Carta “No anteponer nada a Cristo”

Alcalá de Henares, a 1 de septiembre de 2010 - San Josué

Queridos hermanos sacerdotes, diáconos, religiosos y fieles laicos:

El comienzo de un nuevo curso pastoral es siempre una ocasión de Gracia, una llamada a la conversión, una nueva oportunidad que el Señor nos presenta para nuestro bien y el bien de aquellas personas que nos han sido confiadas. Tanto para ellas como para nosotros la respuesta a cuanto deseamos, sufrimos, anhelamos, etc., es Cristo. Por eso el horizonte de nuestra vida y el eje de nuestra misión es “no anteponer nada a Cristo”. Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida.

Al nombrar a Cristo no podemos separarlo de su Cuerpo: la Iglesia. La Iglesia es, en efecto, Cristo en medio de vosotros, esperanza de la gloria (Col 1, 27). Acceder a Cristo es encontrarse con la Iglesia; participar de la vida de la Iglesia es encontrarse con Cristo. Separar la cabeza del cuerpo, vivir al margen de Cristo nos conduciría a ser una organización puramente humana como otras. Toda nuestra esperanza está puesta en Cristo, quien vivifica a su cuerpo con el Espíritu Santo. Con su acción santificadora la Iglesia se va construyendo a imagen de la Trinidad (Cfr. Lumen gentium, 4).

La comunión en la Iglesia tiene un artífice: el Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo quien planta a la Iglesia en medio de nuestros pueblos y ciudades. Allí hace resonar la Palabra de Dios en cada templo y en cada casa. Es la Palabra inspirada, es el Verbo que toma carne en la Escritura y la Tradición, es el esposo que viene a unirse a nosotros en Alianza nueva y eterna. En la Eucaristía, memorial de la Pascua del Señor, todas las promesas hechas por Dios a su Pueblo se nos dan cumplidas en Cristo. La Iglesia, que vive de la Eucaristía, la carne de Cristo, es la morada de Dios entre los hombres, donde acontece el cielo, donde saboreamos la comunión con la Trinidad, la casa de los desvalidos llamados a ser hombres celestes, atravesados por la gloria de Dios tres veces santo.

Mirando las cosas de este modo tomamos conciencia de que somos “la respuesta” para esta generación. No hay otra respuesta que Cristo, la puerta que nos da acceso al redil: la Iglesia. Es en la Iglesia donde se puede vivir, la posada preparada para los pobres, el auténtico sacramento de la unidad de los hombres con Dios y entre sí (Cfr. Sacrosanctum Concilium, 26). Como María, la humilde de Nazaret, no podemos menos que abrirnos al Misterio, dejarnos abrazar por el Espíritu Santo, secundar su acción divina para que nuestra debilidad sea transformada por su omnipotencia. De ella aprendemos que todo tiene su inicio en la Gracia. Lo nuestro es acoger el don divino, seguir su inspiración y no resistirnos a sus dones. De esta manera también nosotros escucharemos las palabras consoladoras del ángel: ¡No temas! Para Dios no hay nada imposible (Lc 1, 37).

Puesta nuestra confianza en el Señor, os animo a comenzar con ilusión el nuevo curso. Como hombres de fe nuestro afán es servir a Cristo, acercar a los hombres a Cristo, mostrarles la belleza de Dios. Para adentrarnos en el misterio de Dios ya conocéis el camino: la humanidad de Cristo en la que se ha desvelado todo el misterio que celebramos a lo largo del Año litúrgico. La humanidad de Cristo, Sacramento del Padre, nos muestra los tesoros de la intimidad de Dios y, hecha sacerdocio, nos regala la salvación a través de los misterios santos que celebra la liturgia. En la liturgia está el manantial de la vida que corre por las acequias de la ciudad de Dios: la Iglesia.

Como el profeta hemos de gritar: ¡Venid sedientos! Bebed leche y vino sin pagar. Comed buenas tajadas (Cfr. Is 55, 1). ¡Gustad y ved que bueno es el Señor! La Iglesia, queridos hermanos, ha nacido del costado de Cristo para evangelizar, para llevar a Cristo a los corazones sedientos de amor y consuelo, para inyectar la savia divina en los sarmientos secos y unirlos a la vid (Cfr. Jn 15, 1).

Si esto es así no podemos continuar rutinariamente nuestra tarea. Necesitamos poner en pie nuestra Diócesis de Alcalá, sabernos misioneros en un mundo necesitado de Dios. Nuestros signos de identidad no pueden ser otros que la caridad que nos urge a entregar nuestras vidas y el celo por el Evangelio. Recordad las palabras del Señor: “He venido a traer fuego a la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!” (Lc 12, 49). Es el fuego del Espíritu, es la caridad que arde en nuestras almas y nos invita al don total, hasta la muerte.

No podemos olvidar, queridos hermanos, que nadie da lo que no tiene. Por eso, como nos ha recordado el Santo Padre a lo largo del Año Sacerdotal, la misión reclama la santidad. Santidad de los sacerdotes, de los diáconos, de los religiosos y religiosas, y de los fieles laicos. Esta palabra no nos puede sonar como algo abstracto. Santo sólo es Dios y la santidad en nosotros es participación en su vida. Para decirlo de una manera más concreta el Papa nos ha propuesto la figura del Cura de Ars: un hombre de Dios, que cree en Dios, que ama a Dios, que espera en Dios, que se entrega a sus hermanos por amor a Dios. Este es el secreto de la fecundidad de su ministerio sacerdotal: el amor a Dios, la caridad pastoral, el no anteponer nada a Cristo.

En este curso pastoral el redescubrir la Lectio divina nos ha de ayudar en el camino de la santidad. Para ello es necesario que dispongamos nuestro tiempo para adentrarnos en el tesoro de la Palabra de Dios y que nuestras parroquias sean verdaderas escuelas de oración. El modelo de referencia lo tenemos en la vida apostólica y en el discipulado de Jesús. Hoy como entonces necesitamos aprehender a Cristo, escuchar su Palabra, hacerla vida en nuestro corazón. Es en el corazón donde se hace vivo el misterio celebrado en la liturgia, es en el corazón donde se asienta la Palabra de vida, es hacia el corazón hacia donde debe ser dirigido todo el caudal del misterio creído, celebrado y hecho vida. La Iglesia-esposa, nosotros, como la Virgen María, necesitamos estar a la escucha de la Palabra, dejarnos transformar por ella, guardarla en el corazón (Cfr. Lc 2, 19). Estoy seguro de que ayudándonos los sacerdotes para la Lectio divina, fomentando la escucha de la Palabra en los arciprestazgos y guiando a los fieles en la misma Lectio, podemos ir generando una Iglesia que aprende a vivir de la Palabra y de la Eucaristía. Son los dos ejes sobre los que debe girar nuestra vida cristiana y por los que aprehendemos a Cristo, nuestra vida: la Palabra y los sacramentos, de manera particular la Eucaristía y la Penitencia.

En la misma dirección debería orientarse el itinerario de formación para niños, adolescentes y jóvenes. Todo lo que ellos tienen que aprender, como los adultos, es a Cristo. Y para ello hemos de acudir al camino por el que Él se ha dado a conocer: su Palabra y los misterios de la salvación. Los niños, en colaboración con sus familias y con los colegios, necesitan ser introducidos en la vida de la comunidad cristiana para conocer a Cristo, para celebrar los misterios santos y ser guiados en su vida cristiana. Entre todos hemos de hacer posibles estos itinerarios de fe que les conduzcan a discernir la llamada a seguir a Cristo en su propia vida. Para esta misión necesitamos catequistas, laicos con preparación adecuada. A ellos irán destinados, junto a los medios de formación preparados, por la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar (CEAS), los retiros diocesanos, un curso sobre la Palabra de Dios y la Lectio divina, el Instituto diocesano para laicos que comenzará sus clases a partir de enero (D.m.) y el Pontificio Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la familia que abre de nuevo la matrícula para comenzar en octubre el primer curso y continuar el segundo con los alumnos del curso anterior.

Todo este trabajo debería verse acompañado por una atención particular a los novios, a los que se preparan a la celebración del matrimonio y a las familias ya constituidas; así como a las que se encuentran en situaciones difíciles o irregulares. La pastoral familiar es una dimensión de toda la pastoral de la Iglesia que en ningún momento puede ser descuidada.

Tanto para los jóvenes como para las familias, los encuentros mensuales de oración son un estímulo que contribuye a poner en evidencia que sin el trato con Jesucristo y la ayuda mutua no edificamos bien. Todos necesitamos de la oración y necesitamos vernos unos a otros como un pueblo que ora y deposita en Cristo toda su confianza, poniéndose a los pies del Santísimo sacramento: “Si el Señor no construye la casa, en vano se casan los albañiles” (Sal 126, 1).

La Jornada Mundial de la Juventud es una oportunidad espléndida para tomar conciencia de la catolicidad de la Iglesia. Unidos a jóvenes de los cinco continentes, nuestra diócesis de Alcalá está llamada a acoger a cuantos nos lo soliciten, a desplegar toda una red de voluntarios y a practicar la virtud de la hospitalidad cristiana. Con los jóvenes cada parroquia ha de prepararse para un encuentro con el sucesor de Pedro que viene a confirmarnos en la fe y a darnos una palabra que nos ilumine en el momento presente. También este acontecimiento de gracia hemos de vivirlo como una invitación a redescubrir la vida apostólica, el empuje misionero de la Iglesia que nace en Pentecostés. También hoy, con el fuego del Espíritu, hemos de ofrecer al mundo los signos de una comunidad que se reúne para escuchar la Palabra y la predicación apostólica, para la comunión, para la fracción del pan y para la oración (Cfr. Hch 2, 42).

No podemos pensar que los primeros cristianos vivían fuera de la realidad. Todo lo contrario. La comunidad cristiana que describe los Hechos de los Apóstoles es el exponente del auténtico realismo católico. Es el modo de construirse un pueblo llamado a ser luz, a ser levadura que fermenta la masa, sal que mantiene la auténtica dignidad del hombre. Este pueblo que da cuerpo a la Iglesia, que vive el misterio de la Alianza con Dios, que vive la comunión de los santos, que se alimenta de la Palabra, de la oración y de la Eucaristía, es la viña plantada por Dios que extiende sus ramas para abrazar al mundo: “Id al mundo entero y haced discípulos míos todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19).

Si esto se hace verdad en nuestra vida, las familias cristianas permanecerán fieles en el amor y sabrán hacer de su comunión un espacio de la Trinidad, auténticas iglesias domésticas. Nuestros enfermos y mayores serán acogidos. Los pobres tendrán una casa donde vivir: la comunidad cristiana que, enriquecida con la Eucaristía, sabe compartir sus bienes.

Cuando en España las palabras más repetidas son “la crisis económica”, nuestras parroquias deben seguir abriendo sus puertas y hacerse creíbles con la caridad, dando razón de nuestra esperanza (Cfr. 1P 3, 15) y siendo solidarios con los sufrimientos de nuestros hermanos más pobres. Confiamos a las Cáritas parroquiales y a Cáritas diocesana la misión de despertar en nuestra diócesis el amor a los que sufren y las respuestas concretas a sus necesidades. Lo mismo cabe decir de Manos Unidas, de la Delegación de Misiones y de todas las instituciones que han nacido para el ejercicio de la caridad y el acompañamiento, como la Pastoral Penitenciaria.

Nosotros sabemos que detrás de la crisis económica se esconde una gran crisis moral, una crisis antropológica que, habiendo perdido el horizonte de Dios, condena al hombre a vivir sin sentido y con una libertad que, por no estar anclada en la verdad, le conduce a la deriva. Las respuestas que intentan darse desde el colectivismo, que no respeta la dignidad del individuo, y desde el liberalismo que olvida que la persona es un ser para la comunión con vocación de sociabilidad, no son más que reduccionismos antropológicos que están conduciendo a la persona a ser considerada simplemente como productor o consumidor. De ahí se deriva toda una cultura hedonista regida por la implacable ley del mercado y el creciente estatalismo que invade la intimidad de nuestras familias en el campo de la educación, en la concepción moral de la vida humana y en una cultura que se cierra a la trascendencia.

La potencia mediática, transmisora de la nueva cultura, invade nuestros hogares y se apodera de la imaginación de nuestros niños, de nuestros jóvenes y de los adultos. Su imaginario está lleno de representaciones y conceptos que les sitúan ante un mundo pagano lejos de Dios. Conseguir en estas circunstancias reconducir el deseo humano, orientarlo a Dios y despertar la afectividad por Cristo no resulta fácil. Así comprendemos el gran componente emotivo que está detrás de las conductas humanas. Al emotivismo provocado por los estímulos del consumo, de la moda, de los protagonistas de los mass-media, la banalización del amor, la exaltación del cuerpo y el miedo al sufrimiento, sólo se puede responder con un ideal y una belleza superiores que logre desde la fe impregnar el modo de vivir, de pensar, de desear, de imaginar, etc. En definitiva la fe y la evangelización necesitan hacerse cultura, alcanzar la sensibilidad y las emociones de las personas, crear ámbitos en las parroquias, cofradías, movimientos, comunidades, conventos y monasterios en los que la vida cristiana cristalice y tome cuerpo hasta alcanzar el corazón de las personas. Es ahí donde está nuestro trabajo, el trabajo de las familias, de los catequistas y de los maestros y profesores católicos.

También aquí hemos de volver al principio: no anteponer nada a Cristo. Cristo es el más bello de los hombres (Cfr. Sal 44, 33), es el esplendor de la gloria del Padre. Lo cristiano, como perfección de lo humano, debe abarcar todas las dimensiones humanas y favorecer un modo de vivir específico, alternativo, abierto a integrar lo que de verdadero, bello y bueno se dé en la tradición y en la cultura actual. La iniciativa puesta en marcha con el Aula Cultural “Civitas Dei” es un pequeño intento que hemos de arropar entre todos; promoviendo, además, otras iniciativas en los pueblos y ciudades de nuestra diócesis.

La crisis de sentido y de modo de vivir está propiciando las nuevas pobrezas de las que hablaba Juan Pablo II (Cfr. Novo Millennio Ineunte, 50). Los continuos divorcios, las carencias afectivas de los niños, el desconsuelo moral, el drama del aborto y el síndrome postaborto, las drogas, el alcoholismo, la sexualidad desordenada, la soledad de los hogares de una sola persona, la depresión, las adicciones, etc., están provocando una cantidad de sufrimiento que no encuentra salida ante el vacío de la vida interior, ante la pérdida del alma (Cfr. Caritas in veritate, 76).

La respuesta a estas nuevas pobrezas requiere, más allá de los servicios de Cáritas, la atención específica en los Centros de Orientación Familiar (COF). Nuestro COF “Regina Familiae” está cumpliendo esta tarea a la que hemos de sumarnos todas las personas anunciando estos servicios y preparándonos en el Pontificio Instituto Juan Pablo II para reforzar el personal voluntario que lo atiende y abrirlo a cuantas iniciativas preventivas, de acogida y terapéuticas sean posibles.

Si comenzamos diciendo que la respuesta a nuestras inquietudes era Cristo, presente en la Iglesia y hecho carne en la Eucaristía, no podemos concluir de otra manera. Para no perder de vista la realidad necesitamos la comunión de la Iglesia y la Eucaristía que nos construye como Pueblo, como una ciudad edificada sobre el monte. Fuera del hábitat de la Iglesia y de la iglesia doméstica se crea la ciudad del interés, de la burocratización, de la pérdida del rostro humano, del vacío sólo remediado por estímulos y ficciones que no sacian el corazón.

El Señor decía: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11, 28). Para continuar aliviando el sufrimiento de nuestros hermanos necesitamos una Iglesia fiel a Cristo y lúcida para detectar las auténticas necesidades. Para ello es necesario revitalizar nuestras parroquias, nuestras familias cristianas y nuestros seminarios. El Seminario menor que hemos reanudado con la gracia de Dios y el seminario mayor, son la niña de nuestros ojos. Allí se va gestando gran parte del presente y el futuro de nuestra diócesis que necesita consolidarse con un presbiterio que eche raíces en nuestra tierra.

Confiamos este nuevo curso a la asistencia maternal de la Virgen María, reina de los apóstoles. También suplicamos la intercesión de los Santos Niños Justo y Pastor para que nos contagien su intrepidez a la hora de confesar nuestra fe.

Un abrazo a todos mis queridos sacerdotes, religiosos, seminaristas, familias cristianas y cuantos colaboráis en la pastoral de la Diócesis Complutense.

Con mi bendición,


Mons. Juan Antonio Reig Pla, Obispo de Alcalá de Henares




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