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28/09/2012

Carta Pastoral de Mons. Reig Pla con ocasión del ''Año de la fe''

 
 
“El que cree tiene vida eterna”
Carta Pastoral de Mons. Reig Pla con ocasión del “Año de la fe



“La fe actúa por la caridad”

“No podemos, como sucede con frecuencia, dedicarnos
a gestionar la decadencia de la Iglesia”


“Esta es la hora de la Nueva Evangelización
 

- Mons. Juan Antonio Reig Pla, Obispo de Alcalá de Henares ha hecho pública una carta pastoral, con ocasión del Año de la fe, titulada: “El que cree tiene vida eterna”.

- En dicha carta, tras una introducción, trata un tema de gran trascendencia para todo ser humano: la dificultad de creer. También aborda ciertas ideologías contrarias a la fe: agnosticismo, relativismo moral y nihilismo.

- A continuación ofrece brevemente a los lectores la respuesta de la fe ante la situación en la que nos encontramos.

- En un tercer apartado indica algunas de las características de la fe cristiana: la fe es conocimiento, la fe es obediencia, la fe es confianza.

- En el siguiente epígrafe Mons. Reig explica por qué “el que cree tiene vida eterna”.

- En el quinto punto introduce el tema de la transmisión de la fe y el modo de llevarla adelante: la Palabra de Dios, el Credo o profesión de fe, la liturgia, los sacramentos y la piedad popular, el Catecismo de la Iglesia Católica y el Concilio Vaticano II. Monseñor Reig insiste en la necesidad de una nueva evangelización en la Diócesis de Alcalá de Henares; nueva evangelización que en esta carta pone bajo la protección y guía de la Santísima Virgen María, de su esposo San José y de San Juan Crisóstomo (uno de los grandes padres de la Doctrina Social de la Iglesia), todos ellos patronos del Concilio Vaticano II.

- La fe actúa por la caridad. En esta sección Mons. Reig indica la importancia del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia para llevar adelante la evangelización; así mismo, anuncia la próxima inauguración de la Casa de acogida “San Diego de Alcalá”.

- En la misma sección el Obispo propone la llamada “Campaña del 1%”: se trata de aportar voluntariamente el 1% de los ingresos anuales de la familia o de las personas individuales en favor de una nueva casa para pobres que necesiten comida y alojamiento durante un periodo establecido. El importe de este 1% del salario personal o de los ingresos familiares irá destinado a la reconstrucción del antiguo edificio de las Hermanas de la Caridad en la ciudad de Alcalá de Henares y que será regentado por la Cofradía del Cristo de los Desamparados y la Virgen de las Angustias.

- En el apartado siete “por los caminos de la nueva evangelización” Mons. Reig habla de la necesidad de un nuevo espíritu. Tiene que nacer un espíritu de entusiasmo por la evangelización. No podemos, como sucede con frecuencia, dedicarnos a gestionar la decadencia de la Iglesia. El Obispo propone una escuela de evangelización como paso hacia la indispensable introducción en todas las parroquias de la Diócesis de un “Catecumenado de jóvenes y adultos”, según el modelo de la “Iniciación Cristiana”. En el fondo se trata de poner a la diócesis en estado de misión. También aquí aborda la cuestión de las mediaciones: la familia, la escuela, las parroquias, monasterios, movimientos, comunidades y asociaciones, el Centro Diocesano de Orientación Familiar, el Pontificio Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la familia, el Instituto Diocesano de Teología, las delegaciones diocesanas. El campo del trabajo, la empresa, la actividad política, sindical y asociativa, también es un terreno que está llamado a recibir la siembra del Año de la fe. Como comprendió San Juan Crisóstomo y recuerda el Papa Benedicto XVI “no basta con dar limosna o ayudar a los pobres de vez en cuando, sino que es necesario crear una nueva estructura, un nuevo modelo de sociedad; un modelo basado en la perspectiva del Nuevo Testamento”.

- Los testigos de la fe. En esta sección Mons. Reig recuerda que son muchos los testigos de la fe con los que se ha visto enriquecida la Diócesis Complutense -entre ellos el próximo Doctor de la Iglesia San Juan de Ávila-, subrayando que precisamente en este año estamos celebrando el LXXV aniversario del martirio de los 119 beatos cuyas reliquias descansan en Paracuellos de Jarama. Todos ellos serán fuente de bendiciones, pero también de ejemplo e inspiración para nuestra vida familiar, política, social, e incluso económica.


Textos que Mons. Reig propone leer y meditar:

- La Sagrada Biblia.

- El Catecismo de la Iglesia Católica.

- El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica.

- Los documentos del Concilio Vaticano II.

- El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia.

- El Directorio sobre la piedad popular y la liturgia. Principios y orientaciones;  publicado en su día por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.

- La verdad del amor humano, orientaciones sobre el amor conyugal, la ideología de género y la legislación familiar, editado por la Conferencia Episcopal Española.

- Treinta preguntas y respuestas sobre el amor, ed. Bac popular.

- La edición oficial del “Martirologio Romano”.
 
Octubre de 2012




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EL QUE CREE TIENE VIDA ETERNA



Introducción


Cuando el Papa Benedicto XVI anunció el Año de la fe (2012-13) me vino a la mente el texto del profeta Isaías que pone en boca del mismo Señor las siguientes palabras: “Si no creéis, no subsistiréis” (Is 7,9).

El texto del profeta se refiere a una situación límite vivida por Acaz, el rey de Judá. Rodeado por sus enemigos (Asiria) y despreciado por sus aliados inmediatos (Siria y Efraín) se llenó de miedo. Cuando le comunicaron la noticia de que los arameos habían acampado en Efraín, “se agitó su corazón y el corazón de su pueblo como se agitan los árboles del bosque con el viento” (Is 7,2).

Hay muchos católicos que, ante las dificultades que se presentan en nuestro mundo para vivir la fe, están tentados de sentir miedo y desfallecer. Estas dificultades no sólo vienen de los enemigos conocidos (la propia debilidad humana, el ambiente de increencia, de indiferencia o ateísmo, la persecución a la Iglesia, etc.), sino de la infidelidad de los creyentes, de los pecados y escándalos en la misma Iglesia.

Ante esta situación difícil, y a veces agravada por los propios acontecimientos de nuestra vida personal (fracasos, enfermedad, sufrimientos provocados por la familia, la muerte de alguien cercano, la falta de trabajo, etc.), es bueno que escuchemos la palabra del profeta (ahora la Iglesia) que, en nombre de Dios, comunica al rey y al pueblo el siguiente mensaje: “Conserva la calma, no temas y que tu corazón no desfallezca ante esos dos restos de tizones humeantes...; [La invasión] ni ocurrirá ni se cumplirá” (Is 7,4-6).

En estas palabras del profeta hay que distinguir dos momentos: el anuncio decidido por Dios (no ocurrirá) que invita a confiar y a descansar en la omnipotencia divina y la denuncia de la poca consistencia de los enemigos. Los que asustaban tanto al rey son comparados a dos carbones (tizones) humeantes, lo que muestra su insignificancia y su incapacidad frente a Dios. La fuerza del rey y de su pueblo no descansa en sus aliados, sino en el Señor. Es más, cuando el profeta se refiere a la destrucción del enemigo que se presentaba como poderoso añade estas palabras significativas: “Si no creéis, no subsistiréis” (Is 7,9). La verdadera fuerza, la “victoria sobre el mundo es nuestra fe” (1 Jn 5,4).

Este texto del profeta Isaías, que solemos escuchar en el tiempo de Adviento (tiempo de esperanza), concluye dando al rey y al pueblo un signo de la promesa del Señor: “la virgen está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel” (Is 7,14). El cumplimiento de este signo-promesa se da en el nacimiento de Jesús el Hijo de Dios que salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1, 21-23). Tal como le anuncia el ángel a José en sueños, la criatura que hay en María viene del Espíritu Santo, es obra de Dios. José, como antes el rey Acaz, no tiene que temer acoger a María como su mujer (Mt 1,20). Dios va por delante. Él viene cumpliendo las promesas hechas al pueblo de Israel y viene para salvar.

En estos momentos trascendentales de nuestra historia personal y de la historia de nuestro pueblo (la Iglesia), Benedicto XVI, como el ángel (enviado) que anunció a María y habló en sueños a José, nos invita a no dar la fe por supuesta, a avivarla y formarla, a fortalecerla en unión con todo el pueblo cristiano de tal manera que podamos dar razón de nuestra esperanza (1 Ped 3,15).

La respuesta que reclama el anuncio del Año de la fe no puede ser la que dio el rey Acaz (750 años antes de Cristo) sino la que queda ejemplarizada en la Virgen María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Es la misma respuesta que dio San José cuando el ángel le habló en sueños: “Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer” (Mt 1,24).



1. LA DIFICULTAD DE CREER


Como el rey Acaz, también el creyente se encuentra en el momento actual en una situación límite, agravada por la propia debilidad de las familias, las parroquias y de la Iglesia en general. Por eso es comprensible que algunos sientan miedo, miren al futuro con ansiedad y constaten cómo “se agita su corazón” (Is 7,2).

Es posible que también a nosotros nos fallen los aliados inmediatos. Todos constatamos, en efecto, la quiebra de la “tradición” y la ausencia de un ambiente cristiano en la sociedad. Al mismo tiempo asistimos a una falta de apoyo en muchas “instituciones sociales” que se organizan al margen de Dios y de la fe, y en ocasiones en contra de Dios, de su Iglesia y de sus fieles y representantes. Lo mismo ocurre con los grandes medios de comunicación de masas, salvo honrosas excepciones. La fe estamos obligados casi a vivirla a la intemperie, a contracorriente y acosados por lobos feroces que dominan la cultura, que crean opinión y que se organizan en grupos de presión que favorecen las ideologías contrarias a la fe.

a) Agnosticismo

Más allá del ateísmo llamado “científico” que hizo estragos en los siglos XIX y XX, hoy en el plano del conocimiento se pretende promover el agnosticismo. Según esta doctrina, como Dios no es aprehensible por los métodos experimentales de la ciencia, no lo podemos conocer. Y si no lo podemos conocer, hemos de vivir como si no existiera. Este mundo, privilegiando solamente la razón instrumental, lo hemos de organizar nosotros. Sólo la ciencia con su desarrollo tecnológico nos puede ayudar en la instalación en nuestro mundo. Todo lo demás, incluidas las últimas preguntas sobre el sentido de la vida y de la muerte, las exigencias de la conciencia moral, etc., queda relegado al ámbito de lo privado, cuando no reducido a sentimientos y emociones que no tienen ninguna relevancia social.

El agnosticismo y la preponderancia del cientificismo nacen de un reduccionismo de la razón y una negación de la fe que quedaría confinada en un mero sentimiento religioso.

b) Relativismo moral

En el plano de la conducta humana, del agnosticismo y del no querer afrontar el problema de la Verdad deriva el relativismo moral que se presenta como paradigma global que posibilita un tipo de “democracia”, como nuevo modelo ético, que descansa solamente en el consenso entre los grupos y que no acepta las realidades pre-políticas que deben inspirar los procedimientos verdaderamente democráticos.

Si el agnosticismo suponía una reducción de la razón que la incapacita para afrontar la realidad total (a Dios y al hombre en todas sus dimensiones), el relativismo no hace justicia a la conciencia moral. Ésta, rectamente formada, está capacitada para distinguir el bien del mal y es capaz de discernir lo bueno para el hombre y, por tanto, para la sociedad.

A pesar de la presión constante de estos sistemas de pensamiento y de modo de vivir propiciados por las ideologías, el corazón de las personas no se resigna a renunciar a la verdad, a darlo todo por bueno y a sucumbir ante la dictadura del relativismo. En cada uno de nosotros se puede constatar como un grito interior que nos impulsa a condenar las injusticias, que nos despierta del sueño de la mentira y que nos invita a la rebeldía contra el mal.

Una libertad sin verdad camina a la deriva. Por eso, si la razón no quiere afrontar el tema de la verdad del hombre, si claudica en su debilidad ante la búsqueda del Absoluto, era de esperar que la libertad, sin el apoyo de la verdad, quede reducida a un haz de emociones o de impulsos instintivos. La vocación de la razón es la verdad y la vocación de la libertad es el bien. Ambas van unidas y se necesitan como expresión de lo específicamente humano. Si podemos ser libres es porque somos inteligentes. La libertad necesita el vínculo de la verdad para conducir el obrar humano hacia el bien y la perfección humana. El afirmar la autonomía radical del hombre, el autoafirmar una libertad sin vínculos no se corresponde con la verdad de la persona humana.

Todos nos reconocemos siendo. Nadie se ha dado la vida a sí mismo. La vida humana es dependencia de un Amor que nos precede y nos ha creado con sabiduría y amor. No procedemos del caos sino que venimos a este mundo llamados por el amor de Dios, y generalmente por el amor de nuestros padres que actualiza la voluntad creadora de Dios. Si Dios nos ha pensado y querido desde toda la eternidad, nos ha querido con un proyecto que responde a su sabiduría. Este proyecto, la naturaleza de la persona, es nuestra propia verdad, la verdad del ser humano. Nuestra autonomía significa dependencia de un Amor sabio que nos ha creado libres y respeta nuestra libertad. Esto no significa negar la autonomía psicológica que posibilita el obrar con libertad para que, respetando la verdad de nuestro ser, la libertad se haga recorrido hacia el bien de la persona y su perfección. Por eso la libertad necesita vínculos: el vínculo con Dios, con nuestros padres y familia, los vínculos de la amistad y los vínculos sociales que nos sitúan en una patria común.

El relativismo moral supone la ruptura de todos los vínculos humanos y la afirmación a ultranza del individuo como una isla, desvinculado de la tradición, de la historia común y del lenguaje que nos posibilita la comunicación y el diálogo desde la verdad. Afirmar que todo vale lo mismo, que no hay presupuestos ni referencias obligatorias, es disolver la verdad de la persona y condenar al hombre a la esclavitud de lo ocasional, de lo fugaz o simplemente convencional.

Pero todo esto no corresponde con la propia experiencia. Cualquiera se da cuenta de que somos un haz de relaciones y que algunas de ellas son fundantes: ser hijo, ser hermano, pertenecer a una cultura, saberse vinculado al origen y, por tanto, a Dios, etc. La libertad, por poseer vínculos y referencias fundantes, nos hace responsables. Cada uno está llamado necesariamente a dar razón de sus actos y no puede sentirse justificado simplemente por la afirmación injustificada del relativismo. No es lo mismo amar que odiar, ser veraz que mentiroso, ayudar al pobre que maltratarlo, ser generoso con los padres que abandonarlos, respetar la vida de los inocentes que destruirlos, etc. El orden moral está grabado en lo íntimo de nuestra conciencia y por eso, aunque se pretenda sofocarlo con distracciones, por el activismo y por la ausencia de la vida interior, al final emerge porque va unido a la verdad de la persona y reclama ser escuchado. Esta voz de la conciencia es la salvación de lo humano y el antídoto contra el relativismo imperante.

Es verdad que el relativismo ha querido encontrar una puerta de entrada con la diversidad de culturas hoy más fácilmente conocidas y presentes en cualquier sociedad. Sin embargo, el sustrato cultural y religioso de los pueblos no camina de la mano del relativismo. En todas las culturas y religiones hay presupuestos y temas incontrovertibles que expresan la verdad de lo humano: la referencia a Dios, el valor de la familia, la solidaridad con el pobre y enfermo, el respeto y cuidado de los ancianos, la salvaguarda de los hijos, el honor de los inocentes y el castigo de los malvados, etc.

Estos presupuestos comunes en toda cultura y religión son la base para un fructífero diálogo en busca de lo específicamente humano y de lo que aproxima a la verdad. Pero esto no equivale a equiparar todas las culturas y relativizar, por las diferencias que puedan darse, todos los contenidos humanos. En el interior de las culturas hay progresos que ajustan las conductas y las convenciones a la verdad y al bien de la persona. Del mismo modo, existen culturas más avanzadas que otras y este avance se justifica en la medida en que hay razones, ancladas en la experiencia, que expresan mejor la verdad del hombre. En este sentido, los cristianos afirmamos que Cristo es la verdad del hombre y que lo cristiano es la perfección de lo humano. Cristo, en efecto, sirve de medida de los contenidos de cada cultura ya que nos trae la verdad misma de Dios: origen, fundamento y meta del hombre.

La civilización occidental va unida a lo cristiano. Aquí es donde han florecido la ciencia, la universidad y todas las instituciones que se han ido creando para el bien del hombre: escuelas, hospitales, leyes que garantizan los derechos y deberes humanos, servicios para los débiles, para los ancianos, etc.

c) Nihilismo

En la medida en que se ha querido romper con esta tradición, Occidente se está quedando sin patria común, sin un hogar donde florezca el esplendor de lo específicamente humano. El hijo póstumo del agnosticismo y del relativismo moral es el nihilismo.  Caminar siempre a distancia corta y hacerse peregrinos de la nada parece ser la propuesta de un nuevo paradigma cultural que caracteriza a una nueva generación.

Las manifestaciones del nihilismo son múltiples: la perdida de la trascendencia y la muerte de Dios; la exaltación del individuo y un concepto de libertad sin raíces en la verdad; la cultura de la muerte y la exaltación del emotivismo; la deconstrucción de lo humano propiciado por la ideología de género y las teorías queer y cyborg, etc.; el consumismo creciente que desde lo periférico (bienes materiales) se extiende hacia lo específicamente humano provocando destrucción y sufrimiento (pornografía, comercio del “sexo”, prostitución infantil, etc.). De manera preocupante el nihilismo afecta a los más jóvenes quienes, educados en el ocultamiento del sufrimiento y en la falta de austeridad y sacrificio, fácilmente después reclaman todo y se hacen vulnerables al alcohol, a la droga, al sexo sin responsabilidad, etc. Los que negocian con este tipo de cosas lo saben bien y han promovido redes de centros y lugares, llamados de ocio y de “movida”, que no hacen más que despertar el gregarismo y el derroche, hasta la náusea, de las mejores energías vitales.

Estas actitudes también se ven reflejadas en los adultos e incluso en quienes tienen responsabilidades públicas que, en vez de promover alternativas de auténtico humanismo, propician estas “distracciones” y otros sucedáneos del verdadero “ocio” que puede contribuir al descanso y crecimiento del espíritu. Tampoco está exento de esta actitud nihilista el discurso político, casi todo centrado en la economía y que soslaya cualquier debate cultural que ofrezca caminos para el auténtico desarrollo de la persona, la protección de la vida, la custodia del matrimonio y de la familia, la defensa de la ecología humana, de una educación eminentemente humanista, etc. La ausencia de este tipo de discurso entre los políticos en España es altamente preocupante. Da la impresión de que con la restauración democrática en España hayamos comenzado la historia de cero o desde la nada. Como si la tradición cristiana y católica nunca hubiera existido en esta tierra o como si la presencia de la Iglesia Católica fuera un corsé que oprime y del que hubiera que desembarazarse.

La crítica constante a la Iglesia nos debe preocupar a los creyentes y debe contribuir a nuestra conversión permanente. Pero una cosa es la crítica que ayuda a crecer y otra el ataque sistemático a la tradición cristiana y la repulsa de todo aquello que nos identifica y nos hace herederos de una historia que, con sus fallos, debería ser motivo de orgullo sano y servir como plataforma para afrontar con lucidez el futuro. La crítica sistemática a lo cristiano es fruto de un proyecto de ingeniería social que hemos de saber desentrañar y denunciar constantemente. Sin raíces cristianas y sin tradición el futuro se quiere construir como una quimera que, además de prescindir de Dios, se vuelve contra el hombre diseñado como individuo consumista fácilmente manipulable por los que detentan el poder económico y político.



2. LA RESPUESTA DE LA FE


El panorama que acabamos de describir no agota la realidad total. Es posible que hayamos experimentado la debilidad de la Iglesia en sus instituciones e incluso, como le ocurrió a Acaz (Is 7), podamos haber sufrido por la traición de los aliados más cercanos (sacerdotes, instituciones educativas, organizaciones parroquiales, movimientos, personas cualificadas de la jerarquía eclesiástica, etc.). Para todos nosotros, hoy como ayer, resuena fuerte la voz del profeta: “Conserva la calma, no temas y que tu corazón no desfallezca ante esos tizones humeantes” (Is 7,4-5).

Esta voz profética la hemos escuchado en labios del Beato Juan Pablo II: ¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Cristo! Esta voz ha gritado en las plazas de los cinco continentes y, gracias a Dios, ha sido escuchada por multitud de personas y por muchas familias y jóvenes. Esa voz ha calado hondo en aquellos que ya no son la generación del mayo francés del ‘68. Son una generación distinta que ya ha constatado el fracaso de la revolución sexual. Son hombres y mujeres que han sufrido el drama del divorcio, que ya conocen los frutos del alcohol y la droga, que saben que la libertad necesita vínculos y cauces para lograr el bien de las personas. De manera particular son multitud las mujeres que también conocen los frutos amargos del feminismo radical y que saben que el divorcio empobrece a la mujer y daña a los niños, que la anticoncepción y las esterilizaciones voluntarias hieren la persona de los esposos y su matrimonio y que el aborto destruye a las madres y mata a los inocentes.

Toda esta multitud de jóvenes que han escuchado la voz de Beato Juan Pablo II, unidos a las familias que han perseverado en la fidelidad matrimonial, que se han abierto generosamente a la vida y que han descubierto en la Iglesia su verdadero lugar, son motivo de esperanza en estos momentos de crisis de humanidad. Son los mismos que han recibido a Benedicto XVI como el enviado de la Providencia. También ellos han escuchado las palabras de este profeta que nos ha dicho: ¡No temáis! Recibid a Cristo. ¡Él no os roba nada, y con Él lo podéis alcanzar todo!

Es el mismo Benedicto XVI quien nos invita a vivir este curso como el Año de la fe, un año para proponer de nuevo el Credo de los Apóstoles, un año para recibir con asentimiento las enseñanzas del Concilio Vaticano II y del Catecismo de la Iglesia Católica; un año para reforzar la formación y superar el analfabetismo religioso.

El Año de la fe es una propuesta para toda la Iglesia que tiene que emerger ante el mundo como la columna de fuego que guiaba al pueblo de Israel hacia la tierra de promisión (Ex 13,21). El Espíritu Santo, que no abandona a la Iglesia, es quien ha alentado en estos últimos decenios distintas realidades que están llamadas a recibir este año como una invitación a revitalizar la fe, a proponerla de nuevo como la gran respuesta a todos los signos de crisis y de decadencia de la civilización cristiana.

Las Jornadas mundiales de la juventud y de las familias, el crecido número de parroquias renovadas como verdaderas comunidades, los distintos movimientos apostólicos, nuevos movimientos y comunidades, la presencia de nuevas vocaciones en los seminarios y monasterios, la santidad de tantas familias, etc., son los signos que nos hacen constatar la renovación que promueve el Espíritu Santo y que garantizan la propuesta de una nueva evangelización, la recepción de este Año como un nuevo aliento para profundizar en la formación cristiana y en la educación de la propia fe.



3. CARACTERÍSTICAS DE LA FE CRISTIANA


Cuando hablamos de la fe no podemos olvidar el contexto en el que hemos de vivirla para hacer de ella la respuesta adecuada a los rasgos con que hemos descrito el paradigma cultural hegemónico: el agnosticismo, el relativismo moral y el nihilismo. Para desarrollar este tema tomaremos como punto de referencia la figura del Abraham (Gn 12-15), padre de los creyentes, y de la Virgen María, modelo de fe (Lc 1,26-38).

a) La fe es conocimiento

Habitualmente suele confundirse la fe con el sentimiento religioso. No es difícil encontrarse con personas o con escritos que reducen la fe a la emoción ante lo “sagrado”, ante lo grandioso o tremendo. El afecto responde con mayor o menor intensidad ante acontecimientos, personas o lugares que fascinan y provocan reacciones en el ámbito de los sentimientos. Esta manera de pensar está muy extendida, también entre personas ilustradas, de tal manera que se mide la fe según el grado o intensidad del sentimiento o la emoción.

El sentimiento religioso es importante y no hay que minusvalorarlo, pero no se puede confundir con la fe. Tampoco se puede reducir el acto de fe a la respuesta ante lo inexplicable. Este modo de pensar ha producido muchos problemas a lo largo de la historia, de tal manera que se ha ido retirando a Dios de todos los ámbitos en los que la ciencia ha ido explicando ciertos fenómenos no conocidos o inexplicables en esos momentos.

No podemos contentarnos con decir que la fe es creer lo que no se ve. La fe, en efecto, es una fuente de conocimiento que no desprecia la razón sino que la supera. Decir que el conocimiento se reduce a lo que proporciona la ciencia con su método experimental es empequeñecer la razón y cerrarla a otras fuentes de conocimiento posibles para la inteligencia y el espíritu humano. En concreto la fe es un modo de conocer a través del testimonio de Dios que se revela o de los testigos que narran acontecimientos referidos a lo divino o que transmiten palabras que han sido comunicadas por el mismo Dios.

Creer es conocer que Dios existe, que actúa en la historia y que habla al corazón del hombre. Este es el caso de Abraham, quien comunica la experiencia de Dios que le llama: “Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti una gran nación” (Gn 12,1-2). Es el mismo caso de la Virgen María, quien recibe el anuncio del arcángel Gabriel: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo [...]. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús” (Lc 1,28.31).

Que Dios exista es razonable, aunque no se pueda demostrar con el método experimental su existencia. Son muchos los motivos de credibilidad: el orden del universo como macrocosmos y como microcosmos; la ley moral presente en la conciencia de todos los seres humanos; el deseo de infinito que anida en nuestro corazón, etc. San Pablo reprocha a los romanos que habiendo conocido a Dios por sus obras, no le glorificaron: “Pues lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, son perceptibles por la inteligencia a partir de la creación del mundo a través de sus obras” (Rm 1,19-20).

Si es razonable la existencia de Dios, y puede ser conocido a través de sus obras, también es razonable que se haga presente a personas, las llame, o les comunique sus palabras, promesas o designios. Es el caso, como hemos visto, de Abraham o de la Virgen María. También es el caso de los profetas que hablan en nombre de Dios y nos transmiten sus palabras. Quedando a salvo las «semillas del Verbo» (semina Verbi) contenidas en las diversas culturas y religiones no cristianas, entre todos los pueblos del mundo Israel ha conocido a Dios por medio de acontecimientos prodigiosos que constituyen una historia de salvación que culmina en Jesucristo, cabeza del nuevo Pueblo de Dios: la Iglesia.

Todo lo acontecido en estas personas y en este pueblo como proveniente de Dios necesita una verificación para aceptar que se trata de un verdadero conocimiento. Y esto es precisamente lo que contiene la Revelación de Dios transmitida por la Sagrada Escritura y la Tradición.

La Sagrada Escritura contiene los hechos y los dichos que por parte de Dios han llegado a un pueblo que ha podido constatar la verdad de lo sucedido y que forma parte de su experiencia. Así pues, frente al agnosticismo la fe propugna el conocimiento de la verdad que tiene la estructura propia de la amistad: hemos conocido a Dios, hemos visto sus obras que han sido verificadas con el paso del tiempo. El primer paso de la fe es decir Creo en Ti, creo en Dios.

Esto se ve todavía más claro en el caso de los apóstoles y los primeros discípulos de Jesús. Ellos han convivido con Jesús, quien se presenta como el Hijo de Dios igual al Padre: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14,9). Jesús es Dios y ha realizado signos como Dios: “Las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí” (Jn 10,25). El conocimiento de estos hechos, los milagros y fundamentalmente la muerte y la resurrección del Señor, los constituye en testigos que pueden dar cuenta de lo que han visto y oído.

El conocimiento a través del testimonio de otro es otra fuente del conocer que descansa en la calidad y veracidad del testigo. La fe nos llega, pues, por el testimonio de otros y se constituye en una fuente de conocimiento fiable y razonable. El testimonio de Abraham, de la Virgen María, de los profetas, de los apóstoles de Jesús es fiable por la santidad de sus vidas. Todos los apóstoles sellaron su testimonio con su martirio.

Este modo de conocer no niega la libertad. La fe es razonable, pero el acto de fe es libre. Ello explica que algunos de los que vieron y oyeron a Jesús no creyeran en Él. Sin embargo, esta libertad no desemboca en la duda, sino en la seguridad y la certeza de quien dice: Creo en Ti.

En el caso de la fe, por ser una virtud sobrenatural, no se da sin la gracia. Por eso Jesús decía: “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado” (Jn 6,44). La atracción de la gracia nos conduce a la certeza de la fe que concluye afirmando la verdad como un juicio razonable, como una adhesión al mismo Dios conocido en Jesucristo y dado a conocer por sus testigos: “Entonces Jesús les dijo a los Doce: ¿También vosotros queréis marcharos? Simón Pedro le contestó: Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que eres el Santo de Dios” (Jn 6,67-69).

Tras este breve recorrido podemos concluir que tanto la fe como la razón son fuente de conocimiento. Son las dos alas del espíritu que nos encaminan, por métodos diferentes, hacia la única Verdad.

b) La fe es obediencia

La fe es obediencia a la Verdad y, en ese sentido, es el mejor antídoto contra el relativismo moral. El ejemplo de Abraham es claro: conocida la llamada y la voluntad de Dios, inmediatamente se puso en camino. “Abrán marchó, como le había dicho el Señor” (Gn 12,4). Lo mismo hizo la Virgen María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Ante la llamada de Jesús, los primeros discípulos responden con prontitud. “Jesús les dijo: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y le siguieron” (Mc 1,17-18).

Estas respuestas, signo de la obediencia, no deben llevarnos a confundir la fe con una moral determinada. Lo primero en la fe no es aceptar unas verdades u obedecer unos mandamientos. Lo primero es descubrir a Alguien: creo en Ti. Ese Alguien se presenta como un Amor indecible, inmenso. Por ese Amor uno estaría dispuesto a dejarlo todo, a vender todos sus bienes. Así lo explica el Evangelio: “El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo” (Mt 9,44).

Ese tesoro escondido es el Amor de Dios. El que canta la esposa en el Cantar de los Cantares: “Encontré el amor de mi alma; lo abracé y no lo solté” (Cant 3,4). Es la misma experiencia de San Pablo, quien llega a afirmar que Cristo es la razón de su existencia. Una vez que ha conocido a Cristo resucitado camino de Damasco (Hech 9,3-5), la vida adquiere una orientación distinta. Su fe en Cristo le lleva a un asentimiento total al Resucitado a quien considera como su vida: “Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy quien vive, es Cristo quien vive en mí […] vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gal 2,19-20).

Este asentimiento a Cristo, se transforma en una entrega total de San Pablo al Resucitado. Su conocimiento le lleva a valorar las cosas de manera diferente: “Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por El lo perdí todo y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo” (Fil 3,8).

Lo primero, por tanto, es la gracia del conocimiento de Cristo que se hace presente en su vida. Conocido Cristo como el Amor que ha dado la vida por él, está dispuesto a amarle y obedecerle en todo. Es más, está dispuesto a perderlo todo con tal de alcanzar a Cristo: “Para mí la vida es Cristo” (Fil 1,21). A la gracia del conocimiento de Cristo le sigue la aceptación de sus palabras, la obediencia a sus mandatos.

Este esquema se repite en todos los creyentes. Como nos recuerda Benedicto XVI, “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o por una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus caritas est, 1). Lo primero es conocer el Amor de Dios y luego viene la fe y la obediencia al Amor: “Nosotros hemos conocido al amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él” (1 Jn 4,16). La verificación de esta fe y conocimiento de Dios es la obediencia y la guarda de los mandamientos: “Quien dice: yo lo conozco y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él” (1 Jn 2,4).

La presencia de Cristo como un encuentro, como un acontecimiento de gracia, se manifiesta en la humanidad de Jesús, en el Verbo encarnado, nacido de María. “Siendo de condición divina, tomó la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres” (Fil 2,6). Este encuentro en la carne hecho posible como acontecimiento histórico para los primeros discípulos, continúa en nosotros a través del testimonio de los cristianos (nuestros padres, catequistas, sacerdotes, comunidad cristiana, etc.) y a través de la Palabra y los sacramentos que nos transmiten la carne gloriosa del Resucitado. Del encuentro con Cristo en su Palabra, en los Sacramentos, particularmente la Eucaristía, y en los acontecimientos de nuestra vida, surge la misma fe que caracterizaba a los primeros discípulos.

El encuentro con Jesucristo (creo en Ti, creo en Dios) nos revela el Amor de Dios que es la fuente que nos capacita para creer en sus palabras (creer a Dios) y obedecer sus mandamientos (obedecer a Dios). Todo este recorrido se realiza como un misterio de gracia. La iniciativa le corresponde a Dios (1 Jn 4,10). Él nos amó primero. La gracia del Padre nos atrae hacia Cristo (Jn 6,44), conocido ahora sacramentalmente y a través de testigos. Su Amor y su gracia despiertan en nosotros el deseo de amar y la capacidad de cumplir los mandamientos, que son la Sabiduría de Dios en nosotros. De este modo la fe, que es conocimiento de la Verdad (Dios), se hace obediencia a Dios (amor) e introduce a la libertad (capacitada por la gracia) en el auténtico bien que consiste en el amor a Dios y al hermano: “Si alguien dice: amo a Dios y aborrece al hermano, es un mentiroso […] Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama al que da el ser ama también al que ha nacido de él. En esto conocemos que amamos a Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos” (1 Jn 4,20-21; 5,1-2).

c) La fe es confianza

El acto de fe, además de ser un acto de conocimiento y de obediencia, es un acto de confianza. Esta confianza, siempre sometida a prueba (Sal 65,10), descansa en la omnipotencia divina y en su Amor infinito. Así lo pudo comprobar Abraham ante el nacimiento de Isaac, el hijo de la promesa (Gn 21,1-2); así lo escuchó la Virgen María del ángel: “porque para Dios no hay nada imposible” (Lc 1,37) y así lo pudo comprobar con la presencia de Juan el Bautista en el seno de la estéril Isabel (Lc 1,44). Del mismo modo lo expresa san Pablo cuando afirma: “Sé bien de quién me he fiado (2 Tim 1,12),
Jesucristo: quien me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20).

La fe, que se expresa como confianza, no es un grito en el vacío, no es una simple respuesta ante lo desconocido o enigmático. Esta confianza nace del testimonio de Cristo y de sus testigos que verifican con su vida la fe que profesan. Si por la fe conocemos al que es la Sabiduría Infinita, que no puede engañarse ni engañar; si adhiriéndonos a la Verdad de Dios nuestra libertad se hace entrega al Bien y obediencia a su voluntad; la fe no puede menos que desembocar en una confianza infinita que llega hasta el abandono en las manos de Dios. Así lo expresa el salmista cuando describe a Israel “como un niño en brazos de su madre” (Sal 131,2).

Ahora estamos en condiciones de comprender mejor la palabra de Isaías al rey Acaz cuando estaba amenazado por sus enemigos y por sus aliados “Si no creéis, no subsistiréis” (Is 7,9). La fe, misterio de gracia, nos lleva a sostener el edificio de nuestra vida sobre la roca que es Cristo (Mt 7,24). Él es el que construye nuestra casa y vigila la ciudad (Sal 126). “Los que confían en el Señor son como el monte Sión, no tiembla, está asentado para siempre” (Sal 124). El punto firme que sostiene nuestra vida no son nuestras fuerzas. Por eso no deben escandalizarnos ni nuestros pecados, ni los pecados de los demás. Los cristianos no son socios del club de los perfectos. Más bien somos aquellos pecadores que, por gracia, hemos sido alcanzados por el Amor inmenso de Jesucristo, quien ha dado su vida por nosotros. Sólo su Amor y su gracia nos capacitan para salir de las esclavitudes del pecado, que son enfermedades del espíritu que destruyen al hombre. Por eso nuestra confianza es ilimitada y sabemos que con Él lo podemos todo. Podemos acabar con nuestro egoísmo y salir victoriosos de la soberbia con la humildad; de la avaricia con la generosidad o largueza; de la lujuria con la castidad; de la ira con la paciencia; de la gula con la templanza; de la envidia con la caridad y de la pereza con la diligencia. Todas estas virtudes que practicamos en la lucha contra los pecados capitales son fruto de la gracia que capacita nuestra libertad para el bien. Por eso, puesta la confianza en el Señor, el cristiano no teme el combate de la fe y la hace activa por la caridad que nos conduce a la práctica de las obras de misericordia.

Esta confianza descansa en que la fe, como explica Benedicto XVI comentando la carta a los Hebreos, es ya “sustancia de las cosas que se esperan y prueba de lo que no se ve” (Heb 11,1). La fe hace presente la posesión de las arras que anuncian los bienes del porvenir. Es la presencia del Espíritu Santo derramado en nuestros corazones (Rm 5,6), que nos regala la justicia de Dios, la salvación (cf. Benedicto XVI, Spe salvi, 7). La presencia del Espíritu Santo, en cumplimiento de la promesa de Jesús (Jn 14,16), “convencerá al mundo de pecado (Jn 16,8) y nos guiará hasta la verdad plena y nos comunicará lo que está por venir” (Jn 16,13).

La fe y el bautismo, que nos hace hijos de Dios y coherederos de Cristo, abren las puertas de acceso al misterio de Dios y a la inhabitación de la Trinidad en nosotros: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23). Así pues, la confianza que nace de la fe no es simplemente la espera de alguien o de algo que pueda venir a salvarnos o a remediar nuestros males. La confianza nace de la presencia salvadora de Dios, presente ya en el Espíritu que se nos ha dado.

Esta presencia de Dios es incompatible con el pecado que engaña al hombre y lo destruye. El pecado es una enfermedad del espíritu, una enfermedad que puede ser causa de muerte. Por eso la primera misión del Espíritu Santo es convencernos de pecado y promover la conversión o vuelta a Dios. La conversión primera se actualiza en el sacramento del Bautismo que borra el pecado de origen y todos los pecados cuando se recibe en edad adulta. La segunda conversión, la conversión de las lágrimas, se realiza a través del sacramento de la penitencia donde, con el corazón contrito y humillado (Sal 50,19), confesamos nuestros pecados y recibimos la absolución. Esta absolución sacramental cumple las palabras del salmo: “Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme” (Sal 50,12). Este corazón puro, en el que se hace presente el Espíritu, reaviva en nosotros el espíritu filial que tiene como vocación la unión con Dios.

Desde el bautismo, y con un espíritu de conversión continua, el cristiano posee una vocación mística. Está llamado a los desposorios con Dios, a mantener con Él una relación nupcial. Esta es la razón última de nuestra confianza: Dios conocido como Esposo; la humanidad de Jesucristo como recorrido para adentrarnos en el conocimiento del misterio de Dios; el aliento del Espíritu que gime en nosotros con gritos y dolores de parto para que se manifieste en nosotros la condición de hijos de Dios redimidos (Rm 8,22-23). Sin la unión con Dios el cristiano está fuera de su hábitat, está a la intemperie donde no es posible vivir. Por eso este Año de la fe debemos aprovecharlo para suplicar la fe, para renovarla, para formarla, para dejarnos abrazar por el amor de Dios, conociéndole más, amándole más, obedeciendo sus palabras y abandonándonos en Él con una confianza infinita.



4. EL QUE CREE TIENE VIDA ETERNA


La respuesta frente a una existencia sin Dios, el antídoto contra un paradigma cultural que se caracteriza por el agnosticismo, el relativismo moral y el nihilismo, es la fe cristiana que nos da acceso a Dios a través de Jesucristo. Él mismo se presentó a sus discípulos diciendo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6). Esta es la propuesta cristiana de todos los tiempos que se actualiza mediante la incorporación a la Iglesia, el cuerpo de Cristo (1 Cor 12,27). Es en la Iglesia, de la que Cristo es la cabeza (Col 1,12), en donde nos encontramos por la fe con Cristo resucitado. Allí escuchamos la Palabra de Dios que nos purifica (Jn 13,10), allí participamos de la vida de Cristo resucitado mediante la Eucaristía y los demás sacramentos, y allí compartimos con los hermanos la presencia de Cristo en la comunidad (Mt 18,20). Sin la Iglesia, su cuerpo, no tenemos acceso a Cristo. Este se convertiría en una idea o, peor, en una ideología abstracta que no posibilita el encuentro con Él, con su presencia histórica en la carne de la Eucaristía y con la carne de su cuerpo: la Iglesia. La humanidad de Cristo, y su presencia sacramental en la Iglesia, nos posibilitan el encuentro con Dios. En este encuentro con Dios consiste, como lo indica el Evangelio de San Juan, la vida eterna. “Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17,3). Este conocimiento implica la comunión con Dios y el amor. La vida eterna, por tanto, no se refiere simplemente a la duración en el tiempo, o la ausencia de tiempo, sino que tiene como contenido la comunión amorosa con Dios.

Esta comunión con Dios es lo que la carta a los Hebreos afirma de la fe. La fe, dice, es la “sustancia [fundamento] de lo que se espera y prueba [argumento] de lo que no se ve” (Heb 11,1). La sustancia de lo que se espera es la participación actual en la vida eterna: el conocimiento o comunión amorosa con Dios. Esta comunión con Dios no puede ser más que don gratuito, participación de la vida de Dios que se hace posible por la fe. Es la presencia en nosotros del Amor de Dios, la inhabitación de la Santísima Trinidad, la presencia amorosa del cielo que desciende a nosotros haciéndonos participar de la vida divina, del amor de la Trinidad. Esta participación de la vida de Dios, lo que llamamos la gracia, es a la vez, la prueba de lo que no se ve.

La fe, como prueba de lo que no se ve, es un plus de conocimiento, de luz que nos introduce en el misterio de Dios conocido en Cristo y que, por la comunión amorosa con Él, nos asemeja a Él. La fe, en efecto, nos conduce a la comunión con Dios, nos lleva a conocerlo por connaturalidad, nos hace semejantes a Dios. Esta es la prueba, el argumento de lo que todavía no se ve. La fe es conocimiento de Dios pero no visión. La visión es propia de la gloria. La fe acompaña el peregrinar por este mundo y nos hace ver al invisible, participar de su amor, pregustar anticipadamente lo que en plenitud se nos concederá en el cielo.

Si la vida eterna, el gozo pleno de Dios, es lo propio de los bienaventurados en el cielo, la fe es el “aquí y ahora” de la vida eterna. Es participación, sustancia de lo que esperamos, abrazo de amor con Aquel que se nos concederá alcanzar en la patria definitiva del cielo. Por eso Jesús afirmó rotundamente: “En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna” (Jn 6,47).

Si la vida eterna consiste en el conocimiento (comunión amorosa con Dios) se comprende que esta sea la propuesta de Jesucristo que ahora continúa predicando la Iglesia. Preocupada por la vida de toda persona, la Iglesia no se cansa de repetir las palabras de Cristo: “La obra que Dios quiere es esta: que creáis en el que Él ha enviado” [Jesucristo] (Jn 6,29). “El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás” (Jn 6,35). “Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que va al Hijo y cree en Él tenga vida eterna y Yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,40).

La fe, que nos lleva al encuentro con Dios y nos hace escuchar su palabra, nos hace pasar de la muerte a la vida: “Quien escucha mi palabra y cree en el que me envió, posee la vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida” (Jn 5,24). Este paso a la vida significa superar no sólo la muerte final sino la muerte existencial, la que se experimenta cuando falta el amor a Dios y al prójimo: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte” (Jn 3,14).

El amor a los hermanos no es algo que nazca de nuestras fuerzas, no es simplemente un amor de filantropía. Lo que la fe anuncia es la superación de nuestra incapacidad para amar. Es el amor y la gracia de Dios, el amor conocido en la cruz de Jesucristo y participado por su Palabra y los sacramentos, el que nos capacita para amar incluso a los enemigos. Y en este sentido quien puede amar, por la gracia de Dios, ha pasado de la muerte a la vida.

Con estas reflexiones nos estamos introduciendo en el corazón del evangelio y en la posibilidad de superar la cultura de la increencia que nos rodea. Cuando se ha podido afirmar que el infierno es el “otro”, no se ha hecho otra cosa que constatar la limitación e incapacidad del corazón humano para amar y perdonar. Justo en esa experiencia de muerte (constatada en la relación matrimonial, en las relaciones empresariales o sociales, en el trato con las familias o en cualquier encuentro interpersonal), es donde se hace visible la luz del evangelio, la fuerza de la cruz y la omnipotencia de la gracia: ¡Es posible amar y perdonar! ¡Es posible con la gracia de Dios! El “otro”, en vez de ser un infierno, puede ser una bendición. Se puede pasar de la muerte a la vida porque Cristo ha resucitado y ha sido derramado el Espíritu Santo en nuestros corazones (Rm 5,5) que nos capacita para amar.

Es el Espíritu Santo quien viene en nuestra ayuda para que podamos realizar las mismas obras de Cristo, para que podamos amar hasta el extremo de dar la vida por los enemigos: “El que cree en mí, también él hará obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré [...] Y yo pediré al Padre que os dé otro Paráclito que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad” (Jn 14,12-16).

Las obras que se hacen posibles por la gracia de Dios y la fuerza del Espíritu son la prueba de que hemos pasado de la muerte a la vida, de que podemos superar la muerte existencial, la dureza de corazón (Mc 10,5) la incapacidad de amar. La fe supone, en efecto, la victoria sobre el mundo y sus concupiscencias (1 Jn 2,16): “Lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe” (1 Jn 5,4).

No sólo la muerte existencial ha sido derrotada sino también la muerte final. El canto del Aleluya en la Vigilia Pascual anuncia la victoria sobre la muerte, la verdadera pascua que nos llega a nosotros a través del bautismo. La resurrección de Jesucristo ha cambiado el curso de la historia. Las promesas se han cumplido y las puertas del cielo están abiertas para los que creen y siguen al Señor: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre” (Jn 11,25).

Así pues, la vida eterna tiene un doble sentido: la vida eterna en el presente y la resurrección futura. El que cree en Jesucristo ya participa de lo definitivo. San Juan utiliza el presente para hablar de la vida eterna: “el que cree tiene vida eterna” (Jn 6,47). “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna” (Jn 3,14-15). Esta vida eterna, que es la comunión amorosa con Dios en este mundo, despuntará en su plenitud en la gloria, cuando la fe se transforme en visión de Dios por toda la eternidad.

Contemplando ambas dimensiones se comprende la seguridad que despierta la fe y la libertad que concede al creyente para entregar su vida. La experiencia de San Pablo es singular. “Por Él lo perdí todo y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo” (Fil 3,8). Para San Pablo lo único importante es el Amor de Dios y por la fe sabe que nada le separará de este Amor: “¿Qué diremos? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con Él? [...] ¿Quién nos separará del amor de Cristo?” (Rm 8,31-36).

Esta seguridad del amor de Cristo que proporciona la fe conduce al creyente a abandonarse a este Amor y a estar dispuesto a seguir su mismo camino: “El que quiera venir en pos de mí que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga, porque quien quiera salvar su vida la perderá, pero el que la pierda por mí la encontrará” (Mt 16,24-25). Esta sabiduría de la cruz, que contradice toda lógica humana, es la única que puede acabar con el círculo maléfico del sufrimiento. Jesús no quiere nuestro sufrimiento, pero tampoco nos invita a huir de él. Su modo de superar la cruz es cargar con ella por amor a nosotros, convencido de que esta cruz se transformará en árbol de la vida; en la cruz gloriosa, camino de la resurrección. Del mismo modo todos nosotros, los creyentes, somos invitados a cargar con la cruz, a perder la vida por amor. Porque perdiéndola la ganaremos.

Estas palabras resultarían incomprensibles si no contáramos con la promesa del Resucitado: el Espíritu Santo. Es este Espíritu quien nos hace gustar de la vida eterna, el tesoro que no nos pueden robar los ladrones y que no se apolilla con el paso del tiempo. Seguros de poseer este tesoro, esta es la seguridad de la fe, no tememos el sufrimiento, ni la enfermedad, ni la tribulación, ni la muerte (Cf. Rm 8,36). Esta es la única posibilidad de amar sin hacer cálculos. Si partimos de la sobreabundancia del Amor de Cristo, no se teme perder, ni entregar la vida. Nuestra vida está en manos de Dios. Hemos sido injertados por el bautismo en el árbol de la vida que es Cristo resucitado. Su destino es el nuestro y no tememos el sufrimiento si lo sabemos sumar a la cruz redentora de Jesucristo. Esta es la novedad de la fe cristiana. Con Cristo podemos amar, perdonar, sufrir y entregar la vida por amor.

Cuando esto es así se cumplen las palabras del Evangelio: “En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna” (Jn 12,24-25).

Jesús alabó la fe de la mujer cananea (Mt 15,28) y curó a la hemorroísa con sólo tocarle el manto (Mt 9,22). Cuánto más dichosos hemos de considerarnos nosotros que, además de poder escuchar sus palabras proclamadas por la Iglesia, podemos participar de su cuerpo y de su sangre presentes en la Eucaristía: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,54). Esta vida eterna es la de Jesucristo, la de Dios en nosotros, el cielo en la tierra: “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él” (Jn 6,56).

Estas palabras deberían hacernos reconsiderar nuestro aprecio por la Eucaristía celebrada y adorada. Este es el verdadero tesoro de la Iglesia Católica. La Eucaristía, prenda de la vida eterna, es la cita obligada de todo creyente, el punto de encuentro con Cristo, allí donde la fe se hace conocimiento, obediencia y confianza. De esta fuente de Amor dimana toda la fuerza de la Iglesia. Así lo expresaba San Pablo: “Todo lo puedo en aquel que me conforta” (Fil 4,15). La Eucaristía es la fuente de la evangelización.



5. LA TRANSMISIÓN DE LA FE


La fe cristiana nace siempre de un encuentro con Cristo. Posibilitado por la gracia (Jn 6,44), este encuentro con el resucitado se hace posible sacramentalmente y a través de mediaciones: la Palabra de Dios, los sacramentos, los testigos, la comunidad cristiana, los acontecimientos de la vida, etc. La fe en Cristo no puede confundirse con el costumbrismo religioso, ni con las manifestaciones exteriores de carácter religioso o sagrado. La fe se obtiene cuando uno es “tocado” por la gracia, cuando se tropieza con la “carne” gloriosa de Cristo en la Iglesia que es construida por la Eucaristía.

Como a Saulo (Hech 9,5), la voz del resucitado nos alcanza en el camino de la vida. La fe nace de la predicación del Evangelio (1 Cor 1,21) que es “la fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree” (Rm 1,16). El núcleo de la predicación apostólica se llama “kerygma” y consiste en el anuncio de la muerte y resurrección de Jesucristo. Esta es la primera predicación de San Pedro después de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés: “Israelitas, escuchad estas palabras: a Jesús el nazareno... lo matasteis clavándolo en una cruz... pero Dios lo resucitó... de lo cual todos nosotros somos testigos” (Hech 2,22-32). La predicación de San Pedro produce la respuesta de la fe por parte de la multitud: “Al oír esto, se les traspasó el corazón y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿qué tenemos que hacer, hermanos? Pedro les contestó: convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hech 2,37-38).

Es necesario que el corazón quede traspasado por la predicación para que se produzca el acto de fe. Así sucedió con los primeros discípulos y así sucede ahora con nosotros. De ahí la importancia de la evangelización, de la predicación del Evangelio y del testimonio de los creyentes.

a) La Palabra de Dios

La predicación de Jesús, los signos que realizó y los misterios que abarcan su vida se contienen en los evangelios transmitidos por la tradición de la Iglesia. A los cuatro evangelios (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) siguen los Hechos de los Apóstoles, que recogen los primeros pasos de la Iglesia, y las Cartas apostólicas que guardan la predicación de los apóstoles. El libro de la Revelación o Apocalipsis cierra los libros del Nuevo Testamento. Estos libros se sumaron a los del Antiguo Testamento, que narran los orígenes del hombre, la caída o el pecado y toda la Historia de salvación que culmina en Jesucristo. A este conjunto de libros, inspirados por el Espíritu Santo, lo llamamos la Biblia o la Sagrada Escritura. Ellos contienen con la Tradición la Palabra de Dios, que es el objeto de la predicación y el alma de la evangelización.

Esta Palabra cuando se proclama o se predica es viva y eficaz, realiza lo mismo que anuncia. Es lo que se llama técnicamente el carácter “performativo” de la Palabra. Unido a la predicación, como sujeto de la misma Palabra, viene el Espíritu Santo que, cuando es recibido con fe, realiza todo lo que la Palabra dice. De ahí la importancia de conocer las Escrituras porque todas ellas contienen a Cristo.

El anuncio de la Palabra de Dios provoca la fe y por eso la Iglesia no cesa de proclamarla en la Liturgia y nos invita a leerla y meditarla asiduamente. La lectio divina, o la lectura orante de la Sagrada Escritura, es el modo más adecuado para la transmisión de la fe y para fortalecerla. El papa Benedicto XVI, en la Exhortación postsinodal “Verbum Domini” nos propone recuperar la lectio divina individual o en grupo para alimentar continuamente la vida de fe. Esta práctica debería introducirse en todas las parroquias a través de las Escuelas de la Palabra. También las familias, tras la preparación adecuada, deberían abrirse a la lectio divina como un medio de alimentar y transmitir la fe.

b) El Credo o profesión de la fe

El símbolo o profesión de fe que se conoce por la primera palabra (Credo: creo), recoge las verdades fundamentales de la fe; es como una síntesis o resumen de la fe cristiana que tiene una estructura trinitaria (creo en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo) correspondiente al mandato del Señor: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (Mt 28,19).

Desde los primeros pasos del cristianismo, la fe fue cristalizando en pequeñas fórmulas que servían como señal de identidad. La primera de ellas, que nace del comienzo de la predicación apostólica es Jesús es el Señor (Fil 2,11), o lo que es lo mismo: Jesús, el crucificado, es el Resucitado, es el Mesías sentado a la derecha del Padre; Dios Padre lo ha constituido Señor y Mesías (Hech 2,36). El título «Señor» reservado a Dios, el Altísimo, es aplicado ahora a Jesús confesando su divinidad. Lo mismo ocurre con el Espíritu Santo a quien Jesús llama el Consolador, el Abogado (Paráclito), el Espíritu de la Verdad (Jn 14,16).

A lo largo de la historia se han formulado muchos símbolos o profesiones de fe. El símbolo más antiguo, de carácter bautismal, es el llamado Símbolo de los Apóstoles que se profesa con preguntas en el Bautismo y en la Vigilia Pascual. Se llama Símbolo porque sirve de contraseña para reconocerse como cristiano. Todos nosotros hemos de aprender de memoria este Credo, enseñarlo pronto a los niños y llevarlo como una señal que nos identifique. El Papa Benedicto XVI, en este Año de la fe nos invita a profundizar en el Credo y hacer actos de confesión pública de esta fe.

Después del Credo Apostólico, el más conocido y utilizado en la liturgia es el llamado Símbolo Niceno-Constantinopolitano, confeccionado después de los concilios de Nicea (325) y Constantinopla (381), y que es común a todas las Iglesias de Oriente y Occidente. Este Credo, que añade al Símbolo de los Apóstoles algunas aclaraciones frente a los primeros errores que surgieron en los comienzos de la Iglesia, se popularizó con el canto gregoriano siendo muy utilizado en la liturgia dominical. Este Año de la fe es una buena ocasión para explicarlo y para recuperar su canto en latín como una muestra de comunión con la Iglesia universal.

El último Credo, más desarrollado y explicado, es el llamado Credo del pueblo de Dios promulgado por Pablo VI después del Concilio Vaticano II. Con el fin de conocer estas síntesis de la fe se propone en nuestra diócesis de Alcalá de Henares presentar cada mes un artículo de la fe para explicarlo en la predicación, para estudiarlo por grupos y por familias y para difundirlo a los vecinos de la parroquia. Para ello se confeccionará por parte de la Comisión para el Año de la fe una hoja mensual que, después de ser anunciada y explicada en la misa dominical, será entregada a los fieles para difundirla pasando por las casas de la parroquia. Este es un modo sencillo de conocer el Credo y de sabernos enviados como misioneros a anunciar la fe que salva y que es la victoria sobre el mundo (1 Jn 5,4).

Conocer el Credo es adentrarnos en el misterio de Dios, Padre–Hijo–y Espíritu Santo. Esta fe profesada con los labios debe arraigar en el corazón y está llamada a ser como nuestra señal de identidad, la brújula que orienta nuestros pasos en la peregrinación de nuestra vida, la esperanza que da sentido a cuanto hacemos y que nos abre al horizonte del cielo. El Credo no contiene verdades abstractas sino que tiene un sentido marcadamente histórico. A Dios, en efecto, lo hemos conocido por la obra de la creación (Dios Creador), pero nos ha sido revelado como Padre omnipotente que, en el momento culminante de una historia de salvación, nos ha enviado a su Hijo unigénito que nació de la Virgen María en tiempos de Poncio Pilato. En Jesucristo se nos ha revelado el amor inmenso de Dios redentor, quien ha muerto y resucitado para nuestra salvación. Para continuar su obra salvífica el Padre y el Hijo nos enviaron al Espíritu Santo, Dios santificador, quien ha sido derramado en nuestros corazones por el Bautismo que nos hace hijos de Dios. Por el Bautismo hemos sido incorporados a la Iglesia, el pueblo de los redimidos que tiene a Cristo por cabeza. En este pueblo vivimos de la Palabra de Dios y de los Sacramentos que nos introducen en la comunión de los Santos. Con ellos esperamos la resurrección de la carne y la vida futura.

Quien vive en esta fe no tiene miedo, se siente seguro, amado por Dios que cuida providentemente de nosotros. Así lo profesamos cuando concluimos el Credo con la palabra Amén.

c) La liturgia, los sacramentos y la piedad popular

La fe se transmite de manera singular y se alimenta en la celebración litúrgica y de los sacramentos, particularmente la Eucaristía. La liturgia es la celebración del misterio de Cristo y en particular del misterio pascual. A lo largo de todo el Año litúrgico, desde el primer domingo de Adviento hasta la celebración de Cristo Rey, vamos desgranando y celebrando la vida de Cristo que culmina la Historia de salvación iniciada en la Antigua Alianza.

El sujeto de la celebración litúrgica es la Iglesia, la asamblea del Pueblo de Dios presidida por el sacerdote (presbítero, obispo) que es Cristo presente sacramentalmente. Este pueblo santo, que celebra siempre unido a Cristo, cabeza de la Iglesia, actualiza en la celebración de la Eucaristía la muerte y resurrección de Cristo que nos introducen en la liturgia celeste para glorificación de la Trinidad. La celebración de la Eucaristía, cuidada en todos sus elementos (Ritos iniciales, proclamación de la Palabra, Cantos, Plegaria eucarística, comunión, etc.), es el modo privilegiado de hacer presente a Cristo, como un acontecimiento de salvación, que presentándose como el Esposo ofrece su alianza de salvación a la Iglesia, su esposa. La proclamación del Credo en la liturgia eucarística dominical y en las solemnidades es como una declaración de amor renovado, como una ratificación de la Alianza sellada con la sangre de Cristo. La comunión eucarística es la consumación de esta alianza, ya que el cuerpo y la sangre de Cristo nos asimilan a Él y hacen que seamos en Cristo una sola carne. La Eucaristía adorada es un eco permanente del amor consumado hecho adoración.

Cuidar las celebraciones litúrgicas, formar auténticos equipos de liturgia, mimar las celebraciones de los sacramentos, y en particular la celebración eucarística diaria y dominical, es otro de los caminos para celebrar con propiedad el Año de la fe. Las celebraciones litúrgicas con gran acento comunitario son el mejor reclamo para los débiles en la fe y los increyentes. San Agustín, antes de su conversión, asistía a las celebraciones de los cristianos y se conmovía. Así lo explica en el libro de sus Confesiones: “¡Cuánto lloré con tus himnos y cánticos, conmovido intensamente por las voces de tu Iglesia que resonaban dulcemente! A medida que aquellas voces se infiltraban en mis oídos, la verdad se iba haciendo más clara en mi interior y me sentía inflamado en sentimientos de piedad, y corrían las lágrimas, que me hacían mucho bien”.

¡Si fuéramos conscientes del tesoro que encierra la liturgia, en todas sus formas (celebración de la Palabra, Vigilias, Liturgias de las Horas, celebraciones de los sacramentos)! Yo os exhorto, queridos sacerdotes, religiosos y fieles a cuidar con sensibilidad extrema y con fe las celebraciones litúrgicas. En ellas acontece el misterio de Dios. Él es el verdadero protagonista que nos cubre con la sombra de su amor. El Espíritu Santo es el verdadero artífice que nos hace presente a Jesucristo y nos enseña a gritar ¡Abba! Padre. Y así la comunión Trinitaria se hace modelo y forma de la comunidad, de la Iglesia que se edifica a imagen de la Trinidad.

Las celebraciones litúrgicas son la fuente de la que dimanan las expresiones de la piedad popular. Girando en torno al misterio de Cristo y como un eco del Año litúrgico, la fe ha ido inspirando y configurando el tiempo, los espacios y las manifestaciones culturales de los pueblos. Así nacieron el Ángelus como memoria de la Encarnación, el Rosario como un modo de meditar los misterios de la vida de Cristo y la Virgen, las peregrinaciones a santuarios o lugares sagrados, las procesiones para honrar a la Eucaristía, a Jesucristo, a la Virgen y los santos; las manifestaciones de fe en torno a la Semana Santa, las fiestas de los patronos de los pueblos y ciudades, los titulares de la parroquias, la comunión espiritual, las bendiciones, particularmente en las comidas, las oraciones de la mañana y de la noche, la veneración de las imágenes, el agua bendita, etc. Todas estas manifestaciones de fe que se encarnan en la piedad popular nacen del encuentro del Evangelio con el espíritu de los pueblos y con los acontecimientos de la vida personal, familiar y de comunidad. Todos ellos sirven, a su manera, como un andamiaje que atraviesa el tiempo y el espacio para que no haya nada, incluido el trabajo y el ocio, que esté al margen de la fe o antepuesto a Cristo. Así, se han levantado las cruces de término, se han puesto nombres cristianos a las calles y a los lugares emblemáticos, se han levantado torres para que el sonar de las campanas sirva como lenguaje de Dios y santificación del tiempo, se han edificado ermitas y santuarios, etc. Para un cristiano todo cuanto ocurre y todo cuanto nos rodea es ocasión para el encuentro con Dios que con su Encarnación lo ha teñido todo de su presencia.

Yo os invito a redescubrir la importancia de la liturgia y a evangelizar todas las manifestaciones de la piedad popular. Algunas de ellas, por su participación masiva, alcanzan una importancia singular. Me refiero en concreto a las fiestas patronales y a las procesiones de Semana Santa. Estas convocatorias de carácter tradicional merecen nuestro respeto, estima y nuestra atención para que, siendo expresiones de la fe, no se vacíen de contenido cristiano y pasen a ser propuestas también de evangelización. En este sentido he pedido a las Cofradías y Hermandades de la diócesis de Alcalá de Henares que organicen para el Año de la fe un Congreso de Cofradías en el que encuentren un espacio de reflexión común, de conocimiento mutuo y de propuestas para profundizar en el origen de las Cofradías y hermandades y en su renovación necesaria.

A todos –sacerdotes, religiosos y laicos– os invito a leer, estudiar y poner en práctica el “Directorio sobre la piedad popular y la liturgia. Principios y orientaciones” publicado en su día por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.

d) El Catecismo de la Iglesia Católica

Entre las propuestas que el Papa Benedicto XVI nos hace para el Año de la fe, destaca la nueva recepción del Catecismo de la Iglesia Católica. Este Catecismo, elaborado después del Concilio Vaticano II, es el camino seguro para la formación de la fe y responde a la necesidad de tener un punto de referencia para acudir a conocer las verdades de la fe y la doctrina cristiana que arranca de la Sagrada Escritura y de la Tradición. Al Catecismo de la Iglesia Católica se sumó después el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica.

Después de la Palabra de Dios y de las enseñanzas de los Santos Padres, el instrumento del que se ha servido la Iglesia Católica para la transmisión de la fe es el Catecismo elaborado en cada ocasión, después de los grandes concilios, para los obispos, sacerdotes, religiosos y fieles. Como ya hemos dicho anteriormente la propuesta cristiana siempre es la persona de Cristo que nos desvela el misterio de Dios y del hombre. Por eso, del mismo modo que decimos que todas las Escrituras contienen a Cristo, también el Catecismo, en sus cuatro partes contiene y propone a Cristo. La primera parte es la explicación de las verdades del Credo o profesión de fe: Cristo creído. La segunda parte, formada por la liturgia y los sacramentos, es la explicación y recepción de la vida del Resucitado: Cristo vivido. La vida cristiana que dimana de la Palabra y los sacramentos configura la conducta de los creyentes. Es lo que llamamos la moral cristiana, que está contenida en la tercera parte del Catecismo y que gira en torno a los mandamientos de la ley de Dios, las virtudes y las Bienaventuranzas. La ley nueva para el cristiano es el Espíritu Santo, la gracia que nos posibilita vivir en la voluntad de Dios expresada en los mandamientos: el seguimiento de Cristo. La cuarta parte está dedicada a la oración y tiene como centro el Padrenuestro: la oración de Cristo. La oración es el oxígeno de la fe; es, siguiendo a la adhesión a Cristo, el trato amistoso con Él, la unión con Él.

Es de capital importancia en este tiempo, que el Papa ha calificado de analfabetismo religioso, recibir de nuevo el Catecismo en las parroquias, en las familias y en los movimientos. Las dificultades que analizábamos al principio (ateísmo, agnosticismo, relativismo moral y nihilismo) hacen urgente el estudio del Catecismo en grupos parroquiales de jóvenes y adultos y en las familias. Para ello será necesario también formar laicos en el Instituto Diocesano de Teología y en nuestra extensión del Pontificio Instituto Juan Pablo II para estudios sobre matrimonio y familia. A estos laicos formados se les encomienda contribuir a generar los grupos parroquiales de Formación de Adultos y a fortalecer los movimientos apostólicos y familiares.

Sin una formación cristiana seria es muy fácil que la fe se tambalee ante tantas propuestas no cristianas que escuchamos todos los días y ante el ambiente pagano en el que vivimos. Si la fe es la victoria sobre el mundo (1 Jn 5,4), la formación de la fe a través del estudio del Catecismo es el modo apropiado de caminar por la senda segura en el desarrollo de la vida cristiana. Este camino seguro que ofrece el Catecismo no es simplemente un conjunto de verdades, ni menos una ideología. El camino seguro es Cristo que se nos entrega en el Catecismo para recibir su mente, su corazón y sus sentimientos, según el decir del Apóstol (Ef 2,5). Con este equipaje podemos afrontar todas las dudas e interrogantes que nos plantea la cultura actual.

Unido a la recepción del Catecismo está todo el bagaje orante de la Iglesia y las fórmulas sencillas que sintetizan las cuatro partes del Catecismo. Es necesario conocer y hacer aprender a los niños cuanto antes, en la familia y en las catequesis de iniciación cristiana, las oraciones y los resúmenes de la fe, las virtudes y los pecados: El Padrenuestro, el Ave María, el Gloria, el Credo, la Salve, los sacramentos; las virtudes teologales y cardinales, los mandamientos de la Ley de Dios y de la Santa Madre Iglesia, las Bienaventuranzas, los dones y frutos del Espíritu Santo, las obras de misericordia corporales y espirituales, los siete pecados capitales y los novísimos: muerte, juicio, infierno y gloria.

A estas pequeñas síntesis y fórmulas orantes o catequéticas hay que añadir el conocimiento de la oración por excelencia que es la Santa Misa, los Salmos e himnos más frecuentes, los cantos cristianos populares que guardan el sabor de la tradición, los signos frecuentes (santiguarse, signarse, persignarse, las posturas corporales, el rezo del Ángelus y del Regina Caeli, del Rosario, etc.). Estas fórmulas, aprendidas de memoria desde niños, constituyen el bagaje sencillo y elemental que nos facilitan tanto la oración vocal como un lenguaje común para seguir la liturgia y las exigencias de la vida cristiana.

Todo esto nos debe ayudar a revisar los procesos de la iniciación cristiana y la catequesis familiar y parroquial. Sin asegurar estos mínimos que nos han de conducir hasta Jesucristo y a la vida comunitaria en la Iglesia, difícilmente podremos después construir el edificio de la fe que se desarrollará en la escucha de la Palabra, la celebración eucarística, la conversión frecuente, la práctica de la penitencia y la oración continua.

Junto al estudio del Catecismo se hace necesaria la profundización en los sacramentos recibidos (catequesis mistagógicas) y la iniciación a la oración personal y comunitaria. A Cristo sólo lo alcanzamos en el misterio de la Iglesia que se concreta en cada comunidad cristiana o parroquia. Por eso necesitamos un lenguaje común, una introducción a los rituales de los sacramentos y un proceso acompañado para vivir comunitariamente la fe. Este lenguaje común tiene que estar complementado por la dirección espiritual que posibilite el crecimiento de cada uno en la vida cristiana.

Es muy importante acompañar el proceso de conversión continua de los adolescentes y jóvenes mediante una pequeña guía o regla de vida, en la que estén contemplados los aspectos más importantes del seguimiento de Cristo: el despertar de la vocación, el cuidado de la vida espiritual (oración, trato con la Palabra de Dios, examen de conciencia y confesión frecuente; vida sacramental, responsabilidad del trabajo o estudios, formación de la fe, vida familiar; testimonio y apostolado, etc.). En la adolescencia y juventud es decisiva la vida de grupo. Por eso es importante que las parroquias, movimientos y comunidades, y también las delegaciones diocesanas tanto de Catequesis como de Enseñanza y Juventud propicien, junto con la Delegación de Familia, los encuentros de niños, adolescentes y jóvenes que les lleve a sentirse miembros de la familia de los hijos de Dios; que descubran a la Iglesia como su verdadero pueblo, su verdadera casa.

Este Año de la fe se presta para proponer en el ámbito familiar, escolar, universitario y parroquial testimonios de fe, propuestas de difusión del Credo, confesiones públicas de la fe llevándola a las calles y a las plazas. Esto tiene que acompañarse con procesos serios de estudio del Catecismo de la Iglesia Católica y del Compendio. En este sentido las oraciones de los viernes de los jóvenes y de las familias han de servir como plataformas para profundizar en el Credo y en el Conocimiento del Catecismo. Los movimientos y comunidades cristianas, los monasterios y la vida religiosa activa serán también ámbitos en los que, a su modo, el Credo se difunda y se profundice junto con el estudio del Catecismo de la Iglesia católica.

e) El Concilio Vaticano II

Transcurridos cincuenta años desde el inicio del Concilio Vaticano II, el Papa Benedicto XVI nos invita también a una relectura y recepción de la constituciones conciliares y sus decretos. Aunque todos somos destinatarios de esta invitación, el estudio del Concilio Vaticano II está indicado para la formación permanente de los sacerdotes, los religiosos y los laicos con responsabilidades en el campo de la evangelización.

La recepción de la luz aportada por los concilios siempre ha sido un proceso lento y no exento de dificultades. Así ha ocurrido con el Concilio Vaticano II. En un primer momento, distorsionado por ciertos medios de comunicación, se hizo una lectura precipitada de los documentos conciliares. En vez de una lectura e interpretación en clave de continuidad con la Tradición, se provocó una interpretación rupturista apelando al “espíritu” del concilio. Las consecuencias y los frutos de esta recepción distorsionada saltan a la vista: crisis en la vida sacerdotal y religiosa, déficit de vocaciones en los seminarios y para la vida consagrada, precipitación y banalización de la reforma litúrgica, pérdida de impulso misionero de la Iglesia; crisis de la vida sacramental, particularmente del sacramento de la penitencia, desorientación en el campo de la moral cristiana, disolución de la identidad cristiana e inseguridad en la propuesta de la fe y el dogma, etc.

Todo esto no era el Concilio Vaticano II. Este concilio propuesto por el beato Juan XXIII perseguía completar la reflexión sobre la Iglesia que comenzó el Concilio Vaticano I y que se vio interrumpida por causas externas. Más allá del propósito inicial, el Concilio lo que ha hecho ha sido proponer a Cristo, luz de los pueblos (Lumen gentium), a esta generación como la verdad del hombre. A este propósito responden las cuatro constituciones conciliares que proponen a Cristo presente actualmente en la Iglesia. Cristo y la Iglesia no se pueden separar. Él es la cabeza de este cuerpo místico que llamamos Iglesia o Pueblo de Dios. La interpretación sociológica del término “Pueblo de Dios” provocó una consideración de la Iglesia desde los esquemas de la sociedad civil y la democracia. Pero este Pueblo de Dios tiene a Jesucristo por fundador. Es Él quien le da la identidad. La Iglesia es la continuidad de Jesucristo en el misterio de su Encarnación, Muerte y Resurrección. La verdad de la Iglesia es Jesucristo, que nos revela el misterio de Dios y el misterio del hombre. La verdad en la Iglesia no es fruto del consenso de las personas sino que se nos entrega como don y se hace camino para la libertad. La libertad en la Iglesia nace de la obediencia a la Verdad y su rostro es la santidad, cuya alma es la caridad.

La propuesta de Jesucristo, presente en la Iglesia para la salvación del mundo, la realiza el Concilio desde las siguientes coordenadas: la Iglesia, como María, es oyente y fiel a la Palabra de Dios. Es lo que desarrolla la primera constitución conciliar titulada Dei Verbum (Palabra de Dios). Esta Palabra contiene a Jesucristo que se nos entrega en la Eucaristía y el resto de los sacramentos. Es lo que se especifica en la Constitución Sacrosanctum concilium sobre la sagrada liturgia. La Iglesia vive de la Palabra y de la Eucaristía. Palabra y sacramento fundan a la Iglesia que se construye a imagen de la Trinidad. La constitución Lumen gentium desarrolla la reflexión conciliar sobre la Iglesia que refleja la luz de Cristo (Luz de los pueblos) y que es vista como un misterio de comunión de Dios con los hombres y de los hombres entre sí. El carácter de Iglesia-comunión es sacramental. Insisto que la Iglesia es la continuidad de Jesucristo, como el sacramento fontal que lo hace presente. A la Iglesia se ingresa por el sacramento del Bautismo que nos incorpora a Cristo. En esta Iglesia santa la vocación de todos los bautizados es la santidad. La misión de los sacerdotes y la jerarquía en la Iglesia no es funcional, es sacramental. La vida religiosa y consagrada refleja los rasgos de Jesús: casto, pobre y obediente; los fieles laicos, incorporados a Cristo, participan de su misión sacerdotal, profética y real. Es lo que se llama el sacerdocio común de los fieles, unido al sacerdocio ministerial de los sacerdotes para que, en comunión de santidad, seamos como recuerda el apóstol San Pedro “un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anuncie las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa” (1 Ped 2,9).

La cuarta constitución conciliar, titulada Gaudium et spes (El gozo y la esperanza), es una mirada sobre la Iglesia presente en el mundo actual. Lo que se pretende en esta constitución es responder a los interrogantes del momento presente y dar una palabra sobre las grandes cuestiones que se debatían en el mundo: el matrimonio y la familia, la economía y la política, la cultura, la paz, etc. Al tratar estas cuestiones se está hablando también de Jesucristo y de la Iglesia como la gran respuesta para la humanidad. La gran aportación de esta constitución conciliar estriba en su reflexión antropológica que está en la base de todas las cuestiones planteadas. El hombre en su unidad cuerpo-espíritu es visto desde la luz del Verbo encarnado: sólo en Jesucristo, en el misterio del Verbo encarnado se revela al hombre el misterio del hombre (GS 28). El hombre está predestinado a reproducir la imagen del Hijo de Dios hecho hombre. Lo cristiano es la perfección de lo humano. Cristo es el verdadero hombre que manifiesta lo que estamos llamados a ser. A imagen de Cristo el hombre ha sido creado, varón y mujer, para el don. El hombre sólo se encuentra a sí mismo en el don de sí (GS 24). El hombre, por tanto, ha sido creado para amar. La Iglesia, esposa de Cristo es una comunión de amor a imagen de la Trinidad. El mundo, la sociedad, es el espacio común para vivir la fraternidad, la civilización del amor. La cruz de Cristo, en el don ilimitado de sí, y el triunfo de la resurrección, misterio pascual, es la clave de intelección de las relaciones humanas y sociales, el sentido de la historia y la luz que ilumina el sufrimiento y la muerte. La verdadera respuesta para el mundo es Cristo, presente sacramentalmente en la Iglesia. La Iglesia es como un sacramento de comunión hacia adonde apunta el sentido de la vida en sociedad.

Así pues, esta luz del Concilio Vaticano II presente en las cuatro grandes constituciones (Dei verbum, Sacrosanctum concilium, Lumen gentium y Gaudium et spes), se nos propone como formación permanente para sacerdotes, religiosos y fieles laicos. Con esta luz podemos hacernos cargo del resto de los decretos conciliares que responden, en parte, a la situación de la Iglesia hace cincuenta años. El momento presente es distinto y está reclamando, con esta luz que brevemente hemos expuesto, una nueva evangelización que ponemos bajo la protección y guía de la Santísima Virgen María, de su esposo San José y de San Juan Crisóstomo (uno de los grandes padres de la Doctrina Social de la Iglesia), todos ellos patronos del Concilio Vaticano II.



6. LA FE ACTÚA POR LA CARIDAD


La fe en Jesucristo, que nos introduce en el misterio de Dios-Amor, se expresa y hace activa por la caridad. Por eso en este Año de la fe no podemos olvidarnos del ejercicio de la caridad que nos identifica como pueblo de Dios.

Comenzaremos el curso con la inauguración de la Casa de acogida "San Diego de Alcalá". Esta casa es todo un signo de lo que debe ser nuestra Cáritas diocesana y nuestras Cáritas parroquiales. En estos momentos de crisis aguda queremos continuar siendo respuesta para nuestros hermanos pobres y emigrantes. Como obispo de la diócesis de Alcalá de Henares me siento orgulloso del trabajo callado, y tantas veces anónimo que se desarrolla en nuestra diócesis y en nuestras parroquias en servicio de los más necesitados. Por ese camino hemos de continuar para hacer creíble el misterio de amor que es la Iglesia, para hacer de todas las comunidades cristianas hogares para los empobrecidos y los que sufren.

La antropología adecuada expuesta en la Gaudium et spes y desarrollada magistralmente por el Papa Juan Pablo II en sus Catequesis sobre el amor humano, tiene que ir unida a un conocimiento y desarrollo de la doctrina social de la Iglesia expuesta de manera sintética en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Este compendio viene a complementar el estudio del Catecismo. Ambos son necesarios para la evangelización.

Campaña del 1%

Para hacer fructuoso esta Año de la fe os propongo una iniciativa que surgió en el incipiente Consejo Pastoral de la Diócesis. A sugerencia de algunos fieles laicos os invito a participar en la campaña del 1% a favor de los más pobres. Se trata de aportar voluntariamente el 1% de los ingresos anuales de la familia o de las personas individuales en favor de una nueva casa para pobres que necesiten comida y alojamiento durante un periodo establecido. El importe de este 1% del salario personal o de los ingresos familiares irá destinado a la reconstrucción del antiguo edificio de las Hermanas de la Caridad en la ciudad de Alcalá de Henares y que será regentado por la Cofradía del Cristo de los Desamparados y la Virgen de las Angustias. Entiendo que esta casa, unida al centro de día "San Diego de Alcalá", puede ser una buena respuesta a los actuales momentos de necesidad que sufren nuestros hermanos más pobres. Confío pues en vuestra generosidad. Al comienzo de curso ya se darán las instrucciones concretas para hacer los ingresos.



7. POR LOS CAMINOS DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN


En el mes de octubre el Santo Padre, Benedicto XVI inaugurará el Año de la fe. Al mismo tiempo dará comienzo al sínodo sobre la nueva evangelización y declarará a San Juan de Ávila Doctor de la Iglesia.

En nuestra diócesis inauguraremos el Año de la fe el sábado día 20 de octubre con una Eucaristía solemne en la Catedral-Magistral a la que están invitados todos los arciprestazgos. Para iniciar todo un recorrido de manifestación pública de la fe, cada arciprestazgo se concentrará en uno de los monasterios de la ciudad. Desde allí, presididos por la cruz, se peregrinará hasta la Santa Iglesia Catedral-Magistral en la que se iniciará solemnemente el Año de la fe y seremos enviados a anunciarla y celebrarla con espíritu misionero.

Al curso 2012-2013, Año de la fe, le seguirán el curso 2013-2014, Año de la esperanza y el curso 2014-2015, Año de la caridad. Con este itinerario os invito a preparar una gran misión diocesana que culminará en el año 2016, vigésimo quinto aniversario de la restauración de la antigua Diócesis Complutense. El órgano que irá difundiendo todas las iniciativas que se irán preparando será la hoja diocesana mensual que habrá que difundir entre el mayor número de personas posible. Para ello, en cada parroquia habrá que preparar un grupo de misioneros dispuestos a repartir la hoja diocesana por las casas.

a) Un nuevo espíritu

Cuando hablamos de nueva evangelización lo primero y lo más importante es suplicar a Dios un nuevo espíritu en los sacerdotes, religiosos y laicos. Un espíritu dócil al Espíritu Santo y con afán misionero. En varias ocasiones me habéis oído hablar de dos velocidades en la pastoral diocesana y parroquial. La primera velocidad se refiere a cuidar con exquisita sensibilidad la pastoral ordinaria, lo que otros prefieren llamar pastoral de mantenimiento. A mí esta expresión no me gusta porque toda pastoral, también la ordinaria (cuidado de las personas que acuden a los actos y celebraciones de la parroquia), requiere un espíritu misionero de anuncio del evangelio, catequesis y formación cristiana. De lo que sí estoy convencido, secundando lo que continuamente repite Benedicto XVI, es de que la pastoral ordinaria no es suficiente para afrontar las exigencias de evangelización que reclama un mundo secularizado y que vive en la indiferencia religiosa.

Más allá de lo que entendemos por pastoral ordinaria, la segunda velocidad supone un replanteamiento del ministerio sacerdotal, de la formación de los seminaristas, de la manera de organizar la vida comunitaria de las parroquias y de vivir el espíritu misionero en las propias familias, en el ámbito del trabajo y de relación con las instituciones que genera la vida en sociedad. También para la vida religiosa y consagrada la exigencia de la nueva evangelización está reclamando volver a los orígenes de un seguimiento radical de Jesucristo proponiendo la belleza de los consejos evangélicos y de las Bienaventuranzas.

Para los sacerdotes esta segunda velocidad o exigencia de nueva evangelización reclama un replanteamiento de vida y de distribución del tiempo de cada día. Necesitamos cada vez más una pequeña regla de vida para ordenar la oración, el estudio, el trato con los sacerdotes, el tiempo dedicado a la pastoral ordinaria y el tiempo ocupado en tareas de nueva evangelización. Gracias a Dios los medios materiales que poseemos son más abundantes. Lo que necesitamos es suplicar a Dios que nos aumente la fe, que acreciente en nosotros el espíritu misionero y el celo por la nueva evangelización. En ayuda nuestra el Espíritu Santo nos regala multitud de movimientos, nuevas comunidades e iniciativas que debemos acoger y promover junto con los religiosos y los laicos.

Con este nuevo espíritu misionero las parroquias tienen que ir configurándose como auténticas comunidades dispuestas a acoger y a evangelizar. Para ello hay que dedicar tiempo a la formación de laicos para que puedan asumir las responsabilidades que reclaman la pastoral ordinaria y la nueva evangelización. Sin la ayuda y responsabilidad de fieles laicos bien formados será imposible.

Entre los sacerdotes y los religiosos tiene que nacer un espíritu de entusiasmo por la evangelización. No podemos, como sucede con frecuencia, dedicarnos a gestionar la decadencia de la Iglesia. Le hemos dado la vida al Señor, Él es nuestra heredad. Él nos ha dicho: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos” (Mt 28,20). De ello se deriva que hemos de disfrutar estando a solas con Él, orando sin tregua para contagiarnos del mismo fuego del Espíritu con el que quiere incendiar nuestro mundo. En el trato entre nosotros nos hemos de contagiar del celo por las almas. No podemos perder el tiempo ni ocuparlo en cosas vanas. Nuestro descanso es el Señor y a Él hemos de servir ayudándonos unos a otros.

b) Una escuela de evangelización

Para este Año de la fe vamos a crear una Escuela de Evangelización. Esta iniciativa, valorada en el incipiente Consejo Pastoral Diocesano, puede ayudar a ese espíritu misionero que reclama la nueva evangelización. La iniciativa nace modestamente y pretende agrupar a un número determinado de sacerdotes, religiosos, seminaristas y fieles laicos para preparar una misión diocesana que comenzará en la Cuaresma próxima.

A lo largo de la primera parte del curso, con el programa previsto, se irá anunciando y proponiendo la posibilidad de realizar en las parroquias que lo soliciten una Semana de Evangelización en Cuaresma, que contaría con un equipo nacido de esta Escuela y la preparación y disponibilidad de los propios miembros de la parroquia. Estas Semanas de Evangelización, con un claro contenido “kerygmático”, quedarían institucionalizadas como un servicio a las parroquias en los años venideros, hasta culminar los veinticinco años de la restauración de la antigua Diócesis Complutense en 2016. Estas Semanas podrán constituir un primer paso hacia la indispensable introducción en todas las parroquias de la Diócesis de un “Catecumenado de jóvenes y adultos”, según el modelo de la “Iniciación Cristiana”.

En el fondo se trata de poner a la diócesis en estado de misión. Para ello se necesita de la generosidad de sacerdotes, religiosos y laicos que estén dispuestos a prestar su tiempo para llevar adelante el mandato del Señor: “Id al mundo entero y anunciad el Evangelio” (Mc 16,15). A este fin contamos con la colaboración de los movimientos y nuevas comunidades y con los programas previstos por el Instituto Diocesano de Teología y el Pontificio Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la familia.

Es este un camino que comenzamos con la ayuda del Señor y la oración de todos los monasterios, a quienes confío que oren por esta iniciativa. La hoja diocesana irá dando noticias sobre el desarrollo de esta Escuela. Los arciprestazgos a su vez deberán ir preparando la misión que como Semana de Evangelización tendrá lugar en el tiempo de Cuaresma. Durante el primer trimestre del curso se irá estudiando cómo preparar las parroquias, cómo convocar, qué actos se van a desarrollar, etc. Lo importante es crear entre todos un ambiente de misión. El modo de comenzar bien es invitar a orar por la misión, por el Año de la fe; invitar a la conversión y disponer tiempos y espacios para la celebración de la Palabra, para la adoración del Santísimo y para la celebración del sacramento de la Penitencia. A nosotros lo que se nos pide es que pongamos, contando con la gracia de Dios, nuestra persona. Concedernos el ciento por uno le corresponde al Señor.

c) Las mediaciones necesarias

Tanto el Año de la fe como la celebración de la misión diocesana requieren personas y mediaciones. Todos debemos sentirnos convocados a participar. Cada uno con sus posibilidades: orando, ofreciendo los propios sufrimientos y sacrificios por esta intención, proponiéndonos como misioneros, formándonos para la misión, colaborando en su difusión, etc.

Además de las personas hay que disponer las mediaciones ordinarias: la familia, la escuela, las parroquias, monasterios, movimientos, comunidades y asociaciones. A todos os convoco para que, con creatividad, podamos emprender este Año de la fe que el Papa nos invita a celebrar. En su intención está que este Año no sea sólo celebrativo sino ocasión de anunciar, proponer, confesar públicamente la fe que nos salva. Estoy convencido de que el Señor suscitará en todos vosotros (sacerdotes, seminaristas, religiosos y fieles laicos) una respuesta generosa y entusiasta que redundará en el bien de la diócesis.

Sin el fortalecimiento de estas mediaciones el trabajo se haría imposible. Por eso, queridas familias, abrid las puertas a Cristo y hacedlo presente mediante la oración y catequesis familiar; asistiendo juntos a la Eucaristía y viviendo todos los acontecimientos familiares en unión con el Señor. Con vosotros las parroquias tienen que adquirir un rostro familiar. Para vosotros está pensada la oración familiar de los segundos viernes de cada mes, la posibilidad de formación en el Pontificio Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la familia y la atención personalizada en el Centro Diocesano de Orientación Familiar “Regina Familiae”.

Vosotros queridos párrocos y sacerdotes tenéis que tener un gran amor por los matrimonios y las familias, cuidando la preparación del sacramento del matrimonio y convocándolas para convivencias, retiros y momentos de amistad y oración. Con ellas podréis ir ganando en espíritu comunitario y con su formación garantizamos la transmisión de la fe.

La parroquia es la gran respuesta que la Iglesia da a los pueblos y a los barrios de las ciudades. La parroquia es como un hogar, una familia de familias donde ocurre lo más importante de nuestra vida: el Bautismo, la Confirmación, la Eucaristía, el perdón de los pecados, la consagración del amor humano en el matrimonio; el cuidado de la vocación sacerdotal y a la vida consagrada, la atención a los enfermos, a los presos, a los pobres, las exequias cristianas, etc. Este hogar necesita también del aire fresco de la misión, el mantener las puertas abiertas a nuevos hermanos que buscan un lugar de referencia, que buscan a Dios. Cada parroquia está llamada a ser esa comunidad que ejemplarice el amor de Dios: ¡Mirad cómo se aman! Esto se logra con la gracia de Dios y con la conversión continua. Apoyados en su gracia invitamos a los alejados para decirles: ¡Venid y lo veréis! ¿Qué han de ver? El amor de los hermanos que refleja el amor de Dios.

Para los más jóvenes la parroquia es vuestra familia de la fe y la diócesis la gran familia. Vuestra presencia continua los primeros viernes de mes en la Capilla de la Inmaculada del Palacio Arzobispal es todo un signo. Unidos a Cristo eucaristía, como los sarmientos y la vid (Jn 15), formamos el único cuerpo de Cristo. El Señor cuenta con todos vosotros para la misión y para vivir el Año de la fe. No dudo que, como vosotros los sabéis hacer, vuestra generosidad será grande. Para encauzar esta generosidad necesitáis formaros y alimentar vuestra fe con la oración y la lectio divina. Vuestra generación, la generación de Juan Pablo II y Benedicto XVI, ha de distinguirse por un nuevo impulso misionero y por lograr la síntesis entre oración y acción. Sin Dios no se puede anunciar a Dios. Sin el trato personal con Jesucristo y la meditación de su Palabra no tendréis las palabras apropiadas y el espíritu necesario para emprender tareas de nueva evangelización. Sin la Iglesia, sin la parroquia, sin el movimiento o comunidad, os sentiréis a la intemperie y sin hogar.

A vosotros y a vuestras familias os confío, de manera especial, el estudio de dos documentos: Treinta preguntas y respuestas sobre el amor, ed. Bac popular; La verdad del amor humano, orientaciones sobre el amor conyugal, la ideología de género y la legislación familiar, editado por la Conferencia Episcopal Española. Discernir bien vuestra vocación al matrimonio, al sacerdocio, a la vida consagrada, o vivir como solteros, es un tema decisivo. Ya sabéis que la virtud que custodia el amor humano es la castidad que se vive de manera diferente en cada estado de vida. En definitiva, se trata de integrar los instintos y los afectos en la persona para poseerse y poder vivir en la lógica del don de sí. La vocación al amor, tanto en el matrimonio como en la virginidad, es el gran tema de nuestra vida y es una gran fuente de alegría permanente. Con Cristo podemos amar, con Cristo podemos ser libres. Apostar por Cristo y no tener miedo a la cruz es acertar en el camino de la vida.

La escuela y la enseñanza en los colegios, institutos y universidad es otra de las mediaciones necesarias. Es este un campo que no podemos abandonar y en el cual los fieles laicos sois muy necesarios. Este Año de la fe, queridos maestros y profesores, os brinda muchas oportunidades que no dudo que sabréis aprovechar. Unido a vuestro testimonio, es importante crear un ambiente de interés por Cristo y por el Evangelio. La difusión del Credo, del Catecismo y del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia os puede servir de instrumentos para proponer modos alternativos de vida, para proclamar la belleza del Evangelio y el amor de Cristo.

Con la Delegación de Enseñanza y Pastoral Universitaria es bueno que programéis momentos de testimonio de la fe, celebraciones, actividades de estudios e iniciativas que den a conocer el tesoro de la fe que ha construido el mejor patrimonio espiritual de España y de Europa. Todo el caudal de la cultura cristiana y el patrimonio presente en Alcalá de Henares y su universidad nos han de servir para ilusionar a los alumnos y despertarles a la fe.

También a vosotros, queridos universitarios, os convoco a la misión. Como decía al principio, el Santo Padre declarará a San Juan de Ávila Doctor de la Iglesia. Él fue alumno, junto con otros santos, de nuestra universidad cisneriana. Su figura nos recuerda la meta de la santidad propuesta para todos los bautizados. Bajo su protección os invito a comenzar el curso con verdadero entusiasmo por la fe en Cristo: camino, verdad y vida (Jn 14,6).

El campo del trabajo, la empresa, la actividad política, sindical y asociativa, también es un terreno que está llamado a recibir la siembra del Año de la fe. Para este propósito es muy necesario el testimonio de una fe coherente, pera también la formación del laicado y la propuesta permanente de la Doctrina Social de la Iglesia que debe inspirar toda la actividad humana. La deshumanización del trabajo y la desvalorización de la actividad política y sindical están en proporción directa con el olvido de los grandes principios de la Doctrina Social de la Iglesia. Como he dicho antes, la antropología adecuada que brota del Evangelio y la tradición cristiana debe servir de soporte para inspirar el mundo del trabajo y toda actividad social que ha de asentarse en la verdad y la justicia. Como comprendió San Juan Crisóstomo y recuerda el Papa Benedicto XVI “no basta con dar limosna o ayudar a los pobres de vez en cuando, sino que es necesario crear una nueva estructura, un nuevo modelo de sociedad; un modelo basado en la perspectiva del Nuevo Testamento” (Audiencia de 26-09-2007).

También el Catecismo de la Iglesia Católica y los documentos del Concilio Vaticano II ofrecen síntesis del pensamiento social cristiano que deben ofrecerse y conocerse en este Año de la fe. Seguir a Cristo no es una cuestión privada vivida en la intimidad de la conciencia. La fe está llamada a inspirar y conformar toda la actividad humana que ha de vivirse en coherencia con el Evangelio. Vosotros, queridos laicos, tenéis confiado este campo del orden temporal y espero de vosotros que sabréis encontrar los caminos para acercar este mundo a Cristo dando a conocer la fe cristiana.

Nuestros Seminarios mayor y menor son otra mediación necesaria para vivir el Año de la fe y preparar una nueva evangelización. De los futuros sacerdotes depende mucho el futuro de la evangelización. Por eso, queridos formadores y seminaristas, quiero que sepáis que ocupáis el centro de mis preocupaciones como Pastor de la diócesis y os miro como a la niña de mis ojos.

¡Qué más quisiera que poder trasmitiros con mis visitas semanales la experiencia acumulada en mis años de sacerdote y obispo! A veces me siento incapaz. A pesar de todo, no me cansaré de repetiros que tenemos delante todo un mundo nuevo que reclama fidelidad a la Tradición y creatividad para abrir nuevos caminos al Evangelio. Vuestra vida de estudiantes no es suficiente como preparación al sacerdocio. Debéis conocer en vuestra propia comunidad del seminario lo que significa formar una comunidad de hermanos, abriros al Espíritu Santo y crecer en la capacidad de compartir con otros, abriros sinceramente a la oración y meditación de la Palabra, hacer del estudio un recorrido hacia la santidad, sentiros en comunión con los jóvenes de vuestra edad y saberos caminando con el resto de sacerdotes, religiosos y fieles laicos de la diócesis.

Sin una apertura a la nueva evangelización, comprobaréis que vuestro sacerdocio a los pocos años se queda corto. Toda vuestra juventud reclama imaginación, preparación, gusto por conocer todo lo que está floreciendo en la Iglesia por obra del Espíritu Santo, afán misionero, etc. También para vosotros, bajo la guía de los formadores se abre la Escuela de Evangelización. Con humildad y entusiasmo queremos aprender todos a ser misioneros, a no encasillarnos en esquemas que, siendo permanentes, no agotan todo el caudal que requiere la nueva evangelización.

Los movimientos y nuevas comunidades son cauces donde se hace posible el primer anuncio cristiano, la catequesis y la formación cristiana de adultos. El carisma propio de cada uno es una riqueza que aportamos al caudal de la evangelización en la diócesis. Conocéis el aprecio por todos vosotros y mi admiración por la comunión que se da entre los distintos grupos y la realidad de la diócesis. Todos nos necesitamos en esta gran familia y todos estáis llamados a participar en el Año de la fe, en la Escuela de Evangelización y en la misión diocesana prevista para el tiempo de cuaresma.

En estos momentos de crisis de humanidad el Espíritu Santo nos convoca a ser respuesta para la sed de Dios que hay en el corazón de cada hombre. Esta es una ocasión de gracia para renovar nuestra adhesión a Cristo y para sabernos enviados por Él a anunciar el Evangelio. Son muchos los laicos que al calor del Concilio Vaticano II han sentido la llamada a impulsar nuevos caminos de evangelización más impregnados con la radicalidad que reclama el seguimiento de Cristo. Fieles a estos dones recibidos, y su comunión con la Iglesia, confiamos en vuestra aportación para vivir un Año de la fe con creatividad y entusiasmo evangélico.

d) Los testigos de la fe

Los santos y beatos son los auténticos testigos de la fe. Multitud de ejemplos de fe han marcado la historia, también en nuestra Diócesis Complutense; “estos, por fe, conquistaron reinos, administraron justicia, vieron promesas cumplidas, cerraron las fauces de los leones, apagaron hogueras voraces, esquivaron el filo de la espada, se curaron de enfermedades (...). Otros pasaron por las pruebas de las burlas y los azotes, de las cadenas y la cárcel; los apedrearon, los aserraron, murieron a espada, rodaron por el mundo vestidos con pieles de oveja y de cabra, faltos de todo, oprimidos, maltratados (...)” (Heb 11,33-34; 36-37).
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    
Desde el martirio de los Santos Niños Justo y Pastor hasta los recientes mártires de la persecución religiosa del pasado siglo XX, pasando por San Félix de Alcalá, San Isidro y su esposa Santa María de la Cabeza, San Diego de Alcalá, Santo Tomás de Villanueva, San Ignacio de Loyola, San Juan de Ávila, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, San José de Calasanz, San Francisco Caracciolo, el beato Juan de Palafox, etc., son muchos los testigos de la fe con los que se ha visto enriquecida nuestra Diócesis Complutense.

De hecho, aquí se prepararon desde la fe y la razón muchos grandes evangelizadores, algunos de los cuales llegaron hasta los confines del mundo. Así, el beato Alonso Pacheco, presbítero de la Compañía de Jesús, marchó a evangelizar a la India y allí, en 1583, fue martirizado por haber exaltado la cruz; también San Martín Aguirre de la Ascensión, sacerdote franciscano, fue enviado a Japón y allí halló la gloria del martirio en 1597; del mismo modo San Juan del Castillo, S.I., que fue martirizado en 1628 en “una reducción” de los jesuitas en Paraguay; igualmente el beato Diego Luis de San Vitores, también presbítero jesuita, que fue primero enviado a evangelizar a Filipinas, siendo cruelmente martirizado en 1672 en la isla de Guam, en Oceanía; es considerado protomártir de las Islas Marianas (“las islas lejanas”, Jr 31,10); o el beato Nicanor Ascanio, presbítero franciscano, que fue martirizado en 1860 en Damasco (Siria) por negarse a renunciar a la fe cristiana. Por otra parte, este año estamos celebrando el LXXV aniversario del martirio de los 119 beatos cuyas reliquias descansan en Paracuellos de Jarama. Junto a ellos, la Delegación para la Causa de los Santos está preparando la propuesta para completar la relación de nombres con el fin de introducir la causa de beatificación de todos los mártires de la Diócesis en la última persecución religiosa. Su testimonio nos anima a la evangelización confesando nuestra fe martirialmente.

Por todo ello, y tal y como nos indica la Santa Sede, con el fin de dar a conocer los santos y beatos y fomentar la comunión con ellos, especialmente los vinculados a nuestro territorio, os propongo introducir en vuestras parroquias la lectura de la edición oficial del “Martirologio Romano” tal y como se especifica en sus Praenotanda, haciendo especial mención de los santos y beatos relacionados con nuestra diócesis por nacimiento, estudios, actividad pastoral, fallecimiento o cualquier otra circunstancia.

 Encomendémonos a nuestros santos y beatos, testigos de la fe; ellos intercederán por todos nosotros para que Dios nos haga crecer en fe, esperanza y amor. Como siempre, y en particular en estos momentos difíciles para España, todos ellos serán fuente de bendiciones, pero también de ejemplo e inspiración para nuestra vida familiar, política, social, e incluso económica.

Con los primeros cristianos, también nosotros, “teniendo una nube tan ingente de testigos, corramos, con constancia, en la carrera que nos toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús (...)” (Heb 12,1-2).


Conclusión

El camino que se nos ofrece con el Año de la fe es hermoso y sugerente. Dando pequeños pasos con lucidez podremos ir acercándonos a lo que reclama nuestro tiempo y el Señor nos tiene preparado. Esta es la hora de los santos. El doctorado de San Juan de Ávila, patrono del clero secular español, nos lo recuerda. Esta es la hora de la Nueva Evangelización. El Sínodo de Obispos que comenzará en el mes de octubre nos abrirá nuevos caminos. Nuestra diócesis Complutense estará, por la gracia de Dios, atenta a los nuevos signos y retos que nos proponga el Espíritu Santo.

A la Virgen María, estrella de la evangelización, confío los trabajos de este curso. Ella como Madre cuida de nuestras parroquias, de nuestros monasterios y seminarios, de las familias, las escuelas, los movimientos y nuevas comunidades. Ella asiste con su protección a quienes trabajan o buscan trabajo, a los sanos y a los enfermos, a los que tienen abundancia de bienes y a los empobrecidos, a los emigrantes, cautivos o encarcelados. Ella cuida de todos y de manera particular de los niños e inocentes. Con su intercesión iniciamos el Año de la fe y le pedimos que nos mantenga en unión entre nosotros y en comunión con el Santo Padre, el Papa Benedicto XVI y los demás pastores de la Iglesia.

Con mi bendición,

                                         + Juan Antonio
                                            Obispo de Alcalá de Henares
                                            Octubre 2012


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