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S.E.R. Juan Antonio Reig Pla

Obispo de Alcalá de Henares

El Obispo de Alcalá de Henares, S.E.Mons. Juan Antonio Reig Pla, fue nombrado el 7 de marzo de 2009 por  S.S. el Papa Benedicto XVI.

Tomó posesión canónica de la Sede Complutense el día 25 de abril, sábado, a las 12 del mediodía.

Nota biográfica

Toma de Posesión del nuevo Obispo de Alcalá de Henares      (Video)

Homilía de la Toma de Posesión

Carta con motivo del Día Nacional de Caridad (Corpus Christi)

Carta con motivo de la Jornada Pro Orantibus (Stma. Trinidad)

 

   
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Nota Biográfica

 

Hijo de Manuel y Amparo, nació en Cocentaina, archidiócesis de Valencia y provincia de Alicante, el 7 de julio de 1947. Fue bautizado en la parroquia de la Asunción de Santa María de pueblo natal el 11 de julio de 1947, festividad de San Benito, abad, patrono de Europa. Allí mismo recibió su primera comunión y fue confirmado.

Realizó sus estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia, siendo ordenado en la Catedral de Valencia el 3 de julio de 1970. Es Licenciado en Sagrada Teología por la la Universidad Pontificia de Salamanca (1973) y Doctor en Teología Moral por la Pontificia Universidad Lateranense de Roma (1978).

Cuando fue elegido Obispo ejercía los cargos de Canónigo Penitenciario de la Catedral de Valencia, Vicepresidente-Decano del Pontificio Instituto Juan Pablo II, Profesor de la Facultad de Teología de Valencia, Profesor del Instituto Diocesano de Ciencias Religiosas de Valencia, Consiliario del Instituto Social Empresarial y Delegado Diocesano de Familia y Vida.

El 22 de febrero de 1996 fue elegido por S.S. el Papa Juan Pablo II Obispo de la Diócesis de Segorbe-Castellón. Fue consagrado Obispo y tomó posesión de la Diócesis el día 14 de abril de 1996.
El 24 de septiembre de 2005, el Papa Benedicto XVI le nombró Obispo Cartagena en España, tomando posesión de la misma el 19 de noviembre.

Asimismo, en la Conferencia Episcopal Española preside, desde 1999, la Subcomisión Episcopal para la Familia y Defensa de la Vida y es el Vicepresidente de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar. Además, es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe.

El día 7 de marzo de 2009, S.S. el Papa Benedicto XVI le nombraba Obispo de Alcalá de Henares, sede vacante desde el 13 de diciembre de 2008, por el traslado de su anterior Obispo, S.E.R. Jesús Catalá Ibáñez, a la Diócesis de Málaga.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     

 

     
 

HOMILÍA DE MONS. JUAN ANTONIO REIG PLA
EN LA EUCARISTÍA DE LA TOMA DE POSESIÓN CANÓNICA
DE LA DIÓCESIS DE ALCALÁ DE HENARES

 

Santa Iglesia Catedral Magistral de Alcalá

Sábado, 25 de abril de 2009 – Año Paulino

 

Queridos hermanos:

Con gran alegría doy gracias a Dios y al Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, por la confianza depositada en mi persona al haberme nombrado Obispo de la diócesis de Alcalá de Henares.

Saludo fraternalmente al Nuncio de su Santidad en España, a los Eminentísimos Cardenales y a los Excelentísimos y Reverendísimos Arzobispos y Obispos que, con el Presidente de la Conferencia Episcopal Española, el Eminentísimo Cardenal Antonio María Rouco, han querido acompañarnos.

Saludo con afecto y gratitud al hasta ahora Administrador diocesano, Monseñor Florentino Rueda. Que Dios le pague el trabajo bien hecho en esta sede Complutense y las atenciones particulares que ha tenido con mi persona acompañándome en todo como hermano y amigo. Del mismo modo saludo a Monseñor Jesús Catalá, mi predecesor, cuya presencia es un signo que evidencia la fraternidad episcopal en el momento de la sucesión apostólica.

Con ansias por conoceros personalmente, saludo a todos y cada uno de mis hermanos sacerdotes, diáconos y seminaristas, religiosos, miembros de los institutos seculares y sociedades de vida apostólica, suplicando de las comunidades monásticas y conventuales de la diócesis vuestra oración sin tregua para que Dios bendiga nuestro ministerio.

Como padre y pastor saludo a todas las familias cristianas, a los fieles cristianos laicos, a todos los movimientos, comunidades y asociaciones laicales de la diócesis. Vaya por delante mi aprecio y gratitud a la espera de vuestra filial colaboración en la misión que el Señor nos confía.

Saludo con respeto y reconocimiento a todas las autoridades nacionales, autonómicas y municipales, civiles, militares y académicas presentes en esta celebración. Con mi respeto os brindo una leal colaboración como pastor de la diócesis para el bien de nuestro amado pueblo.

Mis palabras se vuelven especialmente cálidas y cargadas de profunda gratitud, al saludar, con afecto paternal, a cuantos habéis venido de la querida diócesis de Cartagena. Demos juntos gracias a Dios por todos los bienes que nos ha regalado en esa bendita tierra murciana, unidos a toda la provincia presidida por D. Javier, nuestro querido Arzobispo. Vuestra presencia numerosa aquí la guardaré en mi memoria como un sello en el corazón. Siempre estaréis presentes en mi oración ante el Señor. Rezad por mí para que, por intercesión de San Fulgencio, sea siempre fiel y leal al ministerio que se me ha confiado.

Saludo también a todos los que os habéis desplazado desde la Archidiócesis de Valencia y desde la querida diócesis de Segorbe – Castellón, acompañados por nuestros queridos Cardenal Agustín y el Arzobispo Carlos. Del mismo modo, extiendo mi saludo a cuantos habéis venido de otras diócesis de España.

Finalmente, permitidme que salude a toda mi familia y a todos mis paisanos de Cocentaina, mi querido pueblo que, anclado a los pies de la Sierra Mariola, se siente orgulloso de honrar a sus patronos: San Hipólito mártir y la Virgen del Milagro, que en 1520 lloró veintisiete lágrimas de sangre mientras celebraba la Eucaristía ante su imagen el sacerdote Mossén Onofre. Que el Señor os bendiga a todos y gracias por vuestra presencia.

Hoy, 25 de abril, celebramos la festividad de San Marcos evangelista, fecha en que tradicionalmente tenían lugar las rogativas con letanías mayores y procesiones de reliquias, suplicando la intercesión de la Iglesia celeste por todas las necesidades del pueblo de Alcalá. Del mismo modo, evocando esos ruegos, suplico a San Marcos y a todos los santos que me asistan en mi trabajo pastoral y, tomando las palabras de la Carta de San Pedro que se acaba de proclamar, os digo: "Paz a todos vosotros, los cristianos" de Alcalá de Henares.

Es la paz del Resucitado. La paz del que ha vencido a la muerte, el Señor Jesús "que subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre." Es la paz del que se apareció a los once y les dijo: "Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará, el que se resista a creer será condenado".

Esta mañana, al entrar en nuestra querida diócesis y pisar su tierra, he querido detenerme en Fuentidueña del Tajo y, postrado ante la imagen de San Andrés, apóstol, profesar el credo de nuestra fe. Con este gesto he querido poner de manifiesto la importancia de la sucesión apostólica, como garantía de perseverancia en la Tradición o, como expresaba San Ireneo: garantía de perseverar en la Palabra del Señor. La sucesión apostólica, en efecto, es el instrumento del que se sirve el Espíritu Santo para hacer presente al Señor Jesús, cabeza de su pueblo.

Como nos recordaba Benedicto XVI, en sus magistrales catequesis sobre los apóstoles, "mediante la sucesión apostólica es Cristo quien llega a nosotros: en la palabra de los apóstoles y de sus sucesores es Él quien nos habla; mediante sus manos es Él quien actúa en los sacramentos; en la mirada de ellos es su mirada la que nos envuelve y nos hace sentir amados, acogidos en el corazón de Dios. Y también hoy, como al inicio, Cristo mismo es el verdadero pastor y guardián de nuestras almas, al que seguimos con gran confianza, gratitud y alegría".

La imagen de San Andrés, con la cruz en aspa, el instrumento de su martirio, ha suscitado en mí el deseo de abrazar la cruz como signo apostólico del pastor que da la vida por las ovejas. Queridos hermanos, orad por mí para que no anteponga nada a Cristo y pueda ser, en medio de vosotros, testigo fiel de la locura de la cruz. En el relato de la Pasión de San Andrés se dice que ante la cruz pronunció las siguientes palabras: "¡Oh, cruz bienaventurada, que recibiste la majestad y la belleza de los miembros del Señor! Seguro y lleno de alegría, vengo a ti para que tú me recibas exultante como discípulo de quien fue colgado de ti. Tómame y llévame lejos de los hombres y entrégame a mi Maestro para que a través de ti me reciba quien por medio de ti me redimió. ¡Salve, oh cruz!"

Sí, queridos hermanos, aquí se pone de manifiesto la sabiduría del evangelio que, en vez de considerar la cruz como un instrumento de tortura, la ve como el medio incomparable para asemejarse plenamente al Redentor, grano de trigo que cayó en la tierra y fructificó en la resurrección. Sólo gracias a la cruz de Cristo, nuestros sufrimientos quedan iluminados y adquieren su verdadero sentido.

Antes de esta celebración eucarística, al presentarme ante vosotros en esta Catedral magistral, impulsada por el Cardenal Cisneros, mis pasos se han dirigido en primer lugar al Santísimo y a la tumba de los Santos niños Justo y Pastor, patronos de nuestra diócesis. Inmediatamente han venido a mi memoria las palabras aleccionadoras que recibí en mi infancia cuando en la escuela el maestro nos invitaba a seguir el testimonio de estos niños que ante el prefecto Daciano profesaron sin miedo la fe, no quisieron acatar el edicto del Emperador Diocleciano y, tras ser torturados, fueron degollados en este mismo lugar entregando su vida por Cristo.

¿Quién podría imaginar que un día ese niño que escuchaba con admiración a su maestro y se llenaba de entusiasmo, se presentaría ante vosotros, aunque indignamente, para ser testigo de esta misma fe? Benditos sean los caminos de la Providencia que en su designio amoroso me entrega a vosotros para compartir los dones y las riquezas de esta Iglesia Complutense engrandecida con el martirio de los Santos niños.

No encuentro mejores palabras para dar gracias a Dios que las que nos dejó San Isidoro, nacido en Cartagena y hermano de otros tres santos: San Fulgencio, San Leandro y Santa Florentina. En el breviario mozárabe escribe San Isidoro refiriéndose a Alcalá: "¡Oh, lugar bienaventurado! Pues en él se vertió y se encerró la preciosa sangre de estos dos niños: para que como en un relicario se venerase y guardase para colmado bien de todos los pueblos. (…) ¡Oh ciudad, con todo título de verdad Complutense!, pues te lava y te purifica, te hermosea y te enriquece esta sangre y este tesoro: y da cumplido lugar a los votos de los que te piden por intercesión de las dos voces de tus dos hijos".

Unido a este elogio de San Isidoro son muchos los testimonios que he recibido y que hablan bien de nuestra diócesis, de vuestra bondad y de la calidad de vuestra vida cristiana. Pero, a la vez, soy consciente de que llego a esta tierra, hermana de todos los pueblos de España, en un momento en que todos venimos sufriendo los zarpazos del secularismo y la presión de una cultura de corte laicista, ampliamente difundida en una sociedad mediática y globalizada. Son los intentos vanos de expulsar a Dios de la vida pública, de entronizar el relativismo y de vivir como si Dios no existiera, olvidando que la ausencia de Dios conduce al hombre al abismo; que una cultura sin Dios, Creador y Redentor, se encamina hacia la abolición de lo humano y deja al hombre sin respuestas sobre su origen, su fundamento y la meta que da sentido a su vida. La historia reciente de Europa y la propia experiencia nos certifican, en efecto, que la proclamación de la muerte de Dios, supone la muerte del hombre.

Este contexto general de la cultura dominante en todo Occidente tiene características particulares en España. Es aquí precisamente donde se deja sentir más la presión del laicismo radical que, vehiculando la ideología de género, pretende socavar las bases de la antropología cristiana. Lo grave es que sin esta antropología adecuada queda sin sustento la vocación esponsal y queda velada la verdad del matrimonio y de la familia que tienen como misión custodiar el amor humano y el don de la vida humana y su educación.

Llevados por la ceguera de una ideología que no hace justicia a las aspiraciones del corazón humano, se han aprobado leyes que destruyen la vida humana y que están deshaciendo el entramado necesario que da soporte a la vocación al amor, a la dignidad humana y al conjunto de relaciones que dan razón de la identidad del sujeto humano. En particular son preocupantes las nuevas iniciativas sobre el aborto, sobre la libertad religiosa y las campañas continuas sobre la bondad de la eutanasia.

Y vosotros os preguntaréis: ¿por qué este empecinamiento y esta obcecación por destruir la vida humana, por arrinconar al ámbito privado el hecho religioso, por asentar el igualitarismo negando la riqueza de la diferencia sexuada varón - mujer; el porqué del liberticismo que reduce la libertad al puro deseo, etc.?

La razón es evidente. La cultura occidental, derivada del secularismo y vehiculada por el cienticismo, ha perdido la realidad, ha quebrado la relación entre la razón y la experiencia y se ha asentado en un concepto de libertad que, desvinculada de la verdad, queda reducida al emotivismo y a un entrecruzarse ciego de sentimientos y afectos.

Todo esto es posible por la manipulación continua del lenguaje que viene a sustituir la realidad por la ficción. Así se niega la existencia del niño en el seno de la madre y se sustituye por la ficción de la salud reproductiva, se niega el valor de la vida del enfermo y se sustituye por el lenguaje equívoco de la muerte digna y se hacen posibles todos los cambios previstos por la ingeniería social vehiculando conceptos como la no discriminación, los nuevos derechos, la tolerancia o las grandes aspiraciones de la igualdad. Se trata de grandes palabras que envueltas en la ideología del progreso se van abriendo paso en la ONU, el Parlamento Europeo y en todo su entorno.

 

Frente a este panorama que da la apariencia de ser un Goliat invencible, esta mañana ante la tumba de los Santos niños sentía envidia de la intrepidez y la fortaleza de quienes no sintieron miedo de afrontar el martirio porque oían resonar en sus corazones las palabras del Salmo: "tu gracia vale más que la vida, te alabarán mis labios" (Sal 62).

Yo confío en que nuestros jóvenes, convocados por el Papa Benedicto XVI para la Jornada Mundial de la Juventud del 2011 en Madrid, sabrán responder con fortaleza como el joven David para ser testigos de una esperanza firme y creíble en estos tiempos de crisis. Y nosotros, queridos hermanos, ¿qué podemos hacer para ayudar a nuestros niños, adolescentes y jóvenes a vivir con coherencia su fe? ¿Qué es lo que está reclamando de nosotros este momento de crisis de humanidad y de crisis social y económica?

Hoy, como siempre, hemos de volver nuestros pasos hacia Jesucristo y emprender con urgencia la evangelización, la nueva evangelización. Para ello es necesario comprender que, como tantas veces nos recuerda el Santo Padre, Jesucristo no es una idea, que el evangelio no se reduce a un mensaje o ideología, que el cristianismo no nace simplemente de una decisión ética, sino que es un Acontecimiento. Cristo es una persona en la que se muestra todo el amor de Dios que nos precede y toda la Omnipotencia divina de quien, tras haber vencido al pecado y a la muerte, nos abre a la gran esperanza.

Cristo, glorioso y resucitado, es el Buen Pastor, que nos busca con amor a cada uno, el mismo que llamó a Saulo camino de Damasco y le regaló la gracia de la conversión. Animados por la humildad del lego franciscano San Diego de Alcalá, nuestro protector, acudamos a Cristo, el auténtico Pastor de la vida que "busca a las ovejas perdidas, recoge a las descarriadas, venda a las heridas, cura a las enfermas, guarda a las fuertes y las apacienta como es debido".

Así nos lo recordaba la Carta de San Pedro en esta fiesta de San Marcos: "Tened sentimientos de humildad… porque Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes" (…) "Inclinaos, pues, bajo la mano poderosa de Dios (…) Descargad en él todo vuestro agobio que él se interesa por vosotros".

 

Hermanos sacerdotes, ¡cómo deben resonar estas palabras en nuestro interior! El Señor nos ha elegido para que, actualizando sacramentalmente la presencia de Cristo, acojamos todo el sufrimiento humano de nuestros hermanos, seamos iconos de su misericordia, y los busquemos incansablemente por todas partes, llevando en nuestros labios el anuncio del evangelio y ofreciéndoles, con el hogar de la Iglesia, la Palabra y los sacramentos que nos salvan, curan nuestras dolencias y fortalecen nuestra esperanza.

Con el Salmista hemos dicho: "Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré su fidelidad por todas las edades". Es verdad, queridos hermanos. El Señor no nos ha abandonado, nos cuida con su misericordia y nos ha regalado una casa para los desvalidos y los pobres: la Iglesia, que es como un "edificio eterno… donde más que el cielo – canta el Salmista – has afianzado tu fidelidad".

En la Iglesia, que vive de la Eucaristía, acontece el cielo que viene a darle al corazón la respuesta que esperaba. Ésta es la justicia de Dios que reparten abundantemente los sacerdotes como ángeles de Dios suyos. Con cuánta ilusión os invito, queridos hermanos sacerdotes, a aprovechar el año sacerdotal que comenzará, Dios mediante, el próximo 19 de Junio, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Este año, con el título "Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote", pretende, se nos dice, favorecer la tensión de los sacerdotes hacia la perfección espiritual de la cual depende, sobre todo la eficacia de su ministerio.

Siendo dóciles al Espíritu de Santidad, que recibimos en la ordenación sacerdotal, es como podremos enseñar a nuestros jóvenes a invocar el nombre del Señor, para que no tengan miedo de afrontar la lucha con el Goliat de nuestra cultura y nuestro ambiente. Es así como podremos enseñar a escuchar la llamada del Señor que invita a muchos de ellos, junto a la vida matrimonial, a la vida consagrada y al sacerdocio.

Ante la exclusión de Dios promovida por la cultura dominante, frente al vacío existencial que provoca una sociedad consumista que satisface los deseos materiales hasta anegar el alma y censura el deseo de Dios, la experiencia del creyente como la de David o la de Israel, es la de aquél que conoce a Dios porque ha intervenido en su historia, porque se ha hecho presente en su vida y le ha enseñado que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios.

 

 

Nuestra experiencia cristiana en el seno de la Iglesia, el Cuerpo de Cristo que nos ha alcanzado a través de nuestros padres, de nuestros catequistas, por el testimonio de los maestros y profesores cristianos, y por tantos testigos de la comunidad cristiana… nos hace decir con plena confianza: "Señor… tan solo Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído que Tú eres el Hijo de Dios" (Jn 6, 69).

Enraizados en Cristo muerto y resucitado, verdadero árbol de la vida, y sintiendo la compañía de la Iglesia se cumplen las palabras del Salmo: "Dichoso el pueblo que sabe aclamarte, caminará oh Señor, a la luz de tu rostro. Tu nombre es su gozo cada día, tu justicia es su orgullo".

He aquí, pues, la síntesis de todo nuestro programa pastoral: orar con insistencia para que Dios nos bendiga, para que Cristo resucitado se haga presente en medio de nosotros y suscite testigos santos que le anuncien con su vida. De esta manera, nuestra Iglesia, precedida por la gracia y asistida por el Espíritu Santo, activará su carácter misionero, para que todos los hijos de esta bendita tierra, y cuantos vienen a nosotros buscando trabajo, puedan ser conducidos al encuentro con Cristo y así conocer, amar y servir al que es guía y pastor de nuestras almas.

Para que esto sea posible, hemos de comenzar por escuchar la voz del Señor, convertir nuestro corazón y recuperar la sabiduría de la Iglesia primitiva a la que nos invita la fiesta de San Marcos. Así podremos, con la gracia de Dios, gestar nuevos cristianos y nuevas comunidades que fructifiquen en familias auténticamente cristianas que eduquen a sus hijos en la fe y en el seguimiento de Cristo.

Siguiendo esta misma lógica es urgente, queridos hermanos, renovar en profundidad la iniciación cristiana de los niños, jóvenes y adultos, restaurando – como indicaba el Concilio Vaticano II con voz profética – el Catecumenado de adultos (SC 64). Con esta iniciación cristiana renovada y con una pastoral familiar lúcida y evangelizadora, podemos presentar a nuestras parroquias como verdaderas casas levantadas en medio del desierto de este mundo, o como posadas donde recoger todo el sufrimiento de nuestros hermanos asaltados por los bandidos de este mundo que, después de robárselo todo, los han dejado malheridos en la cuneta o al borde del camino. Esta Iglesia samaritana y acogedora de todos nosotros, pobres pecadores, esta Familia de familias, es el auténtico sujeto de la nueva evangelización, un pueblo de redimidos que emerge en medio de una sociedad pagana, la ciudad edificada sobre el monte que ilumina el camino que conduce a Cristo, nuestro Maestro y Salvador.

 

Bien sé, queridos hermanos, que esta descripción de la belleza de esta Iglesia contrasta con la frialdad del ambiente en que vivimos y con las dificultades que todos experimentamos en la evangelización. Nuestra lucha, en efecto, no es contra la carne y la sangre; es decir, no es sólo contra nuestra debilidad, sino contra los Principados y dominadores de este mundo, contra el Príncipe del mal y sus engaños. Por eso nos recomendaba San Pedro en la lectura que hemos proclamado: "Sed sobrios, estad alerta, que vuestro enemigo, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quién devorar".

Conscientes de la dificultad de llevar adelante la misión que Cristo nos ha encomendado, no por eso nos acobardamos. Si grandes son los inconvenientes, mayor es nuestra confianza en el Señor. Y así escuchamos con atención las recomendaciones del texto sagrado: "Resistidle firmes en la fe, sabiendo que vuestros hermanos en el mundo pasan por los mismos sufrimientos. Tras un breve padecer, el mismo Dios de toda gracia, que os ha llamado en Cristo a su eterna gloria, os restablecerá, os afianzará, os robustecerá. Suyo es el poder por los siglos".

Alentados por la fe, necesitamos revestirnos de las armas de Cristo. A Él se le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Por eso no nos asusta la misión, ya que en todo momento nos precede la Omnipotencia divina y nos acompañan los signos de su gracia: "A los que crean les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos."

Con estas expresiones, el evangelista San Marcos manifiesta la Soberanía de Dios sobre el Príncipe de este mundo y su misericordia que sana todas las dolencias. Ahora, Cristo, "que subió al cielo, y está sentado a la derecha de Dios", se hace presente a través de los testigos: "Ellos se fueron – concluye San Marcos – a pregonar el evangelio y el Señor cooperaba, confirmando la palabra con las señales que les acompañaban".

Hoy, queridos hermanos, se cumple este evangelio. Cristo, proclamado en la Palabra, se hará presente en la Eucaristía y desde la mesa del altar se repartirá su Cuerpo "que se entrega por nosotros" y su sangre "derramada por todos los hombres". Él, que como el pelícano se deja desangrar por sus crías, es la respuesta a todas las preguntas del hombre, es la respuesta a los anhelos de todo corazón humano.

Jesucristo, presente realmente en la Eucaristía, es la fuente del agua viva, el único que puede colmar nuestra sed y saciar nuestro deseo de infinito. Vosotros, queridos fieles, tenéis derecho a ver en mí y en todos los pastores de la Iglesia la imagen del Señor, el buen Pastor que lleva sobre sus hombros a la oveja descarriada. Por eso, os pido que recéis por mí y por todos los sacerdotes y diáconos para que no menoscabemos la cruz de Cristo. Para que "cabalgando victoriosos por la verdad y la justicia, la diestra del Señor, nos enseñe a realizar proezas" (Sal 44).

Pido al Señor que no nos falten vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada y orante en los monasterios y conventos, para que impregnados por el fuego del Espíritu, podamos despertar en nuestros hermanos el deseo de Dios.

Más todavía, le pido al Señor que nos regale a todos el celo apostólico, el afán por la misión, para que se cumplan las palabras del evangelio: "Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación".

Queridos sacerdotes y diáconos, religiosos, queridas familias cristianas y queridos fieles laicos: ¡Ésta es la hora de la misión! ¡Cristo es la verdadera esperanza que no defrauda las expectativas del corazón! Él, resucitado y glorioso, se hace presente en la Iglesia a través de la Palabra, los sacramentos y el testimonio de los santos.

Al presentarme ante vosotros como humilde pastor de nuestra querida diócesis de Alcalá de Henares, solicito de todos vosotros la plena comunión con el Sucesor de Pedro, el Papa Benedicto XVI. Unidos a Pedro, y en comunión con el colegio apostólico, supliquemos al Altísimo que no ofrezcamos resistencia a la gracia de Cristo. Dejemos que el Espíritu Santo nos enriquezca con sus dones y carismas para la edificación de la única Iglesia de Cristo.

Encomendamos en esta Eucaristía a nuestros hermanos pobres, enfermos, encarcelados, los que viven en el desconsuelo o les falta el trabajo, a nuestros hermanos emigrantes y a todos los fieles vivos y difuntos.

Que bajo el patronazgo de los Santos niños Justo y Pastor, nuestra Iglesia sea auténticamente misionera en sus parroquias, comunidades, movimientos y asociaciones laicales.

Finalmente, permitidme una confidencia. Esta mañana, después de venerar las reliquias de los santos mártires, he querido de nuevo consagrar mi persona y mi ministerio episcopal a la Santísima Virgen ante la imagen de la Patrona de Alcalá, Nuestra Señora la Virgen del Val. En sus manos confío la diócesis y todo nuestro trabajo. Como reza mi lema episcopal, "Monstra te esse Matrem", le ruego que nos asista como Madre y que interceda por nosotros. A Ella, que se dejó inundar por la presencia del Espíritu y que se dispuso por la gracia a ser esclava del Señor, le confío mi corazón y nuestra diócesis. Santísima Virgen María, Reina de los Apóstoles y Madre nuestra, ruega por nosotros que recurrimos a Ti. Amén.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

       

 

 

 

 

 

 

 

 

   

EL OBISPO DE ALCALÁ DE HENARES

 

 

Día Nacional de la Caridad
Solemnidad del Corpus et Sanguis Christi
Domingo, 14 de junio de 2009

¿Qué hacer ante la crisis?

Queridos hermanos:

La solemnidad del Corpus Christi, Día Nacional de la Caridad, nos invita a reflexionar sobre el origen y la naturaleza de la crisis que estamos padeciendo.

Al inicio de la década de los años treinta del pasado siglo, a breve distancia de la grave crisis económica de 1929, Pío XI publica la encíclica «Quadragesimo anno». La Iglesia, en aquella encíclica, rechaza el liberalismo entendido como ilimitada competencia entre las fuerzas económicas. También de manos de Pío XI, en «Divini Redemptoris», la Iglesia critica de modo sistemático el comunismo, definiéndolo como «intrínsecamente malo» (Cfr. Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 91 y 92). Todos los Papas, desde entonces y hasta Benedicto XVI, han confirmado y desarrollado esta doctrina sobre la llamada cuestión social.

Conviene aclarar, sin embargo, que la Iglesia ha perseguido y persigue no unos fines teóricos, sino pastorales y advierte del grave error que se comete cuando «se busca con insistencia un orden temporal más perfecto, sin que avance paralelamente el mejoramiento de los espíritus». (Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, 4). Dicho de otra manera: tras toda crisis económica, financiera o social subyace una crisis antropológica, una crisis moral, una crisis de Humanidad, una crisis en el itinerario hacia la santidad a la que todos los hombres y mujeres estamos llamados (Concilio Vaticano II, Const. dog. Lumen gentium, Cap. V). El Hombre, por la gracia de Dios, sólo encuentra su plenitud, y la solución a toda crisis, amando a Dios sobre todas las cosas y al prójimo, incluso a los enemigos, como a uno mismo.

Es por todo ello que, cada acto de amor realizado a través de Cáritas u otras organizaciones de la Iglesia, son un opus proprium suyo en el que la Iglesia no coopera tangencialmente, sino que actúa como sujeto directamente responsable, haciendo algo que corresponde a su misma naturaleza: mostrar el rostro, la persona del mismo Cristo. La Iglesia nunca puede sentirse dispensada del ejercicio de la caridad como actividad organizada de los creyentes y, por otro lado, nunca habrá situaciones en las que no haga falta la caridad de cada cristiano individualmente, porque el hombre, más allá de la justicia, tiene y tendrá siempre necesidad de amor. (Benedicto XVI, Deus Caritas est, 29).

Nuestra Iglesia diocesana, convencida de que la caridad es el alma de la santidad (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 826) ha establecido 56 despachos de Acogida y Atención, donde el número de hermanos nuestros que han acudido se ha triplicado en estos últimos meses. Así mismo, nuestra Diócesis de Alcalá de Henares ha atendido, sólo entre enero y abril de 2009, a 3.205 familias y a 1.118 personas más: inmigrantes, sin techo, solas con problemas, etc. Todas han recibido ayuda en alimentos, ropa y otras prestaciones.

Por lo expuesto, todos nosotros, sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, fieles cristianos laicos (voluntarios y colaboradores) e incluso todas las personas de buena voluntad estamos invitados, en esta fecha tan señalada del Corpus Christi, a partirnos y compartirnos por nuestros hermanos más pobres, amando a Dios, en cada hombre y mujer que sufre, con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, y con todas nuestras fuerzas (Cfr. Lc 10, 27). A todos agradezco vuestra dedicación y entrega. A la Santísima Virgen María, Madre de la esperanza, Madre de Dios y Madre nuestra, le pedimos, que enseñándonos a amar, nos muestre el camino del Reino (Cfr. Benedicto XVI, Spe Salvi, 50).

Con mi bendición y afecto,

X Juan Antonio Reig Pla

Obispo Complutense

 

 

         

 

 

 

       

 

 

 

 

 

 

 

 

   

EL OBISPO DE ALCALÁ DE HENARES

El Espíritu de Cristo clama
en nosotros: ¡Abbá, Padre! (Gal 4,6)

 

Alcalá de Henares, a 4 de junio de 2009
Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote

Muy queridas Rvda. Madre Superiora y Hermanas:

En primer lugar reciban un paternal y afectuoso saludo en el Señor resucitado.

Con corazón de pastor, me dirijo a Vds. en nombre propio y en el de toda la Diócesis Complutense, para agradecer al Altísimo, con ocasión de la solemnidad de la Santísima Trinidad, el don que significan para la Iglesia todas y cada una de Vds. -sus personas y sus vidas- entregadas en oración perpetua al Esposo, Jesucristo, por amor a Dios y al prójimo.

Hoy en día, a muchos, la oración les resulta difícil de entender. En realidad, detrás del debate sobre la oración hay dos visiones diferentes del mundo. O bien el universo está regido por fuerzas ciegas o bien existe un amor personal que ha creado el mundo y lo fundamenta. La racionalidad del mundo no es el producto casual de procesos en sí mismos irracionales, sino expresión del amor creador. Desde esta segunda concepción, la oración, lejos de constituir una alienación, nos conduce al corazón mismo de la realidad, a la fuente de la que manan el orden y la medida que la ciencia se esfuerza por conocer cada vez mejor.  

Tras el debate hay también dos visiones del ser humano. O bien el hombre es capaz de superar por sí mismo sus miserias y las dificultades de la vida individual y social o bien -como nos enseña la revelación cristiana- es un ser indigente y necesitado de salvación. El capítulo 8 de la carta del apóstol san Pablo a los romanos afirma que la creación está sometida a la caducidad y gime por ser liberada de su esclavitud como con dolores de parto (cfr. Rm 8, 20-22). A lo largo de los siglos no han dejado de sucederse los intentos por hacer un mundo unido y en paz. Sin embargo, pecados viejos y nuevos, desastres antiguos y modernos frustran de forma inexorable esos afanes y siembran el mundo de horrores. La creación gime como en un parto en el que no se consigue que nazca el nuevo mundo deseado.

El pasaje de san Pablo enseña que además del gemido del creación, existe también el de los propios creyentes (cfr. Rm 8,23s). También nosotros gemimos en nuestro interior, porque tenemos dificultades, lagunas, inmadureces, lentitudes y pecados que somos incapaces de superar por nosotros mismos.

Por su encarnación el Hijo de Dios ha hecho suyos estos gritos y también su Espíritu clama inefablemente; es el tercero de los gemidos de que habla Pablo. La oración cristiana no consiste en otra cosa que en dejar que el Espíritu del Señor haga suyo nuestro gemido. Su Espíritu se une así a nuestro espíritu y nos hace exclamar, como el propio Jesús: ¡Abbá, Padre! (cfr. Rm 8, 15s. 26s; Gal 4,6; Mensaje para la Jornada Pro Orantibus 2009)

La vocación de los contemplativos es la de unir el grito de la creación y del hombre al gemido del Espíritu de Jesús. No sólo no se desentienden de los afanes del mundo y de sus hermanos, sino que hacen suyas las aspiraciones más hondas de los mismos.           

La Iglesia necesita a las monjas y monjes contemplativos. La experiencia nos enseña que la persona que empieza a dedicar tiempo a Dios aprende también a sacar tiempo para los demás. Lo mismo sucede con las comunidades cristianas: sus vocaciones a la vida contemplativa son un signo vivo de que la comunidad se reconoce pobre y lo espera todo de Dios. Se pone así en marcha un proceso en el que la comunidad va pasando de vivir centrada en sí misma a estar cada vez más disponible para Dios y los demás hombres.

A su vez, los contemplativos necesitan a la Iglesia. La contemplación cristiana es en su misma esencia eclesial. La monja y el monje cristianos nunca deben perder de vista esta verdad. Como contemplativos buscan pasar de la dispersión de las “muchas cosas” a la paz y el sosiego de la unidad; ahora bien, dado que esta aspiración es compartida por muchas espiritualidades no cristianas, deben tener clara cuál es la especificidad del cristianismo en este punto.

Comentando la escena de Marta y María, en la que Jesús remite a Marta a lo “único necesario” (Lc 10,42), explica san Agustín que la ansiada unidad se encuentra en la Trinidad: “Porque sólo una cosa es necesaria, aquella suma cosa única, en que son una sola cosa el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Mira cómo se nos remite a la unidad” (Sermón 103, 3, 4). Jesucristo, como Sumo Sacerdote, introdujo esa unidad en nuestro mundo. A partir de entonces, la unidad trinitaria habita en la Iglesia. Al incorporarnos a la comunión eclesial, nos estamos adentrando en la mismísima unidad de la Trinidad. Por eso dirá el Obispo de Hipona en el mismo sermón: “Sólo una cosa es necesaria. A esta sola cosa nos conduce únicamente el que nosotros, siendo muchos, tengamos un solo corazón”, y también: “En la medida en que ama alguien a la Iglesia, en esa misma medida posee el Espíritu Santo” (Tratados sobre el Evangelio de san Juan 32, 8).

Los grandes contemplativos han vivido admirablemente esta eclesialidad, como santa Teresa de Jesús, que en su lecho de muerte, tras haber recibido al Señor, “muchas veces le daba gracias, porque la había hecho hija de la Iglesia y porque moría en ella; muchas veces repetía: En fin, Señor, soy hija de la Iglesia” (expediente de beatificación, declaración de María de san Francisco).

La Jornada Pro Orantibus que celebramos con ocasión de la solemnidad de la Santísima Trinidad es expresión de esa comunión que une a la Iglesia con sus hijos contemplativos. Así como el día 2 de febrero la Iglesia reza por todas las formas de vida consagrada, en este domingo de la Santísima Trinidad se nos invita a orar especialmente por las monjas y monjes contemplativos. “Invoquemos a María, Madre del Señor, la ‘mujer de la escucha’, que no antepuso nada al amor del Hijo de Dios nacido de ella, para que ayude a las comunidades [...] monásticas a ser fieles a su vocación y misión” (Benedicto XVI, A la Asamblea de la Congregación para los Institutos de Vida consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, 20 de noviembre de 2008).

Para terminar les suplico, que siempre fieles al amor primero —al carisma fundacional—, eleven fervientes oraciones a Dios, por intercesión de la Santísima Virgen María, los Santos Niños Justo y Pastor, y de todos los santos y santas, por nuestra diócesis de Alcalá de Henares, especialmente por los que más sufren y por los más ‘pequeños’, y también por este indigno sucesor de los Apóstoles.

Reciban, con todo afecto en Cristo, mi bendición.

 

X Juan Antonio Reig Pla

Obispo Complutense

 

 

         

 

 

 

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