de Cristo.

Espíritu de comunión

En este sentido quiero alabar la comunión que en nuestra diócesis de Alcalá se da entre sacerdotes, religiosos y los fieles laicos que colaboran en las parroquias o siguen itinerarios de fe en los distintos movimientos, comunidades eclesiales y movimientos apostólicos de la Acción Católica. La reunión de todos ellos en el pasado Pentecostés fue como rocío del Espíritu que regala a nuestra Iglesia una nueva primavera. Por este camino henos de seguir para ser un signo auténtico del designio de Dios que presenta un modo alternativo de vivir: “Alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo, y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando” (Hch 2,47).

Esta comunión necesita también expresarse en la atención a los pobres y necesitados. Pensándolo bien la verdadera respuesta a la pobreza es vivir profundamente el espíritu de la comunidad cristiana. Este es el sentido de la colecta entre nosotros y la misión eclesial de Cáritas que manifiesta la comunión de bienes que brota de la Eucaristía. El individualismo no puede responder a las necesidades reales de la persona; el colectivismo priva a las personas de su libertad y de la autentica comunión. Sólo la comunidad, que nace de la Eucaristía, es respuesta a las necesidades personales y comunitarias de cada uno de nosotros. Como muestra de este espíritu de comunión surgió la iniciativa de una casa diocesana de atención a los más pobres. San Diego de Alcalá, icono de la caridad que nos ha legado la tradición, será quien inspire los trabajos de esta nueva casa de acogida que ha preparado Cáritas diocesana para nuestros hermanos necesitados.

Adoración eucarística

La Eucaristía celebrada engendra la unidad del Pueblo santo de Dios y la Eucaristía adorada es la provocación continua para repetir el gesto de autoentrega de Jesús. Por eso, del mismo modo que os animo, queridos sacerdotes, religiosos, y fieles laicos, a renovar nuestras comunidades cristianas celebrando con autenticidad la Eucaristía, os exhorto a que no falten en nuestras parroquias tiempos de adoración eucarística en los que, a los pies del Santísimo, le adoremos y le arranquemos su voluntad sobre nosotros.

Conversión

La crisis epocal que estamos viviendo, está reclamando auténticos adoradores en “espíritu y en verdad” (Jn 4,26). Esta adoración exige de nosotros un corazón limpio que dé los signos de una autentica conversión. Para ello necesitamos recuperar el sacramento de la penitencia y practicar la confesión frecuente tan recomendada por la Iglesia. Esta fue una constante en el magisterio de Juan Pablo II, convencido de que la raíz profunda de nuestros males está en el pecado.

Confesión y dirección espiritual

La Santa Sede, a través de la Congregación del Clero, nos acaba de regalar un documento precioso sobre la confesión titulado: “El sacerdote confesor y director espiritual, ministro de la misericordia divina”. Recomiendo vivamente a todos los sacerdotes de la diócesis el estudio personal, y en las reuniones de arciprestazgo, de este documento. Estoy convencido de que nos puede ayudar en nuestro ministerio y nos dará pistas para revitalizar la práctica de la confesión y la guía espiritual de los fieles. Son muchos los años que venimos arrastrando la crisis del sacramento de la reconciliación y, en esta crisis, se esconde el olvido de Dios y la ausencia de un acompañamiento pastoral personalizado. La vida espiritual sólo crece, en cambio, cuando se vive en gracia de Dios y cuando un maestro nos ayuda a discernir la voluntad divina sobre nuestra vida.

El pecado

No hay peor obstáculo para el seguimiento de Cristo y la perfección espiritual que el pecado. La falta de conciencia de pecado pone de manifiesto un déficit y una falta de formación de la conciencia moral. El pecado apaga la vida del espíritu, nos sumerge en la oscuridad y destruye nuestra capacidad de hacer el bien. A mayor luz de la fe, mayor conciencia de pecado, ya que mirándonos desde Dios y su amor en la cruz, tomamos conciencia de nuestra ingratitud y nuestra infidelidad. La limpieza de corazón que sigue a la confesión de los pecados, y la guía de un maestro experimentado, nos ayudan a descubrir los engaños del mal y a fortalecer la practica de la virtud.

Lo que dificulta la comunión en la Iglesia son nuestros pecados. Estos ponen freno a nuestra capacidad de amar, nos enclaustran en el egoísmo y nos impiden hacer de nuestra vida un don para los demás. Por eso os decía que necesitamos de la adoración eucarística, para que, a los pies de Jesús, aprendamos como María (Lc 10,39) del verdadero Maestro escuchando su palabra. Para ello os propongo iniciar en nuestra Diócesis de Alcalá la promoción de adoradores que posibiliten la adoración perpetua en la Capilla de las Santas Formas recientemente restaurada. Esta capilla, que hemos recibido de la tradición eucarística de nuestra diócesis, está llamada a ser un lugar de peregrinación constante para encontrarse con Jesús sacramentado y facilitar, mediante la confesión, la reconciliación con Dios.

Primacía de la gracia

De la Eucaristía conscientemente celebrada y adorada, y de la práctica de la confesión, podemos esperar una renovación de la pastoral diocesana que manifieste la primacía de la gracia. Todo nuestro trabajo sería en vano si no es precedido y acompañado por la gracia de Dios. Así nos lo recuerda el salmista: “Si el Señor no construye la casa en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad en vano vigilan los centinelas” (Sal 126). Allí donde se privilegia la presencia de Dios y la gracia, brota la alegría entre los hermanos y, en vez de la indiferencia o la discordia, renace el espíritu de fiesta. El déficit de alegría de nuestra sociedad es un signo de la ausencia de Dios y de la falta de esperanza. La Iglesia, que se construye en cada comunidad o parroquia, está llamada a cubrir este déficit anunciando la verdadera alegría, que es un don del Espíritu Santo. La alegría que descansa en los sentimientos y que proporciona el mundo a través simplemente del gusto de las cosas y de las emociones, es una alegría efímera que no puede construir nuestra vida. En cambio la alegría que descansa en el espíritu, y que procede del amor, es una alegría permanente y que puede construir una historia. Este es el secreto de María que nos invita a cantar el Magníficat, enraizando la alegría en el espíritu y haciéndola descansar en Dios: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador” (Lc 1,46).

La alegría del cristiano sigue a la conversión y va precedida de la misericordia de Dios. Es esta una experiencia que la Iglesia pone en nuestros labios a través de los salmos: “Señor, Dios mío, a ti grité y tú me sanaste. Señor sacaste mi vida del abismo… Cambiaste mi luto en danzas, me desataste el sayal y me has vestido de fiesta, te cantará mi alma sin callarse. Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre” (Sal 29).

Como una familia

La alegría y la fiesta se hacen posibles cuando favorecemos un espíritu de familia. A la Iglesia la hemos de entender como la familia de los hijos de Dios. Fuera de la Iglesia está la competitividad y las traiciones. En la comunidad cristiana, si vivimos centrados en Dios, surgen entre nosotros unas relaciones familiares que tienen su réplica en la familia que nace del matrimonio cristiano. Ambas familias, la Iglesia doméstica y la Iglesia, Familia de familias, se necesitan mutuamente y están llamadas a complementarse. Ambas nacen del designio de Dios y ambas se presentan como el espacio donde se custodia el amor y se transmite la fe.

La pastoral familiar

La comunidad cristiana (parroquia) necesita recuperar la fisonomía de una familia. Para ello es necesario contar con las familias completas y organizar una pastoral familiar que responda a sus necesidades. La mejor pastoral familiar es la propia comunidad cristiana que presenta a Cristo a las familias. Escuchando su Palabra, celebrando la Eucaristía juntos y viviendo en el amor, las familias encontrarán la fuente en la que puedan alimentar su amor matrimonial y familiar. Si esto es así, nuestras parroquias y movimientos no pueden desconocer el hecho familiar, sino favorecer el protagonismo de los matrimonios y de las familias para que toda la pastoral responda a las necesidades reales de las personas.

Si la acción pastoral de la diócesis está encaminada a favorecer y cultivar la vida de las familias cristianas se producirá un efecto multiplicador. Las familias cristianas, bien formadas y conscientes de la misión que han recibido del Señor, crearán en sus casas el ambiente necesario para la transmisión de la fe y la formación cristiana. Sin las familias, la acción pastoral de la Iglesia queda mermada y no acaba de enraizarse en las necesidades reales de las personas. Por eso, tanto la preparación próxima e inmediata del matrimonio como el acompañamiento de las familias cristianas debe ser una prioridad pastoral.

En el mes de noviembre, Dios mediante, celebraremos un Congreso para conmemorar el trigésimo aniversario de la Familiaris Consortio, la Carta magna de la Pastoral Familiar. Desde este momento os convoco a los sacerdotes, religiosos y fieles laicos a participar en este Congreso en el que vamos a procurar ofrecer caminos concretos para desarrollar la pastoral familiar. Este mismo Congreso nos ha de servir para iniciar un camino de preparación para el Encuentro Mundial de las Familias que, convocado por Benedicto XVI, tendrá lugar en Milán en mayo de 2012. Como subsidios para esta preparación el Pontificio Consejo para la Familia ha editado un material con diez temas titulado: “La familia, el trabajo y la fiesta”. Procuraremos vivir este itinerario acompañado con la Oración de Familias mensual.

Atención a los enfermos

Junto a la preocupación por los pobres, la comunidad cristiana y la familia prestan una atención particular a los enfermos. Los evangelios están plagados de encuentros de Jesús con enfermos. La solicitud de Jesús por ellos continúa en el encargo que hace a sus discípulos (Mc 16,18) y así se manifiesta en la acción de la comunidad primitiva (Hch 5,16). Las parroquias han de ser igualmente centros que irradien la solicitud por los enfermos con la visita de los sacerdotes, con el acompañamiento de los visitadores parroquiales y los ministros extraordinarios de la Eucaristía. Del mismo modo se ha de procurar orar continuamente por ellos proporcionándoles el auxilio de los sacramentos: la confesión, la Eucaristía y la unción de enfermos.

Para cuidar de nuestros enfermos y del personal sanitario hemos creado la Delegación de Pastoral de la salud. A ella confiamos despertar en las parroquias y familias la preocupación por la atención espiritual de cuantos pasan por el trance de la enfermedad. Para ello reclamo la colaboración de los sacerdotes, de los médicos y personal sanitario católicos. Con ellos la Delegación ha de ir promoviendo un Equipo Pastoral que pueda ayudar en la formación de los agentes de la salud y proponer caminos para desarrollar esta pastoral en las parroquias, hospitales y centros de salud. Del mismo modo confío a la Virgen María poder iniciar los pasos que nos conduzcan a fundar la Hospitalidad de enfermos que les ayuden en las peregrinaciones a Lourdes y en la atención a sus necesidades durante el año.

El paro y la inmigración

Todos estos aspectos concretos, que han sido indicados, son pistas por las que podemos desarrollar el cuidado de las personas que evidencie el espíritu de comunión propio de la comunidad cristiana. En este sentido conviene también destacar dos cuestiones que se presentan con urgencia: la falta de trabajo y el fenómeno de la inmigración. Nosotros como Iglesia no tenemos la solución técnica para estos temas de tanta envergadura (Cf. Caritas in veritate, 9 y 61). Sin embargo las respuestas que podemos dar como comunidad cristiana van en la siguiente dirección: nuestras parroquias, siguiendo las indicaciones de Cáritas, han de ser centros de acogida y de comunión de bienes, repartiendo entre los más pobres nuestra ayuda para las necesidades fundamentales, apelando a la generosidad de cuantos compartimos la Eucaristía. Al mismo tiempo hemos de facilitar, según nuestras posibilidades, el que se puedan preparar para nuevos empleos, favoreciendo así la inserción laboral.

La presencia abundante de inmigrantes pone a prueba la virtud cristiana de la hospitalidad. En estos momentos de crisis y confusión, los cristianos no podemos favorecer posturas egoístas y de exclusión. En el inmigrante nosotros hemos de ver a Cristo. También el pueblo de Israel y la Sagrada Familia fueron inmigrantes en Egipto. Es este un tema constantemente recordado en la Antigua Alianza y que se constituye como un signo de identidad del Israel de Dios: “No vejes al emigrante; conocéis la suerte del emigrante, porque emigrantes fuisteis vosotros en la tierra de Egipto” (Ex 23,9).

A los inmigrantes que comparten nuestra fe hemos de facilitarles la inserción en la parroquia o comunidad cristiana. Esta es la mejor respuesta, que ofrece incluso la posibilidad de crecer en catolicidad y abre nuestros horizontes en la dirección de considerarnos todos como la familia de los hijos de Dios.

Los hermanos difuntos

La comunión que se vive en la comunidad cristiana no se reduce a los que vivimos actualmente en este mundo. Está abierta a los que ya murieron y forma parte de uno de los artículos del Credo: creo en la comunión de los santos. Nuestra unión con la Jerusalén del cielo, donde están las almas de los bienaventurados, y nuestra unión con las almas del purgatorio, abre el círculo de nuestra Iglesia que peregrina en Alcalá. Éstas son verdades que necesitamos tener presentes, hacerlas objeto de nuestra predicación y enseñarlas en la catequesis.

El tema de la muerte y de los novísimos, ante una cultura dominante tan presentista, ha quedado en cierto modo oscurecido. Ante la ausencia de la perspectiva consoladora del cielo y la purificación de purgatorio, se ha incrementado el miedo a la muerte y el pánico ante el sufrimiento. Estos son temas que hemos de aclarar profundamente analizándolos a la luz de Cristo y de su destino glorioso. La muerte para un cristiano es la posibilidad de entrar en el “descanso” de Dios. En vez de ser el punto final es el principio, la puerta de acceso a Dios para gozar de Él con plenitud. Os lo repito muchas veces: el cielo es la verdadera y definitiva justicia de Dios. Sin el cielo la vida sería un juego y, en ocasiones, una broma de mal gusto. De aquí arranca nuestra responsabilidad de hacer presente el sentido de la vida y su desenlace en lo que el catecismo llama “los novísimos”: muerte, juicio, infierno o gloria.

La Iglesia enseña además que para los que mueren imperfectamente purificados, existe el Purgatorio o etapa de purificación que, ya desde el Antiguo Testamento (2 Mc 12,16), ha dado origen a la oración por los difuntos. Como enseña el Catecismo: “La Iglesia ha honrado a los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico, para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia a favor de los difuntos” (CIC 1032).

La misión de los sacerdotes adquiere relevancia cuando, a imagen del Buen Pastor, acompañamos a los fieles que tienen que pasar por las cañadas oscuras de la muerte. La atención a los moribundos, el consuelo de la visita, la confesión, el Viático y la unción de los enfermos deberían ocupar un lugar preferencial en nuestra jornada sacerdotal.

Por su parte, los familiares de enfermos y moribundos deben facilitar el acceso a los sacerdotes, sin caer en la trampa de ocultar la verdad a los enfermos en los momentos decisivos de la enfermedad. Los enfermos tienen derecho a la verdad y al consuelo de Dios y nosotros tenemos el deber de ofrecerles el acceso a los medios de salvación. No sólo hemos de humanizar la muerte sino vivirla cristianamente y con los auxilios divinos: “¿Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que recen por él y lo unjan con óleo en el nombre del Señor” (St 5,14).

El sufrimiento y la muerte

Aceptando todos los beneficios que se pueden derivar de la medicina paliativa, no podemos olvidar el sentido del sufrimiento ni menos obviarlo a cualquier precio. Hay un sufrimiento consustancial a la fragilidad del nuestro ser creatural. Existe el sufrimiento físico y moral que supone hacer frente a las adversidades de la vida y a las dificultades que conlleva cualquier empresa humana. Existen los sufrimientos injustos provocados por la maldad humana, por la mentira y por la dominación de los unos sobre los otros. El cristiano tiene que ser siempre un paladín de la justicia y un anunciador con hechos de la verdad: “¿Quién de vosotros es sabio y experto? Que muestre sus obras como fruto de la buena conducta. (…) No presumáis mintiendo contra la verdad. Esta no es sabiduría que baja de lo alto, sino la terrena, animal y diabólica” (St 3,13.15). Existe finalmente el sufrimiento de los inocentes, del cual es un icono Cristo condenado injustamente, insultado, vejado y llevado a la cruz. El misterio del sufrimiento, cuya raíz última es el pecado, ha sido desvelado en la aceptación voluntaria del mismo dándole un carácter salvífico y redentor. Por eso en la propuesta cristiana están las dos caras de la moneda: por una parte hemos de luchar contra el sufrimiento y la injusticia y, por otra, hemos de recuperar su dimensión salvífica asociando nuestros sufrimientos a los de Cristo en la pasión: “Me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo a favor de su cuerpo que es la Iglesia” (Col 1,24).

En definitiva, el sufrimiento del cristiano, asociado al de Cristo, siempre se vive en clave pascual, es una muerte que desemboca en resurrección y vida. Jesús en el Evangelio propone el ejemplo del grano de trigo que muere para dar origen a la espiga (Jn 12,24) y San Pablo coloca ante sus ojos la gloria para relativizar los sufrimientos presentes: “Pues considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará” (Rm 8,18).

Para ganar en realismo, nuestra acción pastoral no puede marginar el tema del sufrimiento ni ocultar la muerte. Si fuera así, una pastoral reduccionista acabaría por ser innecesaria porque dejaría sin responder las preguntas profundas del corazón y dejaría sin consuelo a las personas en sus momentos decisivos. Si Cristo es la respuesta al sufrimiento y a la muerte, si la Iglesia es la casa donde se puede vivir y morir, la comunión entre los cristianos debe de evidenciarse ante las cuestiones últimas del hombre. En este sentido os animo a todos, sacerdotes, religiosos y fieles laicos, a redoblar nuestros esfuerzos catequéticos y pastorales para promover una celebración cristiana de la muerte y para acompañarnos mutuamente en los momentos de dolor.

La celebración cristiana de la muerte

La parroquia es el lugar propio para celebrar en su templo cristianamente la muerte. En circunstancias normales es donde hemos sido incorporados a Cristo por el Bautismo, donde vivimos los acontecimientos centrales de nuestra vida y, por tanto, después de peregrinar por este mundo, es adonde somos acompañados para participar de la muerte y resurrección de Jesucristo. Es así como se manifiesta que somos la familia de los hijos de Dios y que el Señor nos acompaña en todos los acontecimientos, incluida la muerte. El urbanismo creciente a veces dificulta poder celebrar la misa exequial en los templos parroquiales. Sin embargo, por nuestra parte, hemos de favorecer que sea así, desterrando otros criterios funcionales.

Del mismo modo hemos de favorecer el cuidado de las tumbas de nuestros familiares. El cementerio, lugar de dormición, forma parte de la tradición cristiana. Allí reposan los cuerpos de nuestros hermanos difuntos esperando la resurrección y son visitados para honrarles y orar por ellos. La cremación de los cadáveres es aceptada como excepción siempre que no signifique desprecio o ausencia de fe en la resurrección. Aceptar funcionalmente la cremación no es costumbre que responda a los criterios que hemos recibido de la tradición, que favorece el enterramiento de los cuerpos para mantener su memoria, honrarles y orar por ellos. Así fue sepultado Jesús esperando la resurrección (Jn 19,42). Orar por los difuntos e invocarlos como intercesores es una muestra de la “comunión de los santos”.

d) La oración

El último rasgo de identidad de la comunidad cristiana es la oración. “Y perseveraban en las oraciones” (Hch 2,42). Los cristianos somos el pueblo de la Nueva Alianza que hemos sido precedidos por la tradición orante del pueblo de Israel. Por eso los primeros cristianos sirviéndose de las oraciones del Antiguo Testamento, de los Salmos y del modo de orar de Jesús, el Padre nuestro, perseveraban unidos en la oración. Los Hechos de los Apóstoles dan prueba de ello (Hch 1,14.24; 2,42.47; 4,24; 12,5).

Siguiendo la tradición de la Sinagoga la oración de los primeros cristianos está arraigada en la Palabra de Dios. A los textos del Antiguo Testamento se suman los evangelios y las enseñanzas apostólicas (Hch 2,42). Sin embargo son los salmos, interpretados con la luz nueva de la fe en Cristo resucitado, el vehículo adecuado para la oración personal y comunitaria. Ambas dimensiones van unidas y centran la oración en los acontecimientos salvíficos que se han desarrollados en la historia de Israel, en Cristo y ahora en la Iglesia.

Jesús recibió de su tradición familiar la oración sálmica, cantó y rezó los salmos en la sinagoga y con ellos celebró todas las fiestas y peregrinaciones anuales. Los salmos, expresión de su alma orante, están continuamente en sus labios hasta el momento de su agonía (Mc 15,34). Los primeros cristianos recogieron esta tradición que continúa vigente entre nosotros.

La Liturgia de las Horas

Los salmos presentes en la Liturgia de las Horas (Oficio de lecturas, Laudes, Hora intermedia, Vísperas y Completas) y utilizados como cantos responsoriales en la Liturgia eucarística son, unidos a los himnos y cánticos evangélicos, nuestro modo de hablar con Dios. Todos ellos, inspirados por el Espíritu Santo, hacen que nos dirijamos a Dios con las mismas palabras que Él nos ha dado. Es más, surgidos de una historia de salvación que culmina en Cristo, nos hacen participar del espíritu del pueblo de Dios, el pueblo de la Nueva Alianza. De este modo comprendemos mejor que el modo de orar cristiano es siempre el de un miembro bautizado, incorporado a la Iglesia, pueblo de Dios que tiene a Cristo por cabeza.

Un cristiano nunca ora al margen de Cristo, ni separado de su cuerpo que es la Iglesia. Incluso el Padre nuestro, la oración del Señor, nos es entregada con la clave de la filiación, en condición de hijos de Dios, para que oremos como miembros de la misma familia y nos dirijamos al Padre invocándolo como el Padre nuestro.

Oración personal y comunitaria

La oración en su dimensión personal y comunitaria es expresión de la fe en Dios, signo de la obediencia a Cristo que nos mandó orar (Mt 26,41; Mc 14,38; Lc 22,46) y docilidad al Espíritu Santo, maestro interior por el que clamamos “Abba, Padre” (Rm 8,15.26).

Si de algo estoy plenamente convencido por la propia experiencia como creyente es de que, sin la oración, nuestra vida cristiana languidece. Es la oración la que nos lleva al trato personal con Jesucristo para crecer en amistad con Dios, para reconocer su presencia en los acontecimientos de la vida y para crecer en la obediencia a su Palabra. Toda nuestra vida se desarrolla en relación con la voluntad de Dios, voluntad que aprendemos a descifrar en el trato con Él, en la oración que ha de seguir las huellas del mismo Jesús.

Los evangelios, y de manera particular el evangelio de San Lucas, nos presentan a Jesús continuamente orando al Padre (Lc 3,21; 6,12; 9,28; 22,32.41-44) y abriéndose a su voluntad. Él nos enseña a tener presente a Dios, nuestro Padre, en los acontecimientos decisivos de la vida (Lc 22,42; 23,46) y a desarrollar nuestra existencia en alianza permanente con Dios.

Dimensiones de la oración

Tanto el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC 2558-2865) como las enseñanzas de los últimos pontífices, Juan Pablo II y Benedicto XVI, ponen el acento en la oración como don de Dios (CIC 2559) y respuesta creyente a la iniciativa del Espíritu que se expresa en la bendición y adoración (CIC 2626-28), en la petición e intercesión (CIC 2629-36), en la acción de gracias y la alabanza (CIC 2637-43). Juan Pablo II invita a las familias a ser una comunidad orante, que abre su existencia matrimonial y familiar al trato con Dios y que vive todos sus acontecimientos haciéndolos motivo de oración. La oración familiar hace de la comunión entre padres e hijos una comunidad orante que alimenta su fe en la comunidad cristiana siguiendo la pedagogía de las fiestas cristianas y del Año litúrgico (Familiares consortio, 59). La Liturgia de las Horas es también Liturgia de la familia que, a través de ella, entronca en la vida de la Iglesia ejerciendo como Iglesia doméstica (FC, 61). Del mismo modo el Papa Benedicto XVI, además de haber destacado la oración como “lugar” de aprendizaje y del ejercicio de la esperanza (Spe salvi, 32-34) nos invita a centrar la oración en la Palabra de Dios (Verbum Domini, 72) recuperando la Lectio divina o lectura orante de la Palabra de Dios (VD, 86). Es más, en sus Catequesis de los miércoles ha abierto un gran itinerario formativo sobre la oración que os invito a conocer y a difundir.

Un pueblo orante

Los encuentros mensuales de oración de los jóvenes y de las familias, los retiros diocesanos y los ejercicios espirituales pretenden ser escuela permanente de oración y de renovación espiritual. No son simplemente actividades que se organizan para cubrir el calendario pastoral. Son un signo que muestra nuestra voluntad de crecer como pueblo orante, como familia que se confía a Dios, que se quiere postrar a los pies del Señor para escuchar palabras de vida eterna. A través de estos encuentros, centrados en la escucha de la Palabra de Dios, en la adoración del Santísimo y en la confesión de los pecados, queremos crecer como discípulos de Cristo.

El camino de la oración

La humanidad de Cristo es el camino que Dios nos ha ofrecido para entrar en su misterio y para conocer su designio sobre nosotros. Cuando Jesús dice de sí mismo “Yo soy el camino” (Jn 14,6) se ofrece en su humanidad como itinerario para alcanzar la Verdad y la Vida que nos concede por su divinidad. Pedagógicamente la Iglesia, y con ella todas los maestros de oración, nos enseñan a meditar y contemplar los misterios (hechos de salvación) de la vida de Cristo para introducirnos en el conocimiento de Dios y en su bondad y misericordia infinitas. Este es el camino seguro por donde no nos perderemos. Confundir la oración simplemente con la afectación de los sentimientos, o con producir estados de conciencia, es desconocer que la oración cristiana es un trato de amistad con Alguien que habla, con Jesucristo que se ha revelado con hechos y palabras (Hch 1,1). La oración siempre viene precedida por la gracia de Dios (acción del Espíritu) y es eco y respuesta a una palabra de quien se hace presente en su revelación y en los acontecimientos de la vida. De ahí la conveniencia de orar meditando la Palabra de Dios, contrastándola con la propia vida. De hecho, avanzamos en la oración en la medida en que cambiamos la vida, ya que tratar de amistad con Jesucristo es dejarnos guiar por Él para que Él sea nuestra vida: “vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20; cf. Fil 3,8-11).

En ningún momento la oración cristiana tiene como meta vaciar la mente o producir una quietud que anule todo deseo. La serenidad que produce la oración es fruto de sabernos en manos de Aquel que nos ama. Él quiere que le dejemos entrar en nuestra vida y aceptemos el don de sí mismo y los bienes que quiere regalarnos. Por eso la oración cristiana, en vez de anular el deseo, lo acrecienta y lo dirige a su verdadera meta: Dios y la gloria del cielo. Así lo explica San Agustín cuando compara la oración como ensanchar el corazón (representación de nuestro deseo) para poder llenarlo hasta arriba de los dones de Dios: la vida eterna (S. Agustín, Serm. Dom. 2; In 1 Iohannis 4,6).

Comprendemos, pues, que en la oración individual, familiar y comunitaria, se decide la calidad de nuestra vida cristiana, el sentido de nuestra vida y el alcance de nuestra misión. La oración, en efecto, no es un adorno exterior de nuestra vida, no es una acción superficial, sino que es el alma de nuestro existir cristiano y de nuestro apostolado. Quien no ora está falto de luz, no deja respirar a su fe y es normal que esta acabe apagándose. Por el contrario quien ora con paciencia, aceptando los momentos de oscuridad, es transformado por la gracia de Dios, adquiere mayor discernimiento para conocer su vida y las necesidades de los otros, y se siente impulsado a hacer de su vida un don para los demás.

Se trata en definitiva de no apagar el fuego del Espíritu que nos encamina en la dirección de Jesucristo y nos capacita para conocer la verdad plena (Jn 16,13; 14,26). Esta presencia del Espíritu Santo hace posible que continuemos las obras de Jesús, llevando a cumplimiento el designio de Dios sobre el mundo: “En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre. Y lo que pidáis en mi nombre, Yo lo haré… y Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad” (Jn 14,12-14.16).

La Virgen María

Como los apóstoles, reunidos con María en el cenáculo, nosotros necesitamos también perseverar en la oración suplicando para nuestra Iglesia de Alcalá un renovado Pentecostés: “Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos” (Hch 1,14).

La Virgen María acompaña nuestro peregrinar como Iglesia local, nos enseña a orar y nos asiste en nuestra misión. Como Madre, ella nos ayuda a hacer de la Iglesia el hogar de la fe y, como oyente de la Palabra, nos enseña a vivir en plena sintonía con la Palabra divina.

La figura de la Virgen María no se agota en ser un referente o modelo externo para nuestro seguimiento individual de Cristo. Ella, como enseña Benedicto XVI, “es la figura de la Iglesia a la escucha de la Palabra de Dios, que en ella se hace carne. María es también símbolo de la apertura a Dios y a los demás; escucha activa que interioriza, asimila, y en la que la Palabra se convierte en forma de vida” (VD 27).

Como imagen de la Iglesia, la Virgen María es el foco de luz necesario para nuestra orientación, la llave que nos abre la puerta para tener acceso a Dios, el principio y la norma que posibilita nuestra renovación eclesial. Mirándola a Ella, el Papa Benedicto XVI confía en que se dé en el seno de la Iglesia, como hemos recordado anteriormente, un cambio de paradigma: “La atención devota y amorosa a la figura de María, como modelo y arquetipo de la fe de la Iglesia, es de importancia capital para realizar también hoy un cambio concreto de paradigma en la relación de la Iglesia con la Palabra, tanto en la actitud de escucha orante como en la generosidad del compromiso en la misión y el anuncio” (VD 28).

Orar con María

El pueblo cristiano tradicionalmente invoca a María como madre e intercesora, la festeja y honra a través de múltiples manifestaciones de la piedad popular. Diariamente la tiene presente, asociada a Cristo, en el rezo del Ángelus y el Rosario. Este momento mariano de todos los días es un modo privilegiado de hacer presente la Encarnación del Hijo de Dios y de contemplar, con la mirada de la Virgen, los misterios de nuestra salvación. También en estos momentos conviene recordar la importancia de estas prácticas para la oración personal y familiar. Ambas oraciones, el Ángelus y el Rosario, están construidas sobre la Palabra de Dios. En el Ángelus evocamos el Evangelio de la Anunciación (Lc 1,26-30); en el Rosario nos servimos de la misma oración de Jesús, el Padre nuestro (Mt 6,9-13), del Ave María, construida sobre la Anunciación y la Visitación (Lc 1,39-46) y de los misterios de la vida de Jesús.

A la belleza y el ritmo del Padre nuestro y de las avemarías se suma la doxología con el “Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo”, que es el culmen de la revelación y la cima de la alabanza. Finalmente el modo litánico de desgranar las súplicas a la Trinidad y a la Virgen María remata la arquitectura de este monumento de oración que es el Rosario.

A la Santísima Virgen, como casa de la Palabra (VD 28), le pedimos, pues, que acreciente en nosotros el espíritu de oración y que, en la oscuridad de este momento, nos guíe como estrella de la mañana en el viaje de nuestra vida (Spe salvi, 49).


4. LA NUEVA EVANGELIZACIÓN COMO “MISIÓN”

Los materiales de subsidio (Lineamenta) para la preparación del Sínodo sobre “La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana” ya han sido publicados. Yo os invito a todos –sacerdotes, religiosos y fieles laicos– a conocerlos y trabajarlos.

Siguiendo al Papa Juan Pablo II, y como se ha expuesto anteriormente, hemos de entender el término nueva evangelización en clave de “misión”. Hoy se nos pide a todos los cristianos de la diócesis de Alcalá de Henares “la misma valentía que movió a los misioneros del pasado y la misma disponibilidad para escuchar la voz del Espíritu”. La “nueva evangelización” es una acción sobre todo espiritual, es la capacidad de hacer nuestros, en el presente, el coraje y la fuerza de los primeros cristianos, de los primeros misioneros. Por lo tanto, es una acción que exige un proceso de discernimiento acerca del estado de salud del cristianismo, la evaluación de los pasos realizados y de las dificultades encontradas (Lin. 5).

El Papa Benedicto XVI, del mismo modo que invita a revitalizar el entramado cristiano de la Iglesia como “comunidad”, nos empuja a ensanchar el horizonte de la mirada hacia todos los hombres con el fin de que la Iglesia sea casa de oración para todos los pueblos (Cf. Is 56,7; Mc 11.17).

El atrio de los gentiles

La imagen del “atrio de los gentiles” –donde se podía rezar al Dios desconocido– vincula la “nueva evangelización” con la audacia de los cristianos de no renunciar jamás a buscar, positivamente, todos los caminos para delinear formas de diálogo que correspondan a las esperanzas más profundas y a la sed de Dios de todos los hombres. (Cf. Lin. 5). Nuestra Aula cultural “Civitas Dei” iniciará en este curso el programa propuesto por el Pontificio Consejo para la Cultura con el nombre Atrio de los Gentiles. Se trata con esta iniciativa de favorecer cauces de diálogo con personas que no creen y se declaran agnósticas o ateas. Con respeto, pero con audacia, nosotros queremos mantener viva la pregunta y la búsqueda de Dios, ofreciendo a todos el don que hemos recibido en Jesucristo. El mandato misionero con el cual se concluye el Evangelio (Cf. Mc 16,15; Mt 18,19; Lc 24,48) está lejos de haberse cumplido; ha entrado en una nueva fase. Así “nueva evangelización” es sinónimo de misión; exige la capacidad de partir nuevamente, de atravesar los confines, de ampliar los horizontes. La nueva evangelización es lo contrario a la autosuficiencia y al repliegue sobre sí mismo, a la mentalidad del status quo y a una concepción pastoral que considera suficiente seguir haciendo las cosas como siempre han sido hechas. Es necesario invitar a las parroquias y comunidades cristianas a una conversión pastoral, en sentido misionero, de sus acciones y de sus estructuras (Cf. Lin. 10).

Un nuevo estilo

Como cristianos, siempre dispuestos a dar razón de nuestra esperanza (1 Pe 3,15), hemos de aprender un nuevo sentido comunitario y personal de responder a las necesidades e interrogantes que plantea la situación actual. Este estilo debe ser global, es decir, debe abrazar el pensamiento y la acción, los comportamientos personales y el testimonio público, la vida interna de nuestras comunidades y su espíritu misionero; la atención educativa y la entrega cuidadosa a los pobres, la capacidad de cada cristiano para tomar la palabra en los contextos en los cuales vive y trabaja con el fin de comunicar el don cristiano de la esperanza. Este estilo debe apropiarse del fervor, de la confianza y de la libertad de palabra que se manifestaba en la predicación de los apóstoles (Cf. Hch 4,33; 9,27-28).

Todos los miembros de nuestra Iglesia de Alcalá de Henares, comunitariamente y de persona a persona, con este estilo nuevo, hemos de pretender que la luz de Cristo ilumine todos los ámbitos de la sociedad: la familia, la escuela, la cultura, el trabajo, el tiempo libre y los otros sectores de la vida social (Cf. Lin. 13 y 16).

Con el fin de concretar esta llamada a la conversión personal y pastoral de nuestras comunidades, os propongo la revisión de algunas cuestiones que se presentan como exigencias de la “misión” o contenidos de la “nueva evangelización”.

a) La transmisión de la fe

Como hemos explicado anteriormente (capítulos I y II), el objetivo de la transmisión de la fe es el encuentro con Jesucristo, en el Espíritu, para llegar a vivir la experiencia del Padre suyo y nuestro. Para ello hay que crear en cada lugar y en cada tiempo las condiciones para que este encuentro entre los hombres y Jesucristo se realice (Lin. 11).

La finalidad de todo el proceso de transmisión de la fe es la edificación de la Iglesia como comunidad de testigos del Evangelio. Por lo tanto, la transmisión de la fe es una dinámica muy compleja que compromete totalmente la fe de los cristianos y la vida de la Iglesia. No se puede transmitir aquello en lo que no se cree y no se vive. No se puede transmitir el Evangelio sin saber lo que significa “estar” con Jesús, vivir en el Espíritu de Jesús la experiencia del Padre y, paralelamente la experiencia de estar con Jesús impulsa al anuncio, a la proclamación, a compartir lo que se ha vivido, habiéndolo experimentado como bueno, positivo y bello (Lin. 12).

El fruto de la transmisión de la fe y de la experiencia del Evangelio es la inserción en la misma Iglesia, como comunidad cristiana (Hch 2,42-47): el Espíritu congrega a los creyentes en torno a las comunidades que viven fervorosamente la propia fe, nutriéndose como hemos dicho de la escucha de la Palabra de los Apóstoles y de la Eucaristía, y consumando la propia vida en el anuncio del Reino. El Concilio Vaticano II confirma esta descripción como fundamento de la identidad de cada comunidad cristiana (Lumen Gentium, 26).

El sujeto de transmisión de la fe es toda la Iglesia, que se manifiesta en la iglesia local de Alcalá de Henares. Presididos por el obispo, todos los bautizados, queridos sacerdotes, religiosos y fieles laicos, estamos llamados a evangelizar. Con el término evangelización, como ya aclaró Pablo VI en la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (1975), se incluye la predicación, la catequesis, la liturgia, la vida sacramental, la piedad popular y el testimonio de vida de los cristianos (EN 17. 21. 48. 55).

Analizando con objetividad la situación de nuestra diócesis, en cuanto sujeto de transmisión de la fe, hemos de destacar como elemento positivo la comunión entre los sacerdotes, los religiosos, las parroquias, los movimientos y las comunidades eclesiales. Del mismo modo hay que destacar el trabajo de los sacerdotes, catequistas, familias y colaboradores en los distintos campos de la pastoral. Sin embargo, hemos de reconocer los desafíos que nos han creado el aumento de población, el nuevo contexto cultural y social en el que nos movemos y el impacto que ha producido entre nosotros el indiferentismo y el secularismo.

Este nuevo contexto está reclamando una transformación de nuestras parroquias y de los procesos de transmisión de la fe. Para ello es necesario que tanto los sacerdotes como los religiosos y fieles laicos nos dejemos convertir por el Espíritu Santo para adoptar una actitud más misionera y evangelizadora en nuestra vida. Rehacer la trabazón cristiana de la comunidad eclesial o parroquia (Benedicto XVI, Ubique et semper), supone una conversión pastoral que privilegie el anuncio de Jesucristo y la transmisión de la fe. Ello conlleva, como os he dicho muchas veces, trabajar a un doble ritmo o compaginar dos elementos necesarios: cuidar con cariño y respeto lo que hemos recibido a través de la pastoral ordinaria, y comenzar con pequeñas comunidades nuevos itinerarios de fe con procesos de catecumenado bautismal y postbautismal. En ambos procesos se ha de contar con la promoción de familias cristianas para la nueva evangelización y “reconocer, como don del Espíritu, la frescura y las energías que la presencia de grupos y movimientos eclesiales han logrado infundir en esta transmisión de la fe” (Lin. 15). Los instrumentos para la transmisión de la fe, junto al primer anuncio, son la catequesis y el catecumenado.

El primer anuncio se dirige a los no creyentes y a aquellos que, de hecho, viven en la indiferencia religiosa. Su finalidad es anunciar el Evangelio y la conversión en general a quienes todavía no conocen a Jesucristo (Lin. 19). En nuestra diócesis tradicionalmente este primer anuncio, que corresponde a todos los bautizados, se ha llevado a cabo de manera organizada, a través de retiros, convivencias y ejercicios espirituales. A ello contribuyen también los cursillos de Cristiandad y las propuestas de los distintos movimientos. Conviene sin embargo estar atentos a las nuevas iniciativas que el Espíritu está haciendo surgir: visitas domiciliarias, apostolado de primer anuncio en la calle, el proyecto Alfa, las convocatorias para iniciar itinerarios de búsqueda de Dios y de introducción a la fe.

En estos momentos de tanta ausencia y olvido de Dios, es muy importante ofrecer lugares y tiempos para comunicar la experiencia de la fe y ayudar, con el propio testimonio, a aquellos que necesitan caminos para encontrarse con Dios.

Para garantizar una transmisión de la fe sistemática, integral, orgánica y jerarquizada, el Sínodo sobre la Catequesis propuso dos instrumentos fundamentales: la catequesis y el catecumenado (Catechesi tradendae, 30-31; 55). La promoción de estos dos medios debe servir para dar cuerpo a lo que ha sido designado con la expresión “pedagogía de la fe”.

La Catequesis ha de ser entendida como el proceso de transmisión del Evangelio, tal como la comunidad cristiana lo ha recibido, lo comprende, lo celebra, lo vive y lo comunica (Directorio General para la Catequesis, 105).

La Catequesis de iniciación, por ser orgánica y sistemática, no se reduce a lo meramente circunstancial u ocasional; por ser formación para la vida cristiana desborda –incluyéndola– a la mera enseñanza; por ser esencial, se centra en lo común para el cristiano. En fin, por ser iniciación, incorpora a la comunidad que vive, celebra y testimonia la fe. Ejerce por tanto, al mismo tiempo, tareas de iniciación, de educación y de instrucción. Esta riqueza, inherente al catecumenado de adultos no bautizados, ha de inspirar a las demás formas de catequesis (DGC, 68).

El Catecumenado es el modelo que la Iglesia ha asumido recientemente para dar forma a los procesos de transmisión de la fe. El catecumenado, que ha sido restaurado por el Concilio Vaticano II (Ad gentes, 14), ha sido asumido en muchos proyectos de promoción de la catequesis como modelo paradigmático de estructuración de esta tarea evangelizadora. A ello anima el Directorio General de Catequesis, favoreciendo incluso un nuevo modelo de catecumenado postbautismal (DGC 91).

La catequesis de iniciación cristiana ha supuesto para nuestra diócesis de Alcalá un largo proceso de reflexión y de puesta en práctica tanto para niños como para adultos no bautizados. Gracias a Dios el camino está trazado. Para su profundización conviene reforzar algunas convicciones que siempre hay que tener en cuenta.

En primer lugar conviene resaltar la importancia de la iniciación cristiana. En ella descansa el futuro de nuestra Iglesia local. Cuando hablamos de iniciación cristiana nos referimos tanto a los niños y adolescentes como a los adultos; del mismo modo nos referimos tanto al catecumenado de los no bautizados como al catecumenado postbautismal para los que viven en la indiferencia religiosa.

En segundo lugar hemos aprendido a asumir como modelo del camino de iniciación a la fe, al adulto y no ya al niño. Inspirados en el catecumenado antiguo queremos valorar en su importancia el bautismo de niños y adultos y hemos recuperado el orden de los sacramentos de iniciación: Bautismo, Confirmación y Eucaristía.

Estos pasos importantes de nuestra Iglesia local necesitan ser consolidados y llenarlos de contenido. En ese sentido es muy importante revisar las prácticas bautismales, reconsiderando los modos de participación y compromisos de los padres en el caso del bautismo de los niños, haciendo más explícito el momento de evangelización, de anuncio claro de fe. Del mismo modo hemos de recurrir a la catequesis mistagógica para concebir procesos de iniciación que no se detengan en el umbral de la celebración sacramental, sino que continúen en la acción formadora también después, para recordar explícitamente que el objetivo es educar para una fe cristianamente adulta (DGC 88-91; Lin. 18).

En lo que se refiere a los adultos hemos de proponer en nuestras parroquias itinerarios de Catecumenado. Para ello hay que ponerse a la escucha del Espíritu y dejarse ayudar por los dones ya presentes en los distintos itinerarios catecumenales y neocatecumenales que presentan los nuevos movimientos y comunidades cristianas.

Como se indica en los Lineamenta para el Sínodo sobre la Nueva Evangelización, el campo de la iniciación es verdaderamente un componente esencial del mandato evangelizador. El futuro rostro de nuestras comunidades depende mucho de las energías invertidas en esta acción pastoral, y de las iniciativas concretas propuestas y emprendidas con vistas a una revisión y a un nuevo lanzamiento de dicha acción pastoral (Lin. 18).

b) Educar en la verdad

Junto a la transmisión de la fe, que nos abre el misterio de Dios, es necesario educar en la verdad para generar hombres libres. Como explicó el Concilio Vaticano II “el misterio del hombre se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (GS 22). Por eso Cristo “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación […] Cristo murió por todos y la vocación última del hombre es realmente una sola, es decir, la vocación divina” (Ibid).

Por eso no existe contradicción entre la fe y la razón y lo cristiano se presenta como la plenitud de lo humano. Esta es la razón que une intrínsecamente la educación a la evangelización.

La pérdida de Dios, hemos dicho antes, ha llevado al hombre a olvidar la gramática humana y ha provocado una crisis profunda de la educación. El nuevo contexto cultural ha generado una situación crítica y difícil que el Papa Benedicto XVI califica de “emergencia educativa”. Con esta expresión el Papa nos está convocando a reavivar todas las energías educativas para que al hombre no le falte la luz de la verdad.

La cultura predominantemente relativista reduce la educación “a la transmisión de determinadas habilidades o capacidades para hacer, mientras se busca apagar el deseo de felicidad de las nuevas generaciones colmándolas con objetos de consumo y con gratificaciones efímeras. De este modo tanto los padres como los docentes están fácilmente tentados a abdicar de los propios deberes educativos y de no comprender ni siquiera cual es su propio rol, la misión a ellos confiada” (Lin. 20).

Nuestra Iglesia diocesana, y de manera particular las delegaciones de Enseñanza y de Pastoral Familiar, deben de contribuir a mantener vivo el objetivo esencial de la educación, que es la formación de la persona, para hacerla capaz de vivir en plenitud y dar su contribución al bien de la comunidad. La Iglesia, con la verdad revelada, purifica la razón y la ayuda a reconocer las verdades últimas como fundamento de la moralidad y de la ética humana. La Iglesia, por su misma índole, sostiene las categorías morales esenciales, manteniendo viva la esperanza de la humanidad (Ibid.).

Enriquecidos con esta luz, tanto los sacerdotes, como los padres, maestros y profesores creyentes, podemos ayudar a salir de esta crisis educativa proponiendo nuestra visión del hombre: la antropología cristiana que deriva de la fe.

Esta propuesta no sólo debe ocupar el ámbito de la comunidad cristiana sino que tiene que hacerse posible con proyectos educativos que alcancen el nivel público. La contribución de los colegios con el ideario católico y la presencia de profesores cristianos en las escuelas son decisivas para salir de esta situación de “emergencia educativa”. Es más, hoy es urgente y necesaria la colaboración entre las parroquias, los padres y la comunidad educativa de los colegios e institutos.

La larga tradición educativa de la Iglesia es un valor que hemos de poner en juego apostando por las escuelas de padres, la escuela católica y el cuidado de los maestros y profesores cristianos. “En estas circunstancias, el empeño de la Iglesia para educar en la fe, siguiendo las huellas y el testimonio del Señor, asume más que nunca el valor de una contribución para ayudar a la sociedad en que vivimos a superar la crisis educativa que la aflige, construyendo un muro de contención contra la desconfianza y contra un extraño odio de sí, contra aquellas formas de autodenigración, que parecen haberse transformado en una característica de alguna de nuestras culturas. Este compromiso puede dar a los cristianos la ocasión adecuada para habitar el espacio público de nuestras sociedades, proponiendo nuevamente dentro de este espacio la cuestión de Dios, y llevando como don la propia tradición educativa, fruto que las comunidades cristianas, guiadas por el Espíritu, han sabido crear en este campo” (Lin. 20).

La prolongada tradición universitaria de Alcalá de Henares, que tuvo su origen en la Universidad promovida por el Cardenal Cisneros, nos debe animar a concebir un proyecto cultural inspirado por la fe en Cristo y que responda a las necesidades actuales. La pastoral universitaria debe, en este sentido, promover la colaboración de los profesores y universitarios católicos con el fin de mantener viva la pregunta por Dios y contribuir al diálogo fe-razón. Con respeto, pero sin miedo, hemos de estar dispuestos a ofrecer el don que hemos recibido y a no desistir en la búsqueda de la verdad. Posiblemente esta sea la principal aportación que en este momento podemos hacer los católicos: ofrecer un proyecto cultural verificado por la experiencia y garantizado por la sabiduría acumulada en los dos milenios de cristianismo.

c) La auténtica ecología humana

El Papa Benedicto XVI tanto en su encíclica Spe Salvi como en Caritas in veritate, ha cuestionado con profundidad el presente y el futuro del hombre en esta sociedad global. En ambas deja claro que sin Dios el hombre no tiene futuro, queda sin esperanza (Spe Salvi 23). Es más, “el humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano […] Sin Dios, el hombre no sabe donde ir ni tampoco logra saber quién es” (Caritas in veritate 78).

La fe por tanto viene en ayuda de la inteligencia y comparte con la razón la sed de saber, orientándola hacia el bien del hombre y del cosmos. Con esta base hoy es necesario, como decíamos, concebir un proyecto cultural y educativo que promueva la auténtica ecología humana y contribuya a regenerar la capacidad moral global de la sociedad.

El diagnóstico que ofrece el Papa Benedicto XVI es a la vez lúcido y dramático: “Si no se acepta el derecho a la vida y a la muerte natural, si se hace artificial la concepción, la gestación y el nacimiento del hombre, si se sacrifican embriones humanos a la investigación, la conciencia común acaba perdiendo el concepto de ecología humana y con ello de la ecología ambiental. Es una contradicción pedir a las nuevas generaciones el respeto al ambiente natural, cuando la educación y las leyes no las ayudan a respetarse a sí mismas. El libro de la naturaleza es uno e indivisible, tanto en lo que concierne a la vida, la sexualidad, el matrimonio, la familia, las relaciones sociales, en una palabra, el desarrollo humano integral. Los deberes que tenemos con el ambiente están relacionados con los que tenemos para con la persona en sí misma y en su relación con los otros. No se pueden exigir unos y conculcar otros. Es una grave antinomia de la mentalidad y de la praxis actual, que envilece a la persona, trastorna el ambiente y daña la sociedad” (Caritas in veritate, 51).

Estos temas que afectan a las experiencias básicas del hombre y que son esenciales para el desarrollo integral humano no pueden ser omitidos en la catequesis y en la educación que ofrezcamos. De manera particular confío a la extensión del “Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la familia” y al Centro de Orientación Familiar el que puedan ofrecer propuestas educativas que salvaguarden la ecología humana.

A los sacerdotes, a los padres, catequistas, profesores, a todos nos concierne el promover la cultura de la vida, el educar la sexualidad para el amor y el favorecer el matrimonio y la familia para custodiar la dignidad de la persona. Esta debe ser una prioridad en todo proyecto educativo y, por tanto, es un tema nuclear de la nueva evangelización. Sin respeto a la vida humana y sin educación afectivo-sexual se borran las huellas de lo específicamente humano: la dignidad humana y la vocación al amor. Nuestra Iglesia, experta en humanidad, tiene aquí un fuerte desafío que necesita afrontar desde la familia y desde todas nuestras instituciones educativas.

d) Los nuevos evangelizadores

La situación que hemos descrito está reclamando en todos nosotros – sacerdotes, religiosos y fieles laicos – una reconversión pastoral. Al mismo tiempo, como Iglesia local, hemos de promover nuevos evangelizadores que sean testigos cualificados de Jesucristo en sus ambientes, y con una formación lúcida para afrontar los desafíos y los retos del momento presente.

La formación de evangelizadores, como os he dicho en varias ocasiones, no se agota en una preparación técnica. “Formarse” es adquirir la forma de Cristo, tener su mente, su corazón, sus sentimientos (1 Cor 2-4; Ef 4,23-24; Fil 2,5). Esto que no está al alcance de nuestras fuerzas, lo recibimos como gracia del poder de Dios (1 Cor 2,5-4). Así comprendemos que la “nueva evangelización” es principalmente una tarea y un desafío espiritual. Es una tarea de cristianos que desean alcanzar la santidad (Lin. 22). Como lo indicó el Papa Pablo VI “el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan… será sobre todo mediante su conducta, mediante su vida, como la Iglesia evangelizará al mundo. Es decir, mediante el testimonio vivido de fidelidad a Jesucristo, de pobreza y desapego de los bienes materiales, de libertad frente a los poderes de este mundo, en una palabra, de santidad” (Evangelii nuntiandi, 41).

Además de la formación básica que promueven las parroquias, los itinerarios de formación ofrecidos por los movimientos, y las Delegaciones, nuestra diócesis tiene que privilegiar la formación de futuros sacerdotes en los dos seminarios y la formación de laicos en el Instituto de Teología Santo Tomás de Villanueva, en el Instituto Juan Pablo II y en la Escuela de Arte Cristiano.

El Seminario Menor, de reciente creación, y el Seminario Mayor, no sólo deben ser cuidados por todos los sacerdotes promoviendo vocaciones sacerdotales, sino que deben de ofrecer las pistas para una renovación sacerdotal. En mi ánimo está el procurar que los seminarios de la diócesis fomenten un estilo sacerdotal acorde con la nueva evangelización. A los formadores y a los seminaristas les pido que no ofrezcan resistencia al Espíritu, que escruten bien lo que el Espíritu Santo quiere promover en nuestra diócesis y que se abran a la santidad.

El estilo sacerdotal propio para la nueva evangelización está reclamando un espíritu sacerdotal misionero, capaz de crear comunidades evangelizadoras y abiertos a la comunión con el obispo, el presbiterio, los religiosos y los fieles laicos. No es suficiente mantener la ortodoxia doctrinal que, gracias a Dios, está garantizada por la formación que reciben nuestros seminaristas en la Universidad Eclesiástica San Dámaso y en el colegio Alborada. Necesitamos reavivar en nosotros el espíritu de los orígenes, pedirle al Señor el mismo ardor de los apóstoles en Pentecostés y el celo por el Evangelio que distinguía a San Pablo. Tanto los seminaristas como los sacerdotes necesitamos aprender de los apóstoles su estilo de vida, su disponibilidad para la misión, su confianza puesta en Jesucristo resucitado hasta llegar a dar la vida por Él (Lin. 24).

Hoy no podemos pensar el ejercicio del ministerio sacerdotal sin contar con los laicos, avivando en ellos el deseo de santidad y promoviendo con ellos auténticas comunidades evangelizadoras. En los seminarios se gesta una buena parte de nuestro futuro como Iglesia. Por eso, bajo el patrocinio del Sagrado Corazón, la Virgen Inmaculada y los Santos Niños Justo y Pastor, os invito a todos a orar por los seminaristas y formadores, apoyar económicamente los seminarios y a promover con entusiasmo nuevas vocaciones a la vida consagrada y sacerdotal.

No solo es necesario promover nuevos sacerdotes y religiosos dispuestos a abrazar las exigencias de la nueva evangelización. Los fieles cristianos laicos participan, por su bautismo, de la llamada a la evangelización. También vosotros, queridos fieles, debéis de estar dispuestos para recibir una formación adecuada que os capacite para la misión. Para vosotros ha sido erigido, como hemos recordado anteriormente, el Instituto de Teología Santo Tomás de Villanueva y el Instituto Juan Pablo II para estudios sobre matrimonio, familia y vida. Además del gran campo de evangelización que son vuestras familias y los ambientes donde desarrolláis vuestra profesión o trabajo, hoy se espera de vosotros que contribuyáis a construir las parroquias como auténticas comunidades de fe y oración. Para ello, como para desarrollar la vida de los movimientos y las nuevas realidades eclesiales, necesitáis una formación adecuada. Hoy, no es suficiente el testimonio de vida. Siendo éste imprescindible, la Iglesia necesita familias, hombres y mujeres dispuestos a entregar su vida por la causa del Evangelio. La formación que se ofrece en los centros mencionados va en esta dirección: preparar nuevos evangelizadores, fieles cristianos laicos para la nueva evangelización. El estudio y la práctica de la Doctrina Social de la Iglesia es camino obligado para este servicio del Evangelio.


Conclusión

La Jornada Mundial de la Juventud, recientemente celebrada en Madrid, ha sido una ocasión de gracia y una bendición. Todavía resuenan en nuestros oídos las palabras de Benedicto XVI que, recién llegado a España, gritaba a todos los jóvenes del mundo: “Que nada ni nadie os quite la paz. No os avergoncéis del Señor. El no ha tenido reparo en hacerse uno como nosotros y experimentar nuestras angustias para llevarlas a Dios, y así nos ha salvado”.

Concluyo esta Carta Pastoral con la alegría de haber participado, unido a tantos peregrinos, en esta Jornada. La visita del sucesor de Pedro, Benedicto XVI, ha sido para nuestra diócesis de Alcalá y para toda España una bendición de Dios que ha puesto de manifiesto un modo alternativo de vivir y la belleza de una juventud dispuesta a seguir a Jesucristo. Agradezco de corazón a todos los voluntarios, a las familias, a las parroquias  y a las autoridades la acogida extraordinaria que habéis dispensado a los peregrinos que han venido de los cinco continentes. Con ellos nos visitaba el Señor y se nos ofrecía una seria experiencia de catolicidad.

Para todos los fieles de la diócesis se ofrece ahora la oportunidad de profundizar en el mensaje que Benedicto XVI ha ofrecido en todas sus intervenciones. Sus palabras abren un horizonte de estudio y reflexión para todos nuestros jóvenes que han participado activa y gozosamente en esta Jornada. A la Delegación de Pastoral Juvenil le confío la tarea de ofrecer pistas de profundización para los movimientos y grupos juveniles de nuestras parroquias.

Una vez más el Papa nos ha recordado la necesidad de edificar nuestra casa sobre el cimiento firme que es Jesucristo. “Él es la roca que sostiene todo el edificio de nuestra existencia. La verdad no es una idea, una ideología o un eslogan, sino una Persona, Cristo, Dios mismo que ha venido entre los hombres. Al edificar sobre la roca firme que es Cristo, no solamente vuestra vida será sólida y estable, sino que contribuirá a proyectar la luz del Resucitado sobre todos vuestros coetáneos y sobre toda la Humanidad”. Con estas palabras el Papa nos invita a difundir por todos los rincones del mundo la profunda y gozosa experiencia que, como Iglesia, hemos vivido en España.

En definitiva, el Papa nos quiere misioneros, enviados a anunciar la Buena Noticia, a responder con amor a quien por amor se ha entregado por nosotros. Esta misión no se puede llevar a cabo en solitario. Seguir a Jesús en la fe es caminar con Él en la comunión de la Iglesia, ya que no se puede separar a Cristo de la Iglesia, como no se puede separar la cabeza del cuerpo (1 Cor 12,12).

Acompañados por estas palabras del Santo Padre, y asistidos por la intercesión de la Virgen María, comencemos este curso pastoral con ilusión renovada. De nuestra amistad con Jesús nacerá también el impulso que lleva a dar testimonio de la fe en los más diversos ambientes, incluso allí donde hay rechazo o indiferencia. No se puede encontrar a Cristo y no darlo a conocer a los demás. Por tanto, no os guardéis a Cristo para vosotros mismos. Comunicad a los demás la alegría de vuestra fe. El mundo necesita verdaderamente a Dios.

Con mi bendición,

 + Juan Antonio Reig Pla
     Obispo Complutense

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